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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 470 - ver ahora
Transcripción completa

¿Trabaja para Modas Pavón?

Celia no sabe de mi segundo empleo.

Al final lo descubrirá, y puede que sea peor.

-Ya, lo sé. -Marina es muy peligrosa,

cuanto más lejos de ella, mejor. Esa mujer es capaz de todo.

Yo también, por ti.

La he dejado entrar en mi casa

para que pague con creces todo el daño que te ha hecho.

No, disculpen, disculpen un momento.

¡Dios! ¿Has visto cuánta gente hay ahí fuera?

No creí que Carmen de Burgos despertara tanto interés.

No, no han venido a verla a ella.

-¿Entonces a quién vinieron a ver? -A Cruz Galván.

He hablado con mi padre sobre... sobre su interés hacia mí.

Y me ha dado su autorización para pasear con usted.

¿Le parece bien si la paso a recoger mañana a las seis?

-¡Estoy que no me lo creo! -¿Y su nombre es?

-Ah, Simón, su más ferviente admirador.

-Esta mañana discutí con Pedro. -¿Con Pedro?

¿Pero qué ha pasado? -Le he contado nuestros planes.

Y se ha negado a obedecerme, dice que solo cumplirá tus órdenes.

-Me dejó con la palabra en la boca. -Esto no es Madrid.

Te aseguro que ese hombre acabará cumpliendo mis órdenes.

Bueno, pues si va a ser tu novia, tendré que darle el visto bueno.

¿Así que cuñando piensas presentármela?

Todo a su tiempo, madre.

Rodolfo ha estado en mi casa y ha estado preguntando por ti.

Ay, ¿y tú qué le has dicho?

Pues que estabas en un salón de belleza.

¿Pero por qué iba a mentirte? -Lo siento, Amalia, me fío de ti.

Pero es que en el pasado ha habido tantos secretos entre nosotros.

Por un momento, me ha dado miedo de que volviéramos a las andadas.

¿Estás trabajando...? Sí.

¿No tenías otra manera de salir adelante?

Ahora no finjas que te preocupa.

Lo que siento no tiene que ver con la preocupación.

Solo me sorprende ver lo bajo que has caído.

(Sintonía)

Ea, ea, ea... Ah...

¿Por qué me miras así?

Ay, no sabes lo orgullosa que estoy de ti, Elisa.

Me encanta verte así con él, cómo le cuidas...

Lo haces muy bien, además. (RÍE)

Es que se le ve tan indefenso.

Cualquiera diría que es tu hijo. (RÍE)

Estoy encantada de cuidar de él, la verdad.

(SUSPIRA) Bueno, encantada y agotada, para qué te voy a mentir.

Nunca pensé que ser madre fuera tan cansado.

Y cuánta responsabilidad.

Bueno, tú misma lo vas a ver dentro de poco.

Ay, lo estoy deseando, Elisa.

Me paso todos los días imaginando que tengo mi hijo en brazos.

Si quieres que te dé un consejo, aprovecha para dormir.

Es lo más sacrificado.

Llevo solo unos cuantos días sustituyendo a su madre

y creo que me podría dormir de pie. (RÍE)

El pobre... bueno, yo espero que Cristóbal me ayude mucho.

Más te vale. ¿Tienes noticias de Sofía?

No, y estoy muy preocupada.

Espero que no se quede sin madre.

Bueno, no digas eso, Elisa.

Es que no puedo evitar pensarlo, Blanca.

Hace muchos días que no sé de ella.

Y me preocupa. Aunque, bueno,

supongo que será normal con la guerra.

Eh, ese chico de allí no para de mirarte.

Y hasta te está saludando. Yo creo que te conoce.

No, no, no, no... no me suena.

-Amparo. Ah, pues tienes razón,

te ha confundido con otra. Sí, sí.

No te preocupes.

Pues ahí viene, ¿eh?

Amparo. Ah, disculpe, pero creo

que se ha equivocado de persona. ¡Gonzalo, qué sorpresa!

Ah, pero... Gonzalo es un buen amigo. Sí.

Ya, ya veo.

¿Ocurre algo? ¿Llego en mal momento?

No, no, pero es que la verdad es que ya nos íbamos.

-Ya... -Qué lástima que no llegara antes.

Pero antes de iros, seguro que tu amiga y tú

me vais a permitir que os invite a un café, ¿no?

¿No vas a presentarnos? Soy su hermana, Blanca. Encantada.

Veo que la belleza es cosa de familia.

(RÍE) Qué adulador llegas a ser.

Bueno, es encantador...

Amparo. (RÍE)

¿Me aceptáis ese café?

Eh, pues la verdad es que no tenemos nada de tiempo.

¡Claro que tenemos tiempo de tomarnos un café, Amparo!

Siéntese, por favor, así me cuenta cómo conoció a mi hermana Amparo.

Ah... (RÍE)

¿Llamaba la señora? -Sí, María.

Verás, estoy esperando una visita,

así que necesito que te lleves a la niña a dar un paseo.

De acuerdo, señora, ¿cuánto tiempo quiere que dure?

Pues con dos horas será suficiente.

Ah, y es mejor que mi marido no sepa nada de esta visita.

Sí, señora.

-Buenos días, cariño. -Buenos días.

Ya creía que te ibas a trabajar sin despedirte.

Eso no ha pasado nunca y no empezará a pasar ahora.

Hoy no tengo prisa, puedo tomar un café con mi mujer.

Pues, fíjate, que hoy la que tiene prisa soy yo.

Tengo una mañana de lo más atareada.

¿A que no sabes quién nos ha pedido que le suministremos telas?

-Pues no. -Catalina, la amiga de Celia Silva.

Ah, yo pensaba que Tejidos Silva no suministraba a particulares.

Y así es. Pero, al parecer, también trabaja en una...

en una casa de moda. -Ah.

Lo más curioso de es que me ha pedido

que le guarde el secreto, no quiere que Celia se entere.

-Ah... -Esta es la casa de moda.

Acércate un día, seguro que te hacen un buen precio.

Muy bien, pues encargaré un vestido.

(CARRASPEA) Se te va a hacer tarde.

Te preocupas más por mi horario que el propio Benjamín.

Bueno, hasta esta noche.

(Llaman al timbre)

-¿Quién es? ¿Esperas a alguien? -Pues no, qué tontería.

Ya sabes que yo no recibo a nadie antes de las 12:30.

