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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 477 - ver ahora
Transcripción completa

No puedes imaginarte lo que es esto, Velasco,

vivir con la incertidumbre de si seré un...

inválido el resto de mi vida es...

es mucho peor que saberlo con certeza.

Me encuentro francamente desbordado de trabajo

e incapaz de asumir la situación actual.

Lamento mucho oír eso.

Me temo que si esto sigue así habrá que cerrar la fábrica.

¿Cree que su madre podría pagar sus estudios

en Harvard con una simple relojería?

No tengo por qué escucharla más.

Cada vez tengo más claro que no conoce a mi madre

y que no está bien de la cabeza.

Sí que conozco a su madre.

Y se lo voy a decir sin más rodeos.

Es mi jefa en una casa de tolerancia.

Retire lo que acaba de decir. -Es cierto.

Debería darle vergüenza comportarse como se comporta

y conducirse por la vida con tan poco decoro.

Y, desengáñese, no tenemos absolutamente nada en común.

De hecho no quiero ni que me relacionen con usted.

Y ahora por favor márchese.

Por favor, cariño, perdóname.

No sé si podré.

Pero ahora voy a corregir

el error que cometí haciéndole caso.

Voy a recuperar a Elisa.

¿Pero qué te pasa, mi amor?

Se me va la cabeza, Amalia.

María, llama a Cristóbal, anda.

Rodolfo, cariño.

¡Ay, ay!

Si esto va a peor...

mi hermano puede morir.

Buenos días, cariño. He estado con Pedro y los obreros.

Están arrancando las vides dañadas por la plaga.

Plantarán nuevas cepa. Si el tiempo nos acompaña,

tendremos buena uva para el año que viene.

Eso significa la primera cosecha de vinos Silva.

Ya.

¿No te alegra?

Sí. Solo que... ha llamado Benjamín.

-¿Pasa algo? -Al parecer, Rodolfo está enfermo.

-¿Es grave? -Debe de serlo porque ha dejado

a Benjamín a cargo de todo. -¿Y Benjamín cómo lo está llevando?

Pues fatal.

No sabe qué hacer y no da abasto.

Dice que si no se toman medidas, la fábrica cerrará muy pronto.

Cariño, lo siento.

Sé lo mucho que te importa el devenir de esa fábrica.

Me entristece no poder ayudar.

Por no hablar de que me gustaría estar al lado de Blanca.

Sé que lo está pasando muy mal

con la pérdida de su hijo. -Pobre.

Y nosotros aquí, hablando de cepas, de plagas,

mientras...

Mientras a ti te gustaría estar allí.

Lo siento.

Sé que nuestro lugar está aquí.

Y que aquí se van a cumplir nuestros sueños y nuestro futuro.

Los viñedos y las bodegas van a estar muy bien con Pedro.

Nos vamos a casa.

¿Te he dicho alguna vez que eres maravilloso?

No lo suficiente.

Volveremos pronto. Te lo aseguro.

Cariño, eso no es importante ahora.

Hablaré con Pedro para comunicarle nuestra marcha. ¿De acuerdo?

No sé lo que le hice a mi hijo para que me trate así.

Lo que le pasa, es que es un sinvergüenza.

Por Dios. Es mi hijo. No hables así de él.

¿Cómo quieres que se llame

a alguien que trata así a su madre?

-Lo está pasando muy mal. -Y peor que nos lo hace pasar

a los demás, que a mí también me trató a palos.

A saber cómo reaccionarías tú si estuvieras así.

¿Yo? Mira. Cuando a mí me ha tocado sufrir,

como cuando perdí a mi hijo, no le hice daño a la gente

que me quería. Me lo quedé para adentro.

No digo que eso sea bueno, pero peor es lo que hace él,

que no tenemos culpa de su sufrimiento. ¿Estamos?

Tienes razón. Que tú no tienes la culpa de nada

por comprarle ese coche. -Ha tenido un accidente,

igual que podía haberlo tenido paseando por El Retiro.

Que tú no tienes la culpa. Deja de lamentarte por eso.

No sé lo que tengo que hacer.

Si es que...

Gabriel lo está pasando tan mal que no se da ni cuenta

del daño que nos hace. -Ya. Pero imagínate tú

que le hubieras dicho a tu padre, o al mío,

la mitad de las barbaridades que te dijo Gabriel.

¿Dónde estaríamos ahora? -Nos hubieran molido a palos.

No hables de eso como si fuera bueno.

Yo estoy muy contenta de ser una madre más comprensiva.

Si yo no digo que la zurra sea lo mejor,

pero consentírselo todo, tampoco. -Dime tú.

Entonces, ¿qué hago? ¿Me lío a palos con mi hijo?

No.

Pero un hijo tiene que respetar a su madre.

(SUSPIRA)

Si es que a mí no me duele tanto que me trate así como que me...

que me aleje de él,

es que me impide ayudarle y eso me mata.

