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No recomendado para menores de 7 años Seis hermanas - Capítulo 94 - ver ahora
Transcripción completa

Usted es mi padre, don Ricardo.

¿Usted lo sabía? -Yo no sabía nada.

Después de Elisa nunca pude amar a nadie.

Ella eligió a mi hermano dos veces.

Cuando eligió casarse con él...

y cuando eligió volver con él.

-A tu hermano lo he perdido, Antonia.

-¿Tú sabes quién es? -Es Adela Silva.

-Antes o después se dará cuenta de que obra mal.

Pero tú debes luchar. ¿Me entiendes?

-Cuando me separe,

podemos irnos. A una ciudad que nadie nos conozca.

Donde nadie nos juzgue. ¿Qué me dices?

Que me parece una idea maravillosa.

¿Por qué le pediste sustituirme?

Tú y yo sabemos que entre vosotros no hay

solo una amistad. Yo estoy

muy enamorada de Cristóbal, y no permitiré que tú lo estropees.

-"Me besó en los labios".

-Es que no es normal. Una señorita amiga de una obrera.

Esto es lo que buscaba.

-Te aseguro que no quiero verla más.

¡Lo sabías, y me lo has hecho pagar todo este tiempo!

Pero ¿sabéis qué? ¡Vosotras no sois mejores ni...!

¡Ya basta!

Mi padre no murió en el viaje de América, porque nunca lo hizo.

-Entonces, ¿dónde está ahora?

-Murió en el compromiso de Blanca.

-Es una depravada. Ha besado a Petra.

Que lo desmienta ella.

Quien calla otorga.

El doctor Loygorri se encargó de los trámites.

Él lo sabe todo. Nos ayudó mucho.

Por favor, guarde mi secreto. Se lo pido.

-Te lo prometo, sí.

¿Es el cuartel de Villacerros?

Quiero denunciar que tienen

a un hombre enterrado con nombre falso.

(Música)

Rodolfo, debes darme

todos los detalles de tu reunión con la marquesa de Liébana.

-Pues verá, le hice ver a la marquesa,

después de varias manos de "bridge",

que el mejor lugar donde depositar la herencia es nuestro banco.

-Bien, pero me refería a otros detalles. ¿Cómo tiene la casa?

¿De verdad, madre? ¿Nunca ha estado en su casa?

Claro que he estado, pero cuando vivía tu padre.

Pero desde entonces, la marquesa no ha parado de medrar.

¿Más café? -Yo sí, madre.

-Últimamente estáis tan ocupados los dos.

Es casi milagroso teneros a los dos juntos.

Tiene razón, pero he de marchar. El tiempo apremia.

Vaya. Si antes hablo. Siempre hay algo

más importante que hacer que estar aquí.

Sabe que no pienso eso, pero debo organizar la agenda

antes de empezar. Hoy tengo mucha gente.

-Deberías relajarte. Al final, quien necesitará un médico serás tú.

-Cierto.

No sé qué he hecho para tener hijos tan trabajadores.

Si fueseis más vagos,

podría disfrutar de vosotros. La culpa es suya,

por hacernos dos hombres de bien.

Pero sois demasiado responsables. Ahora lo veo.

Interesante discusión. Me marcho.

-Buenos días. -Buenos días.

-Buscamos a Cristóbal Loygorri.

Soy yo. ¿En qué puedo ayudarles?

Está detenido, señor Loygorri.

-Eso es imposible.

-¿Cómo que detenido? No.

Debe tratarse de un error.

¿De qué me acusan? -De ocultar la verdad

en el caso de la muerte de don Fernando Silva.

De no haber emitido el correspondiente parte de deceso,

y por ser cómplice en el enterramiento de su cuerpo

bajo identidad falsa. -¿Qué dicen estos señores?

-Señor agente, creo que se equivoca.

Acusa a mi hermano de algo que es imposible.

-No le pueden detener.

Es un error. Forzosamente debe ser un error.

-¿Por qué no dices nada? Cristóbal.

No hace falta hacer un escándalo. Me iré con estos señores.

-Pero hijo.

Debe haber una explicación. Dime que la hay.

-No se alarme, madre.

Hablaré con el abogado.

-¿Y por qué él no ha dicho nada cuando le acusaban de esos delitos?

(Puerta)

Señorita, tiene que comer algo.

De lo contrario, se pondrá enferma de verdad.

-Gracias, Rosalía, pero no tengo hambre.

-Jovencita, no es una cuestión de gustos.

Anoche se acostó sin cenar.

Estar tantas horas sin tomar nada no es bueno.

-No me entra nada.

No he podido conciliar el sueño en toda la noche.

-No pienso moverme de aquí hasta que tome algo.

Eso está mejor.

-Rosalía, quería disculparme por lo que tuvo que ver ayer.

-No piense en eso ahora.

Lo importante es que se reponga usted.

Cuando se sienta mejor,

verá el mundo de otra manera.

-No puedo evitarlo. Lo que dijo Miguel

y la forma en la que lo dijo me avergüenzan tantísimo.

Yo... me gustaría pensar en otra cosa

pero me es imposible.

-Espero que nadie le viera en ese lamentable estado.

Supongo que no, porque si no, los vecinos

habrían hecho algún comentario, seguro.

-Rosalía.

Me gustaría explicarle lo que pasó ayer. Con Miguel.

-No, no.

A mí no tiene por qué darme explicaciones, señorita.

-Pero me gustaría,

porque me siento muy mal. Y me gustaría que me entendiera.

-Preferiría no conocer los detalles.

Por lo que me pareció entender,

se trata de un asunto bastante... sórdido.

-Sórdido.

-Ya sabe lo que dice el refrán.

Ojos que no ven, corazón que no siente. Hay ocasiones

en que es mejor vivir en la ignorancia.

Esta es una de esas ocasiones, y si me lo permite,

prefiero seguir así.

Si de verdad quiere complacerme, coma un poco.

-Gracias, Rosalía.

-Pasaré luego a recoger la bandeja.

