Cuando Roma inició la conquista de Hispania en el siglo II a. C., encontró unas élites indígenas ya familiarizadas con el vino como signo de prestigio social, ritual y cultural. Esa sofisticación no era de origen romano, sino el resultado de una influencia anterior: la del mundo griego.
Desde el siglo VI a. C., los griegos introdujeron en las costas de Iberia sus propios vinos a través del comercio, asociados a un sistema de identificación por origen, reputación y formas de consumo. El vino griego se convirtió así en un bien de prestigio reservado a las élites, integrado en banquetes, rituales funerarios y prácticas sociales que imitaban el modelo del simposio heleno.
Más que una simple mercancía, el vino actuó como un instrumento de diplomacia cultural y de poder simbólico, transmitiendo valores, jerarquías y un modo de vida asociado al mundo griego.
Ese proceso preparó el terreno para que, siglos después, Roma pudiera expandir el cultivo del viñedo en Hispania, sistematizar su producción y extender progresivamente su consumo al conjunto de la población.