A lo largo del siglo XIX, Alemania no solo se unifica: se imagina. Mientras Bismarck cose territorios con sangre y hierro, filósofos, poetas y músicos tejen un relato más profundo: el del espíritu germano. La nación necesita fronteras, pero también mitos. Y en esa construcción sonora, la música deja de ser entretenimiento para convertirse en destino.
Herder habla del alma del pueblo. Hegel del Espíritu. Schopenhauer del deseo infinito. Nietzsche del renacimiento trágico. Luis II financia sueños imposibles. Y Wagner no compone óperas: levanta universos. Dioses que arden. Héroes que fracasan. Anillos que corrompen. Amores que no encuentran reposo en la tierra. Entre revoluciones, exilios y escándalos, el arte se vuelve sistema total, teatro convertido en mito, armonía convertida en abismo.
Y cuando todo parece celebración nacional, Wagner no glorifica: derrumba. Incendia el Walhalla. Cuestiona el poder. Suspende la tonalidad. Lleva la música hasta el límite de sí misma. Porque en su mundo no hay término medio: o redención absoluta… o caída definitiva.
O todo, o nada.