Irene Papas nació en 1929 en una Grecia marcada por la pobreza, la guerra y una identidad cultural milenaria que pesaba como una herencia y como una condena. Desde muy joven entendió que su voz y su presencia no estaban hechas para la docilidad. Comenzó en el teatro clásico griego, donde aprendió que el cuerpo también puede ser un instrumento político. Aquella formación la acompañaría siempre.
Su carrera internacional la convirtió en una figura poderosa y atípica del cine europeo y mundial. No fue una actriz de complacencia ni de ornamento. Encarnó mujeres trágicas, reinas, madres, rebeldes y figuras históricas con una intensidad casi física. Durante la dictadura militar griega se exilió voluntariamente y utilizó su fama para denunciar al régimen, pagando el precio del aislamiento y la vigilancia.
Nunca se plegó a los estereotipos de belleza ni a los papeles sumisos. Rechazó contratos, discutió con productores y defendió una idea del arte ligada a la verdad y a la memoria. Su vida personal fue discreta pero libre, sin someterse a los modelos impuestos a las mujeres de su tiempo.
Irene Papas murió en 2022, dejando una obra atravesada por la dignidad, la resistencia y una voz que parecía venir de muy lejos. Fue más que una actriz: fue una conciencia.