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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 475 - ver ahora
Transcripción completa

(LEE) Su voz es como una caricia para los sentidos.

Siempre suyo.

Con su arte y su nuevo dominio vocal,

se merece debutar en escenarios de más renombre.

Pero yo no necesito actuar en ningún teatro.

Con el Ambigú, me basta para sentirme satisfecha.

Ha vuelto a cantar. Por eso, has encontrado

un ramo y una nota. Será de algún admirador suyo

que ni conocerá. ¿Ha vuelto a cantar en el Ambigú

y te lo has callado? No te enfades.

No te conviene, dado tu estado.

¿Y que me ocultéis algo así, si es bueno para mi estado?

Cuando a ti te peinaban tirabuzones,

yo ya sabía lo que era sobrevivir a una paliza.

Así que si quieres guerra, la vas a tener.

Cuando han visto que no nos plegábamos

a sus exigencias, han entrado en razón.

El miedo a perder tu trabajo les ha hecho volver.

-¿Y Pedro? -Es demasiado orgulloso

para reconocer que ha perdido su guerra.

Ese orgullo tuyo nos va a buscar la ruina.

¿Cómo vamos a comer, si no trabajas?

Deja de lamentarte, mujer.

Si te empeñas en irte, tiene que ser

bajo tu responsabilidad. Muy bien. Tráeme esos papeles.

Ahora voy corriendo a avisar a mis amigos.

No se preocupe, que lo tendré todo preparado.

No se olvide de invitar a Velasco.

Noto que hay algo en mi cabeza que no funciona bien.

Y por mucho que me duela, creo que es mejor alejarme ahora,

antes... antes de que haga algo irreparable.

Si no me hubiera comprado el maldito automóvil,

nada de esto habría pasado. No la quiero a mi lado.

Hijo, no me encuentro bien. Creo que es mejor que nos vayamos.

-Madre, ¿qué le pasa? -Cándida, no creo que sea

para tanto, por favor. -¿Se conocían de antes?

Está claro que hay un problema entre ustedes.

¿Por qué no nos sentamos y lo aclaramos?

No tengo nada que aclarar con ella. Vámonos.

El resto de las familias ya han recuperado el trabajo

y con él, la tranquilidad. Yo quiero lo mismo para la mía.

¿Me ayudará? -Cuente conmigo.

¿Por qué Cándida se llevó a Gonzalo así corriendo?

Fue una reacción desmedida, padre. ¿No cree?

Sí. A mí también me ha extrañado un poco.

(Sintonía)

Merceditas. -Buenos días, señor.

Qué pronto se ha levantado hoy. -Sí.

Aunque la señora aún no se haya despertado,

me gustaría desayunar. -Enseguida le traigo el desayuno.

Gracias. Me gustaría haber dormido más,

pero quiero ser el primero en llegar a la bodega.

-¿Va a trabajar todo el día allí? -Me temo que sí.

Y, además, seré el último en salir.

Muy bien. Entonces, le voy a traer un buen desayuno

para que aguante toda la jornada.

(Se cierra la puerta)

Vaya.

¿Y este almuerzo? Traje víveres de Ribera del Rey,

pero no tantos ni tan buenos.

Parece que hayan venido los Reyes Magos.

(RÍE) No. Esos señores no han venido.

Pero sí otra persona que ha traído todo esto

y lo ha cocinado para usted. -¿Qué persona?

Ya verá, ya verá.

¡Carmen!

Pasa.

Su presencia me sorprende más que la de los Reyes Magos.

Buenos días, don Salvador.

Espero que acepte esto como gesto de buena fe.

Mi esposa también me ha dicho que los del carbón

también es cosa suya. -Me parecía inhumano

dejarles pasar tanto frío.

Aquí las noches refrescan mucho. -Y que lo digas.

Se lo agradezco, porque todo esto tiene muy buena pinta.

Es la manera que tenemos en el pueblo

de pedir los favores, ofreciendo alimentos.

Ya. Ya imaginaba yo que no era porque sí.

Sé que el señor es bueno. No hay más que ver

lo amoroso y protector que es con su esposa y sus hijas.

Le pido por favor que deje de elogiarme

y me pida lo que me tenga que pedir.

Con esto ya se ha ganado mi favor.

Sé que Pedro se ha portado mal con usted

y le quería, por Dios, que le vuelva a contratar.

-¿Y la ha mandado a usted? -No, no, no.

Él no sabe que he venido. -Lo suponía.

Pedro ha sido muy desafortunado con sus acciones y comentarios.

Tanto, que no sé si hay vuelta atrás.

Pedro es un buen hombre, señor. Pero le pierde la boca.

Pues que venga en persona y me pida disculpas.

No, no. Él nunca se humillaría.

Bueno, humillarse... Usted me entiende.

A él le llevarían los demonios, antes de venir aquí

y reconocer que se ha portado mal con usted.

-Ya. -Pero tenemos una familia.

Y los críos no tienen la culpa

de que su padre tenga un pronto tan malo.

No solo ha mostrado poca simpatía,

sino que ha puesto a todo el pueblo en mi contra.

A mi marido le ciega el orgullo, pero no es malo.

Carmen, me gustaría creerlo.

Los niños tienen hambre y yo también.

Le pido por lo que más quiera, que le vuelva a contratar.

¿Y si se lo traigo yo?

Los demás lo verán como un acto de generosidad.

Le aseguro que no se arrepentirá.

Y, bueno, aunque no lo diga, ha aprendido la lección.

Le aseguro que, esta vez, se portará bien con ustedes.

Solo puedo decirle que lo pensaré. Pero no le prometo nada.

Sabía que me escucharía.

Que es usted todo un caballero.

Bueno, y ahora, le dejo que disfrute de su desayuno.

Gracias.

Amalia, qué alegría verte.

He venido porque me han dicho que ayer estabas indispuesta.

Bueno, fue un contratiempo. Algo absurdo.

Si te digo la verdad, me da hasta vergüenza hablar de ello.

Pero siéntate, por favor.

Pues con esa introducción,

no vas a tener más remedio que contármelo todo.

