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Discurso Rafael Alberti, Premio Cervantes 1983

  • Perteneciente a la mítica Generación del 27.
  • Tras su exilio, declaró: "Me fui con el puño cerrado y regreso con la mano abierta".
  • Libros capitales: Sobre los ángeles, Baladas y canciones del Paraná y Retornos de lo vivo lejano.

Por
Rafael Alberti, Premio Cervantes 1983
Rafael Alberti.

Rafael Alberti (Puerto de Santa María, 1902-1999) recibió el Premio Cervantes 1983 con un discurso en el que descubre los paralelismos entre su vida y la del ilustre Miguel de Cervantes, según él, “el escritor más genialmente iluminado de todos nuestros clásicos, al que hay que amar más que a ninguno, sintiéndolo el más sufrido y golpeado, el más profundamente ligado a nuestro pueblo, el de mayor presencia y latido moral en medio de su tierra”.

A él le dedica su discurso Alberti, pero también a esos otros poetas, escritores, que, como él mismo, sufrieron el dolor del exilio… Los llama la "España peregrina": Vicente Aleixandre, Federico García Lorca, José Bergamín, Miguel Hernández, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda… Impulsado por ellos, Rafael Alberti repite una y otra vez la letanía: "¡Cuán cara eres de haber, oh dulce España!".

Discurso Rafael Alberti, Premio Cervantes 1983

Discurso íntegro de Rafael Alberti

"Majestades: El día 28 de mayo de 1963, después de casi veinticuatro años de exilio en la República Argentina, hacía mi entrada, a través de la inmensa puerta del cielo, en la ciudad de Roma. Yo tenía entonces sesenta y un años. Y unas ansias, unos deseos angustiosos, de sumergirme, de perderme, de estrecharme, hasta desaparecer en aquel complicado y peligroso laberinto de plazuelas y callejones del barrio que elegí como vivienda, el romanesco Trastevere, alegre capital, dentro de Roma, de los gatos, las ratas, los veloces ruidos, el griterío de los bares en las tardes de fútbol y, entre otras muchas cosas atrayentes e insospechadas, las cordilleras de los no muy perfumados montones de basuras, hacinados en las esquinas. Yo entré en Roma -dije- bajando de las nubes, por la puerta del cielo, como cuatro siglos antes, en 1569, a la edad de veintidós años, entró Miguel de Cervantes por la Porta del Popolo, besando primero una y muchas veces los umbrales y márgenes de la entrada, saludando a la ciudad con lágrimas en los ojos.

¡Oh grande, oh poderosa, oh sacrosanta

alma ciudad de Roma! A ti me inclino

devoto, humilde y nuevo peregrino,

a quien admiraver belleza tanta.

Mi vista, que a tu fama se adelanta,

el ingenio suspende, aunque divino,

de aquel que a verle y adorarle vino,

con tierno afecto y con desnuda planta.

Yo he seguido los pasos de aquel Cervantes tan joven por el "alma ciudad", aquella Roma que aún ignoraba ser la capital del Renacimiento, admirándola él por su grandeza y antigüedad, "en sus despedazados mármoles, medias y enteras estatuas, sus rotos arcos y derribadas termas, sus magníficos pórticos y anfiteatros grandes... sus puentes, sus calles, que con sólo el nombre cobran autoridad sobre todas las de otras ciudades del mundo: la Via Apia, la Flaminia, la Julia, la Aurelia ...".

Cervantes fue feliz viviendo lo que él, entusiasta, llamó la vida libre de Italia, a pesar de su pobreza y del rigor de sus dos años de soldado vagabundo, hasta que embarcó en la galera Marcuesa, para perder la mano izquierda en la batalla de Lepanto, llevando bajo la camisa, como coraza protectora, los poemas de Jorge Manrique que estaba leyendo.

