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Para todos los públicos Detrás del instante - Sofia Moro - ver ahora
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"Sofía Moro, una de las retratistas

más reconocidas de la fotografía española

y con una obra íntimamente vinculada con los derechos humanos,

ha inmortalizado a numerosas personas viviendo situaciones

de extrema dureza".

"Un día, conoció a un hombre especial,

diferente, que resumía en su increíble biografía

varios de los capítulos más violentos del siglo XX".

De Theo se podría hacer una película,

un documental, una novela.

Era un tío muy brillante.

Empecé a fotografiarle y es verdad que había que estar a la altura

en ese retrato de esa historia tan absolutamente apabullante.

Theo tenía muy claro que esa foto era importante

y yo también lo tenía. Nos aproximamos un poco

con los primeros disparos de la cámara hasta que, de pronto,

todo está en su sitio.

"En 2001, Sofía Moro fotografiaba a veteranos de la Guerra Civil".

"Concretamente, a las brigadas internacionales".

"Los extranjeros de izquierdas que se unieron a tropas republicanas".

"Fue entonces cuando conoció a Theo Francos".

La historia de Theo Francos era un resumen

maravilloso de lo que eran las brigadas internacionales.

Creo que él lo resumía todo.

Un tipo hijo de una mujer de Valladolid que vive en Bayona.

Theo vive en Francia toda su infancia.

Y ya desde los 12 años tiene que dejar de estudiar.

Y a los 16 años es cuando se une ya al Partido Comunista

y empieza a tener una conciencia política clara.

Con 22 años, viene a Barcelona, en el año 36,

para participar en las olimpiadas populares.

Pero un día antes, la guerra empieza en España

y esas olimpiadas se suspenden. Y él, como muchas personas

con este objetivo, acaba viajando a Madrid,

se une a las brigadas internacionales,

hace toda la guerra con esta brigada.

Theo me contaba que luchó en... en,

bueno, en casi todas las batallas importantes.

Empieza en el frente de Madrid.

Participa en el batalla del Jarama.

También en Brunete.

En el frente de Ebro.

Le hieren varias veces.

Una de ellas de metralla en el brazo.

Y cuando ya, en el año 38, a los brigadistas

se les despide en Barcelona, en el desfile, con un discurso,

Theo decide que él no se va

y vuelve al frente de Aragón y acaba la guerra

cuando ya ni siquiera las brigadas internacionales están presentes.

Al final, le hacen prisionero.

Pasa por varios campos de concentración,

es torturado varias veces.

Contaba, por ejemplo, como a muchos republicanos

vio cómo les cortaban la mano y les decían:

"A ver cómo saludas con el puño en alto".

Theo se intenta escapar tres veces del campo de concentración

de Miranda de Ebro y, al final, no lo consigue.

Le llevan a hacer trabajos forzados a Belchite y Theo es uno

de los que participan en la reconstrucción

de ese nuevo pueblo para Belchite.

Consigue escapar en el año 40.

En ese momento, estaban ya los nazis entrando a ocupar Francia.

Vuelve a su casa, a Bayona.

Al día siguiente de llegar, Ya viaja a Inglaterra

y se une a la resistencia, ¿no?

Para seguir luchando contra el avance del fascismo en Europa.

Se hace paracaidista

y se lanzan muchas veces en paracaídas

en toda la Francia ocupada, en Libia.

En una de esas veces, él cada vez que contaba esto, además,

lloraba inevitablemente, ¿no?,

a su gran amigo, a su compañero de todas estas guerras,

cuando en Libia tienen que atravesar el desierto,

al compañero le hieren.

Él arrastra al compañero durante 15 kilómetros por el desierto,

casi moribundo. Pero, al final, él mismo le tiene que rematar, ¿no?

Ese fue el gran dolor de su vida.

En el año 1942, Theo está en el sur de Francia,

también con la resistencia. Pasa a España

y tiene la mala suerte de que le detienen de nuevo

y le llevan otra vez al campo de Miranda,

donde le vuelven a torturar, ¿no?

