Visitamos las músicas que Mozart ponía antes de abrirse el telón. La obertura más difundida, más característica, más risueña de Mozart sería la de Las bodas de Fígaro: empieza con los susurros chismosos del enredo, en aquella Sevilla del barbero Fígaro, sigue con un "coro" pletórico, y con los temas líricos (¿¿"femeninos"??) quizá anunciando a Susana y a la Condesa.
Y después sobrevolamos las oberturas de las óperas infantiles/juveniles: Apolo y Jacinto, Bastián y Bastiana (que anticipa el temazo de la Heroica de Beethoven), La finta semplice, Mitrídates rey del Ponto, la música incidental para Thamos rey de Egipto (que ya muestra el tópico Sturm und Drang), la tempestad en Idomeneo rey de Creta... Y el Mozart milenial culmina con El rapto del serrallo, con Belmonte dispuesto a rescatar del harén del Pachá Selim a su amada Constanza.
Llegamos al Mozart maduro: Don Giovanni, cuya obertura ya tiene las semillas del pavor de la escena del Comendatore, ya te advierte que, bajo esta sucesión de gracietas y escenas agradables, late un auténtico infierno...
Y La Flauta Mágica, por supuesto: nos entretenemos en el tema que Mozart le robó a Clementi, en la campaña que estaban haciendo él y Shikaneder para ofrecer un rostro guay de la masonería, y sobre todo en la cosa profunda: la vida que entra en un proceso de investidura espiritual, de poder espiritual, para alcanzar una especie de luminosidad.
Felices investiduras y felices luminosidades, queridos-as ...