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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 479 - ver ahora
Transcripción completa

Todo indica que la inflamación está remitiendo

y también la presión en la médula.

¿Voy a volver a andar? Visto lo visto,

yo diría que sí.

He tenido problemas por ser como soy.

No lo he pasado bien. -Siento mucho lo que le ocurrió.

Pero no debió estar usted en el lugar apropiado.

Julio viene a quedarse a Madrid una temporada

y le he dicho que se puede quedar en casa sin problema,

siempre que te parezca bien. -Por supuesto.

Puede quedarse el tiempo que desee. -Muy agradecido.

¡Yo toco el piano y usted canta!

Nuestra carrera no se va a detener porque su maridito

esté indispuesto. -¡Fuera de aquí!

-Deje eso donde estaba. -Fuera de aquí

o le juro que le corto el cuello. ¡Fuera!

-¿Casarnos? -Claro.

Así la vida que siempre quisimos, comenzará de una sola vez.

¿Sabes lo que tenemos que hacer?

Fijar una fecha de la boda cuanto antes.

Me voy a esforzar para volver a ser el de antes.

Y para estar ahí para mi familia.

Y lo conseguirás, ya lo verás.

Vaya. Mi agente de la ley favorito.

Acabaré pensando que lo que hace

es buscar excusas para volver a mirar a mis chicas.

Eso sí, sin pagar un real. -Le aseguro que no tengo

especial interés en este lugar. Preferiría no volver.

Y menos, por el motivo que me trae hoy aquí.

¿De qué se trata ahora?

Doña Marina Montero vino ayer a comisaría.

-¿Esa mujer otra vez? -Eso mismo pensé yo.

Ha presentado una denuncia contra usted.

¿Y de qué me acusa esa víbora?

De haberla agredido y de obligarla a ejercer la prostitución,

según ella, igual que a otras muchachas aquí.

¿Cómo se atreve esa mala pécora, después de venir

suplicando trabajo? -Eso no es lo que ella dice.

Esa miserable debería estarme agradecida

por haberle dado techo y comida después de haber estado

en la cárcel, cuando todos la trataban como una apestada.

Qué ingrata y mezquina puede llevar a ser.

Entiendo su frustración. Pero si realmente pasó

algo aquí ayer, me gustaría saber su versión.

¿La agredió? -No.

La agarré con fuerza para echarla. Eso es verdad.

-¿Y la golpeó? -No.

Solo la empujé para obligarla.

Pero, desde luego, no le puse la mano encima.

Y ganas no me faltaron. -O sea, que afirma

que no la agredió. -Claro que no.

Y mucho menos, la obligué a hacer algo que no quisiera.

¿Marina trabajaba aquí por voluntad propia?

Esta es una casa decente y tengo todos los papeles en regla.

Todas las muchachas que están aquí, están porque quieren

y pasan su examen médico. Así que está todo en orden.

Marina no dice lo mismo.

Porque es una miserable y una mentirosa,

que lo que quiere es vengarse porque la he echado.

Pero le invito a que vaya de habitación en habitación

y le pregunta a las chicas si alguna está aquí forzada

contra su voluntad. -No. No será necesario.

Ellas no han puesto esa denuncia, sino Marina.

¿Y usted la cree?

Eso no se lo diré. Entienda que si interrogo

a alguna de sus chicas, no sería aquí, sería en comisaría,

lejos de usted, para que pudieran hablar con libertad.

¿Me quiere decir que las coacciono, que me tienen miedo?

Es el procedimiento en este tipo de casos.

No he venido a enfrentarme a usted.

Simplemente, vine a contarle

que Marina interpuso esa denuncia. No mate al mensajero.

No me puedo creer que esa mujer

utilice la policía a su antojo.

La policía está para ayudar y servir a todos,

incluso a quien no se lo merece.

Pero tenga cuidado.

Es un consejo.

(GOLPE METÁLICO) ¡Ay!

Mira, cómo no deje esa caldera de hacer ruido

es que no respondo de mí. ¿Cuándo la van a cambiar?

Lo que está claro es que por mucho que te quejes

no va a dejar de hacer ruido. Así que dame un respiro,

que montas tú más jaleo que ese cacharro.

