Estando metidos en plena primavera no podíamos dejar de hablar de algo básico para la poesía. Alergia, que está a solo unas letras de la palabra alegría, viene del griego allos, que significa “otro” y por contexto ajeno o de fuera. Precisamente porque la poesía es un don ajeno que nos trastoca el cuerpo y nos agita hoy, en "Un poeta en París", hablamos de flores. Comienza Mario Obrero su sección citando a Gonzalo de Bercelo, Fray Luis de León, Juan de Yepes y Góngora y habla de una poesía que crea y pinta sus rosas diversas, con pétalos de significado a lo largo de los siglos, pero no lo hace por el posible enfado de una reina de corazones sino por una tendencia a la necesaria belleza ética de las palabras. Rodeados de flores, visitamos "Alicia en el país de las maravillas" y "La celestina" y nos detenemos en "La rosa de paper" que escribió el poeta valenciano Vicent Andrés Estellés pero que fue popularizada por los pueblos y las ciudades del País Valencià hasta convertirse en todo un himno. Hablan estos versos de una rosa prohibida durante mucho tiempo, la rosa de la lengua, el marchitar de las palabras propias de un pueblo debido a la dictadura franquista y su campaña de desprestigio y castigo a las lenguas del Estado. En las palabras de Esther Ramón escuchamos las flores de cera .En el lenguaje de las flores, la amapola significa placer pero también sueño, y en la literatura, la amapola es indisociable de un famosísimo poema de John McRae que marcó la Primera Guerra Mundial, “In Flander’sfields”. Este poema de 1915 no solo fue un símbolo contra la muerte y el exterminio, sino que a día de hoy sigue marcando los memoriales y lugares de recuerdo en torno a uno de las mayores conflictos del siglo XX. Con las lilas y la acumulación primitiva de flores nos despide crítico de arte y poeta John Berger.