Pero su vida libre de Italia jamás Cervantes la olvidó, como yo tampoco olvidaré aquellos quince años de mi vida trasteverina, sobre todo, en la también nueva y libre Italia que amaneció acabada la segunda guerra mundial.Si no de España, en la que había dejado tantas cosas, quebradas las raíces, yo llegaba a Italia de las inmensas tierras argentinas, aquéllas que me habían dado asilo durante tantos años como para considerarlas ya parte entrañable de los nuevos paisajes de mi vida. Tanto estaban en mí, que al tenerlas que abandonar, volviendo nuevamente a Europa, pero no a mi imposible patria todavía, supliqué a Roma, casi con la misma unción que Cervantes arrodillado bajo la Porta del Popolo, me concediese su poderosa maravilla a cambio de todo lo bello y doloroso que en aquellas tierras suramericanas había dejado.

Dejé por ti mis bosques,

mi perdida arboleda, mis perros desvelados,

mis capitales años desterrados

hasta casi el invierno de la vida.

Dejé un temblor, dejé una sacudida,

un resplandor de fuegos no apagados,

dejé mi sombra en los desesperados

ojos sangrantes de la despedida.

Dejé palomas tristes junto a un río,

caballos sobre el sol de las arenas,

dejé de oler la mar, dejé de verte.

Dejé por ti todo lo que era mío.

Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,

tanto como dejé para tenerte.

Hay algo en Cervantes que lo hernana con los miles de españoles que sufrimos cautiverio

Yo pensé siempre, y sobre todo dentro de mi larga permanencia en Roma, que Miguel de Cervantes es el escritor más genialmente iluminado de todos nuestros clásicos, al que hay que amar más que a ninguno, sintiéndolo el más sufrido y golpeado, el más profundamente ligado a nuestro pueblo, el de mayor presencia y latido moral en medio de su tierra, aquel que muy bien pudo haber sido un miliciano voluntario en alguna mesnada del Cid Campeador, un héroe madrileño en las barricadas del 2 de mayo napoleónico, o un muchacho espontáneo de la calle en la defensa de Madrid al inicio de nuestra guerra, de aquel Madrid para el que yo adapté su impresionante tragedia Numancia en los días más peligrosos del asedio a nuestra capital de la gloria. Hay algo en la desgarrada biografía de Cervantes, que lo hermana aún más con nosotros, con tantos centenares de miles y miles de españoles que al acabarse aquella guerra sufrimos cautiverio -llámese hoy campo de concentración- en el sur de Francia sobre todo y, luego, en tantos negros campos de exterminio nazis.

Pero los padecimientos de Cervantes fueron aún mayores, pues duraron cinco interminables años en los baños o cárceles de Argel, después de haber sido apresado por los corsarios berberiscos cuando, embarcado en Nápoles en la galera El Sol, regresaba a España.

En la galera El Sol, que oscurecía

mi ventura a la luz, a pesar mío,

fue la pérdida de otros y la mía...

¡La pérdida suya con la de tantos otros miles de cautivos! ¡Adiós, Italia, adiós, Nápoles, que amó sobre todo! ¡Adiós, libertad! Allí, en Argel, se le agudiza a Cervantes, esclavo, siempre con cadenas y casi desnudo, hasta hacérsele insufribles, como a nosotros, el recuerdo de la patria cerrada, los años de infancia, los paisajes familiares, la incerteza, el amor al oficio, a la profesión interrumpida y, luego, más tarde -y ahora aquí me refiero solamente a los españoles de la guerra perdida- la inquietante llegada a tierras desconocidas, ajenas, con la tremenda prisa por continuar, seguir viviendo, a ser posible cada uno en lo suyo, en lo que era.

Mientras, Cervantes, siempre arrastrando sus cadenas y andrajos, ansiosamente esperaba, lo mismo que nuestros refugiados, su rescate, alguien que lo reclamara, para sentir después de sus cinco años de cautiverio, la amada libertad.

