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No recomendado para menores de 12 años Versión española - Cantábrico: Los dominios del oso pardo - ver ahora
Transcripción completa

Esta es la banda sonora de un relato

que empezó hace decenas de miles de años.

Desde el Paleolítico, en la noche de los tiempos,

la historia natural del Cantábrico está contada en la piedra.

Un relato petrificado

trazado con los colores de la sangre y el carbón.

Y que, como el cine, cobra vida con la luz

que pone en marcha a las manadas de caballos,

uros y ciervos.

Entonces, como ahora, la misma mirada,

el mismo observador.

En tiempos fríos, las cavernas acogen el letargo

de quienes, como estos murciélagos de herradura,

buscan refugio y paz.

La paz que el invierno en las montañas les niega.

Los osos no son los únicos en vincular su vida a las cavernas.

Bajo tierra, lejos de la luz cegadora del invierno,

son muchos los animales

que esperan el momento de entrar en escena

tras una larga vigilia.

No todo es descanso.

También tienen lugar historias increíbles

de parasitismo y mentiras,

gruesas larvas de mariposa que parecen hormigas.

Hormigas obreras que no se dan cuenta del engaño.

Y en otras oquedades más pequeñas,

como el tronco vaciado por un pájaro carpintero,

los lirones grises, calientes y gordos,

le dan la espalda al frío.

La hibernación no está al alcance de todos.

Fuera, la mayoría de los habitantes del Cantábrico

aguantan como buenamente pueden los rigores invernales.

Ni siquiera todos los osos se aletargan en cuevas.

Algunos ejemplares hambrientos deambulan por los bosques

en busca de un alimento escaso

y difícil de encontrar.

La proximidad al mar

hace que los vientos oceánicos lleguen cargados de humedad.

Frío y hambre.

Las grandes nevadas son auténticas trampas para ciervos y corzos.

El mala tiempo impone a todos los animales del bosque

un compás de espera.

Los lobos, sin prisa,

aguardan a que el invierno haga el trabajo por ellos.

Los ciervos a encontrarse con su destino.

En el punto más expuesto,

en lo alto de una loma

sacudida por todos los vientos,

un bando de perdices pardillas capea el temporal.

Un gato montés abandona su refugio en el bosque

y sale a merodear.

En campo abierto,

sobre la nieve blanda,

las posibilidades de sorprender a una presa son remotas.

El pelaje gris y rayado

está diseñado para el camuflaje en la espesura del bosque

y de nada le sirve contra el fondo blanco.

Las perdices no parecen demasiado alarmadas

por la presencia del gato.

Intentan descubrir el lado de sotavento

para decidir en qué dirección apeonar y emprender la huida.

Por muchas razones, un mal día para el gato montés.

La vida en los bosques es más fácil

cuando un guía abre huella en la nieve.

Varios cervatos siguen a una hembra adulta.

Los corzos transitan con facilidad

por los surcos abiertos por el trasiego de otros animales.

En una piara, la unión hace la fuerza.

Aún así, nada para comer.

Pero no todo son dramas en el silencio blanco.

Un armiño se despereza.

Está tan aclimatado a la mala estación

que hasta se viste con los colores de la temporada.

Los gritos de los arrendajos delatan a un ratonero.

Un enemigo potencial de la dama de blanco,

que una vez roto el factor sorpresa,

nada tiene que temer

y puede despreocuparse y tomarse la vida con ligereza.

Para el armiño la nieve es un campo de juegos.

Siempre y cuando siga contando

con la ayuda de sus ruidosos vecinos.

Vivir en los recovecos de las cercas de piedra

le ha enseñado a moverse a saltos, con vivacidad.

Todos su cuerpo es un resorte impulsado por un corazón

que late a 350 pulsaciones por minuto.

Con ese ritmo cardíaco,

la vida es un juego que transcurre a alta velocidad.

Parece que la buena estación llega, al fin, para quedarse.

En otros tiempos, el manto invernal del armiño fue considerado

símbolo de dignidad real.

Cuatrocientas colas eran necesarias para forrar la capa de un rey.

Ninguno lo vestiría con tanta dignidad

como su legítimo propietario.

Puede que en los bosques montanos

algo empiece a rebullir.

Pero arriba, en la alta montaña,

la vida es una dura pendiente donde solo los más fuertes

tienen alguna opción.

Al sobrevolar este mundo estéril, salvaje y mineral,

vemos por primera vez la inmensidad del escenario

donde se desarrolla el drama del Cantábrico.

Exiliados en las alturas,

los rebecos se lanzan a una alocada carrera

por las crestas cineras.

Bordean las peligrosas grietas

por las que las capas de nieve se abrochan a las cumbres.

La nieve ventisqueada está dura,

pero aún así, el peligro de avalancha es muy alto.

En las vaguadas, el viento ha acumulado

grandes cantidades de nieve en polvo.

Demasiado espesor incluso para los rebecos.

Este macho con la crin erizada sabe lo que busca.

Aunque ya ha pasado el tiempo de celo,

merodea en torno a un grupo de hembras

que todavía cuidan a los chivos del año anterior.

Nunca un paso en falso.

La seguridad de su pezuñas es infalible.

Vestidos con el pelaje espeso del invierno,

buscan los ricos solanos batidos por el viento,

limpios de nieve, donde crece su magra recompensa.

Días fríos y transparentes,

buenos para la caza.

Los días del lobo.

Excepcionalmente, una manada recorre su cazadero

a plena luz.