Pero dame un beso que me dure todo el día.

-Eh... -¿Quién era, María?

-El cartero, señor. -¿Y no le ha dado ninguna carta?

No, el chico ha llamado porque preguntaba

por una dirección que no encontraba.

-Ah... -Qué cosa más rara.

Luego te veo. -Muy bien.

(RESPIRA ALIVIADA)

Ya puedes hacerle pasar, María. Y gracias por lo del cartero.

-No se merece usted menos. -Y no vaya a pensar mal.

Don Luis solo viene a darme clases de canto.

Lo que ocurre es que no quiero que Rodolfo

se entere todavía. -Claro, señora.

(RÍE) Buenos días, don Luis,

y disculpe que le hayamos recibido de esta manera.

Me hace usted un gran favor empleándome.

Y se lo compensaré siendo discreto, no se preocupe.

Muy bien. Bueno, ¿por dónde empezamos?

-Por el dinero. -Ah.

¿Y eso? -Tengo la costumbre

de cobrar las clases antes de darlas.

-Pues no conocía yo esa costumbre. -Es una costumbre reciente.

No se preocupe.

¿Así está bien?

Sí, es... empezaremos repasando las escalas.

Muy bien, las escalas.

(RÍE)

Quiero decir que para Amparo debe ser muy importante

el apoyo de la familia. Sí, sí.

La verdad es que estamos todas muy unidas.

Lo digo por su situación.

¿Su... situación?

Bueno, al haber enviudado tan joven y teniendo un hijo a su cargo,

para ella debe ser muy importante la ayuda de la familia.

Sí, desde luego, es una situación terrible.

Terrible, ¿verdad? Sí.

Pero la suerte es que todas las hermanas nos tenemos

las unas a las otras, sobre todo, en situaciones tan extrañas

y desafortunadas como esta, bien lo sabe Elisa.

Otra... otra... otra de mis hermanas.

Sí, pero especialmente Amparo. Ya.

-Sí. -La conversación no podía ser

más agradable. Sí, es cierto que sí.

Pero no quiero entretenerlas más.

Ya se iban y me figuro que querrán hablar de sus cosas.

Ha sido un placer, señorita. Bueno, señora.

Señora. (RÍE)

Amparo.

(CARRASPEA)

Bueno, Amparo, ¿hay algo que tengas que contarme?

Lo primero, gracias.

Y, lo segundo, ¿qué te ha parecido?

Pues me ha parecido que es un chico encantador, educado

y, además, es muy guapo. Y está muy interesado en ti

y no le importa que te llames Amparo,

que tengas un hijo a tu cargo y que seas viuda.

Esta tarde he quedado con él. Mira, si quieres,

yo me encargo de Leandro, así voy practicando.

Ay, ¿sí? Ay, pues sería maravilloso.

Bueno, esto está en tu mano. ¿Por qué?

Pues porque, a cambio, tienes que contarme

por qué Elisa Silva, de repente, se convirtió en la viuda Amparo.

Ah... Tendrás un buen motivo, ¿o no?

¡No! -Pero si es un re.

-¿Y la armadura, eh? -¿Qué armadura?

-¿Cómo que...? Es un re, sí, pero sostenido, ¡sostenido!

Sí, muy bien.

Si no presta atención, las clases van a ser

una absoluta pérdida de tiempo. -Yo presto atención.

Pues no lo parece. Vamos, otra vez.

(ENTONA) #Mi, do, re sostenido...# (GRITA) ¡No, no!

Pero... pero si es un re sostenido.

-No, ese re es natural. -¿Pero no lleva una armadura?

¿En qué quedamos? -¿El becuadro, eh?

¿El becuadro qué? -¿Qué "recuadro"?

El becuadro, se dice becuadro.

¿Para qué cree que lo ha puesto el compositor, eh?

Ese re sostenido porque, sí, vale, lleva una armadura,

se bemoliza y convierte en natural, porque lleva un becuadro.

¡Cualquier tonto podría verlo! -Oiga, ¡sin faltar!

Uf, oiga, si quiere llegar a ser una cantante

con algo de éxito, tiene que poner más interés, ¿vale?

Otra vez, vamos, "da capo".

-¿"Da capo"? -Uf...

"Desde el principio". -Ah, muy bien.

(ENTONA) #Mi, do, sol...# -¡No, no es sol, no!

-Si es un sol. -¿Cómo va a ser un sol?

Está en la tercera línea. -Entonces es un re.

¡Exacto! ¿Un re pero cómo? (GRITA) ¡Sostenido!

¡Ah, no me grite, que yo ya le oigo!

Perdóneme, perdóneme, me he dejado llevar

por mi temperamento. -Debe controlar el temperamento

si quiere seguir dándome clase. -De acuerdo, no volverá a ocurrir.

Sigamos. -Me llevo a la niña de paseo.

-¿Y es necesario que interrumpa mi clase para decirlo?

¡Vamos, fuera de aquí! -Yo creo, don Luis,

que lo que tiene que hacer es irse.

-¿Quién, yo? -Sí, no voy a consentir

que dé esos gritos en mi casa. -Lo siento, perdóneme.

¿Y si le aseguro que no daré una voz más alta que otra?

Me lo acaba de asegurar, y no sirvió de nada.

Lo sé, pero le aseguro que pondré todo mi empeño.

Yo, a cambio, ¿eh? Solo le pido que usted se esmere

y se concentre, ¿eh? Vamos, vamos.

(ENTONA) #Mi, do, re, sol... re sostenido.#

-Ajá. -Por la armadura.

(CARRASPEA)

(ENTONA) #Mi, do, re...#

(ELPIDIA TARAREA)

Elpidia, mujer, ¿no puedes estarte quietita un poco?

Ay, déjame, prima, así me entretengo

y no se me hace el día tan largo. -Siéntate y descansa.

Ya limpiarás cuando vuelvas a casa Silva.

-¿No ves que me aburro? -Cuando vuelvas a trabajar,

te acordarás de esto. -Ay, no creo.

-Pues sí. -¿No quieres volver al Ambigú?

Mujer, no es lo mismo. Además, ni que llevaras meses aquí,

mano sobre mano. Solo llevas un día descansando.

Venga, vamos. -Huy...

Bueno, ¿y aquí sentada por tu gusto para nada?

Yo, mujer, no sé, haz punto o borda.

Huy, bordar, qué divertido...