Pues, mientras siga gritándote

y agarrado a la botella, no se va a recuperar.

No digas eso, por Dios.

Gonzalo te va a encantar, estoy deseando que lo conozcas.

¿Y tú, qué tal?

¿Yo?, no tengo nada que contar.

Yo creo que sí.

Sofía me ha contado tus planes de ingresar en un sanatorio mental.

Creo que es lo mejor. Yo creo que no, Carlos,

¿no te da pena separarte de tu hijo y de tu mujer?

No lo hago por gusto. ¿Y por qué lo haces si no?

Ellos estarán mejor sin mí.

¿Cómo dices una tontería como esa?

Elisa, no quiero seguir hablando de este tema,

prefiero escucharte porque parece que estás en un buen momento.

Y tú, en uno malo, Carlos.

Y si te metes ahí, no te voy a poder ayudar.

Es una idea horrible. Peor sería si no lo hago.

No sé qué te pasa, pero, te aseguro que estás exagerando.

Ojalá fuera así.

Carlos, todos tenemos problemas,

pero, la gente que va al sanatorio es gente enferma, no como tú.

Elisa, te aseguro que yo no estoy bien.

Me aterra la idea de internarme en un sanatorio mental,

pero, no veo otra solución.

Pero, ¿por qué?

Carlos, ¿qué te ha pasado para que estés así?

He hecho cosas horribles en la guerra.

Carlos, yo te voy a entender, estoy de tu parte,

puedes contármelo.

Elisa, soy un monstruo.

Ojalá estuviera muerto.

Ojalá me hubieran matado en la guerra.

Así que nos iremos en cuanto nos sea posible,

quería avisarles y al resto de trabajadores.

¿Y puedo preguntarles por qué se van?

Problemas familiares, si no, no nos iríamos.

Sí, pero, no será para siempre, solo una temporada.

Hasta que todo se solucione.

Pedro,

vamos a confiarle la gestión de la bodega.

¿Toda?

Sí, sí, toda.

Eso, evidentemente, se reflejará en su sueldo,

sabemos de su buen hacer con la uva y los trabajadores,

así que, nos vamos muy tranquilos.

Muchas gracias, de veras, señor Montaner.

Estas bodegas lo son todo para mí

y me honra quedarme al cargo hasta que ustedes regresen.

¿Y cuándo se van los señores?,

podría prepararles unas cestas de comida para mañana.

Muchas gracias, pero, no será necesario,

nos vamos esta noche, así las niñas irán dormidas y no haremos paradas.

Mire, aquí tiene la dirección de Madrid para que nos avise

si surge algún inconveniente.

Así lo haré

y ya no les enredamos más

que les queda mucha carretera por delante.

Bueno, pues, ha sido un placer conocerles.

Espero que vuelvan pronto. En cuanto tengamos la ocasión.

Pedro,

hasta pronto.

Aunque los primeros días son los peores,

uno nunca se acostumbra al horror de la guerra.

Por un lado están las bombas, ametralladoras, fusiles...

que te pueden hacer pedazos sin saber de dónde viene.

Pero, lo peor, es la lucha en las trincheras.

En el asalto se usan palas, mazas, cuchillos...

igual que en la Edad Media.

Te juro que no he visto nada más brutal y primitivo en mi vida.

Pues, por eso estás así.

No.

Ese era nuestro día a día.

Ya me había acostumbrado a vivir así,

no fue por eso.

¿Y por qué fue, Carlos?

Un francotirador había matado a varios de nuestros compañeros

y nos enviaron a por él.

Nos dijeron que estaba en una casa

a las afueras de un pueblo y allí fuimos.

A veces, lo peor es el silencio.

Avanzar por esos campos desolados sin ningún ruido alrededor,

te da la sensación de que te puede pasar cualquier cosa.

Cuando ya estábamos muy cerca,

vi algo moverse en una de las ventanas

y disparé.

¿Le diste?

Sí.

Me dijeron que le había dado en la cabeza,

pero, yo no vi nada,

el cuerpo cayó hacia dentro.

Entramos en la casa para confirmar su muerte.

¿Estaba muerto?

Sí.

Pero, no era el francotirador.

Si estuvo en esa casa en algún momento, ya se había ido.

¿Y a quién diste, Carlos?

Maté a una mujer.

Era muy joven.

De nuestra edad, más o menos

y tenía tres hijos muy pequeños.

El mayor tendría seis años y tenía a uno de meses en el regazo

que me pareció idéntico a mi hijo.

Y cuando entramos se pusieron a gritar de miedo.

Unos chillidos que me paralizaron.

Empezaron a caer bombas y nos arrastraron fuera de allí,

de vuelta a nuestras líneas.

Yo, ni sentía ni me enteraba de nada.

al día siguiente volvimos a la casa, pero,

había sido destruida por las bombas.

Bueno, Carlos, no tienes la culpa de lo que pasó.

Yo les condené a todos a muerte.

Aún, esos gritos me despiertan por la noche.

