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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1405 - ver ahora
Transcripción completa

Todo sigue igual que estaba. Nada cambia en este barrio.

Nadie tiene iniciativa.

Para eso volvemos, para ponerlo todo del revés.

¿Desean los señores que les acompañe hasta su piso?

No, gracias, Marcelo.

Me apetece que todos se cercioren de que he llegado, que me vean.

Encárguese de que el chófer descargue el equipaje

y llévenlo al principal.

Sí, señor.

Doña Genoveva, don Aurelio.

Jacinto, Servando, celebro verles de nuevo.

Igualmente, doña Genoveva.

Coméntenles a los vecinos que hemos vuelto,

estaremos encantados de recibirles.

No se preocupe, se enterará todo Acacias que están aquí.

Muchas gracias, Servando. Con su permiso.

Ponte al servicio de Marcelo y ayuda a subir las maletas.

Claro.

Ella está más guapa que cuando se fue.

Será que la maldad embellece.

Voy a descargar, que aún me gano una reprimenda.

Me ha dado la impresión de que te conocía.

No sé.

Jacinto.

¿Son nuevos vecinos?

Sí, don David y doña Valeria. Muy queridos en el barrio.

Ella toca el piano como los ángeles, ya la oirá.

(Sintonía de "Acacias 38")

Está bien, tienen razón, hay algo más.

¿El qué?

Que don Ramón va a poner el grito en el cielo.

Por el amor de Dios,...

es un homenaje a la memoria de su hijo, de su mujer...

-La demostración de que no los hemos olvidado

ni los olvidaremos por mucho que pasen los años.

Si yo lo entiendo... y me siento orgullosa.

Y sé que Moncho, cuando sea mayor,

podrá ver que su padre fue un buen hombre, pero Ramón...

Podemos ir a exponérselo nosotros.

Que no.

Ni don Ramón ni don Felipe han levantado la cabeza

desde el atentado.

Cada acto que hay, les hace revivir ese dolor que sintieron entonces.

El ayuntamiento va a hacer la inauguración igualmente.

No sé cómo lo podemos evitar.

Cuanto más desapercibida pase, mejor.

Si yo... en el fondo lo entiendo.

Si en lugar de fallecer doña Carmen hubiera sido mi Bellita,...

yo no tendría ánimo para seguir viviendo.

Eso me pasa a mí con mi Antoñito.

Don Felipe y Ramón no es que no tengan ánimo para seguir viviendo,

es que no dejan vivir a los demás. -Ya.

No sé cómo vamos a evitar

que el ayuntamiento celebre fastos en la calle.

Si les digo la verdad, no sé si es bueno evitarlo,

los muertos merecen estar en la memoria,

para que nada así se repita. Es una decisión complicada.

De verdad se lo pido, que después soy yo la que vive con mi suegro.

Perdone que me meta, que sé que no soy quién,

pero ¿no sería bueno que vivieran cada uno por su lado?

¿Y dejarlo solo?

En mi pueblo había un hombre que se quedó viudo y vivía solo.

Primero dejó de regar las plantas,

luego de lavarse, luego de comer... Y al final...

¿Se murió?

Claro, si el hombre no comía.

Eso sí, antes de morirse, se subió desnudo al campanario.

Espero que don Ramón no haga eso.

Esperemos que no llegue a eso, pero...

de todos modos, Lolita, insisto,

piénsate bien lo del homenaje.

Sé que a mi suegro no le va a ir bien.

¿Y a usted,

le irá bien no recordar a su marido y a su suegra en un día tan señalao?

Tampoco queremos que termine perdiendo la cabeza

como ese de su pueblo.

Pues no,... la verdad es que me partiría el alma.

Está bien, haremos el homenaje, tienen razón.

Hablo con mi suegro y que sea lo que Dios quiera.

Las camas están hechas.

Habrás puesto sábanas nuevas.

Claro que sí.

Que lleva usted con esa cantinela desde que salimos de la tienda.

Espero que no quedemos en ridículo.

Quizá tendría que haberme estirado un poco más

y haber comprado unas de hilo.

O debería gastarse menos parné en sábanas nuevas

y pagarme los atrasos.

¡Descarada!

¿Para qué querrás tú el dinero si aquí te lo damos todo?

¿Hay toallas limpias en el baño? -Sí.

Y los suelos están fregados, el plumero pasado,

los cajones vacíos y perfumados y los cristales resplandecientes.

Bien.

Ni se te ocurra tomarte licencias con mi hermana.

Trátala con educación. -Como hago siempre.

Por favor, tú no sabes lo que es eso.

Tantos años conmigo y no has aprendido ni pizca.

Casilda, ¿te has enterado de la llegada de Genoveva y Aurelio?

Sí. No se habla de otra cosa en el altillo:

doña Genoveva, don Aurelio

y un mayordomo de lo más estirao.

¿Mayordomo? -La nueva moda.

¿Por qué nosotros no tenemos uno? -Porque estamos arruinados.

Y porque me tienen a mí, que valgo por dos mayordomos.

Como si fuera lo mismo.

