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Semana Santa 2017 - Vía Crucis desde Roma - ver ahora
Transcripción completa

Hoy, el amor del Padre,

que quiere que todos los hombres se salven...

Buenas tardes, señoras y señores.

Nosotros no tenemos ya palabras,

donde estamos desorientados.

En el Gólgota, en efecto,

aunque parezca lo contrario, se trata de vida y de gracia.

Y de paz.

Se trata no del reino del mal, que conocemos demasiado bien,

sino de la victoria del amor.

Todo lo que hoy clama a Dios

desde las tierras de miseria o de guerra,

de las familias desgarradas, las cárceles.

Tantas lágrimas, tanta miseria en el cáliz

que el Hijo bebe por nosotros.

Tantas lágrimas que no se han de perder en el océano del tiempo,

sino que él las recoge para transfigurarlas

en el misterio de un amor que devora el mal.

Si no llegamos a entender esa verdad,

entonces quedaremos atrapados en la red tu sufrimiento y la muerte.

Y la Pasión de Cristo no dará fruto en nosotros.

Hemos comenzado el Vía Crucis desde el Coliseo de Roma.

Señor, nuestros ojos no tienen luz.

Y, ¿cómo acompañarte hasta tan lejos?

"Misericordia" es tu nombre.

Pero este nombre es una locura.

Sana nuestros ojos para que se llenen de luz

con la buena noticia del Evangelio,

cuando estemos al pie de la Cruz de tu Hijo.

Y así celebraremos "lo ancho,

lo largo, lo alto y lo profundo" del amor de Cristo,

con el corazón consolado e iluminado.

Primera Estación: Jesús es condenado a muerte.

(CANTAN EN LATÍN)

Del Evangelio según san Lucas.

Cuando se hizo de día,

se reunieron los ancianos del pueblo,

con los jefes de los sacerdotes y los escribas;

lo condujeron ante su Sanedrín.

Del Evangelio según san Marcos.

Y todos lo declararon reo de muerte.

Algunos se pusieron a escupirlo y, tapándole la cara,

lo abofeteaban y le decían: "Profetiza".

Y los criados le daban bofetadas.

No tuvieron que discutir mucho los miembros del Sanedrín

para pronunciarse.

Desde hacía ya mucho tiempo la causa estaba decidida.

Jesús debe morir.

Así pensaban ya aquellos que querían despeñarlo

desde lo alto de la colina, aquel día en que,

en la sinagoga de Nazaret, Jesús había desenrollado el libro

proclamando en primera persona las palabras del libro de Isaías:

"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido,

para proclamar el año de gracia del Señor".

Desde que curó al paralítico en la piscina de Betesda,

inaugurando el sábado de Dios que libera de toda esclavitud,

las murmuraciones homicidas se desataron contra él.

Y en la última parte del camino,

cuando subía hacia Jerusalén para la Pascua,

el nudo de la soga se fue estrechando inexorablemente:

no escaparía más a sus enemigos.

Pero hemos de remontarnos más lejos en el recuerdo. Desde Belén, desde

Pero hemos de remontarnos más lejos en el recuerdo.

Desde Belén, desde el día de su nacimiento,

Herodes había decretado su muerte.

La espada de los esbirros del rey usurpador

exterminó a los niños de Belén.

En aquella ocasión, Jesús escapó a su furia.

Pero sólo por un poco de tiempo.

Él ya no era más que una vida en suspenso.

En el llanto de Raquel por sus hijos,

que ya no están,

resuena, sollozando,

la profecía del dolor que Simeón anunciará a María.

Señor Jesús, Hijo predilecto,

que viniste a visitarnos caminando entre nosotros

y haciendo el bien,

devolviendo a la vida a los que habitaban en sombras de muerte,

tú conoces nuestros corazones retorcidos.

Nosotros decimos que amamos el bien y queremos la vida.

Pero somos pecadores y cómplices de la muerte.

Nos proclamamos discípulos tuyos,

pero emprendemos caminos

que se pierden lejos de tus designios,

lejos de tu justicia y de tu misericordia.

No nos abandones a nuestra violencia.

Que tu paciencia con nosotros no se agote.

Líbranos del mal.

(Padre Nuestro en latín)

"Pueblo mío, ¿qué te he hecho?,

¿en qué te he molestado?

¡Respóndeme!".

(CANTAN EN LATÍN)

Era el cardenal,

el vicario del papa para la diócesis de Roma.

Segunda Estación: Jesús es negado por Pedro.

(CANTAN EN LATÍN)

Del Evangelio según san Lucas.

Y pasada cosa de una hora, otro insistía diciendo:

"Sin duda, este también estaba con él, porque es galileo".

Pedro dijo: "Hombre, no sé de qué me hablas".

Y enseguida, estando todavía él hablando, cantó un gallo.

El Señor, volviéndose,

le echó una mirada a Pedro,

y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho:

"Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces".

Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Alrededor de un brasero, de un fuego,

en el patio del Sanedrín,

Pedro y alguno más buscan calentarse en aquellas frías horas de lanoche,

atravesada por un febril ir y venir de gente.

Dentro, la suerte de Jesús está a punto de decidirse

en el cara a cara con sus acusadores. Pedirán su muerte.

Como una marea que sube,

la hostilidad va creciendo a su alrededor.

Con la misma rapidez con que arde la estopa,

el odio crece y se multiplica.

Muy pronto una muchedumbre vociferante exigirá a Pilato

la gracia para Barrabás y la condena de Jesús.

Es difícil declararse amigo de un condenado a muerte

sin sentirse estremecido por el miedo.

La fidelidad intrépida de Pedro

sucumbe ante las palabras recelosas de la sierva,

la portera de la casa.