Si necesita algo, avise.

(Puerta)

Deberíamos hablar con Francisca. Se entiende muy bien con Celia.

No. Ya tenemos suficientes problemas.

¿No te parece? -Ay, señoritas.

¿Qué ocurre?

Me encontré a Engracia, la criada de los Loygorri,

y ella me ha dicho que los guardias han ido a la casa de los Loygorri

y han detenido a don Cristóbal. ¿Qué?

No puede ser.

-¿De qué se le acusa? -Al parecer

de ocultar la muerte de don Fernando.

Madre mía. Pero ¿qué es lo que pasa?

Cuando parece que levantamos la cabeza, algo vuelve a hundirnos.

-¿Qué saben exactamente?

-Señorita, lo saben todo.

Hasta saben dónde está enterrado.

Y dicen que don Cristóbal ayudó a enterrarlo

con el nombre de otro. ¿Cómo han podido averiguar algo así?

-Alguien nos ha delatado. Pero ¿quién?

¿Y qué vamos a hacer ahora? Pues avisar a Francisca.

Debemos actuar todas juntas e impedir que esto se ponga peor.

Pobre Cristóbal. En el calabozo por nuestra culpa.

Hablaré con Rodolfo cuanto antes. Aunque no sé qué decirle.

Intenta que él te diga qué le han hecho a Cristóbal.

Y si tiene abogado, si le podemos ayudar.

Él lo entenderá. La que me aterra es doña Dolores.

Ya veremos cuál es la mejor manera de controlar esto.

Ahora debemos mantener la calma.

¿Y quién habrá hablado?

Quizá fue el párroco de Villacerros.

-Yo no he sido. Se lo juro por lo más sagrado.

-Tranquila, nadie te acusa. Confiamos plenamente en ti.

-Menos mal. Las únicas personas

que lo sabíamos éramos nosotras, Cristóbal y el servicio.

Cristóbal no ha sido, y testigos no había.

Y dudo mucho que el párroco supiera quién estaba enterrado.

Sí, tienes razón. Yo misma vi el certificado de defunción.

No. No ha podido ser el párroco.

Pues ni doña Rosalía ni yo hablamos. Se lo juro, señoritas.

Tranquila, Merceditas.

Ha debido ser alguna de nosotras.

-Alguna que tenga algún motivo para hacerlo

O muy poca cabeza y un carácter impulsivo.

Me gustaría no estar en lo cierto, pero creo que ha sido Elisa.

Diana, ¿y cómo sabes eso?

Seguro que se lo dijo a don Ricardo, y él avisaría a la Policía.

Pues todo encaja.

Sí. Se dejó llevar por un impulso, se lo contó al tío Ricardo

y él nos ha hundido.

Pero ¿por qué habrá hecho algo así? Hay que hablar con ella.

Algo hay que hacer. Sí. Esto no puede acabar así.

Por su culpa Cristóbal está en la cárcel.

Y a saber lo que será de nosotras.

Pero ¿cómo ha podido ocurrir?

Elisa. No me lo puedo creer.

¿Y ahora qué vamos a hacer, Diana?

Intentaré no hacer nada que empeore las cosas.

Pero mantenme informada, por favor.

Adiós, Diana.

Buenos días.

Quería haberte llamado por teléfono, pero decidí dar la sorpresa.

Ah. ¿Y de qué se trata?

¿Cómo que de qué se trata? Francisca.

Hoy es el gran día.

Hoy es la audición en el Teatro Real.

¿Hoy? Pues me va a ser imposible asistir, Luis.

¿Cómo? Si es la oportunidad de tu vida.

Ya, pero me ha surgido un problema.

Te lo contaría, pero no puedo hacerlo.

Es cosa de Gabriel, ¿no?

Es cosa suya. No quiere que triunfes.

Te equivocas. Desperdiciarás tu vida con un patán

que no te deja cumplir tus sueños. No es eso.

Ah, ¿no? Pues no te creo.

Pase por aquí. -Gracias.

-La señorita Adela no tardará en bajar.

-Muy bien.

Buenos días, Antonia.

¿En qué puedo ayudarla? No teníamos ninguna cita.

No. Mire,

yo podría hacerme la señora y hablar un poquito del tiempo,

de lo bonita que está su casa, pero no quiero dar rodeos.

Sé lo suyo con mi hermano.

No sé de qué me habla.

Vamos, que somos mayorcitas. No me haga que se lo deletree.

No entiendo su visita.

Mire, las Silva nos miran a todos por encima del hombro

alardeando de su buena cuna.

Y yo veo que son unas frescas.

No toleraré que venga a insultarnos. Ah, ya.

Usted no tolera un insulto,

pero sí tolera tener una historia con un hombre casado

que acaba de ser padre.

Es curioso lo suyo.

Le pido que se marche de mi casa. No. Aún no terminé.

Claro, no me extraña.

Viven en un palacio como este, crecen entre algodones

y por eso se creen mejores, y que las reglas

no son para ustedes. No es bienvenida aquí. Por favor.

Yo no tendré educación, pero no tengo nada que esconder.

Pero ¿usted?

¿Puede salir a la calle y no se le cae la cara de vergüenza?

Por suerte, no necesito su permiso ni su aprobación.

Ya me marcho. Que a mí tampoco me gusta

estar en compañía de una robamaridos como usted.

Pero una cosa le voy a decir:

No permitiré que un hombre bueno como mi hermano

no pierda su decencia con una como usted.

Y menos que su familia se rompa por algo así.

Váyase. Por favor se lo pido.

Con dios.

(SUSPIRA)

(Pasos)

Pasa, Blanca, y siéntate. Tengo un día horroroso.

Me imagino.

¿Cómo se encuentra?

Pues me falta el aire.

Casi no puedo respirar. Estoy mareada.

Me tomé dos tilas, dos o tres tazas de agua de azahar.

Le iba a pedir a Cristóbal algo más fuerte, pero claro,

está detenido.

¿Y tú cómo estás, hija?

Pues estamos todas muy preocupadas, doña Dolores.

