No hay pensadores, ni poetas, ni pintores, ni músicos en esta ópera prima de Carlos Salado... Son quinquis, aunque no estoy muy seguro. Se viene denominando Cine Quinqui al realizado por Carlos Saura, Eloy de la Iglesia y José Antonio De La Loma en aquella España de los ochenta, plagada de polis de los viejunos tiempos. A todo se le llama "quinqui": a navajeros, moteros del tironeo, ratas del gueto o niños raperos de la tres mil viviendas... Y ahí están, en el álbum de la historia: El Pera, El Torete, El Nani, El Vaquilla... Y, seguramente, uno de los pocos que puso adecuadamente el término fue el dramaturgo Alfonso Sastre. Escribió La estanquera de Vallecas y escribió el último diccionario del habla quinqui. Porque a todo esto, el Pueblo Quinqui, probablemente uno de los genocidios más bestias de Europa, fue un humilde y culto pueblo que se equivocó al asentarse en España. Uno de los últimos representantes fue Eleuterio Sánchez y un magnífico churrero de Villaviciosa de Odón (Madrid) con el que tuvo el honor de echarme unas buenas tertulias sobre su pueblo, sus códigos y su lengua. El cine ha popularizado el término "quinqui" casi como un subgénero, pero, maldita sea, el pueblo quinqui no fue un pueblo ni navajero ni delincuente.