Teresa de Jesús Archivo

Teresa de Jesús

Fuera de emisión

www.rtve.es /pages/rtve-player-app/2.12.2/js
3071123
Teresa de Jesús - Capítulo 5 - Fundaciones - ver ahora
Transcripción completa

Siendo yo mozuela por aquí entró la emperatriz,

que venía a Ávila con el que hoy es nuestro rey, don Felipe.

Aquello sí que fue un cortejo solemne.

Aquí se agolpaban multitud de serranos.

Y desde la puerta de entrada a la ciudad el concejo le acompañó

hasta la catedral bajo palio.

Qué gran fiesta.

Me acuerdo que yo bailé la danza de bienvenida.

Éramos más de 300 parejas.

¡Ah! -¡Ay!

-¡Ay! -¡Ay, Dios mío!

-¿Qué ocurre? -¿Qué pasa?

Tranquilas, hijas.

-Empezamos bien, vaya por Dios...

¡Madre, madre!

¿Pero qué ha sido? ¿Cómo ha ocurrido?

¿Se han hecho daño? Venga usted aquí.

Pronto empezamos, a este paso y con tan pobre aparejo.

-Ya se lo dije, mejor hubiera sido esperar unos días.

Bastante hemos esperado ya.

¿Pero no pudo conseguirnos mejores tiros?

-Calle, vuestra reverencia,

¿a toda prisa qué esperaba, armar una comitiva real?

Es una locura, una locura. Lo que no esperaba

es que repitiera lo que dice todo Ávila:

"una locura, una locura."

-Pero es que lo es, ¿no lo es?

Es que vuestra reverencia me quema la sangre.

Ayude a componer esto y no murmure más.

-¿Están preparados?

¡Vámonos ya!

-¡Arre, vamos!

-Menos mal.

Sí, alabado sea Dios.

-¡So!

Algo malo pasa.

Ayúdeme a bajar.

-So.

-Don Alonso Esteban, madre.

-Tenía grandes deseos de conocerla, madre Teresa.

Os hemos preparado alojamiento

en casa de unas vecinas muy devotas de Arévalo.

¿Y esa carta? -Del caballero de Medina del Campo

que nos iba a alquilar su casa para el convento.

¿Nos la iba a alquilar?

¿Y ya no nos la alquila?

Dígame lo que sea.

Vamos, ¿qué pasa?

-Ha surgido un inconveniente.

Viven cerca unos frailes agustinos y no les gusta que se construya

un monasterio al lado del suyo.

Pronto empieza el Demonio a alborotar.

Buena señal.

-¿Qué vamos a hacer?

Seguir adelante.

-¿Qué pasa, madre? -¿Ocurre algo?

No, no, nada.

Desde Arévalo lleve a estas hermanas

a Villanueva de las Heras.

Son del Monasterio de la Encarnación

y no han tomado nuestro hábito todavía.

Ruegue al párroco, mi primo,

que las hospede hasta ver en qué para todo este negocio.

Que si se arregla va ser mejor entrar en Medina

con poca gente, sin carros y sin ruido.

Griterío de muchedumbre.

Alboroto.

No se paren por nada.

Levántense los velos, hermanas, para no tropezar.

Y estén atentos a los alguaciles para evitarlos, vamos.

Alboroto.

Alboroto.

-Hermana, ¿me ayuda?

Sigan adelante, no les hagan caso.

Sígame, venga.

Música.

-¿Hemos llegado?

-No, no, no es esta la casa.

Nos hemos perdido.

(SUSPIRA)

La encontraremos, vamos por aquí.

-Se nos hace de noche, madre. Sigan.

-Por fin, esta es la casa.

-¿Está seguro vuestra paternidad?

-Sí, sí, no hay duda.

-Tengo miedo, madre.

Atienda los bultos que lleva y déjese de miedo.

¿Ha visto algún alguacil?

-No.

Pues entonces bien vamos, no chiste.

-¡Ave María!

-¡Va, ya va!

¿Quién es?

-¿El mayordomo de la señora de Fuentesol?

-Servidor.

-¿Qué se les ofrece?

-Traemos carta de su señora

para que nos deje la casa desembarazada.

-Ah, ya, los carmelitas.

¿Pero a estas horas y en este día?

¿Hay alguno mejor para dar posada al peregrino?

Las paredes harto caídas me parecen.

-Mañana veremos lo que se puede hacer.