¿Y no tiene alguna novedad?

No. Desde que se lo llevaron, no sabemos nada.

Ni cómo estará.

Mi hijo, que en su vida solo se ha preocupado por los demás.

Y se ha sacrificado. Y ahora

está tratado como un delincuente. Es lamentable, doña Dolores.

Créame que lo sentimos muchísimo todas.

Lo sé. ¿No está Rodolfo aquí?

No. Ha ido a visitarle. No sé cuándo volverá,

pero cada minuto de espera me destroza.

Es comprensible.

Es que no dejo de darle vueltas

a lo que dijo el Policía.

Que mi hijo ocultó la muerte de tu padre, y que además

posibilitó que le enterrasen con otro nombre.

Jamás pensé que mi hijo participaría en algo así. Y además,

¿para qué?

¿Tú sabes algo de todo esto?

Está bien, doña Dolores.

Déjeme que le explique.

Mi padre murió de forma repentina en un accidente en la fábrica.

Y nos dimos cuenta de que sin él no podríamos seguir adelante.

Que ninguna de nosotras podría dirigir la fábrica.

Ya. Y sin la fábrica no tendríamos nada.

Cristóbal lo entendió y por eso decidió ayudarnos.

¿Mi hijo arriesgó su reputación por ayudaros?

Él sabía a lo que se enfrentaba. Ninguna de nosotras le engañó.

¿Que no? Os aprovechasteis de mi hijo Cristóbal.

Él no quería que nos quedásemos sin nada.

Si le parece que eso es aprovecharse de él...

Pero qué poca vergüenza tienes. Por favor, doña Dolores.

Intente entendernos.

Queríamos luchar por la fábrica. No teníamos

otra opción.

Por fin tengo en mi poder

el certificado de defunción de Fernando Silva.

-Estupendo.

No sabe cuánto me alegro de oír eso. -Y yo.

Ahora podemos oficializar el testamento,

y ya seré el dueño de Tejidos Silva.

-Todo está en orden.

Y esto era lo único que quedaba pendiente.

Ya no quedan trámites que hacer.

Enhorabuena. -Muchas gracias.

-Estupendo.

Me alegro de que todo se haya solucionado

y de una manera limpia y legal. -Muchas gracias.

-Un placer trabajar con usted. -Igualmente.

Elisa, cariño. Pero qué sorpresa verte por aquí.

Ven.

-Estoy muy enfadada con usted. -¿Eh?

-Me prometió guardar el secreto

de la muerte de mi padre, y no lo cumplió.

Ahora mis hermanas piensan que hablé yo.

-Y están en lo cierto.

-¿Cómo se le ocurrió denunciarlo?

Ahora mis hermanas me odiarán por su culpa.

-Si la memoria no me falla, te odian desde hace mucho. O eso has dicho.

-Y Cristóbal está en la cárcel. Todo por habernos ayudado.

-Por ayudaros y haber cometido varios delitos.

No seas niña. -Pero no quería cambiar las cosas.

Cristóbal se arriesgó por nosotras, y ahora está en la cárcel.

No comprendo por qué ha hecho esto.

-Porque es bueno para los dos.

Hacía falta encontrar el cuerpo

para tener su certificado de defunción.

Para que tú y tus hermanas pudierais disfrutar de la herencia.

-No sé si eso es algo bueno. -Por supuesto que sí, jovencita.

Podéis recuperar vuestra parte de la fábrica

y dejar de mentir y de ocultaros.

¿No estás harta de tanto disimular?

-La verdad es que sí, tío, pero Cristóbal...

-No. No te preocupes por él. Estoy seguro

de que saldrá de la cárcel pronto.

Su familia contratará al mejor abogado.

Y los delitos de los que le acusan no son muy graves.

No temas por él.

-Espero que así sea.

Pero aun así, tío.

Cuando vuelva a mi casa, mis hermanas seguirán odiándome.

Y no sé qué hacer para que me perdonen.

-Ya se les pasará.

Entenderán que no se puede estar con esa mentira.

-¿Y si no?

Tío, ¿y si no me entienden?

¿Y si creen que soy una traidora?

-Si no te perdonan es que no te quieren.

-No sé, tío. Yo me siento muy culpable.

No quiero que mis hermanas me odien.

-Escucha, escucha.

Tus hermanas son el pasado. Debes mirar al futuro.

Recuperar el tiempo perdido conmigo,

que soy tu padre.

Así que la situación es esta:

mi hijo os salva de la ruina

y como consecuencia está en la cárcel.

Y nosotras lo lamentamos mucho. Y no solo le hacéis delinquir,

sino que además me has engañado todo este tiempo.

A mí, que te he tratado como a una hija.

Que te he metido en esta casa. Que he soportado

tus desplantes, tus rebeldías, y me pagas con falsedades y mentiras.

Le juro por lo que más quiero

que yo he pasado una tortura con todo esto.

Rodolfo supongo que tampoco sabe nada de todo esto.

No.

Ah. También has estado engañando a tu prometido.

Pero qué decepción contigo y con tus hermanas, Blanca.

Por favor, no teníamos otra opción.

Solo me queda pedirle disculpas de corazón y esperar

que algún día nos perdone. ¿Perdonar?

Sí. Nunca te perdonaré.

Por favor. Escucha una cosa,

porque no te la repetiré:

no permitiré que te cases con mi hijo.

Bastantes desgracias habéis traído aquí.

Los escándalos de tus hermanas y ahora esto.

Está enfadada.

Te aseguro que esa boda no llegará. Doña Dolores...

¡Que no quiero más explicaciones! Debe perdonarnos.

¡No! No más explicaciones. No quiero verte nunca más.

Doña Dolores, debe perdonarnos.

Haré que Rodolfo nos perdone. Entiendo que esté enfadada.

De verdad.

Pero no es necesario que rompa nuestro compromiso.

No necesito tu opinión. ¡Engracia!

Le explicaré la situación a la que nos enfrentamos.

Seguro que nos entenderá. Por favor.

