De no ser por la muy reciente preeminencia de cierto mono desnudo, el Planeta Tierra bien podría ser en este momento el planeta de las Vacas, puesto que en términos evolutivos estos simpáticos cornúpetos estaban en el proceso de dominar los ecosistemas terrestres. La razón por la que de no haberse desarrollado el Homo sapiens estaríamos viviendo en la Era de los Rumiantes está escondida en la secuencia genética de la vaca, recientemente descodificada; los secretos que esconde explican cómo las vacas estaban conquistando el planeta cuando llegamos nosotros, y también de qué manera están contribuyendo a destruirlo.
Naturalmente, en la evolución nadie se esta quieto, de modo que a lo largo de los eones las plantas han desarrollado sofisticados sistemas de defensa contra los herbívoros, que van desde aceradas espinas a inhibidores enzimáticos que las hacen indigestibles o poderosos venenos. A su vez los herbívoros han desarrollado inmunidad a los tóxicos, o aprendido a sortear las espinas; y los que no han sido capaces de sortear las defensas vegetales se han extinguido.
Hacia la Era de los Dinosaurios esta carrera entre vegetales y vegetarianos llevaba cientos de millones de años en marcha. Pero entonces las plantas crearon una innovación defensiva sutil y notable; allá por el Cretácico, apareció la hierba. Y los herbívoros se encontraron con un formidable enemigo.
Y muchos animales quisieron desde el principio comer hierba, porque pronto este grupo vegetal se convirtió en uno de los más exitosos de las plantas terrestres, cubriendo continentes enteros. Su éxito evolutivo, y su abundancia, prometía un nicho ecológico espléndido al grupo animal que se especializara en comer específicamente hierbas.
Y los primeros en resolver estos problemas tras la desaparición de los dinosaurios fueron los caballos y sus parientes, los rinocerontes. Su grupo zoológico, conocido como Perisodáctilos (dedos impares), desarrolló unos dientes con el esmalte plegado sobre la dentina de tal modo que cuanto más se desgastan, mejor trituran los tallos de hierba; en esencia, unos dientes que se autoafilan. Y para resolver la digestión adaptaron sus intestinos y los convirtieron en cámaras de fermentación. Los Perisodáctilos no digieren la hierba; lo hacen las bacterias que viven en su intestino.
Estas invenciones evolutivas resultaron tan exitosas que una buena parte de la Era Terciaria estuvo dominada en casi todo el planeta por caballos, rinocerontes, tapires y sus parientes; algunos realmente extraños, como los gigantescos perezosos de tierra llamados Calicotéridos. Exagerando sólo un poco podríamos llamar a esta época la Era de los Caballos.
Su invención evolutiva fue transformar su estómago en una sofisticada factoría biotecnológica, en un perfecto hogar y fábrica para una compleja flora intestinal bacteriana. Con esto, y el detalle de volver a masticar la comida cuando está a medio digerir (rumia) para facilitar el trabajo bacteriano, los rumiantes son capaces de extraer significativamente más nutrición de la hierba que los caballos (perisodáctilos).
En la batalla evolutiva por explotar el recurso alimenticio que suponen las hierbas, las vacas iban ganando, y los caballos perdiendo. Nuestra era, en justicia, debiera ser la Era de los Rumiantes. Claro que esta eficiencia en la digestión de la hierba se consigue pagando un precio: a la vez que lo dominan y colonizan, las vacas están contribuyendo a destruir el planeta. Porque al igual que ocurre con nuestra industria, su eficiencia en la fermentación por medio de bacterias simbiontes desprende contaminantes. Los pedos de las vacas ponen en peligro la vida en la Tierra.
El aumento en el número de rumiantes debido a la a nuestra ganadería (hay 10 vacas domésticas por cada rumiante salvaje) ha provocado un paralelo aumento del metano atmosférico. Porque, y esto es la ironía final, el metano que hay en la atmósfera proviene casi en exclusiva de los rumiantes; siendo como es un gas químicamente inestable, si no hubiese vacas desaparecería en muy poco tiempo, ya que tiene una vida media de sólo siete años. Sólo las continuas, ejem, emisiones lo mantienen en danza, aumentando la temperatura global.
De modo que la misma razón que llevó a las vacas a dominar el mundo hoy puede contribuir a destruirlo; una paradoja curiosa y mortal. Menos mal que desde 1999 algún otro mecanismo desconocido parece haber estabilizado la concentración de metano en el aire, que ha dejado de crecer en proporción al aumento del número de vacas; por el momento, nuestros filetes ya no empeoran el calentamiento global.
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