Reconocerse discípulo del rabí galileo

sería darle más importancia a la fidelidad a Jesús

que a la propia vida.

Cuando se exige tener un valor semejante,

la verdad no encuentra fácilmente testigos.

Los hombres están hechos de tal manera

que muchos prefieren la mentira a la verdad;

y Pedro pertenece a nuestra humanidad.

Traiciona por tres veces.

Después se cruza con la mirada de Jesús.

Y sus lágrimas caen amargas

y sin embargo dulces, como agua que lava la suciedad.

Muy pronto, después de algunos días,

cerca de otro fuego, en la orilla del lago,

Pedro reconocerá a su Señor resucitado,

que le confiará el cuidado de sus ovejas.

Pedro aprenderá el perdón sin medida

que el Resucitado proclama sobre todas nuestras traiciones.

Y empezará a vivir una fidelidad

que, desde ese momento,

le llevará a aceptar su propia muerte

como una ofrenda unida a la de Cristo.

Señor, Dios nuestro,

tú has querido que fuera Pedro,

el discípulo renegado y perdonado,

el que recibiera el encargo de guiar a tu grey.

Graba en nuestros corazones la confianza y la alegría

de saber que, contigo,

podemos atravesar los precipicios del miedo y la infidelidad.

Haz que, instruidos por Pedro,

todos tus discípulos sean testigos de tu mirada sobre nuestras caídas.

Que nunca nuestras resistencias

y nuestras desesperaciones

hagan que la Resurrección de tu Hijo sea en vano.

(Padre Nuestro en latín)

Cristo muerto por nuestros pecados,

Cristo resucitado para vida nuestra,

te rogamos, ten piedad de nosotros.

(CANTAN EN LATÍN)

Las meditaciones del Vía Crucis han sido descritas

por la teóloga francesa.

Tercera Estación: Jesús y Pilato.

Del Evangelio según san Marcos.

Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes con los ancianos,

los escribas y el Sanedrín en pleno, hicieron una reunión.

Llevaron atado a Jesús y lo entregaron a Pilato.

Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.

Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás;

y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

Del Evangelio según san Mateo.

Al ver Pilato que todo era inútil

y que, al contrario, se estaba formando un tumulto,

tomó agua y se lavó las manos ante la gente,

diciendo: "Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!".

Del profeta Isaías.

Todos errábamos como ovejas,

cada uno siguiendo su camino;

y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.

La Roma de César Augusto,

la nación civilizadora, cuyas legiones se proponen

la misión de conquistar a los pueblos

para llevarles los beneficios de su justo orden.

Roma, presente también en la Pasión de Jesús en la persona de Pilato,

el representante del Emperador,

el garante del derecho y de la justicia en tierra extranjera.

Y, sin embargo, el mismo Pilato,

que afirma no haber encontrado ninguna culpa en Jesús,

es el que ratifica su condena a muerte.

En el pretorio, donde Jesús es procesado,

la verdad resplandece:

la justicia de los paganos no es superior

a la del Sanedrín de los Judíos.

Verdaderamente este Justo,

que extrañamente atrae sobre sí los propósitos homicidas

del corazón humano, reconcilia a judíos y paganos.

Pero lo lleva a cabo, por ahora,

haciendo que los dos sean cómplices en su muerte.

Sin embargo, llega la hora,

es más, está ya cerca,

en que este Justo los reconciliará de otro modo,

por medio de la Cruz

y de un perdón que alcanzará a todos,

judíos y paganos,

los curará de sus cobardías y los librará de su violencia.

La única condición para tener parte en este don

será confesar la inocencia del único Inocente,

el Cordero de Dios inmolado por el pecado del mundo;

renunciar a la presunción que murmura dentro de nosotros:

"Soy inocente de la sangre de este hombre";

declararse culpables,

con la seguridad de que un amor infinito nos envuelve a todos,

judíos y paganos,

y de que Dios nos llama a todos a ser sus hijos.

Señor, Dios nuestro,

ante Jesús entregado y condenado,

no sabemos hacer otra cosa que disculparnos y acusar a los demás.

Durante mucho tiempo los cristianos

hemos cargado sobre tu pueblo Israel

el peso de tu condena a muerte.

Durante mucho tiempo hemos ignorado

que todos debíamos reconocernos cómplices en el pecado,

para poder ser salvados

por la sangre de Jesús crucificado.

Concédenos reconocer en tu Hijo al Inocente,

el único de toda la historia.

Él, que ha aceptado hacerse "pecado en favor nuestro",

para que por él tú pudieras encontrarnos de nuevo,

humanidad recreada en la inocencia

con la que nos creaste,

y en la que nos haces hijos tuyos.

(Padre Nuestro en latín)

Dios mío, Dios mío,

¿por qué me has abandonado?

(CANTAN EN LATÍN)

Algunas de las estaciones que vamos a recorrer esta tarde

las ha escrito Anne-Marie Pelletier.

(CANTAN EN LATÍN)

Cuarta estación: Jesús rey de la gloria.

Del Evangelio según san Marcos.

Los soldados se lo llevaron al interior del palacio, al pretorio,

y convocaron a toda la compañía.

Lo visten de púrpura, le ponen una corona de espinas,

que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:

"¡Salve, rey de los judíos!".

Del libro del profeta Isaías.

Banalidad del mal.

Son innumerables los hombres, las mujeres,

incluso los niños violentados, humillados, torturados, asesinados,

por todas partes y en todas las épocas de la historia.

Sin refugiarse en su propia condición divina,

Jesús se incluye en el terrible cortejo de los sufrimientos

que el hombre inflige al hombre.

Conoce el abandono de los humillados y de los más marginados.