Bueno, pues me puse a comer alimentos,

en realidad, todo tipo de alimentos

que, teóricamente, favorecen la fertilidad.

No me digas que te empachaste. Pues sí.

A base de arenques, de salmón,

de anchoas, de todo. Ay, con pescado.

Nunca he probado el arenque, pero tiene un aspecto

de estar malísimo. Ayer me indigesté

y pasé una noche terrible.

Por suerte, hoy ya estoy mejor.

Mira que soy tonta. No. Qué va.

Todas nos obsesionamos alguna vez con alguna cosa rara

y hacemos locuras. ¿Tú también?

Si yo te contara. He hecho muchísimas.

Así que no soy la única. No.

Lo que sí me extraña, es que tú las hagas,

con lo sensata y tranquila

que eres. Bueno, tengo razones.

No me va a ser fácil tener hijos.

¿Pero por qué? ¿No has salido bien de la operación?

Sí. Pero después fuimos a ver a un especialista en fertilidad

y me dijo que sería difícil que yo me quedase embarazada.

Vaya. Cuánto siento oír eso.

Y, además, este intento fallido

tampoco pone las cosas fáciles. Esa es la verdad.

Bueno, quizás tenéis que daros un tiempo.

No. Dice que lo puedo intentar ahora, aunque sea difícil.

Y yo no pienso rendirme. No pienso rendirme, Amalia.

Muy bien. Me parece muy bien que quieras cumplir tus sueños.

Sí. Y mira, si quieres una ayudita,

yo te puedo contar un secreto.

¿Ah, sí? Bueno, pues cuenta.

En mi momento, me dijeron que lo tendría difícil

para quedarme en estado. Y mira mi Dolores

lo rolliza y sonrosada que está, que parece un lechoncito.

(RÍE) Lechoncito.

No me gusta mucho hablar de esto porque no está bien visto,

pero yo fui a una curandera. ¿A una curandera?

Sí. Bueno, Amalia, pero yo no sé

si puedo ir a una curandera. Cristóbal es médico.

No sé. No lo entendería. Lo sé.

Pero esta mujer ha hecho fértiles a mujeres

que estaban más secas que la mojama.

Ya. Pero mira lo que me ha pasado a mí por comer arenques.

No sé. Quizás, lo de quedarse embarazada es cuestión de tiempo

y de suerte. Sí. Y si compras un boleto

de la lotería, te puede tocar. Pero si compras mil,

multiplicas las posibilidades, ¿no?

Te digo yo que esta mujer es infalible.

Bueno, siempre puedo ir sin que se entere Cristóbal.

Claro. Si quieres, vamos ahora.

¿Ahora? ¿Tienes algo más interesante

que hacer? No, pero...

Pues yo tampoco. ¿No tienes que comer con Rodolfo?

Pues no me ha dicho nada. No sé.

Últimamente, debe tener problemas en el trabajo,

porque esta mañana se ha encerrado

desde temprano en el despacho. Ya.

Muchas veces, tenía días así. Pero no le hagas caso.

Bueno. Blanca, espero que tengas ganas

de que esta casa esté llena de niños,

porque esta mujer te puede dar un montón.

Lo mismo, te caen dos de golpe.

¿Dos? Te lo digo yo, que es magia pura.

Vamos. Vístete.

¿Qué haces aquí, hijo? -Madre. La estaba buscando.

No he dormido en toda la noche.

-¿Te encuentras mal? -No.

He estado pensando en la cita de ayer

y en que se fuese de esa manera.

-No quiero hablar de eso. -Ya tengo una edad.

No me puede prohibir ver a Amparo

y no darme una explicación. -¿Tú confías en mí?

-Claro que sí. -Entonces, confía en mi palabra.

Esa chica te ha mentido hasta en el nombre.

-¿Cómo me va a mentir en el nombre? -Sí, hijo.

No se llama Amparo. Se llama Elisa.

-¿Elisa? -La mejor amiga de Elisa

se llama Sofía. Pues bien. Elisa fue capaz

de seducir a su marido, Carlos, y se quedó embarazada de él.

-¿Tiene un hijo? -No. Lo perdió.

Y al perderlo, se quedó estéril.

-No me lo puedo creer. -Créetelo, hijo.

Y está casada. -¿Casada?

Sí.

Con un joven honesto y trabajador que se llama Ciro.

-¿Y dónde está ahora? -Huyó de ella,

harto de sus mentiras y engaños.

Hasta le hizo creer que iban a adoptar a un niño,

mientras ella, por detrás, mandaba a su padre

al hospicio para que se lo negaran.

Luego, le robó los pagarés al pobre Ciro,

hasta dejarle casi en la ruina con sus caprichos

Y después, tuvo un amante

que le robó el poco dinero que les quedaba.

Madre, tiene que haber un error.

La mujer que yo he conocido, no tiene nada que ver

con esa arpía. Amparo es dulce...

Elisa, cariño. Se llama Elisa.

Y como verás, es una gran actriz.

¿Acaso no entiendes ahora el miedo que tengo

de que te haga a ti lo mismo que le hizo a su marido

y a sus amigos? No voy a permitir que esa bruja te arruine la vida.

(Se abre una puerta)

¿Quién anda ahí? -Soy yo, hijo.

Pensaba que había sido muy claro cuando le dije

que no quería que regresara. -Sí.

Pero Elpidia me contó cómo estabas.

Y mal que te pese, soy tu madre.

Y una madre siempre se preocupa por su hijo.

-¿Qué hace? -¿De dónde la has sacado?

(SUSPIRA)

Aunque le parezca mentira, tengo visitas.

Gente que se preocupa por mí, que se esfuerza en complacerme

y me trae detalles como ese.

Pues esto no te va a curar.

Nada lo hará. Al menos, eso me hace bien.

Es que... no soporto cuando te compadeces a ti mismo.

Me recuerda a tus peores tiempos.

Mis peores tiempos aún están por venir, madre.

Pero usted también se puede compadecer de mí, si quiere.

Le doy ese privilegio.