Ahora tendrán que dormir. ¿Dormir, qué dice?

Antes de que llegue el alba

tiene que estar esto en condiciones.

-¿Podremos poner el altar aquí?

Su tarea llevará, pero si no hay otro sitio.

-Dentro hay una cama de damasco azul y varios tapices.

Si pueden servirle de algo.

Alabado sea Dios, cómo no ha de servirme, todo sirve.

Ande, eche una mano, traiga escobas.

-No me parece hora oportuna para ir en busca del notario.

Lo siento mucho pero no tenemos otra.

La noche nos ampara.

-No sé qué me dirá.

No cuide eso sino de lo que hay que decirle a él.

Ande con Dios.

¿Sabe dónde vive? -Sí.

-No lo entiendo, no he oído nunca hablar de ese convento.

-No me extraña porque lo están haciendo ahora.

-¿Y qué prisa hay entonces por levantar un acta

de algo que todavía no está fundado?

-Sí, la hay, mañana cuando salga el sol tiene que estar fundado

y yo diciendo misa.

Golpes de herramienta.

Me hacen falta más clavos.

-Ya no hay más.

Alguno habrá por ahí en las paredes, mire a ver.

-Queda bonito.

Sí, pero se está haciendo de día.

Hay que darse prisa.

¿Qué tal va la campana?

-Ya está.

-Nunca he visto a un cura más testarudo.

-Ni yo a un notario más desconfiado.

-En fin...

Campanadas. -¿Qué me dice ahora?

¿No oye la campana?

-Sí, sí.

Campanadas.

Ay, creí que no llegaba.

-Dispénseme un momento.

-¿Han puesto una iglesia aquí?

-¿No ha oído la campana?

¿Fray Juan de Santo Matía?

¿Te he asustado?

-¿Por qué me iba a asustar?

Me pareció.

¿Es cierto que ha estudiado en la Universidad de Salamanca

y que ahora quiere irse cartujo?

-¿Sí, qué hay de malo en ello?

De malo nada, hombre, no sea suspicaz.

Sólo que yo le he llamado

para proponerle algo mucho más importante.

-¿Mejor que retirarme a soledad

sin que nadie me tenga que mirar como un bicho raro?

¿Quién le mira como un bicho raro?

-Mis compañeros, porque no me pliego

a las libertades que se toman.

Si discuto con ellos sobre cómo mejorar la orden,

que quiero darles lección.

Si me recojo en mi celda, que soy orgulloso.

Está visto que no he nacido para tratar con nadie.

Pues conmigo va a tener que tratar.

De bicho raro a bicho raro, padre mío.

-Madre, se han hundido dos peldaños de la escalera.

¿Quiere venir a verlo?

No, quiero que lo arreglen.

Les dije que no subieran por ahí.

Arriba hay unos tablones y clavos, póngase con ello.

-Tal vez no lo sepan hacer.

Pues que aprendan.

-Poner un peldaño no es fácil.

Ni difícil, yo lo hago y soy vieja.

-No le veo arrestos de vieja.

¿Y qué peldaño me va a mandar poner a mí?

El mismo que quiere poner pero sin salirse de la orden,

sino sirviendo al señor dentro de ella,

que huir es de cobardes.

¿O es que sólo le importa su propia salvación?

-No, ni tampoco me considero un cobarde, sólo incapaz.

No se dé por vencido tan pronto, que le queda brega para rato.

Y más ahora que se ha topado conmigo.

Supongo que ha oído hablar de la reforma que tengo emprendida.

-¿Y quién no?

Pues estando en Ávila traté con el padre Rubeo,

general de la orden, y acabé convenciéndole

de que el permiso para fundar conventos de carmelitas reformadas

no debía limitarse sólo a las monjas,

sino también a los frailes.

Le prometí que esperaría

hasta encontrar la persona adecuada.

El bicho raro, ¿entiende?

-Pero harán falta más dispuestos a lo mismo.

De momento fray Antonio de Heredia es con quien he tratado

y quien me ha dado su nombre.

Para empezar basta.

-Cuánto corre, ¿y el convento dónde está?

Ay, hijo, no me queme la sangre.

¿Sabía yo dónde estaba este

ni que iba a terminar haciendo de albañil?

Yo sólo le pido que no se vaya a cartujo.

El convento ya veremos, Dios dirá.

-Quiero decir que si tardaremos mucho en encontrarlo.

Ay, yo qué sé.

-No se ponga así.