Ay, no te preocupes, Elpidia, don Salvador ha dicho

que él mismo se ocupará de arreglarla.

Pues mire, me alegro,

porque hasta por las noches escucho ese ruido.

Ya. No estoy yo muy segura de que sea la caldera central

lo que te quita el sueño por las noches.

¿Mande? -Que ya me he fijado

en las atenciones que le prodigas a don Julio,

el amigo del señor Montaner, que vaya desayuno le has dado.

¿Yo?

No.

Bueno, yo soy amable, porque él lo es.

Mira que es galante don Julio, ¿eh?

Sí, sí que lo es.

Pero tú eres una criada y no te corresponde

reírle las gracias ni replicar sus galanterías.

Bueno, pues como usted diga.

Me voy a recoger el comedor.

Ea...

(GOLPE METÁLICO) ¡Huy!

¿y a ti qué, Merceditas, también te fastidia el ruido?

No, a mí lo que me tiene descontenta es algo más molesto

y más difícil de arreglar.

Vale, ¿de qué se trata?

(SUSPIRA)

De los padres de Raimundo.

Ah, ¿qué les pasa esta vez?

pues que siguen empeñados en cuidar de su nieta.

Vamos, de mi hija.

Y eso no sería malo si no fuera porque estoy convencida

y segura de que lo que quieren es meter mano

en el dinero que envió para la niña.

Ah...

¿Y lo has hablado con Raimundo?

Pues sí, pero se lo ha tomado a la tremenda.

que estoy ofendiendo a sus padres dice.

Qué familia...

Que Dios me dé paciencia.

Tendrías que tranquilizarte, Merceditas.

Sí, sí, me hace falta temple para aguantarles,

porque me sacan de quicio.

Entiendo cómo te sientes.

Pero tendrías que ir con cuidado

con el trato que le das a Raimundo

y con lo que le dices de sus padres.

¿Por qué, si él fue el que arruinó nuestra familia?

Sí, sí, lo sé.

Pero para bien o para mal es el padre de tu hija.

Y a las malas si no os arregláis

podría apañárselas para que un juez le diese

la niña a él y a sus padres.

¿Pero qué persona en su sano juicio pensaría

que la niña está mejor con su padre que conmigo?

Los jueces son hombres.

Y ya sabes cómo es la justicia con nosotras.

Llevarías las de perder.

(TELÉFONO) Esta...

Tejidos Silva. ¿Dígame?

¿Cómo?

Verá, es que ha tenido una urgencia familiar.

Sí, así es.

Claro.

Pero si no le importa puedo acudir yo misma.

Eso es, pues ahora mismo le veo.

Perfecto. Muchísimas gracias.

Y disculpe las molestias.

Adiós, adiós.

No me lo puedo creer.

Salvador no ha acudido a la cita

con el Restaurante La Vianda.

Menos mal que ha estado usted ahí rápida al quite.

No podemos perder la oportunidad

de colocar nuestros vinos.

Como si no tuviese suficiente trabajo ya viene mi marido

a cargarme más tareas.

No se preocupe, en su ausencia

yo confirmaré los pedidos en espera.

Pues muchísimas gracias.

Voy a ver si les interesa el vino

y consigo un buen precio.

Seguro que lo consigue.

No hay nadie como usted negociando.

Sea como fuere Salvador se va a llevar

una buena reprimenda cuando llegue a casa.

¿Dónde se habrá metido?

Verte me ha devuelto a los tiempos

en los que pasábamos los días juntos

dejando los libros a un lado y disfrutando de la buena vida.

Sí, he de reconocer

que aquella época fue muy divertida.

Sólo nos importaban las mujeres,

el alcohol y las apuestas.

Ahora soy muy feliz con Diana y siendo padre de familia.

Pero admito que...

no sé, que añoro esos tiempos.

Está bien hacer lo que uno quiere en cada momento, ¿eh?

Sí, casi lo olvido.

Bueno, no está mal

lo que nos ha traído nuestra amistad.

Has tenido ojo con ese caballo, sí.

He recuperado mi toque,

ese que tenía cuando era universitario

y tú y yo recorríamos los casinos de toda Europa.

Por amistad.

Por lo que nos dio, no ha dado y nos dará.