Él intenta escaparse varias veces y, finalmente, lo consigue.

Y de Portugal, regresa a Inglaterra y sigue luchando en la resistencia.

Y en el año 44, es cuando, bueno,

con 36 compañeros, se lanzan en paracaídas sobre Holanda

y tienen la mala suerte de ser detenidos por los nazis.

Que lo que hacen es fusilarles.

Y Theo tiene la suerte de que la insignia de paracaidista

que lleva en la solapa desvía esa bala

que iba directa al corazón y que se queda prácticamente

a tres milímetros de la aorta.

Y esa misma noche, una pareja de granjeros

que han visto lo ocurrido y que son de la resistencia,

ven que uno de ellos mueve una mano, ¿no?

Y que ha conseguido salvarse, ¿no?

Le esconden en su granja durante tres meses

y consiguen recuperarle y salvarle la vida.

Cuando me contó la historia,

yo inmediatamente le dije que si tenía una radiografía,

si había manera de ver esa bala.

Y Theo me mandó la radiografía

y se ve perfectamente la bala que conserva ahí

hasta el final de su vida, directamente al lado del corazón.

Cuando se recuperó un poco, vuelve a unirse a las tropas de liberación

y vuelve a luchar.

Cuando acaba la guerra, Theo vuelve a su casa, a Bayona,

y todo el mundo le había dado por muerto, ¿no?

Su madre llevaba el luto desde hacía meses, ¿no?

Solo su novia tenía esperanzas en verle, nunca le dio por muerto.

Se casaron poco después

y están juntos más de medio siglo,

hasta que... hasta que ella muere unos meses antes de morir Theo,

que fallece el 1 de julio del año 2012.

Y esa bala la llevó 68 años pegada al corazón.

De todas las personas que he fotografiado haciendo mi trabajo

y de todos los brigadistas internacionales,

yo creo que Theo es la persona que concentra de una manera más clara

los ideales de toda esa generación.

Y con Theo yo creo que aprendí muchas cosas, ¿no?

Porque era, por un lado, la perseverancia,

la intensidad en la lucha y en los ideales.

Luego, era muy divertido, ¿no?

Él seguía fumando, ¿no?, en pipa, hasta el final de su vida.

Bebía, le gustaba el vino.

Decía: "Yo vino blanco no puedo beber, con la bala me sienta mal".

"Pero vino tinto sí. Venga, vamos a tomarnos un vino".

Es difícil resumir en una imagen toda la...

toda la vida de alguien. En el caso de esta imagen,

en realidad, casi todo el siglo XX.

Cuando empecé a fotografiar a Theo,

Theo tenía 87 años ya, ¿no?

Pero realmente podías ver la mirada de ese chaval joven.

Había una parte también de un dolor que llevaba Theo dentro

que estaba ahí, presente, ¿no?

La guerra había sido durísima, pero era la juventud de Theo, ¿no?

Y yo creo que eso, aunque el cuerpo ya era el cuerpo de un anciano,

de un señor muy mayor,

la mirada tenía la intensidad todavía de ese joven, ¿no?,

que había venido a España con esa ilusión

y con esa idea romántica, ¿no?, de salvar el mundo.

Yo creo que eso es lo que yo y él juntos...

Porque hacer un retrato es un trabajo de los dos, ¿no?

Bueno, lo que yo utilicé

para conseguir en esa fotografía resumir

lo que a mí Theo me parecía que encarnaba, ¿no?

"Desde pequeña, Sofía Moro vivió la fotografía en casa".

"Su abuelo, Germán Valentín Gamazo,

arquitecto y fotógrafo,

retrató por encargo de la Dirección General de Bellas Artes

los castillos de España".

"Le ayudaba su hija, la madre de Sofía,

hasta el punto que ambos acabaron montando su propio estudio".