Pues dígame de una vez si acepta o no.

-Preferiría que lo adivinara.

-¿Cuántos conventos tiene fundados ya, madre Teresa?

De monjas cuatro;

en Medina, en Valladolid, en Malagón y en Ávila.

Con el de Toledo cinco si Dios quiere.

Y luego dos de frailes que son los que más me importan ahora,

por la novedad.

-Aquí en Medina los descendientes de conversos

apenas sufrimos persecuciones,

como dicen que pasa en otros sitios.

A la gente se la tiene por buena o mala a tenor de lo que hace.

Es la única manera de prosperar,

sentirse cada cual hijo se sus propias obras.

-Simón Ruiz es uno de los mejores mercaderes de Medina

y un alma de Dios con todo el mundo.

Sí, a mí me ha apoyado mucho.

Gracias a él fundaremos ahora en Toledo.

-Nos ha dicho que conoció a su padre.

Y está orgullosísimo de todo lo que va consiguiendo

vuestra merced como quien no quiere la cosa.

Eso no, como quien quiere la cosa con toda su alma,

que si no es a base de cabeza dura.

-No sé cómo pueden con tanto.

-Ya ve, malísima como estaba con las cuartanas

y no se le quitaba de la cabeza que tenía que venir a Duruelo.

Bastante he tardado.

Y quiero ver ya cómo se han apañado aquí mis dos primeros frailes.

Aunque mejor sería decir fraile y medio.

-Mucha estatura no tiene desde luego

Fray Juan de Santo Matía.

De cuerpo no, pero de alma...

Ahora se llama Fray Juan de la Cruz.

De él estoy bien segura.

No sé en cambio, bendito Dios,

cómo lo pasará Fray Antonio de Heredia

acostumbrado a una buena celda con libros

y tan celoso del bien parecer y de la honra.

-Preocupación, bien universal, es esa hoy, madre.

Y no sé si mayor en los que se dicen

cristianos viejos o entre nosotros los conversos.

¿Cuándo nos convenceremos de que el reino de este mundo

está armado de palillos de romero seco

y que sus autoridades son postizas?

Creí que no llegábamos, mi padre.

Cuántas vueltas, esto está en el fin del mundo.

-¿No era esa la intención, apartarse del mundo?

Veo que lo dice contento.

¿Y qué ha sido de la honra?

-Maldigo el tiempo que la tuve.

Ay.

Estos son mercaderes de Medina.

-Ah, muy bien.

(SUSPIRA)

Que nos hacen la merced de acompañarnos a Toledo,

porque vamos con intención de fundar allí.

-Pero pase, vuestra reverencia, no se quede ahí.

Un poco de agua me bebería yo. -Sí.

-Vamos a predicar a muchos lugares comarcanos,

sin ninguna doctrina.

También ofrecemos confesión.

-¿A pie van, así, descalzos?

-Sí. -¿Y no pasan frío?

-Lo que hace; cuando fío, frío; cuando calor, calor.

La nieve acaba por hacerse amiga.

-En verdad conmueve el alma

ver tantas cruces y tantas calaveras.

-¿Y qué comen vuesas mercedes?

-En los lugares donde vamos

nos proveen más de lo que hemos menester.

Para mí de sobra.

Y ya no hablo de mi compañero.

Por cierto,

¿dónde está?

-Arriba orando, que se le van las horas muertas en ello.

Ni les habrá oído.

Voy a subir a verle.

-Tenga cuidado, que hay que entrar agachándose.

¿No echa de menos la Universidad de Salamanca?

-No echo de menos nada,

ya he encontrado la vida que quiero llevar siempre.

Desconfíe de la palabra "siempre", Fray Juan, que es traicionera.

-Gentiles ánimos me viene a dar.

Porque conozco el paño.

Cuando somos jóvenes creemos

que nunca se acabarán las reservas del cuerpo.

Y las gastamos sin moderación.

-¿Moderación viene a pedirme ahora?

¿No me pedía arrojo?

La verdad es que a veces dudo

si no habremos ido demasiado lejos.

-Vuestra reverencia sabe tan bien como yo

que el que quiere conseguirlo todo ha de renunciar a todo.

La riqueza está dentro de nosotros y poco importa lo exterior.

Sobran iglesias hermosas, imágenes devotas, conventos.

Sin olvidar que somos humanos.

-No, no lo olvido.

Pero... no sabré explicarme.

