El agujero de la capa de ozono ha sido uno de los grandes problemas ambientales de los últimos años, aunque por fortuna, parece que se está empezando a recuperar, según datos de la NASA. Sin este escudo protector, el bronceado se convertiría en una quemadura de tercer grado o lo que es peor, en cegueras, en melanomas y otros cánceres de piel como explica Antonio Colino, doctor ingeniero de Caminos, Canales y Puertos y miembro de la Real Academia de Ingeniería.
En la década de los 70 del siglo pasado se descubrió que sobre la Antártida había un agujero en la capa de ozono y la radiación ultravioleta incidía con mayor intensidad que en otras regiones del mundo. El descubridor fue el científico mejicano Mario Molina quien relacionó este fenómeno con unas sustancias químicas llamadas Clorofluorocarbonos (CFC), empleadas como disolventes para la limpieza de quipos electrónicos, en frigoríficos y aparatos de aire acondicionado y como propelente en aerosoles, tanto industriales como domésticos. En 1995, Mario Molina compartió el Premio Nobel de Química con el profesor Sherwood Rowland, por sus trabajos sobre la química de la atmósfera, especialmente sobre la formación y descomposición del ozono. Descubrieron que los CFC son arrastrados a la atmósfera. Una vez allí, son bombardeados por los rayos ultravioleta del sol, se descomponen y liberan cloro, que es el responsable de la destrucción de las moléculas de ozono como una especie de asesino en serie atmosférico. Y es que una simple molécula de cloro puede viajar durante un siglo por la atmósfera, eliminando una a una hasta 100.000 moléculas de ozono.