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No recomendado para menores de 12 años Versión española - Ispansi! (presentación y coloquio) - ver ahora
Transcripción completa

Buenas noches de nuevo, Carlos Iglesias.

Director, guionista, protagonista de esta bonita historia

que acabamos de ver. Y Esther Regina, buenas noches.

Buenas noches de nuevo. Coprotagonista,

protagonista femenina. Decides que el protagonista muera

precisamente el día en que muere Franco. ¿Por qué?

Sí, creo que ese es el auténtico drama del protagonista,

que no puede sobrevivir a su mayor enemigo.

Digamos que el tiempo no perdona

y los dos mueren a la vez.

Es como esos dos gigantes de Goya

que están enterrados en barro

y se están matando uno a otro, ¿no?

Es el drama de este triste país en ese sentido, ¿no?

A mí me sigue produciendo una congoja tremenda

el final de la película.

La he visto muchas veces,

hemos ido a muchos festivales.

Siempre la veo con la misma emoción

y esa frase al final, "A los que no volvieron",

me parece atroz.

Y luego hay otra cosa que también me emociona muchísimo

al final de la película,

la voz de Amancio Prada

poniendo música y voz

a un poema de una niña de la guerra, una anciana

que no pudo salir de Moscú.

Es de ella, es su poema. Y aprovecho para decir

otra cosa emocionantísima en la película:

esos dibujos están cedidos por la Biblioteca Nacional.

Y las bombas que caen, que parecen lágrimas,

son dibujos de niños de la guerra.

Comparto con Carlos Iglesias

esa pena y esa congoja

de los que no pudieron volver.

Este tema siempre rondando tu vida, ¿no, Carlos?

Sí. Es inevitable, es tu experiencia.

Se pegan a mí como una lapa estas historias.

Supongo que por el hecho de haber sido yo mismo emigrante,

junto a mis padres. Digamos que esas conversaciones

que he escuchado de pequeño a mis padres,

que idealizaban todo lo que tenía que ver con Madrid

y con la Gran Vía, tremenda Gran Vía,

que a la hora de la verdad cuando vuelves,

no vives nunca en la Gran Vía, vives en un extrarradio

muy alejado de la Gran Vía. Y esa nostalgia que él sentía,

que supongo que sería la misma o mucho más grande, incluso,

la que sentían estos niños sobre su país.

No cabe duda que estábamos a una distancia

de 1400 km de España y ellos a 6000 km de distancia.

Es muchísimo más. Pero sí, es cierto,

se me pegan estas historias.

Se aborda un tema que hemos tocado,

que creo que es muy importante y se hace a través del amor,

que es esa unión de las dos Españas.

Y que nunca acaban de cerrar el círculo,

lo consiguen a través de Paula y de Álvaro

en la distancia y a través del amor.

Rojo de mierda.

¿Qué venda se va quitando ella

para poder volver y para poder permitirse quererle?

Como acabamos de ver,

vemos a Paula durante 27 años.

¡27 años!

La conocemos cuando tiene aproximadamente 27 años.

Y luego todo el periplo, la experiencia vital,

el arco que atraviesa.

Y poco a poco va abriendo sus ojos

y se va dando cuenta de que esas personas,

al fin y al cabo, no son tan malos;

están dándolo todo por paisanos, por compatriotas

y que son más españoles o tanto igual que ella.

Yo creo que eso hace que Paula

empiece a considerarlos de otra manera

y se produzca la cercanía, la aproximación,

el amor para sacar adelante a esos niños

y darles cobijo y protección.

He sufrido mucho

por tener una religión que castigaba mi amor.

Y por pertenecer a un país en que se matan entre hermanos.

¡Y a un mundo que es capaz de matar en una sola guerra

a 60 millones de personas! Entre ellas,

lo que más quise en esta vida.

La historia de Paula surge de una conversación

que tuve con mi madre cuando yo tenía unos 17 años.

Mi madre había nacido al lado de San Francisco el Grande,

aquí en Madrid. Y una vez, paseando por su barrio,

había una casa muy burguesa, muy bonita, que sigue existiendo,

y me dijo: "En el cuarto vivía una mujer que murió de pena

cuando a su hijo se lo llevaron a Rusia".

