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Teresa de Jesús

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Teresa de Jesús - Capítulo 3 - Desafío espiritual - ver ahora
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(VILLANCICO DE JUAN DEL ENCINA) ¡No te tardes que me muero

carcelero,

no te tardes que me muero!

Apresura tu venida

porque no pierda la vida

que la fe no está perdida

carcelero,

¡no te tardes que me muero!

Pero, vamos, canten todas. -Yo no, ¿qué voy a cantar yo?

Vuestra merced también.

(LAS TRES CANTAN EL VILLANCICO DE JUAN DEL ENCINA) No te tardes

que me muero,

carcelero,

no te tardes que...

me muero.

(LAS TRES SIGUEN CANTANDO EL VILLANCICO)

-Qué mujer tan sorprendente.

-Ya se irá acostumbrando, ella es así, muy singular.

-Yo diría más bien incongruente,

porque no me diga vuestra merced que su desenfado

se compagina con las pretendidas visiones místicas.

-Desde luego que no. -Ya se lo dije antes, padre Álvarez,

necesita control.

-Pues doña Guiomar dice... -Diga lo que diga doña Guiomar,

a ella, impresionable como buena mujer,

Teresa de Ahumada le ha sorbido el seso.

-Eso y a cualquiera que la trate. -Y yo soy el primero en admirarla,

pero hay aquí una cuestión muy delicada,

la de sus orígenes.

-Teresa de Ahumada es nieta de judíos conversos,

vuestra merced llega de fuera, pero en Ávila

todo el mundo lo sabe aunque no se comente,

a su abuelo le llamaban el Toledano.

Rumor del viento.

-Ellos la quieren, hija,

y su celo en intervenir es prueba de que buscan

solo su bien.

No dudo de su celo, por eso les he dado, a veces,

cuenta de mis temores.

Pero yo no los tengo. -Ellos sí que los tienen

y fundados...

Pues aportan experiencia y virtud suficiente

para entender, en su caso. Pero lo que no pueden

es estar dentro de mí como lo está Dios.

-Mucha arrogancia y vanidad parece afirmar eso.

Es que ya no puedo volver a dudar, padre...

Si dudo me acobardo

y, ahora, ya sé que Dios no me quiere cobarde;

sino animosa para andar el camino que he encontrado.

-No lo ha encontrado, quiero decir...

que no va vuestra reverencia por buen camino.

¿Por cuál he de ir entonces? -Huye de la soledad...

que va siendo foco de error y de soberbia.

Ame a su prójimo y no se sienta superior a él...

No comulgue tan a menudo.

Desconfíe de sí... rece el yo pecador.

Rece el yo pecador...

Rece el yo pecador.

No mueva esa...

¿No ve que así le daré jaque mate? -Si es que siempre me gana.

Es que no espabila.

-No tengo salida.

Mire, María de Paz, en esto, como en todo,

es cuestión de empeñarse.

-No sé yo en qué libro viene esa enfermedad suya,

se pone mala cuando quiere y buena cuando le conviene.

El caso es dar que hablar, no sé cómo se las arregla,

siempre encuentra quien la tape.

-¿No lo dirá por Dña. Guiomar de Ulloa?

-Por ella, que es quien más aplaude sus extremos y novedades

que son el escándalo de la ciudad.

-No será para tanto. -Reverencia...

Ha llegado el trigo de la dote de Dña. Alberta.

-Llévelo al granero, que no se desperdicie un grano.

-Si no se fía, pregunte vuestra reverencia

a cualquier hermana de las que no forman parte de la camarilla

de Dña. Teresa de Ahumada.

-No, si ya me han venido con el cuento.

-Tanta oración y contemplación, tanto trasiego de confesores...

¿No es patraña? ¿Qué hace allí escondida? Ya va para tres años,

en los rincones y desvanes de Dña. Guiomar,

cuentan los que la ven que está fresca como una lechuga.