Acompaña a esta mujer a la puerta.

Espero que recapacite.

Pues no esperes. Y no vuelvas. Aquí ya no eres bien recibida.

Buenas.

Hermano.

Gracias por venir.

Quién te iba a decir

que un día verías a tu hermano pequeño entre rejas.

Sé que este no es tu lugar predilecto, pero...

Bueno. El tuyo tampoco.

¿Cómo está madre?

¿Cómo va a estar? Sufriendo.

A tilas todo el día, y medio desmayada en el sofá.

Y creo que por una vez no le está echando teatro.

Lo cierto es que todos lo estamos pasando mal.

Siento ser la causa de todo esto.

Debo preguntártelo.

Lo que dijo el policía... ¿es verdad?

Sí.

Me parece imposible que hicieras eso. Por si te sirve de algo,

en el momento pensé que era lo correcto.

Precisamente tú,

con lo íntegro y lo racional que eres.

Blanca y sus hermanas me lo pidieron, y quise ayudar.

Sabía que podía pasarme esto.

Te tenía por alguien más inteligente. Pues mira dónde estoy.

No puedo decir que te falte razón.

¿Lo hiciste para ayudar a las hermanas o para ayudar a Blanca?

¿Qué insinúas? Tengo derecho a saberlo.

Es mi prometida. No tiene sentido pensar mal.

Ayudé porque soy médico.

Por eso me pidió ayuda a mí. Me da que pensar.

Que te hayas jugado tu carrera por ayudarla a ella.

Aprecio a Blanca.

Es de mi familia.

Se va a casar contigo.

Ya. Escucha, no te pongas susceptible.

Deberías dejar atrás tus celos y pensar que todo esto

en parte también lo hice por vosotros.

Discúlpame. No debí decírtelo. No importa. Ahora lo importante

es saber cuándo saldré de aquí. Aquí nadie me dice nada.

No tengo abogado.

Tienes el mejor abogado ahí fuera. Créeme.

Saldrás de aquí pronto. Tienes mi palabra.

No esperaba menos de ti.

Voy con madre, ¿de acuerdo?

(Puerta)

Buenos días, doña Rosalía. Pase.

-Hola, Petra.

-Mi padre ha salido a pasear con un amigo. Igual tarda un poco.

-Bueno. Puedo esperar un rato.

-Ahora que no nos oye, quería agradecerle sus visitas

y la comida que le trae.

-Don Benjamín es muy querido por las Silva, y a no me cuesta nada.

-Se lo agradezco doblemente.

Yo echo tantas horas en la fábrica

que no tengo el tiempo que me gustaría para cocinar o estar con él.

-Ya te digo que me gusta poder ayudarle.

Pero aprovechando que no está,

quiero comentar contigo otro asunto.

-Claro. Siéntese, por favor.

-Sé que ya no eres la prometida de Miguel.

Pero estoy segura de que sigues viéndole a menudo en la fábrica.

Y no puedo creer que consintieras lo que hizo ayer.

-¿Qué hizo? Es que no sé de qué me habla.

-Miguel vino a casa completamente borracho, en un estado lamentable,

insultando a la señorita Celia. Diciendo cosas...

imposibles. Hablando sin decoro

de intimidades de la señorita Celia que tienen que ver contigo.

-No. No sabía que había hecho esto.

-Incluso llegó a decir que si la señorita Celia

seguía acercándose a ti, podía tener problemas.

A punto estuve de llamar a los guardias.

-Me horroriza lo que hizo, pero yo no tengo nada que ver.

-Me gustaría creerte, pero...

me parece que tu actitud es la de una desvergonzada.

Así le pagas su amistad.

-A mí tampoco me gusta el escándalo que montó Miguel.

-Pues debiste pensarlo antes, porque ya ves cómo se comportó.

-Lo siento. Yo también estoy muy disgustada.

-No creo...

no puedo creer que lo que dijo Miguel sea cierto.

Pero desde anoche, Celia se ha encerrado en su cuarto,

apenas come, apenas duerme.

Y la oigo llorar a todas horas.

-Ojalá pudiera cambiar las cosas.

-Ella no se merece esto.

Y tú no te mereces su amistad.

No me encuentro con ánimo para esperar a Benjamín.

Vendré a verle otro día.

Enrique, me voy. Quédate con la vuelta.

-¿Dónde vas con tanta prisa? -Debo ir a la tienda.

-¿A estas horas? ¿No cierras ni para comer?

Espérate, Germán.

Tenemos que hablar.

Antonia me lo ha dicho.

-¿El qué? -Todo.

Que estás engañando a Carolina.

-¿Y ella cómo lo sabe?

-Porque tu mujer se enteró y se lo contó a la mía.

-Dios mío.

-Deberías haber tenido más cuidado.

Y lo peor no es eso. Antonia se ha ido a hablar con doña Adela.

-¿Qué? -No he podido impedírselo.

-¿Por qué va? No es asunto suyo.

-Ya conoces a tu hermana. Para Antonia, todo es asunto suyo.

-Qué desastre.

¿Ahora qué haré?

-Dejar a doña Adela.

-No voy a dejar a Adela. No quiero. Ni puedo.

-A ver, atiéndeme.

Germán, debes pensar en tu familia y en tu situación.

¿De verdad dejarás a tu esposa para irte con una viuda?

¿Para ti los votos matrimoniales no significan nada?

-Amo a Adela. Es la mujer de mi vida. -Estás loco.

Y te equivocas. Y te vas a arrepentir.

-No es posible.

Pero ya no hay nada que ocultar. Hablaré con Carolina.

Le pediré la nulidad matrimonial.

-Entonces, nada de lo que yo pueda decirte te hará cambiar de opinión.

-No, me temo que no. -Qué lástima, Germán.

Estás a punto de arruinar tu vida.

(Puerta)

Celia.

¿Sigues así?

No tengo fuerzas para levantarme.

Me han dicho que apenas has comido nada.

Rosalía intentó que comiera galletas, pero no tengo hambre.