Sobre la nieve endurecida por la helada nocturna

han cortado un rastro. Un cierto ha dejado sus marcas.

La suerte está echada.

Impregnado con olor, los lobos saben cuál es el rastro a seguir.

Como si lo estuvieran viendo trazado en tinta sobre un mapa.

Se organiza la batida.

Cada cazador tiene claro lo que ha de hacer.

El ciervo camina confiado.

Pero en la dirección equivocada.

Ellos están delante.

Demasiado tarde se da cuenta de su error.

Y comienza la emboscada.

Toda la manada participa en la cacería.

Pero es el líder quien se expone al mayor peligro,

el único que se atreve a morder en el cuello

y se arriesga a recibir una cornada letal.

Lo demás se dedican a hostigar,

a agotar a su víctima.

Los lobos, como fantasmas,

no dejan su impronta.

La nieve dura juega en contra de las pezuñas del ciervo

y a favor de las manos de los cazadores,

anchas y almohadilladas.

La partida está sentenciada.

Los lobos saben que el final está próximo.

Ya no se escucha el coro resonante del acoso,

sino los ladridos cortos y agudos

que indican el contacto del colmillo con la carne.

Y, al final, se cumple la ley de la vida.

Sopla el viento cálido de la primavera.

Comienza el deshielo.

Los neveros acumulados durante el invierno

se vacían gota a gota.

Los ríos crecen.

Por profundas gargantas, el Cantábrico desagua el mar.

El bosque es ahora un instrumento de percusión.

(Picoteo)

Un pico picapinos, un pájaro carpintero,

traza con esmero el plano de su nueva casa.

Golpe a golpe, astilla tras astilla,

en un par de semanas

taladrará su nido en el tronco de este álamo de ribera.

(Trinos)

(Trinos)

Pero no siempre te dejan trabajar en paz.

Cerca, un picamaderos negro relincha con voz de pocos amigos.

(Trina)

Mejor suspender la obra.

(Trinos)

La primavera llega a los valles

mientras el invierno se aferra a las cumbres.

La comida vuelve a ser abundante.

Para los urogallos cantábricos

y para otras muchas especies forestales

los brotes tiernos de los robles son un maná inagotable,

el fin de sus penurias.

En los bosques del urogallo también habitan los osos.

Una familia se está dando un atracón.

Se trata de una madre y sus oseznos nacidos hace dos inviernos.

Torpes y pesados en tierra, los osos son muy ágiles

cuando se andan por las ramas.

O quizá no tanto.

Los brotes tiernos son sabrosos, pero no muy nutritivos.

En estas condiciones, los osos se ven obligados

a dedicar mucho tiempo a comer,

casi la mitad del día.

El dilema de toda madre:

correr detrás de uno...

y esperar paciente a que el otro cachorro no caiga...

como un fruto maduro.

La primavera resuena ya por el fondo de los valles.

Y eso significa comida.

El los troncos, en el suelo del bosque,

un urogallo cantábrico picotea las primeras larvas,

proteína animal que enriquece una dieta pobre a base de hojas.

Los nuevos colores del paisaje esconden presencias ocultas.

Son muchas las leyendas y consejas en el norte de España

que dicen que basta con nombrar al lobo

para que este aparezca.

Animales desconfiados, de mirada recelosa,

ocultos entre el monte espeso.

Lejos ya las nevadas del invierno,

es más difícil perseguir a las grandes presas

y los lobos se conforman con lo que encuentran.

La cantidad de carroña diseminada por el monte

es una de las razones de la abundancia

del lobo en el Cantábrico.

Entre 70 y 80 manadas

pueblan estas montañas.

Los jóvenes que acompañaban a sus padres en las cacerías

están a punto de emprender su camino en solitario.

Siempre astutos, siempre proscritos,

otean los hatos de cabras y ovejas esparcidos por el valle.

(Cencerros)

Los rebaños, bien atendidos y protegidos por mastines,

pastan sin miedo.

El cruce de miradas entre perro y lobo

suele terminar en tablas.

(Ladridos)

Para las cabras el mundo protegido y previsible,

la rutina diaria del pastor.

Para el lobo no tan feroz,

solo el azar y la huida.

Aunque sus territorios se solapen,

en general, lobos y osos se ignoran

y sus relaciones son habitualmente pacíficas.

En terreno abierto, abrupto y de difícil acceso,

eta madre no tiene nada que temer.

Los oseznos, con un año y medio de edad,

cerca ya de la emancipación,

siguen, no obstante, intentando mamar.

En estas fechas, la buena vida del oso, su día a día,

consiste en una plácida sucesión de paseos

en busca de comida intercalados con largas siestas.

Mucho más arriba, en el límite donde las hojas de los robles

aún no han brotado, se escucha un taponazo.

El sonido de una celebración.

A la luz gris que precede al alba, los últimos urogallos cantábricos

se reúnen en sus cantaderos.

(Canto de urogallo)

Las gallinas que con su presencia han provocado tanta excitación

se pasean indiferentes

mientras a su alrededor se desata la pasión.

Año tras año, en lo más profundo de este viejo abedular,

los grandes machos cantan con voz rota

durante sus ceremonias de celo colectivo.

En el suelo, el estrépito de los vuelos de alarde

busca tanto seducirlas

como intimidar a los contrarios.

(Canto de urogallo)

Cuatro machos se pavonean juntos.

Siete en toda la extensión del cantadero.

