'Digger': la sátira de Alejandro G. Iñárritu y Tom Cruise son críticas básicas en un envoltorio opulento
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La sátira ambiciosa es quizá el género más arriesgado que existe porque si no suscita risa -o reflexión al menos- su fracaso queda tan desnudo que no hay modo de enmascararlo. Por eso Digger, de Alejandro G. Iñárritu, casi merecer ser reivindicada antes que desgranar su palmario fracaso: las mejores intenciones, cuando son antipáticas, no deben impedir celebrar que al menos la industria apueste por invertir millones de dólares en el riesgo.
¿Qué es Digger? Un rótulo antes del comienzo ruega no desvelar demasiado, porque sí, Digger contiene varias capas en su estructura, así que el resumen va exento de spoilers: el mayor magnate de combustibles fósiles del mundo (Tom Cruise) recibe la noticia de que una explosión de sus instalaciones en Groenlandia (buen timing de los guionostas) ha provocado la escisión de un iceberg tan grande con capacidad de destrozar Europa en su deriva.
Desde el barroco dormitorio de Digger, asistimos a la intimidad grotesca del gerifalte y de su desprecio a subordinados y humanidad en general. Cruise, convenientemente envejecido hasta parecer casi una persona cercana a la edad real del actor, funciona con el tono histérico de la película. Riz Ahmed es el Pepito Grillo, experto ciéntifico, que tiene que lidiar con un negacionismo y estupidez trumpiano. Y John Goodman es el presidente ridículo cuya comedia se basa en chistes escatológicos, el personaje menos sutil de una película nada sutil.
Toda comedia es especialmente moralistas porque se ríe de algo y reclama su enmienda. Es notorio en Digger, una sátira -o farsa, como la propia película se autoexamina- que ataca al poder económico y político como culpables del cambio climático. Para decir algo algo tan elemental no hace falta una superproducción, pero Digger se vuelve algo más interesante cuando saca un espejo para señalar al espectador que él tampoco desea una revolución, sino continuar su vida acomodada.
Y, sobre todo, cuando revela que las propias sátiras, y el arte por extensión, no es que sean inútiles sino que son una consolación peligrosa para los espectadores. El problema es que azotarse a uno mismo con tanta grandilocuencia parece cualquier cosa menos sincera.
Se puede decir que Digger alumbra una tercera etapa estética de Iñárritu: desde Amores Perros hasta Biutiful su cine imitaba el documental y los teleobjetivos para, en un giro completo, virar al uso de grandes angulares y planos secuencias desde Birdman a Bardo pasando por El renacido. Y ahora en Digger, la referencia más clara es el cine de Roy Andersson: salvo que el cineasta sueco no movía apenas la cámara, la mayoría de encuadres, fotografía, colores e (intento) de humor recuerdan constantemente al director de La comedia de la vida o Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia.
Iñárritu venía de Bardo -la introspección más ampulosa jamás hecha- y al volver la cámara 180 grados al mundo su mirada sigue siendo opulenta. Con todo, Digger es disfrutable por su excelencia visual, básicamente la dirección artística y la inevitable maestría de Emmanuel Lubezki a cargo de la dirección de fotografía.
Ahora Digger se enfrenta a la taquilla con toda la industria mirando con atención si los grandes presupuestos para el cine de autor siguen mereciendo la pena. Esas potenciales consecuencias serían su peor legado, aunque Digger siempre podrá presumir - por su propio mensaje de autodesprecio que parece reclamar castigo- que, en el fondo, lleva razón en todo.