Hay hallazgos que se hacen en un campo y años después tienen aplicaciones en otro muy distinto. Es lo que ocurrió con el solitón, un tipo de onda que puede avanzar largas distancias sin apenas amortiguarse. Fue descubierta en 1834 en los canales de Edimburgo por el ingeniero escocés John Scott Russel aunque como explica José Antonio Martín Pereda, miembro de la Real Academia de Ingeniería, hubo que esperar casi 150 años, hasta la década de 1980, para que otro ingeniero, el estadounidense Linn Mollenauer, empleara ese hallazgo en comunicaciones.
Sabemos que la luz blanca está compuesta por todos los colores visibles al ojo humano. En el vacío, todos ellos viajan a la misma velocidad --unos 300.000 Km por segundo-- pero no así en otros medios, lo que influye en la velocidad de transmisión de la fibra óptica. La solución --como explica Martín Pereda-- son los solitones, que pueden ser de diferentes tipos. Los más habituales son pulsos de luz estrechos con un pico de potencia elevado y una forma especial.
Los solitones no solo se usan en comunicaciones. Los estímulos acústicos y visuales son convertidos en señales eléctricas que se transmiten a través de las neuronas y algunas son solitónicas. Igual que las olas de un tsunami o los pulsos de radiación emitidos por las estrellas de neutrones.