Cuando me voy a dormir,

sé que voy a soñar con ellos y que va a ser horrible.

Tranquilo, Carlos.

De hecho, por eso me hirieron.

Después de una noche en vela,

me pareció ver a los niños en mitad de la tierra de nadie

y fui corriendo a por ellos

y una granada me lanzó por los aires.

Tardaron varios días en dar conmigo y...

y cuando me encontraron, apenas era capaz de hablar.

Tienes que pensar que, ahora, estás aquí y estás bien.

Mi cuerpo está aquí,

pero, mi cabeza, no.

Por eso soy un peligro para Sofía

y para el niño.

Y lo mejor que puedo hacer es alejarme de ellos.

¿Qué tal la reunión?

Pues no como esperaba, la verdad. Pero esperamos...

Pero, Diana, ¿qué haces aquí?

Desayunar, ¿no lo veis?

¿Pero cuándo has venido y por qué no nos has avisado?

¡Dadme un abrazo!

(RÍEN CONTENTAS) ¡Qué bien que estés aquí!

¿Cuándo has llegado?

Al amanecer, pero no quería despertaros.

¿Vamos a ver a las niñas? No, no, están dormidas.

Están cansadas del viaje. Claro.

Sentaos.

(RÍEN CONTENTAS)

¿Cómo te recuperas de tu operación?

Bueno, ya estoy bien.

No sabes lo duro que ha sido

para mí estar lejos de ti en esos momentos.

¿Y cuánto tiempo te vas a quedar?

¿Te va a dar tiempo a ver mi librería?

Por supuesto, me muero de curiosidad. ¿Cómo va?

Pues despacio.

Pero poco a poco la gente se da cuenta de que hay

una nueva librería en el barrio.

Todavía no nos has dicho cuánto tiempo te vas a quedar.

De momento una buena temporada.

¿Y eso por qué? ¿Algún problema con Salvador?

No, con Salvador va todo muy bien.

¿Y las niñas están bien?

Las niñas están felices.

Pero la vida en el campo

ha sido más difícil de lo que pensábamos.

Bueno, era un gran cambio. Siempre es difícil.

No sólo por el cambio de vida.

Ya os contaré cómo es la gente del pueblo.

Pero bueno, la razón ha sido otra.

Seguro que has vuelto

porque nos echabas de menos. ¿A que sí?

Lo reconozco. Sí, os echaba de menos.

Pero... pero hay otra cosa.

La fábrica.

Pero, Diana, ¿otra vez a vueltas con la fábrica?

Si ya la has vendido.

Lo sé, pero Benjamín me llamó muy preocupado.

No sé si lo sabes,

Rodolfo está enfermo.

Sí, claro que lo sé.

¿Qué le pasa?

No lo sé, pero tiene que guardar reposo estricto.

Y ha cargado a Benjamín con todas

las responsabilidades. El pobre hombre está abrumado.

¿Tú sabes qué le pasa?

Está muy grave.

Cristóbal está muy preocupado.

De hecho no sabe si va a salir adelante.

Dios mío...

Lo siento.

Qué tarde te levantas.

Estás muy perezosa últimamente. ¿Qué haces?

¡Fuera!

¡Suéltame, que me vas a dejar marcas en el brazo!

¿Cómo tienes la desfachatez de seguir en mi casa

después de lo que has hecho?

¿Y qué es lo que he hecho, si se puede saber?

No me vengas con teatros e hipocresía, ¿eh?

Le has dicho a mi hijo a qué me dedico.

¿Y qué culpa tengo yo que te dediques a esto?

Teníamos un acuerdo.

Sí, que tú rompiste cuando encargaste que me dieran...

¡No fui yo!

Ahórrate tú ahora la hipocresía y el teatro.

Da igual, sea lo que sea

ahora mismo vas a pagar por lo que has hecho.

Cándida, si en el fondo te he hecho un favor.

Ese secreto te estaba torturando.

Ahora que tu hijo sabe la verdad no me digas

que no te has quitado un peso de encima.

Vete, no vas a trabajar ni un minuto más en esta casa.

¿Me estás despidiendo?

¿Tienes alguna duda?

Cándida, vamos, piénsalo.

Podríamos llevarnos muy bien sin secretos ni malos modos.

Y haríamos de esta casa la mejor de todo Madrid.

¡Fuera!

Te vas a arrepentir de esto.

La luz...

Vamos. -La luz...

Despiértate, que ya son horas.

¡Oh, me molesta la maldita luz!

No, la luz no es lo que te molesta,

lo que te molesta es la resaca.

Pero eso se va a terminar ahora mismo.

Te vas a espabilar y a desayunar.

¿Y quién le ha dicho que quiero desayunar?

Claro, porque me dirás que tú ya te has preparado

tu propio desayuno, ¿no?

¿Por qué no me deja en paz?

¿Es que uno no puede estar tranquilo

ni en su maldita casa?

Yo a esto no lo llamo tranquilidad,

lo llamo abandono.