Cuánto me alegro de que tu padre no esté aquí.

Se sentiría muy desgraciado viendo cómo te faltas el respeto.

¿Por qué no se calla un poco

y me deja a solas con mis problemas y con la botella?

Ella me hace más servicio que usted.

Puedes decirme lo que quieras,

insultarme, si te apetece.

Pero no toleraré que te sigas comportando de este modo.

-¿Ah, no? ¿Y qué va a hacer? -Lo que sea.

Lo que haga falta. Pero todo tiene que empezar por ti.

No me mejorarás, si no pones

un poco de fe en el futuro. -No me queda ninguna.

Y el futuro ya ve dónde me ha traído.

Ya escuchaste lo que dijo el doctor.

Tienes que hacer los ejercicios, te guste o no.

Te voy a ayudar, quieras o no quieras.

-No me toque. -Vamos.

¡No me toque!

Deme esa botella.

Deme la botella, madre. ¿Dónde va?

¡Madre! ¡Deme la maldita botella!

Don Pedro.

Doña Diana.

Verá. Esta mañana, he estado en las bodegas

y, bueno, aunque no soy ninguna experta,

sí he podido observar que todo está bastante mal organizado.

¿Ah, sí? No me diga.

Sí. Necesitamos a alguien que organice las tareas,

que dirija a los trabajadores y, bueno, sobre todo,

que sepa cómo conseguir un buen vino.

Y esa persona no la tenemos.

Pues me alegra que me dé la razón.

Y está claro que yo, por muchos libros que lea,

pues no sé distinguir las uvas,

ni tampoco diferenciar el sabor de los vinos.

Claro. Eso no se aprende en un día.

En cuanto les vi llegar, ya me di cuenta

que no sabían dónde se metían.

Bueno, al menos, sé admitir que me he equivocado.

Hacer vino no se aprende leyendo,

sino trabajando año tras año. -Cierto, cierto.

Lo que yo sé, lo he aprendido de mis bisabuelos,

de mis abuelos y de mis padres.

Trabajando duro, sudando de sol a sol desde que era un crío.

Claro. Por eso usted sabe tantísimo.

Sí. Y me apena que el buen nombre de estas bodegas

se eche a perder en manos de gente que no sabe cómo llevarla.

Precisamente, de eso quería hablarle yo.

Verá.

Mi marido está un poco perdido.

Él es un hombre de ciudad

y, bueno, no entiende los asuntos del campo.

Me alegra que hayan cambiado de opinión.

Sí. Sí. Por eso me gustaría que fuese usted a ver a Salvador.

-¿Yo? ¿A verle a él? -Sí, sí.

En cuanto le vea, estoy segura de que le va a ofrecer el puesto.

Él es muy orgulloso, pero no es tonto

y sabe que le necesita.

Una persona como usted, tan experto.

Es una joya.

Está bien. Me lo pensaré.

Muchísimas gracias.

Espero que no perdieras muchos clientes

por venir de excursión.

También lo espero. Aunque habrá merecido la pena.

El Paular es un lugar maravilloso.

Muchísimas gracias por invitarme. -De nada, mujer.

El placer ha sido "nuestrísimo". -Pasar toda la tarde

con escritores a los que admiro, me confirma

que haber abierto esta librería es lo mejor que he hecho.

Si te oyeran, se iban a poner como pavos reales,

con el orgullo que tienen. -Y no está mal que lo mantengan.

Ser literato no es fácil. Un poco de seguridad

nunca viene mal. -Estamos todos muy agradecidos

de que dejaras a Juan Ramón presentar su libro aquí.

El placer ha sido todo mío. Sus poemas son maravillosos,

tan distintos. Nunca había oído nada así.

Así que me encanta poder aportar mi granito de arena.

Gracias, María. Una cosa. Me has asegurado

que el señor no está en casa, ¿no? -No, señora. Ha salido.

No querría que me viera con este vestido.

-Se marchó hace unas horas. -¿Y no ha dicho adónde iba?

No. No dijo ni adónde iba ni cuándo volvía.

Qué extraño. No le he visto en todo el día.

Gracias, María. Puedes retirarte.

Oh, voy a comerme una pasta.

No debería, pero, es que tengo un hambre.

Bueno, una no creo que estropee su bonita figura.

Esta mañana fui acompañando a una amiga a una curandera

de esas que ayudan a las mujeres a quedarse embarazadas

y no sé si seré yo quien saliera

con regalito en vez de ella, voy a comerme otra.

Pero, no más, que, ahora, el vestido le queda como el guante.

Y una cosa que quería preguntarte,

bueno, un tema que llevo pensando mucho desde esta mañana.

Tú dirás.

¿Por qué no ha venido tu amigo Velasco?

Con lo guapo que me he puesto

que se giraban las barquilleras a mirarme.

Sí, es verdad que vas muy apuesto, Simón,

pero, es que mi amigo...

Tu amigo, qué.

Está bien, a ver cómo te digo esto,

mi amigo es... es muy serio

y muy formal

y poco dado a las actividades sociales.

Bueno, pues, razón de más para venir.

No, a él no le gustan este tipo de salidas

y si las realiza, prefiere hacerlo con alguien un poco más afín a él.

¿Afín?,

nadie le puede ser más afín que yo.

Siendo policía,

¿a que le gustan las novelas de Conan Doyle?

Sí, ¿cómo lo sabes?

Intuición masculina que, también, existe.

Pues, a tu amigo,

le puedo contar toda la biografía del amigo Arturito,

lo iba a tener entretenido un buen rato,

¿o no es un buen tema?

Sí, Simón, pero, es que sois muy diferentes.

¿Y Velasco no tiene curiosidad por mí?

¿Por ti?

Sí, anda, no te hagas la sorprendida.

¿No tiene curiosidad por tu amigo literato dicharachero?

Es que Federico está ahora muy centrado en su trabajo

y creo que deberías buscarte a alguien más accesible.

Oh, no,

Simón Gorís no se rinde nunca.

Está bien, me parece bien que seas tan optimista,

pero, con Velasco lo tendrás difícil, créeme.