Pero ¿de qué nos sirve el sufrimiento de otro inocente más?

Aquel, que es uno como nosotros,

es antes de nada el Hijo predilecto del Padre,

que con su obediencia cumple toda justicia.

Y, de repente, todos los signos se invierten.

Las palabras y los gestos de burla de sus torturadores

nos desvelan, oh absoluta paradoja, una insondable verdad,

la de la auténtica y única realeza,

que se ha manifestado

como un amor que no quiere conocer nada más

que la voluntad del Padre

y su deseo de que todos los hombres se salven.

"Tú no quieres sacrificios ni ofrendas.

Entonces yo digo:

'Aquí estoy,

como está escrito en mi libro,

para hacer tu voluntad'".

Esta hora del Viernes Santo nos lo proclama:

hay una sola gloria en este mundo y en el otro,

la de conocer y cumplir la voluntad del Padre.

Ninguno de nosotros puede ambicionar una dignidad más alta

que la de ser hijo en aquel que se ha hecho obediente

por nosotros hasta la muerte en cruz.

Señor, Dios nuestro,

te pedimos que en este día santo

en el que se cumple tu designio

destruyas nuestros ídolos y los del mundo.

Tú que conoces su poder sobre nuestras mentes

y nuestros corazones.

Destruye nuestras falsas figuras del éxito y de la gloria.

Destruye las imágenes que siempre resurgen en nosotros de un Dios

a medida de nuestros pensamientos, un Dios distante,

tan alejado del rostro que se ha revelado en la alianza

y que se manifiesta hoy en Jesús,

más allá de cualquier previsión,

por encima de toda esperanza.

Él, que confesamos como el "reflejo de tu gloria".

Haz que entremos en el gozo eterno,

que nos hace aclamar a Jesús,

revestido de púrpura y coronado de espinas,

como el rey de la gloria que canta el salmo:

"¡Portones!, alzad los dinteles,

que se alcen las antiguas compuertas:

va a entrar el Rey de la gloria".

(Padre Nuestro en latín)

¡Portones!, alzad los dinteles,

que se alcen las antiguas compuertas:

va a entrar el Rey de la gloria.

(CANTAN EN LATÍN)

Quinta estación: Jesús con la cruz a cuestas.

Del libro de las Lamentaciones.

Vosotros, los que pasáis por el camino,

mirad y ved si hay dolor como el dolor que me atormenta,

con el que el Señor me afligió

el día de su ardiente ira.

Del Salmo 146.

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,

el que espera en el Señor, su Dios.

El Señor liberta a los cautivos,

el Señor abre los ojos al ciego,

el Señor endereza a los que ya se doblan,

el Señor guarda a los peregrinos,

sustenta al huérfano y a la viuda.

Por el áspero camino del Gólgota,

Jesús no ha llevado la cruz como un trofeo.

En nada se asemeja a los héroes de nuestra fantasía

que triunfantes derriban a sus malvados enemigos.

Camina paso a paso,

el cuerpo siempre más pesado y más lento.

Siente su carne destrozada por el leño del suplicio,

las piernas debilitadas bajo la carga.

De generación en generación,

la Iglesia ha meditado sobre esta vía llena de tropiezos y caídas.

Jesús cae, se levanta,

vuelve a caer,

retoma el agotador camino,

probablemente bajo los golpes de los guardias que lo escoltan,

porque así es como son tratados,

maltratados, los condenados en este mundo.

Él, que levantó a los cuerpos postrados,

que enderezó a la mujer encorvada,

que arrancó del lecho de la muerte a la hija de Jairo

y puso en pie a los afligidos,

hoy está ahí, hundido en el polvo.

El Altísimo está en el suelo.

Fijemos la mirada en Jesús.

A través de él, el Altísimo nos enseña que es,

al mismo tiempo, increíblemente, el más Humilde,

dispuesto a descender hasta nosotros,

incluso más abajo si fuera necesario,

de modo que ninguno se pierda

en los bajos fondos de su propia miseria.

Señor, Dios nuestro, tú desciendes a la profundidad de nuestra noche,

sin poner límites a tu humillación,

porque es allí que encuentras la tierra

a menudo ingrata, y a veces devastada, de nuestra vida.

Te suplicamos que ayudes a tu Iglesia

para que sepa mostrar cómo el Altísimo

y el más Humilde son en ti un único rostro.

Concédele que lleve la buena noticia del Evangelio

a todos los que tropiezan y caen,

que no hay caída que pueda apartarnos de tu misericordia;

que no hay extravío ni abismo suficientemente profundo

en el que no puedas encontrar a quien se ha perdido.

(Padre Nuestro en latín)

He aquí que vengo, Dios, para hacer tu voluntad.

(CANTAN EN LATÍN)

Sexta estación: Jesús y Simón de Cirene.

(CANTAN EN LATÍN)

Del Evangelio según san Lucas.

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene,

que volvía del campo, y le cargaron la cruz,

para que la llevase detrás de Jesús.

Del Evangelio según san Mateo.

"Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos,

o con sed y te dimos de beber?;

¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos,

o desnudo y te vestimos?;

¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?".

Jesús tropieza por el camino,

la espalda aplastada bajo el peso de la cruz.

Pero es necesario continuar, caminar, seguir caminando,

porque la meta del pelotón de soldados,

que apremia a Jesús, es el Gólgota,

el siniestro "lugar de la Calavera",

fuera de los muros de la ciudad.

En ese momento, pasa por ahí un hombre, de brazos fuertes.

Parece ajeno a lo ocurrido aquel día.

Está volviendo a casa,

sin saber lo que le ha sucedido al "rabí" Jesús,

cuando los guardias le ordenan que lleve la cruz.

