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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 472 - ver ahora
Transcripción completa

Dile simplemente que te llama Elisa Silva

y que lamentas haberle mentido,

porque, en este momento, es alguien importante para ti.

Pronto la conocerá. Se lo prometo.

-Me alegra oír eso. -Y espero su disculpa

cuando vea que Amparo es buena persona.

En ese caso, seré la primera en celebrar mi equivocación.

No puedo mover las piernas.

Doctor, ¿por qué no noto nada?

¿Aquí tampoco? Doctor, ¿qué me pasa?

Ha despertado. -Eso es una noticia fantástica.

No tiene sensibilidad en las piernas.

Los médicos no saben si va a volver a caminar.

Todo el pueblo está en nuestra contra.

Ni quieren trabajar para nosotros, nidarnos de comer.

¿Aún sigues empeñado en no querer hablar con ese hombre?

No voy a hablar nunca con ese hombre.

Es de mi esposo. Está roto y no conozco ninguna relojería.

¿Conoce usted alguna por aquí donde pueda llevarlo a arreglar?

-Lo cierto es que sí. -Mi marido le tiene

tanto aprecio a este reloj. No me gustaría

que no lo reparasen como es debido.

Pierda cuidado. La relojería de la que le hablo,

es de toda confianza. La dueña es mi madre, señora.

Y tiene empleados a dos relojeros excelentes.

Los médicos dicen que no podrá nacer.

¿Pero y si se equivocan? ¿Y si al final todo sale bien?

Es que nunca me lo perdonaría.

Eso sería un milagro.

Yo creo en los milagros.

Recupere las muestras que les hicimos a...

a los Duques de Alba.

Señor Loygorri, ¿se encuentra usted bien?

Sí, sí, sí. Estoy bien. No es nada.

-Pues no lo parece. -Es...

Es solo un mareo. Enseguida se me pasa.

Dale tiempo. -¿Tiempo para qué?

Si al menos mejorara... Pero es que va a peor.

¿Y si lo llevas a ver al doctor Loygorri al hospital?

Que hable con él, que le examine.

Yo creo que él le puede ayudar.

El pobre la tiene en un altarcito.

Habla de usted con tanto cariño.

Claro que está convencido de que mamá le ha pagado

los estudios vendiendo relojes. -Ya está bien, Marina.

Estará bien cuando me dé todo lo que le he pedido.

Porque si no, me veré obligada a romperle el corazón a su hijito.

(Sintonía)

Buenos días. Qué casualidad.

No me diga que no se acuerda de mí.

Ayer me ayudó a encontrar una relojería.

Ah, sí. La recuerdo.

¿Le arreglaron el reloj de su marido?

Sí. Gracias. Es esa la relojería de su madre, ¿no?

Sí. Ahora el que tiene que arreglar su reloj, soy yo.

Me da problemas desde que lo adapté al huso horario español.

Los relojes son caprichosos.

Sí. En EE.UU., no se me paró ni una sola vez.

Está claro que prefiere ese país. -¿Y usted? ¿Prefiere ese país?

Me gusta. Pero prefiero la vida en España.

El clima, las fiestas. -La gente también, supongo.

Sí, la gente.

Aunque debo reconocer que me cuesta un poco adaptarme

al carácter reservado de las mujeres españolas.

¿No lo dirá por mí? No nos conocemos

y ya es la segunda vez que hablamos amistosamente.

Usted es una agradable excepción.

Parece que un hombre y una mujer solo pueden hablar

si hay intenciones de futuro.

Y si hay una doncella o una anciana vigilando

la conversación. -Eso es.

¿Pero sabe qué le digo? Estas tradiciones que en EE.UU.

serían motivo de risa, también me resultan entrañables.

Dígame cómo son las mujeres americanas.

Más atrevidas, más independientes.

Esas no son cualidades españolas.

El recato de aquí hace que las mujeres sean más femeninas.

Espero que, con mi atrevimiento,

no le haya parecido poco femenina. -Descuide.

Tengo que irme. He quedado con mi madre

y no quiero llegar tarde. -Ya charlaremos en otra ocasión.

¿Qué pretendes, Marina? ¿Me lo vas a contar?

No. Gabriel, ¿qué haces?

-Intento levantarme, Velasco. -No, no. Espera, espera.

El médico dijo que antes de levantarte,

tenías que hacer muchísimos ejercicios.

Pues eso hago. Intento que se muevan las piernas.

No. Hay que ir poco a poco.

¿Quieres hacer el favor de ayudarme, por favor?

Habría que llamar a una enfermera para hacer algo así.

Y, además, tengo que irme a comisaría.

¿Y vas a dejarme solo ahora?

Está bien. Puedo quedarme hasta que venga tu madre.

Eso es. No quiero que mi madre me vea así.