Hay algunas veces que cuando todo lo de fuera

se ha borrado como en una noche oscura

una llama viva se enciende en el interior de mi alma.

Y a la vez que...

que comprendo grandes cosas

va como disolviéndome del todo.

Lástima que esa llama no nos disuelva por entero

y tras esos momentos

hayamos de volver a los afanes de cada día.

Porque la vida terrena, Fray Juan,

es continuo duelo.

-Hemos de vivir sin vivir aquí.

Y así vive mi alma.

Pero a veces gime y desfallece,

cuando tengo que trajinar por conventos y fundaciones.

-¿Y quién la obliga?

Dentro de mí hay un campo de batalla.

Nunca me cansaría de estar sola.

Pero una fuerza superior

me empuja a echarme por los caminos.

Pero vamos a ver, ¿no dejó su difunto hermano

12 000 ducados para fundar un convento de monjas carmelitas?

-Así es, pero con la condición de que se construyera

en su capilla mayor un enterramiento señorial.

Pues se lo construimos y en paz.

-No depende sólo de él, madre Teresa.

¿Cómo que no, no es su albacea testamentario?

-Lo soy, pero hemos topado

con el gobernador eclesiástico, don Gómez Tello.

Mi hermano, que en gloria esté,

no pertenecía a la nobleza de cristianos viejos.

Y el derecho a esa clase de sepulcros sólo la tienen

los caballeros ilustres.

Qué nadería, ¿acaso murió en pecado?

-Ciertamente que no.

-Bueno, pero la nobleza tiene sus leyes.

Al menos aquí en Toledo.

Leyes del mundo.

Yo siempre he estimado más la virtud que el linaje.

Y vuesa merced, doña Luisa, hace mal en plegarse

a tanto desatino en vez de combatirlo.

¿Va a echarnos una mano sí o no?

-Bien me gustaría, pero para mí es un asunto delicado.

Nunca daremos un paso

con tanto respeto por los asuntos delicados.

¿Qué pasa, que don Gómez Tello no admite controversia?

-En puntos como este no creo que le guste oír a nadie.

Pues a mí me va a oír.

Música sacra de órgano.

Música sacra de órgano.

-¿Aquí mismo va a hablarle?

No hay mejor sitio que la casa de Dios

para tratar de las cosas de Dios.

¿Don Gómez Tello Girón? -El mismo.

¿Tiene unos minutos para escuchar a Teresa de Jesús?

-¿Cómo puede dudarlo?

Empezaba a dudarlo

porque le he mandado el recado varias veces.

-¿En qué puedo servirle?

A mí en nada, pero a Dios sí,

no estorbando la última voluntad de un caballero noble y devoto.

-Está mal informada, madre Teresa.

Martín Ramírez no era un caballero noble,

sino un mercader.

Tenía la única nobleza que importa, la del corazón generoso.

¿O cree que Dios les exige

a sus fieles cartas y títulos para entrar en el Cielo?

¿O es que le parece más indigno el dinero ganado con el sudor

que el heredado sin esfuerzo?

-Si pone las cosas en esos términos...

¿Y en cuáles los voy a poner?

He hecho muchas leguas de camino para fundar en Toledo

y no pienso marcharme como vine.

Considere que si cierra el paso a la obra de Dios

atado por las leyes del mundo

más tarde tendrá que dar cuentas de ello.

-Para no estar atada a las leyes del mundo

mucho calor pone en defender esos 12 000 ducados.

Quiero defender la honra de quien los destinó a una obra piadosa,

que yo para fundar un convento donde se van a encerrar

unas pocas mujeres a orar sólo necesito que no se me niegue

la licencia, luego Dios proveerá.

-Si es capaz de fundar sin renta ni patrón

cuente con el permiso, que en mí no hallará trabas.

Todo lo puede quien me manda.

-Hizo mal en darse por vencida tan pronto.

¿Vencida dice, hija?

Si estos pequeños tropiezos son los que me devuelven a la vida.

Ahora es cuando me parece que lo tengo todo.

-Madre, ¿cómo vamos a fundar

sólo con el permiso y sin una blanca?

Me quedan tres ducados. -Valiente cosa.

Mucho no es, y por eso más vale que nos los gastemos cuanto antes.

-También tengo imágenes de bulto.

Otro día, por ahora con esto ya tenemos ajuar.

-Son cuatro ducados.

Tendrá que conformarse con tres.

-¿La madre Teresa de Jesús?