Entonces, cuando empecé a buscar documentación

para esta película, me acordé de aquella historia

y de pronto nació el personaje de Paula.

Dije: "¿Por qué una mujer se muere de pena

porque manden su hijo a Rusia?". Vete a saber la historia completa,

la de mi madre, cuál sería. Pero a partir de ahí,

nació el personaje de Paula, que además está arropado

por cantidad de historias de familias absolutamente divididas

que nos han contado a todos.

Gente que se quedó en una zona nacional

o en una zona republicana.

Y después por otras muchas que me contaron niños de la guerra

de verdades absolutas que habían ocurrido

a esa distancia de 6000 kilómetros,

donde falangistas habían ayudado

a niños españoles

que luchaban con los partisanos rusos

y se habían salvado de ser fusilados por los alemanes,

por el mero hecho de ser español.

Posiblemente no lo hubieran hecho en España, pero en Rusia sí.

Claro, claro.

Y comunistas españoles, que luchaban con partisanos rusos,

que han salvado a falangistas

de que los hayan fusilado los rusos.

Dije: "Me contáis una historia que, a mí como español, me agrada".

De pronto, que seamos capaces de hermanarnos

aunque sea por esa distancia tan tremenda

que nos separa del problema real que es nuestro país.

No podía permitir que a un español le matase un puto alemán.

Además, de estas historias que me contaron

hay una impresionante.

Resulta que la División Azul llega a una aldea

de judíos sefarditas,

con los cuales se entienden perfectamente en castellano.

Y a los dos días, llegó un pelotón alemán

para llevarse a los judíos a un campo de concentración.

Y el capitán español dijo que a los judíos no se los llevaban

porque hablaban castellano, eran españoles.

El alemán dijo que eran judíos y se los llevaban.

Entonces, cuando se los iban a llevar,

los españoles cargaron las armas, los alemanes cargaron las armas.

Al final no hubo disparos

y los alemanes cedieron y se fueron.

Lo que no se sabe, lo que nadie me pudo explicar,

es qué ocurrió cuando los españoles se fueron.

Posiblemente les mataron a todos.

Pero durante el tiempo que los españoles estuvieron allí,

no se llevaron a esos sefarditas.

Alguna historia buena teníamos que tener, ¿no?

Hombre, seguro. Todo lo que tenga que ver

con el ser humano concreto, individual, personas,

historias de seres humanos concretos,

siempre aparecen cosas buenas

y siempre aparece la palabra empatía, solidaridad.

Sí. Claro.

Lejos del conflicto eran capaces de darse la mano

y ayudarse. De hermanarse.

Y de hermanarse, aun estando en bandos opuestos.

Sí, fue muy emocionante.

Yo hice en total 43 entrevistas.

De las historias maravillosas que los niños me contaron,

me dijeron que cuando no había un mendrugo de pan para un niño ruso,

siempre lo había para un niño español.

Y esto no era gratuito.

Había un plan para los niños españoles.

Había un plan que salía del partido comunista español

y del partido comunista ruso

o de la Unión Soviética,

que era que fuera la elite que iba a gobernar este país

a la caída de Franco.

El drama real de los niños de la guerra,

el que no ocurrió con el resto de los niños,

de los 30000 niños que fueron a distintos países,

es que Franco jamás cayó y Franco ya no quería

a unos niños que se formaron en la Unión Soviética.

Oye, nena. -¿Qué?

¿Quieres decirle algo a los niños del mundo?

Pero ¿qué les digo? -¡Lo que quieras!

Pido a Dios que todos los niños del mundo

no corran los sufrimientos y las tristezas

que tienen los niños que aún están

en poder de los enemigos de mi patria.

Pero los soviéticos tampoco querían devolver a gente,

que el más tonto tenía dos carreras universitarias,

a una España del dictador. Entonces se quedaron

en una tierra de nadie. De nadie, una tierra de nadie.

Donde nadie quería saber de ellos.

Hasta que ya fueron más mayores y a la caída de Stalin,

recurrieron a la Cruz Roja Internacional

y a través de ella empezaron a poder negociar con Franco

para volver.