Yo me crezco en los desafíos.

Aunque él no lo sepa,

abriré la caja de caudales de su corazón.

Créeme.

Ay, inspector, gracias a Dios que le encuentro.

Antonia, ¿qué sucede?,

¿no le habrá pasado algo a Gabriel?

No, todavía, no,

pero, como esto siga yendo así, le puede pasar algo muy grave.

¿Qué le hace pensar eso?

Ha pedido el alta en el hospital y está en casa.

Bien, ¿y no le tranquiliza atenderlo en su hogar?

Eso mismo pensaba yo, pero, no quiere ser atendido.

¿Cómo que no quiere ser atendido?

No, está todo el rato enfadado, gritándole a todo el mundo.

Hasta echó de casa a Elpidia,

que es más buena que el pan, y vino a ayudarnos.

Sí que tiene que pasarlo mal para comportarse así.

Vamos, ya le digo que no aguantaré

mucho en esa casa si no cambia de actitud.

Es que nunca le había visto así,

y mire que las ha pasado malas.

No es propio de Gabriel. Pues, no.

Si viera cómo me insulta, me grita, me da empujones,

es que creo que ni me quiere ni me respeta.

No, mujer, claro que la quiere, más que a nadie,

pero, está pasando un trago muy duro.

Esa es otra, los tragos.

Se pasa todo el día bebiendo

desde que se levanta hasta que se acuesta.

Ya...

irá dejándolo, poco a poco,

cuando vaya adaptándose a su nueva situación

y se vaya sintiendo mejor.

¿Mejor, pero, cómo va a sentirse mejor,

cómo se sentirá mejor si no hace los ejercicios que le mandaron?

Es imposible que mejore, se pasa todo el día tirado

en el sofá bebiendo sin parar,

Velasco, no puedo más.

Bueno, doña Antonia, tranquilice esos nervios.

Mire, no sé qué ha pasado entre ustedes dos,

pero, le ruego que perdone a mi hijo,

tiene que ir a verle, es que si no,

ocurrirá una desgracia, hará una locura.

Antonia, no ha pasado nada entre nosotros,

no tengo nada que perdonarle a su hijo.

¿Entonces, por qué ya no se ven?

Si he dejado de visitar a Gabriel estos días,

es porque él mismo me lo pidió.

No me lo diga.

Sí, últimamente, tampoco ha sido muy amable conmigo,

me pidió que no volviera a verle

y decidí darle su espacio.

Estando como está, no me lo tomé como algo personal.

Si viera lo que sale por esa boca, es que no parece mi hijo.

Sí, algo he oído, se lo aseguro.

Vaya a visitarle, por favor.

No sé si va a molestarle más, ya le digo que no quiere verme.

Ya, pero, es que solo usted tiene la paciencia necesaria

para hacerle cambiar de actitud.

Está bien, Antonia,

iré a visitarle,

pero, usted, ahora, tranquilícese,

le aseguro que todo se arreglará.

Muchas gracias, Federico,

ojalá que a usted sí le escuche.

¿Qué pasa?

¿Que qué pasa?,

no te hagas la tonta, ¿eh?,

tú tienes la culpa de esto. ¿Yo?,

¿a qué viene eso?

Sé muy bien el jueguecito que te traes.

¿Ah, sí?, pues, sorpréndeme, porque no sé de qué estás hablando.

Esta mañana estaba muy cansada por atender a varios hombres

para saldar mi deuda contigo cuanto antes.

Entonces, me fui a dar un paseo

y de pronto me vi rodeada por un montón de matones

que empezaron a darme una paliza.

¿Y qué culpa tengo yo

de que haya tantos maleantes en esta ciudad?

Cuando terminaron de empujarme y de darme puñetazos y patadas,

me di cuenta que me dejaron la cara intacta.

Bueno, has tenido buena suerte.

Nada de suerte,

bien que se esforzaron en no tocármela

y entonces, me acordé

de lo que me contaste de La Peineta,

que ya no trabajaría por tener el rostro marcado.

Lógicamente, pensé que quién me podía querer a mí mal

y, a la vez, querer que estuviera mi cara intacta

y esa eres tú, Cándida.

Eso es muy retorcido, Marina.

Has tenido buena suerte, nada más.

Ya.

Demasiadas casualidades.

Creo que una copa te va a tranquilizar.

¡No quiero tranquilizarme!

Cuando estés mejor yo te acompañaré

a comisaría para que denuncies la agresión.

No digas tonterías, siendo quien soy,

la policía no me ayudará.

Bueno, como quieras,

tómate el día libre es obvio que lo necesitas

y hoy no te cobro los gastos.

No quiero limosnas,

me voy a cambiar, me adecentaré y seguiré trabajando,

mis clientes me esperan.

Y seguro que te lo agradecen.

Y les voy a atender porque soy una mujer de palabra,

tanto en el trabajo como en todo lo demás

y eso incluye llevar a cabo mis amenazas, Cándida.

Estás perdiendo la cabeza, Marina,

esta copa te hubiera venido de maravilla.

Mira, si descubro que estás detrás de esta paliza,

tu hijo sabrá la verdad.

Ni se te ocurra.

Ya lo veremos.

Elisa,

hola.

Gracias por venir,

sé que has estado muy ocupada cuidando de tu padre.

Te noté muy preocupada, Sofía,

¿pasó algo grave? Sí, la verdad, necesitaba

hablar contigo con urgencia.

Es por Carlos. ¿Qué ha pasado?

Es terrible, pero, me da miedo dejarlo solo con el niño en casa.

¿Por qué?

Porque me ha dicho que tiene pensamientos terribles día y noche.

Pensamientos de muerte.

Y que teme podernos hacer daño

a mí o al niño.

¿Qué vas a hacer?

Es que no es lo que yo quiera hacer,

él mismo reconoció que necesita ir a un sanatorio mental.

¿A un sanatorio mental? Sí, le dije que no,

pero, temo por el niño.

Además, Cristóbal dijo que le iría bien.

Sofía, Carlos no lo haría daño a una mosca,

por eso puedes estar tranquila.