-La reclamaremos, Dña. Teodora, pero reporte su lengua

que no parece, sino, que la casa de Dña. Guiomar

fuera una cueva de pecado, no una escuela de devoción,

como lo es y el hogar de dos de nuestras hermanas, sus hijas.

-Bueno, las señoras principales, ya se sabe,

en cuanto se arrodillan en un corcho y se meten a santas

todas chitón... pero antes no le daba por ahí,

sino por andar suelta y bien galana.

Si es mi amiga, ya no hable de mí con nadie.

Que nada empieza a fatigarme tanto como andar

en boca de letrados y comadres.

Sin duda Dios me envía esta penitencia de aborrecer mi nombre,

para que purgue con ella mis faltas.

-No diga eso. Muchas tengo...

Pero ya no me atrevo a confesarlas, es como estar arrodillada

en una plaza pública con el eco de cada secreto mío

resonando por callejas y balcones.

A veces pienso que mi alma es como una pelota

que va de mano en mano.

Campanadas.

-Cuídese, Dña. Teresa.

Que Dios la bendiga, María de Paz.

En fin... quede con Dios...

Y con mi gratitud.

-Hasta en los tejados había gente,

no se cabía en la plaza,

y los balcones, un racimo que parecía que se vendrían abajo.

Desde tres días antes no había lugar en mesón no posada,

la gente durmiendo al raso.

De todas las aldeas de Castilla habían acudir.

-¿Y tú lo viste bien? -Sí,

pero mis dineros me costó,

13 reales pagué por el asiento,

y hasta 20 se llegaron a pagar.

Desde la media noche cogiendo sitio.

-¿Viste al rey nuestro señor? -Sí,

y al príncipe don Carlos, que es muy pálido y enclenque,

los dos de negro, dicen que algunos señores

principales de Valladolid,

que le pedían clemencia para uno de los reos,

les contestó el rey:

"Yo mismo traería leña para quemar a mi hijo,

si hubiera pecado contra la fe".

-¿Y cuántos eran los reos? -Los que murieron 12,

entre hombres y mujeres, ellas, casi todas monjas.

-¿Monjas? -Sí,

monjas de Santa Clara, y algunas bien mozas y hermosas.

traían sambenitos, candelas y cruces verdes,

sólo a dos que llevaban mordaza los quemaron vivos.

-Un tal César y un tal Sánchez,

los demás... Garrote.

-¿Y a esos por qué no?

-Porque no se retractaron los jodíos,

terne que terne, quisieron antes morir ardiendo.

El César se atrevió a gritar que iríamos todos al infierno,

ya veis, delante del rey y los obispos,

ponía espanto verle los meneos, pero ni una queja.

El otro, estando ya medio chamuscado se soltó de la argolla,

e iba saltando de madero en madero gritando:

"Misericordia, misericordia".

-A buenas horas el muy hijo de puta.

Risas.

-He querido reunir a toda la comunidad

para daros noticias de que el gran inquisidor,

don Fernando de Valdés,

que Dios guarde,

acaba de promulgar un índice de libros prohibidos,

cuyos títulos pasará a leer el señor comisario

del santo oficio.

Quien tuviere en su poder alguno de estos libros,

habrá de quemarlo, bajo peligro de excomunión.

Nos, don Fernando de Valdés,

por la divina miseración arzobispo de Sevilla,

inquisidor apostólico general contra la herética

pravedad y apostasía

en los reinos y señoríos de la majestad del rey don Felipe,

sabedor de que algunas personas no guardan la norma

dictada por nuestro santo padre el papa Paulo III

referente a la tenencia y lectura de libros heréticos,

escandalosos o malsonantes

que causan gran daño a los fieles cristianos,

es especial a los ignorantes,

ordenamos, prohibimos y mandamos,

que ninguno tenga ni lea los siguientes libros.

