En los siglos XVI y XVII, Nápoles fue una de las ciudades más pobladas, ricas y estratégicas de la Monarquía Hispánica. Capital de un vasto reino y sede virreinal, desempeñó un papel central en la defensa y la logística del imperio en el Mediterráneo y en Europa.
El vino napolitano no actuó como un producto de prestigio. Lo hizo como un recurso estructural: alimento, fuente de ingresos y elemento de socialización. Vinos sencillos, producidos en un sistema agrícola compartido con otros territorios mediterráneos de la Corona, abastecieron a una población numerosa, a guarniciones, galeras y ejércitos en continuo movimiento.
A través del vino, Nápoles revela su integración plena en una cultura vitivinícola hispánica común, vivida en prácticas, circuitos y consumos, más allá de los relatos nacionales posteriores.