-Ella es.

-Vengo de parte de Fray Martín de la Cruz.

Me ha mandado a que les ayude en todo lo que necesite.

-¿A que no tienes ni el ducado que me dejan a deber?

-No, yo soy estudiante harto pobre,

pero cuento con mi persona.

-Ah, se han unido el hambre con las ganas de comer.

Eche una mano.

(PREGONERO) Se hace reclutamiento de mozos mayores de 20 años.

Quede con Dios.

-Para la tropa que partirá de aquí a tres días

a guerrear contra los moriscos de Granada.

Parecemos romeros.

-¿Tienen dónde meter todo esto?

Si vuesa merced nos busca una casa. -Lo intentaré.

¿De verdad? -Se lo prometo.

-No sé cómo puede fiarse de las promesas

de ese pobre diablo, tenía una casa de hambre...

Yo le vi mejor cara

que a toda la nobleza toledana junta.

-Pues han pasado tres días y nada se ha vuelto a saber de él.

¿Y qué son tres días?

No es negocio fácil.

Si perdemos la fe...

En muchas galanuras anda, María de Salazar.

-¿Y qué hay de malo en ello para que me lo repita tantas veces?

No soy distinta de las demás.

Es un regalo de mi señora, doña Luisa.

No son hábitos para monja.

-¿Para monja?

¿Va a negarme que está decidida a seguirnos?

-Madre Teresa, abajo hay un muchacho que quiere verla.

Dice que se llama Alonso de Andrada, ¿lo conocéis?

Claro, claro que le conozco.

¿No se lo decía?

Piénselo, hija.

Piénselo.

-Dios la bendiga, madre Teresa,

y le dé larga vida para hacer milagros.

Algunos hago, no crea.

¿Le ocurre algo?

-Es imposible trabajar con estas prisas.

No puede quedar bien, madre nuestra.

Mira, hija, si quiere vida regalada

vuélvase a casa de doña Luisa que la puerta está abierta.

No, no, no, no.

No hay más remedio que empezar a picar aquí,

está amaneciendo.

-Es que no estoy seguro que hayan desalojado esa habitación.

La mejor manera de enterarnos es entrar en ella.

Vamos, empiecen, maese Jaramillo.

Vamos.

Dele.

Golpes.

-¿Qué es esto?

-¡Dios no asista, la ciudad se hunde!

-Menos mal que hemos comulgado.

-¡Ay!

-¡Qué entran!

(SUSPIRA)

-¿Quienes son vuesas mercedes?

-Gente de paz. -Pues no lo parece.

¿Qué maneras son estas de entrar en una casa?

Malas maneras son, dice verdad.

Pero no hemos podido hallar otra.

Ofrézcanselo a Dios,

que el mira con muy buenos ojos nuestra obra.

-¿Pero qué van a hacer?

Aquí, aquí una capilla

donde se adorará al santísimo sacramento.

¿No les alegra ceder su casa a Dios?

-¿Es por ventura la madre Teresa de Jesús?

Sí.

-Ah.

¿Quieren ayudarnos? Tenemos mucha prisa.

Ande, sigan, sigan.

(ESCRIBE) "Muchas veces, Señor mío,

considero que si con algo se puede sustentar

el vivir sin vos

es en la soledad,

porque descansa el alma con su descanso.

Puesto que como no se goza con entera libertad

muchas veces se dobla el tormento."

-Madre, hay un emisario que trae recado de la corte.

(SUSPIRA)

Ay, válgame Dios.

¿No vendrá de parte de la princesa de Éboli?

-Ese nombre ha dicho.

¿Quién es?

Una señora muy principal.

Y Dios me perdone, muy impertinente también.

Pariente de doña Luisa de la Cerda, amiga del rey.

Y no sé qué más.

Me trae mártires recados que nunca le contesto.

-¿Por qué?

Porque ya estoy harta de señoras encumbradas

que se quieren hacer santas a mi costa.

Y esta por lo que me malicio debe ser de las peores,

de las de ordeno y mando.

-¿La madre Teresa de Jesús?

Yo soy.

-Mi señora me manda a buscaros

para que fundéis en sus dominios de Pastrana

un convento de monjas carmelitas.

¿Así, de repente?

-Dice que se ha cansado de que deis largas a este asunto.

Os manda su carroza para el viaje.

Es mal momento para mí,

acabo de fundar este convento y tengo que consolidarlo.