Claro que no es lo mismo, es mucho mejor.

¿Cuándo llega tu hermana Hortensia? -Mañana.

Todavía nos queda un día de paz.

No sé por qué dices eso. -Porque la conozco.

Casilda, prepárate, que nos va a volver locos.

Ya me imagino, señor.

No os pongáis los dos contra mí, mi hermana es encantadora, como yo.

Un día de paz nos queda hasta tener a dos encantadoras en casa.

(Puerta)

Ve a abrir, Casilda.

Dios mío.

Liberto, ni se te ocurra ponerte impertinente con Hortensia.

Si ella se comporta de forma normal, yo también lo haré.

Si viene creyéndose la diva del teatro del Príncipe, no la soporto.

-¡Rosina, Liberto!

¡Rosina!

(RÍEN)

(Besos)

¡Hortensia!

¿No llegabas mañana?

Sí, pero me he dicho, con las ganas que tendrán mi hermana

y el muchacho de verme, no voy a hacerles esperar más.

Gracias por pensar en nosotros.

Siempre, Liberto, siempre.

Azucena.

Cuánto equipaje, ¿no? -Y lo que queda en la entrada.

Sabes que me gusta vestir bien, una prenda para cada ocasión.

Azucena, saluda a tus tíos.

Doña Rosina.

Don Liberto.

Bienvenida a casa, Azucena.

Bueno, basta de formalismos, que somos familia.

Rosina, enséñanos nuestras habitaciones.

Y tú, Casilda te llamabas, ¿no? Empieza a deshacer las maletas.

Cuelga las faldas, las blusas... Y los abrigos aparte.

Y plancha todo. Ya iré luego a echar un vistazo.

Rosina, enséñame las habitaciones.

Sí. (RÍEN)

(HORTENSIA RÍE)

(SONRÍE)

Esta noche no se preocupe por nada, Marcelo.

Instálese y mañana empezaremos a organizarlo todo.

Gracias, señora.

Pero no dormiría a gusto sabiendo que ustedes no están confortables.

Me ocuparé por lo menos de su dormitorio.

Y luego, a dormir, que nos esperan días de mucho ajetreo.

Sí, señor.

¿Qué le ha parecido la casa?

Con todos mis respetos, don Aurelio,

muy pequeña, comparada con la hacienda en la que vivían en México.

Me temo que van a echar en falta comodidades y espacio.

México es muy grande y España muy pequeña, no se preocupe.

Todos estaremos bien, incluido usted.

Yo estaré bien donde los señores se encuentren a gusto.

Mañana mismo empezaré a buscar doncella y cocinera.

Tenga cuidado con quién nos mete en casa.

Confío en su buen ojo. -No tendrá queja, señor.

Ahora, si me permiten,

voy a arreglar su alcoba. Gracias.

No sé por qué has insistido en traerte al mayordomo de México.

Marcelo Gaztañaga es una institución en la familia Quesada.

Fue mayordomo de mi padre, es de confianza absoluta

y sus funciones van más allá

de las de un simple criado.

¿Eso incluye trabajos sucios?

No, no.

Marcelo nunca se ha manchado las manos, que yo sepa.

Pero es fiel y un gran consejero cuando se le necesita.

Tú y yo también nos aconsejamos el uno al otro.

Y así seguirá siendo.

Hasta que la muerte nos separe.

Aurelio, tengo una pregunta.

¿conocías a la pareja del portal?

"La pareja del portal".

No, no sé de quién me hablas.

(Suenan las campanas en Acacias)

Esto está fatal, abuela.

Hay que cambiar la instalación eléctrica.

No me vengas con esas, que no estamos para gastos.

Diez metros de cable, que el trabajo lo hago yo.

¿Tú sabes hacer eso? -¿Sabe usted hacer paellas?

¡Uy!

Pues claro que sé.

Estudio en la escuela de Mecánica, y Electricidad nos enseñan.

Sí. Si es que te sigo viendo como un "xiquet"

que tira piedras al río.

Luego voy a comprar los materiales y esta tarde empiezo.

Si nos descuidamos, arde el local. -¿Tan grave es?

El local y el barrio entero. -Madre mía.

Muy buenas. Muy buenas.

Buenas.

Miren, aquí tienen un bizcocho de regalo

de los vecinos de la pensión.

Muchas gracias, Fabiana.

¿Podemos fiarnos de la instalación eléctrica

para encender la máquina y ofrecerles un café?

Creo que aguantará.

Además, esto huele de maravilla.

Y mejor sabrá. A mí me suenan las tripas.

Si ya has comido en casa, Servando.

Se me ha levantado el apetito de nuevo.

¿Café para todos?

Para mí sí.

Le ayudo.

-Muy bien.

Bueno, ¿y usted qué hace?

Voy a cambiar la instalación eléctrica.

Es muy antigua. "¿Antigua?".

Esto está de la época de doña Juliana Ferrero.

Del siglo pasado. Así está.

No me extrañaría que medio barrio estuviera igual.

Sí, así está.

Es caro cambiarlo.

Lo voy a hacer yo. Estudio electricidad en la escuela.