Pues es lo único que me sirve, madre.

Y si estuviera en mi situación lo entendería.

Pero como no lo está le agradecería que se fuera.

Ahórratelo, no me pienso ir aunque me eches.

Mira, utiliza tu rabia en otra cosa.

Los médicos dicen que es muy buenoutilizarla

para tu recuperación.

Ahórreme esos consejos baratos.

Me obligas a tomar medidas drásticas, Gabriel.

¿Ah, sí? ¿Y qué va a hacer, pegarme con la zapatilla

como si fuera un niño pequeño?

Pues mira, si hace falta lo haré.

Pues esta vez tendría ventaja, no puedo salir corriendo.

No, eso no puedes hacerlo. Pero sí puedes alcanzar

la botella de whisky y dejarla vacía.

Pues si tienes fuerzas para eso

tendrás fuerzas para hacer los ejercicios.

Así no se te atrofian las piernas.

No hay posibilidades de recuperación.

A ver si le entra en la cabeza de una maldita vez.

Eso no fue lo que dijo el Dr. Loygorri.

El Dr. Loygorri dice muchas cosas por compasión.

No, porque sabe de lo que habla.

Vamos a hacer los ejercicios. -No me da la gana.

Vas a hacerlo. Si me obligas a tomar medidas

drásticas te vas a enterar de quién soy yo, Gabriel.

Venga, aquí. Vamos allá.

Por amor de Dios...

¿Qué está haciendo, madre? -Vamos.

Me ha dejado una nota en el hotel

diciendo que quiere hablar conmigo,

que quiere aclarar las cosas. ¿Te lo puedes creer?

Es que no sé qué es peor, si saber a qué se dedica

o aceptar que me ha estado engañando toda la vida.

Elisa, ¿me estás escuchando?

Lo siento, no es que no me interesen tus problemas.

Ya, supongo que tú también tienes los tuyos.

Sí, pero cuenta. -No, no, dime qué te pasa.

Así pienso en otra cosa

y tú también te podrás desahogar un poco.

Es por Carlos.

¿Qué le ha pasado?

Me ha contado lo que le pasó en la guerra,

cuál es la causa de su sufrimiento.

¿Y a su mujer no le ha contado nada?

No, pero no sé si Sofía debería saberlo.

¿Por qué?

Porque lo que le ha pasado es terrible.

¿Y no me lo vas a contar?

Ha matado a una mujer.

Se confundió, pensaba que era un francotirador.

Bueno, entonces fue un accidente.

Sí, pero también murieron sus tres hijos.

Un bombardeo que hubo después.

Tres niños pequeños.

Y uno de ellos le recordaba a su propio hijo.

Pobre.

Gonzalo, no sé qué hacer.

¿Debería contárselo a Sofía?

Debería contárselo su marido, ¿no?

Ya, pero es que con ella no habla.

Por eso Sofía me dijo que intentara hablar con él,

para sonsacarle la verdad.

Ya.

Bueno, en ese caso cuéntaselo.

Es que no sé cómo va a reaccionar Sofía.

Ella ya me ha dicho varias veces que...

que a veces le tiene miedo a Carlos.

Que no le reconoce.

Y esto sólo va a empeorar las cosas.

O no. Si Sofía le quiere perdonará su error.

Y eso le va a ayudar.

Es que no sólo es eso.

Al hablar con Carlos me he dado cuenta

de que no es el mismo.

Está cambiado.

No es el Carlos que conocimos.

Y yo la verdad no sé cómo Sofía se va a tomar eso.

Vamos, Gabriel.

Ahora intenta mover el pie, o un dedo.

No puedo. -Ni lo has intentado, Gabriel.

¿Cómo lo sabe? -Porque te conozco.

Inténtalo, vamos.

El dedo gordo al menos. Inténtalo.

Lo estoy intentando. ¿Lo nota?

No, ¿verdad? ¡Porque no se mueve, madre!

¡No sirve de nada! -Cállate y sigue intentándolo.

Por favor, madre.

Se lo ruego, déjelo ya, ¿quiere?

Déjelo y deme la botella de whisky.

No, no hay whisky si no mueves el dedo.

¡No puedo moverlo, madre!

¡Lo estoy intentando pero no puedo!

Entonces vamos a empezar con las friegas.

Madre, se lo ruego, déjelo estar.

El doctor dijo que esto era muy importante,

que había que hacer los ejercicios.

Basta ya, por favor, esto no sirve para nada.

Quiero descansar. ¿De acuerdo? -No. Voy con la otra pierna.

Hay que hacer los ejercicios.

Se lo pido por favor, déjelo ya.

Por el amor de Dios, no se da cuenta...

¡Ah! -¿Qué?

¿Has notado algo? -Me ha hecho daño, madre.

¿Daño? ¿Dónde? -Ahí abajo.

¿Aquí? -He notado como un latigazo,

algo que me subía por la pierna.