A las orillas del mar,

que con su lengua y sus aguas,

ya manso, ya airado, lame

del perro Argel las murallas,

con los ojos del deseo,

están mirando a su patria

tantos míseros cautivos que del trabajo descansan,

y al son del ir y volver

de las olas en la playa,

con desmayados acentos,

esto lloran y esto cantan:

¡Cuán cara eres de haber!

¡Oh dulce España!

Nada hay más perturbadoramente doloroso que el sentir cómo nuestras raíces, esas que tenemos hincadas hondamente en la tierra nativa, se nos parten. O, mejor diríamos, nos las rompen violentamente, dejándolas al aire: una tremenda arrancadura, pero que casi nunca llega a ser total, pues siempre nos quedan ramales, largas guías, tentáculos agarrados a oscuras profundidades que no podemos conocer. Así, que todo lo que allí dejamos hincado, roto, prendido en esas ensangrentadas entrañas, puede ser aún más fuerte y doloroso que lo que arrastramos con nosotros adherido, pegado sin remedio a nuestras plantas desterradas.

¡Cuán cara eres de haber, oh dulce España!

Cervantes suspira y llora por España, llenando de versos y creaciones futuras su imaginación, que expresará después, amargamente enriquecido de aquella fatal vida de cautiverio que lo condujo a las más largas desesperaciones, casi a la muerte. Nosotros, los que pudimos arribar a otras tierras, aun con las destrozadas raíces al viento, lo hicimos, sin ni remotamente sospechar, desde luego, que nuestro peregrinaje duraría casi cuarenta años, premio este sólo para los que, al fin, pudimos regresar, ya que tantos miles por aquellos países quedaron, y muchos para siempre. Entre ellos, parte de nuestros más grandes poetas. Y permitidme que aquí los quiera recordar ahora, no hablando de pintores, músicos, novelistas, profesores, todos ellos insignes, al lado de nuestro más señalado pueblo trabajador, pues todos juntos formábamos lo que denominó José Bergamín "la España peregrina". Y perdonad, repito, que recuerde tan sólo a algunos de ellos en este día de iluminación y júbilo en el que el nombre de Miguel Cervantes desciende sobre mí como una doble ala de armonía y amor, uniéndome aún más, y en estos ya tan altos años de nuestra vida, a mis queridísimos amigos los poetas de aquella década del veinte, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, de nuevo hoy más que nunca enlazados a mí por esta misma cervantina distinción, este gran premio, que últimamente alcanzara también otro español, Luis Rosales, poeta granadino, tan cerca de nuestra generación. Los nombres de Vicente Aleixandre, Federico García Lorca, José Bergamín y Miguel Hernández no los puedo olvidar aquí, ya que todos juntos recorrimos un igual camino hasta el desgaje, el tirón violento de la guerra. ¡Cuán cara eres de haber, oh dulce España!

Cuando nuestro grande y lento Don Antonio Machado atravesó, a pie, los Pirineos, acompañado de su ancianísima madre y con gran parte del ejército republicano camino del destierro, aquella España, por la que suspiraba con lágrimas en los ojos Miguel de Cervantes desde Argel, se la llevaba ya sobre su alma Don Antonio. El primer verso que se escribe en el exilio es suyo: Estos días azules y este sol de la infancia...

Único verso alejandrino, lleno ya de nostalgia y lejanía, que se encontró perdido en un bolsillo del viejo gabán del poeta después de su muerte. Don Antonio tenía sesenta y cuatro años.Miguel de Cervantes al morir, había cumplido ya sesenta y nueve. ¡Cuán cara eres de haber, oh dulce España!