Anda, pues...

cuando quiera, se puede pasar por la pensión para hacer prácticas.

No le cobraría nada.

Ay, ya le está liando mi marido, ¿verdad?

Ni caso.

No es problema, de verdad. -Pero pagaríamos, faltaría más.

No, mujer, si a él le viene bien.

¡Servando, por favor!

A las buenas. -Buenas.

Ven, Casildica.

Doña Inma, Guillermo,

ella es Casilda, una criada del barrio de toda la vida.

Casilda, ellos son los Sacristán,

la señora Inma y su nieto, Guillermo,

son los nuevos dueños del restaurante.

Quédate a desayunar.

Ay, pues que tengo mucha prisa,

anoche llegó la hermana de mi señora.

¿Ni cinco minutos? Así nos cuentas cosas del barrio.

Bueno, venga, cinco minutos, pero luego me marcho a escape.

-Muy bien.

Don Liberto, no esperaba verle por aquí tan temprano.

Disculpe, pero necesitaba salir de mi casa.

No sabe en lo que se ha convertido aquello.

Pase, pase.

¿Algún problema?

La hermana de mi esposa, tenía que haber llegado hoy y lo hizo ayer.

No se imagina lo que es.

¿Se parece a doña Rosina?

Es mi esposa multiplicada por diez, imagínese.

En esta casa es siempre bienvenido. Todavía no es la hora del aperitivo,

que para mí es la comida más importante,

pero a un café le puedo invitar.

Se lo agradezco, pero me he tomado uno.

Me basta con que nos sentemos y tengamos un rato de charla.

Bueno, pues sí que me sale barato.

Por favor.

No sabe cómo le entiendo.

Nosotros también tenemos invitados.

Ya sabe que Ignacio, el sobrino de mi esposa,

y Alodia están viviendo en esta casa

mientras les acaban las obras en la suya.

Ustedes han convivido mucho tiempo anteriormente,

no es lo mismo.

Bueno, bueno, usted no sabe lo que ha cambiado Alodia.

¿Se acuerda de aquella criada simpática y discreta que era?

Pues de eso ya no queda nada.

Ser la esposa del doctor Quiroga se le ha subido a la cabeza.

Y ahora es altiva,

antipática y marimandona.

Don Jose, en todos estos años

nos hemos convertido en los últimos monos de nuestras casas.

Ahí le llevo ventaja,

yo siempre lo fui, no es cosa de los últimos tiempos.

No, no, no. -Buenas.

Les veo de muy buen humor. -Sí.

Reunión de últimos monos.

(RÍE)

Entonces, me siento con ustedes.

Si se trata de ser el último mono, estoy en mi salsa.

Les quería preguntar por don Ramón.

Me han dicho que tiene el carácter alterado.

Así es.

No levanta cabeza, igual que don Felipe.

Ojalá hubiera un medicamento contra ese mal.

Y lo habrá, lo habrá, no sé si dentro de un siglo, pero lo habrá.

Si tarda un siglo, nos va a pillar a todos en el otro barrio.

Lo de la inauguración de la plaza no lo sabes, ¿no?

Creo que no.

El ayuntamiento quiere ponerle de nombre plaza de Antonio Palacios

y hacer un homenaje a los fallecidos en el atentado.

Una iniciativa muy loable, ¿no, tito?

Pero Lolita cree que don Ramón puede sentirse incómodo

con esa especie de celebración.

A lo mejor, si se lo explican ustedes,

que son amigos desde hace tiempo...

En eso confiábamos, pero Lolita no está segura.

Creemos que lo mejor es que ella hable antes con él.

En fin, ya veremos.

Antes de que se nos olvide,

hay una noticia en el barrio que puede ser sonada.

La vuelta de don Aurelio y doña Genoveva.

¿Y esto lo sabe ya don Felipe?

Ni idea.

Se puede armar la marimorena.

Entonces ¿la señora que llegó anoche con su marido, el coche

y el mayordomo, estuvo casada con otro señor del barrio?

Eso es, con don Felipe.

Les han anulado el matrimonio o se han separado, no sé.

Separado.

Eso no pasa en el pueblo. -Sí pasan, pero no se habla.

Aquí se habla de todo. Ya se encarga mi señora.

Que es la que se llama doña Rosina, ¿no?

La que está casada con un hombre más joven.

Ea, con don Liberto.

La que acaba de recibir de visita por unos días

a su hermana y a su sobrina.

Se supone que vienen para unos días, pero traen equipaje para tres meses.

Pues podía haber venido a la pensión.

En esa pensión, nosotros damos un servicio de primera.

Como con la familia no se está en ningún sitio.

Eso hay que preguntárselo a la familia que recibe,

que hay visitas que no se van ni con aceite hirviendo.

Yo me he hecho un lío con tanto nombre,

no sé si doña Rosina es la dueña de la casa o la que viene de visita.

Bueno, ya se apañará, no se preocupe.

Están los Palacios,

don Felipe, doña Genoveva, los Domínguez del Campo...

Esa es la cantante. -Ahí está.

Ella y el marido son muy buena gente.