Cuando ya mis abuelos fallecieron,

mi madre era la mayor de ocho hermanos,

aprendió absolutamente todo el equipo de su padre

y se dedicó básicamente a cuidar a sus hermanos pequeños.

Pero en mi casa me hablaba mucho de foto y además me decía:

"Bueno, cuando seas mayor y tu hermano pequeño crezca,

te enseñaré a revelar y montamos un laboratorio en casa".

Pero yo soy la segunda de siete hermanos.

Ahí seguían naciendo hermanos pequeños.

Nunca crecía el pequeño lo suficiente como para que mi madre

tuviera tiempo y ganas de ponerse a revelar fotos conmigo.

Cuando estaba en la universidad, estudiando Ciencias Biológicas,

en el último año de carrera,

empecé a hacer un curso de fotografía por las noches.

Bueno, y quedé absolutamente fascinada.

Me fui a estudiar a una escuela de fotografía en California,

que se llamaba Brooks Institute, una escuela privada.

Y a mí me interesaba el periodismo, el fotoperiodismo,

la fotografía documental.

Pero pensaba que si podía estudiar, lo que tenía que aprender

era mucha técnica, para luego ya contar mis historias.

En mi clase había un señor mayor,

mucho mayor que el resto de nosotros,

que era un grandísimo empresario,

un millonario americano.

Y él colaboraba con una organización,

con una ONG americana.

Y un día se acercó y me dijo:

"Oye, Sofía, a ti que te gusta tanto esto del fotoperiodismo,

queremos mandar material a un hospital en Guatemala,

pero está en una zona complicada, una zona de guerrilla".

"Nadie quiere ir, pero necesitamos ver ese hospital

antes de mandar el material. ¿A ti te gustaría ir?".

"Te pagaríamos los gastos, te pagaríamos el viaje".

Efectivamente, me pagaron ese viaje.

Viajé a una zona absolutamente remota de Guatemala,

fue una experiencia maravillosa.

Allí estaba el hospital.

Era un hospital de un cura católico italiano.

El padre Tiziano creo que se llamaba.

Y, bueno, yo volví con esas fotos y les hice ese trabajo, ¿no?

"En Guatemala, Sofía Moro tuvo un encuentro fortuito

con José Manuel Navia, un fotógrafo español a quien no conocía".

"Dos años después, a su regreso a España,

Navia la introdujo en la agencia Cover, donde él había trabajado".

En Cover se trabajaba básicamente de dos maneras.

Por un lado, se cubría la actualidad y se hacían fotos

que se ofrecían luego a las revistas.

Pero, además, muchas revistas extranjeras

contactaban con la agencia para contratar fotógrafos.

Yo, gracias a eso, publiqué en "New York Times",

publiqué en "Le Monde",

publiqué en "Newsweek", en "Financial Times" también algo.

Pero esa no era realmente mi vocación en fotografía.

Y al poco tiempo de empezar,

decidí que por lo menos un mes o una vez al año

iba a dedicar unas semanas a hacer un trabajo un poquito más

en profundidad.

A contar una historia en fotografías, a documentar algo.

Todos los fotógrafos, para sobrevivir y ser lo que quieren ser,

tienen que combinar estas dos velocidades.

Y Sofía esa curiosidad la ha llevado desde el principio

y la tenía. Siempre ha querido hacer otras imágenes

que no le estaban encargando.

Lo primero que hice

fue un reportaje en la cárcel de mujeres de Carabanchel.

Entrar en la cárcel es una experiencia

yo creo que supervaliosa.

Se aprende mucho siempre en la cárcel.

La gente que está en la cárcel es peor persona muchas veces

que la que está afuera, sino gente que ha tenido menos oportunidades,

que viene de vidas mucho más duras.

Y, bueno, a mí me valió para empezar a contar

las historias que quería conocer,

empezar a contarlas con imágenes,

que es lo que hacemos los fotógrafos.

En el año 95, casi por casualidad,

conocí a un chico colombiano que viajaba

por segunda vez a Burundi a trabajar en un hospital.