Juan Ramón Jiménez se sentía muy dulcemente bien en su cementerio marino de San Juan de Puerto Rico. En aquella ciudad había perdido a Zenobia, su mujer, el mismo día que recibiera el Premio Nobel. Juan Ramón Jiménez vivió ocho años más que Miguel de Cervantes. Con gusto Juan Ramón hubiera permanecido cerca de aquellas olas del mar Caribe portorriqueño, soñando, desde lejos, con la mar blanca y los crepúsculos de violeta de su Moguer, que tantas veces vio, como por transparencia, en sus años de destierro norteamericano.

Y para recordar por qué he vivido, vuelvo a ti, río Hudson de mi mar Dulce como la luz era el amor. Y por debajo de Washington Bridge (el puente más con más de New York) pasa el campo amarillo de mi infancia.. Infancia, niño vuelvo a ser y soy, perdido tan mayor, en lo más grande.Leyenda , inesperada. Dulce como la luz es el amor, y esta New York es igual que Moguer, es igual que Sevilla y que Madrid.Puede el viento, en la esquina de Broadway, como en la esquina de las Pulmonías de mi calle Rascón, conmigo; y tengo abierta la puerta donde vivo con sol dentro.Dulce como este sol era el amor.

Y Manuel Altolaguirre. Y Emilio Prados, malagueños los dos, frente a las costas berberiscas, desde los litorales de su Málaga. Emilio, oscuro, lleno de galerías secretas, de torturados subterráneos en busca de la luz, después de tantos años de exilio, sin retorno.

Cierro los ojos. El sueño,

por ellos baja a escuchar

dentro de mi corazón,

el viento oscuro del mar.

¡Ya no podré despertar!

¡Ya no sabré despertar!

Tenía sesenta y tres años cuando murió en México. ¡Cuán cara eres de haber, oh dulce España!

Es otro malagueño el que ahora canta, José Moreno Villa, nostálgico, más que nunca cuando se le iba acercando la muerte, de las orillas de su mar reverberante de luz y limoneros.

No vinimos acá, nos trajeron las ondas.

Confusa marejada, con un sentido arcano,

impuso el derrotero a nuestros pies sumisos.

Ya estamos en la playa nueva.. La misma arena,

el mismo rizo acompasado de la dulce orilla,

los mismos vigorosos pájaros de la otra.

Nos llevarán las ondas. Nos llevarán las ondas.

Nos llevarán las ondas no con bolsas repletas,

no con sacos de oro ni tanques ni aviones.

Dejaremos la tierra del azteca y del inca después

de dar la sangre, el sudor y los huesos, después de

haber sembrado en medio de volcanes lo mejor de

nosotros, el beso y la palabra.

José Moreno Villa murió en México, el 25 de abril de 1955, dos días después de la fecha en que murió Cervantes y con su misma edad: sesenta y nueve años.

Y allá, en la República Argentina,  Juan Larrea, aquel vasco difícil y secreto, grande en su nueva palabra poética, exaltador de Rubén Darío y delirante de César Vallejo, el genial peruano. Y también, descansando para siempre al borde de las ondas del mar de Puerto Rico, contemplando ese mar que tanto contempló, Pedro Salinas, muerto en Boston a los sesenta años.

De mirarle tanto y tanto,

del horizonte a la arena,

despacio,

del caracol al celaje,

brillo a brillo, pasmo a pasmo,

te he dado nombre; los ojos

te lo encontraron, mirándote.

Por las noches,

soñando que te miraba,

al abrigo de los párpados

maduró, sin yo saberlo,

este nombre tan redondo

que hoy me descendió a los labios.

Y lo dicen asombrados

de lo tarde que lo dicen.

¡Si era fatal el llamártelo!

¡Si antes de la voz, ya estaba

en el silencio tan claro!

¡Si tú has sido para mí,

desde el día

que mis ojos te estrenaron,

el contemplado, el constante

Contemplado!

Luis Cernuda hizo casi dos años de guerra en el frente del Guadarrama, sobre unas alturas desde las que contemplaba el Monasterio de El Escorial. Sevillano, fino, difícil, sorpresivo, dédalo en claroscuro y transparente laberinto interior como su barrio sevillano de Santa Cruz. Creo que Cernuda fue el poeta que más sufrió en el destierro, aunque él pretendiera, al final, no querer acordarse de su patria andaluza.