Y luego está la nuera, muy estirada, la Alodia.

A las buenas. ¿Se puede? -Buenas.

Claro, pase, pase.

Señora Inma, Guillermo,

les presento a Jacinto, el portero del 38.

Para servirles. -Sí.

Tome asiento.

Y tome un pedazo de bizcocho.

Qué lástima.

De haber sabido que venías...

Ya, ya.

¿Un poco de café? -Sí.

Yo no lo he tocado y ya llevo muchos. Para usted.

En fin,

nosotros les hemos hablado de todo el barrio,

pero no nos han contado nada sobre ustedes.

Entonces ¿cuándo piensan abrir?

Pues cuando tengamos todo a punto y llegue mi padre.

-Ajá.

Eh... ¿Todavía sigue en Valencia?

No, mi hijo Pascual está de viaje.

Ah. ¿Y dónde?

Pues en muchos sitios.

Claro, pero así... ¿En qué...?

Bueno, basta ya de cháchara, que hay que trabajar.

Si no me he tomado el café. -Haber llegado antes.

Nos vamos. Hala, vámonos.

Bueno...

Pues un placer. Un placer, señora.

Un placer, un placer. Hala. Venga, Servando.

Adiós. -Adiós, Fabiana, adiós.

¡Que te vas a ahogar! -Adiós.

¿Va a volver de verdad mi padre?

Claro que va a volver.

En cuanto se recupere de la desgracia que sufrió.

Venga, a trabajar.

Yo recojo.

Ya está.

¿Un poco de té y una galleta y dice que ya está?

Eso no es desayunar. ¡He dicho que ya está!

No quiero repetir todo cien veces.

Está bien.

Como quiera.

¡Por favor, no haga ruido!

Esta casa es una pesadilla.

Lo intentaré.

Debe tomar la medicación.

Démela, démela, pero en silencio, por favor.

¿Lo hace a propósito?

No ha podido escucharlo. ¡Ha sido un ruido insoportable!

Está bien.

Lo lamento.

No lo lamente tanto y vaya con cuidado.

¡Le estoy diciendo que vaya con cuidado!

Lo hago como sé.

Que si yo hago ruido con el agua,

que si las criadas hacen ruido al andar...

El problema no es el ruido, es suyo.

La pobre Casilda se marchó frustrada

cuando pretendía ayudar.

No se mereció la forma en la que usted le trató.

Esa joven es demasiado buena para que usted la trate así.

¡¿Quién se cree que es para hablarme así?!

Su enfermero.

Hago mi trabajo lo mejor que puedo, pero me lo pone muy difícil.

¿Usted hace ruido y yo se lo pongo difícil?

Le voy a decir una cosa, si quiere, despídame,

pero deje de hacernos la vida imposible a los demás.

¡Cállese, ¿de acuerdo?!

No tiene ningún derecho.

Claro que sí, claro que lo tengo.

Y si le molestan los ruidos, póngase tapones.

Se va a quedar solo,

completamente solo. Usted verá si es lo que quiere.

Casilda vino a verle porque le aprecia y usted la despreció.

No creo que vuelva.

¿Cuánto hace que nadie de los que viene a verle se va con una sonrisa?

(Ruidos)

Ya verá cómo no se arrepiente de llevarse estas lentejas.

Si no le gustan, la semana que viene tendré de las otras.

Buen día. -Buen día.

(RESOPLA)

Vaya sonrisa. ¿De buen humor?

Me encantaría, Casilda, pero es la sonrisa de las clientas.

¿Qué tal?

Bueno, con la hermana de doña Rosina en casa, figúrate.

¿Es como ella? -No.

Doña Rosina es una bendita a su lado.

La que es maja es su hija Azucena, no sé cómo aguanta a su madre.

Ay, Casilda.

¿Te acuerdas cuando éramos felices?

Casi no.

¿Sabes con quién he desayunado esta mañana?

Con los Sacristán, los del restaurante.

¿Los conoces?

Todavía no, luego iré a saludar.

Parecen buena gente.

Hace falta buena gente en el barrio, que malos ya los tenemos.

Sabrás que han vuelto Aurelio y Genoveva.

Lo sé.

A ver qué pasa cuando se entere don Felipe.

Pues que se tendrá que aguantar. ¿Qué va a pasar?

No sé yo, Lolita.

No veo yo a don Felipe muy de aguantar.

Cada día que pasa está más amargado.

¿Te dije que subí a verle?

(ASIENTE)

Qué mala jandina tiene este hombre.

¿Y sigue con lo de los ruidos? -Claro. Si se los inventa.

Yo no sé cómo Gerardo tiene paciencia para trata con él.

El santo Job es.

Un día se cansará y se marchará, Casilda.

Y si no lo ha hecho ya, es porque bebe los vientos por ti.

Lola, no digas eso, que yo no tengo interés en esos menesteres.

Anda que no, si estás en la flor de la vida.

Que no, que solo me ve como una amiga.

Y yo me chupo el dedo.

Solo te digo una cosa, aprovecha,

Casilda,

que lo que no aproveches, se lo comen los gusanos.

