10.000 lugares para viajar con Ángela Gonzalo Martínez Zabala, el vino como legado familiar22/03/2026
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Hay historias de amor que maduran a lo largo del tiempo. Se construyen lentamente, generación tras generación, como el vino en el silencio de las bodegas. La relación entre la familia Martínez Zabala y el vino pertenece a esa categoría de relatos que se explican con vendimias, decisiones y una visión compartida que ha sabido unir cultura, tierra, arquitectura en una misma identidad.

Nuestro recorrido comienza entre Rioja Alavesa y Ribera del Duero, visitando tres bodegas que simbolizan distintas etapas de esta historia familiar: Campillo, Portia y Faustino. Tres espacios distintos que, más allá de producir vino, narran una evolución: el origen, la madurez y el legado.

En Laguardia, rodeada por viñedos a los pies de la sierra de Cantabria, nació una idea que transformaría la forma de acercarse al vino. En 1990, Julio Martínez Zabala inauguró Bodegas Campillo con una intuición adelantada a su tiempo: debían abrirse al visitante. Hasta entonces, muchos calados eran espacios cerrados. Campillo rompía esa tradición al convertir la experiencia enológica en un diálogo entre productor y público.

Inspirada en los château bordeleses, la bodega marcó el inicio de una filosofía clara: el vino debía comprenderse antes de beberse. Además de degustarlo, había que aprender a observar, escuchar y sentir el proceso que transforma la uva en memoria cultural.

El edificio, diseñado por el arquitecto Aurelio Ibarrondo, se integra parcialmente bajo tierra, aprovechando las condiciones naturales para mantener una humedad constante cercana al 75% sin necesidad de climatización artificial.

Al descender por su escalera de caracol, el visitante percibe cómo el ritmo exterior desaparece. El aire fresco, el silencio y la penumbra invitan a una experiencia pausada, casi meditativa.

En las salas de barricas, cerca de seis mil unidades reposan alineadas bajo techos de madera que evocan la quilla invertida de un barco. Allí el vino evoluciona lentamente, transformándose sin prisa. Más adelante, el botellero, una auténtica catedral subterránea capaz de albergar alrededor de un millón y medio de botellas, revela el verdadero significado del tiempo enológico: los taninos se suavizan, los aromas se integran y la paciencia adquiere textura.

Para Lourdes Martínez Zabala, consejera del grupo vitivinícola, Campillo representa el primer capítulo del romance familiar con el vino: el momento en que la familia decidió compartir su historia con el público.

La experiencia continúa en un espacio interior sorprendentemente abierto, donde conviven dos mundos aparentemente distintos. Por un lado, Campillo Creativo, una sala dedicada al arte contemporáneo y a exposiciones temporales; por otro, el área de cata, donde el aprendizaje se convierte en juego sensorial.

Allí, guiados por los expertos, los visitantes participan en un divertido “duelo de narices”, una actividad que invita a reconocer aromas primarios, secundarios y terciarios. Identificar notas de fruta, madera o evolución no resulta tan sencillo como parece, pero en esa dificultad reside la magia del descubrimiento.

El viaje continúa hacia el corazón de Ribera del Duero, donde se alza Bodegas Portia, un ejemplo de cómo la arquitectura puede convertirse en herramienta enológica. Diseñada por Norman Foster, la bodega adopta una forma de trébol visible desde el aire. Tres pétalos convergen en un núcleo central desde el cual se organiza todo el proceso productivo con precisión casi coreográfica.

Durante la vendimia, los tractores ascienden por la cubierta inclinada para descargar la uva en la parte superior del edificio. Desde allí, el fruto desciende catorce metros hasta los depósitos utilizando la gravedad, evitando bombeos agresivos y preservando la integridad del grano. En Portia, la arquitectura es más que decoración; es parte activa del proceso de elaboración.

La experiencia alcanza su punto más intenso durante la vendimia. El visitante observa el proceso, y lo siente. El aroma del mosto fresco impregna el ambiente mientras comienza el nacimiento del vino. En la sala de catas se degustan distintas añadas y se interpretan las variaciones que introduce el tiempo, descubriendo cómo cada cosecha refleja un año irrepetible.

Acabamos el recorrido en los inicios de todo para la familia, en Rioja Alavesa. Si Campillo representa un cambio de filosofía y Portia la madurez, Bodegas Faustino, la primera del grupo, encarna la memoria viva del vínculo familiar con el vino. Su historia se remonta a 1861, cuando Eleuterio Martínez adquirió la Casa Palacio de Oyón, en Álava. En sus calados subterráneos comenzó una tradición basada en la paciencia, la observación y una mirada siempre orientada al futuro.

Pasillos en penumbra albergan añadas históricas mientras depósitos tradicionales conviven con tecnología avanzada. Todo responde a un equilibrio entre innovación y respeto por el proceso natural del vino.

En 2024, la familia volvió a colaborar con Norman Foster para crear “El Legado” -en la misma finca de Bodegas Faustino- un espacio concebido como experiencia sensorial y narrativa, destinado a transmitir la historia acumulada durante más de siglo y medio.

Las tres bodegas comparten una misma idea: el enoturismo no debe limitarse a impresionar, sino a explicar, a interpretar el vino y su contexto.

Cada una posee una personalidad propia. En Campillo, el visitante aprende a escuchar el silencio de la crianza. En Portia, descubre cómo la arquitectura puede proteger y acompañar al vino. En Faustino, comprende que cada botella forma parte de una herencia que sigue escribiéndose.

Como las historias de amor, ésta demuestra que solo se alcanza la plenitud cuando se le concede tiempo.

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