Gracias a que la Unión Soviética empezó a devolver

a los divisionarios que estaban en campos de concentración rusos.

Ese es el gran drama.

Porque los niños de la guerra que fueron a Rusia, esos 3000,

fueron los únicos que no pudieron volver de inmediato

tras la contienda.

Porque 30000 niños, hay cifras de 40000 también,

que salieron refugiados y que fueron a Gran Bretaña, Suiza,

Bélgica, Francia.

Una vez concluida la guerra civil española,

Franco los reclamó.

El regreso no fue siempre agradable ni bueno para ellos

porque a veces fueron a reformatorios, etc.

Pero al menos pudieron regresar con sus familias.

Pero los niños que fueron a Rusia, pasaron 20 años y no podían volver.

Y cuando ya pudieron volver,

sucedió muchas veces, esto lo relata muy bien

Inmaculada Colomina en una tesis

sobre el destino de estos españoles,

regresaban a sus casas y no los reconocían.

Y el testimonio de un hombre,

quizá de unos 30 años, decía:

"Veo a mi madre mirarme de soslayo y adivino en su mirada

que no está segura de que yo sea su hijo".

Qué horror.

Otros volvían con carreras, como tú dices,

a la aldea, a ordeñar vacas con sus hermanos ya mayores,

casados, con sobrinos que no conocían.

No se hacían y regresaban a Rusia.

Sobre eso hay una historia...

Perdona un segundo. -No...

Hay una historia maravillosa.

Había unos niños que durante todo el tiempo

que estuvieron en la Unión Soviética creían que eran hermanos.

Y volvieron a la aldea. -Sí.

Volvieron a la aldea cuando tenían 30 y tantos

o 40 años.

Entonces la madre,

con los brazos abiertos, recibió a uno de ellos

y lo abrazó y tal. ¡Ay!

Y este se dio cuenta que el hermano no se acercaba

y le dijo: "Pero ¿no te acercas a besar a madre?".

Y la madre le dijo: "No tienes hermanos,

si eres hijo único".

Entonces, los niños se habían conocido en el barco;

uno de ellos debió bajarse en Francia,

pero no se bajó porque se habían hecho amigos;

se cambiaron los papeles o no sé qué lío hubo.

Pero durante todos los años,

eran muy pequeños, creo que tenían cuatro o cinco años,

todo el tiempo que pasaron en la Unión Soviética

consideraron que ellos eran hermanos.

Pero hasta ese punto fue tan fuerte,

que fue más fuerte incluso que la sangre real.

Claro.

Se volvió con su hermano a la Unión Soviética

porque veía que su madre rechazaba obviamente a este señor

que no conocía de nada y que tenía 40 tacos.

El punto de vista que tú eliges, Carlos,

no es el de los niños que van a Rusia,

sino... Adultos.

El de los adultos que los acompañan. Sí.

Quería hacer un homenaje, sobre todo, a los adultos.

Cuando me empecé a ilustrar sobre el tema,

cuando empecé a documentarme,

la verdad es que como todos o la inmensa mayoría

eran universitarios, había cantidad de literatura

escrita por ellos sobre sus historias,

las que habían vivido en la Unión Soviética.

Con lo cual, si tenías el más mínimo interés,

se podía conocer muchísimo de los niños de la guerra,

pero de los adultos no.

Porque los adultos ya fueron mayores.

Pero esos adultos que acompañaron de una forma voluntaria

a esos niños, dejaron aquí a sus propios hijos,

a sus familias.

Fueron educadores, maestras,

médicos, enfermeras españolas, cocineras.

Los rusos conocen las lentejas gracias a nosotros,

a esas cocineras españolas,

porque ellos daban las lentejas solo a los animales,

a las vacas y a los caballos,

antes de llegar las españolas.

Y pidiendo un poco de tocino y tal, hacían unas lentejas

que se chupaban los dedos los rusos.

Y a partir de ahí los rusos comen lentejas.

Como la inmensa mayoría de ellos estaban ligados

o bien al partido comunista o bien al partido socialista

y Franco no dejaba volver a aquellos que habían tenido

algún protagonismo dentro de la guerra civil española,

pues esos adultos no volvieron.