Venga, hombre.

Oye, ¿qué tal está don Ramón?

Pues como don Felipe, tal para cual.

Siguen viviendo en el atentado.

Y ahora, Liberto y don Jose están preparando un homenaje

para las víctimas, y él, pues...

en lugar de alegrarse por que su hijo tenga una plaza con su nombre,

pues se amargará más todavía.

Y tú acabarás pagando los platos rotos.

Como siempre, Casilda.

No sabes lo harta que estoy.

Todo son malas caras.

Ánimo, Lola,

que no hay mal que cien años dure.

Empiezo a dudarlo.

Bueno, me voy a tener que marchar,

que ya me tienen que empezar a caer broncas,

las de siempre de doña Rosina y las nuevas de doña Hortensia.

A ver si con suerte están de paseo y no las veo hasta la hora de comer.

Fuerza, que tú sola vales más que las dos juntas.

Con Dios.

¡Casilda! Ya era hora de que volvieras.

Es que había mucha cola en todos los puestos del mercado.

No te lo creas, Rosina, típica excusa de criada vaga.

Oiga, señora, que una es muy hacendosa.

Uy, ya lo he visto, ya.

Menudas sábanas nos has puesto en las camas,

peor que las de una pensión de mala muerte.

Casilda, ve a casa.

Sí, señora.

Rosina, eres muy blanda con el servicio.

Les das la mano y cogen hasta el codo.

Lo sé, pero es que lleva muchos años conmigo.

Yo te la voy a enderezar yo.

A tu hija le ha resultado muy simpática.

Pero ella no sabes nada cómo se lleva una casa.

Ay, Rosina, no sé qué es peor,

si educar a una hija o a una criada.

Doña Rosina. ¿Es su hermana?

Sí, la misma. Las presento. Hortensia Rubio, mi hermana.

Ha venido con su hija a pasar una temporada, ya la conocerán.

Está fatigada del viaje.

Y Bellita es la sin par cantante, Bellita del Campo.

No me habías dicho que eras vecina de Bellita del Campo.

Te lo había dicho, pero como no me escuchas...

Es todo un honor.

Ya verá cuando se lo diga a mi hija.

Sí. Nos comentó que siempre anda bailando sus canciones.

Ay, muchas gracias. ¿Bailaora?

No, no. Bailaora no,

bailarina de ballet clásico, nada de flamenco.

Ah.

Ah, sí, esta...

es Alodia, está casada con el sobrino de doña Bellita,

el doctor Ignacio Quiroga.

Se lo digo siempre a mi hija, que se tiene que casar con un médico.

No se crea, están siempre ocupados.

Parece que les importan más los enfermos que su familia.

¿Azucena no tiene un novio abogado en Burgos?

No. Pretendiente.

Que no está claro que se vaya a casar con ese chico.

Bueno, ¿y se van a quedar mucho tiempo por Acacias?

Es cierto, no me has dicho cuánto tiempo te vas a quedar.

Acabo de llegar y ya me están echando.

Para que vean ustedes. -(RÍEN)

Espero que se queden mucho tiempo.

No somos tantas señoras en el barrio.

Hay mucha quiero y no puedo venida a más.

Señoras. -Buenas.

Es el mayordomo de Genoveva. -Sí. Qué clase tener mayordomo.

Yo le he pedido a Liberto que se lo piense.

Y yo a Ignacio, pa nuestra casa nueva.

¿Para qué quieres tú un mayordomo?

Si lo tiene la mujer de un criollo,

¿no lo voy a tener yo, que soy la esposa de un médico?

Pues nada, encantada. Y con Dios.

Igualmente. -Con Dios.

Alodia era criada.

¿Otra?

Pero... (RÍE)

Se le nota, ¿eh?

¿Espera a alguien? Chist.

Estoy observando.

Me da que los Sacristán tienen algo que ocultar.

¿Usted cree? Sí.

Que no digan dónde se ha ido de viaje el padre de Guillermo

me dan mala espina.

A usted le da mala espina todo.

Porque pienso, Jacinto, porque pienso.

Vamos para dentro.

Así que ayer ayudaste a subir el equipaje de doña Genoveva

y don Aurelio.

Solo hice lo que me pidió el mayordomo.

¿Y desde cuándo es tu jefe?

Parecía un general.

Eso aquí, esto allí, aquello acullá...

Sabía dónde tenía que ir todo.

¿Está la seña Fabiana?

No está. Ha salido a no sé dónde.

Vaya, era para ver si me podían prestar una pastilla de jabón,

que llevo todo el día friega que te friega.

La hermana de doña Rosina no deja de mandar, me va a volver loca.

Te la dejo yo.

Por aquí. sí.

Toma. Te la dejo, ¿eh?

Si fuera para ti, te la regalaba, pero siendo para tus señores,

la quiero de vuelta, y nueva, no usada.

Yo le traigo una mañana, no se preocupe.

Por cierto, me acabo de cruzar con don Marcelo Gaztañaga.

¿Y ese quién es?

El mayordomo de los Quesada, si estábamos hablando de él.