Ha sido el destino quien quiso que nos reencontráramos.

Y ya que estamos en racha deberíamos aprovecharlo.

Julio, ya hemos tentado bastante a la suerte.

Al contrario, deberíamos exprimirla.

¿Por qué no me llevas a una buena timba?

Tú y yo éramos imbatibles jugando a las cartas.

Hace tiempo que no juego a las cartas.

¿Por qué?

¿Cómo que por qué? ¿No te acuerdas?

Me arruiné. -Y yo.

Una, dos, tres... Bueno, ya ni me acuerdo.

Pero siempre he levantado la cabeza.

En cambio tú desde que la has sentado

te has convertido en un pusilánime.

No, no, te equivocas.

Lo valiente es asumir compromisos.

Venga, no me vengas con esas.

Pero si estás aburridísimo.

Tú mismo me lo acabas de confesar.

¿No has oído eso

de que una retirada a tiempo es una victoria?

Ya, pero para retirarse

primero hay que sentarse, amigo.

Pero, eh, no te preocupes. No te preocupes.

Te dejaré que vuelvas a tu monótona vida

si es lo que deseas.

Iré yo solo.

Tú sólo dime dónde hay una buena timba.

Está bien, está bien, te acompaño.

Pero vas a jugar tú solo.

Sabía que detrás de ese padre de familia

se encontraba mi mejor amigo de juventud.

Por pocas horas, Julio, por pocas horas.

Anda, coge el dinero y vámonos.

Hoy vamos a ganar mucho dinero.

Mucho, mucho dinero.

Es nuestro día de suerte, lo sé.

No me puedo creer que la inflamación

esté bajando. -No sabes cuánto me alegro.

Cada vez tengo más sensibilidad en las piernas.

Oye, siento mucho si el otro día

fui muy duro al decirte ciertas cosas.

Pero creo que era lo que necesitabas oír.

No, no, me dejé llevar por el desánimo y...

y me comporté como un verdadero idiota con vosotros.

En eso no te voy a llevar la contraria.

Estoy intentando disculparme.

No, de verdad, si no hubierais sido tan pacientes y testarudos

no sé qué sería de mí ahora mismo.

Es una suerte tener un amigo tan cabezota como yo, ¿verdad?

Ayúdame a doblar la pierna, anda.

Y luego tira fuerte de ella.

¿Así? -Sí, sí.

Más fuerte. -No quiero hacerte daño.

No te preocupes, ahora es lo que menos me importa.

Después de no haber sentido las piernas

un poco de dolor es una buena señal.

¿Así? -Ahí, bien.

De todas formas creo que por hoy ya es suficiente.

Vamos a dejarlo aquí. Hay que ir poco a poco.

No veo el momento de volver a ponerme en pie.

Pues la verdad es que tu progresión

está siendo muy buena.

Sí.

Oye, ¿por qué no te quedas a cenar?

Así lo celebramos.

Puedo encargar que nos suban algo del restaurante.

Sí, sí, claro. Claro, por supuesto.

No, no puedo.

No puedo, tengo un compromiso que ya... era previo.

Y no lo puedo cancelar.

¿Y de qué se trata?

Si no puedes cancelarlo será importante.

No, no. No es importante, no. Para nada.

Pero era algo que ya tenía con anterioridad y...

y ahora no puedo echarme atrás, claro, porque...

Velasco, ¿por qué te pones nervioso?

No, no me pongo nervioso.

Lo que pasa es que se me ha echado el tiempo encima

y tengo que volver a comisaría.

Pero celebraremos, celebraremos todos tus avances.

Y además, estoy seguro

de que todavía va a haber muchos más.

Anda, lárgate.

Pásatelo bien.

Oye, y...

gracias por venir a verme.

(TELÉFONO)

Librería Catelia.

¡Celia!

Sí. Sí, sí, todo tranquilo.

Sí, estoy bien, no pasa nada.

Bueno, ¿y qué tal en Barcelona?

Ya, ya, a mí también me da mucha pena no haber podido ir.

Pero el próximo viaje no me lo pierdo.

Sí.

De acuerdo.

Celia, te quiero.

Adiós.