Dejó volver a algunos niños y a los adultos no.

Entonces me pareció que, realmente,

la película, el homenaje iba dirigido a ellos,

a esos adultos que dejaron toda su vida

para acompañar a 3000 niños españoles.

Y la sorpresa para nosotros es que aquí

es un tema de nuestra memoria histórica muy desconocido,

sin hablar de las nuevas generaciones

que no saben absolutamente nada.

Creo que no está en los temarios de la asignatura de historia,

o muy pocas veces.

Y lo que nos sorprendió fue, estando en el festival de Moscú

y en el de Vologda en Rusia, que allí los chavales,

los adolescentes que vieron la película

estaban muy emocionados porque nos decían:

"¡Es lo que tenemos en clase de historia!".

O sea, ellos sí sabían de los niños de la guerra

que fueron a Rusia y aquí no se sabe, no se habla,

como si no fuera con nosotros.

Entonces, olvidamos que fuimos refugiados,

que somos un país fundamentalmente de refugiados,

de exiliados.

Sin hablar de los judíos sefarditas en otras épocas.

Y ahora es como que no fuera con nosotros

y estamos viendo a los refugiados en los telediarios

y parece que no va con nosotros. "Ah, no, nosotros..."

A nosotros no nos puede pasar. -No, a nosotros no.

Como que no nos puede pasar y nos pasó anteayer.

Claro. Me parece fundamental,

¿por qué no vamos a hablar?

Yo acabo de venir de Berlín

y en la televisión no había un solo día

donde no hubiera un documental nuevo sobre las atrocidades

que habían hecho los nazis.

Y estamos hablando de documentos alemanes.

Quiero decir, es la única forma de sanar.

Sí. -Lo mismo es todavía más complicado

si la guerra es una guerra civil, también es posible.

Dicen que una guerra normal

cuesta 50 años en pasar página

y una guerra civil es el doble.

-Por lo menos.

Creo que somos el país más fratricida de Europa.

Y vamos repitiendo los errores.

Vamos repitiendo y se levanta un muro...

Los judíos levantan un muro en Palestina...

Te quiero decir, es que no escarmentamos.

No. No escarmentamos.

Los refugiados pasan por nuestro lado

como si fueran ajenos a toda nuestra historia.

Parece mentira, ¿no? Si la violencia no se cura,

engendra más violencia.

Y se han pasado páginas, como decíamos antes, sin leerlas.

Sin asimilar, sin un perdón.

Sin hacer las cosas como había que hacerlas.

Entonces, va perdurando en las generaciones.

Y ahí está,

que se siguen haciendo las mismas atrocidades.

Vamos a recordar ese momento histórico.

Hemos rescatado unas imágenes de testimonios en primera persona

de algunos de esos niños de Rusia que protagonizaron

el primer exilio del pueblo español

derivado de la guerra civil.

Mi madre sigue siendo una mujer muy estoica,

muy valiente, muy de izquierdas.

Y yo oí una conversación con ella que les decía:

"No, no, yo quiero a mis hijos más que nadie.

Pero por el egoísmo de tenerlos conmigo,

no los voy a dejar morir".

No podía comprender porque querían separarme de mi madre.

Lo que es para un niño de ocho años

perder una madre.

Mi vida era una miseria.

No sé qué hubiera sido de mí.

Por eso siempre digo que para mí

el haber ido a la Unión Soviética

fue una bendición. Fue mi salvación.

A mí se me venía a la cabeza, te lo digo francamente,

que mis padres se deshicieron de mí.

Que mis padres decidieron:

"Son tantos,

que nunca podremos alimentarlos.

En la Unión Soviética está bien o mal, pero está allí".

Una pena muy grande

porque dejabas a los familiares, a todos.

Y, sin embargo,

la alegría de marcharte de las bombas,

del miedo que se pasó

y, sobre todo, del hambre que habíamos pasado,

creo que de alguna manera también nos compensaba.

Trágica.

Porque llegaron los padres con los niños, con sus hijos.

Y nosotros teníamos que quitarles de los brazos a esos hijos.

(Ópera)

Creo que lo más terrible de mi vida ha sido oír gritos

y ver llorar a miles de niños.