Comeré algo luego, supongo.

¿Vas a salir? Estás muy guapa.

Voy a hacer unos recados, que se me echa el día encima.

Celia,

yo quería preguntarte

si lo que dijo ayer Miguel es cierto.

¿Besaste a Petra?

Sí, lo hice.

Eres mi hermana y te quiero muchísimo.

Pase lo que pase y por encima de todo. ¿Me oyes?

Pero eso no está bien, Celia.

No sé, Adela. Fue un impulso.

Pero ¿por qué hiciste algo así?

¿Tú nunca te has enamorado de la persona equivocada?

Es que no estamos hablando de amor, Celia.

Besar a una persona de tu mismo sexo no es una cosa...

¿Qué? ¿No es normal? Pues yo no creo que sea nada malo.

Yo estoy enamorada de Petra.

Y ese tipo de amor ha existido desde hace mucho tiempo.

Está en las novelas, está en las obras de teatro.

No le eches la culpa a los libros. No, no le culpo a nadie.

Solo digo que no es importante

si la persona a la que amas es un hombre o una mujer.

El amor debe estar por encima de todo eso.

Ay, Celia.

Te oigo hablar y...

Mis sentimientos no son malos.

Son puros.

Pues no serían tan puros si la besaste contra su voluntad.

Besar a una mujer no es como escribirle una poesía.

No es regalarle algo bonito a una amiga. ¿No lo ves?

Supongo que tienes razón.

Pero mis sentimientos son tan fuertes que no creo que sean malos.

Pues yo lo veo desde fuera y te digo que lo son.

Pero no quiero que te preocupes. Buscaremos ayuda,

a alguien que pueda curarte. Un especialista.

Yo no necesito un especialista. Necesito que me entendáis.

Pero es que hay gente que puede curarte.

Y dentro de poco todo esto

te parecerá un mal sueño. Ya verás.

Sí, esto es una pesadilla.

Pero yo no voy a ir a un médico. Y menos por este tema.

Estás muy confundida.

Pero tus hermanas estamos aquí para ayudarte.

Adela, yo siento mucho haceros pasar vergüenza.

Y siento todo esto que está pasando,

pero... yo no voy a hablar con un extraño de todo esto.

No te vamos a dejar así.

Necesitas ayuda para superar esto.

Y reconocer que tienes un problema es el primer paso para curarte.

Eh.

Quiero tres turnos,

para que haya siempre gente trabajando.

Así crecerá la productividad.

-Don Ricardo, sé que es usted el nuevo dueño de la fábrica,

y entiendo que...

-Cómo le gustan los circunloquios. Al grano.

-Lo que propone es un problema para los empleados.

-Los empleados lo que quieren es un jornal.

Si quieren conservar su puesto, harán el cambio

sin quejarse. ¿De acuerdo?

Otra cosa: Bernardo,

necesito ver los albaranes

de los pedidos hechos esta semana. ¿Puede traérmelos?

-Los dejé en su despacho. Podemos subir a verlos.

-Resulta que necesito verlos ahora.

-He revisado esos papeles antes, y le aseguro que están en orden.

-No tengo duda de que así sea, pero necesito verlos.

-Disculpe, pero ¿no se fía de mí?

(SUSPIRA) Bernardo, entiéndame. Perfeccionista que es uno.

-Está bien. Subiré y se los traigo.

Algunos no saben captar una indirecta.

-Disculpe, don Ricardo, pero no lo entiendo.

Será que yo tampoco capto las indirectas.

-Quería hablar con usted y no quería que estuviera Bernardo.

-Dígame. ¿En qué puedo ayudarle?

-Lo primero es que me alegro mucho de contar con usted

a pesar de los errores que cometió en el pasado.

-Le agradezco su generosidad.

-Uno de ellos fue que se presentara en la lectura del testamento.

Pero bueno, como me cae bien,

he decidido no tenérselo en cuenta.

-Gracias, supongo.

-Valoro mucho su experiencia y la de Bernardo en Tejidos Silva.

Él será muy eficaz llevando los asuntos legales de la fábrica.

No me cabe duda.

-Me alegra que piense eso. Yo pienso lo mismo.

-El caso es que he pensado

que usted, que es más vivo, podríamos decir,

quizá le interesaría colaborar conmigo

de una manera diferente.

-Disculpe, pero sigo sin captar sus indirectas.

Tendrá que ser más claro conmigo.

-A mí... la fábrica me da igual.

-Entonces, ¿a qué viene su interés por hacerse con ella

durante todo este tiempo?

-Siempre pensé que podría ser una... tapadera

para un negocio más lucrativo.

Y para ese otro negocio me gustaría contar con usted.

¿Quiere escuchar de qué se trata?

-Sí.

-Bien.

Y cómo se pasea don Ricardo. Dándose unos aires.

-Peor que antes, porque ahora sí que es propietario único.

-Pues imagínese la que nos espera con él.

-Echaremos de menos

los tiempos pasados. Y eso que creíamos duro el trabajo.

-¿Y tú qué haces aquí?

-De pronto, hacerme compañía, que no es poco.

¿Eh? Trátale un poco mejor, hija.

Que me hace el día más llevadero.

-Perdone, padre.

Contigo precisamente quería hablar. -Pues si vais a discutir,

yo me quito de en medio.

-¿Cómo te presentas en casa de las Silva y dices lo que dijiste?

-Pensé que debían saberlo.

-Presentarte borracho delante de ellas y decir eso.

Te dije que no lo dijeras a nadie. -Te estaba ayudando.

-Sí, ayudando.

Ahora Celia está encerrada en su cuarto sin comer. Está fatal.

-Pues poco me parece. Intentó besarte.

-¡No tenías derecho a montar ese escándalo!

-Si te estaba protegiendo.

¿O te parece bien que haga lo que quiera?

-Dijiste cosas horribles de Celia, y ella no es así.

-Ah, no. ¿Y cómo es? ¿O te gustó? -¡No! ¡No me gustó!

Pero ya se lo dije yo. -Yo hice lo que debía.