¿Qué sabría de aquel condenado que los guardias empujaban al suplicio?

¿Qué conocería de aquel que "no parecía hombre",

como el siervo desfigurado de Isaías?

Nada se nos dice de su sorpresa,

de su posible rechazo inicial,

del sentimiento de compasión que lo invadió.

El Evangelio sólo ha conservado la memoria de su nombre,

Simón, oriundo de Cirene.

Pero el Evangelio ha querido hacernos llegar

el nombre de este libio

y su humilde gesto de ayuda para enseñarnos cómo Simón,

aliviando el dolor de un condenado a muerte,

ha aliviado el dolor de Jesús,

el Hijo de Dios,

con el que se cruzó en su camino,

en esa condición de esclavo

que había asumido por nosotros,

por él, por la salvación del mundo.

Sin que él lo supiese.

Señor, Dios nuestro,

tú nos revelaste en cada pobre que está desnudo,

prisionero, sediento,

tú nos visitas

y que en él es a ti a quien acogemos, visitamos, vestimos,

calmamos la sed:

"Fui forastero y me hospedasteis,

estuve desnudo y me vestisteis,

enfermo y me visitasteis,

en la cárcel y vinisteis a verme".

Misterio de tu encuentro con nuestra humanidad.

Así llegas a cada hombre.

Ninguno está excluido de este encuentro,

si acepta ser un hombre de compasión.

Como una ofrenda santa,

nosotros te presentamos todos los gestos de bondad,

de acogida, de dedicación que cada día se realizan en este mundo.

Dígnate reconocerlos como la verdad de nuestra humanidad,

que habla más fuerte que todos los gestos de rechazo y de odio.

Dígnate bendecir a los hombres y a las mujeres de compasión

que te dan gloria,

aun cuando no saben todavía pronunciar tu nombre.

(Padre Nuestro en latín)

Son unas religiosas de la congregación

de las hermanas de Jesús las que portan la cruz.

Cristo muerto por nuestros pecados,

Cristo resucitado para nuestra vida,

Te rogamos, ten piedad de nosotros.

(CANTAN EN LATÍN)

Séptima estación: Jesús y las hijas de Jerusalén.

Te adoramos, Cristo, te bendecimos.

Por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

(HABLA EN ITALIANO)

Del Evangelio según san Lucas.

Lo seguía un gran gentío del pueblo,

y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él.

Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:

"Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí,

llorad por vosotras y por vuestros hijos,

porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?".

El llanto que Jesús confía a las hijas de Jerusalén

como un gesto de compasión,

este llanto de las mujeres no falta nunca en este mundo.

Baja silenciosamente por las mejillas de las mujeres.

Y, probablemente más a menudo, de forma invisible en su corazón,

como las lágrimas de sangre de las que hablaba Catalina de Siena.

No es que las lágrimas correspondan de forma exclusiva a las mujeres,

como si su destino en la historia fuese el de llorar,

pasiva e impotentemente,

mientras que son los hombres los que la escriben.

En efecto, sus llantos son también,

y sobre todo, aquellos que ellas recogen lejos de toda mirada

y de todo reconocimiento,

en un mundo en el que hay mucho que llorar.

El llanto de los niños aterrorizados,

de los heridos en el campo de batalla que llaman a su madre,

el llanto solitario de los enfermos

y moribundos en el umbral de lo desconocido.

El llanto de perdición que corre por el rostro de este mundo,

que fue creado en el primer día

por lágrimas de alegría,

mientras el hombre y la mujer exultaban de júbilo.

Y también Etty Hillesum, mujer fuerte de Israel

que se mantuvo en pie en medio de la tempestad

de la persecución nazi,

y que defendió hasta el fin la bondad de la vida,

nos susurra al oído este secreto,

que ella intuye al final de su camino:

en el rostro de Dios hay lágrimas que consolar,

cuando llora por la miseria de sus hijos.

En el infierno que invade el mundo, ella se atreve a orar a Dios:

"Voy a tratar de ayudarte", le dice.

Qué audacia tan femenina y tan divina.

Señor, Dios nuestro, Dios de ternura y de piedad,

Dios lleno de amor y fidelidad,

enséñanos, en los días felices,

a no despreciar las lágrimas de los pobres

que claman a ti y que nos piden ayuda.

Enséñanos a no pasar indiferentes junto a ellos.

Enséñanos a tener el valor de llorar con ellos.

Enséñanos también,

en la noche de nuestros sufrimientos,

de nuestras soledades, de nuestras desilusiones,

a escuchar la palabra de gracia

que tú nos revelaste en el monte:

"Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados".

(Padre Nuestro en latín)

Cristo muerto por nuestros pecados,

Cristo Resucitado para vida nuestra,

Te rogamos, ten piedad de nosotros.

(CANTAN EN LATÍN)

Octava estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.

Las religiosas que vienen de África entregan la cruz a esta familia.

Del Evangelio según san Juan.

Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa,

haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica.

Del libro de Job.

"Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él".

El cuerpo humillado de Jesús queda desnudo.

Expuesto a las miradas de burla y desprecio.

El cuerpo de Jesús plagado de heridas

y destinado al suplicio extremo de la crucifixión.

Humanamente, ¿qué otra cosa

se puede hacer sino bajar los ojos para no aumentar su vergüenza?

Pero el Espíritu nos ayuda en nuestra confusión.

Nos enseña a entender el lenguaje de Dios, el lenguaje de la kenosis,

este abajamiento de Dios para llegar hasta donde estamos nosotros.