Un documento único,

una imagen repetible en los bosques cantábricos

donde los urogallos han emprendido un viaje

probablemente irreversible

hacia la extinción.

Pero, de momento, los escarceos continúan.

Las peleas de gallos se suceden y el círculo se cierra.

Las hembras parecen menos renuentes

y los machos, la cola hirsuta, la cola en abanico,

intensifican su empeño.

Hasta que, tímidamente, se establece un vínculo.

Y por fin, a la luz incierta del alba,

las gallinas dan su consentimiento,

descuelgan las alas y permiten que la voz áspera, desafinada

y estridente se convierta en una llamada de esperanza.

(Canto de urogallo)

(Canto de urogallo)

(Canto de urogallo)

Y es que la vida sigue.

En el inmenso Cantábrico, algunas de las mayores hazañas

se desarrollan bajo la lupa.

Las arañas pisaura despliegan sus artes para el cortejo.

Se trata de un proceso ritualizado,

con intercambio de obsequios y favores,

que comienza con la captura de una presa por parte del macho.

Para cazar, la pisaura rececha a sus presas

en lugar de tejer una red.

Lo que no siempre da resultado.

En realidad, la trampa es la que el macho

le está preparando a su pretendida.

Se vale de un tuco,

un regalo con el que seducirla.

En el amor como en la guerra no valen las mediocridades.

Una simple pata de saltamontes y sin empaquetar

es un obsequio con el que difícilmente podrá ser aceptado.

La araña recorre de nuevo su cazadero

donde ha logrado capturar otra presa.

Y ahora sí, ha conseguido un regalo

para el que no necesita vale de devolución.

El siguiente paso es preparar un buen envoltorio.

De seda.

La araña teje,

pero no se enreda ni pierde el hilo.

Ni puede negar cuáles son sus verdaderas intenciones.

El regalo es una artimaña que no oculta los peripalpos.

Esas bolas como guantes de boxeo acabados en punta

son los órganos copuladores.

Una vez empaquetado para regalo, la pisaura vuelve a intentarlo.

Ella lo espera.

Primer contacto.

Los nervios de toda primera cita.

El macho rodea a su deseada

y, con todo miramiento, le ofrece el regalo.

Todo ahora pende de un hilo.

La desconfianza se palpa.

La hembra, más clara, algo más grande,

domina el escenario.

Y parece que, precavido,

el macho utiliza el regalo como escudo.

Y con la mirada de aceptación,

va la promesa de un largo apareamiento.

El acuerdo es el siguiente:

para ella, que hinca con avidez los quelíceros,

el paquete es un suplemento de comida

que le permitirá aumentar el número de crías.

Él, por su parte,

ha comprado la reserva del tiempo necesario

para descargar toda su simiente.

En el escarceo, las arañas se comunican sus emociones

con pequeños toques,

sutiles señales de un código Morse arácnido

que les informa de su estado de receptividad.

Parece que todo va bien, pero no hay que confiarse.

En ocasiones, las hembras de pisaura

practican el canibalismo

y el macho se puede convertir en alimento.

Firmado el acuerdo, aceptado el soborno,

el macho aprovecha antes de que la hembra

tenga tiempo de deshacer el lío y pasa a la acción.

Este es el momento en el que todo encuentra su explicación.

Durante el abrazo, el macho busca el receptáculo seminal

y bombea su esperma en el cuerpo de una nodriza paciente

y bien alimentada.

(Trinos)

El paisaje sonoro también tiene sus colores.

Canta un pechiazul.

(TRINA)

(TRINA)

Siglos de pastoreo e incendios

han abierto grandes claros en las masas forestales.

Aquí, entre piornos y brezos,

se produce una paradoja:

el fuego tiñe las montañas de colores.

Abajo, a ras de suelo,

el concierto es el bordoneo de los insectos polinizadores.

Más arriba, en las turberas encharcadas

que cubren los puertos de montaña,

los papeles se invierten.

Aquí los cazadores son seres inmóviles,

plantas carnívoras del género Drosera

a las que los alquimistas medievales llamaron rocío del sol

por las gotas rojas que rematan los tentáculos,

sus armas para la caza.

La escasez de nitrógeno en el suelo encharcado

obliga a estas plantas a cogerlo al vuelo.

Las droseras segregan estas bolas pegajosas de mucílago

y atraen a los insectos,

pero no para ser polinizadas por ellos, sino para devorarlos.

Tras el abrazo pegajoso,

el rocío del sol se convierte en un estómago abierto

que disuelve a la presa y la transforma en un jugo.

Este desafío al orden natural atrajo la atención

del mismísimo Charles Darwin,

quien llegó a escribir que una planta carnívora

era un misterio más interesante

que el origen de todas las especies.

Plantas que se alimentan como animales,

aves que vuelvan bajo las aguas,

emerge un nido acuático.

Las montañas cantábricas son un mundo lleno de maravillas.

Una pareja patrulla su tramo de río de aguas bravas,

limpias y cristalinas, libres de contaminación.

En el nido aguardan tres pollos hambrientos.

Contra la enorme fuerza de la corriente

estos pájaros oponen su dominio de la mecánica de los fluidos.

Se apoyan en las turbulencias,

en los remolinos de rápidos y cascadas,

y acceden así a un recurso alimenticio

que nadie puede disputarles:

larvas de insectos acuáticos.

Unos piden sin parar.

Otros no dan a basto.

El trabajo se acumula en el nido.