Y, bueno, decidí que me iba con él.

Estuve casi tres semanas viviendo la misión

y documentando el trabajo de este médico en Burundi.

Yo iba con mi cámara por el hospital

y fotografiaba lo que quería y como quería.

En ese hospital había partos todos los días, ¿no?

Y eran una de las cosas más delicadas.

Y en uno de esos nacieron dos gemelos prematuros.

Y al rato de... de nacer los niños,

veo que ponen un candil al lado de uno de ellos,

muy pequeñito que había.

Cuando digo: "¿Y este bebé que tenéis aquí?".

Dicen: "No, no, este candil, el calor de este candil

es lo más parecido que tenemos aquí a una incubadora".

Y es la incubadora del Tercer Mundo.

Todo era muy precario y todo tenía la belleza

y el dolor que tienen esas cosas.

En Cover estuve siete años prácticamente.

Y para mí fue una escuela fantástica.

"En el año 2000, Sofía Moro deja la agencia Cover

y se pone a trabajar como freelance".

"Tenía experiencia y ya conocía

a los responsables de los medios de comunicación más importantes,

que valoraban su trabajo".

Bueno, trabajaba básicamente para todas las revistas que había

en el momento. Los buenos trabajos

eran los de los dominicales,

donde había muy buenos periodistas, muy buena edición.

Me encargaban, sobre todo, retratos.

Era una época en la que se hacía mucho series de retratos.

Luego, fotografiar a gente muy interesante.

Porque mí, al final,

el fotografiar a gente me parece una de las cosas

que más disfruto, el poderme acercar a gente,

poder fotografiarles,

poder dar una opinión de ellos.

Gente que de otra manera nunca podría haber conocido.

Fotografíe también a políticos.

Realmente, yo siempre he preferido el perfil de escritores,

de políticos, que ese perfil de actrices y actores

siempre con esa dictadura de la belleza,

donde todo tiene que ser muy bonito.

Yo prefería esos personajes con más edad,

con más personalidad, con más historia detrás.

Personas que he fotografiado interesantes.

Joan Manuel Serrat,

Aute,

a Raimond, también, el cantautor.

Directores de cine, como Carlos Saura,

a Blanca Portillo, la actriz Marisa Paredes.

Yo la sensación que tengo ante los retratos de Sofía Moro

es que son retratos de verdad,

que no hay impostura, que no hay pose.

O sea, que logra sacar lo que hay de verdad en la persona.

En el año 2008, ocurre algo que realmente cambia mi carrera.

Porque empieza en España la revista "Vanity Fair".

Y fue una revista que se miró con lupa

en todas las redacciones.

Y cuando sale el primer número,

pues mis fotos estaban ahí.

Un retrato de Solana.

Había también un retrato de César Alierta,

presidente de Telefónica en ese momento.

Y había también un retrato de los doce cocineros españoles

con estrellas Michelín.

Y esos tres retratos, que se publicaron a doble página,

me empezaron a abrir puertas en el resto de las revistas.

Cuando me encargan un retrato

o cuando decido yo para mis trabajos fotografiar a alguien,

lo primero que hago es intentar documentarme en profundidad

sobre la persona que voy a fotografiar.

El retrato es supercomplejo, yo creo.

Requiere una conexión especial con la persona que tienes delante.

Fotografiar a la gente siempre es un misterio, ¿no?

Hay veces que hay gente que te gusta, que te cae muy bien,

que conoces muy bien su historia y te parece admirable,

a la hora de fotografiarles, de pronto, es muy frío, ¿no?

O es muy distante o incluso es muy antipático.

Me pasó con Kofi Annan, ¿no?

Persona a la que yo admiraba.

Y, luego, fue una fotografía supercomplicada,

con un tiempo superlimitado,

con una tensión grande en ese momento.

Y otras veces es al revés, ¿no?

Gente de la que no te esperas nada,

de pronto, hay una conexión especial y es maravilloso, ¿no?