El primer lloro general, universal en el barco

fue cuando el barco se separó del puerto de Santurce,

que ya nos íbamos.

Ahí fue, pero así,

como si hubieran tocado la sirena a llorar,

todo el mundo se echó a llorar.

También recuerdo de ese puerto

no solo las lágrimas de nuestros niños,

las lágrimas de aquellas mujeres rusas

que veían a los niños cómo bajaban.

Y nosotros con unas caras de hambre, de piojosos, de sucios.

Terrible, porque fíjate qué viaje habíamos hecho.

Y, claro, pues inmediatamente que llegamos a Leningrado,

había allá un ejército

de médicos, de enfermeras,

de hombres, de mujeres.

Cuando pasaban ya unos tres o cuatro meses

que ya no veías a los padres, pues te acordabas de ellos.

-Todo el tiempo. -Y llorábamos todas las tardes.

Yo me acordaba mucho de mis padres.

Además, me acordaba de que mi madre estaba en un sitio,

mi padre en otro.

Y luego, sobre todo, cuando terminó la guerra.

Terminó la guerra y no sabíamos qué era de ellos.

El 22 de junio de 1937,

pisamos por primera vez tierra soviética.

El 22 de junio del 41,

empezó la guerra.

Una trágica sorpresa.

Fue para todo el pueblo soviético, para todos.

Pero para nosotros no tanto

porque era un país ajeno para nosotros.

Todavía no sabíamos el idioma bien del todo;

no estábamos acostumbrados al frío.

Teníamos padres, pero éramos huérfanos.

Y al comenzar la guerra, ahí se perdió todo.

Ahí empieza la tragedia.

Todo cambia con la invasión de los nazis

y es ahí, en ese arraigo, en ese desasosiego

donde tú sitúas tu historia y a sus personajes.

Cuéntame, Carlos, cómo fue el proceso de investigación,

que supongo que fue muy profundo,

y por qué eliges este hilo conductor concreto.

Yo elegí la huida de los nazis

porque cuando los niños empezaban a contar,

que esos ancianos se convertían en niños

cuando empezaban a contar,

la parte más emocionante fue la huida de los nazis.

Salieron huyendo de un Moscú, de un San Petersburgo en llamas,

bueno, San Petersburgo que era Stalingrado.

En llamas, por unos lagos helados;

algunos con una hambruna tremenda;

pasándolo muy mal, muy mal

para refugiarse, como los que nosotros contamos

que se fueron a refugiar a una ciudad que era Tula,

muy lejos del frente, donde creían

que nunca les podrían alcanzar los alemanes.

Pero otros muchos se fueron hacia el Cáucaso

siguiendo a pelotones del ejército ruso;

que los soldados que los veían muertos de hambre...

Yo he contado algunos que les fue bien

porque tenían profesores, pero algunos

perdieron a los profesores españoles, a sus maestros.

Iban... -Solitos.

-Por la estepa rusa siguiendo a los soldados rusos,

que no querían tenerlos a su lado porque, claro,

no tenían para ellos, imagínate para compartir

con todos los pobres que se les acercaban.

Les dejaban las mondas de patatas al lado de un árbol

para que ellos las cogieran y se las comieran.

Pero de todas esas cosas que me contaron,

yo elegí las que también veía con posibilidad de rodar.

Y es que uno siempre, y tú lo sabes muy bien,

está limitado por las posibilidades económicas

que tienes para hacer una película. Yo, para empezar,

el recrear la Rusia de la II Guerra Mundial,

al primer productor al que se lo ofrecí me decía:

"Eso es imposible. ¿De dónde vamos a sacar?".

Efectivamente, empezamos a echar números.

Era imposible ir a Rusia.

Después tocamos Bulgaria, era un follón.

Bastante más barato que Rusia, pero un follón.

Y al final elegí lo que llaman... (RÍEN)

No pasa nada porque ya hemos visto la película.

Ya se puede contar. (RÍEN)

Al final elegí lo que llaman la Siberia suiza,

que es dura. Un altiplano que conocía bien,

a 990 metros de altitud, donde me pude llevar

a los equipos españoles, cuatro camiones,

con todos los técnicos y demás, y pudimos rodar una película

con absoluta libertad y una entrega increíble

por parte del Cantón Jura.