(MÚSICA DE PIANO)

(APLAUSOS POCO EFUSIVOS)

¿Pero no podría tocar algo más alegre o más popular?

Toco lo que me apetece.

Ni que esto fuera el Auditorio Nacional.

Sí, hombre, pero aquí la gente viene a pasarlo bien,

no viene a pasarlo mal o a lamentarse.

Sin Amalia es lo único que me apetece tocar.

De hecho es lo único que puedo interpretar de forma sincera.

Sí, pero mire cómo está el local,

cómo está clientela. Si es que no vienen,

que parece un funeral este lugar y no puede ser.

Tú no te preocupes por la clientela

ni por la música, yo me encargaré de que vuelvan.

Don Luis, me gustaría hablar con usted.

¿Sobre qué?

Sobre Amalia.

Me han contado que ayer estuvo en su casa

y el incidente que provocó.

Y ni Amalia ni mucho menos mi hermano,

que además está enfermo, merecen un espectáculo así.

Pues muchas gracias por su opinión,

pero ni se la he pedido ni la pienso tener en cuenta.

Pues yo que usted lo haría.

Porque le recuerdo que está en libertad vigilada.

No querrá meterse en problemas.

No sé quién demonios se ha creído que es

para venir aquí con esas advertencias

ni para decirme lo que tengo que hacer.

Sabe, por un momento pensé que usted había cambiado,

que había aprendido

y se había convertido en un hombre cabal.

Pero ya veo que sigue siendo el mismo estúpido

capaz de cometer el mismo error.

¿De qué está hablando?

Ya perdió una vez la cabeza

cuando se obsesionó con Francisca.

Y ahora está haciendo lo mismo con mi cuñada.

No pienso tolerar un capítulo como aquel.

¿Y cómo lo piensa impedir, doctor, si puede saberse?

¿Me va a poner una inyección?

Escúcheme, don Luis, no me ponga a prueba.

Si vuelve a acercarse a mi familia...

aténgase a las consecuencias.

¡Ah!

¡Eh, eh, eh, haya paz! ¡Haya paz, hombre!

¡Que esto parece un callejón de los bajos fondos! ¡No lo es!

Don Cristóbal, disculpe.

¿Qué hace? ¿Qué quiere, volver a la cárcel?

¡Me da igual! No tengo nada que perder.

Acérquese a mi familia y sabrá lo que es perder.

¿Pero ni siquiera lo va a investigar?

Ya he investigado lo suficiente.

Aparte de hablar con Cándida

he hablado con otras trabajadoras,

lejos de la casa de tolerancia

para que tuvieran libertad a la hora de hablar.

¿Y qué le han dicho?

Corroboraron que tanto usted

como ellas son libres de trabajar donde trabajan.

Eso es mentira.

Y admitieron que usted,

a la que por cierto no tienen en mucha simpatía,

acudió a la casa de tolerancia para pedir trabajo.

Incluso rogó por ello.

¿Y qué van a decir esas muertas de hambre?

Seguro que Cándida las tiene coaccionadas.

Sé cuando estoy ante un testigo que está coaccionado.

Igual que sé cuando estoy ante una denuncia

que no tiene base ni pruebas.

Si no hace su trabajo claro que no las hay.

Por favor, márchese.

Tengo que acudir a un compromiso

y no puedo perder el tiempo escuchando sus tonterías.

Es usted un sinvergüenza.

Y está protegiendo a una delincuente

de la peor especie.

Puede que Cándida sea mala, pero usted es peor.

Y me alegro de que por fin

esté pagando por todo el daño que ha hecho.

¿Quiere que le vuelva a dar mi consejo?

Márchese de esta ciudad.

Aquí todo el mundo la conoce,

todo sabemos que es usted un peligro.

Y eso a su vez la está poniendo en peligro a usted.

¿Me vas a contar lo que te pasa?

¿No estás contenta

de que hayamos retomado nuestra relación?

Es que no sé si merece la pena.

Claro que sí.

Ayer cuando nos despedimos estabas contentísima.

Y hoy en cambio...

Cuéntame qué te pasa.

Esta mañana me he vuelto a encontrar con tu madre.

Y me ha vuelto a decir que me aleje de ti.

Es mi madre, pero su opinión no tiene ningún valor para mí.

