Finlandia nos evoca un territorio remoto y silencioso, dominado por el frío y la naturaleza extrema. Pero el país esconde una realidad más compleja. En el norte, donde el clima dicta las reglas de la vida cotidiana, el calentamiento global está alterando equilibrios ancestrales y poniendo en tensión tradiciones, economías locales y formas de entender la relación entre el ser humano y su entorno.
En los alrededores de Rovaniemi, la capital de la Laponia finlandesa, el paisaje helado parece inmutable. Allí, los renos constituyen una forma de vida profundamente arraigada en la economía y la identidad cultural de esa región. En Finlandia existen alrededor de 4.500 pastores de renos y unos 200.000 animales de esa especie distribuidos en una región de cría que ocupa casi un tercio de su territorio. Para el pueblo indígena sami, el reno es sustento, tradición y herencia.
“Es muy importante y lo es casi todo para mí como pastor de renos y para este estilo de vida que llevo”, afirma Janne Körkkö, propietario de una pequeña granja junto al caudaloso río Kemijoki. Durante gran parte del año, los animales vagan libremente por la naturaleza ártica. Su biología los ha hecho extraordinariamente resistentes para soportar temperaturas extremas gracias a un espeso pelaje invernal con bolsas de aire que los aíslan el calor.
Tradicionalmente, estos animales se aprovechan casi en su totalidad. Carne, leche, pieles, astas y huesos se utilizan para alimentación, abrigo, herramientas y artesanía. Sin embargo, este equilibrio ancestral está en riesgo. “El mayor desafío podría ser el cambio climático”, advierte el pastor, incluso por encima de amenazas como los depredadores o los accidentes de tráfico.
El Ártico se está calentando cuatro veces más rápido que el resto del planeta, y las consecuencias ya son visibles. Finlandia registró este veranos olas de calor récord, superando los 30 grados incluso en Laponia. Pero el problema más grave llega en invierno. Las temperaturas más suaves provocan lluvias en lugar de nieve, y el agua se congela formando capas de hielo sobre el suelo. Bajo esa cubierta quedan atrapados los líquenes, el alimento principal de los renos, impidiéndoles acceder al alimento. Como resultado, los pastores se ven obligados a alimentar a los animales con suplementos, alterando una práctica milenaria.
Esta amenaza climática también se expresa a través del arte. La escultura multidisciplinar sami Máret Ánne Sara, busca visibilizar cómo el cambio climático pone en riesgo tanto a los renos como al modo de vida tradicional de su comunidad. En su instalación Goavve, una torre de 28 metros hecha con pieles de reno conectadas por cables eléctricos, la advertencia es directa y perturbadora. “Goavve se refiere a una condición de hielo cada vez más frecuente entre los sami”, explica la artistas, que actualmente está exponiéndo en la Tate de Londres.
Sara, que proviene de una familia de pastores, vive esta crisis de forma personal. En su trabajo combina materiales de su entorno —madera, pieles, huesos— con paisajes sonoros que incluyen sonidos naturales y el joik, la práctica musical tradicional sami. El reno ocupa un lugar central en su obra, no solo como símbolo cultural, sino también como ejemplo de ingeniería natural. Para la artista, es urgente que gobiernos y ciencia moderna reconozcan el valor del conocimiento indígena.
Ese reconocimiento empieza a abrirse paso también en la política finlandesa. El primer ministro Petteri Orpo recibió recientemente el informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación Sami, que documenta errores históricos como la asimilación forzada en internados.
En el extremo norte de Europa, Finlandia se enfrenta a un doble desafío: preservar un modo de vida ancestral amenazado por el clima y avanzar en el reconocimiento de una deuda histórica con su pueblo indígena. Un presente que avanza más rápido que las tradiciones y lo hace de forma vertiginosa.
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