Le dije que no te molestase más.

-No necesito que me defiendas, y menos de Celia.

-Menos mal que no tengo amigos así. Me insultarían por la calle.

-No te consiento que hables así.

Y sí, ella se equivocó, pero tú me avergüenzas.

Has hecho que todo sea peor.

-Pensé que me darías las gracias, pero me equivocaba.

Porque siempre pones por delante a las Silva.

-A ti nadie te dio vela en este entierro,

y ahora Celia está fatal por ti. -Me da igual cómo esté.

Se propasó contigo.

No puede hacer lo que quiera.

Nosotros somos gente sencilla, no como ella.

-Márchate, que no quiero hablar contigo.

Y otra vez ni preguntes si necesito ayuda.

-Como quieras.

Hasta luego.

Petra.

Pero ¿todo eso es verdad?

Ven aquí.

Por fin me han dejado pasar. Llevaba todo el día intentándolo.

Lo importante es que estás aquí.

Tienes buen aspecto. Eso me tranquiliza.

Tú también estás muy guapa.

Aún tienes ánimos para bromear. Eso me hace pensar que estás bien.

Sí. No te preocupes por eso. Estoy tranquilo. Estoy bien.

Ojalá pudiera estarlo yo. No quiero que lo pases mal.

No hay necesidad.

Pero me resulta imposible sentirme bien, estando tú aquí dentro.

Marina, escúchame.

Todo va a salir bien.

Estoy seguro de que se resolverá todo en pocos días.

¿Cómo lo sabes? Confía en mí.

Eso espero.

Pero no entiendo por qué hiciste esas cosas.

En aquel momento pensé que era

lo único que podía hacer.

Quizá me equivoqué.

Pero lo que no puedo entender es cómo alguien tan inteligente como tú

pudo meterse voluntariamente en algo tan grave.

¿No conocías las consecuencias?

¿No te diste cuenta que podías acabar así, entre rejas?

Sí. O perder tu licencia.

Sí, pero las hermanas Silva estaban en una situación delicada.

Me dijeron que podían perderlo todo si revelaban que su padre murió.

¿Qué podía hacer?

Ya. ¿Y quién te lo pidió?

Blanca. ¿Por qué me lo preguntas?

Blanca. Blanca, Blanca.

Siempre Blanca. Es la prometida de mi hermano.

¿Qué tiene de raro que fuera ella?

¿Qué hay de extraño que quisiera ayudarla? Si es casi de mi familia.

No puedo creer que estés en la cárcel por su culpa.

No estoy en la cárcel

por culpa de nadie. Nadie me obligó a hacerlo. Lo hice libremente.

Blanca me contó... Blanca.

¿No te das cuenta? No te cansas de hablar de Blanca.

Bueno... Marina, estás obsesionada por que tengo sentimientos por ella.

Y eso lo único que hace

es hacerte daño.

Y hacérmelo a mí. No me gusta que desconfíes de mí.

El que está obsesionado con Blanca eres tú.

Somos amigos.

¿Cómo debo explicártelo? ¿Cuántas veces debo explicártelo?

No hace falta que lo sigas explicando.

Porque aunque tú no lo veas claro,

yo sé la verdad. Ah, ¿sí? Bueno,

pues ilústrame.

Evidentemente, hay cosas,

como arriesgarse a entrar en la cárcel, que uno no hace

por una futura cuñada o por una simple amiga.

Esa es tu opinión, Marina. No.

Eso solo se hace por amor.

Si no quieres entender por qué lo hice, no lo hagas.

Estoy contigo.

Estoy contigo. Confía en mí.

No. Ya no sé si voy a poder.

Estamos juntos.

¿No deberías empezar a creerte lo que te digo?

Yo creo que estás enamorado de ella, y cuanto más tiempo

paso contigo, más convencida estoy.

Yo no puedo unirme a un hombre que no me quiera.

Marina, no digas eso. No es verdad.

Si tanto la quieres,

si tanto eres capaz de sacrificar por ella,

¿por qué no te casas con ella?

No me estás escuchando.

Es a ti a quien quiero.

Yo no puedo permanecer junto a un hombre...

que está enamorado de otra.

Por mucho que ese hombre seas tú. Por mucho...

que me parta el corazón y me muera.

¿Me estás dejando?

Llámalo como quieras.

Pero esta relación debe terminar.

Pero... ¿no puedes esperar a que me saquen de aquí

y que lo hablemos... con calma?

Quizá tú no te has dado cuenta, porque eres demasiado bueno,

y crees que no la quieres,

¿verdad?

Pero yo lo veo tan claro.

Tan claro.

Te deseo toda la felicidad del mundo.

De verdad que sí.

Ojalá pudiera vivirla a tu lado.

Echo de menos muchas cosas de esta casa.

Pero lo que añoro muchísimo es la comida.

Siempre tuvo usted buen diente, señorita.

Los bizcochos de Merceditas están deliciosos.

Parece mentira que deba irme para apreciarlos como se merecen.

Se lo diré de su parte.

No. Mejor no se lo diga, Rosalía.

Ya sabe cómo es, indiscreta. Y lo suelta todo sin querer.

Y no quiero que se entere Blanca.

No se preocupe, señorita.

Estoy segura de que tarde o temprano se solucionarán sus problemas.

Bueno, aún tenemos otros problemas.

La detención de Cristóbal. Ande, siéntese conmigo.

No puedo creer que Elisa lo contara todo

y que por eso detuvieran a Cristóbal.

Yo ya no sé qué pensar de todo lo que está pasando.

Si me hubieran preguntado hace un año,

habría jurado que a día de hoy estarían ustedes casadas,

o al menos prometidas con un hombre de bien.

Y desde luego, unidas.

Pero no se ponga triste. Todo va a salir bien. Sonría.

Cuánto la echo de menos, señorita. Siempre supo arrancarle una sonrisa

a cualquiera. Ya, menos a Blanca.

Deje de cantar en ese tugurio. Se lo pido por favor. Pida perdón.