Una bola de musco con la puerta abierta hacia abajo

a resguardo del agua.

(Trinos)

El plumaje, suave y muy apretado,

repele el agua.

Los ojos están protegidos por una membrana blanca,

una especie de gafas de buceo.

En las aguas turbulentas, en un mundo de cristal líquido,

los mirlos acuáticos encuentran refugio

tras muros que solo pueden franquear los más fuertes.

Unos pocos gramos de plumas y coraje

buscan seguridad bajo la fuerza aplastante

de las cascadas.

(Trinos)

En lo más espeso del monte,

una nueva familia se asoma a la vida.

Tres oseznos de apenas cuatro meses de edad

siguen a su madre.

Las osas dan a luz cada dos o tres años.

Por eso es frecuente que en el mismo monte

coexistan familias de jóvenes ya crecidos,

de más de un año, con otras que acaban de alejarse

de la osera donde nacieron en pleno invierno.

El día a día de un oso consiste en comer y jugar.

Ni por tamaño ni desde luego por experiencia

los cachorros son capaces de valerse por sí mismos.

La prudencia de las osas les lleva a frecuentar

cortados y terrenos abruptos,

de difícil acceso, pobres en comida.

Para los cachorros todo son dificultades,

más aún en las rocas mojadas.

Al más pequeño de los tres le supone un verdadero esfuerzo

seguir a sus hermanos.

Pero mamá osa siempre está atenta y dispuesta a dar sabios consejos.

Lo importante es mantener unido el grupo.

La vida en las rocas es una sabia elección.

Aparte del siempre peligroso ser humano,

solo un enemigo amenaza la existencia de los oseznos

y parece que la madre lo ha olido en el viento.

Un macho en celo.

La tensión hace que hasta la más cariñosa de las madres

pierda los nervios.

El infanticidio, la muerte de las crías por parte de machos

que pretenden a la hembra es la principal causa de mortalidad

en los primeros meses de vida de un oso.

Y hay que buscar refugio.

La roca es su castillo.

Aquí, con las espaldas bien cubiertas,

no hay nada que temer.

El macho tendrá que buscar compañera en otro sitio.

Pasado el peligro, los juegos y la comida continúan.

Con la familia a salvo en este balcón sobre el valle,

la madre se ofrece generosa a sus tres retoños

que ronronean de satisfacción.

No muy lejos, otra familia.

Esta con dos cachorros.

En la Cordillera Cantábrica

las osas mantienen un fuerte apego,

una querencia al lugar donde nacieron.

Y al independizarse, procuran establecerse cerca

del solar materno.

Eso hace que se formen zonas de alta densidad osera,

territorios de vecindad donde varias osas

muchas veces emparentada entre sí

permanecen ancladas al terruño,

cerca de la casa de su madre.

Desde un punto de vista utilitario

el juego es una vía de aprendizaje hacia los oficios de la vida.

Las continuas peleas entre hermanos refuerzan los vínculos

y forman parte de los deberes necesarios

para el desarrollo de todo osezno.

Pero la paz no dura demasiado en los territorios del oso.

Un macho enorme corta los vientos

y percibe el aroma que estaba buscando.

La joven madre no está todavía par este tipo de juegos

y prefiere emboscarse.

Un macho en celo es como un vagabundo que amplía sus dominios

y los recorre con tenacidad.

Hasta 20 kilómetros diarios con paso bamboleante

cruzando bosques y pedreras,

rompiendo el monte en busca del rastro oloroso

que le lleve hasta una compañera.

En algún lugar del camino

el macho llega a territorio de esta hembra solitaria,

sin crías, y quizá por eso, receptiva.

La búsqueda errática ha concluido.

El olfato les ha traído hasta aquí,

donde sus caminos se cruzan.

Empieza otro tipo de juegos, este para adultos,

a base de propuestas y escaramuzas

que pueden extenderse durante horas o con ejemplares más resolutivos

con sumarse en el acto.

Los osos son promiscuos.

Un macho puede cubrir a varias hembras en días sucesivos.

Una osa puede llevar dentro hijos de diferentes padres.

(Graznidos)

(Graznidos)

Los picamaderos negros saquean un hormiguero.

Guerra química.

La hormigas contraatacan con chorros de ácidos fórmico.

En el nido, horadado en un álamo,

aguardan dos bocas impacientes.

El acarreo de comida es continuo,

pero pronto empezará la tragedia.

Uno de los dos hermanos se deja llevar por el ansia

fuera de la protección del nido.

(TRINAN)

Al pequeño carpintero su instinto aún no le ha enseñado

a destrepar los troncos

y se dirige desesperado hacia la copa.

Las cuentas no salen.

Falta uno.

Sobre los piidos de hambre de este pollo

la madre picamaderos escucha las llamadas desesperadas

del hijo descarriado.

(TRINAN)

(TRINA)

Por ahora, hay comida y la madre se puede ocupar de él.

Pero con la llegada de la noche,

solo uno de ellos dormirá seguro y caliente.

A cubierto, escondida entre brezos y contrafuertes rocosos,

una osa cuida a su cachorro.

Un hijo único, una única pregunta:

¿dónde están los demás hermanos?

Quizá se produjo un accidente,

se cruzó un cazador furtivo

o, más probablemente, este cachorro sea el único superviviente

del ataque de un macho que pretendía a su madre.

En cualquier caso, solo la tiene a ella para jugar.