Y me pasa, por ejemplo, con Nuria Espert.

Sin ningún tipo de complejo,

con una libertad absoluta por su parte

y con una libertad absoluta para mí.

Cuando doy clase de retrato fotográfico,

muchas veces a los alumnos les enseño

cómo es el proceso de retratar a alguien,

les enseño una serie de fotografías

de cuando fotografié al general Orozco.

El general franquista que quedaba vivo

más condecorado en esos momentos.

Le entrevisté antes de hacer la foto.

Me repasó un poco su historia,

el porque había luchado en la guerra,

lo que pensaba entonces, lo que pensaba en esos momentos,

60 años después del principio de la guerra.

Y, bueno, acabó diciéndome algo así como:

"Repaso hoy mi vida contigo y me doy cuenta

que mi historia es la guerra".

Bueno, ¿cómo empezamos a fotografiar?

Bueno, pues que empiece sentado,

tranquilo, con sus gafas.

Que no se canse el general, porque no sé lo que voy tardar.

Por supuesto, el general no mira a cámara.

"No, no, mire allá, la luz está a la derecha".

Cuando ya veo que tengo las cosas más o menos organizadas...

Pero en el momento que el general mira a cámara,

se le pone una sonrisa tonta en la cara.

Casi me asusto.

"No, no. Vuelta usted a mirar hacia la luz".

Bueno, yo acabé ese primer carrete

y realmente no tenía la foto que yo quería.

Le propongo hacer un segundo carrete, eran 16 fotogramas más.

Ya sin silla, ya el general se pone de pie,

sin las gafas, un poquito más entero, ¿no?

Empiezo a fotografiar.

Y ahí ya sí conseguimos conectar un poco, ¿no?

Él ya consigue mirar a cámara.

Yo consigo aguantar esa mirada.

La expresión está bien, pero por cómo la he colocado a él

y por cómo he colocado las luces,

no veo las medallas, que para él son tan importantes.

Paró la sesión un momento. Le digo: "Bueno, esto lo tenemos".

"Pero, si no le importa, para estas cinco últimas fotos

vamos a girar un poco las luces".

"Le voy a girar usted también para poder ver las medallas".

Y fue esta frase que yo dije de una manera muy ingenua,

sin ninguna intención,

lo que consigue que en esos cinco fotogramas, de pronto,

el general se olvide absolutamente de las luces,

se olvide del fotógrafo, se olvide de que tiene una cámara delante

y se convierta en el general franquista

que me había contado antes.

"El retrato del general Orozco

fue uno de los primeros del proyecto 'Ellos y Nosotros'

en el que Sofía Moro fotografió a veteranos de la Guerra Civil,

tanto del Bando Nacional como Republicano".

"Empezó cuando los veteranos de las Brigadas Internacionales

regresaron a España para conmemorar

el 60 aniversario de la Guerra Civil".

Para mí, realmente, fue un punto de inflexión

en mi fotografía absoluto.

Y, al final, estuve diez años fotografiando a hombres y mujeres,

civiles y militares de un bando, de otro.

Y, de hecho, a mí me interesaba mucho el conocer los por qué

de los dos bandos. Y eso me llevó

a entrevistar a todos con la misma intensidad

y con el mismo interés.

Y componiendo una especie de retrato de toda esa generación.

El hecho de que haga también sobre el bando franquista indica que ella

tiene una visión mucho más amplia

de reflexionar sobre lo que ha sido nuestro pasado,

pero sin tantos dogmas como los que teníamos.

Y este trabajo acaba siendo mi primer libro.

Yo cuando lo empecé, en el año 96,

nadie hablaba de este tema.

En ese momento, parecía que era una historia

que no le interesaba a nadie.

-Con el reportaje de Sofía de "Ellos y nosotros"

se cierra la Guerra Civil.

Es un trabajo que no se podía haber hecho mucho antes.

Y después hubiera sido imposible.