De este lenguaje de Dios nos habla el teólogo ortodoxo Cristos Yanarás:

"El lenguaje de la kenosis:

Jesús recién nacido, desnudo en el pesebre,

desnudo en el río mientras recibe el bautismo como un siervo,

colgado en el árbol de la cruz, desnudo, como un malhechor.

Por medio de todo esto,

él ha manifestado su amor por nosotros".

Adentrándonos en este misterio de gracia,

podemos volver a mirar el cuerpo martirizado de Jesús.

Entonces comenzamos a descubrir aquello que nuestros ojos

no pueden ver:

su desnudez resplandece con aquella misma luz que irradiaba su túnica

en el momento de la Transfiguración.

Luz que aleja toda tiniebla.

Luz irresistible del amor hasta el extremo.

Señor, Dios nuestro,

ponemos ante tus ojos la inmensa multitud de hombres que sufren

la tortura,

la asombrosa muchedumbre de cuerpos maltratados,

temblando de angustia ante la amenaza de los golpes,

muriendo en barrios miserables.

Te suplicamos, recoge su gemido.

El mal nos deja sin voz e indefensos.

Pero tú sabes hacer lo que nosotros no sabemos.

Sabes encontrar una salida en el caos

y en la oscuridad del mal.

Sabes hacer que la vida de la resurrección

brille ya en la pasión de tu Hijo amado.

¡Aumenta nuestra fe!

Te presentamos también la locura de los torturadores

y de los que les mandan.

También estas nos deja sin palabras...

excepto para rezarte e implorarte entre lágrimas

con las palabras de la oración que nos enseñaste:

"Líbranos del mal".

(PADRENUESTRO EN LATÍN)

Cristo muerto por nuestros pecados,

Cristo Resucitado para vida nuestra,

Te rogamos, ten piedad de nosotros.

(Cantan en latín)

Novena estación: Jesús es crucificado.

Del Evangelio según San Lucas.

Y cuando llegaron al lugar llamado "La Calavera",

lo crucificaron allí, a él y a los malhechores,

uno a la derecha y otro a la izquierda.

Jesús decía: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen".

Del libro del Profeta Isaías.

Nuestro castigo saludable cayó sobre él,

sus cicatrices nos curaron.

En verdad, Dios está donde no debería estar.

El Hijo predilecto, el Santo de Dios,

es ese cuerpo expuesto en una cruz de infamia,

abandonado al deshonor, en medio de dos malhechores.

Hombre de dolores ante quien se vuelve el rostro;

a decir verdad,

igual que se hace con tantos seres humanos

desfigurados que encontramos por nuestras calles.

El Verbo de Dios, por quien todo fue creado,

ya no es más que carne muda y sufriente.

La crueldad de nuestra humanidad se ha cebado con él y ha vencido.

Sí, Dios está allí donde no debería estar,

y sin embargo necesitamos que esté allí.

Vino para compartir con nosotros su vida.

"Tomad", dijo sin cesar

mientras ofrecía la salud a los enfermos,

su perdón a los corazones extraviados,

su cuerpo en la cena pascual.

Pero ha caído en nuestras manos,

en territorio de muerte y de violencia:

la de cada día en el mundo, que nos deja atónitos;

y la que se insinúa dentro de cada uno de nosotros.

Lo sabían bien los monjes asesinados en Tibhirine,

los cuales, a la oración "desármalos"

añadían la petición "desármanos".

Era necesario que la dulzura de Dios

visitase nuestro infierno,

era el único modo de librarnos del mal.

Era necesario que Jesucristo trajese la infinita ternura de Dios

al corazón del pecado del mundo.

Era necesario esto, para que la muerte,

puesta ante la vida de Dios, se retirase y cayese,

como un enemigo que encuentra un rival más fuerte que él

y se dispersa en la nada.

Señor, Dios nuestro, acoge nuestra alabanza silenciosa.

Como los reyes que se quedan sin palabras

ante la obra del Siervo

revelada por el profeta Isaías,

nos quedamos estupefactos ante el cordero inmolado

por nuestra vida y la del mundo,

y confesamos que por tus llagas hemos sido curados.

"¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,

invocando el nombre del Señor".

(PADRENUESTRO EN LATÍN)

Cristo muerto por nuestros pecados,

Cristo Resucitado para vida nuestra,

te rogamos, ten piedad de nosotros.

(Cantan en latín)

Décima estación: Jesús en la cruz es humillado.

Del Evangelio según San Lucas.

El pueblo estaba mirando,

pero los magistrados le hacían muecas, diciendo:

"A otros ha salvado; que se salve a sí mismo,

si él es el Mesías de Dios, el Elegido".

Se burlaban de él también los soldados,

que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo:

"Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo".

Había también por encima de él un letrero:

"Este es el rey de los judíos".

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:

"¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros".

"Si eres Hijo de Dios,

di a esta piedra que se convierta en pan".

"Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo,

porque está escrito: los ángeles te sostendrán en sus manos".

¿No habría podido Jesús bajarse de la cruz?

A duras penas nos atrevemos a hacernos esta pregunta.

¿Acaso el Evangelio no la pone en boca de los impíos?

Y sin embargo, ella nos persigue en la medida

en que aún seguimos formando parte del mundo de la tentación

a la que Jesús se enfrentó durante los cuarenta días

en el desierto,

preludio e inicio de su ministerio:

"Si eres Hijo de Dios,

di a esta piedra que se convierta en pan,

tírate desde la parte superior del templo,

porque Dios cuida del que es su amigo".

Pero en la medida en que bautizados en su muerte y resurrección

seguimos a Jesucristo en su camino,

el desafío del Maligno ya no tiene poder sobre nosotros,

se reduce a nada, su mentira queda desenmascarada.