El Carlos de antes, no, pero, ahora, es una persona diferente.

Elisa, no es él, habla diferente,

tiene una mirada siempre perdida, es que...

No sé, Elisa, y sufre mucho

por esos pensamientos que le acosan.

Todo eso es normal, Sofía,

acaba de vivir una guerra,

es normal que tenga pensamientos sombríos.

¿Y si tiene razón y nos hace daño?

No lo va a hacer.

Sofía, estoy segura de que si pasas más tiempo con él,

si haces que juegue con el niño,

que le ayude a dar sus primeros pasos, por ejemplo,

estoy segura que olvidará lo que sea que haya vivido.

Ay, ojalá tengas razón.

Claro que sí.

Sofía, Carlos puede estar pasándolo muy mal,

pero, es muy buena persona.

Elisa, necesito que me hagas otro favor.

Dime.

¿Por qué no hablas con él?

¿Yo?, no.

Sí, a lo mejor contigo se sincera

y te dice qué es eso que le atormenta tanto.

Sofía, Carlos no me quiere ver, ya lo viste.

Elisa, Carlos actúa así

con todo el mundo, no es nada personal.

Está enfermo.

Pero, vosotros dos tenéis mucha confianza

y, a lo mejor a ti te dice lo que a mí me quiere ocultar.

A ver, espabilad y no te duermas, atento a cambiar la bobina

que como se nos agote, la vamos a liar.

¿La máquina sigue parada?

En cuanto vea estos contratos, vengo y te echo una mano.

Ah, don Rodolfo,

qué bueno verlo por aquí, necesito que firme unos contratos

y que le eche un ojo a unos presupuestos.

En cuanto pueda, lo hago, ¿cómo van las cosas?

Bueno, tuve una reunión con el director del hotel

y parece que llegamos a un acuerdo beneficioso para nosotros.

Muy bien.

Ahora, solo tiene que darle el visto bueno y firmar.

Estoy convencido de que están bien, así que, adelante.

Pero, si no los ha visto tan siquiera y yo no puedo firmar.

He hecho un poder notarial para que pueda firmar

y por lo demás, me fio de usted. Y estando aquí,

¿no sería mejor que se encargara usted de esto?

Verá, Benjamín, no he venido a quedarme,

sino a informarle de algo importante.

¿El qué?

Desde hoy y durante un tiempo,

usted será el único responsable de la fábrica.

(Llaman a la puerta)

Lo sé, Luis, llego tarde

y lo siento muchísimo,

pero, no acabo de verme favorecida con estas pinturas.

No vine a meterle prisa,

solo a verla y está guapa con pinturas y sin ellas.

Bueno, mejor con ellas,

cuando una tiene un público, tiene que estar guapa siempre.

A ver,

¿qué le parece mi vestido, le gusta?

Muy bonito con todos los... se nota que lo ha arreglado

porque realza su figura.

Gracias, así da gusto.

Oh.

No sé quién se ha pensado qué soy yo,

pero, ni se le ocurra volver a hacer eso.

Lo siento, no pretendía ofenderla.

¿Ofenderme?, no, es que no me esperaba

eso de usted, nunca.

De los borrachos que me esperan a la salida, sí, pero, ¿de usted?

Me dejé llevar, esta noche está usted arrebatadora.

Sabe que soy una mujer, felizmente casada y madre de una hija,

así que será mejor que se controle

porque no tengo intención de engañar a mi marido.

Lo siento, fue un impulso, pero, no puedo controlarme.

Pero, qué dice, está loco.

Siento cosas por usted que no puedo ignorar.

Pues, ignórelos porque yo solo tengo ojos para Rodolfo.

Pero, ¿no se da cuenta que Rodolfo nunca la entenderá como yo?

Él no podrá ayudarla en su carrera musical,

a mí no tendría que ocultarme su pasión por la música,

la viviríamos juntos. Pero, ¿qué carrera?,

se lo he dicho mil veces, no quiero una carrera,

solo quiero venir aquí y cantar de vez en cuando

y volver a casa con mi familia.

No, no, intenta engañarse, Amalia,

yo veo la pasión que pone

en su música al subirse al escenario.

Lo noto en la vibración de su voz

en cómo sus movimientos

se acompasan con mis dedos cuando estoy al piano.

En ese momento, usted y yo somos uno,

¿es que no se ha dado cuenta?

Vamos a ver si le dejo dos cosas bien claras,

la primera, que eso es mentira

y la segunda, como vuelva a intentar besarme,

no volveremos a trabajar juntos, ¿entendido?

Pero, Amalia... Ni Amalia, ni Amalio.

Vamos, el público nos espera.

No se haga de rogar, Benjamín,

y si es por el sueldo, no se preocupe,

le compensaré esta responsabilidad.

No es eso, se lo agradezco, pero, usted es el jefe,

yo, por mucho que lo intente, no lo haré mejor.

Lo va a hacer muy bien, estoy seguro.

Benjamín, si hago esto no es por capricho.

Sigo enfermo y por lo que me han contado,

puedo estar así un tiempo.

Vaya, pues, sí que lo siento.

Es por esta razón

por la que le dejo esta responsabilidad,

a partir de hoy, ocupará mi puesto a todos los efectos.

Yo me organizo bien con la cotidianidad de la fábrica,

pero, en cuestiones comerciales,

pues, no sé porque me falta experiencia.

No tengo aplomo.

Pero, si lo ha hecho muy bien hoy. Sí, hoy, hoy.

Pues, hágalo así todos los días.

Yo creo que hay que buscarle un sustituto,

alguien como usted, un hombre de negocios.

Pues, con el traje, usted lo parece.

Ya, pero, no lo soy,

sé de telas, de máquinas, pero, en cuestión de números,

aunque me apaño, a mí me cuesta un montón.

¿Se encuentra usted bien?

¿Disculpe?

No, que parece usted traspuesto.

Es lo que me pasa cuando hago esfuerzos.

¿Ve cómo no estoy para esto?

Me tengo que ir, Benjamín,

y no le dé más vueltas, es perfecto para el puesto.