De Francisco de Evia, "El itinerario de la oración",

de Bernabé de Palma el "Vía espíritus",

de Fray Luís de Granada, "El libro de la oración y meditación",

y la "Guía de pecadores".

De Juan de Ávila, el tratado sobre el "Audi filia",

de Francisco de Borja, Duque de Gandía,

las "Obras del cristiano",

de anónimo franciscano, el "Fasciculus mirre",

de Francisco de Osuna, el "Tercer abecedario",

"El tesoro de los ángeles", de autor anónimo,

de Juan de Valdés, el "Diálogo de la doctrina cristiana".

De ahora en adelante, Señor,

tú serás mi libro vivo.

-Aquí viene el postre.

Tome, Dña. Teodora... diviértase.

-Sí... si vuestra caridad no se atreve.

-Quédate "La verdad", Dña. Teresa.

Los libros no sirven para comenzar, pero es cosa extraña

qué diferente se entiende lo que después de experimentado se ve.

¡Oh, hermosura que excedéis

a todas las hermosuras!

Sin herir dolor hacéis

y sin dolor deshacéis el amor de las criaturas.

Oh, nudo que así juntáis

dos cosas tan desiguales,

no sé por qué os desatáis pues atado fuerza dais

a tener por bien los males.

Quien no tiene ser juntáis

con el Ser que no se acaba;

sin acabar acabáis sin tener que amar, amáis

engrandecéis nuestra nada.

Este lenguaje del espíritu...

es tan malo de declarar a los que no saben letra como yo,

que no sé cómo acertar a explicarme,

pero yo os aseguro que lo vi,

estaba junto a mí,

y claramente lo sentía.

-¿Cómo lo ha visto?

Con los ojos corporales no, aunque los tenía abiertos,

pero era...

era una evidencia fuerte,

algo así como...

como cuando sentimos la lumbre del Sol estando de espaldas a él,

o alguien que se nos acerca por la noche y respira.

-¿Y quién le dijo que fuera Jesucristo?

Él mismo me lo dijo muchas veces,

pero antes de que me lo dijese,

ya se había impreso en mi entendimiento que era él,

y antes de eso,

me lo decía y no lo veía,

pero estaba a mi lado.

Al lado derecho.

-No puede haber semejante visión.

Yo también estaba ignorante de que la pudiera ver,

por eso tuve temor al principio,

y no hacía más que llorar,

pero luego sentí un gran regalo, y ya no tenía temor.

Veo que no me creéis.

-¿Y cómo voy a creerla?

No sé qué puedo hacer para convenceros.

-Ni yo para que me obedezca.

Os obedezco en todo, pero no puedo mentiros,

y ni depende de mi voluntad que el Señor

se digne a visitarme, ni yo puedo dejar de complacerme.

-Basta, pues no hay más que obstinación

y vanidad en esa arrogancia,

pero siendo tanta,

lo único que deduzco claramente es que no me necesitáis para nada.

¿Quiere decir que no volveréis a confesarme?

-¿De qué sirve, adelantamos algo?

Y sin embargo, padre,

yo necesito guía.

-No es eso lo que da a entender vuestra actitud,

y más le digo,

si se empecina en ello, difícil será

hallar a alguien que la quiera confesar de ahora en adelante,

porque a nadie le gusta que le den lecciones.

¿Lecciones?

Pero si yo sólo busco la verdad.

-Una monja de la Encarnación me ha solicitado como confesor

he oído decir que la conoce. -¿No será Teresa de Ahumada?

-Ella misma, la gente me da acerca de ella los informes

más contradictorios, ¿qué opina vuestra reverencia?

-Yo la conocí de niña,

en vida de su madre que en paz descanse.

Entonces no podían hacer carrera de ella,

luego la he visto poco, pero oír hablar...

naturalmente, si no hace otra cosa que dar que hablar.

Yo, que vuestra reverencia, ni se me ocurriría encargarme

de un caso así. -¿Por qué? Si no es indiscreción.