¿Y ahora un mayordomo lleva el don por delante?

Más señor que otros es.

Y tiene un porte de marqués...

Pues no, es un sirviente,

los sirvientes no llevan don. Será Marcelo a secas.

¿Ha dormido en el altillo?

No. Ni siquiera ha subido a saludar.

Pues de señor no tiene ni los modales.

Bueno, ya veremos de qué pie cojea.

En fin, me marcho. Y mañana se la traigo.

Cierra la puerta, hombre, que se escapa el gato.

Muchas gracias por venir, Valeria.

Encantada de compartir un té contigo.

Pero no entiendo por qué no has aprovechado para hablarme

en la mantequería.

Te quiero comentar algo delicado.

Dime, estoy aquí para lo que necesites.

Me gustaría contar contigo para el homenaje a las víctimas

que plantean en el barrio.

Claro, por supuesto.

He oído tanto hablar de aquello que,

aunque todavía no vivía aquí,

siento que todos debemos algo a las víctimas.

Lo que no sé es qué puedo hacer.

Tocar el piano.

Eso era lo que había pensado.

Una pieza que a ti te parezca oportuna,

para pensar en los que faltan.

Antes tengo que confirmarlo con mi suegro, no está muy positivo.

La verdad es que siempre le he conocido así.

Antes era un hombre muy entusiasta

y un faro para quienes le conocían.

Pues espero que vuelva a ser el de antes.

Cuenta conmigo para tocar el piano o lo que sea.

Admiro mucho tu entereza, Lolita.

Y... como a pesar de haber perdido a tu esposo,

mantienes la sonrisa.

Cuesta, te lo aseguro.

Lo sé.

Lo sé.

A veces, estoy a punto de arrojar la toalla,

el dolor por la pérdida de mi esposo, la tristeza de mi suegro,

y vivir separada de mi Moncho, pero...

resisto porque pienso en Antoñito

y sé que es lo que él me pediría que hiciera.

Me da mucho coraje que esos malditos que pusieron la bomba

hayan segado tantas vidas.

Ojalá hayan pagado con el dolor que tanto han dejado.

Lo que nunca te podrán quitar es la fuerza.

Ánimo, Lolita.

Parece que el restaurante vuelve a abrir, tito.

Estoy deseando que vuelvan a poner las mesas en la calle

y volver a las tertulias con los vecinos.

Y tanto.

Quizá con la terraza abierta,

don Felipe y don Ramón no se habrían cerrado tanto en su mundo.

Es curioso que esas dos cosas tengan relación:

terrazas y cabezas despejadas.

Figúrese usted, sin aperitivo y sin jamoncito,

sería otra persona.

¿Yo? Un infeliz.

Y sin la voz de Bellita,

me tendrían que encerrar en un manicomio.

Señores.

Qué alegría verlos después de tantos años.

Hombre. -Don Aurelio.

No se comenta otra cosa en el barrio que su vuelta.

Ya, ya, si aquí sé que les gusta...

Usted es don Ignacio, ¿no?

Apenas nos conocimos en el pasado.

Fíjese, ya médico, mi enhorabuena.

Muchas gracias.

Cuenten conmigo para lo que sea.

Dios no lo quiera. Pero sí, se lo agradezco.

¿Y a qué se debe su regreso?

Mi padre, don Salustiano Quesada, falleció tras una larga vida

y fuimos a México a gestionar la herencia, muy cuantiosa.

Y en fin, mi esposa, doña Genoveva, echaba de menos España.

Y cuando una mujer dispone, no queda más que obedecer.

Ay, cómo le entiendo.

En mi casa manda Bellita, yo no se lo oculto a nadie.

Y en la mía Alodia.

Entonces, qué les voy a contar,

estamos todos en el mismo barco.

En fin, marcho, que no llego.

Debo estar en el centro en diez minutos.

Ha sido un placer.

Con Dios.

Le habrá dejado mucho dinero don Salustiano,

pero tras esa fortuna hay muchas muertes.

"¿Muertes?". ¿"Muertes" dice?

Y tanto: la de Anabel en el atentado,

la de su hermana Natalia en la cárcel...

Yo no estoy muy al tanto de esos tiempos,

pero está claro que la muerte no distingue entre ricos y pobres.

Eso es así.

Hombre, don Ramón.

Otro atentado en Barcelona.

¿No vamos a poder salir a la calle sin guardaespaldas?

Vaya por Dios. ¿Quién ha muerto?

El presidente de la patronal.

No ganan para disgustos en Barcelona.

Cuando no son los pistoleros de la patronal

son los grupos obreros...

Una vergüenza, eso es lo que es, una vergüenza.

Si el gobierno tuviera mano dura, ponía a esta gente en su sitio.

No sé si el problema es el exceso de mano dura.

Yo creo que hace falta mano dura para los que cometen delitos.

Pero habrá que negociar para que no esto pare.

Lo he hablado con don Liberto muchas veces y piensa lo mismo.

Tanto Liberto como ustedes no tienen sentido común

y no saben lo que dicen.

¿Negociar?

Palos, palos y garrotazos.