Bueno, pues, vamos allá.

Pero, Elpidia, no hace falta que eches tanto.

Pero, ¿está segura que es así, señora?

Sí, es lo que me ha dicho la curandera.

No lo había oído en la vida, es verdad que en el pueblo

dicen que el vinagre es muy bueno, para las verrugas, los hongos,

para limpiar el pelo, pero, para la preñez.

Tampoco lo había escuchado nunca,

pero, bueno, es mejor intentarlo, ¿no?

La verdad es que Casilda, la del panadero,

le apestaban los pies y tenía 10 hijos.

Pues, es buena señal, quizá, así, tenga hasta cinco hijos.

Pues, nada, laurel, pimentón,

sal, aceite y tengo a la señora en escabeche.

(RÍE)

Blanca, ¿dónde estás? Por favor, escóndelo todo.

¿Blanca?

Ah, estás aquí. Sí, sí.

¿Y este olor?

Eh... estoy haciendo unas perdices.

¿Unas perdices?, pues, creo que se te fue

la mano con el vinagre.

Blanca, vine a buscarte para salir a dar un paseo.

¿Un paseo, ahora?, no.

Sí, tras la indigestión de anoche, es conveniente.

Ya, pero, es que justo,

Elpidia me estaba enseñando a cocinar...

Escabeche. Escabeche, exactamente,

y perdices, también, sí.

En escabeche.

¿Y las perdices en escabeche no te las puede enseñar...?

No, Cristóbal, porque estábamos a la mitad.

Blanca, te conviene salir y tomar el aire,

aquí, el ambiente está cargado, ¿por qué no vamos?

No, Cristóbal, no me apetece,

no me apetece ir a pasear ¿Qué pasa aquí?, los zapa...

El olor a vinagre viene de ahí.

Una curandera me ha dicho

que poner los pies en vinagre es bueno para concebir.

Primero, te das un atracón de arenques, ahora,

metes los pies en vinagre, ¿qué va a ser lo siguiente?

¿Una pócima con colas de rata? Qué asco.

Mi amor, escúchame, deja de obsesionarte

con este asunto, de verdad.

Cristóbal, quiero quedarme embarazada.

Y yo, también, quiero que te quedes embarazada,

pero, no lo conseguirás con estas chifladuras.

De hecho, lo mejor para quedarse embarazada es estar tranquila,

relajada, en cuanto aparques

esos pensamientos, te quedarás en estado.

Pero, todo a su debido tiempo sin prisas.

Ojalá tengas razón.

Va a ser así.

Bueno, te espero en la entrada en diez minutos, ¿de acuerdo?

De acuerdo.

Ah, por cierto,

para ese olor, Elpidia, haga el favor,

ponga un barreño con agua y limón, que se limpie los pies,

¿de acuerdo? Sí, señor, ahora mismo.

Le echo un poco de... ¿perejil? (SUSPIRA)

(RÍE) Elpidia...

Ay...

Marina no ha tardado nada en atar cabos

y cree que la paliza que le han dado ha sido cosa mía.

Pero no tiene pruebas, ¿no?

No, no las tiene, pero de tonta no tiene un pelo.

Y lo único que hemos conseguido es que se enfade más.

Ah, esa mujer no tiene miedo.

No, está más decidida que nunca a contarle la verdad a Gonzalo.

Ya te dije que tener a Marina cerca,

solo te traería problemas, te lo dije.

No me gusta ceder ante quienes me amenazan.

Cándida, ahora que has hablado de Gonzalo,

me gustaría que le explicases por qué te has enfadado tanto

al saber que Elisa y Amparo son la misma persona.

(RÍE) -Creo que tú tendrías

que darme una explicación a mí,

porque obviamente estabas al tanto de los manejos de tu hija.

Sí, pero quería que se estrellase ella misma

y aprendiese la lección, pero... pero no deja de ser una travesura

Una travesura que podría acabar mal para mí

si Elisa le cuenta a Gonzalo a qué me dedico

No pasará, ya me he asegurado de eso.

Por eso explícame por qué le tienes tanta manía a mi hija.

-¿Yo? -La última vez que Gonzalo

habló con Elisa fue cuando nos vimos en el Continental.

Estoy seguro de que tú estás detrás de todo eso.

Lo siento, porque es tu hija, pero no me gusta para el mío.

Pero Elisa ha cambiado,

ya no es la niña caprichosa de antes, ha madurado.

Solo tienes que ver cómo me cuida.

Gonzalo no es como yo, Ricardo, es muy inocente

y necesita a una mujer buena y dócil que no le dé problemas.

Y tu hija no es así.

¿No crees que Elisa se merece otra oportunidad?

Está aprendiendo a ver lo que es realmente importante en la vida.

Seguro que se aburriría enseguida de un hombre tan sencillo como él.

Pues yo creo que hacen una pareja estupenda.

No. Y, como madre, creo que tengo que acabar con esta relación

lo antes posible.

Bueno, eso tendrán que decidirlo ellos, ¿no?

No, Ricardo, confía en mí, por favor.

Elisa y Gonzalo no pueden estar juntos.

Y voy a hacer lo que sea para impedirlo.

Fue una excursión divertidísima,

es de las personas más interesantes que he conocido nunca.

-Me alegro que lo pasaras tan bien. -Y, mira, te he traído algo.

-¿Para mí? -Sí, aunque no lo compré yo.

Alguien se acordó de ti en una capilla de Rascafría.

-San Sebastián Mártir. -¿Adivinas de quién es?

Será mejor que le digas a tu amigo Simón que no suelo rezar.

Pero acéptalo, no seas maleducado.

Se llevó un disgusto cuando supo que no venías.

Tu amigo pierde el tiempo.

Federico, ya sé que puede ser efusivo y un tanto extravagante.

Pero también es muy buena persona y muy divertido.

Demasiado para mí.

No tengo especial interés en su compañía.

Llegará a ser uno de los mejores creadores de la residencia.

Ojalá sea así. Y me parece muy bien que hagas nuevas amistades,

pero a mí la gente tan extravagante me incomoda, no puedo evitarlo

Si le dieras una oportunidad...