Hoy, ya no existen en la mayor parte de las personas,

creo que ya todas están muertas.

En el año 2010, cumplía 10 años

la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.

Y "El País" me manda a hacer un reportaje

sobre la situación en estos momentos de esta asociación.

Y cuando empecé a fotografiar en la asociación

todo el trabajo que hacen de recuperación de estas personas,

de los objetos que encuentran en estas fosas,

de pronto, de una caja de cartón, envueltas en papel de periódico,

me sacan unas botas que eran las botas de Antonio,

un zapatero gallego al que habían ejecutado

y habían tirado a una fosa al comienzo de la guerra.

Se sabía que eran las botas de Antonio

porque tenían todavía los huesos del pie dentro de la bota.

Muchas veces los objetos yo creo que tienen la capacidad

de trasladarnos en el tiempo y de contarnos las historias

de una manera contundente.

Y me parecía que esas botas tenían esa capacidad de resumir todo eso.

Luego, viendo la fotografía de las botas,

me acordé de una fotografía que había hecho años antes

en el antiguo Museo del Ejército de Madrid.

Unos zapatos de Franco, unos zapatos blancos, impecables,

que tenían los calcetines bordados por doña Carmen

en punto de cruz: FF.

Y al poner esas dos fotografías juntas,

mis sensación es que se resumía perfectamente

lo que había sido la guerra.

"Dos años después de finalizar su proyecto "Ellos y nosotros",

Sofía Moro se dirigió a Amnistía Internacional para colaborar

con esta prestigiosa asociación".

"De ahí surge 'Defensores',

un libro de retratos de activistas

en defensa de los derechos humanos".

El trabajo de "Defensores" se publicó finalmente en 2008,

coincidiendo con el 60 aniversario

de la Declaración de Derechos Humanos.

Al principio, decía: "Defensores de derechos humanos somos todos

os que creemos en la declaración, ¿no?".

Pero cuando empecé a fotografiar a gente,

me di cuenta que era algo más, ¿no?

Que era gente que realmente se jugaba la vida

por defender los derechos de las personas

que tenían alrededor, de pequeñas comunidades indígenas,

de lugares muy remotos, muchas veces sin ningún medio

y realmente por causas que a veces a mí me parecía

que estaban superadas hasta que les conocí.

Cuando hacía el trabajo, una de las personas que fotografié

que fue Hollman Morris, un periodista colombiano,

me dijo una frase que a mí me impresionó. Dijo:

"Será interesante ver dentro de un año

cuántos de nosotros seguimos vivos".

Bueno, pues bien, cuando se publicó el libro, en 2008,

a David Kato, un chaval ugandés homosexual,

le había matado de una paliza en la calle

solo por ser homosexual, ¿no?

En el año 2009, "El País Semanal" me encarga,

junto a Álvaro Corcuera, fotografiar a una persona

que había estado condenada a muerte durante veintipico años.

Hasta que, de pronto, después de mucho esfuerzo y mucho sufrimiento,

consigue demostrar que es inocente,

que no es el autor del crimen del que le acusan

y sale del corredor después de muchos años allí.

Él venía a España a presentar un documental.

Y al acabar esa sesión, estuvimos un rato con él

y nos contó: "Bueno, si mi historia os parece interesante,

dentro de tres semanas nos reunimos en Estados Unidos,

en Alabama, 21 personas que han pasado por esto mismo que pasé yo".

Y, poco a poco, fuimos convenciendo a esas 21 personas

para que se pusieran delante de la cámara,

para ir fotografiándolos con tranquilidad,

con mucho cuidado, con mucho respeto.

Eran todos personas con un trauma grande

y con un estrés postraumático severo.

-Yo creo que ese trabajo de los corredores de la muerte

es un trabajo que probablemente no podría haber hecho

si no tuviera ya la trayectoria que tiene,

si no tuviera la madurez que tiene.

Porque es un trabajo difícil.

Las 21 personas que conocimos en Alabama

eran absolutamente inolvidables.