Señoritas, yo me iría arreglando,

porque el conde de Barnos las invita a pasar el día

en la Sierra de Guadarrama. -Tengo muchas ganas de salir.

¡Anda! Qué bien nos va a venir el aire serrano a todos.

Hijo, ¿no es un poco tarde? El coche de línea tarda,

al menos, cuatro horas en llegar allí.

-Por eso no tienen que preocuparse. -Oh, qué formal.

El conde las invita a ir en su deportivo,

y en apenas la mitad de tiempo. -No.

¡No, no, no, no, no! Conmigo no cuentes.

Yo no vuelvo a subirme a ese artefacto del demonio.

¡Es muy peligroso! -¿Tanto?

Sí. Y, si conduce Gabriel, mucho más.

Pero no diga bobadas, por el amor de Dios.

-No es peligroso. -Sí lo es.

Te digo yo que conmigo no cuentes.

Yo nunca he montado y me está dando miedo.

Bueno, menudo par. ¡Muy bien! Perfecto, iré yo solo

a disfrutar del aire fresco de la sierra,

mientras ustedes se quedan aquí aburridas como ostras.

Hijo, ¿pero no sería mejor que fueras otro día más temprano?

¿Si voy otro día, usted vendrá conmigo?

-Si es en ese coche, no. -Entonces me voy.

Me han hablado de una confitería excelente en Los Molinos.

Creo que pararé a tomar un café y unos piononos.

A lo mejor les traigo alguno. Ya veré.

-Piononos... -Qué ricos.

¡Buenos días!

Creo que he dicho "buenos días". -¿El señor sigue enfermo?

-Sí. -Pues mal vamos mientras

que no venga por aquí. -Mal no vamos a ir.

Simplemente va a tener usted que cumplir mis órdenes.

No cuente con ello, señora.

Mi marido y yo somos los dueños de estas viñas. Los dos.

Así que va a tener que obedecerme por mucho que le desagrade

recibir órdenes de una mujer. -No lo creo, señora.

Y no es porque sea una mujer, sino que no sabe nada de esto.

Usted no me conoce, en Madrid dirigí una fábrica.

Y he leído mucho sobre el cultivo de la vid

y la elaboración de los vinos. (RÍE)

¿Por qué se ríe?

Lo que hay que saber para llevar una bodega

no se aprende en libros, ni se compra con dinero.

-Póngame a prueba. -No sé qué dice.

Pregúnteme, salgamos de dudas.

A ver, si la uva está en agraz y le queda poco

y viene agua para días, ¿qué hay que hacer?

¿Cosecharla antes de tiempo o esperar?

Ah, es que esa pregunta es del campo, no de la bodega.

-Ah, que es del campo... -Pregúnteme sobre las bodegas.

Muy bien. ¿Qué hay que hacer para que las duelas de las cubas

aguanten si la madera empieza a tirar?

(RÍE) Ah, bueno, es que eso es como preguntarle

al patrón de un barco sobre las tareas del calafate.

Juegue usted limpio.

¿Cuándo se despalillan los racimos?

-Ah... -No se apure, señora.

Eso es como si me pregunta a mí sobre el punto de cruz

o las lentejas con chorizo, no se puede saber de todo.

Pues yo tampoco sé mucho sobre eso, pero podría aprender, como usted.

Porque todo se puede aprender en esta vida.

Cuando hay buena voluntad, claro.

¿Qué quiere decir, que yo no la tengo?

No, no la tiene, por supuesto que no la tiene.

Pues qué le vamos a hacer.

Mire, le voy a dejar una cosa bien clara.

O cambia de actitud o sus días en estas bodegas están contados.

Usted verá, señora, pero, si me echa,

usted y su marido se arruinarán. -Nadie es indispensable.

¿Y cree que va a encontrar gente para llevar todo esto?

(RÍE) Aquí hay muchos trabajadores.

Sí, claro que sí, y ninguno trabajará para ustedes

si me despiden.

Cuanto antes le entre esto en la cabeza, mejor le irá.

En la vida hay un lugar para los hombres

y otro para las hembras. Métase en su casa,

cuide de sus hijos y deje que sean los hombres que los trabajen.

Benjamín, ¿no cree que me debe una explicación?

Perdón, don Rodolfo, no sé a qué se refiere.

Son las facturas de los gastos del Sr. Gomes en su estancia aquí.

Sí que ha gastado dinero este hombre, sí.

Qué bien se dispara con la pólvora del rey:

Grandes comilonas, los mejores licores,

dos visitas a un burdel, ¡dos visitas a un burdel!

Y tiene la desfachatez de hacerse tres trajes

en la mejor sastrería de la calle Serrano.

¡Todo a mi costa! ¡Todo! ¡Hasta los portes!

Para colmo, ni siquiera saca tiempo para venir aquí

a contarnos cómo se trabaja el algodón, es para eso vino.

Ese desgraciado se ha reído de mí y de mi negocio, en mi cara.

Y lo peor es que ha contado con su ayuda.

Lo siento mucho, yo no tenía ni idea

de que ese hombre tenía esa intención de que iba a...

-No, claro, ¿cómo iba a saberlo? -Yo le dije lo que usted me dijo,

que Tejidos Silva correría con todos los gastos

de su estancia en Madrid y que nos pasara las facturas.

Pero yo ni sospechaba que abusara así...

No se lo podía figurar, ¿verdad? Usted es tan caradura como él.

-Pero, don Rodolfo... -Mire.

En todas las facturas de los restaurantes,

se carga la comida y la bebida de dos personas.

¿Y con quién, si no, si ese desgraciado

no conoce a nadie en Madrid?

-No lo sé. -Le dije que le tratara bien.

Y por lo que se ve, decidió tratarse bien a sí mismo.

Le juro que no he estado con ese portugués en esos sitios.

Me limité a llevarle y darle una vuelta por los sitios

más populares y a tomarnos chatos. Ya está.

Luego, sí. Le indiqué restaurantes y sitios así.

Pero a él solo. -¡No me tome por imbécil!

Me ha decepcionado usted.

Pero le voy a decir una cosa. Esto no se va a quedar así.

Le voy a ir descontando de su jornal una parte

hasta que pague la mitad de estas comidas.

Adivina quién viene a merendar

con nosotras esta tarde. -Velasco.

Está bien. Supongo que no era muy difícil de adivinar.

Pues no. Pero me alegra que tengas compañía,

porque yo no voy a poder quedarme. -Vaya. ¿Y por qué?