No digas eso, Gonzalo.

Una madre es una madre, y no puedes perderla.

Te lo digo yo que sé lo que es no tenerla a tu lado.

No estoy diciendo que quiera dejar de verla para siempre.

Pero no puedo permitir que se meta en mi vida.

Es que... lo que ha dicho tiene razón.

Ah, ¿qué ha dicho?

Que me acabarás dejando, porque no puedo tener hijos.

Elisa, los niños se pueden adoptar.

Sí, pero no serán tuyos.

¿No sentías a Fernando como tu padre?

Claro que sí.

¿Sentiste alguna vez que no te tratara como su hija?

No, me trató como a todas.

Me regañaba un poco más, porque yo me lo merecía.

Era un buen padre. -Igual que lo seremos nosotros.

La sangre no importa, es el amor y el tiempo

que le dedicas a alguien lo que cuenta.

Por eso, no me quiero separar nunca de ti.

¿De verdad?

Pues toma.

-¿Qué es? -Ábrelo.

Es mi nulidad matrimonial.

¿Eso significa que nos podremos casar?

-Sí. (RÍE)

Y que nadie podrá impedirlo.

Estoy deseándolo, Gonzalo.

Pero quiero hacer las cosas con calma.

¿Por qué?

Porque te quiero.

Y esta vez quiero hacer las cosas bien, paso por paso.

Está bien.

Iré a ver a tu padre

y le pediré permiso para cortejarte formalmente.

(RÍEN)

Ah...

Vamos, cariño, un último esfuerzo.

Dos pasitos y ya llegamos al sofá.

Ah, así. Muy bien.

Ah, si es que estoy muy cansado,

me tenía que haber quedado en la cama.

No, mi amor, está muy bien que te hayas levantado.

Si no, se te quedan todos los músculos entumecidos.

Venga, tómate el consomé, te sentará muy bien.

¿Y tú cómo estás?

Tienes cara de cansada, no has dormido bien.

Sí, lo que pasa es que tengo un día de esos tontos de mujeres.

Amalia, no me mientas,

que cada vez que abro un ojo, allí estás, mirándome.

Bueno, tú ahora preocúpate de alimentarte bien

y de estar relajado, ¿eh?

Amalia, no puedes estar aquí todo el día.

Una mujer con tu vitalidad no puede estar recluida

entre cuatro paredes. -Nuestras cuatro paredes.

Yo estoy bien aquí contigo.

¿Y tus actuaciones?

Mira, ¿por qué no vas esta tarde al Ambigú a cantar un rato?

No. No lo necesito.

Además, no tengo ninguna gana de ver a don Luis.

Es que a lo mejor tienes que cambiar de pianista.

Bueno, todo eso puede esperar.

Lo importante ahora es que te recuperes.

¿Eh? Venga, tómate esto, que se te va a quedar frío.

No, me lo tomaré si llegamos a un acuerdo.

A ver, ¿de qué se trata?

Pues se trata, Amalia, de que no renuncies a tu vida

por mi enfermedad.

-Pero si mi vida eres tú. -Gracias.

Pero no te desvíes del tema, ya sabes a lo que me refiero.

No puedes renunciar a los placeres de la vida.

Porque, si lo haces, te convertirás en una mujer triste.

Y mi felicidad ahora depende de verte sonreír.

Rodolfo, si yo estoy feliz es porque estoy a tu lado.

Por favor, no me pidas que renuncie a ti, ¿eh?

No me lo pidas.

Venga.

Espera, cariño, espera. Ah...

¿Estás bien?

Ahora sí.

-Buenas noches, señora. -"Buenas" será por decir algo.

Estaba esperando que llegara para irme.

Es tan tarde que temí que le hubiera pasado algo.

Y algo ha pasado. Por culpa de Salvador

he tenido que ir yo al restaurante La Vianda.

El propietario me invitó a comer

y se empeñó en que probase todas sus especialidades.

Ah, pues espero que fueran de su agrado

Con cinco platos menos hubiera sido suficiente.

(RÍE) Por lo visto, les ha caído usted bien a los del restaurante.

Después fui a la fábrica a terminar unas tareas.