Avanza la buena estación

y en las arboledas cantábricas

rebullen nuevas presencias.

La horquilla central de un roble acoge un nido de abejeros,

unas rapaces forestales

que cada primavera llegan de África y que en el nombre

llevan sus costumbres.

En en nido, los pollos ya crecidos aguardan envueltos en un zumbido

que les debe abrir el apetito.

Porque los abejeros, refinados gourmets ante las aves de presa,

se alimentan de suculentas larvas de abejas y avispas.

Al igual que los abejeros,

los osos atacan las colmenas de abejas.

Para evitarlo, desde tiempo inmemorial

se han construido defensas como esta.

Un cortín,

una fortaleza apícola

protegida por un muro de más de dos metros de altura.

Un bastión contra los ataques de los osos

donde los colmeneros trabajan con las abejas obreras

en la recolección de la miel.

Igual que los apicultores, los abejeros cuentan

con un equipo protector contra picaduras.

Un largo pico,

orificios nasales muy cerrados

y una máscara de plumas entretejidas

prietas como escamas

que protegen su cara.

A las tres semanas de edad,

los pollos son capaces de tomar la comida por sí mismos.

No buscan la miel,

sino las larvas empaquetadas altamente proteicas.

El gusto por la comida muy picante.

Las estaciones avanzan.

Mediado el verano, en los prados alpinos de diente y siega

se cierra un ciclo entre especies aliadas.

Bajo los prados alpinos, mejor dicho.

En un hormiguero de la especie Myrmica scabrinodis

se produce una suplantación de personalidad.

La gorda lavara que convive con otras de menor tamaño

recibe todas las atenciones

de sus hermanas mayores, la hormigas obreras.

Pero, en ocasiones, las cosas sí son lo que parecen.

Y la gruesa larva no es una hormiga.

Se trata en realidad de una mariposa.

La llamada hormiguera oscura,

que camuflada con el mismo olor que identifica a toda la comunidad

lleva meses parasitando entre ellas.

Un caballo de Troya con un único ocupante

que ha pasado casi un año alimentándose

de sus falsas hermanas y que ahora está a punto

de convertirse de monstruo en princesa.

Dentro de la crisálida se produce la gran metamorfosis.

El aspecto final está esbozado en las paredes del sarcófago.

Cuando por fin emerge,

el engaño se hace demasiado evidente

incluso para una hormiga.

En la oscuridad natural,

los olores y el tacto rigen el mundo sensorial.

Y este ser que sale perfectamente formado del estuche

ni huele ni desde luego tiene la forma de una larva de hormiga.

La nueva mariposa ha perdido su aroma de camuflaje

y de cara a sus antiguas cuidadoras ha dejado de ser la preferida

para convertirse en un buen bocado.

Se impone salir cuanto antes del hormiguero.

Tras un año enterrada,

la mariposa sabe exactamente lo que tiene que hacer.

Va decidida a buscar la luz del sol

que brilla por encima de las hierbas del prado.

Se trata de una hembra de alas pardas.

El hormiguero soportaba una doble imposición.

Le sigue ahora un macho de alas azules

y con las mismas prisa.

El, insecto que se crió en la oscuridad

se renueva ahora con la luz solar.

Bombea un líquido a presión

que estira las nerviaciones de las alas,

que se expanden tersas y tensa.s

Una vida en la oscuridad

para acabar centelleando bajo la luz del sol.

A partir de ahora,

el vuelo de las mariposas hormigueras oscuras

se ciñe a los campos de esta flor: la pimpinela mayor.

Tienen mucha prisa. Disponen de una vida muy breve

para completar todo el proceso reproductor.

Sobre las pimpinelas se producen las danzas burlonas de cortejo.

En ellas se consuman las nupcias.

Y en las cabezuelas más tiernas

las hembras depositan los huevos.

Ahí se van a desarrollar las nuevas fases de este ciclo

de engaños que se verán más adelante,

a medida que avance el verano.

Antes de que la siega de los prados

acabe con las plantas nutricias

y con permiso de los cazadores.

Lejos de las campas abiertas, en las laderas espesas de monte,

asoma una nueva generación de otro tipo de cazadores.

Desde que nacieron, hará unos tres meses,

estos lobeznos apenas se han alejado

unos cientos de metros de su madriguera

vigilados por un hermano mayor que colabora en su crianza.

A esta edad no paran de alborotar.

Juegos preparatorios para la vida en manada

donde los lobeznos aprenden

los rudimentos de las relaciones sociales.

Nubes de evolución diurna sobre los picos.

Nubes de verano que no traen agua.

Las montañas cantábricas están tan cerca del mar

que hasta los buitres leonados

crían y vuelan sobre los acantilados.

De aquí viene todo. La fuera de la marejada

agita los vientos.

Carga a las nubes que riegan las montañas.

Y aquí, en el Cantábrico, el mar embravecido y tenebroso,

se disputan luchas épicas,

batallas navales desde embarcaciones gallegas,

asturianas y cántabras.

Durante la temporada de la costera, los arrantzales vascos

desafían las embestidas del mar para interceptar

las rutas migratorias del bonito del norte.

Parece que llueve bajo el agua.

La pesca de anzuelo requiere sembrar el mar de engaños.

Desde los costados de la nave los pescadores fabrican lluvia.

La cortina de agua perturba la superficie del mar

para esconder así la forma del casco y difuminar las turbulencias

de las hélices.

Las rutas de la alta mar se cruzan con otras

que llevan hacia tierra adentro.

