Celebremos a Pablo Piferrer, nuestro poeta romántico de alto genio alemán, desde un popularismo sostenido por ritmos melodiosos, aunque envuelto en su bruma de melancolía por los amores perdidos. Hay gravedad erigida en sus poemas desde una admiración por el Romanticismo germánico, con ese canto en las baladas que saben encontrar siempre el camino de regreso a la tierra, con un catalanismo sensorial y cromático, visible, de recuperación de su legado literario, que se afirma en su gusto por esa tradición trovadoresca que sabe unir el mito a la pasión, pero también al timbre de una edad lejana que responde a su eco por montes y veredas. Es un hombre muy joven, del siglo diecinueve, por el que paseará sus dotes de escritor, poeta y periodista, desde una existencia breve y fulgurante, de la desesperación a la esperanza, como se aprecia en su poema La cascada y la campana, desde un simbolismo elegante y sutil, con la ausencia del padre convertida en la premonición de su propio futuro. Pablo Piferrer también morirá joven, con sólo treinta años, pero habiendo dejado una estela propia cincelada con talento y tesón. A pesar de su juventud, la sonoridad y la fabulación de sus composiciones, hiladas con la gracia de la brillantez lírica y un cultismo que emana de esa vieja voz trovadoresca, lo situarán en cualquier antología de nuestra poesía romántica.