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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 488 - ver ahora
Transcripción completa

Nos vamos a Valencia.

¿Pero tú no decías que querías quedarte en Madrid?

He cambiado de opinión, quiero que nos vayamos ya.

-¿Cómo que ya? -Sí, luego voy a la pensión

y... y preparo el equipaje. Tú puedes ir a por los billetes.

Quiero a esa perra muerta.

¿Encargaste tú que esos maleantes nos dieran una paliza?

Si descubro que tú has tenido algo que ver con todo esto,

te aseguro que no pararé hasta que acabes en la cárcel.

Me gustaría que me acompañase a una reunión con amigos,

es una pequeña fiesta.

Aquí tiene la dirección.

Nos veremos allí.

No podemos vivir en pecado. Necesito tiempo.

Ahora, no sé qué decir.

No tenemos tiempo, Gonzalo, tenemos que irnos mañana.

Pues, mañana tendrás mi respuesta.

Luis,

si matas a Blanca, tendrás que matarme a mí, también,

y renunciar a nuestro futuro juntos.

No responde nadie, no lo entiendo.

Como verás, mi hija no es la persona más sensata del mundo.

No, pero sabe ser muy convincente.

Pero tú sí eres sensato y sabes que eso es imposible,

que no puede ser, ¡sois hermanos!

Hable con ella porque, si me lo vuelve a pedir

con la misma pasión, no respondo a mis actos.

¿Dónde se la ha llevado? No lo sé, no lo sé, no lo sé.

Madre mía... Todo esto fue idea de Amalia.

Luis está obsesionado con ella y, no sé, le hizo creer

que lo que más deseaba en este mundo era huir con él.

(FORCEJEAN)

(Disparo) ¡Ah!

(Sintonía)

Pensé que el loco era yo, pero veo que me vas a la zaga.

¿Cómo vamos a apostar la casa en una timba?

Sería la forma más rápida de recuperar los viñedos,

siempre que tengas suerte jugando a las cartas, claro.

Si perdiese, sería el final de la familia Silva.

Quiero recuperar el futuro de mis hijas,

el que tú les has quitado.

Ya no hay buenas soluciones, solo soluciones desesperadas.

No podemos apostarla porque no solo es nuestra.

También es de tus hermanas

y no quiero ser el responsable de haberlas llevado a la ruina.

Francisca ya no vive aquí,

Elisa tiene la casa de su padre,

Blanca se irá a París con Cristóbal

y... y Celia está ganando un dineral como escritora.

¿Por qué no has mostrado esa delicadeza conmigo y tus hijas?

Deja de restregarme lo que hice

y centrémonos en una solución que no ponga en peligro a la familia.

Llevo todo el día pensando, Salvador, no hay más alternativas.

Si nos jugamos esta casa a las cartas y tenemos suerte,

podremos recuperar los viñedos y hasta el cuadro.

¿Y si pierdo? Será el final.

Por otro lado, ¿cómo vas a convencer a tus hermanas

para dejarse llevar por este disparate?

De eso me encargo yo.

Tú ahora acuéstate y duerme.

Porque de tu pericia a las cartas depende nuestra vida entera.

No es fácil elegir una primera frase, ¿verdad?

-Si me dices que te veo bien, sería mentira.

Y si me preguntas

que cómo estoy, te expones a que te diga

peor que nunca, que es como realmente me encuentro.

-¿Quieres que te suba la dosis de medicamentos?

No, prefiero ser yo y con dolor que estar

medio vivo y medio muerto por culpa de la morfina.

-Rodolfo, por favor, no me gusta oírte hablar así.

-Vamos, que está mal.

Los dos sabemos que solo me queda esperar.

-¿Y si te digo que hay un tratamiento experimental?

-Pues claro. ¿Qué pregunta es esa?

¿Qué podemos hacer? ¿Cómo se puede conseguir?

-Lo tengo preparado.

Son unas inyecciones.

Yo me ocupo de todo.

Pues...

te debe parecer una tontería, pero me da esperanza que...

Ya la había perdido por completo. -Claro.

Escucha, yo solo te pido que tengas paciencia.

Y conserva las fuerzas, por favor. Te van hacer falta.

-Rodolfo.

-Ayúdame, Blanca. -Sí.

¿Necesitas algo?

-Pues... mira, Blanca, sí.

Que vayas a buscar a Amalia y que le digas que venga a verme.

Llevo aquí tres días y todavía no ha venido.