Tengo que pagar la habitación a la dueña de la fonda.

Pero siempre le dejas el dinero en la cocina.

Sí. Pero quiere que se lo dé en mano.

No sé por qué. Supongo que querrá hablar conmigo.

No creo que tardes mucho, así que te esperamos.

Qué más da merendar antes o después.

No. Es que conozco a mi casera y seguro que prepara café

y va sin prisa. Además, no quiero haceros esperar,

que luego estoy agobiada.

Es mejor que merendéis los dos. -Está bien. Como prefieras.

¿Señorita Galván? ¿O señorita Silva?

Silva, Galván. Galván, Silva.

¿Cómo desea que la llame?

Me tiene usted arrebatado.

Te dejo con tus admiradores.

-Pero si solo es uno. -Pero vale por cien.

La entrega de hoy me ha dejado con el alma en vilo.

Qué historia de amor tan maravillosa.

Qué de sucesos impredecibles.

He acabado llorando como una magdalena.

Vaya. Me alegro.

Aquí me tiene. No puedo esperar hasta mañana para saber cómo sigue.

Me temo que tendrá que esperar, como el resto de los lectores.

¿No me diga? ¿Y cuántos de ellos se han acercado

para intentar sobornarla? -De momento, ninguno.

Esto es para usted.

-¿Y qué es esto? -Está deseando ser abierto.

"Aliento difunto" de Simón Goris.

Me encanta. -¿No me diga que he acertado?

De pleno. Goris es uno de mis autores favoritos de poesía.

Mire. "Luciérnagas".

(LEE) El sapo chico dice que no a las moscas

que su madre le ofrece. Y ella insiste

con la preocupación descomedida

de todas las madres, de todas las especies.

Es maravilloso. Sabe insuflarle belleza

a cada palabra, sin caer en la obviedad o en el énfasis.

Vaya. Va a hacerme usted sonrojar, señorita.

Muchas gracias, de corazón.

¿Simón es el nombre que me dio ayer en la firma?

¡Oh, Dios mío! No me diga que Simón Goris es usted.

No me puedo creer que no me lo haya dicho antes.

Ya sabe lo reservados que somos los escritores.

Nada nos repugna tanto como la exhibición.

Se lo dice a alguien que se pasó todo el día

de ayer firmando folletines.

¿Poco dado a la exhibición? ¿De verdad?

Vaya.

No lo sé. A Simón Goris me lo imaginaba distinto.

Bueno, vaya. Lamento defraudarla.

¡No, no, no! Es solo que me lo imaginaba más huraño,

quizás, más reflexivo.

Ya ve. Alguien alegre y escandaloso,

escribe esos poemas. Las personas somos contradictorias, por suerte.

Ahora que sé quién es, me da vergüenza que piense en mí

como la autora de los folletines.

Su folletín me produce tanto placer,

como el que encuentra en mis poemas.

Y aparte de Celia Silva o de Cruz Galván,

¿qué otros autores le gustan?

Creo que tengo una sección de poesía interesantísima.

¿Ha oído hablar de Siegfried Sassoon?

Bueno, quizás, aquí aún no lo hayan traducido.

Pero es un poeta maravilloso.

Y si traga aire, que le suele pasar porque come con mucha ansia,

le da golpecitos en la espalda y se le pasa.

Muy bien. Como se ha hecho toda la vida, señora.

Sí, pero tiene que ser con la mano hueca

y en varios sitios. Si no, es perder el tiempo.

No pase cuidado. No es el primer niño chico

del que cuidamos en esta casa.

Además, su hermana Blanca estará muy pendiente de él.

Igualmente, tampoco tardaré mucho en llegar.

¿Y puedo preguntarle cuál es el motivo

que le impide cuidar del pequeño Leandro esta tarde?

Pues que me he citado con un joven.

Ah, vaya.

Cuánto me alegro, porque, últimamente,

entre cuidar de su padre y cuidar del hijo de su amiga,

apenas disponía de tiempo para dedicarlo a sí misma.

Es cierto.

Pero, Rosalía, no sé si será por la falta de costumbre,

pero la verdad es que estoy un poco nerviosa.

Como tiene que ser. Si a su edad no siente

mariposas en el estómago cuando va a verse con un joven,

entonces, es que ese joven no es para usted.

¿Mariposas? Creo que podría criar gusanos de seda.

Usted y sus ocurrencias.

¿Y cómo es ese joven?

Es una joven única, madre. Creo que no hay una sola cosa

de ella que no me guste. Hasta su nombre

me encanta: Amparo. -Lo celebro, hijo.

Tengo pensado hasta por dónde pasear.

Después, la quiero llevar a tomar una horchata o un chocolate,

según cómo esté el tiempo.

Está claro que estás muy ilusionado.

Pero tienes que ser prudente, porque apenas la conoces.

No solo importa que sea bella por fuera.

Lo más importante es que lo sea por dentro.

Que sea buena persona. -De eso, no tengo dudas, madre.

Además, con lo mal que la ha tratado la vida

hasta ahora, viuda, tan joven y con un niño a su cargo,

ya va siendo hora de que sea feliz.

¿Y a ti no te importaría hacerte cargo de eso?

Ojalá yo pueda darle esa felicidad.

Tú lo has dicho, hijo. Ojalá.

Pero, desde luego, a mí me gustaría conocerla.

Pronto tendrá ocasión.

La de hoy es la ocasión perfecta.

Acudiré contigo a la cita.

-¿Cómo dice? -Me has oído perfectamente.

Amparo hoy conocerá a tu madre.

¿Su madre? Tendría que oírle hablar de su madre.

Le tiene mucha admiración.

-Ah. Eso siempre honra a un hijo. -Sí.

¿Y qué más le ha contado de su madre?

Pues dice que tiene un negocio en el centro, una relojería.

-¿Ah, sí? -Sí. Y varios pisos en renta.

Caramba.

Dice que a ella nunca le han regalado nada,

que siempre tuvo que trabajar muy duro

para conseguir todo lo que tiene. Gracias a eso, a él nunca

le ha faltado de nada. Hasta estudió en EE.UU.

Vaya. Pues que una madre envíe a su hijo tan lejos de sí

para asegurarle un porvenir,

demuestra que es una madre muy generosa.

Él, desde luego, la adora.

Y eso me demuestra que es muy buena persona.

Igual que su madre.