Con Dios. Con Dios.

Hay que ver lo que ha cambiado este hombre.

Parece mentira, con lo ecuánime que era don Ramón.

Hasta su hijo, que era famoso por sus posturas radicales,

se asustaría al escucharle.

Mientras no se exceda y acabe como su hijo Antoñito.

No sé por qué se iba a molestar don Ramón.

Es bonito que le pongan a la plaza el nombre de don Antoñito.

Yo también lo pienso.

Pero don Ramón está metido en su pena negra y no discurre.

-Pobre hombre...

No han salido en todo el día ni el nieto ni la abuela.

¿De qué hablas, Servando?

De los Sacristán. No han salido del restaurante.

El nieto, Guillermo, estaba cambiando el cableado.

¿Tantas horas? A mí no me la dan. Ahí hay gato encerrado.

¿Qué dices, Servando? Que sí,

que esos tienen más secretos que la chistera de un mago.

Por favor, Servando, no desvaríes y no empieces con tus disparates.

Esos no han tenido un negocio honrado en su vida.

Esos son como los Olmedo, unos facinerosos.

¿Y qué hacemos?

¿Cómo que qué hacemos? Nada.

Para empezar, no escuchar las sandeces de mi esposo.

De verdad, no sé cómo me convenciste para casarme contigo.

¿Que no?

Tú misma viste cómo esquivan hablar del padre de Guillermo.

Ahí hay gato encerrado. ¿Cómo se llamaba este?

Pascual. Pascual, Pascual, Pascual.

¿Te das cuenta? Hasta el nombre es sospechoso.

Mira, me voy a planchar.

Me voy, que con tal de no escuchar bobadas,

soy capaz hasta de fregar los suelos de la pensión.

¿Serán ladrones, como los Olmedo?

No lo sé. O espías. Vaya usted a saber.

Lo que estoy seguro es que no son trigo limpio.

Tenemos que estar alerta.

Al ser humano lo conozco como la palma de mi mano.

Los cafés.

Tiene nata.

Pues claro que tiene nata, la leche tiene nata.

Pues la cuela.

Madre mía. Está bien.

Claro que está bien.

Soy la señora, y si quiero que la leche del café se cuele, se cuela.

No hay más que discutir.

Ahora se la cuelo.

De verdad, no sé cómo puedes con ella.

La mejor criada que hemos tenido

desde que Arantxa se fue a su pueblo.

Buenas.

¿Qué, cómo están las mujeres más guapas del barrio?

Mira, hijo, estaríamos tomando café, pero la leche tenía nata.

Claro, lo que no tiene nata es la manzanilla de Sanlúcar.

Ni el champán francés tampoco.

Qué gracioso todo.

Niño, hemos conocido a la hermana de Rosina.

Sí, nos lo ha dicho Liberto.

Estaba el hombre encantao, tita.

Una mujer muy interesante, una gran señora.

Para que veáis cómo es,

Rosina a su lado es un prodigio de sencillez.

Aquí están los cafés, con la leche tan colada,

que más que leche parece agua.

¿Ustedes quieren algo? -Lo mismo, café con leche.

Sí. Pero la leche con todo lo que tenga, con toda su nata.

Muchas gracias.

Y trae unas pastas

de las que Alodia no quiere porque están rotas en la caja.

Nosotros hemos visto a doña Genoveva, qué elegancia,

qué arte tiene esa mujer, ¿eh?

Sí, señor.

Pero menos que tú, Alodia,

dónde va a parar.

Por supuesto.

Pues claro que menos que yo.

A ver si voy a tener que darle clases de señorío a Genoveva.

En fin.

No me digas que hay polvo,

Casilda ha estado limpiando esta mañana.

Hay superficies que hay que limpiar dos veces al día.

El salón, por ejemplo. -¿Dos veces?

El salón es como la cara de una casa.

¿Tú saldrías a la calle con legañas?

No, claro.

Pues un salón con polvo es como una cara con legañas.

Anda, dile a Casilda que pase otra vez el plumero.

Tienes razón. Ahora voy.

Es usted incorregible, madre.

Si vamos a vivir aquí, tendrá que estar limpia a nuestro gusto.

¿Cuándo les va a decir que no hemos venido para unos días,

que nos vamos a quedar más tiempo?

Ya lo sabrán en su debido momento.

Tú calla, no vayas a meter la pata.

¿No les va a contar el motivo de nuestro viaje?

Ya te lo he dicho, lo sabrán cuando corresponda.

Ahora viene Casilda con el plumero.

Y que se acostumbre, el salón dos veces al día,

que si no, la casa es un muladar.

Antoñito,...

cuando te fuiste, no sabía que sería tan difícil lidiar con tu padre.

Ya sabes que lo intento,

que trato de que levante la cabeza, pero es que no quiere.

Han pasado ya cinco años...

y te sigo echando de menos cada día.

(Puerta)

Ahí está tu padre.

Le voy a contar lo de tu plaza y el homenaje. Deséame suerte.

¿Qué tal, don Ramón?

Mal, muy mal.