Rosalía, pero... No puedo creer

que sea usted feliz en un sitio así.

No es lugar para una señorita.

Estoy segura de que desea dejarlo.

Hoy he perdido una buenísima oportunidad.

Una prueba para el Teatro Real.

¿Y por qué la ha perdido?

Luis me consiguió una audición para "Las bodas de Fígaro".

Pero con la detención de Cristóbal no me pareció oportuno.

Creo que ha hecho usted bien, señorita.

Vuelva a casa, señorita Francisca.

Sus hermanas la necesitan.

¿Celia cómo está?

Apenas sale de la habitación, y no quiere comer nada.

Usted siempre fue su mejor amiga.

¿Y si intenta hablar con ella? Me da mucha pena verla así.

Pero se lo advertí. Que ocultase sus sentimientos.

Pero... No lo entiendo.

He visto nacer a Celia.

Siempre ha sido una niña alegre, simpática,

y ahora se ha convertido en algo que...

que no entiendo.

Quizá con un buen médico o un tratamiento se cure.

Voy a ver cómo está.

¿Por qué no le sube usted este trozo de bizcocho?

A ver si se anima y come algo.

Y usted no se preocupe. Se pondrá bien.

Ay. Dios la oiga.

(Puerta)

Por fin. Pensaba

que no vendrías.

-Hola, Germán.

Es bonita la habitación.

Tampoco de gran lujo, pero claro...

Hay que ajustarse al presupuesto para venir muy a menudo.

-Carolina.

-Así que es aquí donde os reunís todas las tardes.

Y pensar que yo me creí todas tus excusas. Una tras otra.

Debes pensar que soy una tonta.

-No sé cómo te has enterado, pero me gustaría haber sido yo

quien te lo dijera. -Ni siquiera estaba buscando

cuando se cayó la caja de cerillas de tu chaqueta.

Simplemente pasó.

Confiaba tanto en ti

que podrías haber seguido engañándome muchísimo más tiempo.

-Carolina, me gustaría hablar contigo para que me entendieras, pero...

-Ha sido horrible enterarme así.

Pero no tanto como imaginar ahora mismo

lo que viene pasando entre estas cuatro paredes.

Ya veo que ni siquiera harás el esfuerzo de negarlo.

-Odio hacerte daño, pero...

-Sí. Me lo vas a hacer de todas formas.

-Me he enamorado de ella.

-Di su nombre si te atreves. -Ya sabes quién es.

-Siempre lo supe.

Pero una curiosidad que tengo:

¿qué te da ella que no pueda darte yo?

-Por favor, no hurgues en la herida. Ya es lo bastante duro para ambos.

-Pobrecito, cuánto sufres.

-Carolina, ahora estás dolida y no es el momento.

Me gustaría hablar contigo para hacer bien las cosas.

-¿Hacer bien las cosas? Yo tengo otra idea.

-Carolina, deberías irte.

Carolina, por favor. Debes marcharte.

¿Tú y yo no sabíamos nada de esto? -No. Creíamos que estaba de viaje.

-Entonces, ¿quién me contrató? ¿Las hermanas?

-Supongo que sí.

Ahora sabemos que fue para poder seguir con la fábrica.

-Me contrataron como hombre de paja. Muy bien.

-Bueno, al principio puede que sí, pero trabajaste como el que más,

y yo fui el primer sorprendido. -Eso ya da igual.

Las Silva ya no son las dueñas, ni yo el director.

Y cada día estoy más seguro:

las Silva son mentirosas profesionales.

-Bueno, yo debería irme. Puri me espera.

-Pues que espere. No has acabado la copa.

(CARRASPEA) Por cierto,

¿qué quería don Ricardo?

Porque la excusa de los albaranes fue burda para dejaros solos.

Sería para decirte algo solo a ti.

-Eso. Nada importante. Temas de la fábrica.

-Vamos, que no me lo cuentas. -Mira que te pones insistente.

-Sé que debe ser algo importante, pero no podrás confiar en tu amigo,

ese que te sacó de tantos problemas.

-Tú no confías en mí si te digo que no era importante.

-O sea, que no me lo quieres contar. -¿Cambias ya

de tema o me voy a otro bar?

-Vale, no te pongas a la defensiva.

Pero don Ricardo no es de fiar.

Lleva meses intentando hundir la fábrica.

-Para comprarla más barata.

Puede que no sea un manejo elegante, pero suele hacerse.

-Ha intentado fastidiar a las Silva, a sus sobrinas.

Y lo ha hecho de todas las formas posibles.

-Pues supongo que no se llevarán bien.

Sus asuntos no me incumben.

-Creó problemas para fastidiar a la empresa.

-Que ahora es suya.

No creo que quiera hundir Tejidos Silva.

-Por no hablar del asalto al camión, en el que saliste herido.

No me extrañaría que don Ricardo

estuviera tras eso. -Está bien.

No te cae bien. Me doy por enterado.

Pero es nuestro jefe, y debemos despachar con él.

-Despacha lo que tú quieras. Yo no tengo por qué hacerlo.

Solo te pido que no te fíes de él.

-Está bien, tendré cuidado.

Pero debo trabajar. Estoy arruinado, y de algo debo vivir.

-¿Por qué me da que lo que te digo no te interesa nada?

-De cada historia siempre hay dos versiones,

y de esta solo tenemos la de las hermanas.

-Por favor. Es increíble que salgas con estas después de lo que hizo él.

-Pues a mí me parece un buen hombre de negocios.

-Salvador, por favor,

fíjate de mi palabra. Te estoy advirtiendo.

-Y yo le daré una oportunidad.

Además, me paga un buen dinero.

-Ah. O sea, que solo te importa eso.

-No me ofendas y tranquilízate un poco.

¿Seguiremos hablando de lo mismo, o no tienes suficiente?

Bien.

Yo me voy a pedir otra copa.

Enrique, por favor, sírveme otra. -Enseguida.

No me mires así. No es la primera vez que me ves.

-Deberías irte.