Es entonces cuando se descubre la importancia absoluta

de aquel "era necesario",

que Jesús enseña con paciencia y ardor a los caminantes de Emaús.

"Era necesario" que Cristo entrara en esta obediencia

y en esta impotencia,

para llegar hasta nosotros en esa impotencia

a la que nos ha llevado nuestra desobediencia.

Comenzamos así a comprender

que "solo el Dios que sufre puede salvarnos",

como escribió el pastor Dietrich Bonhoeffer

unos meses antes de morir asesinado, de tal manera que,

experimentando en profundidad el poder del mal,

pudo resumir en esta verdad, simple y vertiginosa,

la profesión de fe cristiana.

Señor, Dios nuestro,

¿quién nos librará de las insidias del poder mundano?

¿Quién nos librará de la tiranía de la mentira,

que nos lleva a enaltecer a los poderosos

y buscar a la vez las falsas glorias?

Sólo tú puedes convertir nuestros corazones.

Sólo tú puedes hacernos amar los senderos de la humildad.

Sólo tú...,

que nos revelas que la única victoria es la del amor

y que todo lo demás no es más que paja que dispersa el viento,

ilusión que desaparece frente a tu verdad.

Te rogamos, Señor,

disipa las mentiras que pretenden reinar en nuestros corazones

y en el mundo.

Haznos vivir según tus caminos,

para que el mundo reconozca el poder de la Cruz.

(PADRENUESTRO EN LATÍN)

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

(Cantan en latín)

Undécima estación: Jesús y su Madre.

Del Evangelio según San Juan.

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre,

la hermana de su madre, María, la de Cleofás,

y María, la Magdalena.

Jesús, al ver a su madre

y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:

"Mujer, ahí tienes a tu hijo".

Luego, dijo al discípulo: "Ahí tienes a tu madre".

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.

También María ha llegado al final del camino.

Ha llegado aquel día del que hablaba el anciano Simeón.

Cuando tomó en sus brazos temblorosos al niño

y su acción de gracias continuó con palabras misteriosas,

que entrelazaban contemporáneamente drama y esperanza,

dolor y salvación.

"Este, había dicho,

ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten;

y será como un signo de contradicción,

y a ti misma una espada te traspasará el alma,

para que se pongan de manifiesto

los pensamientos de muchos corazones".

Ya la visita del ángel había hecho resonar en su corazón

un anuncio increíble:

Dios había escogido su vida para hacer florecer

la novedad prometida a Israel,

que "ni el ojo vio ni el oído oyó".

Y ella aceptó ese proyecto divino

que comenzó a transformar su cuerpo y, que más tarde,

condujo por caminos impredecibles al hijo nacido de sus entrañas.

En los días ocultos de Nazaret

y luego también en el tiempo de la vida pública,

cuando llegó la exigencia de hacerle sitio a la otra familia,

la de los discípulos,

esos desconocidos que Jesús decía que eran sus hermanos,

hermanas y madres,

ella conservó todas estas cosas en su corazón,

las confió a la gran paciencia de su fe.

Hoy es el tiempo del cumplimiento.

La lanza que atraviesa el costado del Hijo

traspasa también su corazón.

También María se sumerge en la confianza sin apoyo,

en la que Jesús vive totalmente su obediencia al Padre.

De pie, ella no huye.

Stabat Mater.

En la oscuridad, pero convencida, sabe que Dios cumple sus promesas.

En la oscuridad, pero convencida,

sabe que Jesús es la promesa y su cumplimiento.

María, Madre de Dios y mujer de nuestra estirpe,

tú que nos engendras maternalmente en aquel que has engendrado,

sostén nuestra fe en las horas de oscuridad,

enséñanos a esperar contra toda esperanza.

Haz que toda la Iglesia se mantenga en una espera fiel,

a imagen de tu fidelidad,

humildemente dócil a los proyectos de Dios,

que nos llevan hacia donde no pensábamos ir;

y que, más allá de toda expectativa,

nos asocian a la obra de la salvación.

(PADRENUESTRO EN LATÍN)

(PADRENUESTRO EN LATÍN)

Salve, Regina, Mater Misericordiae.

Duodécima estación: Jesús muere en la cruz.

Del Evangelio según san Juan.

Jesús dijo: "Tengo sed".

Había allí un jarro lleno de vinagre.

Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo,

se la acercaron a la boca.

Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: "Está cumplido".

E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto,

no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados,

con la lanza, le traspasó el costado,

y al punto salió sangre y agua.

El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero,

y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis.

Ahora todo está cumplido. La misión de Jesús está concluida.

Vino desde el Padre para la misión de la misericordia.

La cumplió con una fidelidad

que lo llevó hasta el extremo del amor. Todo está cumplido.

Jesús encomienda su espíritu en las manos de Padre.

Es verdad, aparentemente todo parece hundirse

en el silencio de la muerte que desciende sobre el Gólgota

y las tres cruces levantadas.

En este día de la Pasión, que llega a su fin,

quien pasa por ese camino solo puede ver la derrota de Jesús,

el fracaso de una esperanza que había alentado a muchos,

consolado a los pobres, levantado a los humillados,

que hizo vislumbrar a los discípulos que había llegado el tiempo

en que Dios cumpliría las promesas anunciadas por los profetas.

Todo eso parecía perdido, destruido, derrumbado.

Sin embargo, en medio de tanta decepción,

el evangelista Juan hace que pongamos los ojos

en un pequeño detalle, y se detiene en él con solemnidad.

Agua y sangre brotan del costado del crucificado.

¡Oh, maravilla!

La herida abierta por la lanza del soldado

hace que salga el agua y la sangre

que nos hablan de vida y de nacimiento.

El mensaje es extremadamente discreto,

pero muy elocuente para los corazones

que tienen un poco de memoria.

