Con El coronel no tiene quien le escriba y Muchos hijos, un mono y un castillo, José convierte memoria y lengua en columna vertebral.
José elige El coronel no tiene quien le escriba y Muchos hijos, un mono y un castillo. Y con esas elecciones nos lleva al hueso. Hablamos de vértebras. De recuerdos que sostienen la realidad como si fueran columna. En El coronel no tiene quien le escriba, la espera es resistencia. La dignidad no es gesto épico; es permanencia silenciosa. En Muchos hijos, un mono y un castillo, la memoria se acumula en objetos, en álbumes, en herencias materiales que funcionan como archivo afectivo.
José defiende el andalûh no como estética, sino como afirmación política. Nombrar en la lengua propia es sostenerse. Es decir: esta es mi música, esta es mi cadencia, esta es mi forma de
existir. La memoria deja de ser nostalgia. Se convierte en estructura. Y la cadena empieza a entender que sin pasado no hay posibilidad de resignificar el presente.