Celia, porque a los dos nos gusten los hombres

no tienes por qué emparejarnos. -¿Qué concepto tienes de mí?

Uno muy acertado. No tengo tiempo, tengo mucho trabajo.

Doña Antonia me ha pedido que cuide de Gabriel.

Está bajo de moral y no hace sus ejercicios de recuperación.

Federico, aparte de ser un buen policía y amigo,

también deberías dedicarte a ser feliz.

Bueno, y lo seré, pero no será con Simón.

No es recomendable juzgar a la gente por sus apariencias.

Es el camino más rápido para acabar solo.

Celia, por favor, no insistas.

Prefiero estar solo que extravagantemente acompañado.

(Música de piano)

(Aplausos)

Ah, gracias.

¡Muchas gracias! ¡Muchas gracias a La Cachetera!

¡Muchas gracias a don Luis, nuestro pianista!

(Aplausos)

Pero veo al público con ganas de un bis, ¿verdad?

Bueno, yo a aquel caballero lo veo un poco indeciso.

-Esa cara es de aguantar la tos. -Ah, bueno, en ese caso,

una más pero ya, ¿eh? Si no, se me hace muy tarde.

Pues muchísimas gracias, ¡un aplauso para nuestra artista!

(Aplausos)

Eh, disculpen, ha ocurrido...

Se tiene que ausentar por un imprevisto nuestra artista.

¡Un aplauso, por favor, un aplauso!

(Aplausos)

Rodolfo, déjame que te lo explique, ¿eh?

Cariño... solo escúchame un momento.

¿Qué te pasa? Rodolfo...

La vida en el campo es agotadora. No puedo más.

Normal, trabajando tanto.

¿No crees que deberías asumir menos responsabilidades?

Cariño, no me queda más remedio.

Me he propuesto terminar lo que he empezado

y es lo que haré. -A expensas de tu propia salud.

-¿Sí? -Los señores tienen visita.

-¿Quién es? -Carmen y Pedro.

-Hazles pasar. (RÍE)

Pensé que no querrías verle.

Ha venido él aquí, ¿no? Pues tendremos que ser generosos.

Claro, claro.

Buenas tardes.

Buenas tardes, señor.

-Venía a decirle algo. -Ah, no hace falta que diga nada,

ya se lo digo yo.

Pedro, le necesitamos de vuelta en las bodegas.

-¿De verdad? -Sí, tenía razón.

Sin usted, estas bodegas son un despropósito.

¿Así que, podría volver a ser nuestro capataz?

Supongo que sí, que podría.

Perfecto.

Muy bien, ¿qué venía a decirnos?

Ah, sí, casi se me olvida.

Mi mujer y yo hemos pensado que les vendría bien

algo de comida casera de esta tierra.

Aquí, en el puchero, les traigo unas migas con panceta.

Que está mal que yo lo diga, pero me salen riquísimas.

Muchas gracias. Huy.

Y yo le he traído a su mujer y a usted un par de botellas de vino.

Ah... Gracias, Pedro, es usted muy amable.

Para saber de vino hay que beberlo.

Aquí tiene dos de mis mejores botellas.

Mire, esta de aquí... esta es de uva monastrell.

Es muy afrutada, muy aromática, ya lo verá usted.

Ah, monastrell, suena muy bien.

En cambio, esa otra tiene un sabor más terroso.

-Ajá. -Utilizamos, sobre todo,

uva garnacha, duerme varios años en barrica,

tiene... más fuerza, más cuerpo, como... como más sabor.

Sí, sí, como más sabor, ¿me entiende?

-Sí, sí, sí. -Sí.

Pedro, muchas gracias.

Bueno, ¿qué os parece si sellamos la paz

con un buen apretón de manos?

Venga.

Mañana volvemos al trabajo sin tener en cuenta

los malentendidos. Y borrón y cuenta nueva.

¿Le parece bien?

Me parece perfecto, Sr. Montaner, sí.

Y, ahora, abramos una de estas botellas.

-Sí. -Para los dos esto está pasado.

Sí. Demasiado.

-¿Se encuentra usted bien? -Rodolfo, ¿me oyes?

Estoy bien, no te preocupes.

Si te has puesto así por mi culpa,

por verme actuar,

te juro que no volveré a subirme a un escenario.

Antes de que jures nada, te quiero contar una historia.

¿Alguna vez te he hablado de Stendhal?

Stendhal... no.

¿Quién es?

Un escritor francés, de mis favoritos.

Stendhal, en uno de sus libros,

cuenta las sensaciones que le provocó

entrar por primera vez en la basílica de Florencia.

Quedó tan impresionado que se quedó sin palabras.

¿Y eso no le pasaría por un cambio brusco de temperatura?

A mí me pasó una vez en invierno con mucho frío,

me metí en la cuadra de... -Raimundo, no.

Raimundo, ve a por un vaso de agua, por favor.

Sigue, por favor.

Stendhal, ante tanta belleza,

no supo qué decir.

Se quedó sin capacidad de reacción.

Imagino que esa basílica será muy hermosa.

Como verte a ti encima del escenario.

¿Te burlas de mí?

Me ha encantado, Amalia.

(LUIS GOLPEA Y TOCA EL PIANO VIOLENTAMENTE)

Espero que tengas una buena excusa para llegar tan tarde

y sin contestar a ninguna de mis llamadas.

Lamento la hora.

Pero llevo todo el día pensando si debía venir o no, Elisa.

Veo que tu madre te ha contado cuál es mi verdadero nombre.

¿Por qué me has mentido?

Porque quería protegerme, te lo dije.

Después tuviste mil ocasiones para decirme tu nombre.

No quería abrumarte.

Gonzalo, hay muchas cosas de mí que me gustaría cambiar.

Y, por eso, mi primer instinto fue callarme.

Pero lo siento. -Esta disculpa llega un poco tarde.

Bueno, lo del nombre ha sido una chiquillada sin importancia.

-Comparado con el resto, sin duda. -¿El resto?