Del cuerpo de Jesús brota el manantial

que el profeta vio salir del templo.

El manantial que crece y se convierte en un río caudaloso,

cuyas aguas sanan y fecundan todo lo que tocan a su paso.

¿No había Jesús dicho un día que su cuerpo es el nuevo templo?

Y la "sangre de la alianza" acompaña el agua.

¿No había Jesús hablado de su carne y su sangre

como alimento para la vida eterna?

Señor Jesús,

en estos días santos del misterio pascual

renueva en nosotros el gozo de nuestro bautismo.

Al contemplar el agua y la sangre que brotan de tu costado,

enséñanos a reconocer en qué fuente se engendra nuestra vida,

de qué caridad está edificada tu Iglesia, para qué esperanza,

que compartir con el mundo, tú nos has elegido y enviado.

Aquí está la fuente de vida que lava todo el universo,

que brota de la herida de Cristo.

Que nuestro bautismo sea para nosotros la única gloria,

con una acción de gracias llena de asombro.

(PADRENUESTRO EN LATÍN)

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza,

la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria

y la alabanza por los siglos de los siglos.

(Cantan en latín)

Decimotercera estación: Jesús es bajado de la cruz.

Del Evangelio según San Lucas.

José de Arimatea, bajándolo de la cruz,

lo envolvió en una sábana

y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca,

donde nadie había sido puesto todavía.

Gestos de atención y de honor

para el cuerpo profanado y humillado de Jesús.

Algunos hombres y mujeres se encuentran al pie de la cruz.

José, oriundo de Arimatea, hombre "bueno y justo",

que pide el cuerpo a Pilato, como refiere san Lucas;

Nicodemo, aquel que fue a encontrar a Jesús de noche, añade san Juan;

y algunas mujeres que, tenazmente fieles, observaban.

La meditación de la Iglesia ha querido añadir a la Virgen María,

que estaba ciertamente también presente en este momento.

María, Madre de piedad,

que recibe en sus brazos el cuerpo nacido de su carne

y que ha acompañado tiernamente,

discretamente durante sus años de vida,

como madre que siempre cuida de su hijo.

Ahora es un cuerpo inmenso el que ella recoge,

a medida de su dolor,

a medida de la nueva creación que nace de la pasión del amor

que ha atravesado el corazón del hijo y de la madre.

En el gran silencio que se creó después del griterío

de los soldados,

de las burlas de los que pasaban y del murmullo de la crucifixión,

los gestos son ahora de dulzura, una caricia de respeto.

José baja el cuerpo que se abandona entre sus brazos.

Lo envuelve en una sábana,

lo pone dentro de un sepulcro completamente nuevo,

que espera a su huésped, en el jardín que está al lado.

Jesús ha sido arrancado de las manos de sus verdugos.

Ahora, muerto,

se encuentra entre aquellas de la ternura y de la compasión.

La violencia de los hombres homicidas ha pasado.

La dulzura ha vuelto al lugar del suplicio.

Dulzura de Dios y de los suyos,

esos corazones mansos a los que Jesús promete un día

que poseerán la tierra.

Dulzura originaria de la creación y del hombre a imagen de Dios.

Dulzura del final, cuando toda lágrima será enjugada,

cuando el lobo habitará con el cordero,

porque está lleno el país del conocimiento del Señor.

Oh, María, no llores más: tu hijo, nuestro Señor, duerme en paz.

Y su Padre, en la gloria, abre las puertas de la vida.

Oh, María, alégrate:

Jesús resucitado venció a la muerte.

(PADRENUESTRO EN LATÍN)

En paz me acuesto y enseguida me duermo;

me despierto y tú me sostienes.

(CANTAN EN LATÍN)

Decimocuarta estación: Jesús en el sepulcro y las mujeres.

Del Evangelio según San Lucas.

Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea lo siguieron,

y vieron el sepulcro

y cómo había sido colocado su cuerpo.

Al regresar, prepararon aromas y mirra.

Y el sábado descansaron de acuerdo con el precepto.

Las mujeres se han marchado.

Ya no está el que habían acompañado,

caminando premurosas e incansables por los caminos de Galilea.

En esta tarde,

les deja únicamente por compañía

el recuerdo de la visión del sepulcro

y de la sábana donde ahora reposa.

Pobre y precioso recuerdo de los intensos días pasados.

Soledad y silencio.

Por otra parte, se acerca el "shabbat",

que invita a Israel a concluir el trabajo,

como también hizo Dios cuando completó la creación,

llevándola a plenitud con su bendición.

Hoy se trata de otra plenitud; por ahora escondida e impenetrable.

Un Shabbat para quedarse hoy quietos con el corazón recogido

y la memoria oscurecida por las lágrimas.

Para preparar también los perfumes y los aromas

con los que ellas mañana, al amanecer,

rendirán el último tributo a su cuerpo.

Sin embargo, con este gesto,

¿se prepararon solamente a embalsamar su esperanza?

¿Y si Dios hubiera predispuesto una respuesta a su solicitud

que ellas no logran ni siquiera prever, imaginar, intuir?

El descubrimiento de una tumba vacía,

el anuncio de que él ya no está allí,

porque ha destruido las puertas de la muerte.

Señor, Dios nuestro,

dígnate ver y bendecir todos los gestos de las mujeres

que honran en este mundo la fragilidad del cuerpo humano,

que ellas rodean de dulzura y de honor.

Y a nosotros,

que te hemos acompañado en este camino de amor

hasta el final,

dígnate protegernos,

junto a las mujeres del Evangelio,

en la oración y en la espera que han sido colmadas

con la resurrección de Jesús,

y que tu Iglesia se dispone a celebrar

en el júbilo de la noche pascual.