Estamos hablando de un cantón de 50000 habitantes,

que se portó de una forma tan generosa,

que cada vez que lo cuento se me saltan las lágrimas

porque jamás he tenido esa ayuda en mi propio país.

Es increíble. No nos conocían de nada,

éramos todos extranjeros. Y de pronto,

se nos acerca la ministra de cultura a ofrecernos su ayuda.

¿Te lo puedes imaginar eso? No.

(RÍEN)

Y a partir de ahí todo fueron facilidades.

Hablaron con la Lotería Nacional suiza;

nos dieron los fondos que tenían para cultura;

nos abrieron las puertas de museos, de granjas, particulares.

Ellos hablaban por nosotros.

Los tuvimos como jefes de producción a ellos. Increíble.

Lo que ninguno sabía, ni yo tampoco,

es que íbamos a tener el invierno más crudo...

El más duro.

Que habían tenido en los últimos años.

En esas siete semanas de rodaje de invierno

no subimos nunca de once grados bajo cero.

Y tuvimos cinco días espectaculares de 26 grados bajo cero.

Que fueron... -Perdona que te interrumpa,

tuvimos la gran suerte de tener tanta nieve

durante todo el tiempo. -Sí.

Hasta tal punto que una escena que estaba prevista

que no hubiera nieve y se viera que es un lago helado,

cuando corren los niños y llegan unos aviones,

salen todos en desbandada corriendo, no se aprecia que es un lago helado.

Vino un geólogo para hacer las pruebas correspondientes

y estar bien seguros de que no nos quedábamos sin niños.

-Lo que ocurrió en ese lago fue tremendo.

-Porque crujía.

Nadie nos había advertido, yo no lo sabía tampoco,

que cuando hay mucha nieve, la nieve protege el hielo

y sube la temperatura del hielo.

Cuando estamos metidos,

cuando estamos metidos 63 niños, cuatro caballos,

cuatro trineos y no sé cuántos adultos...

-Sí. -Claro, había un peso brutal.

Y de pronto veo

que me empiezan a hacer agua las botas.

Digo: "¿Cómo es posible?".

Miro al suelo y estaba encharcado,

me llegaba agua hasta la mitad de la bota.

De pronto me asusté y dije: "Se va a romper".

Nos ahogamos. Estábamos en medio del lago.

Nos quedaban todavía 300 o 400 metros

para llegar a la marca donde teníamos que decir:

"Aviones, aviones" y salir corriendo.

De pronto dije: "No llegamos hasta ahí.

Me muero de pena como le pase algo a los niños.

Y además, nos meten a todos en la cárcel".

¡No íbamos a poder volver a España! Y me empecé a decir:

"Grita aviones, grita aviones". "¡Aviones, aviones!".

Y Tote: "¡Rodad, rodad!". (RÍEN)

¡Aviones, aviones!

Y había alguna escena de otoño y nos salía vaho,

se suponía que era otoño.

"¡Que no salga vaho, tened cuidado!".

Y estábamos hablando las actrices...

"Pero ¿qué cuidado vamos a tener? Es imposible".

Claro. El frío era,

incluso en los interiores, graneros abandonados

sin ningún tipo de calefacción, y estábamos a 20 grados bajo cero.

Bueno, nos llevamos el catering de España.

-Sí.

Porque en producción dijeron: "Ya que vamos a tener frío,

pues comer judías, lentejas".

En fin, platos nuestros y no platos suizos.

Pero a veces comíamos en una carpa.

Me acuerdo perfectamente de haber cogido

un plato de lentejas hirviendo y lo dejé donde me iba a sentar.

Pero vi que había tarta y dije: "Antes de que lleguen los eléctricos

voy a coger un trozo de tarta". Me fui, hablé con no sé quién,

cuando volví, cogí la cuchara y levanté,

como si fuera una aspirina, todas las lentejas.

Del hielo. Todas las lentejas de una vez.

-Todas las lentejas se quedaron ahí.

Ese día estábamos comiendo a 21 grados bajo cero.