-¿Por qué? ¿Va a venir tu mujer y nos va a sorprender juntos?

-¿Por qué haces esto? Estoy enamorado de otra mujer.

-Para recordarte por qué te casaste conmigo.

Todo empezó igual que con ella. No somos tan distintas.

-¿No ves que si Adela llega en este momento

será muy desagradable para los tres?

Será un escándalo.

-Vaya. Te citas cada tarde en un hotel con tu amante

y ahora te preocupa el escándalo. -Carolina, por favor.

-¿No me das un beso de despedida?

-Carolina, no quiero ser brusco contigo.

-Antes no podías apartar tus manos de mí. ¿No te acuerdas?

Tanto no te desagradaré.

-¿No tienes un poco de dignidad? Estoy enamorado de otra mujer.

-Puedes pensar que soy ella. No me importa.

-Por favor, no te rebajes así.

-Haré lo que sea con tal de estar contigo. ¿Lo entiendes?

(SOLLOZA)

-Carolina. No quería empujarte.

Carolina.

Carolina, no llores. Por favor. No lo soporto.

-Eso es porque me quieres, aunque sea un poco.

-No dejaré de quererte de un día para otro, pero...

-Por favor. Quiero estar contigo, aunque sea la última vez.

-Eso no está bien.

-Claro que está bien. Todavía soy tu mujer.

(DIANA) Estoy preocupada. No ha bajado de su habitación.

Sí, yo también estoy preocupada.

Hay que buscar una solución. Ahí está Elisa.

Elisa, ¿qué haces aquí?

-Lo mismo que vosotras.

Esta es mi casa, igual que la vuestra.

Ay, Elisa.

Pero... ¿se puede saber qué os pasa?

-¿Y tú lo preguntas?

Qué desfachatez la tuya.

Nos has traicionado. ¿Por qué lo has hecho?

-Yo no lo hice con esa intención.

Pues podrías pensar

las consecuencias que tienen tus actos.

Yo nunca pensé que iba a pasar lo que está pasando.

Además, si lo pensáis, es lo mejor.

Ya no tenemos que mentir más.

¿A que sí? Adela, díselo tú.

Por tu culpa Cristóbal está en la cárcel.

-Y hemos caído en desgracia. No podemos salir por miedo al qué dirán.

Incluso puede que nos metan en el calabozo.

Llevábamos mucho pasándolo mal.

Y ahora que pensábamos que todo iba bien, vas tú y lo cuentas todo.

-Yo se lo conté al tío Ricardo porque estaba dolida.

Y le pedí que no lo contara, y prometió guardar el secreto.

-Claro. Como es tan buena persona. ¿Cómo puedes ser tan ingenua?

Parece que no le conozcas.

Y le cuentas nuestro mayor secreto, y se lo pones en bandeja.

Me he equivocado.

Está muy bien que lo reconozcas, Elisa.

Pero vosotras me habéis hecho daño,

y me habéis dado de lado. ¿O es que eso no cuenta?

-No cambias. Te crees el centro de todo.

No ves más allá de tus narices.

-Lo siento.

-No es suficiente. -¿Qué más quieres que haga?

Ya has hecho suficiente.

Pero tenéis que perdonarme. Soy vuestra hermana.

Siempre te hemos perdonado, pero esto es muy grave.

Y parece que no te das cuenta.

-Ahora pediré que recojan tus cosas y que las dejen

ahí fuera, en la puerta del servicio.

Y ahora vete.

Esta ya no es tu casa.

-No. No tengo dónde ir.

Pues haberlo pensado antes.

¿No os importa lo que me pase? -A ti no te importó perjudicarnos.

Lo siento, pero esta ya no es tu familia.

-Está bien, me marcho.

Pero os aseguro que os vais a arrepentir de esto.

No lo voy a olvidar nunca. Nunca.

(Portazo)

Debe darse cuenta de lo que ha hecho. No tardará en volver ni media hora.

¿Tú crees? Parece que no la conocéis.

Elisa no es Francisca. No va a volver.

Si hubierais visto cómo me echó doña Dolores.

Si no nos hubiéramos dejado convencer por ese discurso de Adela.

Todas votamos que sí. Hasta tú.

No es justo culparla así. Claro que es justo.

Corre por Madrid el rumor

de que la señorita Celia

intima con mujeres.

Entre los círculos de la sociedad siempre seré una bastarda.

-El origen se olvida fácilmente con el dinero.

Y para demostrártelo haremos una gran fiesta.

-Si no he hecho mi puesta de largo.

-Por eso vamos a celebrarla.

No quiero volver a veros a ninguna de las hermanas nunca.

Fue idea mía. Fue ella

quien convenció a Cristóbal. Pero por indicación mía.

Yo soy la hermana mayor, y debía ayudar a mi familia.

La única responsable soy yo.

¿Tú de verdad piensas que estoy enferma?

Bueno, yo no. Lo dicen los entendidos.

Adela conoce a una eminencia en esto.

Y dice que te puede curar para que seas... normal.

Esto se tiene que terminar. Aquí y ahora.

Es un pedido que hizo don Ricardo.

-¿Tanto? Si apenas tenemos clientes.

-A don Ricardo no le pregunto por sus negocios. Cumplo órdenes.

-Si he venido es para cerrar la venta de Tejidos Silva, como queríamos.

-¿Y quién dice que quiera comprar?

-Prefiero no andarme con rodeos y soltar de una vez

lo que he venido a decir. Vienes a romper nuestro compromiso.

-La señorita Celia siempre fue un ángel con nosotros.

No debes dejarla de lado. Te necesita.

Ten un poco de compasión.

Ve a verla, aunque sea una vez. Si no, te arrepentirás.

Ya verá cómo la gente se aburre y deja de murmurar.

-¿Y si no se aburren de mí?

Siempre voy a ser la rara,

la enferma,

la desviada. -No diga eso, señorita.

-Déjame sola.

  • Capítulo 92

Seis hermanas - Capítulo 92

02 sep 2015

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de 1920.

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