-Indiscreción ninguna, es un secreto a voces.

Las veces que ha mudado esa mujer de confesor...

ya no se pueden ni contar, por algo será, ¿no?

Y a todo los ha traído

por la calle de la amargura con sus extravagancias

y sus embelecos, como no se ande con tiento...

La Inquisición va a tener que tomar cartas en el asunto.

-Sin embargo hay quien se hace lenguas de su santidad.

-En fin, haga lo que quiera, pero mi opinión,

es que se desprestigiaría vuestra reverencia

y, al final, no le traería mas que problemas.

-¿No es una de aquellas carmelitas que vienen por allí?

Me parece reconocerla por los andares.

-Sí, justo, es la misma, disimule...

para mí sería muy violento. Vámonos.

-Esa ya entra aquí como Pedro por su casa,

como tiene bula de la priora.

Un día nos la van a poner a predicar.

Gemidos.

Gemidos.

(GIME)

Gemidos.

(GIME)

-Teresa... (GIME)

He visto...

(SUSPIRA) He visto un ángel.

Estaba...

estaba cerca de mí,

hacia el lado izquierdo.

No era grande, sino... sino pequeño y muy hermoso.

El rostro tan encendido,

que se diría de los ángeles muy subidos,

que parece todo se abrasa.

Debe ser de los querubines,

que sus nombres no me los dice.

Veíale... veíale en la mano

un dardo de oro largo, y al fin del hierro

parecía tener un poco de fuego

que me metía por el corazón

y que me llegaba hasta las entrañas.

Luego... al sacarle,

parecía que se las llevaba consigo,

y que me dejaba abrasada en grande amor de Dios.

(GIME)

Es... es tan grande el dolor... -¿Dolor?

Y tan excesiva la suavidad que me pone,

que no cabe desear que se me quite.

No es un dolor corporal,

sino espiritual,

aunque no deja de participar el cuerpo algo,

y aún bastante...

Es... es un requiebro tan suave que pone entre al alma y Dios,

que suplico yo a su bondad lo dé a gustar

a quien pensare que miento.

-Yo sé que no mentís.

Murmullos de la muchedumbre.

-¡Ya asoma por la muralla! ¡¡¡Ya asoma por la muralla!!!

-Bienvenido a esta casa, fray Pedro de Alcántara.

Dña. Guiomar me lo decía siempre.

Que si vuestra paternidad pudiera oírme,

no me tendría por falsaria.

Pero estaba ya tan descorazonada...

-Me causa mucha lástima su situación.

Quien la tenga por falsaria, hija, es que no sabe mirar

con los ojos del alma, sino es la fe.

No puedo imaginar cosa más verdadera...

Ni en la que más se pueda creer que lo que he oído de su boca.

Os lo he contado todo...

Todo tan mal, tan desmañadamente...

-Por eso mismo, hija, por eso mismo.

Pasos.

Eh...

Eh, Fray Pedro, que no es por ahí, ¿dónde vais?

-¿Que dónde voy? Eh... no sé.

¿No buscabais la salida? -Posiblemente.

Es por aquí.

-Quedad con Dios, hija mía.

Tenga cuidado vuestra paternidad.

-Es el signo de Lucifer, nos va a venir una catástrofe.

-Es un castigo por el estrago que hacen los luteranos.

-Los cometas que pasan por la tarde no son de tan mal agüero

como los que pasan en pleno día, si se toma enseguida agua bendita.

-O también dicen que rezando un responso.

-A mí me parece muy hermoso, ¿qué puede traer de malo?

-No sea ignorante ni hable de lo que no sabe.

Sabe más que ninguna,

porque tiene el corazón limpio de superstición.

Es vana temeridad querer atribuir a las estrellas cosas

de las que no pueden ser causa.

Conque ni vayan a tomar agua bendita ni recen responso alguno,

que sobradas ocasiones de más fuste tendrán para hacerlo.