-Bueno, enseguida vendrá.

-Shh... Descansa.

Relájate, descansa.

-Hasta ahora estoy harto de descansar.

¿Sabes? Antes,

después de un día de trabajo, lo agradecía.

Cerrar los ojos y descansar.

Pero ahora es todo lo contrario, ahora...

me alegra abrirlos y comprobar que todavía estoy aquí.

Qué cosas tiene la vida. -Todavía te queda mucho tiempo.

¡Yo quiero ver a Amalia!

¿Por qué?

Necesito verla y decirle que la quiero.

-Eso ya lo sabe, Rodolfo.

Por favor, decidle que venga, que venga ya.

-Escucha, Rodolfo, Amalia no puede venir.

Lo que ocurre en realidad es...

-Amalia vendrá enseguida, ya lo verás.

Así que no tienes que preocuparte de nada.

Ahora solo tienes que descansar.

-¿Qué os pasa? -Lo que sucede...

-¿Nos disculpas un momento, Rodolfo? Me gustaría hablar a solas

con mi marido.

¿Qué ibas a hacer? -Merece saber dónde está su mujer.

-La verdad le angustiará todavía más, Cristóbal.

Ver a Amalia lo mantiene vivo. -¿Y qué pasa si empeora?

¿O si empieza a agonizar y ve que Amalia no está aquí?

Ayer se sintió abandonado, no quiero que vuelva a sentirse así.

Quiero que sepa que si Amalia no esta aquí no es porque no puede.

-Eso ya lo sabe. -¿Cómo lo va a saber?

(RODOLFO TOSE)

¿Qué ocurre, Rodolfo?

Blanca, avisa al doctor Hernández.

Rodolfo...

Pero...

Lo siento, ha muerto.

No parece afectarle mucho.

Sí que me afecta.

Pero no puedo sentir tanta pena por un hombre que hizo tanto daño.

Sí, eso lo comprendo.

Pero le hecho es que don Luis Civantos ha muerto

a consecuencia de un disparo, y usted era la única persona

que estaba con él cuando eso ocurrió.

Estaba aterrorizada.

Había disparado a María, mi criada.

Y había estado a punto de hacerlo a doña Blanca Silva.

En un momento de despiste de él, yo... yo le quité el arma.

-¿Y le disparó? -No, no.

Yo solo le apunté.

Yo solo quería que se alejara de mí y huir.

Ni siquiera sé cómo se maneja un arma.

-¿Y qué pasó? -Él se abalanzó sobre mí

para intentar quitarme el arma. Forcejeamos y...

yo no sé si fue culpa mía o de él, o de los dos.

Nos quedamos quietos y... y la pistola, no sé, se disparó.

Oímos un estallido muy fuerte y...

y él se desplomó.

Intenté ayudarle, pero ya no reaccionaba.

Y salí a pedir ayuda.

El disparo le atravesó el corazón, la muerte fue inmediata.

Lo lamento mucho, de veras.

¿Pero cómo está María?

-Se está recuperando. -¡Gracias a Dios!

¿Entonces...

van a detenerme por matar a ese hombre?

Por lo que usted me cuenta y por el informe de forense,

creo que está claro que actuó en defensa de su vida

y que el disparo fue accidental.

¿Y eso qué quiere decir?

Que no creo que el juez vaya a detenerla.

(SUSPIRA)

¿Entonces puedo marcharme ya?

Sí, sí, bueno, en cuanto el juez firme su puesta en libertad.

Mi marido está enfermo en el hospital.

Está muy grave y aún no he podido ir a verle.

Se lo ruego.

Vaya, yo me hago cargo.

Gracias.

(Llaman al timbre)

¡Ay, señorita Celia!

¡Qué alegría tenerla de vuelta en casa!

Déjeme, que yo le ayudo con la maleta.

Gracias, Merceditas.

-Ay. (RÍEN)

¿Qué tal ha ido su viaje a Barcelona?

La echábamos tanto de menos... -Yo también

No sabes las ganas que tenía de volver a casa.

(CELIA SUSPIRA) (MERCEDITAS RÍE)

-Elisa, ¿dónde vas? -A dar un paseo.

La última vez que fuiste a dar un paseo

no volviste en toda la noche.

Me preocupa que vayas a verte con Gonzalo.

-Sabe que Gonzalo no quiere verme. ¿Por qué me mientes?

Ayer estuve hablando con él y me contó tus planes de huida.

¿Le ha dicho lo que ha decidido?