Desde luego. Parece una mujer fuerte, generosa

y muy cabal.

¿Se ha vuelto loca? ¿No ve que es un despropósito?

¿Cómo va a presentarse allí conmigo?

Ya se está quitando esa idea de la cabeza.

No pretendo pasar la tarde con vosotros.

Solo un ratito para conocerla. Luego me marcho.

El paseo os lo vais a dar solos.

-Madre, por favor. -Cuanto antes la conozca, mejor.

Yo soy mujer y sabré distinguir muy bien

si es tan buena como tú crees o es una de tantas pelanduscas

que solo se mueven por el interés.

¿Cómo puede ser tan desconfiada?

No. Desconfiada no. Solo soy cauta.

Lo mismo, tu Amparo está buscando un padre para su hijo

y ha visto que tú eres buena persona

y se quiere aprovechar. -Amparo no es así.

Ni ella, ni su familia. Estoy seguro.

Ni siquiera los conoces.

Hoy he conocido a una de sus hermanas.

-¿Y qué te ha parecido? -Muy educada y muy amable.

Como Amparo. -Bueno, tanto mejor.

Pero si no te importa, prefiero juzgar por mí misma.

¿Si no me importa? ¿Y si le digo que sí me importa

y le ruego que no me acompañe?

Ya me conoces. Está decidido.

Y no hay más que hablar.

Ponme un café. -Eso está hecho.

No. Mira. Un chato.

-Un chato. -No. Mejor...

-¿Un aguardiente? -Eso.

¿Qué? ¿Un día malo?

Peor que malo.

¿Por qué? ¿Problemas con las máquinas?

¿Con los obreros? -Ojalá.

Las máquinas las arreglas.

Los obreros te desobedecen, los metes en cintura.

-¿Entonces? -El dueño que me acusa de algo

que no tengo responsabilidad.

No hay manera de hacerle entrar en razón.

-Vaya por Dios. -¿Te acuerdas del portugués?

-Sí. Un viva la Virgen. -Se ha gastado en una semana,

a cuenta de la empresa, lo que tú y yo ganamos en diez años

Restaurantes de lujo, una suite en el Palace.

Se ha hecho trajes en la sastrería donde va el Rey.

Vaya figura. Ah, claro. Don Rodolfo le echa la culpa.

Está convencido que soy cómplice de las correrías del sinvergüenza.

Con él, lo único que he hecho, ha sido tomarme dos chatos.

Como en las cuentas del restaurante pone

para dos personas, está convencido de que el otro soy yo.

-Lo siento. -Más lo siento yo.

Esto le pasa a usted por ser bueno. De tan bueno que es, es tonto.

Lo que debió hacer, fue ponerse las botas con el portugués.

Por lo menos, el chorreo de don Rodolfo

le vendría con razón. -Eso hubieras hecho tú.

-Sin duda. -Yo no soy así.

A mí no me gusta esa gente. Hasta tuve que ir a buscarle

mujeres al burdel. ¿Te acuerdas? -Sí.

Pues llámele por teléfono. Exíjale que diga la verdad.

-Como que lo iba a hacer. -Si usted se pone firme...

Que yo no quiero tratos con esa gente. Vamos, por Dios.

Además, dice que hablaba español y lo que chapurreaba,

no se le entendía. Si no lo entendía

cuando estábamos en persona,

¿cómo lo iba a entender por teléfono?

¿Qué va a hacer? ¿No va a hacer nada?

Apretarme más el cinturón, si cabe.

Dice don Rodolfo que me va a descontar del jornal

la mitad de lo que se ha gastado.

-Benjamín, eso es un dineral. -Ya.

"Muito obrigado", me decía siempre.

"Obrigado", ya lo creo yo.

Ahora voy a estar pagando las farras del "obrigado" este

hasta el Día de los Santos.

Cóbrate esto.

A ese invita la casa.

Pues ponme otro.

También invita la casa.

Ponme otros diez.

(TOSE)

-Veo que no te recuperas. -No hay mal que cien años dure.

¿Por qué nos hemos mudado aquí?

Cariño, ¿qué pasa?

Hoy ha sido un día horrible. Horrible.

¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?

He ido a poner en su sitio al Pedro ese

y ha sido peor. -Vaya.

Me ha hecho frente y los demás se pusieron de su lado.

¿Cómo se te ocurre? ¿No puedes hacerme caso por una vez?

-Ya sabes cómo soy. -Te dije que con ese hombre

había que tener mano izquierda.

Ya lo sé. No me lo digas otra vez, por favor.

Perdona, perdona.

Y ahora, ¿qué hacemos?

Por una vez en mi vida, el cuerpo me pide rendirme.

Los trabajadores no me obedecen y eso no va a cambiar.

Claro que va a cambiar. Tú no te puedes rendir.

No va con tu naturaleza. -Déjalo.

No lo voy a dejar. Tú nunca te rindes

y eso es lo que más me gusta de ti.

Para todo tiene que haber una primera vez.

No por esta vez. Hemos empezado esto juntos.

No pienso hacerlo solo. Ni puedo ni quiero.

Y, entonces, ¿qué hago?

Más bien, ¿qué no vas a hacer?

Explícate.

Lo que tienes que hacer, es no ponerte a la altura

de tus empleados. Eres la jefa.

Así que tienes que buscarte la forma de ganarte su respeto.

Pues no sé cuál es esa forma.

Para empezar, puedes dejar que yo hable con Pedro.

No. Eso ni pensarlo.

Sería como darle la razón.

Yo fracaso y acudo al hombre de la casa.

Esto lo tengo que resolver yo solita.

Qué bien te veo. La viva imagen de la felicidad.

Bueno, no voy a ser yo quien lo desmienta.

¿Cómo está Blanca? Bien. Encantada con su embarazo.

A los dos nos apetece mucho ser padres.

Fíjate. Era una cosa con la que no contábamos.

Quizás, por eso nos hace tanta ilusión.

Ya se te pasará. ¿Cómo?

¿Qué quieres decir? No quiero amargarte la fiesta,

pero vete preparando para lo que te espera.

En los próximos meses, conocerás la verdadera naturaleza

de tu mujer. Sorpréndeme.

Como Blanca tenga un embarazo parecido al de Amalia,

vas a tener que desarrollar la paciencia de un faquir.

Cambios de humor inexplicables, achaques, manías,

noches de insomnio. Y lo peor de todo: antojos.