Salvador me va a oír

Bueno, eso será cuando llegue porque, de momento,

ni él ni su amigo han aparecido por aquí.

¿Todavía no ha llegado?

Habrá solucionado el tema de la caldera.

La caldera sigue igual.

Esta noche más les vale abrigarse bien.

No me lo puedo creer.

Al menos habrá llamado para avisar de su retraso.

Bueno, ¿me tiene todo el día trabajando y él, por ahí,

de farra con su amigo? ¡Se va a enterar!

¿Pero qué hace usted, señora?

Pienso quedarme aquí hasta que llegue. Y me va a oír.

-Ah, le prepararé un café. -No, mejor una tisana.

Qué cena tan maravillosa.

Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien.

La comida deliciosa, el vino... ni te cuento.

Buenas noches. Y el sitio, oh...

espectacular. (RÍE) Sí, sí.

La verdad es que todo era de primera.

-¿Y la compañía? -También, también, era muy grata.

No lo dirás por desagraviarme, ¿no?

No, no, he de admitir que eres un hombre muy culto y...

y con mucha conversación.

Eso sí, he de reconocer que tengo mucho que aprender todavía.

Yo te enseño y te muestro a ti lo que tú quieras y te apetezca.

Empezando por este regalo que te traigo.

Llevo toda la noche viendo este paquete,

creía que no era para mí. No tenías que haber comprado nada.

¡Ábrelo, por favor! Y dime qué te parece.

"Poesía árabe". Reconozco que no he leído nada de esto.

Me encanta hacer proselitismo, sobre todo, cuando se trata

de dar a conocer la obra de autores tan maravillosos

como los andalusís. -Pues lo leeré.

Encontrarás inesperados mensajes ocultos entre sus versos.

Me encantan los misterios.

(RÍE)

Estás muy guapo... bajo esa luz y leyendo poesía.

No, no, no, no, no.

Ah, ya no estás tan guapo.

Lo siento.

¿Voy demasiado deprisa para ti?

Eh, no, no, no es eso.

¿Entonces... qué es? ¿No te gusto?

¿Te doy miedo? -Hay otro.

Creo que... estoy... que sigo enamorado de otro hombre.

Cristóbal. ¿Sí?

Acabo de hablar con Amalia por teléfono.

¿Y te ha dicho algo de mi hermano? Pues dice que sigue igual.

Y que a veces ni siquiera la reconoce a la pobre. Imagínate.

Y que, en un momento de lucidez,

le ha dicho que no quiere que vuelva a pisar el Ambigú.

Al final ¿pudiste hablar con Luis? Sí, sí.

Y me temo que sigue siendo un tipo desequilibrado y obsesivo.

Le he dejado claro que, si se acerca a ellos,

llamaré a la Policía y regresará a la cárcel.

Lo cierto es que no se lo tomó muy bien.

Es que es muy peligroso.

Bueno, ¿qué? ¿No vas a venir a la cama?

Sí, pero prométeme que no te vas a asustar más de lo debido.

¿De acuerdo?

¿Pero por qué?

¡Cristóbal! ¿Pero qué te ha pasado? Son solo golpes sin importancia.

¿Ha sido Luis? Sí.

Sí, pero no hay que darle más vueltas, ¿vale?

Voy a por el ungüento. Bien.

Y, aunque sé perfectamente que a Gabriel le atraen las mujeres,

no puedo evitar lo que siento.

Todos hemos pasado por esa fase.

¿Qué fase?

La de prendarnos de un hombre al que le gusta el sexo contrario.

Pero eso solo dura un tiempo. -Ojalá sea así.

A veces pienso que no voy a poder superarlo.

Pasará, como casi todo.

El amor imposible es bello en la literatura,

pero en la vida es absurdo.

Reaccionarás y seguirás adelante.

Y... no sé si podré. O... si realmente es lo que quiero.

¡Claro que sí!

Tienes que entender que, por muy amigos que seáis,

Gabriel no va a cambiar su naturaleza,

igual que tú no puedes cambiar la tuya.

Ya, pero tampoco puedo desoír mis sentimientos.

(RÍE) Nadie te pide que te olvides de tu Gabrielito.

Pero sí puedes mirar a tu alrededor y encontrar

a otras personas con las que disfrutar de la vida y ser feliz.