Al aire, porque era... -Una carpita...

De plástico. Y uno de esos días

comiendo en la carpa, que había que comer con guantes

porque no puedes coger el metal con esas temperaturas.

-Se helaban. -Sí. Vino alguien

y abrió una lata de Coca-Cola, salió la espuma

y en ese mismo instante... (EMITE UN SONIDO)

Así estábamos comiendo todos los días.

¿Cómo fue tu proceso de investigación

para componer tu personaje?

Tuve mucho tiempo.

Costó cuatro años, entre medias la crisis

con un parón de un año que no sabíamos

si íbamos a seguir o no.

Y durante ese tiempo yo iba preparando a Paula.

Yo creo que el primer libro fundamental: Vasili Grossman,

"Vida y destino". Un enfoque desde el punto de vista de los rusos,

de la II Guerra Mundial en Rusia. Fundamental.

Luego me fui orientando un poco más por el tema,

tanto de niños de la guerra

como de mujeres en la guerra

y los efectos colaterales en las mujeres.

En ese sentido, hay un libro anónimo

que se llama "Una mujer en Berlín", "Eine Frau in Berlin",

sobre otro drama también muy escondido, muy acallado.

Y es que Berlín, en cuanto llegó la ocupación rusa,

la primera venganza y revancha del ejército ruso

fue la violación sistemática y masiva de todas las mujeres berlinesas,

creo que no se salvó nadie.

Ese drama de esas mujeres me ayudó también

para componer el drama de Paula-Beatriz.

El sufrimiento, los daños colaterales de las guerras.

La pérdida de hijos, las violaciones, las hambrunas,

la miseria, el frío. No tener calzado, no tener carbón.

Las mondas de patatas. Y ya libre de cabecera

durante todo el rodaje, a pesar de que ya lo había leído,

lo seguía leyendo, releyendo cuando me iba a la cama,

Benjamín Prado, "Mala gente que camina".

Qué bonito es ese libro. Maravilloso.

Maravilloso. Sobre otro drama

de compatriotas españoles, los niños robados.

El sufrimiento de tantas madres, de tantas mujeres.

Y así fui creando a Paula.

¡No!

Muchas gracias a los dos por haber estado aquí

y haber compartido con nosotros esta aventura tan personal.

Gracias a ti. Gracias, Carlos.

Muchas gracias.

Pues llega la hora del cortometraje en "Versión española".

(Música)

Hoy os ofrecemos "Behind", un corto dirigido por Ángel Gómez.

Cine de terror clásico, pero con un tema

absolutamente de nuestros días.

Muy atentos a la estremecedora interpretación de Macarena Gómez.

"Arianne, escúchame por una vez en tu vida.

Creemos que te vendría bien tomarte un tiempo para ti".

-No empieces otra vez, te lo pido por favor.

-Estos últimos meses han sido muy duros para todos.

Te mereces descansar.

-Que no te la vas a llevar.

-Sabes que con nosotros va a estar mucho mejor".

-Samuel, no te lo voy a repetir.

Claudia se queda aquí conmigo.

"Yo también tengo derecho a estar con mi hija".

Pero es que no te la puedes llevar.

Tú y tu amiguita os podéis ir donde queráis,

pero a mi hija no te la llevas a Alemania.

"Joder, Arianne, ha pasado casi un año, vas a peor.

Además, sé que últimamente has vuelto a beber".

Eso es mentira. ¿Quién te ha dicho eso?

"Sabes perfectamente que es verdad".

¿Quién te ha dicho eso?

"Dudo mucho que el juez vea bien

que Claudia se quede con una madre así".

¿Cómo puedes ser tan miserable? "Solo quiero lo mejor para mi hija".

Eres un hijo de puta.

"¡Arianne, estoy conduciendo, ahora no puedo hablar de esto!".

Claudia se queda aquí conmigo.

"Arianne, Claudia se viene conmigo".

¡Claudia se queda aquí conmigo!

¿Samuel?

¡Samuel!

(Música)

(Música)

Hola.

¿Estás bien?

No tendría otro remedio.

¿Te das cuenta de que no puedes seguir así?

¿Eh?