Le vi muy confuso y no me gustó nada.

No entiendo por qué le cuesta tanto decidirse.

Elisa, nos dos tenéis que tener bien claro

que eso es un disparate, ¡sois hermanos!

Padre, he estado leyendo sobre el tema.

Cleopatra se casó con su hermano. -¿Cleopatra?

Cleopatra no es ejemplo de nada.

Dos hermanos no se pueden casar ni cohabitar,

¡es algo contranatura! -Eso no es verdad.

Si fuera así, Dios no se habría encargado de que nos enamorásemos.

Pero no, Gonzalo me ama y yo le amo a él.

Y lo más natural ante eso es estar juntos.

Así que me da igual lo que opine la sociedad.

Es que no se trata solo de la sociedad.

Lo prohíbe la religión, ¡la ley, la ciencia!

La ciencia lo dice por los hijos, pero yo no puedo tenerlos.

Mira lo que le pasó a Blanca. Y, aunque no sea así,

os despellejarán, os señalarán con el dedo,

os perseguirán para meteros en la cárcel

y tendréis que esconderos. Pero...

(TOSE)

Y por eso mismo queremos fugarnos, para empezar una nueva vida, padre.

Ya. Y renunciar a tu apellido y a todo tu pasado.

Y no verme nunca más a mí ni a tus hermanas,

ni a tus sobrinas. ¿Esa es tu idea de la felicidad?

(TOSE)

Cuando hablas una nueva vida, no sabes hasta qué punto será nueva.

Lo perderás todo y no tendrás nada.

¿Es eso lo que quieres para tu vida? -Sí.

Quiero luchar por mi amor, padre.

Y lo voy hacer, le guste o no.

-No lo vas hacer. -Sí lo voy hacer.

Y no va a convencerme. -No pretendo,

el tiempo se ocupará de eso. Voy a ejercer de padre

y no vas a volver a ver a Gonzalo. Es más, no saldrás de esta casa.

Apúrate, chiquitina, que perderemos el tren.

Sí, ya nos vamos, pero antes debo hacer algo.

Está bien.

Al final he conseguido adelantar mi regreso.

¿Se sabe algo de Simón?

Apúrate, que perdemos el tren, chiquitina.

¿Es que vas a algún lugar?

Perdone, pero creo que no nos conocemos.

Yo soy Celia, la dueña de la librería y amiga de Cata.

¡Ah, usted es Celia! Cata me habló un montón de usted.

Tenía ganas de conocerla. -¿Y usted es...

Andrés, el prometido de Cata. Justo ahora nos íbamos a Valencia.

Nos vamos a casar, si no perdemos el tren.

Andrés, por favor, ve yendo tú y ahora te alcanzo,

tengo que hablar con Celia. -Claro que sí.

Hasta luego, un placer.

No me mires así, porque no cambiaré mi decisión.

No vas a salir de esta casa. (TOSE)

¿A qué viene ese silencio?

Padre, usted cree que... que soy capaz de enfrentarme

al Estado, a la ciencia, a Dios...

¿Por qué piensa que su prohibición va a ser más importante que eso?

Elisa, no soy solo tu padre, soy un nombre mayor y enfermo.

¿Sabes lo que algo así sería para mi salud?

Su salud no es tan mala como para morirse de un disgusto.

Pero sí lo suficiente como para que pueda irme

sin que pueda impedirlo. -¡Ni se te ocurra!

Creí que habías cambiado,

pero sigues siendo la misma niña caprichosa y consentida de siempre.

¡Incapaz de tener el más mínimo sentido común!

Y que siempre quiere hacer un santa voluntad.

Es que no es por mí, es por Gonzalo.

Gonzalo... solo es el último de una larga lista:

Salvador, Arturo, Hilario, Carlos, José María, Ciro, León...

Has amado a hombres de todo tipo, edad y condición.

¡Y has estado dispuesta a hacer

cualquier tipo de locura por cada uno de ellos!

¡Pues eso palidece ante el hecho de casarte

con tu propio hermano! ¡Tu propio hermano!

-Padre, por favor, déjeme hablar.

No le voy a negar que así era como yo era antes,

pero he cambiado. Usted mismo lo dijo.

-Pues demuéstralo, Elisa.

-Es lo que estoy intentando hacer.

Padre, por primera vez en mi vida conozco el amor.

Y por primera vez en mi vida sé

que no puedo renunciar a él.

-Sí, ya.