Porque habían pasado por experiencias

que a mí me parecían insoportables, ¿no?

Estaba, por ejemplo, Derrick, ¿no?,

que había pasado más de 20 años condenado a muerte.

Pasó por varias fechas de ejecución.

En una de ellas había estado solo a una hora de ser ejecutado.

Historias de gente como Albert,

un tipo, un cowboy americano analfabeto,

con un retraso mental considerable,

al que acusan de la muerte de una pareja

en el pueblo en el que vive.

Y después de 13 años, por fin, le liberan

y le dejan en la puerta del penal

con un billete de 10 dólares y con una cazadora vaquera.

Era enero, estaba nevando.

Eso es todo lo que le dan.

O la historia de gente como Debra Amil, ¿no?

Una mujer a la que acusan del asesinato de su propio hijo.

O Sabrina Badger, que su bebé muere de muerte súbita una noche

y ella le intenta rehabilitar. Y tiene unos moratones en el cuerpo

debido a esos ejercicios de rehabilitación.

Le acaban acusando de la muerte de su propio bebé.

Tiene solo 18 años y acaba en el corredor.

Y consigue demostrar que no hay ninguna prueba que demuestre

que Sabrina ha matado a su bebé, al que adoraba, ¿no?

Suhia Graham era un chaval de Luisiana,

hijo de unos recolectores de algodón.

Su familia decide mudarse a Los Ángeles

para intentar tener otra vida mejor, ¿no?

Y Suhia se pasa toda su toda su infancia

y toda su juventud entrando y saliendo de correccionales.

Un día, hay un motín en la cárcel

y aparece muerto uno de los guardias

y le acusan a él y un compañero.

Se pasa cinco años en el corredor, ocho en total en prisión.

Cuando vi a Suhia Graham, prácticamente no hablaba.

Simplemente decía: "Soy un soldado. Esta es mi causa".

Según se sentó delante de la cámara, no dijo nada.

Yo tampoco hablé.

Y él, inmediatamente, empezó a llorar, ¿no?

Cuando yo lo vi, rápidamente reconocí una portada en él.

Que esa lágrima era una especie de declaración de principios.

Era como decir: "Esta es la foto que yo quiero que me hagas".

"Esto es lo que yo quiero contar con este retrato".

"Sofía Moro lleva años combinando sus encargos y proyectos personales

con la docencia, enfocada sobre todo al retrato".

"Aunque el contexto actual a nivel profesional

es muy diferente de cuando ella empezó a trabajar en fotografía".

Las nuevas generaciones tienen la suerte de que tienen muy accesible

la publicación y el poder mostrar sus fotografías.

Pero no sé como se van a ganar la vida

la gente que estudia fotografía.

Hoy en día, que estamos tan inundados de fotografías,

que prácticamente todo está fotografiado,

que todo es accesible, lo único que tiene valor,

yo creo, desde mi punto de vista, en fotografía

es la opinión personal del fotógrafo

sobre lo que tiene delante.

Este trabajo a mí me ha hecho

entender el mundo de una manera más profunda.

Y, sobre todo, una cosa que creo fundamental,

es ser muy cuidadosos a la hora de juzgar a los demás.

Porque muchas veces nos creemos

que la gente viene del mismo sitio que venimos nosotros.

No es mérito nuestro, ¿no? Tenemos la suerte o la mala suerte

de nacer donde nacemos, en el momento que nacemos

y rodeados de la gente que nos ha tocado, ¿no?

Y en ese sentido,

mi trabajo me hace absolutamente consciente

de lo afortunada que soy.

(Jonathan Phillips "Sunshine baby")

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Detrás del instante - Sofia Moro

05 feb 2020

La reconocida retratista Sofia Moro conoció a Théo Francos, un francés que combatió en la Guerra Civil y en la Segunda Guerra Mundial. Cuando supo su historia -con fusilamiento incluido-, entendió que su fotografía debía estar a la altura de la vida de película de aquel hombre.

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