Hermano, te olvides de que soy médico.

Cuento con todo eso. Nadie cuenta con todo eso.

Qué exagerado has sido siempre. No, no. Mira.

Amalia estuvo tres meses alimentándose

de lentejas y peladillas. ¿Tú sabes lo difícil que es

conseguir peladillas en agosto y de noche?

Tú ríete. Veremos con qué nos sorprende Blanca.

Pero supongo que no has venido hasta aquí para hablarme

del embarazo de tu mujer. No.

Verás. Ayer... Ayer estuve en la casa de tolerancia.

¿Quién? ¿Tú? ¿Modelo de rectitud moral?

¿El ejemplo para todos? Muy gracioso.

Me imagino que sabes que me ocupo

de la revisión médica. Ya lo sé.

¿Qué pasó? ¿Sabes a quién me encontré?

¿A quién? A Marina.

¿Marina? ¿La que fue tu mujer?

¿Conoces a otra? ¿Pero qué hace allí?

¿Es que hay más de una respuesta a eso, Rodolfo?

Vaya. Esto sí que no me lo esperaba yo.

¿Y cómo ha acabado allí? Eso mismo le pregunté yo.

¿Y sabes lo que me respondió?

Que yo soy el responsable de su destino.

Que soy yo quien debería avergonzarse de que esté allí.

Me sigue culpando de sus males y de todo el daño que ha causado.

Eso es una estupidez. No le des ni media vuelta.

No puedo evitar pensar que tenga algo de razón.

Que puede que esté admitiendo menos culpa de la que tengo.

Por el amor de Dios. Tú mejor que nadie sabes

que Marina está desequilibrada.

Antes no era así. Te lo juro. No era así.

Por eso, creo que algo de culpa tengo.

No. Tú no tienes culpa de nada. ¿Me oyes?

Pocos hombres se habrían portado como tú te portaste.

¿Qué tenías que haber hecho?

¿Haber seguido casado, aunque ya no la quisieras?

Ese es el problema,

que nunca la quise. Seguramente, no.

Y Blanca a mí tampoco. ¿Y qué hice yo?

¿Me volví loco y empecé a matar gente como un demente? No.

Cristóbal, tú ahora estás con Blanca.

Te has casado con ella, vais a ser padres, eres feliz.

Marina es el pasado. ¿Me oyes?

Gracias a Dios.

Pensé que no se dormiría nunca.

Tiene usted muy buena mano, señora.

Se ve enseguida. Será una madre maravillosa.

Lo dice usted solo para animarme.

No. Es dulce, cariñosa

y muy paciente con los niños pequeños. De eso se trata.

No digo más que la verdad.

No sabe el bien que me hacen sus palabras.

Yo sólo digo lo que veo.

Para mí ser madre es un gran desafío.

Lo es para todas las mujeres.

Sí, pero lo quiero hacer bien de verdad.

Y al mismo tiempo tengo tantos miedos, tantas dudas.

Como todas las mujeres.

Pero esas dudas se disipan pronto

cambiando pañales, bañando al niño.

El día a día pone las cosas en su sitio.

Ojalá tenga razón.

Además, a usted y a su marido no les va a faltar el dinero.

Y en París podrán contratar a las mejores amas de cría.

Y aquí me tiene a mí para ayudarla.

Y a sus hermanas.

Estoy segura de que todas ellas

se van a desvivir para su pequeño sobrino.

O sobrina, sea lo que sea lo que nazca.

Cristóbal está deseando que sea una niña.

Y a mí... pues si le digo la verdad me da igual.

Lo importante es que venga sano.

Sí, yo rezo todos los días

para que nazca con todo en su sitio.

Y sobre todo para que tenga una vida muy feliz.

(SUSPIRA)

Será mejor que lleve a este pequeño a su cuna.

Allí dormirá mejor. Sí.

Ah.

¿Qué le ocurre, señora?

No lo sé, pero me duele mucho.

Agárrese a mí, la llevaré a su habitación

para que se pueda echar.

No, no, no puedo levantarme, Rosalía.

Llame por favor a Cristóbal.

Enseguida.

Por Dios, Federico, ¿es que no vas a terminar nunca?

Un poco de paciencia.

Para un día que me da por recoger las cosas.

Ya, pero me gustaría merendar hoy,

no desayunar mañana. -Exagerada.

¿Y Cata? ¿No viene a merendar?

No, dice que no puede.

Dice.

Bueno, si dice eso será que no puede.

Me ha puesto una excusa de lo más peregrina.

Creo que no le apetecía nada el plan.

¿Por qué no? El otro día lo pasamos muy bien.

Sí, lo pasamos bien tú y yo.

Pero ponte en su lugar.

Bastante tiene con tener que estar entre libros

todo el día como para encima

venir a nuestras tertulias literarias.

Sí, quizá deberíamos

intentar hablar de otros temas, ¿no?

Quizá.

(RÍEN)

¿Sabes que ayer vino Simón Gorís a la firma?

Hoy ha vuelto a pasar por la tienda.

Ah, ¿Simón Gorís? No sé quién es.

Creo que no he leído nada suyo.

Es un poeta espectacular.

Y hoy hemos tenido una charla maravillosa.

A ti te hubiera encantado.

Es un tipo culto, inteligente, divertido...

Pareces su representante.

Sí. Y creo que deberías conocerle.

Sí, seguro, en algún momento.

Federico, te hablo de una cita.

En eso estaba pensando yo...

¿Y por qué no?

Simón es un hombre maravilloso.

Y con gustos parecidos a los tuyos.

¿Y qué que le gusten mis mismos gustos?

Pues que a lo mejor a ti te gusta.

Ya, pero que a él le gusten mis gustos no quiere decir

que a mí me guste que le gusten mis gustos.

Ay, pues no sé, Federico, sigue así.

Es mi vida. -Sí, y los dos sabemos

por qué está como está.

No sé a qué te refieres.

Porque los amores imposibles

se llaman imposibles por eso, Federico.

Creo que deberías olvidarte de quien tú y yo sabemos

y mirar hacia adelante.

Yo estoy aquí para ayudarte en eso

y creo que con Simón congeniarías muy bien.

Celia, no te metas a celestina.

Ya estoy harta de tanta lentitud.

Pues hala, ya hemos recogido. -Muy bien.

(Teléfono)

No, no tienes por qué cogerlo. -Un segundo.

Inspector Velasco. Dígame.