Quiero recibirla dando unos pasos.

¿No ves que no tienes fuerza?

Te caerás y te harás daño y no me lo perdonaría.

No seas protestón y ayúdame.

Está bien.

Lo primero que hay que hacer, es que te sientes en la cama.

Bien. ¿Te ha dolido?

Velasco, no siento nada. ¿Cómo quieres que me duela?

Ahora vamos con la parte difícil.

Te vas a poner de pié. Agárrate a mi cuello. Eso es.

-Vale. -No te sueltes hasta

que yo te lo diga. ¿De acuerdo?

Ya está. ¿Cómo te sientes? -Bien.

-¿Sí? -Quiero dar unos pasos.

¿Notas el suelo? ¿Te sientes con fuerzas?

-Por favor, quiero probarme. -Bien. Te voy a soltar.

-Sí. -Una, dos, tres.

¡No, no, no! Te tengo, te tengo.

Vamos a la cama. A la cama. A la cama. Tranquilo.

Tranquilo, tranquilo. No pasa nada.

No pasa nada. Eso es. No pasa nada.

No pasa nada.

No pasa nada.

El médico insistió en que tu recuperación sería muy lenta.

Que tienes que ir poco a poco. Quieres ir demasiado deprisa.

¿Sostenerme en pié te parece que es muy deprisa?

Sí. En tu situación, sí lo es.

¿Por qué no haces los ejercicios que te ordenó el doctor?

No quiero que nadie me toque las piernas

como si fuera un impedido. -Eso lo puedo entender.

Pero hay que empezar por el principio

para llegar al final. Aquí no hay atajos, Gabriel.

¿Tú no tenías que irte al cuartel?

Ya te he dicho que puedo esperar a que venga tu madre.

¿Qué? ¿Empezamos con los ejercicios?

Eso sí que es dar un primer paso.

Vamos allá.

Te he dado todo lo que me has pedido.

¿Qué hacías hablando con mi hijo?

Por si no se ha dado cuenta, estoy en la calle.

Y no en la casa de tolerancia. Aquí no es mi jefa.

Puedo hacer lo que quiera. -Puede.

Pero se acabó lo de ser amable o ceder a tus chantajes.

Te juro que voy a hacer lo posible para proteger a mi hijo.

No le estaba haciendo nada malo, Cándida.

Tú eres incapaz de hacer algo

que resulte inocente. -Está obsesionada.

Tiene tanto miedo de que su hijo no descubra quién es,

que no es capaz de ver las cosas con claridad.

No se te ocurra hablarme así.

Suélteme ahora mismo.

Y no se te ocurra acercarte a mi hijo.

No me vuelva a coger el brazo así.

Me ha hecho daño. -Y más te haré.

Espero que te quede clara la advertencia.

Yo no soy como esas muertas de hambre que están a su cargo.

A mí no me puede venir con amenazas, Cándida.

Te recuerdo que fuiste tú la que llamaste a mi puerta

pidiendo ayuda. No eres diferente del resto.

A su hijo se lo he parecido. Me lo acaba de decir.

No vuelvas a acercarte a él nunca más.

Es la última vez que te lo digo. O lo pagarás muy caro.

(Llaman a la puerta)

Adelante.

Señora, ¿puedo pasar? Sí. Claro que sí.

¿Cómo se encuentra? Bien, bien. Muy bien.

He descansado y creo que es lo único que necesitaba.

No pretenda usted engañarme. Desde que su marido se ha ido,

no ha hecho usted más que quejarse.

¿Ha estado espiándome tras la puerta?

No, señora. Pero sus lamentos se oyen por toda la casa.

Eso son exageraciones suyas.

Porque yo me encuentro la mar de bien.

Es evidente que no. Permítame llamar a su marido

para que la lleve al hospital. No.

Pero, señora, ¿no se da cuenta

que está poniendo en riesgo su salud y puede que su vida?

Voy a tener a ese hijo, Rosalía. Es mi decisión.

¿Tan difícil es de entender?

Sí, señora. No hay quien entienda su decisión.

Su marido ha sido muy claro y él es médico.

Bueno, los médicos también se equivocan.

Pero no se trata solo de lo que diga un médico.

Mírese usted. Está sudando, tiene fiebre, se la ve muy débil.

Es evidente que no está bien.

Este embarazo es un milagro.

Es un milagro de Dios y yo tengo que hacer

todo lo posible para que este niño venga a este mundo.

Pero, señora, eso...

eso es imposible.

Por eso es un milagro. Y los milagros existen.

Bastantes milagros se le han concedido ya.

No abuse usted de la bondad de nuestro Señor.

Si sigue así, nos vamos a quedar sin usted, doña Blanca.

Lo siento, pero voy a llamar al hospital.

No, Rosalía, por favor.