¿De qué hablas?

De todas las cosas que aún no me has contado.

Y, por eso, vengo a romper nuestra relación.

¿Qué?

Pero si apenas acabamos de empezarla.

Mejor. Lo poco que haya habido entre nosotros ha acabado.

Creo que te estás precipitando.

No me faltan razones, Elisa, y lo sabes.

Si te mentí, fue porque quiero cambiar.

Porque no quiero ser la misma mujer que era antes,

y eso también lo hago por ti.

Mi madre me ha dicho que tu marido te abandonó por...

por cómo eres.

Es una forma muy cruel de decirlo.

Pero supongo que es cierto.

No supimos hacernos felices el uno al otro.

También me ha dicho que sedujiste al marido de tu mejor amiga.

Bueno, eso es una historia muy larga.

Pero es que ya te digo que no soy la misma que era antes.

He aprendido...

Por favor, dame otra oportunidad, Gonzalo.

Elisa, me has mentido y reconoces que has hecho cosas horribles.

No veo cómo podría confiar en ti sabiendo todo lo que sé ahora.

¿Nuestra relación no tiene nada de especial para ti?

Y eso qué importa

si está destinada a fracasar por culpa de tu carácter mentiroso.

Pues, entonces, ayúdame a cambiar.

Gonzalo, por favor, pero no te vayas.

Lo siento, Elisa.

Yo necesito a una mujer honrada y sencilla a mi lado,

como mi madre.

Como tu madre...

Pues no es tan fácil encontrar a una mujer como la que buscas.

Ya.

Pero es que, aun así, estoy dispuesta a intentar serlo.

Te lo juro, pero tienes que darme una oportunidad. Confía en mí.

No después del chasco que me he llevado con Amparo.

No volveré a perdonar una mentira, por pequeña que sea.

Deberías tener más cuidado con lo que dices.

¿Por qué?

Porque no todo es lo que parece.

Porque, a veces, las personas más cercanas a ti

también guardan secretos.

Si quieres decirme algo, dímelo.

Pues, entonces, se acabó.

Me gustaría poder decir que me alegro de haberte conocido,

pero sería mentira.

Adiós, Elisa.

(LLORA)

(LLORA)

Si nos hubieras hecho caso cuando dijimos

que no corrieras tanto, no hubiera ocurrido.

¡Nadie conduce un coche así despacio!

¡Eso es una tontería!

Una excusa de cobardes para no afrontar tus propios errores.

Errores que te obligarán a pasar el resto de tus días...

en esa silla de ruedas.

Tú vales para esto y mucho más. -No, no.

Gracias por tus palabras, pero esto me viene grande.

Cosas más complicadas has hecho por esta fábrica.

Complicadas sí, pero tanto no.

No me cuadran las cuentas, no sé qué he hecho mal

o en qué me he equivocado. Y, si seguimos así,

los pedidos no van a llegar a tiempo.

Y, si se retrasan los pagos, la fábrica se irá al garete.

Cándida es inamovible, no quiere que te veas con él.

¿Pero por qué, padre? Yo siempre me porté bien con ella.

Intercedí por ella para que pudiera verle a usted.

Y podría haberle contado a Gonzalo a lo que se dedica su madre,

pero no lo he hecho.

Padre, no entiendo por qué se comporta así conmigo.

Han ocurrido cambios en la dirección de la empresa

que yo quiero darle a conocer. -Bueno, yo ya no estoy vinculada

con la fábrica. -Ya, pero estoy convencido

de que querrá estar informada, porque es grave.

Me gusta mucho estar en casa contigo, pero...

pero echaba mucho de menos las tablas, el vértigo,

los aplausos...

Espero que seas un habitual en mis actuaciones.

Rodolfo, ¿estás bien?

Me entristece no poder ayudar.

Por no hablar de que me gustaría estar con Blanca,

sé que lo está pasando muy mal con la pérdida de su hijo.

Te gustaría estar allí, ¿eh?

Lo siento, sé que nuestro lugar está aquí.

-Simón, buenos días. -Buenos días.

Eh... ¿Qué desea? Como ve, estoy trabajando.

Quería denunciar un robo.

Eh, siéntese, por favor. Tome asiento.

Y cuénteme los detalles.

Ha sido un robo sin miramientos y a plena luz del día.

Ah, ¿y qué le han sustraído?

El corazón.

Carlos, todos tenemos problemas.

Pero la gente que va a un sanatorio es gente enferma, no como tú.

Me aterra la idea de internarme en un sanatorio mental,

pero no veo otra solución.

Carlos, ¿qué te ha pasado para que estés así?

He hecho cosas horribles en la guerra.

Carlos, yo te voy a entender, estoy de tu parte.

Puedes contármelo.

¿Por qué te desagrada tanto?

Me incomoda cómo habla, cómo... cómo actúa, cómo se refiere a mí.

Cómo presume de... de sus gustos, en todos los sentidos.

¿Pero no debería ser normal poder expresarse y...

y estar orgulloso de lo que eres?

-¿Adónde quieres llegar? -¿Los que somos diferentes

tenemos que pasarnos la vida ocultándonos?

Pues es lo más prudente en este tiempo en que vivimos.

-¿Cómo está? -He estado mejor.

¿Qué le pasa? ¿Se encuentra bien?

Ah, pues no, no me encuentro bien, la verdad.

¿Sabe quién ha pagado para que me den una paliza?

Su querida madre. -Señora, no sé de qué habla,

se debe estar confundiendo de persona.

No, no me confundo de persona.

Y es cierto que su madre tiene una relojería.

Es el negocio que utiliza para limpiar su imagen,

no el que le da beneficios.

  • Capítulo 475

Seis Hermanas - Capítulo 475

31 mar 2017

Diana y Carmen intentan que sus maridos trabajen juntos. Rodolfo quiere sorprender a Amalia. Cándida habla de Elisa con Gonzalo, e intenta callar a Marina. Antonia pide ayuda a Velasco. Carlos quiere ingresar en un sanatorio. Rodolfo pide a Benjamín que se encargue de la fábrica.

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