¿Cómo?

A ver si se nos robustece usted aquí en el campo.

Ustedes los de ciudad son muy débiles.

Enseguida se ponen enfermos.

Yo no he enfermado en mi vida.

No le he llamado para hablar de enfermedades

ni de las virtudes del campo.

Pues usted dirá.

Su conducta con mi esposa ha sido deplorable.

Yo sólo he dicho lo que pensaba,

lo que pensábamos todos.

Así que se siente usted con derecho a decir

lo que piensa cada vez que lo piensa.

La próxima vez guarde su opinión

para cuando esté en su cocina.

No pienso tolerarle ni una salida de tono más.

¿Queda claro?

Los temas de las bodegas no son cosa de mujeres.

Eso lo saben hasta las piedras.

¿No ve que yo no le estoy pidiendo opinión?

¡Estoy diciendo que guarde sus pensamientos en silencio!

Mi esposa y yo hemos comprado los viñedos.

Nosotros pagamos los salarios.

¡Y nosotros tomamos las decisiones

y usted las acata, nada más!

Y esto es así aquí, en la ciudad y las chimbambas.

Quien paga, manda.

Y se lo vuelve a repetir para que le quede bien claro.

Quien paga, manda.

Si no le gusta cómo hacemos las cosas aquí

ya sabe lo que tiene que hacer...

Despídame.

Pedro, no me rete.

¿Cree que le tengo miedo?

Usted podrá ser un señoritingo de Madrid

y darse todos los aires que quiera,

pero yo tengo mi orgullo y no pienso dejarme pisar

ni por usted, ni mucho menos por su señora.

Mañana...

no hace falta que venga a trabajar.

Porque está despedido.

¿Qué miras tanto?

Bueno, perdona, mujer. Perdona.

Ni que hubiera nada que ver.

¿Pero no decías que ibas a hacer una bufanda?

Sí, pero se me ha torcido un poco

y he pensado que mejor hago un chaleco.

¿Pero cómo un chaleco?

Un chaleco, un jersey sin mangas.

Sí, ya sé lo que es un chaleco. -¿Entonces?

¿Pero cómo vas a hacerlo? ¿Así, sin cuello?

Como me ponga a hacer un cuello se me va la vida.

¿Pero cómo vas a hacerlo sin cuello?

Te va a quedar como una caperuza.

¡Qué tiquismiquis eres, prima!

¿Cómo tiquismiquis?

Pero piénsalo, ¿por dónde vas a meter la cabeza?

Tienes que hacerle un cuello.

Pues cuando lo acabe lo recorto.

Ay, Virgen santa, ¿para qué le pediré peras al olmo?

Pues hago una bufanda y santas pascuas.

Pues sí, mucho mejor, que ya tiene forma.

(Timbre)

Ay...

¡Los piononos!

Sí, sí, espérate tú que este se haya acordado,

que tiene la cabeza...

A ver, el de los pion...

Ay, inspector. Pase, pase.

Pase.

Pues verá, mi hijo no está.

Pero vamos, yo no creo que tarde mucho

porque se ha ido a pasar el día en la sierra.

Y es que estamos aquí mi prima y yo deseando

que llegue porque nos ha prometido unos piononos

y estamos con la boca ya que se nos hace agua.

¿Qué le pasa?

Antonia, traigo una mala noticia.

Ay...

Ay, mi Gabriel. ¿Qué le ha pasado a mi Gabriel?

Su hijo ha tenido un accidente de tráfico.

Ay, Dios mío de mi vida...

¿Y está bien?

No lo sé. Aún no lo sé.

Apenas me han podido decir nada por teléfono.

Pero está muy grave.

El coche ha quedado totalmente destrozado.

¡Ay! -Siéntate, prima. Siéntate.

Siéntate. Ya, ya...

¿Qué sucede?

¿Qué tengo? ¿Tengo algo grave?

Tengo que llevarte al hospital de inmediato.

¿Pero por qué?

Hay que operarte.

Lo antes posible.

¿Le pasa algo al bebé?

Blanca, ahora lo importante eres tú.

Cristóbal, te estoy preguntando que si le pasa algo al bebé.

Creo que tienes un embarazo ectópico.

¿Y qué es eso?

El embrión se ha implantado fuera del útero.

Hay que intervenir, Blanca.

No, Cristóbal, no. No me voy a operar, Cristóbal.

De verdad que no quiero operarme.

Escúchame, si no te operas tu vida corre peligro.

Y podrías desangrarte, mi amor.

¿Y qué va a ser de él?

¿O de ella?

Lo siento.

Lo siento.

No voy a dejar que me lo quiten.

Escucha.

(LLORA) No voy a dejar que me lo quiten.

Blanca, mírame. Escúchame.

El embarazo no va a llegar a término, cariño.

El niño no va a nacer.

Ahora lo importante eres tú.

Cristóbal, los médicos también decían

que yo nunca podría quedarme embarazada,

que nunca podría curarme. Y mírame ahora.

No es lo mismo.

Cariño, esta vez no hay esperanza.

El niño no puede desarrollarse estando donde está.

Ahora tenemos que pensar en ti.

(LLORA)

No quiero que me lo quiten.

(Llaman a la puerta)

¡Sofía!

¡Ay, gracias a Dios que estás bien!

Llegué a ponerme en lo peor.

Lo siento, es que no tenía manera de llamarte.

Bueno,...

no te preocupes.

Lo importante es que estás bien.

¿Y el niño?

Sano, y precioso.

Por eso no te preocupes.

¿Duerme?

No, lo he dejado en casa de mis hermanas.

Ah.

Es que... tenía una cita.

Ah, qué bien.

Sí, ya te contaré.

¿No me preguntas por Carlos?

Vienes sola.

¿No?

¡Carlos!

¡Carlos!

No lo entiendo, nunca se retrasa.

Hace una hora que debería estar aquí.

Seguro que le ha ocurrido algo.

Yo no creo eso, hijo. -¿Y qué otra explicación hay?

No seas ingenuo, Gonzalo.

Lo más probable es que esa muchacha

no haya venido porque no le apetecía.

O porque ha encontrado otro partido mejor que tú.

No diga eso.

Ya te dije que tu Amparo podía ser poco de fiar.

Y este plantón parece confirmarlo.

Venga, ¿nos vamos?

Amparo no es así. Voy a esperarla un poco más.

Seguro que aparece y tiene una buena explicación.