(PADRENUESTRO EN LATÍN)

A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

Hemos terminado las estaciones del Vía Crucis.

Está previsto ahora unas breves palabras del santo padre.

Que impartirá después la bendición.

Oh, Cristo, dejado, abandonado y traicionado.

Oh, Cristo, juzgado por los pecadores

y entregado por los jefes.

Oh, Cristo, despedazado en la carne

y coronado de espinas y vestido de púrpura.

Oh, Cristo, abofeteado y atrozmente crucificado.

Oh, Cristo, traspasado por la lanza que ha traspasado tu corazón.

Oh, Cristo, muerto y sepultado,

tú que eres el Dios de la vida, de la existencia.

Oh, Cristo, nuestro único salvador.

Volvemos a ti también este año con los ojos bajos,

con la mirada baja,

llenos de vergüenza y el corazón lleno de esperanza.

De vergüenza por todas las imágenes de devastación, de destrucción

y de naufragio

que se han convertido ordinarias en nuestra vida.

Vergüenza por la sangre inocente que viene derramada

por mujeres, por niños, inmigrantes,

de personas perseguidas por el color de su piel

o por su pertenencia a grupos étnicos o sociales

o por su fe.

Vergüenza por las tantas veces que, como Judas y Pedro,

te hemos vendido y traicionado.

Y abandonado, dejado solo para morir por nuestros pecados.

Huyendo como cobardes de nuestra responsabilidad.

Vergüenza por nuestro silencio ante las injusticias,

por nuestras manos perezosas en el dar

y habidas para el recoger y el tomar.

Por nuestra voz que grita defendiendo nuestros intereses,

pero tímida cuando hablas por los derechos de los otros.

Por nuestros pies veloces sobre el camino del mal

y paralizados en el camino del bien.

Vergüenza por todas las veces que nosotros, obispos, sacerdotes,

consagrados y consagradas hemos escandalizado

y herido tu cuerpo.

La Iglesia.

Y hemos olvidado nuestro primer amor,

nuestro primer entusiasmo y nuestra total disponibilidad.

Dejando arruinar nuestro corazón y nuestra consagración.

Tanta vergüenza, Señor, en nuestro corazón,

porque hemos olvidado la esperanza y la fe,

porque tú no nos tratas como nos merecemos,

sino con la abundancia de tu misericordia.

En nuestras tradiciones,

no hacen venir a menos tu amor.

De tu corazón materno y paterno.

La esperanza, la esperanza segura

que nuestros nombres están inscritos en tu corazón

y que estamos en la pupila de tus ojos.

La esperanza que tu cruz transforme nuestros corazones,

duros, en corazones de carne capaces de soñar, de perdonar y de amar.

Transforma esta noche tenebrosa de tu cruz

en el alba resplandeciente de tu resurrección.

La esperanza que tu fidelidad no se basa sobre la cruz.

La esperanza de tantos hombres y mujeres

que fieles a tu cruz,

continúa y continuará ser fiel con el aliento

que da sabor y que abre nuevos horizontes

en el cuerpo de nuestra humanidad herida.

La esperanza que tu Iglesia buscará

para ser la voz que grita en el desierto de la humanidad

para preparar el camino de tu retorno triunfal,

cuando vendrás a juzgar a vivos y muertos.

La esperanza que el bien vencerá, aunque parece vencido.

Oh, Señor, Jesús, Hijo de Dios,

víctima inocente de nuestro rescate.

Delante a tu vestido real,

a tu misterio de gloria, delante a tu patíbulo,

nos ponemos de rodillas avergonzados y esperanzados,

y te pedimos que nos laves

en el baño de la sangre del agua que surge de tu corazón abierto,

traspasado, y perdonar nuestros pecados y nuestras culpas.

Te pedimos que recuerdes a nuestros hermanos

"despezados" por la violencia, por la indiferencia y por la guerra.

Te pedimos de romper las cadenas que nos tienen prisioneros

en nuestro egoísmo, nuestra ceguera voluntaria

y en la vanidad de nuestros cálculos mundanos.

Oh, Cristo, te pedimos que nos enseñes

a no avergonzarnos jamás de tu cruz, a no instrumentalizar esa cruz,

pero honrarla, adorarla,

porque con ellas unos has manifestado

la monstruosidad de nuestros pecados,

la grandeza de tu amor,

la injusticia de nuestros juicios y la potencia de tu misericordia.

Han sido las palabras del santo padre.

Vergüenza y esperanza ha sido del clamor

con el que ha concluido este Vía Crucis.

Sea bendito el nombre del Señor.

Nuestra ayuda es el nombre de Señor, que ha hecho el cielo y la tierra.

Con esta bendición ha terminado este Vía Crucis

en este Viernes Santo.

Nosotros volveremos mañana a las 22:00 en La 2 de TVE

desde la catedral de Alcalá de Henares

para celebrar la Vigilia Pascual.

El domingo, también a las 10:00 de la mañana, desde Roma,

retransmitiremos la misa del Domingo de Pascua

y la bendición "Urbi et Orbi".

(Aplausos)

Hemos recorrido,

junto al papa Francisco, el Camino de la Cruz,

las estaciones que nos han ido recordando

la tarde del Viernes Santo, la muerte de Jesús,

que queda en el sepulcro,

esperando la noche del Sábado Santo,

el alba de un nuevo día, de una nueva vida,

el alba de la resurrección.

Nosotros nos despedimos hasta mañana, sábado, las 22:00,

para participar en la Vigilia Pascual.

Hasta entonces, que tengan una buena noche.

(Coro)

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14 abr 2017

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