Veo que no aprendes de tus errores,

pero yo tengo que impedir que los sigas cometiendo.

Así que vete a tu cuarto.

-Padre, si no me deja huir con Gonzalo,

me perderá para siempre.

-No, yo ya te he oído decir eso unas cuantas veces

y al final vuelves a mí.

-Pero es que esta vez no será así, porque estaré lejos, con Gonzalo,

y no podrá saber nada más... -¡Vete ahora mismo a tu cuarto!

¡Ahora mismo!

-No.

Tengo la maleta en el vestíbulo.

-¿Qué?

-Padre, me hubiera gustado que esta despedida fuera... más cordial.

Pero usted lo ha querido así.

-No... Elisa, perdóname.

Elisa, espera. ¡Elisa!

¡Elisa, por favor, para! ¡Elisa, para!

Lo siento mucho, Celia.

Sé que debería haberte llamado, pero es que no tuve valor.

Te he escrito una carta, pero ya sabes que...

que las palabras no son mi fuerte, más bien cosa tuya.

Tú nunca has hablado de Andrés.

Lo sé. Es que cuando dejé de recibir cartas suyas

pensé que había muerto.

-¿Y le quieres más que a mí? -No.

No, Celia, a ti te amo.

Entonces no entiendo por qué haces esto.

Es que le hice una promesa.

Cata, todo lo que hemos vivido, todo lo que hemos creado,

todas las noches juntas,

también son una promesa aunque no las... formules con palabras.

Pero él puede darme cosas que tú no puedes darme.

-Pero tú no le quieres. -Bueno, con el tiempo.

Con el tiempo....

Con el tiempo, te convertirás en una mujer amargada e infeliz.

¿Eso es lo que quieres? Porque aquí...

Aquí tengo miedo, Celia. Ya te lo dije por teléfono,

estoy aterrorizada tras lo de Simón y Velasco

Mira, he estado pensando y me he dado cuenta de que...

de que la vida no va a ser fácil para nosotras.

Yo no... no soy lo suficientemente valiente para llevarlo a cabo.

Cata, Simón se exhibe, nosotras no.

Pero con el tiempo todo se sabe.

Y yo no me veo capaz de vivir así, escondiéndome, mintiendo.

Teniendo miedo de que alguien sepa

lo que siento o lo que hago en mi intimidad.

Y yo entiendo que tengas miedo, yo también lo tuve.

Pero créeme cuando te digo que sé cómo salir de esto.

Y yo te dije que contigo quería crear una historia nueva.

Cata, no puede ser que nuestra historia termine así,

no puede ser que el miedo venza al final.

¿Sabes lo que tienes que hacer?

Tienes que romper la carta, olvidarte de esto

y decirle a Andrés que esto es un error.

No, Celia.

Pero tú no puedes vivir sin amor.

No puedes vivir sin que te quieran como te he querido yo.

Como tú me has querido a mí.

¿Es eso lo que tú quieres para tu nueva familia?

¿Una madre infeliz, una esposa insatisfecha?

Cata, por favor, no te vayas con él.

Lo siento mucho, Celia.

(LLORA)

(Se oyen pasos alejándose)

¿Qué haces tú aquí? Solo vine a hacerte una pregunta.

Pues lo que sea dímelo rápido.

¿En algún momento, aunque solo fuese un instante,

me amaste?

Es una pregunta muy sencilla.

¿A qué viene esa pregunta?

Solo quiero saber si te casaste conmigo por amor.

Si lo que sentí en Marruecos fue real.

Si de verdad amé y fui amada, aunque solo fuera por unos días.

¿Para qué quieres saberlo?

Necesito saber si mi vida mereció la pena en algún momento.

Y que, si las cosas no se hubiesen torcido,

yo hubiera podido ser una mujer feliz,

una buena persona.

Cada uno es como decide ser, Marina.

No busques en los otros la culpa de tus decisiones.

¿Podrías responderme a la pregunta, por favor?

Quise quererte, de verdad.

Quise quererte, pero no pude.

Alguna vez, incluso, me creí mi propia mentira.

Pero la realidad es que nunca te quise, Marina.

Y sé de lo que hablo porque...

porque sí que he sabido lo que es amar profundamente a otra persona.

Lo siento.

Tienes razón.

(SUSPIRA) No te puedo culpar a ti ni a nadie

de todo el daño que he hecho.

¿Lo reconoces?

Porque hasta ahora estabas defendiendo tu inocencia.

Nunca he sido inocente, Cristóbal.