Tienes que aceptar la realidad

y olvidarte de esa mujer.

Madrid está lleno de jóvenes casaderas.

Encontrarás a otra, cariño.

Usted no lo entiende.

Le tiene que haber ocurrido algo.

Tal vez su hijo se ha puesto enfermo

y por eso no ha podido venir.

Escúchame bien, Gonzalo, no voy a consentir

que nadie te haga daño ni se ría de ti.

Así que haz el favor

de levantarte y vámonos a casa.

Me quedo aquí.

(SUSPIRA)

¿Pero y los médicos qué te han dicho?

Que está en una especie de estado de shock.

O eso es lo que entendí.

Mi francés tampoco es que dé para mucho.

¿Pero no saben lo que le pasó?

Lo único que saben

es que estuvo perdido durante unos días.

Estaba solo, desorientado, y malherido

hasta que unos soldados lo encontraron.

Pobre. -Sí.

Sólo él sabe lo que pasó.

Pero o no lo recuerda o no quiere hablar del asunto.

Sofía, pero todo esto se le va a pasar, ¿verdad?

Los médicos me han dicho que me arme de paciencia,

que no le será fácil volver a la vida de antes.

Bueno, ya lo has visto cuando hemos entrado.

Él ha llegado más tarde.

¿Por qué?

Dice que se ahoga en los sitios cerrados.

Bueno mira, Sofía, todo esto es lo de menos.

Está a salvo.

Y está vivo. -Sí.

Es un milagro.

Milagro.

Sí, eso también lo hace mucho.

Repite palabras que oye.

Carlos. -No me toques.

Carlos, soy Elisa.

No parece él.

Está claro que necesita tiempo.

Tiempo.

Tiempo.

Tiempo.

(SILBA)

(SILBA)

(Pasos)

Ah, ya ha llegado.

Hace apenas un minuto, sí.

Bueno, le agradezco mucho

que haya accedido a darme la lección aquí.

Mi marido hoy se ha quedado trabajando en casa.

Recupere las muestras...

Recupere las muestras que les hicimos a...

a los Duques de Alba.

Sr. Loygorri, ¿se encuentra usted bien?

Sí. Sí, sí, estoy bien, no es nada.

Pues no lo parece.

Es... sólo un mareo.

Enseguida se me pasa.

Cariño, no hay mucho más que contar.

¡Me lo quieres contar de una vez!

Le dije que su obligación era obedecer nuestras órdenes,

las tuyas y las mías, que por algo somos los dueños.

Se me puso farruco y al final tuve que despedirle.

Así que has hecho

lo que te pedí expresamente que no hicieras.

No podemos esperar más tiempo. Tenemos que ir al hospital.

No voy a ir al hospital.

Señor, déjela descansar un rato.

Es algo que Blanca no se puede permitir en este momento.

Pero tal vez ella necesita hacerse a la idea.

Rosalía, por favor, déjenos solos.

Por favor.

Gonzalo.

Buenos días.

Es un alivio ver que estás bien.

Me preocupé por ti cuando no acudiste

a nuestra cita, pero...

ya veo que sencillamente me dejaste plantado.

Te vas a morir en esta cama.

Y estoy intentando que no lo hagas.

Lo siento, pero la decisión está tomada. Me quedo aquí.

Vete.

Dile simplemente que te llamas Elisa Silva

y que lamentas haberle mentido porque en este momento

es alguien importante para ti.

¿Y cómo cree que reaccionaría Gonzalo ante todo eso?

Para él la sinceridad es lo más importante, padre.

Pues claro.

Si es tan buena persona como dices

y está tan interesado en ti como parece

me inclino a pensar que te va a perdonar.

Ya lo verás.

¿Y si no lo hace?

Vienes de vacío.

Es que ni una triste hogaza me han querido vender.

Habrás pasado un mal rato.

Pues sí, pero no me importa.

Yo lo que siento es que no ha servido para nada.

¿Qué te han dicho en la tienda?

La tendera me ha dicho que sabía quién era yo.

Y que si quieren comprar comida

que lo hagan en Riberas del Rey.

Habrá más tiendas en este pueblo.

Sí, claro que las hay.

Y he ido, por eso he tardado tanto.

¿Te han dicho lo mismo?

Ha sido todavía peor.

Prácticamente me echaron a la calle.

Es de mi esposo.

Está roto y no conozco ninguna relojería.

¿Conoce usted alguna por aquí

donde pueda llevarlo a arreglar?

Lo cierto es que sí. -Ah, pues qué bien.

Es que mi marido le tiene tanto aprecio a este reloj.

No me gustaría que no lo reparasen como es debido.

Pierda cuidado, la relojería

de la que le hablo es de toda confianza.

Créame sé muy bien lo que digo.

La dueña es mi madre. -Ah...

(LLORA)

Pero, Antonia...

Que el chico no está bien.

¿Pero no me has dicho que se ha despertado?

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Seis Hermanas - Capítulo 470

24 mar 2017

Blanca descubre que Elisa finge ser una joven viuda. Diana se enfrenta al capataz de la bodega. Cristóbal revela a Rodolfo que Marina se está prostituyendo. Celia quiere que Velasco conozca a Simón. Blanca no acaba de encontrarse bien.

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  1. Ivonne

    Quitando el tema Marina es buena a pasado de ser la hija de un prestigiado medico a una prostituta con el talante de señora que. aburricion ya pongan otra antagonista por favor

    28 mar 2017
  2. Keka

    Estoy de acuerdo. No da un giro la historia de Marina ya comienza a ser aburridora. Deberian hacer algo ya que se puede dejar de ver una semana y cuando se retoma basta con imahibar lo mismo

    27 mar 2017
  3. Graciela

    Opino lo mismo que Belen,basta de las intirigas y maldades de Marina.Realmente un personaje insufrible!!!!!

    27 mar 2017
  4. Belén

    ¿ Que les pasa a los guionistas con Marina? están tan "enamorados " del personaje que no le pueden dar el "puntapié" final de una vez por todas? Se dice que la realidad supera muchas veces a la ficción, y en este caso la "ficción" supera la paciencia de los teleespectadores cuando se reiteran las situaciones desmedidamente. Otra que parecía haber madurado un poco, Elisa, sigue tan odiosa y mentirosa como siempre, no cambia más; esta telenovela debería cambiar el nombre por Barranca Abajo.........

    27 mar 2017