Estamos en el año 416 antes de Cristo. Grecia lleva años desangrándose en la Guerra del Peloponeso, la gran guerra entre Atenas y Esparta que acabará arruinando a todo el mundo griego. En medio de ese choque brutal entre las dos grandes potencias, una pequeña isla, Melos, intenta mantenerse neutral. Pero Atenas ya tolera la neutralidad: ha construido un imperio y quiere dejar claro que nadie puede quedarse al margen. Ahí empieza uno de los episodios, y de los textos literarios, más duros, más fríos y más modernos de la Antigüedad.
Porque lo que cuenta Tucídides en el llamado Diálogo de los Melios en su obra “Historia de la guerra del Peloponeso” no es solo una negociación entre una potencia y una isla pequeña. Es el momento en que el poder se quita la careta. Los melios apelan a la justicia, a la prudencia, a la esperanza. Los atenienses responden con una lógica implacable: entre desiguales no manda el derecho, manda la fuerza. Y así, este texto deja de hablar solo de Grecia para hablar de algo eterno: de la arrogancia del fuerte, de la fragilidad del débil y de la brutalidad con que actúa un imperio cuando decide que puede hacer lo que quiera. Por eso sigue impresionando tanto: porque Melos no es solo una isla, es cualquier lugar donde la razón ya no sirve porque ha entrado en escena la ley del más fuerte.
Como no hay nada más moderno que los clásicos grecolatinos les ponemos música actual. La banda sonora del “Diálogo de los Melios” de Tucídides está formada por “1492: La conquista del paraíso”, de Vangelis; “La delgada línea roja”, de Hans Zimmer; “Lean on Me”, de Bill Withers; y “The Imitation Game”, de Alexandre Desplat.
La imagen corresponde a una escena de la película “Troya” de Wolfgang Petersen (2004)