No me gusta tirar del refranero, que es basto y tosco,

pero hay cierta verdad en eso de que "un clavo saca otro clavo".

Gracias por el consejo, aunque no me veo capaz de seguirlo.

¿Estás dispuesto a renunciar al resto de tu vida?

Los sentimientos no se deciden,

estoy seguro de que eso sí lo sabes.

Ajá.

¿Y seguro que quieres malgastar tus mejores años

en una amistad platónica que no te lleva a ninguna parte?

A veces, la solución está mucho más cerca de lo que uno cree.

Te propongo una:

si tú me das la oportunidad de acercarme a ti,

te prometo que no te meteré prisa,

ni intentaré que cambies tu forma de ser.

Simplemente, estaré aquí.

Y verás cómo, poco a poco,

vas superando ese sentimiento que tienes por Gabriel.

Gracias. Gracias, Simón.

No... no sé si me merezco tanta generosidad.

¿Y si finalmente no me decido? -Yo... yo estaré aquí.

Y, si no, siempre tendrás un amigo que de verdad te entiende.

Empiezo a estar harto de tener solo amigos.

Y tú acabarás por hartarte de mí.

Ponme a prueba.

(Risas)

¿Has visto qué caras que parece...? (RÍE) ¡Cuidado!

Es el mobiliario de mi casa, cuidado.

-¡Pero si has sido tú! -¿Yo?

¿Quieres hacer el favor de no gritar?

-Pero si estás gritando tú. (RÍEN)

Te dije que era nuestro día de suerte.

(RÍEN) -Cuidado, que tiras una fortuna.

Toma, toma, coge. ¡Chis...!

Chis... -Vamos a tomar la penúltima copa.

-La antepenúltima de la antepenúltima.

(RÍEN) -Chis, si Diana se despierta,

te vas a enterar de lo que vale un peine.

Uh...

Diana no se va a despertar, porque Diana ya está despierta.

¿Se puede saber dónde has estado todo el día?

Pues, eh... aquí. Aquí no, allí.

Acompañándole a hacer unas gestiones.

-Así es, hemos ido a ver si... -Esto es entre mi marido y yo.

¿Y qué hay de las nuestras?

¿Te refieres a nuestras hijas?

Me refiero a los recados que tenías que hacer.

El restaurante y la caldera. -Cariño, lo siento.

Lo siento, se me olvidó. Culpa mía.

Mira, me alegra mucho que os hayáis reunido

y que lo paséis tan bien. Pero eso no os da derecho

a convertiros en dos irresponsables.

Que oléis a alcohol que tiráis de espaldas.

¿Qué? ¿Ahora un hombre no se puede tomar una copa?

¡Claro que se puede tomar una copa,

después de hacer su trabajo!

¿No ves lo ocupada que estoy con la fábrica?

Eh, nos lo estábamos pasando tan bien, que me despisté.

(RÍE)

¿Tú crees que yo me lo paso bien haciendo mi trabajo y el tuyo?

Bueno, yo os dejo, que... que se está haciendo tarde y...

y esto empieza a dar mucho miedo.

(RÍEN)

¡Sí, mejor vete a dormir!

-Eres un cobarde. -Y a mucha honra.

Buenas noches.

Ahora que se ha ido tu amiguito, ¿qué tienes que decir?

Tengo que decir que lo siento

y que mañana lo solucionaré todo.

Ya me he ocupado yo del restaurante y, ahora, por favor,

vete a darte una ducha, que así no te metes en mi cama.

¿Una ducha? Eh, no... Cariño, el agua está congelada.

Ya verás qué bien te sienta haberte olvidado de la caldera.

Mañana no te vas a olvidar. (RÍE)

Cristóbal también le ha mandado a Rodolfo complementos de hierro,

agua salina y miel, pero eso no estará en la botica.

Supongo que será para hacer un ungüento para las heridas.

Sí. Por mucho que muevo a Rodolfo,

no paran de aparecerle llagas.

¿Pero por qué no le pides ayuda a María?

Entre las dos será más fácil. Lo hago, Blanca.

Aun así, le aparecen escaras por todas partes.

Ya. Ya no sé qué hacer.