Lirio sereno en piedra erguido

junto al huerto monástico pareces.

Ruiseñor claro entre los pinos

que en canto silencioso levantara.

O fruto de granada, recio afuera,

más propicio y jugoso en lo escondido.

Así, Escorial, te mira mi recuerdo.

Si hacia los cielos anchos te alzas duro,

sobre el agua serena del estanque

hecho gracia sonríes.Y las nubes

coronan tus designios inmortales.

Recuerdo bien el sur donde el olivo crece

junto al mar claro y el cortijo blanco,

mas hoy va mi recuerdo más arriba, a la sierra,

gris bajo el cielo azul, cubierta de pinares,

y allí encuentra regazo, alma con alma.

Mucho enseña el destierro de nuestra propia tierra.

Estas estrofas que he leído pertenecen al poema "El ruiseñor sobre la piedra", que escribió Luis Cernuda en Inglaterra, antes de trasladarse a México, donde murió, repentinamente, a los sesenta y un años. ¡Cuán cara eres de haber, oh dulce España.!

Cara de haber, sí, pero de dulce y sobre todo en aquellos terribles años, nada, hubiera sentido León Felipe, el más viejo, pero sin edad, la voz embravecida del viento, el más exaltado, el más quijotesco, cervantino de todos, que sintió su largo destierro de España como un infinito cautiverio en Argel, blasfemando y gritando, arremetiendo en sus poemas contra los molinos, alzándose siempre heroicamente, sin perder el impulso de la sangre, el que se vino dejando Panamá, en donde por primera vez en su vida era profesor, con más de cincuenta años, a luchar por Madrid, poco después del inicio de la guerra, al que en momentos de desánimo había suplicado a Don Quijote viéndolo pasar, caballero solitario por la meseta castellana:

Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura,

en horas de desaliento así te miro pasar,

y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura

y llévame a tu lugar,

hazme un sitio en tu montura,

que yo también voy cargado

de amargura

y no puedo batallar.

Ponme a la grupa contigo,

caballero del honor,

ponme a la grupa contigo

y llévame a ser contigo

pastor.

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de Don Quijote pasar ...

Y puede pensarse que aquella súplica de León Felipe siempre estuvo en su ánimo, y así yo puedo creer que el gran poeta de Zamora hizo su nueva entrada en Madrid a la grupa de Rocinante, no con deseos pastoriles, sino agarrado a la lanza soñadora de Don Quijote. Hoy el viejo poeta sobrevive esculpido en un parque de México, a la sombra de los gigantes y ancianos ahuehuetes, los más extraordinarios árboles de aquel país. Entre los poetas que tampoco pudieron volver, quiero también nombrar a Pedro Garfias, Juan Rejano, Arturo Serrano Plaja y José Herrera Petere.

Cuando Miguel de Cervantes, fatigado de cárceles y de miserias, solicita emigrar a Guatemala para confundirse con los miles y miles de españoles que no querían morirse de hambre en su patria, ya la lengua suya, de la que él sería, sin saberlo, el mayor soberano, se había instalado a golpe de machete y arcabuzazos por entre aquellas pirámides, volcanes, ríos y altiplanos inmensos. Ya se iba hablando por casi todo aquel continente aquella nueva lengua, que aún hoy los indios bolivianos la llaman la castilla.Hablar la castilla. ¿Qué hubiera escrito entonces Miguel de Cervantes en la castilla, en medio de aquella violenta confusión, en la que sin embargo estaba alboreando ya algo grande que hoy todavía perdura? El desterrado Miguel de Cervantes, viejo cautivo de Argel, seguramente no habría escrito el Ouiiote. pero quizá un

sorprendente atisbo de Tirano Banderas, que Valle-lnclán hubiera completado esperpénticamente cuatro siglos después.