Váyase. De verdad. Lo único que necesito, es descansar.

Por favor, no me moleste más. Señora, no me pida que me quede

con los brazos cruzados, mientras usted está así.

Por lo menos, permítame que llame a don Cristóbal.

¡Ah! ¡Señora!

¡Señora! ¡AH!

¡Señora!

Mira hacia arriba, Carlos.

Mírame.

Está un poco aturdido, pero es normal.

Es como si se hubiera levantado de la tumba.

Yo se lo digo y no se lo cree, que le dábamos por muerto.

¿Qué tal estás durmiendo?

Carlos, mi amor, que te están preguntando.

Supongo que estarás durmiendo mejor aquí que en el frente, ¿no?

¿Hacia dónde miro?

Mírame a mí. ¿Hacia arriba?

A mí. Mírame.

La verdad es que tiene unas pesadillas horribles.

Y habla idiomas raros. Es como si mezclara

el francés con el alemán. Me parece a mí.

Carlos, ¿sabes quién soy? Cristóbal Loygorri.

El director del hospital militar.

Eso era antes, en Marruecos.

¿Cómo te encuentras?

Bien.

¿Bien? ¿Bien a secas?

Deberías estar en la gloria. Has vuelto a tu casa.

Estás con tu mujer, con tu hijo.

¿Cómo has encontrado a tu hijo?

Pequeño.

El niño le sonrió cuando le vio. Se lo juro.

¿Y a tu mujer? ¿Cómo la has encontrado?

¿La recordabas tan guapa?

Huele bien. -Sí. Eso lo dice por un perfume

de violetas que me ha traído una amiga

que ha estado en Grasse, en el Sur de Francia.

¿Qué ocurre, Carlos?

¿Por qué reaccionas así?

¿Es por el perfume del que habla Sofía?

¿Te molesta que hablemos de Francia?

Estoy muy cansado.

Tienes que intentar recordar qué sucedió en Francia.

Doctor, por favor... ¿Prefieres escribirme

las respuestas? No. No tiene fuerzas

ni para sostener una pluma.

Es importante que intente decir lo que le pasa.

Está claro que hay algo que le oprime y no puede sacarlo.

(Suena el teléfono) Disculpad.

Doctor Loygorri.

Sí. Enseguida voy para allá.

Lo siento. Me tenéis que perdonar. He de irme.

Don Rodolfo. -¿Sí, Benjamín?

Le he dejado en su despacho las muestras que me pidió.

Las máquinas van a todo ritmo. Creo que acabamos esta semana

con los pedidos que teníamos y nos ponemos con el hotel.

Muy bien. Cuando se pone, no hay quien le pare.

Usted dijo que el Excélsior es nuestro cliente más importante.

Eso es. Precisamente, de eso quería hablarle.

Hoy tenemos la reunión con los propietarios

y me temo que yo no voy a poder estar.

¿Pero cómo que no va a poder estar? Si es una reunión importante.

Por eso. Hay que estar al 100% y yo no me encuentro bien.

No sé qué me pasa. -¿Ha ido usted al médico?

No. Creo que solo es agotamiento.

Para eso, no me hace falta médicos, solo descansar.

Y que usted me sustituya en esa reunión.

Pero yo nunca he ido a una reunión de esas.

No sabría estar a la altura. -Yo le pondré al tanto.

Solo tiene que mantener los ojos y los oídos bien abiertos.

¿Por qué no va al médico, que le recete alguna medicina

que lo ponga en forma y va usted a la reunión?

Lo que voy a hacer, es irme a casa a descansar un par de días.

Perdone que se lo diga, pero usted no dejaría de ir

a una reunión tan importante solo por cansancio.

Debe ir al médico. -Solo es eso.

Un par de días de descanso y estaré como nuevo.

No me desentiendo del negocio.

Seguiré el funcionamiento de la fábrica desde casa,

a través de usted. -Le informo de todo,

pero no me veo en esta reunión.

¿No puede hacer un esfuerzo para ir?

Ya lo hemos hablado. Debe asumir más responsabilidades.

Es mi hombre de confianza.

Esta fábrica no tiene secretos para usted.

Aquí me desenvuelvo muy bien.

Pero no me veo representando a la fábrica en esa reunión.

Lo va a hacer estupendamente.

Mire. Cómprese un traje elegante. Ya verá cómo eso le da seguridad.

-Un traje mágico. -Cómprelo y cárguelo a la fábrica.

Benjamín, yo confío en usted.

Tiene más virtudes de las que se imagina.

Si usted lo dice.

¡Ah!

Doña Antonia, qué susto. Me aparece así,

de repente, como un espectro. -Anda.

No digas tonterías, que no estoy de humor.

¿Cómo está Gabriel? ¿Hay alguna novedad?