Bajo las alas de los buitres, a gran profundidad,

otros peces alcanzan la costa después de un viaje extraordinario.

Allí donde la costa acantilada se abre en una ría,

las aguas tienen un sabor especial para quien sea capaz de percibirlo.

Es el aroma diluido de las montañas,

los arroyos y las fuentes manantiales.

Los olores que, como un faro, guían a los salmones atlánticos

en su viaje de regreso desde los mares el Círculo Ártico

hasta el mismo río en el que nacieron.

En estas aguas, dulces o saladas,

al compás de las mareas, los salmones hacen parada

para acostumbrar su cuerpo al nuevo grado de salinidad.

Esperan las lluvias del otoño

para poder medirse contra la corriente

en la remontada hacia el final de su viaje.

El agua, el hielo y los vientos erosionan las montañas.

Fuerzas tenaces que fragmentan a los colosos de piedra

y abren profundos valles.

A escala más modesta,

otros agentes dejan también su huella.

Cuando al comida escasea,

los osos tienen que buscar hasta debajo de las piedras.

Este joven oso está hambriento.

Los pastores de la alta montaña ya están agostados

y los frutos del otoño todavía están verdes,

pero se acuerda de las lecciones de su madre

y sabe dónde encontrar hormigueros,

nidos de arañas, escarabajos y otras delicias.

Ya conocemos a estas hormigas.

Cae la tarde

y comienza la jornada de recolección.

También conocemos esta flor, la pimpinela mayor.

De aquellos huevos depositados por la mariposa hormiguera oscura

nacieron las larvas.

Han mudado cuatro veces.

Y ahora están a punto de consumar un gran engaño

a costa de las hormigas.

Es momento de dejarse caer.

En el sitio oportuno,

en el instante oportuno.

Los días al sol alimentándose de las plantas

llegan a su fin.

Vestida solo con unas gotas de perfume,

el olor atrae primero a las hormigas.

Es el mismo aroma

que segregan las larvas auténticas de hormiga

lo que impide el ataque de estas obreras.

Pero al mismo tiempo que las engaña,

les ofrece un regalo:

una sabrosa gota de una melaza rica en azúcares.

Una tentación, uno de los pocos momentos

de dulzura en la dura vida de una obrera.

Suficiente para que las hormigas

pierdan el sentido de la responsabilidad

y, confundiéndola con una de sus larvas,

la recojan para llevarla junto a las demás...

al corazón del hormiguero,

a las cámaras de cría.

La mariposa adulta supo medir bien

y puso los huevos en el territorio de campeo

de las hormigas, a pocos metros de la boca del nido.

Desde este momento, esta larva,

vegetariana en sus primeras fases de vida,

se convertirá en carnívora.

Perderá el color y permanecerá casi un año

aquí dentro devorando a sus falsas hermanas.

Hasta que, pasado ese tiempo,

el ciclo se cierre y se transforme en una mariposa adulta.

El encuentro entre la mariposa y las hormigas

se ha producido en el límite de tiempo.

La mariposa hormiguera oscura se verá abocada a la extinción

si cambia el calendario de siega

o desaparecen las hormigas que la recogen

o las plantas donde ponen sus huevos.

En el pequeño bosque de gramíneas se abren nuevos cazaderos

para el gran gato montés.

A pesar de la maquinaria, no puede esperar más.

Acalorado, jadeante, asoma al claro a la caída de la tarde.

Al callar las máquinas, en los prados segados,

se abren nuevas oportunidades.

Sin el factor sorpresa, no hay opción.

Nada molesta más a un gato montés

que un bando de ruidosos arrendajos.

(Graznidos)

Por fin cesa el griterío.

Despacio y en silencio,

el gato montés cruza el prado,

su territorio de caza.

Ni un ruido,

ni un roce contra la vegetación.

Tras la siega, lo que se pierde en cobertura

se gana en sigilo.

El gato caza al rececho.

Recorre el territorio a una velocidad de un kilómetro por hora.

Una gorda rata tropera asoma al exterior.

No se ha dado cuenta de que ha desaparecido

la espesa cobertura vegetal y baja la guardia.

En general, en estas luchas silenciosas

entre las artes de caza y las de ocultación,

solo una de cada cinco veces

la balanza se inclina a favor del gato.

(Rugidos de oso)

Han pasado los meses y hasta aquí ha llegado

aquella osa que vimos protegiendo a sus cachorros

del ataque de un macho.

La comida escasea y los osos prueban nuevos tipos de alimento.

Juntos sacuden las ramas de los árboles

con la esperanza de encontrar algún fruto.

Y cuando esto no es suficiente,

la madre los transporta de un lugar a otro

en busca de los escasos recursos que da el monte

en esta época del año.

En estos paseos toda precaución es poca.

Porque, a veces, el peligro salta donde menos se lo espera.

A la altura del hocico, entre las rocas.

Una víbora de seoane,

un reptil endémico de las montañas del norte de Iberia.

Las víboras suelen cazar al acecho, inmóviles,

a la espera de que sea la presa la que se ponga

al alcance de su veneno.

Pero esta hembra parece tener prisa.

Busca un refugio, una cueva similar a aquella

en la que soportó los fríos del invierno.

Tiene una buena razón.

Está preñada.

Aunque viven del calor del sol,

la pupila vertical, dilatable como la de un gato,

revela su carácter crepuscular.

La noche cubre como un manto el parto de la víbora.