No te hundas, tienes que estar fuerte.

Blanca, no duermo, si no atiendo a Rodolfo, estoy con la niña.

Y el poco tiempo que me queda me lo paso llorando.

Ya no puedo más. Te entiendo.

No quiero que Rodolfo me vea así. No puedo permitirlo.

No, claro que no. Intento estar animada

y que me vea alegre, pero cada vez me cuesta más.

Bueno, tú tranquila, yo te ayudo con lo que quieras.

¿Quieres que me quede yo con la pequeña Dolores?

En casa estará bien con las niñas, yo me encargaré de ella.

Y el servicio también. No sé si a Rodolfo le parecerá bien

que te la lleves. Me encargaré de traérosla cada día.

¿Eh? (RÍEN)

-Doña Amalia. -¿Qué hace usted aquí?

Vete o llamo ahora mismo a la Policía.

No será necesario.

Solo me he acercado para disculparme

por mi comportamiento de otro día cuando fui a su casa.

Fue grosero y egoísta, imperdonable.

Imperdonable, ya lo ha dicho usted.

Váyase por donde ha venido.

Temía no poder seguir disfrutando de su talento,

eso me turbó y perdí el control. Pierdes fácil el control.

Por favor, no te metas en esto, es algo entre Amalia y yo.

Te equivocas, a mí también me afecta.

Ayer pegaste a mi marido. ¿Eso hizo?

Sí. No, no, no, yo no le pegué...

Bueno, sí, pero él me pegó primero.

Los dos, los dos discutimos y llegamos a las manos,

pero me siento avergonzado y aseguro que no volverá a suceder.

Por favor, escúcheme... -Escúcheme usted a mí.

No voy a perdonarle, ni quiero volver a verle.

Déjenos en paz. -No puede dejarme así,

lo siento de corazón. ¡Ya me has oído!

Llamaré a la Policía. Venga, vamos.

Me siento profundamente avergonzado de la violencia que utilicé.

¡Lo siento, Amalia!

(SUSPIRA)

Sé de un sitio en el que hasta podríamos bailar juntos.

¿Te refieres a bailar abrazados?

Desnudos, incluso.

En las fiestas del Marqués Vinent,

no hay nada prohibido para dos hombres.

Su hija Elisa me ha robado el corazón.

Es por ello que le pido permiso para cortejar a Elisa

y que ella decida si soy digno de su amor.

¿Tu madre ha cambiado de opinión?

No permitiré que nadie se interponga entre su hija y yo.

Algo te pasa. He releído tus cartas más de mil veces

y me confesabas que no podías estar más tiempo separada de mí.

Andrés, por favor, déjame tranquila.

Algún cliente puede entrar y no es lugar para hablar esto.

Me siento totalmente repuesto.

Tanto, que voy a ir a las bodegas.

¿Las bodegas?

Hay un problema con las barricas y quiero estar ahí personalmente.

-Yo, si me permiten, organizaré los hilos que han llegado.

Gracias, Benjamín.

¿Y tu amiguito Julio? ¿Le vas a dejar aquí?

No, se ha ofrecido a acompañarme. No tenía nada que hacer hoy.

Hace casi dos años, cuando lo alistaron,

me comprometí a casarme con él cuando regresara.

-Bueno, tú amas a Celia, ¿no? -Sí. Muchísimo.

-Es una situación difícil

y extraña, no te lo voy a negar.

Pero lo que tienes que hacer, creo que está bien claro.

¿Tú conoces a un tal Julio Peñalara?

Julio Peñalara, sí, sé quién es.

Yo no lo conocía hasta ahora.

Ten cuidado con el tipo, Diana, es un vividor de cuidado

y no tiene escrúpulos,

si tiene que pasar por encima

de alguien para conseguir algo, lo hará.

Seguro que todo lo que hizo, lo hizo por su bien.

Si quisiera mi bien, no se opondría

a mi relación con Elisa Silva.

¿Con Elisa Silva, dice?

No soy tremendista con esto que me está pasando.

He tomado una decisión.

Y necesito que me ayudes. Solo tú puedes hacerlo.

¿De acuerdo?

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Seis Hermanas - Capítulo 479

06 abr 2017

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de la segunda década del s.XX

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