Mira, no te iba a decir nada,

pero tienes a mamá y a papá muy preocupados.

Apenas los llamas y cuando mamá te llama,

no coges el teléfono.

Deberías dejarte ayudar un poco.

¿Por qué no te vas a vivir una temporada con ellos?

No sé, allí estarás bien.

Ya sabes que mamá estará encantada de estar contigo y con la niña.

Y si no, te puedes venir a casa también.

Lo que tú quieras, piénsatelo.

(Voz distorsionada)

¡Arianne!

Sí.

¿Qué te pasa? ¿Eh?

Estás muy pálida.

Voy a llamar a la doctora, ¿eh?

(Murmullo)

¿Puedes sentirlo?

¿Cómo dice?

Aún es pronto.

Perdone, si no le importa...

¿Sabes esa sensación de estar sola en casa

y sentir que hay alguien más contigo?

Yo sé bien lo que es eso.

¿Quién es usted?

Es difícil de explicar.

Pero creo que debes saberlo.

Tienes un hombre pegado a la espalda.

¿Es una broma? -Está detrás de ti.

Y no le gusta que nadie se te acerque.

Está muy nervioso.

Oiga, nos está asustando.

No debería estar aquí,

pero no se va a marchar.

No hasta que haya conseguido lo que quiere.

¿Lo que quiere?

Aquí no hay nadie.

Pronto lo verás.

Y cuando lo hagas,

será demasiado tarde.

¡Oh! (EL BEBÉ LLORA)

Tengo que irme.

Si no me crees, compruébalo.

Aparece en las fotografías.

(Llanto de bebé)

Espera, te ayudo a subir.

Pero ¿qué haces? ¿Te vas?

Arianne.

¡Arianne!

(Puerta)

(Puerta)

"Arianne, ¿por qué te has ido de la fiesta?

¿Te ha vuelto a llamar Samuel?

Quiero que sepas que pienso hablar con él

porque esto no puede seguir así, ¿eh?

Llámame en cuanto oigas el mensaje, ¿vale?

Te quiero".

(Señal)

(Voz distorsionada)

(Interferencias)

(Llanto)

(Música)

(EL BEBÉ LLORA)

(Teléfono)

(Teléfono)

(Teléfono)

¿Diga?

Samuel, deja ya de llamarme.

"Arianne, soy Leonor". ¿Eh?

"Nos conocimos esta tarde durante la fiesta".

¿Y qué quiere ahora?

"Siento mucho llamarte a estas horas.

Cometí un error".

¿Un error? Pero ¿qué dice?

"No sabes cuánto lo siento.

Ojalá puedas perdonarme".

Mire, voy a llamar a la Policía.

"Al verlo, creí que estaba detrás de ti.

Pero me equivoqué.

He mirado detenidamente la fotografía que te hice".

¿Qué está diciendo? "Esa cosa...

tenía agarrada a tu hija del brazo.

Quiere llevarse a tu bebé".

¡Oh!

(Llanto)

¡Claudia!

¡No!

¡Claudia! ¡Claudia!

¡Claudia!

(Cerradura)

(JADEA)

(GIME)

¡No!

¡No!

(Teléfono)

(Teléfono)

¿Samuel?

"Arianne, Claudia se viene conmigo".

¡No, no, no!

¡Han entrado en casa y se la ha llevado!

Samuel.

"Arianne,

Claudia se viene conmigo".

¡Joder! ¿Me estás escuchando?

¡Que se han llevado a Claudia!

"Arianne,

Claudia se viene conmigo".

¡Joder, hazme caso!

"Arianne, Claudia se viene conmigo.

Arianne,

Claudia se viene conmigo".

(Ruido)

¡Ah!

(Llanto)

¡No!

¡No!

(GRITA)

(Llanto)

(Grito)

La custodia compartida

vivida como una historia de absoluto terror.

Impactante la propuesta de Ángel Gómez,

al que felicitamos desde aquí.

Y nada más, nos despedimos hasta la semana que viene

en "Versión española",

con el mejor cine español reciente.

Un beso muy fuerte. Chao.

(Música)

Versión española - Ispansi! (presentación y coloquio)

16 abr 2017

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