¿Aquí? -¡Me ha hecho daño, madre!

¡Ay, bendito dolor, hijo!

¿Aquí? -Abajo.

Ahí abajo. -¿Lo notas?

¡Sí, lo noto! ¡Lo noto! -Ay, hijo mío, ¿ves?

¿Ves cómo sí servía para algo?

Venga, no lo dejemos ahora.

¡Lo siento, madre! ¡Lo siento, lo siento!

Ay, Gabriel...

Sí, sí, claro.

Muchísimas gracias por contar conmigo.

Por supuesto.

(VOZ BAJA) Ahora te cuento.

Sí, lo mismo digo.

Es todo un placer.

Gracias.

¿Muchas gracias por contar conmigo?

¿Pero qué haces aquí? ¿No tenías trabajo?

Sí, fui a hacer una entrega

a una clienta que vive aquí cerca

y he pasado para ver qué tal estabas.

Pues estoy eufórica.

¿Por qué? ¿Con quién hablabas?

Era el director del periódico de mi folletín.

Dicen que en la edición catalana quieren encargarme

otro pero adaptado a las costumbres de ahí.

Así que el director de la edición catalana

quiere entrevistarse conmigo cuanto antes.

Eso significa que están muy interesados.

Sí, de hecho me voy a Barcelona.

¿Has estado alguna vez?

No.

¿Sabes que es una de las ciudades

más hermosas que yo he visto nunca?

Una prima mía estuvo allí de viaje de novios

y me mandó una postal de la catedral.

Qué cosa más bonita.

¿Y qué te parecería ver esa catedral

con tus propios ojos?

No te entiendo.

Te estoy pidiendo que me acompañes.

Es la oportunidad perfecta para hacer un viaje juntas.

Me encantaría, Celia. Sería un sueño.

Y pasear por la orilla del mar.

Ay, el mar...

Echo tanto de menos el mar.

Pues no se hable más, nos vamos juntas

a disfrutar de la ciudad

y espero que de un nuevo contrato para mí.

Espera, ¿y el trabajo?

Ah, bueno, la maravilla de ser la encargada

de la tienda es que puedo cerrar unos días

si me da la ventolera.

Ya, pero yo no puedo faltar en Costuras Pavón así como así.

Yo necesito un permiso.

Pero tú me dijiste que tu jefa era muy comprensiva.

Sí, pero serán varios días.

Pues entonces lo que tienes que hacer es ser persuasiva

y poner mucha cara de pena.

Está bien, tengo tantas ganas de hacer este viaje

que pondré la cara de pena más triste del mundo.

Acompáñenme, por favor.

Hola.

Qué alegría, después de tanto tiempo.

Pero sentaos, por favor, no os quedéis de pie.

¿Puedo ofrecerles un café o una copa?

Yo tomaré una infusión de hierba luisa.

Sí, y para mí un café, gracias.

Otra infusión para mí, María. Gracias.

Tienes buen aspecto.

¿Cómo te encuentras?

Espero que eso de que tengo buen aspecto

lo digas por cortesía.

Porque si no voy a empezar a pensar que la vida

en el campo te está afectando los sentidos.

¿Y Amalia? ¿Dónde está?

Nos gustaría saludarla a ella también.

Ha ido a la botica a por mis medicinas,

que no son pocas.

Estoy en las últimas, amigos.

No digas eso, Rodolfo.

¿Sabéis qué me ha pasado esta mañana?

Me he mirado en el espejo y por primera vez...

he comprendido que no me queda mucho.

No, no me lo creo.

Tú no te vas de este mundo

sin ganarme alguna vez en el tiro al pichón.

Que por cierto, la última vez le pegué una buena paliza.

Mira, sólo por la revancha

merece la pena que luche hasta el final.

¿Y la fábrica?

Ya no te puedes hacer cargo de ella.

¿Qué, habéis venido a eso?

¿Me vais a quitar la fábrica ahora que estoy enfermo?

Os tenía en mejor estima,

así que no voy a utilizar la palabra buitres.

En el pueblo nos han llamado cosas peores.

Y no se refiere ni a chacales ni a hienas.

Nos han llamado señoritos de ciudad,

que para ellos es la peor especie

que existe en la Tierra.

No desprecies la sabiduría popular, Salvador.

Casi siempre tiene razón.

No queremos quitarte la fábrica.

Sólo quiero ayudarte,

coger las riendas del negocio hasta que tú puedas regresar.

Disculpen. -Gracias.

¿Y dónde quedan vuestros deseos

de querer llevar una vida más sencilla?

No es tan sencilla, Rodolfo.

Y de momento podemos aparcarlo. Ya veremos en el futuro.

No, si en el fondo puedo llegar a entender

que queráis arrebatarme la fábrica

ahora que apenas me tengo en pie.

Rodolfo, nadie quiere arrebatarte la fábrica.

Insisto, sólo queremos ayudarte.

Diana, estoy perdiendo la salud.

Y la ilusión.

Y las ganas.

