El Barrio del Naranjo, al norte de Córdoba, en las estribaciones de Sierra Morena, hace 60 años que era solo un naranjal y una cárcel de presos políticos. Las familias vivían en chabolas y cuevas. En 1954 llegó un joven sacerdote cordobés, Agustín Molina, con vocación de servicio a los pobres. Entre los naranjos levantó un corralón para celebrar misa y sembró su sueño de justicia y dignidad.
Aventuras con los pigmeos y las misioneras combonianas en la República Centroafricana.
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