Palmadas.

-Vengan todas aquí y olvídense del dichoso cometa.

Miren la proclama que nos dirige nuestro soberano Felipe II

que Dios guarde.

(LEYENDO) Bien sabéis en el estado que se hallan las cosas

de nuestra religión cristiana y, especialmente,

en la nación de Francia tan vecina a estos reinos...

No veo ya bien.

¿Me hace la caridad de seguir?

Encargamos mucho proveáis en todos los monasterios religiosos

de vuestra orden se tengan especial cuidado de hacer oraciones

y plegarias, pidiendo a Dios, nuestro Señor, con toda eficacia

por la unión de dicha religión y que en los dichos monasterios

se hagan procesiones como se han hecho otras veces.

-Aquí hay alguna que se podía aplicar el cuento.

-Y otras que podían callar.

-Vaya, ya le salió nueva discípula, todo sea por Dios.

Quería darle las gracias por dejarme traer a mis sobrinas.

-Lo único que siento es no poderlas alojar en condiciones;

pero ya sabe cómo estamos. Tendrán que dormir en su celda.

No importa, es muy espaciosa, estarán bien.

Dime, Señor, lo que mandas.

Si mandas lo que quisieras, ninguna cosa que yo pensara

hacer mejor en tu servicio,

no dejaré de hacer por ningún tesoro.

Golpes y gemidos.

Golpes y gemidos.

-Beatriz...

Beatriz.

Golpes y gemidos. ¿Lo oyes?

-Sí... ¿qué ruido será ese?

Golpes y gemidos.

-La tía no está...

Gemidos seguidos.

Golpes y gemidos.

Gemidos.

(GIME Y JADEA)

-Con una rueda de pinchos.

Como Santa Catalina...

-Yo voy a avisar. No lo haga, venga aquí.

-Luego dice la doña Teodora que son invenciones.

¿A que eso no lo hace ella?

-Hazme sitio que no puedo ver.

No hagan bullicio vuestras caridades,

vuelvan a sus faenas como si nada hubiesen visto.

Dios mío.

Preferiría que me tragara la tierra,

cuántas veces le pido a Dios que me libre de estas cosas.

Nos llamamos Carmelitas porque el profeta Elías

se retiró al monte Carmelo él sólo,

a hacer vida ermitaña en una gruta,

lejos del ruido de las ciudades,

y allí se desnudó de todas las cosas terrenas.

Más tarde le imitaron muchos y fue cuando se fundó la orden.

-¿Y eso usted cómo lo sabe?

Podéis verlo en el libro sobre la institución

de los primeros monjes que está en el convento,

es de los que aún no se han quemado.

(RÍEN)

Alguno tenía que quedar. (RÍE)

-¿Y los otros monjes también siguieron viviendo solos?

Se juntaban, pero para poder vivir solo, sin molestarse,

cada uno en su celdilla.

Las construían en las laderas de las montañas,

yo me lo figuro como...

Como una colmena de abejas.

-¿Y de qué vivían?

De frutos del campo y de limosnas,

a quien sólo busca el reino de Dios,

todo lo demás le viene dado por añadidura.

-Ahora por desgracia ya no se puede hacer eso.

-¿Y por qué no?

-Si es con renta y nos morimos de hambre,

y todo son rencillas.

-Porque somos muchas. -Claro, pero yo digo pocas.

Las que estamos aquí, que nos llevamos bien, ¿no?

¿Qué dice, tía?

¿A que sería capaz?

Pues no iba a ser capaz,

no se lo propongan dos veces.

¿Lo están diciendo en serio?

-Si lo hicieron aquellos monjes antiguos,

con llevarnos el libro y hacer lo mismo que ponga allí...

Sería tan precioso.

-¿No dice nada, no le gustaría?

Siempre he soñado con eso.

Mi hermano y yo cuando éramos niños ya jugábamos a ermitaños,

y en la puerta de casa hacíamos ermitas,

poníamos unas piedrecillas encima de otras,

pero en seguida se nos caía.