Dígale que ahora no puedo.

-No sufrirá esa respuesta,

ni que yo la desobedezca y vuelva sin vuestra reverencia.

Vuesa merced es su criado, pero debe saber que yo no.

-No puedo decirle eso.

No conocéis a la princesa de Éboli.

Se ha desplazado de Madrid a Pastrana sólo para esperaros.

Y está un tanto enojada.

Procuraré dulcificar su enojo escribiéndole una carta.

-No servirá de nada.

¿Por qué no lo pensáis?

Ay, Señor...

Alboroto.

Alboroto.

Griterío de la muchedumbre.

-Al fin, madre Teresa.

Buenos días, señora.

-Muy caro se ha vendido.

No me vendo, señora princesa.

Es el único lujo de los pobres.

-Sean bienvenidas.

Sean vuestras excelencias bienhalladas, señor.

Es muy estrecho esto, no nos vamos a poder mover.

-He sido yo quien lo ha dispuesto todo, recuérdelo.

Pues no lo ha dispuesto bien.

No hay sitio suficiente para la capilla.

Habrá que volverlo a hacer de nuevo.

-La vida que tienen que llevar aquí ha de ser de mucho rigor

y no cuadra con esas exigencias.

Cada forma de vida, señora, por muy pobre que sea,

tiene unas exigencias que escapan al juicio de las que no lo abrazan.

Yo nunca me atrevería a decorar la cámara de la señora princesa.

-Porque no la ha pagado.

No, porque no sabría hacerla mía.

Tos.

-Ah, príncipe, a la madre Teresa no le gusta el convento.

Nos ha resultado descontentadiza.

-Te advertí que debías esperar a que llegaran

para disponerlo todo de acuerdo con ellas.

Nadie me ha hecho esperar tanto.

-Mi esposa tiene un genio algo impaciente.

Arreglaremos lo que no esté bien.

Muchas gracias, señor.

¿Y qué hay de la renta?

-¿Qué renta?

Este convento se fundará sin renta.

Se sustentará de las limosnas que yo recoja para él

y así moverá más a devoción a las gentes de mi señorío.

Quiero un convento como el que fundó mi tía

doña Luisa de la Cerda en Malagón.

Como es norma en los lugares pequeños

ese convento se fundó con renta,

para asegurar la independencia de las monjas y facilitar

que puedan dedicarse libremente a Dios.

-Pues no eran esas mis noticias.

-Pero, Ana, no discutas, ella estará mejor informada que tú.

-A mí me hace ilusión que sea con limosnas.

Con permiso.

-No está dispuesta a dar gusto en nada.

¿Sabes que se niega a dejarme leer el libro de su vida?

Es un libro que escribí por mandato de mis confesores

y no tiene interés más que para las monjas.

Si es que tiene alguno.

-Con todo, tanto mi esposa como yo

nos consideraríamos muy honrados si nos dejara leerlo.

Hemos oído hablar mucho de él.

No nos niegue ese favor.

Me cuesta mucho, pero...

si me prometen que nadie más lo ha de ver.

(LEE) "Estando en esto veo sobre mi cabeza

una paloma bien diferente de las de acá,

porque no tenía estas plumas, sino las alas de una conchicas

que echan de sí gran resplandor.

Era grande, más que paloma.

Estaría aleteando espacio de un Ave María."

(RÍEN)

-¿Quién se puede creer eso?

-Parecen las visiones de Magdalena de la Cruz.

-Pero esperen, que ha visto de todo, demonios también.

Aquí está.

(LEE) "Llegando una vez a comulgar

vi dos demonios con los ojos del alma,

más claro que con los del cuerpo,

con muy abominable figura.

Paréceme que los cuernos

rodeaban la garganta del pobre sacerdote."

-Siga, siga, que parece un cuento de aparecidos.

Disculpen que interrumpa su diversión.

Han llegado los dos ermitaños.

¿Puede recibirlos?

-Sí, naturalmente.

Id a decidles que entren.

Pero quédese.

Verá, es que ellas me lo pidieron.

Son de mucha confianza y yo...

No sé de qué me está hablando.

-Mejor así.

-Señora. -Su alteza.

-Qué alegría verles ya por aquí.

La madre Teresa nos va a dejar pronto.

Me reclaman mis monjas de Toledo.

Por desgracia no puedo parar mucho en los conventos que fundo.

¿Son italianos?

-Del Reino di Napoli.

