A orillas del Rin se encuentra el Dreiländereck, un monumento que se erige en el punto exacto donde confluyen las fronteras de Suiza, Alemania y Francia. En esa encrucijada de países está la ciudad suiza de Basilea.
Es uno de los 170 tripuntos o trifinios que existen en el mundo. Son lugares que permiten pasar de un país a otro, de una cultura a otra o de un idioma a otro. En la mayoría de los casos, cruzarlos implica controles, trámites y barreras visibles. Basilea es una excepción notable. Pasar de un país a otro puede ser tan sencillo como subir a un tranvía o caminar unas pocas paradas.
En Europa, destacan también el Malla Strict, que une la Laponia de Noruega, Suecia y Finlandia, los lagos Prespa, donde se unen Albania, Grecia y Macedonia del Norte, la conocida Schengen que tiene frontera con Luxemburgo, Francia y Alemania o la Portella Blanca, punto de unión entre Andorra, España y Francia.
En Europa existen más de 40 tripuntos fronterizos, pero ninguno tiene la efervescencia y el trasiego diario de Basilea.
La llegada a Basilea ya anticipa esta mezcla fascinante. El euroairport tiene salidas en Francia, Suiza y Alemania. Su estación central suiza convive con las terminales francesa y alemana, unidas por conexiones fluidas y una logística que permite moverse entre países sin salir formalmente de la ciudad.
Actualmente ese trasiego transfronterizo es una rutina cotidiana, pero lo que hoy es una red unificada de transporte, alguna vez fue un rompecabezas diplomático. En épocas anteriores, cruzar de una estación a otra implicaba controles de pasaporte y pasar aduanas.
Más de 100 nacionalidades conviven, atraídas por las industrias farmacéuticas lideradas por Novartis y Roche, los centros culturales, la calidad de vida y la atmósfera abierta que se respira. Aproximadamente el 35% de la población es extranjera.
Se calcula que cada día unos 35.000 trabajadores o estudiantes transfronterizos llegan a la ciudad, a los que se añaden los que viajan desde cantones vecinos u otras poblaciones..
Aunque pequeña en tamaño, Basilea acoge una de las instituciones financieras más influyentes del mundo: el Banco de Pagos Internacionales (BPI). Con varias sedes distribuidas en la ciudad, este banco sirve como lugar de encuentro para los bancos centrales del mundo, siendo escenario de decisiones que afectan a la economía global. Cuando se habla de Basilea I, II, III o IV en contextos financieros, se hace referencia a los acuerdos nacidos entre sus paredes.
Si Zúrich es la capital económica, Berna la política y administrativa y Lausana, la judicial, Basilea es la capital cultural de la república helvética. Es, sobre todo, una ciudad que respira cultura por cada rincón. Con más de cuarenta museos en apenas 27 km², la densidad artística es asombrosa.
El arte también se filtra en el urbanismo. El campus de Novartis, a orillas del Rin, es un referente de investigación científica y arquitectura contemporánea. Con sus casi 20 edificios diseñados por arquitectos de renombre internacional, como Frank Gehry, Rafael Moneo o Álvaro Siza Vieira, el Novartis Campus es una auténtica meca de la arquitectura moderna. En sus despachos, aulas y laboratorios se reúnen cada día miles de investigadores de diferentes países del mundo.
La historia explica buena parte de este presente cosmopolita. La sal, extraída en las salinas de Rheinfelden desde época romana, fue el primer gran motor económico de la ciudad. Más tarde, la fabricación de papel impulsó el desarrollo de la imprenta y atrajo a humanistas y reformadores como Erasmo de Rotterdam, que encontraron en Basilea un espacio propicio para el pensamiento crítico y la circulación de ideas. En el siglo XIX, la industria de los tintes químicos sentó las bases de los actuales gigantes farmacéuticos, consolidando una tradición científico-industrial que sigue viva.
No es casual que la Universidad de Basilea, fundada en 1460, albergara a ilustres matemáticos, dejando una tradición científico-industrial que perdura hasta la actualidad.
En el Dreiländereck, donde tres países se tocan sobre las aguas del Rin, Basilea demuestra que las fronteras siempre pueden ser puntos de encuentro.
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