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Pisiga, otra inhóspita frontera

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Las Hijas de la Caridad atienden a las personas migrantes en la frontera de Bolivia y Chile. PdD / Santiago Riesco Pérez

 

Más de un millón de personas intentan cruzar cada año la frontera entre México y Estados Unidos. En Melilla, miles de jóvenes, tratan de saltar una valla de seis metros rematadas con cuchillas afiladas para entrar en Europa. En el Mediterráneo se han ahogado más de 4.000 personas el último año huyendo de las guerras en medio oriente. La ONU calcula que en todo el mundo hay 232 millones de personas al otro lado de la frontera. 

Entre Chile y Bolivia

Estamos a 4.000 metros de altura. Rodeados de volcanes que alcanzan los 6.000 y tienen nieves perpetuas. Aquí las temperaturas, a pesar del sol, son frías. Durante las noches de invierno el termómetro alcanza con facilidad los 15 grados bajo cero. El viento es intenso y muy molesto. Es una frontera con mucho tráfico de mercancías. Desde Bolivia este paso es uno de los más demandados para llegar al puerto de mar más cercano, el de Iquique, en Chile. Apenas son 200 kilómetros que, a pesar de las curvas en el descenso desde el Altiplano, uno de estos inmensos camiones puede recorrer en cuatro horas.

El año 2011 llegaban las Hijas de la Caridad a esta inhóspita misión de frontera. El obispo de la diócesis boliviana de Oruro les pidió que se hicieran cargo de los migrantes. Se estaba asfaltando la carretera internacional y cada vez eran más las personas que llegaban hasta aquí buscando una vida mejor en Chile. Muchos de ellos eran rebotados en la frontera y se quedaban en Pisiga, sin dinero y sin esperanza para combatir el frío en este cruel desierto del altiplano. Cuando las hermanas llegaron la población oficial era de 73 habitantes. Cinco años después ronda los 800. El hecho de que se asfaltara la carretera ha atraído a mucha gente del interior que se ha establecido en el pueblo. La frontera siempre ofrece oportunidades de negocio para los comerciantes. El pueblo tiene 120 años. Lo fundaron dos hermanos que vivían pastoreando rebaños de alpacas. El nieto de uno de los fundadores se lamenta de que los servicios básicos no han crecido al mismo ritmo que la población.

Acogida

En la casa hay capacidad para 20 personas. Las hermanas les ofrecen todo lo necesario para que su estancia sea digna y agradable. Se pueden quedar, como máximo, tres días. Para evitar que se pierda comida las hermanas les dan los alimentos y cada uno los cocina a su gusto. La idea es que se sientan como en casa. El proyecto de atención a las personas migrantes y el sostenimiento de la comunidad están financiados casi en su totalidad por COVIDE-AMVE. La ong de las Hijas de la Caridad y los padres Paúles en España para la Cooperación al Desarrollo y la Acción Misionera.

En cinco años han pasado una docena de Hijas de la Caridad por esta misión. La rotación es muy alta debido a la dureza de las condiciones del lugar. La atención a personas pobres que están de paso también desgasta internamente. Y por último, la comunidad católica es muy reducida en el pueblo. Apenas son cuatro familias y las hermanas. El resto pertenecen a la Iglesia Pentecostal.