Vine a España caminando descalzo.

Hace tiempo ya arribé a Santo Jacobo de Galicia

y no me fatigaba.

Andaba ligero como con alas.

Ya.

-Se conocieron en Córdoba, en el Desierto del Tardón.

El padre Mariano es ingeniero y Juan Narduk pintor.

Buenos oficios, gente así nos hace falta.

¿No obedecen a ninguna orden religiosa?

-No, vida ermitaña, limosnas, mortificación.

-Les he prometido una ermita aquí, en Pastrana,

para que hagan vida santa cerca del palacio.

Excelente ocasión.

¿No les interesaría convertir la ermita en un convento

de carmelitas descalzos como el de Duruelo?

-No estaría mal. Los carmelitas descalzos de Duruelo

también se mortifican y piden limosna.

Pero al mismo tiempo enseñan la doctrina cristiana

y están reformando la orden.

Les aseguro que llevan a cabo una obra ejemplar.

-¿Qué dice su alteza?

Su alteza la princesa sólo quiere devoción.

Les ruego que consideren mi propuesta y vean si les interesa

tomar el hábito de carmelitas descalzos.

Con ello vendrían a ser como los primitivos ermitaños

de la regla de nuestro padre San Elías.

-¿Conoce a la buena mujer del yermo,

a la Beata Cardona?

Sí, algo he oído hablar de ella en Madrid, sí.

-¿Quién es?

-Una mujer santa, pone gran devoción en el pueblo.

Vive en cueva. -Come solamente raíces.

Y trae cilicio, el cuerpo herido con mucha sangre.

No desea otra cosa que la tortura, madre Teresa.

Es algo sublime.

Mucho desconfío yo de esos rigores.

La ansiedad por las torturas suele dar en penitencia de bestias.

-¿Cómo se atreve a juzgarla si no la conoce?

No la juzgo a ella, sino a una actitud

que también a mí en algún tiempo me tentó

y que se opone a la verdadera reforma de nuestra religión.

-¿Cómo se llama esa mujer?

(AMBOS) Catalina Cardona.

-Yo quiero conocerla, que me la traigan aquí.

-En cuanto se ausente vuestra reverencia

la princesa se empeñará en ser priora.

Y será muy difícil disponer las cosas del nuevo convento

y ordenar la vida según nuestro estilo.

Claro que podrá, hija, claro que podrá.

Dios elige a los débiles para confundir a los poderosos.

Acuérdese del rey David.

Y no lo digo para que vaya arreglar los asuntos a pedradas.

-Pero, madre nuestra, si no la ha respetado

qué cree que hará conmigo.

Ya ve, hija, que yo aquí sobro y debo irme.

Le prometo que no la dejaré de mano,

que si es preciso pronto volveré por vuestra caridad.

Quede con Dios

y que él la guarde.

La he, la he,

que está jocundo.

Di, ¿qué has visto, Pascualejo?

Anoche vi un zagalejo,

el más garrido del mundo.

(TARAREA)

Ay, qué hermoso día.

-Parece que va muy alegre.

Sí, hija, pocas veces he dejado un lugar con menos sentimientos,

el Señor me perdone.

-Mire, por allí viene gente principal.

Vaya, unos vienen y otros van.

Me da la impresión de que la princesa ha encontrado

un espectáculo digno de su alcurnia.

-¿Era la Beata Cardona?

Eso creo.

La princesa quiere abarcar toda España.

Se va Castilla y viene Cataluña.

Los grandes señores, hija mía, necesitas platos fuertes.

Nosotras le hemos sabido a poco.

Hale, vamos.

  • Capítulo 5 - Fundaciones

Teresa de Jesús - Capítulo 5 - Fundaciones

31 mar 2015

Teresa de Jesús comienza su peregrinar de "fundaciones". Ayudada por amigos judeo conversos prepara la segunda fundación (Medina del Campo), entonces próspero núcleo comercial. Allí llega mientras corren los toros y ha de improvisarlo todo.

Histórico de emisiones:

25/03/2013

 

ver más sobre "Teresa de Jesús - Capítulo 5 - Fundaciones" ver menos sobre "Teresa de Jesús - Capítulo 5 - Fundaciones"

Los últimos 12 programas de Teresa de Jesús

  • Ver Miniaturas Ver Miniaturas
  • Ver Listado Ver Listado
Buscar por:
Por fechas
Por tipo
Todos los vídeos y audios