Pero deberías saber que lo último que pierde

un hombre es la dignidad.

¿Dejar que te ayuden con la fábrica

te parece indigno?

Salvador, soy un hombre de negocios.

Compré Tejidos Silva.

Creo que puedo sacarlo adelante sin vuestra ayuda.

Tú siempre has sido un hombre muy orgulloso.

Y yo siempre he sido una mujer muy terca.

Doy fe.

Te voy a convencer de otra manera.

Soy todo oídos.

Simón, no me haga repetirle las cosas tres veces.

Le he dicho que esta tarde nos vemos

en el club de caballeros.

A cambio usted tiene que comportarse.

Nada de escándalos.

Tengo su palabra entonces.

De acuerdo, pues nos vemos allí esta tarde.

Adiós. Adiós.

¿Qué hace usted aquí?

Quiero presentar una denuncia.

(SUSPIRA)

¿Y cuál es el motivo de esa denuncia?

He sufrido una agresión por parte de Cándida Fortún,

la dueña de la casa de tolerancia.

¿Tiene alguna marca física que apoye esas palabras?

Pues sí.

Me ha cogido del brazo, me ha abofeteado,

me ha agarrado del cuello fuerte...

Casi me ahoga. No podía respirar. Mire, mire cómo tengo la voz.

No me parece una agresión muy grave.

Cómo se nota que no es usted quien la ha padecido.

Conozco a doña Cándida y, aunque no apruebe su profesión,

me parece una mujer que sabe guardar la compostura.

Ha tenido que llevarla hasta el límite para que reaccione así.

Ah, deduzco por sus palabras que, para usted,

hay agresiones que son justificadas.

No, yo no he dicho eso.

-¿Entonces va a cursar mi denuncia? -Aún no lo sé.

Cualquier ciudadano tiene derecho a presentar una denuncia.

Usted está tras esa mesa, para servir al público.

Se equivoca, mi trabajo no es tramitar toda denuncia

que cualquier hijo de vecino quiera interponer.

Debo asegurarme de que estén bien fundadas.

Si no le basta con la agresión que le cuento,

puedo añadir que esa mujer me ha coaccionado

para ejercer la prostitución.

No me parece usted el tipo de persona que se deje coaccionar.

Nadie vende su cuerpo por gusto.

Estuve en la casa de tolerancia, ¿recuerda?

La vi con mis propios ojos y no me pareció verla muy obligada.

Al salir de la cárcel no tenía dinero para salir adelante,

por eso tuve que emplearme en la casa de tolerancia.

No es lo mismo trabajar por necesidad que por coacción.

Si sigue usted así, inspector,

me veré obligada a denunciarle a usted por ignorar

la denuncia de una ciudadana que ha sido pisoteada.

¿No estará incurriendo en una negligencia grave?

(SUSPIRA) Está bien.

Haré una visita a la casa de tolerancia.

Pero si descubro que me ha mentido,

usted habrá incurrido en un delito por presentar una denuncia falsa.

¿Le apetece que juguemos?

Usted haga su trabajo, inspector.

(RESOPLA)

Nos llamó al pueblo.

Él está abrumado por la responsabilidad que tiene.

Bueno, es... normal, ¿no? Estar abrumado al principio.

A mí me ocurrió. Al final le coges el truco al trabajo y...

te das cuenta que no es tan difícil.

Para él sí.

Es un hombre sencillo y... ya tiene una edad.

Pero es leal.

Y a mí no me ha comunicado ningún desastre, Diana.

(SUSPIRA) -No lo ha hecho porque sabe

que debes estar tranquilo. (RODOLFO TOSE)

Pero la realidad es que

la situación de la fábrica es crítica.

Puede que tenga que hacer el esfuerzo...

(TOSE) De acercarme a la fábrica.

Sin que se entere mi médico que, además, es mi hermano.

Tú mismo has dicho que no puedes ni tenerte en pie.

Rodolfo, debes descansar.

Estaba exagerando, Salvador.

(TOSE)

Uf... -Va, Rodolfo, por favor, siéntate.

Ah...

-Deja que te ayudemos. -Sí.

No solo está en juego la fábrica que levantó mi padre,

sino el pan de muchos trabajadores.

Y no solo eso, también tu salud,

el sustento de tu mujer y el de tu hija.

¿Vas a poner todo eso en riesgo solo por tu orgullo?

Estoy cansado.

Voy a descansar un rato.

Así que solo voy a decir dos cosas.

Siento haberos comparado con buitres.

Eso ya está perdonado.

¿Cuál es la otra cosa?

¿Cuándo empiezas en la fábrica?

Esto es indignante. Es indignante, Raimundo.

Y no te pongas de su parte, porque te conozco.

No, si yo no me pongo de parte de nadie. Dios me libre.

¿Qué le dije a Amalia cuando nos dejó plantados

y ni se dignó a avisarnos? ¿Qué le dije?

-¿Que muy mal hecho? -Ajá. ¿Y?

