Henrietta Lacks nació el 1 de agosto de 1920 en Virginia, en una familia negra pobre marcada por el trabajo del tabaco y la segregación. Se casó joven con Day Lacks y se mudó a Maryland, donde crió a cinco hijos. En 1951, tras el nacimiento del menor, comenzaron sangrados y dolores intensos. En el Hospital Johns Hopkins de Baltimore le diagnosticaron cáncer de cuello de útero y recibió tratamiento con radiación. Durante ese proceso, sin explicárselo ni pedirle permiso claro, se tomó una muestra del tumor para investigación. Esas células resultaron extraordinarias por su capacidad de dividirse sin parar y se convirtieron en una herramienta esencial para estudiar enfermedades, probar tratamientos y desarrollar avances biomédicos, mientras Henrietta empeoraba con rapidez. Murió el 4 de octubre de 1951 con treinta y un años y fue enterrada en Clover, Virginia. Su familia pasó décadas sin saber qué se había hecho con su cuerpo. Cuando lo descubrieron, el impacto fue devastador y abrió una discusión mundial sobre ética médica, racismo estructural y derechos de los pacientes. Henrietta terminó siendo un símbolo de progreso y abuso a la vez, y su nombre se convirtió en memoria y reclamación para siempre, sin aviso.