Cuando el papa Clemente IV falleció en 1268, la Iglesia católica se vio atrapada en una de las crisis institucionales más profundas de su historia. Lo que nadie podía prever es que aquel vacío de poder convertiría a la ciudad de Viterbo, a apenas 80 kilómetros de Roma, en el escenario de uno de los episodios más largos y dramáticos del papado medieval. Hoy, siglos después, ese mismo lugar se ha transformado en uno de los destinos históricos más fascinantes del centro de Italia.
El antiguo Palacio Papal de Viterbo, construido en el siglo XIII, domina el centro histórico de la ciudad desde un promontorio estratégico. Sus gruesos muros de piedra y sus estrechas ventanas fueron testigos de un encierro que duró casi tres años: el cónclave más largo de la historia.
Durante cerca de mil días, los cardenales reunidos para elegir al nuevo pontífice fueron incapaces de alcanzar un acuerdo, mientras desde el exterior se acumulaban presiones políticas, vetos encubiertos y alianzas entre reinos lejanos.
La paciencia de los habitantes de Viterbo se agotó pronto. Obligados a sostener económicamente a los prelados y temiendo disturbios, las autoridades locales tomaron una decisión que marcaría para siempre la historia de la Iglesia: cerrar el palacio con llave y aislar a los cardenales del mundo exterior.
De aquel encierro “cum clave” nació el término cónclave, vigente en la actualidad. La situación se volvió extrema cuando se les racionó la comida y se retiró el techo de la sala de reuniones, exponiendo a los cardenales al sol y la lluvia. Todavía hoy pueden verse en el pavimento los orificios donde se anclaron improvisadas tiendas.
Finalmente, fue elegido Gregorio X. Su nombramiento puso fin a uno de los capítulos más oscuros del papado, aunque el misterio y la solemnidad siguen impregnando cada rincón del palacio, que a lo largo de su historia acogió a ocho pontífices y fue residencia de verano y refugio de pontífices en tiempos convulsos.
Más allá de este pasado, Viterbo es una joya medieval excepcionalmente conservada. El complejo monumental del Colle del Duomo se alza sobre una saliente de toba calcárea, entre profundos barrancos que lo protegían de ataques externos. En la plaza de San Lorenzo se encuentra la catedral, de estilo basilical con tres naves y ábsides. En su interior reposan varios papas.
Pasear por Viterbo es recorrer siglos de historia a cielo abierto. El barrio de San Pellegrino conserva un entramado de callejuelas medievales con torres, arcos y los característicos profferli, escaleras exteriores talladas directamente en la roca volcánica.
La ciudad también forma parte de la histórica Vía Francígena, la ruta de peregrinación que conectaba Canterbury con Roma.
Bajo tierra, Viterbo esconde otro de sus tesoros: una red de túneles etruscos y medievales reutilizados durante siglos como bodegas, refugios y pasadizos secretos, incluso en la Segunda Guerra Mundial. Y en el ámbito cultural, la ciudad dejó huella en la literatura universal: Dante Alighieri se inspiró en las aguas termales del Bulicame para la Divina Comedia y citó episodios históricos ocurridos en estas tierras.
Durante 24 años considerada la “segunda Roma”, Viterbo es hoy un destino que combina historia, arte, gastronomía y leyenda.