Nunca.

Pero ya estoy harta de huir y de mentir. Ya estoy harta.

He matado, he empujado a otros a matar,

he mentido, he engañado,

he deseado el mar con todas mis fuerzas.

He hecho cosas terribles.

Siempre he sido muy frágil.

Y con todo lo que me pasó, enloquecí.

Ahora puedo verlo con claridad.

Pero todo eso se ha acabado. Ojalá estés en lo cierto.

Y cambies. No hablo de cambiar.

Porque no puedo fiarme de mi cabeza, ¿entiendes?

Sí.

Pero lo que sí te prometo es que desapareceré de tu vida

y de la vida de las Silva para siempre.

Me voy, Cristóbal.

Me voy muy lejos, a un lugar de donde nunca voy a volver.

Pero... quiero pedirte un último favor.

Me gustaría que... que finjas por un momento que me aprecias

y que me des un abrazo.

No me mires así, ya sé que es muy raro lo que te pido.

Pero no me gustaría irme sin tener una muestra de ternura

de la única persona que he amado.

(MARINA LLORA)

¿Qué tal por Barcelona?

Seguro que tienes muchas cosas que contarme.

Sí, muchísimas.

Pero primero, dime, ¿cómo está Simón?

Sigue en el hospital.

Tiene que recuperarse, pero lo hará.

(RÍE) Menos mal. -Sí.

Ha sido un milagro, en todos los sentidos.

Porque... porque sigue vivo

y porque me he dado cuenta de...

¿De qué?

De que le quiero de verdad.

He reunido el valor en el hospital para decírselo.

Hemos hecho planes para cuando salga.

Nos vamos a ir a vivir juntos. (RÍE)

Sí, le quiero, Celia. Le quiero de verdad.

Ah, me alegro muchísimo por ti.

Y por Simón, por supuesto,

y por todo lo que vais a vivir juntos.

(Suena el teléfono) Ah, disculpa un momento.

Inspector Velasco, dígame.

¿Está seguro de que son ellos?

Bien.

Eh, ¿sabe... sabe si actuaban por orden de alguien?

¿Seguro?

Bien, muchas gracias. Gracias.

¿Qué ocurre?

Acaban de detener a los dos hombres que nos atacaron a mí y a Simón.

-Pero eso es una buena noticia. -Sí, sí.

¿Y por qué parece que te hayan dado una mala?

Tuve una discusión con Gabriel.

Yo estaba muy nervioso. Se me fue la cabeza

y le acusé de estar detrás de esa agresión.

¿A Gabriel? ¿Pero por qué?

No sé. Nunca le ha gustado Simón.

Pero Gabriel nunca haría algo así.

Claro. Nunca lo haría.

Me acaban de confirmar que no eran dos matones,

sino dos simples borrachos que actuaban por cuenta propia.

Gabriel no tuvo nada que ver.

Y yo soy un idiota.

Pues ya sabes lo que tienes que hacer.

¿Y a ti qué te pasa?

Estás muy triste desde que has entrado.

Es un día confuso. Eso es todo.

¿Pero por qué? ¿Qué ha pasado?

Llegué de Barcelona con la novedad

de que me han encargado una nueva novela.

Bien. Pero eso es estupendo, ¿no?

Y de repente, cuando llegué a la librería,

me encontré con Cata.

Con una Cata que se ha ido

para casarse con su antiguo novio

y formar una familia.

Lo siento.

Lo peor es que no se ha ido porque no me quiera.

Sino porque tiene miedo de la gente, del qué dirán.

Lo superarás.

Yo también amaba a alguien que no debía.

Y ahora, mírame. Soy feliz.

Y tú también lo serás en cuanto Cata pase a ser

un bonito recuerdo.

Si a mí me gustaran las mujeres, estaría loco por ti.

Si a mí me gustaran los hombres, sé que sería muy feliz a tu lado.

La vida es caprichosa e imprevisible,

pero estoy seguro que todavía estás por encontrar al amor de tu vida

porque eres hermosa y buena,

y muy, muy, muy inteligente.

No he conocido a nadie en este mundo tan excepcional como tú.

Yo siempre te querré...

y siempre estaré a tu lado,

mi señorita Celia.

Gonzalo.

¿Y tu maleta?

En el tren.

Esta tarde saldré de regreso a Boston.

Saldremos.

Lo siento, Elisa, pero no va a ser así.

Me tengo que ir solo.

¿Qué?