Yo que he peregrinado algo por aquellas tierras, hoy de América Central, aunque rechazado en Guatemala y detenido en El Salvador, pude conocer Nicaragua, Costa Rica y Panamá... Dulce, tierno y bravo a la vez al por tanto tiempo golpeado indio nicaragüense, en su bello idioma con deje de remota antigüedad precolombina, por aquellos caminos encendidos a la noche de cocuyos, engarzadas luciérnagas, a veces como ajorcas en sus tobillos para iluminarse la tierra que van pisando. Allí, en aquel conmovedor Nicaragua, conocí en su ciudad natal de León, dentro de la catedral, los pobres huesos de Rubén Darío, el gran profeta, el vaticinador, antes que nadie, de ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?, el prodigioso indio chorotega en el que hicieron nido tanto los más heroicos timbres como las más armoniosas cadencias de la lengua española. Él montó el Clavileño de la gran aventura renovadora de nuestra lírica. Él intuyó los grandes desastres de las dictaduras latinoamericanas. Él habló de las engalanadas panteras sometedoras de pueblos, advirtiendo, ya angustiado adivino, al viejo navegante Cristóforo Colombo, el descubridor.

Cristo va por las calles flaco y enclenque,

Barrabás tiene esclavos y charreteras,

y las tierras de Chibcha, Cuzco y Palenque

han visto engalanadas a las panteras.

Él, como Petrarca, salió gritando en sus poemas por las calles del mundo: ¡Paz, paz, paz! Él rogó a nuestro señor Don Quijote, en unas inmortales letanías, nos salvase de todas las injusticias, de todos los horrores retóricos alrededor del pobre Don Miguel de Cervantes y su pálido héroe, habiendo podido, de no haber muerto tan pronto, condenar todo este siglo de catástrofes, de guerras ya pasadas y por llegar, ahora que comienza el atardecer de este siglo, del que él sólo pudo asistir al alba. ¡Campanas y palomas para Cervantes y Rubén, aquí, en esta ciudad de Alcalá de Henares, cuna de plenitud del idioma, en el que él, poeta universal de Nicaragua, rogó por el ilusionado caballero de la Mancha!

LETANÍAS DE NUESTRO SEÑOR DON QUIJOTE

Rey de los hidalgos, señor de los tristes,

que de fuerza alientas y de ensueños vistes

coronado de áureo yelmo de ilusión;

que nadie ha podido vencer todavía,

con la adarga al brazo, toda fantasía,

y la lanza en ristre, toda corazón.

Noble peregrino de los peregrinos,

que santificaste todos los caminos

con el paso augusto de tu heroicidad,

contra las certezas, contra las conciencias,

y contra las leyes y contra las ciencias,

contra la mentira, contra la verdad.

Caballero errante de los caballeros,

barón de varones, príncipe de fieros,

por entre los pares, maestro, ¡salud!

Salud, porque juzgo que hoy muy poca tienes,

entre los aplausos o entre los desdenes,

y entre las coronas y los parabienes

y las tonterías de la multitud.

Ruega por nosotros, que necesitamos

las mágicas rosas, los sublimes ramos

de laurel. ¡Pro nobis ora, gran señor!

Tiemblan las florestas de laurel del mundo,

y antes que tu hermano vago, Segismundo,

el pálido Hamlet te ofrece una flor.

De tantas tristezas, de dolores tantos,

de los superhombres de Níetzsche, de cantos

áfonos, recetas que firma un doctor,

de las epidemias de horribles blasfemias

de las Academias,

líbranos, señor!

Ora por aquellos tristes enemigos

que plantan misiles en lugar de trigos,

sembrando la tierra de llanto y terror,

que cuando ya el siglo a su fin se inclina,

no es una paloma la que lo ilumina

en vuelo de gracia, de paz y de amor.