Un nuevo atentado en Barcelona,

han asesinado al presidente de la patronal.

Me he encontrado con Liberto, Ignacio y don Jose,

¿y sabes lo que dicen? Que hay que negociar.

Son estúpidos.

Lo que son es prudentes.

Tan prudentes, que el país se va al garete

cuando la gente que tendría que hacer algo, mira para otro lado.

En fin, me voy a mi habitación. Don Ramón.

Necesito hablar con usted.

Dime.

Se trata de la inauguración que hará ayuntamiento

con el nombre de su hijo.

Que inauguren la plaza

y que le pongan el nombre que quieran.

Como si la llaman plaza de Cabrahígo,

pero conmigo que no cuenten.

El caso es que los vecinos quieren hacer un homenaje a las víctimas:

a Antoñito, a Carmen, y a todos los demás.

¿Por qué no se ocupan de sus muertos

y dejan a los míos tranquilos?

A mí me parece bien:

un discurso, una placa, una interpretación al piano.

No pienso cambiar el recuerdo de mi hijo por una placa.

¡Yo no!

No se trata de cambiar, se trata de cerrar etapas.

No, no y no.

Don Ramón,

le he tratado como a un padre, me he desvivido por usted,

pero no puedo más.

Nunca te he pedido que lo hicieras.

Tenías que haberte marchado a Cabrahígo con tu hijo

y dejarme a mí aquí solo.

Yo no voy a cambiar el recuerdo de mi hijo

y de mi esposa por una placa.

¿Codornices rellenas de frutos silvestres?

Sí, señor.

Mientras no contratemos a una cocinera,

se tendrá que conformar con las especialidades mexicanas

que yo sé cocinar.

-(RÍE) Como siga cocinando así,

estoy por decirle que no quiero cocinera.

Le aviso que tampoco sé preparar tantas cosas.

Acabaría comiendo siempre lo mismo: sota, caballo y rey.

Veamos qué tal esas codornices.

Me esmeraré, señor.

Dile a Marcelo que la señora de la casa soy yo,

soy yo la que tiene que saber qué va a hacer de cena.

No creo que te esté haciendo de menos.

Aun así, díselo,

mejor que se lo digas tú que yo.

Como quieras.

¿Cómo está el barrio?

Como siempre.

La gente de Acacias lleva vidas monótonas y aburridas.

Para ellos nada cambia en cinco años.

Tal vez tenga razón Marcelo.

Y buscarnos un palacete en las afueras.

Tendríamos más espacio.

Y tú podrías entrar y salir sin dar cuentas a nadie.

También podrías tener un lugar en la ciudad

donde pasar las noches cuando termines tu trabajo.

O para cuando saliéramos a cenar y al teatro.

También podrías llevar allí a tus amiguitas.

¿De qué estás hablando?

¿Tú crees que soy estúpida?

Se acabaron las infidelidades,

las amantes, las chicas de revista...

En México no decía nada porque me daba igual

lo que hicieras por la noche, pero aquí no se repetirá.

Genoveva, no sé qué te han contado.

Por favor, no me tomes por tonta.

Sé hasta los nombres de algunas de ellas:

Lupita, Susanita, Margarita.

Aquí todo el mundo se entera de todo

y no quiero que me señalen.

Se acabó esa vida.

Ya te lo he dicho una vez, sabes que no aviso dos veces.

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Acacias 38 - Capítulo 1405

12 ene 2021

David y Valeria se cruzan con Aurelio y Genoveva. El Quesada finge no conocerlos, pero para Genoveva no pasan desapercibidos. El matrimonio Quesada toman posesión del principal. Genoveva advierte a Aurelio de que las cosas en España van a cambiar.

Lolita teme que Ramón se tome mal lo del homenaje a las víctimas del atentado. Felipe y Gerardo discuten por la forma en que el abogado trató a Casilda. Y Lolita y Ramón vuelven a discutir.

Llegan Hortensia y Azucena arrasando como elefantes en una cacharrería. Todo el barrio especula acerca de la llegada de los Quesada a Acacias. Rosina presenta a sus familiares entre los vecinos, y Hortensia oculta el verdadero motivo de su viaje.

Alodia se enfada cuando Ignacio alaba la belleza y elegancia de Genoveva. El restaurante se pone en marcha y los Sacristán hablan de Pascual, el padre del joven Guillermo. Fabiana reprende a Servando por pensar mal de los Sacristán.

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  1. Assai

    Qué sucede en Acacias 38 que no hay niños y el único niño que había Monchito lo sacaron de escena, ninguna madre se deshace de su hijo. Eso no parece creíble

    13 ene 2021
  2. Assai

    Qué en Acacias 38 no hay niños, el único niño que había Monchito lo llevaron afuera, eso no parece creíble. Ninguna madre se deshace de su hijo. Y la juventud hay muy pocas siempre hay una parejita siendo que es un lugar muy grande

    13 ene 2021
  3. Assai

    Porque no hay niños en Acacias? Resulta raro que ni juventud ni niños. Y el único niño Monchito lo llevaron lejos, no parece creíble..

    13 ene 2021