1.500 personas fuimos transportadas en un tren durante varios días con sus noches. En cada vagón se hacinaban 80 personas tendidas sobre su equipaje, lo poco que conservábamos de nuestras pertenencias. De pronto el silbato de la locomotora sonó con un aire misterioso, como un lamento de compasión por el cargamento destinado a la desgracia. El tren realizó una maniobra y aminoró la marcha. Estábamos entrando en una estación.
Entonces se escuchó un grito angustiado. “¡Hay un letrero que dice AUSCHWITZ”! Sentimos que se nos paralizaba el corazón. Auschwitz, ese nombre evocaba las mayores atrocidades: cámaras de gas, hornos crematorios, el exterminio. El tren seguía avanzando despacio, casi vacilante, como si tratara de evitar a los pasajeros la constatación de la atroz evidencia: ¡Auschwitz!
(Víctor Frankl: "El hombre en busca de sentido")