Que no lo volviera a hacer, Raimundo.

Pues ya ves tú de lo que ha servido,

nos ha vuelto a dejar plantados, y otra vez sin avisar.

Don Luis, pero creo que es porque su marido está enfermo.

Como si se le muere el canario, Raimundo.

Cuando hay que actuar, hay que actuar.

No hay excusa que impida a un artista subir a un escenario.

Sabe que a ella le encanta actuar,

pero cuando no se puede, no se puede.

¿Y el público que la espera? ¿Y yo?

¡Qué falta de respeto! -Don Luis, por favor,

póngase en su lugar, no cuesta tanto.

¿Y quién se pone en mi lugar?

¿Quién se pone en mi lugar, eh? Dime, ¿quién?

¿Cómo que en su lugar? ¿Está usted enfermo?

No, no estoy enfermo, lo mío es mucho peor.

Esto no va a quedar así.

Raimundo, tenemos que hablar muy seriamente.

Otra con malos humos. A ver, ¿qué he hecho mal ahora?

Le dices a tu madre que ya puede olvidarse de cuidar de Raimundita.

Merceditas, quienes cuidan a la niña son tus padres.

¡Eso es! Y así va a seguir siendo.

No quiero que tus padres piensen lo que no es.

¿Pero de qué hablas? -Tu madre me llamó para decirme

que ellos quieren cuidar de la niña.

Y que les mande dinero para los gastos.

¿Y tú cuánto dinero mandas?

Casi todo el que gano en casa Silva,

allí no tengo gastos y la niña necesita comer.

-Pero eso es mucho dinero. -¡Ay, Raimundo!

También hay que vestirla y calzarla.

Eso con mis padres no haría falta,

mi madre cose como una modista de primera.

Bueno, tú diles que, por favor, no me llamen más,

ni para llevarse a la niña ni para pedirme dinero.

Que ya veo yo por dónde van. -¡Eh, eh, eh, eh!

¿Acusas a mis padres de que quieren a la niña por el dinero?

¡Pues sí, mira!

¡A tus padres les gusta más el dinero

que al tonto del pueblo un palo! -¿Y a tus padres no les gusta nada?

¡Ay, Raimundo...!

Del cuidado de mi hija se van a ocupar mis padres.

¡Fin de la historia!

Muchas gracias. Sí, gracias, gracias por darme permiso.

Trabajaré como una mula para compensárselo.

Claro, claro, le traeré algún recuerdo de Barcelona. Sí.

Gracias, gracias. Adiós.

(RÍE)

Buenas tardes, ¿necesita algo?

Hola, chiquitina.

-Andrés... -Ha pasado mucho tiempo y...

y me he dejado barba.

Andrés...

Bueno, ¿no vas a darle un abrazo a tu novio?

Ay, Elisa, lo primero, ¿qué tal está tu padre?

No le veo por aquí. -Ha ido a la barbería.

Ah, bueno, eso es que está mejor.

Estará enfermo, pero es un presumido.

Quiere que le recorten la barba para estar más guapo.

Pero tú no has venido a hablarme de mi padre.

No.

Elisa, ¿pudiste hablar con Carlos?

Elisa, por favor, dímelo.

Sí, hablé con él. Le llevé a la terraza del Continental.

Hacía buen tiempo y pensé que le vendría bien tomar el aire.

Entonces, te tengo que dar las gracias a ti.

-¿Por qué? ¿Ha mejorado? -No, no, Carlos sigue como antes,

pero ha decidido no ir al sanatorio mental.

-¿De verdad? -Sí.

Ay, Sofía, cuánto me alegro.

¿Peor no le convenciste tú?

Estuvimos hablando de... de cosas.

¿De la guerra?

-Sí. -Ah, ¿y qué te dijo?

¿Le pudiste sonsacar algo para... para que ahora esté mejor?

No sé, a lo mejor te contó algo,

se liberó y por eso ha cambiado de opinión.

-Algo me contó. -¿Y qué te contó?

Elisa, por favor, no necesito que me protejas,

necesito saber lo que le pasa a mi marido.

-¿Y para qué, Sofía? -Porque, si no, no puedo ayudarle.

Es que no sé cómo llegar a él y me estoy volviendo loca, por favor.

Es que yo te entiendo, pero...

¿Pero qué? Elisa, necesito recuperar a mi marido,

al Carlos de siempre.

-Nuestro Carlitos. -¡Claro!

Por eso necesito que me digas qué te dijo.

(SUSPIRA)

-Me dijo que la guerra es horrible. -¿Solo eso?

Que... que, a veces, sueña con...

con los ruidos de las explosiones,

con sus compañeros muertos, con las luchas.

Ya. ¿Y ya está? ¿No te dijo nada más?

No sé, algo más significativo.

Que la guerra es terrible lo saben todos, él también.

Estuvo en la guerra de Marruecos, sabía a qué iba.

No sé, yo creo que allí le ha pasado algo más.