No resulta tan fácil.

-Ni tan difícil, sólo que al principio

nos haría falta un poco de dinero,

aunque aquellos monjes no lo tuvieran.

-Yo puedo ayudar con mil ducados.

Quien esté conforme que levante el dedo.

Vamos tía, anímese,

que sin vuestra reverencia no hacemos nada.

Las cosas hay que pensarlas.

Vaya, menos mal.

Anda, ayúdame.

Llaman a la puerta.

-Doña Guiomar, la manda el cielo.

A ver qué dice ella.

-¿Qué ocurre aquí?

Estas doncellas proponen que nos juntemos

unas pocas monjas

para hacer un monasterio pequeño y llevar vida de ermitañas,

como los monjes de las reglas primitivas.

-Y ella no quiere.

-A mí me parece que podría ser una obra muy santa,

¿por qué no quiere? -Convénzala.

No he dicho que no quiera.

-A Fray Pedro de Alcántara acabo de cederle

mis posesiones de Aldea del Palo para que funde un monasterio allí.

Este proyecto no me parece más descaminado que el suyo.

Si lo emprenden, cuenten conmigo para todo.

No se precipiten tanto,

habrá que encomendárselo a Dios y...

y consultarlo también con él.

No se puede empezar la casa por el tejado.

(HABLA EN LATÍN)

Letanía en latín.

(VOZ INTERIOR) Llevarlo adelante con todas las fuerzas.

Todo serán desasosiegos y trabajos,

¿qué dirá el confesor?

(VOZ) Superar cualquier obstáculo. -No me creerán.

(VOZ) Todo es posible en mi nombre.

-Ahora estaba a gusto y en celda muy a propósito, Señor.

(VOZ) También en el monasterio de San José,

aunque sea más pobre. -De San José.

(VOZ) Así se ha de llamar.

No pensaba haberos puesto en tan grave aprieto

con mi carta, solo pretendía daros más tiempo para pensar sin estorbo.

-Es un asunto tan delicado. Pero decidme,

¿se opone en algo al servicio de Dios?

-No, no es eso...

Pero su desempeño no lleva camino conforme.

Dña. Guiomar no os podrá dar la ayuda bastante,

habrá tantos obstáculos... Lo sé.

Pero padre, yo no acudo a vos para que seáis el fundador,

sino para que me digáis si yo debo serlo,

ya que Dios mismo me lo manda. -No sé qué deciros.

Creo que lo mejor será que lo consultéis a vuestro prelado.

Yo de mis visiones no tengo por qué hablar con el prelado.

-Dña. Teresa...

Diga, padre.

-Es que...

me ha ocurrido algo...

Algo muy especial.

Y necesitaba confiarlo a alguien.

¿Por qué me elige a mí?

-Tal vez nadie más podría creerlo.

El caso es que me encontraba en oración en mi celda...

Cuando, de pronto, alcé la cabeza...

con gran admiración por mi parte

y vi a Cristo.

No lo crea...

¿Cristo se le habría de aparecer a vuestra paternidad?

-Al principio estaba tan absorto que yo mismo...

Pero, después...

No sería Cristo, mírelo bien.

Se lo figuraría. -Era él...

Con toda su humanidad, como lo pintan resucitado.

Pues entienda, padre,

que lo mismo que a vuestra paternidad le ha parecido eso

nos lo ha parecido, también, a otros que os lo hemos ido a decir.

-Estoy muy confundido.

No se lo diga a nadie.

Pierda cuidado... yo sé guardar los secretos.

-Su inclinación primera ha sido la de venir ella misma;

pero fray Pedro de Alcántara le ha recomendado

que proceda por medio de amigas espirituales.

-Ya veo que ha logrado contagiaros su entusiasmo.

-Como a vuestra paternidad, si la oyerais hablar.