Ruega por aquellos audaces mezquinos

que cuando arremeten contra los molinos,

saben de antemano no derribarán,

por los ilusorios, los equilibristas,

por los anacrónicos, oscuros golpistas,

que en sorda caverna nos enterrarán.

Ora por nosotros, señor de los tristes,

que de fuerza alientas y de sueños vistes,

coronado de áureo yelmo de ilusión;

antes que de pronto desaparezcamos

y no queden tumbas ni fúnebres ramos

ni el son de la inmensa y última explosión.

Señor: cuando un poeta español llega como exiliado a aquella América en la que aún, con toda su variedad y riqueza de modulaciones, se habla la castilla, aquellas dolorosas raíces que llevaba fuera, rotas, expuestas a los vientos, al cabo de los años se vivifican, renacen, crecen, se llena de hojas, de brotes nuevos, gulas largas, inmensas, que por encima del mar vuelan a ciegas a encontrarse con aquellas otras desgajadas, partidas, que allá lejos quedaron. Y a pesar de las tremendas lejanías, se juntan, se enmuñonan, estableciéndose una nueva corriente de sangres detenidas, que vivifican las distancias, creando al fin una flor, tan dolorosa a veces, pero que nunca morirá, alentada por el aire y el sol de la tierra en que queda, aromándola para siempre. Así, allí alientan y cantan, amados para siempre, todos estos poetas que quise me acompañaran en este día de Cervantes, de este Premio, que sin duda alguna ellos también hubieran merecido.

Hoy las nubes me trajeron,

volando, el mapa de España.

¡Qué pequeño sobre el río

y qué grande sobre el pasto

la sombra que proyectaba!

Se le llenó de caballos

la sombra que proyectaba.

Yo, a caballo, por su sombra

busqué mi pueblo y mi casa.

Entré en el patio que un día

fuera una fuente con agua.

Aunque no estaba la fuente,

la fuente siempre sonaba.

Y el agua que no corría

volvió para darme agua.

Yo tuve la suerte de volver, de recomponer de verdad las rotas raíces

Yo, señor, volví. Tuve la suerte de volver, de recomponer de verdad las rotas raíces, cubriéndolas de nuevo con la tierra de España, del pueblo de España, con quien me uno a diario. Él me da la salud, la vida, esta velocidad, este dinamismo de cometa errante que llevo y que a mis ochenta y un años, cuatro meses y siete días amplía aún más su recorrido, su órbita, hasta identificarla con la del milenario cometa Halley, que vi aparecer en mi infancia tendido sobre la maravillosa bahía gaditana donde nací y que reaparecerá, y conmigo, sobre el cielo de España, dentro de año y medio.

Majestad: cuando le vi por vez primera en la Embajada de España ante el Vaticano, en Roma, tal vez recuerde que al momento de estrecharle la mano le entregué un breve escrito, firmado por un grupo de exiliados españoles en Italia, suplicándole la amnistía para los muchos presos que aún quedaban en las cárceles de nuestro país. Ese fue mi primer humano contacto con su Majestad y con la reina Doña Sofía, que lo acompañaba. Hoy vengo aquí a esta Alcalá de Henares, la ciudad cuna de Cervantes, para recibir de su mano tan altísimo premio, que es como centrar en mi sola voz la de más de 338 millones de seres que, con tantas diferentes modalidades, nos expresamos en la lengua, nunca mejor llamada peregrina, de Don Quijote. Gracias, Majestad.

Y para su Majestad la reina Doña Sofía, la súplica de que me acepte este saludo, en una mínima flor cantable de Lope de Vega, a la que me he atrevido retocar algún pétalo:

Esta Reina se lleva la flor,

que las otras, no.

Esta Reina tan garrida,

por Mayo más que florida,

la Rosa más escogida

de todo el vergel en flor.

Esta Reina se lleva la flor,

que las otras, no".