Como todas las de su género, las de seoane son ovovivíparas,

los huevos se desarrollan dentro de la madre

y los viboreznos, como en un parto,

nacen ya formados.

Solo una víbora puede observar tan de cerca

el nacimiento de sus hijos.

El primero de los viboreznos sale del cuerpo de su madre

envuelto en el saco vitelino.

Para romperlo, se debate con los mismos movimientos

que hará el resto de su vida

cada vez que tenga que mudar de piel.

Una segunda cría pugna ahora por salir.

Desde este mismo instante,

las pequeñas víboras se valen por sí mismas.

Vienen perfectamente equipadas,

con su dotación de veneno al completo.

Al amanecer, abandonará la hura

y saldrán a buscar alimento bajo el sol.

En el nido de la víbora las contracciones siguen,

los partos no han acabado.

Es difícil saber cuántas crías se enroscan

en torno al cuerpo de la madre. Aunque habitualmente

suelen nacer entre cinco y siete viboreznos.

Con cinco meses de edad los jóvenes lobos siguen creciendo.

Han pasado la noche solos

al cuidado de algún miembro de la manada,

una tía, un hermano mayor...

El resto del grupo ha partido en busca de alimento

en correrías de caza a decenas de kilómetros de distancia.

Apenas empiezan a jugar con un simple palo,

un aullido corto...

(Aullido)

...anuncia la llegada de los cazadores.

El gran macho alfa aparece en escena

y todos a una acuden y le estimulan

para que regurgite los pedazos de carne.

El estómago es la bolsa en la que los lobos

transportan la comida, hasta cinco kilogramos

de una vez.

La manera más cómoda para regresar de sus correrías

por los extensos territorios de caza.

Acabada la comida, no saciada el hambre,

los cazadores se refugian en el hayedo.

Van a pasar ahí la mayor parte del día, encamados,

descansando tras una noche en vela.

Permanecer tanto tiempo al descubierto

es algo extremadamente peligroso.

Desde tiempos inmemoriales, hombres y lobos

mantienen una guerra abierta en estas montañas.

Pero los juegos son importantes y empiezan a adquirir

un nuevo sentido.

Hay quien ya apunta maneras de líder,

de futuro lobo alfa.

Y quien parece destinado a ser un perdedor,

un lobo solitario y sin manada.

El aire anuncia cambios.

Llegan las borrascas del Cantábrico.

Y el campo huele a tierra mojada.

La lluvia siempre es bien recibida por todos.

Ahora los ríos crecen,

las corrientes se vuelen impetuosas.

Ha llegado el momento que otros animales

estaban esperando.

Los salmones tienen ya una fuerza contra la que medirse

y que les impulsa hacia delante.

La remontada hacia las fuentes

es una lucha titánica que, paradójicamente,

necesita de la fuerza violenta de la corriente.

Enfrentados a la furia del río,

no malgastan sus energías. Buscan apoyo en los remolinos,

dominan las turbulencias,

convierten el agua en un sólido punto de apoyo.

A más de siete metros por segundo,

con un control perfecto del movimiento y la forma,

los salmones salvan desniveles de hasta tres metros de altura,

seis veces su longitud desde la boca a la aleta caudal.

Llega el final del viaje.

Las aguas más tranquilas de las cabeceras de los ríos

van a ser el escenario donde se va a cumplir el objetivo

que le ha traído hasta aquí.

Pronto empezará la reproducción.

Pero los problemas no han terminado.

Vencida la corriente,

los salmones van a seguir encontrándose

con enemigos potenciales.

Por aquí merodean las nutrias.

Al comienzo del otoño, con las lluvias,

el bosque cantábrico recupera sus mejores colores.

Aquí, entre la hojarasca, va a tener lugar un enfrentamiento

que pone a prueba los recursos de un animal tan común como este.

El sapo.

Una culebra de collar ha salido de caza.

La lengua del reptil capta los sutiles aromas

disueltos en el aire.

Y el aire huele a sapo.

Parece que la suerte está echada.

Pero las apariencias engañan.

Cuando no hay tiempo para escapar, la vida es puro teatro.

El sapo sabe cómo aparentar más de lo que es.

El engaño ha funcionado.

Ante la duda, sorprendida, la culebra opta

por no meterse en líos con un fanfarrón.

Mejor marcharse de aquí.

Con las últimas luces, los gatos monteses campean por su territorio.

Una rata topera está acicalándose

en la boca de su ciudad subterránea.

Las ratas toperas viven en extensas redes de galerías.

Todo el prado, como el subsuelo de una gran urbe,

está minado por túneles por los que corretean

multitudes de roedores.

Hasta 70 por hectárea de pastizal.

Rara vez abandonan los túneles,

salvo cuando, hartas de alimentarse con raíces y bulbos,

asoman a la superficie para pastar hierba fresca.

Los montones de tierra dirigen al gato,

que camina sobre decenas de roedores.

Pero solo uno es tan descuidado como para dejarse ver.

Y está haciendo mucho ruido.

La suerte es del gato,

el más eficaz controlador de las plagas de roedores

en los prados del Cantábrico,

el guardián entre las hierbas.

En otoño, el bosque es una despensa inagotable de comida.

Es el tiempo de los regalos.

Para los arrendajos, el momento de hacer acopio.

Por encima de la bóveda forestal, todos los colores.

El rojo de las hayas,

los amarillos de robles y abedules,

el verde de los más tardíos...