Su palabra es fuego.

-Es un proyecto bastante peculiar...

Pero ninguna razón de peso se opone.

-¿Estaríais dispuesto a conceder la licencia para llevarlo a cabo?

-Siempre que el nuevo convento

se erigiera dentro de la obediencia a la orden, ¿por qué no?

-Existe el escollo de la renta.

-De momento cuenta con una sobrina suya

y conmigo... en lo que mis fuerzas alcancen.

-Tampoco deberían ser muchas las monjas.

-Habíamos pensado que no pasaran de 13.

-Pero ¿qué clase de convento? -Un convento especial,

con voto de clausura.

Fantasías...

-¿Es que no está a gusto aquí? -Se conoce que no,

que aquí la distraemos de ser santa.

Y esta es la respuesta del padre Luis Beltrán.

(LEE) Madre Teresa: Recibí vuestra carta y os digo,

en nombre del Señor, que os animéis para tan grande empresa

que Él os ayudará y favorecerá.

Y de su parte os certifico que no pasarán 50 años

sin que vuestra religión sea una de las más ilustres

que haya en la iglesia de Dios. -Lo mismo que dijeron

Francisco Borja y fray Pedro de Alcántara.

Vamos por buen camino.

-Con tan buenos apoyos, cómo no. Los apoyos son buenos,

pero es porque a ellos los apoya Dios.

-¿Me deja ver la carta...? (SUSURRANDO) ¿Por qué lloras?

-Me llaman la ermitaña y cosas peores.

Se burlan de mí. Vamos, no hagas caso.

Que no se entere tu tía, que no note que has llorado.

-Esto debemos guardarlo en secreto, el monasterio es un hervidero.

No sé cómo hay quien se atreve a hacernos la guerra.

Tampoco lo llame guerra, no sea extremosa.

-Vuestra caridad dice eso porque no sabe muchas cosas que pasan aquí.

Tiene razón.

Me entero de más de las que quisiera.

Pero también comprendo que algunos tengan sus razones para recelar.

Sigue, ¿qué rumores? Lo de tus visiones

anda de boca en boca por la ciudad.

Y dicen que los jesuitas no quieren comprometerse con tu caso

ni para bien ni para mal, porque les desprestigiaría.

En los rumores siempre hay algo de exageración.

Haces mal en despreciarlos tanto, es más grave de lo que crees.

Se habla incluso de llevar tu caso ante la Inquisición.

Mira, Juana, en eso sí que no me hagas reír.

¿Te parece cosa de risa la Inquisición?

No, para quien la tema.

Pero yo, en punto de fe, soy mi propio inquisidor

y los gano a todos en severidad, Juana, por eso jamás

me verías temblar, aunque un día, que Dios no lo quiera,

tuviera que verme ante ellos.

-Rectísima su conducta, Dña. Guiomar, quién lo duda.

Pero ahora se trata de la fundación

y comprendan que mi situación es muy enojosa.

-Prometió conseguirnos la licencia y yo ya he enviado por los despachos

de patentes a Roma. -Sí...

Y también me he enterado de que han apalabrado una casa

y que piensan hacer la escritura.

Se están precipitando, el asunto no está tan claro todavía.

-Pero ¿por qué?

-Son muchas las censuras que recibo por haberlo aprobado

y demasiadas ya las personas de gran entendimiento y calidad

que lo juzgan un despropósito.

-¿Despropósito? -Sí...

Y pensándolo bien, lo es un poco.

Porque, vamos a ver, no conviene confundir

deseos...

con realidades.

Empezando por la renta. ¿Qué hay de ello?

-Ese es un punto delicado, sí.

Por lo que a mí respecta es mal momento,

estoy cargada de deudas.

Esperaba resolverlo, pero el concejo de la ciudad me apremia.

No había querido decíroslo, Dña. Teresa, por no disgustaros.

Hizo mal.

-¿Y no habría alguna otra solución?