No tiene sentido que vengas conmigo.

Gonzalo, vamos a empezar una nueva vida juntos,

lejos de acusaciones, de rumores.

Nadie lo sabría. -Yo lo sabría.

¿Y qué?

¿Acaso no me quieres?

Desde la primera vez que te vi,

sentí algo muy intenso y pensaba que era amor.

-Lo es. -Somos hermanos, Elisa.

Cada vez, me cuesta más pensar en ti como una mujer.

¿Y todo lo que ha pasado entre nosotros?

¿Nada existe para ti?

Estaba fundado sobre un error.

Si he venido, ha sido para despedirme.

Me iré a Boston solo

lejos de mi madre, de mi padre...

y de ti.

Te estás equivocando.

Esto está mal, Elisa.

No me digas que no has sentido lo mismo que yo.

Sé que acabaré sintiendo repugnancia por lo que hacemos

y no quiero sentir eso por ti.

Lo siento.

Adiós, Elisa.

(SOLLOZA)

Le dejé un recado a Elisa.

No sé si lo habrá recibido o si podrá venir. Así que...

deberíamos empezar sin ella. -Gracias por venir tan rápido.

Sé que no es el mejor momento, por Rodolfo y...

porque tú querrás estar con Cata.

-No, por eso no te preocupes.

¿Y por qué querías vernos con tanta urgencia?

-Hemos perdido los viñedos.

-¿Qué? -¿Pero qué ha pasado?

Al decir "hemos", Diana está siendo muy generosa.

Lo cierto es que los perdí yo.

Al intentar recuperar el cuadro de madre.

¿Pero y qué podemos hacer nosotras?

Solo hay una forma de recuperar los viñedos y el cuadro.

Volver al mismo lugar donde se han perdido

y jugar por ellos.

¿Jugar?

Los perdí en una partida de cartas.

Esto es una broma. No.

Blanca, esto es una locura. -Lo sé.

Pero es la única solución.

Necesito algo muy valioso para apostar.

Y solo tenemos una cosa de ese valor.

Estas son las escrituras de casa.

A ver. ¿En qué clase de partida se juegan casas o tierras?

Blanca, hay gente con verdaderas fortunas,

con mucho poder.

Con deciros que el embajador británico

estuvo a punto de apostar Gibraltar.

Estaba muy borracho, pero...

Solo jugaremos la casa si vosotras estáis de acuerdo.

He hablado con Francisca por teléfono y me ha dicho que sí.

¿Qué decís?

Elisa.

Qué bien que estés aquí.

¿Bien?

¿No recibiste mi mensaje?

Quería preguntaros si me podía quedar aquí un tiempo.

Claro. Esta también es tu casa, aunque...

De eso queríamos hablarte.

Antes tengo que contaros lo que me ha pasado.

Sí, pero esto es importante. Diana tiene razón.

Es algo que deberíamos decidir todas.

Me ha pasado algo terrible.

No me hacéis caso. Claro. Pero después, por favor.

Esto es importante. -Escúchame.

No.

No voy a escucharos a ninguna.

Si no os importan mis problemas,

a mí me importan menos los vuestros.

-¿Pero qué le pasa? -No lo sé.

Tarde o temprano, se le pasará, como siempre.

¿Qué decís, entonces? Es muy arriesgado, Diana.

Si la perdemos, lo perdemos todo.

Sin los viñedos, no podemos mantener la casa.

La perderemos tarde o temprano.

Está bien, Salvador.

¿Crees que serás capaz de recuperar los viñedos

y de no perder la casa? No.

Yo tengo fe en él.

Bueno, pues si tú tienes fe en él, yo también.

(DA UNA PALMADA) Está bien. De peores hemos salido.

Si algo sabemos hacer las Silva,

es levantarnos después de una buena caída.

Gracias.

Ya sabes lo que tienes que hacer. -Sí.

Sí.

Deseadme suerte.

(Se cierra la puerta) Diana, ¿estás segura

de que no había otra opción?

Espero no equivocarme. No.

Espero que el que no se equivoque, sea él jugando a las cartas.

  • Capítulo 488

Seis Hermanas - Capítulo 488

21 abr 2017

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de la segunda década del s.XX

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    Capítulo 470 24 mar 2017 Blanca descubre que Elisa finge ser una joven viuda. Diana se enfrenta al capataz de la bodega. Cristóbal revela a Rodolfo que Marina se está prostituyendo. Celia quiere que Velasco conozca a Sim&oa...