Entrevista de Macu de la Cruz en 1981, meses después del 23 F, cuando ya era alcalde de Madrid
El 19 de enero de 1986 fallecía en Madrid el que había sido su alcalde desde 1979, Enrique Tierno Galván. Dos días más tarde, la ciudad le tributó una multitudinaria despedida cuando casi un millón de madrileños se echó a la calle para acompañar la carroza fúnebre en su recorrido desde la Casa de la Villa, donde se había instalado la capilla ardiente pública, hasta el Cementerio del Este. Tenía solo 67 años, pero lleva décadas siendo el "viejo profesor".
Tierno asistió como alcalde a la transmutación de la urbe gris anterior a la alegre y moderna Madrid de la Movida (al menos, su centro, los barrios eran otra cosa). En su etapa como edil, se redibujó el mapa de los distritos, se promovió la participación ciudadana y se apoyó la cultura. Se ganó el respeto de vecinos pero también de adversarios políticos. Lo mismo se dirigía en latín a Juan Pablo II en su visita a la ciudad que emitía jocosos bandos en los que usaba a propósito un castellano barroco y muy, pero que muy viejuno (arcaico o anticuado, habría dicho él, que era tan culto). Igual se fotografiaba con el presidente extranjero al que entregaba las llaves del municipio que con el roquero de turno, pero siempre con su impecable terno oscuro con camisa blanca y gemelos. Él era un señor clásico y no tenía intención alguna de modernizar su imagen para agradar a nadie.
En 1981 mantiene una larga charla con la redactora de Radio Nacional Macu de la Cruz tras la publicación de su libro Cabos sueltos, una autobiografía que fue un tanto polémica. En la entrevista, podemos escuchar sus reflexiones sobre el trato cortés que dispensa a sus rivales políticos como una forma de pedagogía frente al cainismo que, dice, es tan propio del pueblo español: no hay que responder con daño, sino con benevolencia, tratando de corregir. Hasta en política actuaba como profesor, lo que realmente sentía que era.
Recuerda como el mejor momento de España que él ha vivido el periodo previo a la Guerra Civil: había un enorme respeto por los intelectuales y la vida social estaba centrada en torno a las personas por sus ideas y no por sus creencias. Luego, continúa, las ideas se dieron de lado y emergió el de las creencias irracionales, que lo oscureció todo. La etapa franquista es la de las "generaciones sin ocasión", que no han recibido una mala educación y no han podido salir de país para formarse.
Siguiendo con la falta de ocasiones, cree que la mujer ha sido especialmente perjudicada, no ha tenido ocasiones sociales que la permitieran participar en política o acceder a la Universidad y reconoce que él mismo tiene lo que llama "reflejos masculinos", que le hacen situarla a veces en un plano de inferioridad. Ese es el motivo por el que se muestra más obsequioso con las periodistas que con los periodistas, lo que le ha granjeado una injusta, en su opinión, fama de donjuán en la profesión: se siente en deuda con las mujeres y por eso se esfuerza en "darles ocasión". No lo hace con los hombres porque, afirma, que ellos las tienen todas.
Rememora, con bastante retranca, la noche del golpe de estado del 23 F que pasó en su sillón de diputado del Congreso. La vivió como una derrota más (había perdido la Guerra Civil y le habían echado de su cátedra), como si asistiera a una representación teatral de una obra de Valle Inclán. Y, cuando se alargó, como sucede cuando eres espectador de una obra larga y tediosa, terminó durmiéndose durante horas.
Habla también de sus raíces sorianas (aunque naciera en Madrid), que han modelado su carácter, y del pedazo de tierra que ha comprado en el cementerio de Valdeavellano de Tera, a cuyo adecentamiento contribuyó a petición del cura -él, que se declaraba agnóstico- aunque reconocía que no le importaba demasiado dónde reposaría tras su muerte.
Su féretro recorrió parte de las calles de Madrid para recibir el homenaje de los madrileños en la carroza Imperial, tirada por seis caballos con penachos negros, cedida por los Serveis Funeraris de Barcelona y, como dijimos al principio, finalmente fue enterrado en el Cementerio de la Almudena de Madrid, en la zona católica, no en la civil, bajo una sencilla lápida con la inscripción "Enrique Tierno Galván Alcalde de Madrid 1979 -1986".