¿Y a ti no te ha dicho nada?

Creo que lo que Carlos necesita ahora es toda tu paciencia

y todo tu amor.

Da igual las heridas que tenga en el alma.

Da igual cómo se sienta ahora.

El amor todo lo puede curar.

No, Elisa, el amor no todo lo cura.

Mi marido está vivo, pero... yo lo perdí en esa guerra.

Y no sé si voy a volver a recuperarle.

¿Cómo estás?

Sobrevivo, Salvador, que no es poco.

La última vez que nos vimos fue en el casino de Montecarlo.

Fue una partida de póker memorable.

Sí, perdí lo poco que me quedaba de la herencia de mis padres.

¿Y lo bien que lo pasamos?

¿Por qué no dejamos que nuestros hijos

tomen sus propias decisiones?

Tienes que acabar con ese cortejo, por favor.

Tenemos que cortarlo de raíz.

No pienso mover un dedo hasta que no me expliques

por qué ese empecinamiento tuyo.

Vengo de las Oficinas Generales del Ejército.

-¿Y eso qué significa? -Que ya he cumplido con la patria.

Y ahora me han concedido la paga correspondiente.

Me alegro por ti. Te lo mereces.

Con ese dinero, podré abrir la ferretería que siempre quise.

Pero ese plan no tiene sentido si no me caso contigo antes.

Así que has notado algo. Sí, sí.

Ha sido como un pellizco. Y luego, he sentido un dolor

muy intenso por toda la pierna, como un latigazo.

La sensación de latigazo se puede deber

a que llevas mucho tiempo en la misma postura.

Es un dolor reflejo.

Lo del pellizco... Eso ha sido cosa de mi madre.

Le dije que te moviera las piernas, no que te pellizcara.

Oye, no quiero hacerme falsas esperanzas.

Este dolor se puede deber a cualquier cosa, ¿verdad?

¿Qué tal si nos dejamos caer por el hipódromo?

Unas copitas de sherry y un par de apuestas.

Hace tiempo que no apuesto. Te sorprenderá,

pero la última vez que fui al hipódromo,

fue para hablar de lonas y de toldos.

Vamos, Salvador. Puede que tu nueva vida está bien,

pero te vendrá bien salir un poco de la rutina.

Iba a comportarse como Dios manda. -Los mandatos de Dios

a mí me importan poco. Pero usted es mi dios pagano,

así que voy a sentarme bien para no incomodarle.

¿Así está mejor? -Es correcto.

Bien. ¿Y qué era eso tan urgente que quería decirme?

Sí. (CARRASPEA)

Eh... Creo que ayer fui muy grosero con usted.

Quería pedirle disculpas.

Sofía, creo que mereces saber la verdad.

Y a mí me gustaría saberla.

Hasta que no te cuente lo que me pasó,

creo que no voy a poder continuar con mi vida.

Tendrías que ir con cuidado con el trato que le das

a Raimundo y con lo que le dices de sus padres.

¿Por qué? Si él fue el que arruinó nuestra familia.

Sí. Lo sé. Pero para bien o para mal, es el padre de tu hija.

Y a las malas, si no os arregláis, podría apañárselas

para que un juez le diese la niña a él y a sus padres.

Sofía, creo que mereces saber la verdad.

Y a mí me gustaría saberla.

Hasta que no te cuente lo que me pasó,

creo que no voy a poder continuar con mi vida.

Doña Marina Montero vino ayer a comisaría.

-¿Esa mujer otra vez? -Ha presentado

una denuncia contra usted. -¿Y de qué me acusa esa víbora?

De haberla agredido. Y de obligarla a ejercer

la prostitución. Según ella, igual que a otras muchachas aquí.

No me puedo creer que esa mujer utilice a la policía a su antojo.

La policía está para ayudar y servir a todos,

incluso a quien no se lo merece.

Celia, te quiero.

Adiós.

Si tú me das la oportunidad

de acercarme a ti,

te prometo que no te meteré prisa.

Y verás cómo, poco a poco,

vas superando ese sentimiento que tienes por Gabriel.

Ya perdió una vez la cabeza cuando se obsesionó con Francisca.

Y ahora hace lo mismo con mi cuñada.

No pienso tolerar un capítulo como aquel.

¿Y cómo lo piensa impedir, doctor, si puede saberse?

¿Me va a poner una inyección?

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Seis Hermanas - Capítulo 477

04 abr 2017

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de la segunda década del s. XX.

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  1. Maria

    Holaaa!! Porque le han quitado casi 25 minutos a la serie??????

    06 abr 2017
  2. MARIA R CASTRO

    Jajaa no puede ser más.obvio.

    05 abr 2017
  3. Nati

    Noooooooooooo xfavor nooo9

    05 abr 2017
  4. Elenita

    Tan sencillo como esto: Elisa y Gonzalo, son hermanos. Gonzalo es hijo de Cándida y de don Ricardo.

    05 abr 2017