El centenario de Cines Verdi en Barcelona se erige como un símbolo de resistencia cultural en un contexto marcado por la crisis estructural de las salas tradicionales.
El 11 de febrero de 1926 abrió sus puertas el Salón Ateneo Cine en el número 32 de la calle Verdi, heredero del teatro Moratín. Un siglo después, el complejo —hoy conocido como Cines Verdi— no solo permanece activo, sino que se ha consolidado como uno de los principales focos culturales del barrio de Gràcia, con cinco salas principales y otras cuatro en el espacio Verdi Park.
La conmemoración llega en un momento paradójico para la exhibición cinematográfica europea. En la última década, la combinación de pandemia, auge de las plataformas de streaming y transformación de los hábitos de consumo audiovisual ha provocado el cierre de centenares de pantallas.
Frente a esa tendencia, los Verdi anuncian la apertura de dos nuevas salas en el local contiguo que anteriormente ocupaba un supermercado, una decisión estratégica que transmite confianza en el modelo de cine de proximidad y programación cuidada.
El aniversario se celebra con dos proyectos que dialogan entre memoria e identidad contemporánea. Por un lado, el libro Cines Verdi 100 (1926-2026); por otro, la película La vida és Verdi, escrita y dirigida por Berta García Lacht.
El filme adopta la forma de un pseudodocumental cuyo núcleo no es solo la sala como espacio arquitectónico, sino el tejido social del barrio que la sostiene.
La directora subraya que no podía narrar la historia del cine sin incorporar su entorno humano, reforzando así la idea de que la supervivencia de estos espacios depende tanto de la comunidad como de la programación.
En paralelo, llega a las salas la película documental Orwell: 2+2=5, dirigido por Raoul Peck.
Propone una relectura del legado del británico George Orwell, especialmente de su novela 1984, como alegato contra los totalitarismos contemporáneos. El título alude a la célebre formulación orwelliana según la cual, si el líder absoluto afirma que dos más dos son cinco, la verdad objetiva queda subordinada al poder,que utilizará cualquier método coercitivo y de tortura para que cualquier persona asuma que dos más dos es cinco.
Peck construye un ensayo audiovisual combativo que examina los mecanismos actuales de manipulación ideológica. Para el director haitiano, las tesis de 1984 no eran advertencias abstractas, sino diagnósticos estructurales cuyas manifestaciones resultan hoy inquietantemente reconocibles.
El relato se sitúa en los últimos meses de vida de Orwell, cuando, enfermo de tuberculosis y consciente de su muerte próxima, culmina su obra más influyente. Ese encuadre situado entre la biografía yel análisis político otorga al film una dimensión testamentaria y conecta episodios clave -como su experiencia colonial o su participación en la Guerra Civil española- con los conceptos centrales de su pensamiento político.
Formalmente, el documental se articula mediante un collage de materiales: fragmentos de adaptaciones cinematográficas, fotografías históricas, imágenes de conflictos contemporáneos y gráficos animados que visualizan datos sociopolíticos.
El montaje acelerado produce un efecto de bombardeo informativo cercano al reportaje televisivo, reforzando cierta vocación didáctica, aunque a costa de una saturación perceptiva. La voz en off, que recita textos del autor, funciona como conciencia narrativa y puente temporal entre el siglo XX y crisis actuales como la persecución de minorías o la violencia política.
El recorrido cultural culmina en Roma con la revisión de la relación entre Gian Lorenzo Bernini y su mecenas, el papa Urbano VIII, en el contexto del 400 aniversario de la consagración de la Basílica de San Pedro en 1626.
El icónico baldaquino de bronce del altar mayor sintetiza esa alianza entre poder papal y genio artístico. Urbano VIII, nacido con el nombre de Maffeo Barberini, impulsó decisivamente la carrera del joven Bernini, convirtiéndolo en su artista predilecto.
La exposición “Bernini y los Barberini”, en el Palazzo Barberini, analiza esa simbiosis entre patrocinio y creación. Los especialistas subrayan cómo Bernini invirtió la lógica habitual del Barroco: en lugar de emplear materiales pobres para simular riqueza, utilizó bronce y mármol para recrear estructuras tradicionalmente efímeras, como el baldaquino.
Su trayectoria continuó bajo pontífices posteriores, con obras emblemáticas como la Fuente de los Cuatro Ríos en Piazza Navona o la columnata de la plaza de San Pedro, consolidando una impronta visual que define aún hoy la imagen del Vaticano y la ciudad de Roma.
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