Sombra del paraíso se publica en 1944 en una editorial que durará muy poco, Adán. Ese año, en la misma colección, se publica Hijos de la ira, de Dámaso Alonso. Es una coincidencia que convierte 1944, en palabras de José Luis Cano, en “el acontecimiento poético más importante y fecundo de la primera posguerra española. Era el primer libro que publicaba Aleixandre después de la guerra civil, y su aparición fue saludada con entusiasmo por la crítica y por la juventud poética de entonces, en la que el libro influyó no poco”. Especialmente, en una de las voces más singulares de la generación del 50, el primer Claudio Rodríguez. Sombra del paraíso, paraíso perdido: pero sombra llena en este libro. ¿Cómo nos lo desvela Vicente Aleixandre? Desde una carta dirigida, precisamente, a Dámaso Alonso, nos dice: “Esos poemas son visiones de aquel paraíso a que yo llamo juventud, pero que trasciende de una juventud personal para ser como la juventud del mundo. Y por eso yo siento que ese cántico mío no celebra lo que me rodea, sino el mundo para el que nací y en que no me hallo”. No se halla, pero cristaliza en su ausencia, convertida en una plenitud. Para Leopoldo de Luis, aunque varios poemas se refieren a ese paraíso malagueño de su infancia, Sombra del paraíso trasciende el marco de la evocación, y ofrece un salto hacia otra realidad. Según Carlos Bousoño: su paraíso esbozado no es “una sublimación del anhelo que el poeta siente de vivir una vida pura, desnuda, elemental. Reino, pues, vivido, soñado o deseado, o quizá las tres cosas a la vez”. Es decir: realidad pura y plena, mundo propio y total, generado desde una aspiración.