Cuando todo se pone en contra, la única solución sensata

es esperar tiempos mejores.

Hemos hecho cuanto hemos podido.

Llaman a la puerta.

-Dña. Teresa, el padre provincial desea que vaya a Toledo,

pasará una temporada en casa de Dña. Luisa de la Cerda,

una señora que acaba de perder a su marido

y necesita consuelo espiritual.

¿Y no puede encontrarlo en la oración?

-Ya sabe que estas señoras principales, en cuanto Dios

las prueba con alguna desgracia se permiten sus antojos,

¿y qué hemos de hacerle si dependemos de sus limosnas?

Me extraña que el padre provincial se haya acordado de mí

para ese trabajo.

¿No será que quiere tenerme lejos? -La elección no ha sido suya,

sino de Dña. Luisa.

Y no podemos negarnos, porque el padre provincial

desea... dar gusto a esa señora.

El carruaje que envía llegará mañana.

¿Mañana...?

-¿Hay algún inconveniente?

Tendría que hablar

con mi hermana Juana de unos asuntos familiares.

¿Me concede permiso para ir a visitarla?

-¿A Alba de Tormes? Imposible.

No... se han venido a vivir aquí, puedo ir ahora mismo,

es cuestión de dos horas.

-Avisaré a la hermana limosnera. ¿No podría acompañarme, mejor,

Juana Suárez?

Nadie sabe que va a ser un convento.

La gente cree que es una casita que están reformando

Juana y su marido para vivir en ella,

Para eso se han venido desde Alba de Tormes.

¿Por qué no me lo habías dicho?

Conviene llevarlo en el mayor secreto.

¿Ya no me consideras capaz de guardar un secreto?

Te fías solo de Dña. Guiomar. Dña. Guiomar no podía

por menos de saberlo, este asunto es tan suyo

como mío y ella nos ha facilitado la casa.

¿Pero no se oponían los jesuitas? Han cambiado el rector

de la compañía y el de ahora autoriza el proyecto,

además, mi hermano Lorenzo me ha enviado desde Perú 200 ducados

cuando menos lo esperaba,

la providencia se pone de nuestro lado.

Ojalá tenga razón, Dña. Teresa, pero a mí me parece

que te estás metiendo en la boca del lobo.

-Anda, hijo, ve con tu tía.

Yo creo, Teresa, que el demonio anda enredándolo todo.

Anoche, sin saber cómo, se ha caído la pared principal.

-Pero ¿se dan cuenta de lo que han hecho?

-¿Y nosotros qué culpa tenemos? -¿Cómo que no?

Si amaneció en el suelo.

-¿Ha visto qué desastre? La pared principal.

¿No será aviso de Dios para que desistamos?

Si se ha caído que la levanten. -¿Que la levanten?

Pero a su costa, así aprenderán a hacer las cosas bien.

Las cosas bien hechas, a veces, se vienen abajo, Juan.

-Lo que no se puede hacer es trabajar a destajo

y con estas prisas. Dice bien.

Que vuelvan a hacerla más despacio y se les dará otro tanto.

-¿Y de dónde lo vamos a sacar? -Yo he empeñado

un cobertor de lana y una cruz.

Mi madre me manda de Toro 30 ducados.

¡30 ducados! ¿Ves como somos ricos? -Pero eso no da ni para empezar.

¿Vivís aquí? -Sí, en dos habitaciones

de dentro que están más arregladas. A lo que venía...

La priora me manda a Toledo, tendréis que seguir vosotros solos.

Las obras no se deben parar.

  • Capítulo 3 - Desafío espiritual

Teresa de Jesús - Capítulo 3 - Desafío espiritual

30 mar 2015

Arrecia la persecución inquisitorial. Teresa corre el peligro de ser considerada "alumbrada" por sus visiones y espiritualidad; en época tan dificil comienza una amplia reforma.                                                                                                                                                                                           

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21/03/2013

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