Por debajo, el silencio punteado

por el crepitar de las ráfagas de hojarasca.

En el susurro de la hojas al caer

se escuchan rumores que anuncian los temporales del invierno.

La coreografía del viento y la hojarasca

se lo pone difícil a los arrendajos,

los arrendajos, los jardineros del bosque.

Cuando no están peleando,

los arrendajos rebuscan bajo las hojas

todo tipo de frutos secos.

Bellotas de roble, hayucos, castañas,

son después almacenados en agujeros y troncos huevos,

en escondites que solo ellos conocen

y que, borrados por el tapiz cambiante del bosque,

caen a menudo en el olvido.

Estos almacenes perdidos de semillas

brotarán en primavera.

Los arrendajos gestionan así, sin querer,

una red de viveros forestales.

El suelo del bosque guarda ahora secretos que están por descubrir.

Setas de duendes en un mundo encantado.

El hayedo es el bosque de los cuentos.

Comienza la hora del misterio en las montañas del lobo.

Bajo la luz de la luna, se oyen unos gemidos agudos

y unos crujidos en las copas de los robles.

Son lirones grises,

pequeños duendes de la noche

que recorren el bosque oscuro.

Uno de ellos baja a tierra para completar la cosecha:

nueces y bellotas esparcidas por el suelo.

En el bosque, está rodeado de presencias amenazantes,

pero su principal preocupación ahora

es engordar, acumular grasas.

los primeros fríos ya asoman a las cumbres.

Las noches de niebla pronto lo serán de escarcha.

Y el lirón gris, en honor a su nombre,

vuelve al nido abandonado,

la cámara confortable

donde le esperan seis largos y cálidos meses de letargo.

Los días son fríos a finales del otoño.

Las nieblas emergen desde los fondos de los valles,

se enredan en las ramas de los árboles

creando una atmósfera de misterio.

Pero antes ya habían anidado

en las crestas y canales de las cumbres.

Como figuras de roca, sestean unos rebecos.

Aquí arriba, bajo el resplandor de las nieves coimeras,

comienza el periodo de celo,

que a pesar de la grandiosidad del escenario,

el mensaje se puede oler en el aire.

El macho dominante,

con la crin enhiesta y andares de líder,

se pavonea ante un grupo de hembras.

Otro macho viene a lanzar un desafío.

El duelo es inevitable.

Y las señales de alarma corren por el rebaño.

Y empieza una persecución que tiene tanto de juego de poder

como de coreografía.

Lanzados a tumba abierta ladera abajo,

los dedos de las pezuñas se abren

para aumentar la superficie de agarre.

Las almohadillas se adhieren como las botas de un escalador.

Fuerza, sentido del equilibrio y valor

son las condiciones necesarias

para habitar los pastos de alta montaña,

los dominios del rebeco cantábrico.

Se barrunta el mal tiempo.

Las aguas están muy frías, entre 5 y 7 grados centígrados.

La temperatura idónea para la freza de los salmones.

Agotados después de remontar cascada a cascada

hasta mil metros de desnivel,

han llegado al fin a la poza adonde nacieron.

En estas aguas serenas

las hembras cavan con la aleta caudal

los surcos donde plantarán su semilla.

A su alrededor nadan unos peces más pequeños.

Son los llamados vironeros,

salmones pintos, jóvenes machos que nunca salieron al mar,

pero que en un atajo de la evolución

han madurado sexualmente,

ahorrándose los riegos del largo viaje oceánico.

Los vironeros, pequeños y avispados,

utilizan su tamaño para colocar su esperma

con una precisión quirúrgica.

Llega el momento culminante.

Siempre proa a la corriente,

un macho se desliza y ocupa su posición en el flanco.

Las sacudidas nerviosas son como una proposición

a su compañera.

Esta mide con la aleta anal la temperatura del nido

y hace una última limpieza.

Varios vironeros a favor de su tamaño toman posiciones.

Dos grandes machos flanquean a la hembra,

se estremecen.

Y ella, al fin, se decide.

Introduce la aleta en el nido.

Un vironero se adelanta a una posición de ventaja.

Y en unos segundos el río se llena de una espesa niebla.

Fecundados los huevos,

ya solo queda arropar bien el nido.

Como en toda tragedia épica,

la muerte es el destino del héroe.

La mayoría de los salmones, cumplido su viaje,

entregan sus retos mortales al espíritu del río.

Los caudales crecen,

las primeras nieves anuncian el final del ciclo estacional.

Como en un agua tinta, estas chovas piquigualdas,

negras contra el fondo blanco,

pelean por los restos de la pasada abundancia,

el último regalo del otoño.

Igual que en el paraíso perdido,

las manzanas son el objeto de la discordia.

Pero también la garantía del renacimiento de la vida.

Porque a las puertas del crudo invierno,

cuando el mal tiempo baja de las montañas

y todo en el Cantábrico se prepara para el gran silencio blanco,

las chovas anuncian que en el horizonte

siempre queda la promesa de una nueva primavera.

Versión española - Cantábrico: Los dominios del oso pardo

09 jun 2019

El Cantábrico es un lugar mágico y misterioso con muchos rincones aún por descubrir. Es el reino de los bosques, el dominio de los caballos salvajes, la tierra donde las nieblas esconde a los lobos ibéricos, a los gatos monteses y a los urogallos. Aquí la fantasía y la realidad caminan juntas.

Contenido disponible hasta el 24 de junio de 2019.

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