Ahora voy al hospital a verle. Pero el inspector Velasco

ha demostrado ser un buen amigo. Ha pasado toda la noche con él.

Qué buena mano le ha echado. Así ha podido descansar.

¿Descansar? Si no he pegado ojo

en toda la noche pensando en Gabriel.

El pobre está muy desanimado. Ni sabemos si volverá a caminar.

Ya verá usted cómo sí, mujer. Gabriel es fuerte.

Yo no me lo imagino inválido. -No es tan fuerte como crees.

Gabriel es un muchacho muy sensible y se desanima ante

cualquier adversidad. Esto es muy grave.

No sé si le va a acabar de hundir para siempre.

Yo la veo a usted muy pesimista.

Eso es que tiene usted que descansar más.

Si pudiera descansar...

¿Sabes lo que he estado haciendo esta noche para matar el tiempo?

Revisar el libro de cuentas del Ambigú.

Vaya por Dios. ¿Y no tenía otra lectura más entretenida?

Yo no quería entretenerme. Lo que quería, era dormir.

-Ya. -Fíjate que no he podido,

porque he descubierto algo que me ha sorprendido mucho.

No me diga que metí la pata en las cuentas.

Lo siento. Sabe que no soy de números.

Que no. Que no te has equivocado.

Ah. ¿Ha sido eso lo que la ha sorprendido?

No. Me ha sorprendido que ha subido la caja mucho.

Estábamos bajo mínimos y, de repente,

estamos haciendo unos números que son propios

de las épocas más boyantes del Ambigú.

Y no lo entiendo. -¿Y qué quiere usted entender?

Se gana más dinero. Mejor para todos.

A ver, a ver. ¿Tú no me estarás ocultando algo?

¿Yo? No, por favor, doña Antonia. Yo soy un mandado

que se desloma por sacar el Ambigú adelante.

Entonces, no me lo explico.

Vamos. Es que estas ganancias las teníamos

cuando había actuaciones en el Ambigú.

Qué tiempos aquellos, eh.

Y, oiga, ¿no le parece que podríamos intentar recuperarlas?

¿El qué, las actuaciones?, no.

no, ni loca, ya tengo muchas preocupaciones

como para tener más.

Ya, lo decía porque le podía venir bien al negocio.

¿Para qué?, si estamos haciendo la misma caja que antes.

¿O hay algo que me tienes que explicar?

No, a ver, tampoco hay que explicarlo todo.

Sí, Raimundo, sí,

en los negocios sí hay que explicarlo todo.

Bueno, estás aquí a diario, notarás más público, ¿no?

Pues, claro, si no, de dónde saldría el dinero.

¿Y qué, por qué ahora vienen y antes no venían?

Por el tiempo, supongo, hace frío, llueve,

la gente se recoge más en los locales

y todo el mundo sabe que no hay nada mejor

contra el frío que un anisete.

Ya.

El frío. Sí.

Puede ser, tiene sentido, sí.

Pero, no la veo a usted animada, si estamos mejor que nunca,

alegre esa cara. No estoy para alegrías,

ya te lo digo, estoy preocupada por Gabriel,

de hecho, me voy al hospital a verle ahora mismo.

Dele saludos. De tu parte.

De todas maneras, te diré que frío no hace,

así que, escamada me voy.

Blanca, sigues con la fiebre muy alta,

te está bajando el pulso, vamos al hospital.

No, Cristóbal, déjame aquí.

Amor, estás muy débil, no hay otra opción.

Es nuestro hijo, Cristóbal,

no entiendo cómo permites que nos lo quiten.

Mi amor, no nos lo quitan,

nuestro hijo no puede nacer.

Yo te apoyé con tu viaje a París, ahora apóyame a mí.

Sí, me apoyaste, hacer ese viaje

en un carguero de contrabando era una locura.

No lo era, porque sabía que era tu sueño viajar a París

y estar con Madame Curie.

¿Mi sueño? Sí.

¿Sabes qué aprendí de todo esto?,

que, a veces, hay que tener cuidado

con los sueños porque son peligrosos.

No. Sí, hacen perder la razón,

ciegan y te olvidas de lo más importante

No, lo sueños son maravillosos.

Sí, lo son, pero, estuve a punto de arriesgar tu vida y la mía

porque tenía ilusión de trabajar con una mujer ilustre

y tú haces lo mismo con nuestro hijo

que nadie puede salvarle.

Cristóbal, el amor es ponerte en la piel de la otra persona

y aceptar las decisiones de uno

por muy difíciles que sean.

Si yo eso lo entiendo, cariño,

pero, esto es una quimera.

No lo es, para mí, no lo es, te lo aseguro.

Escúchame, me salvaste la vida una vez,

déjame ayudarte a salvar la tuya, por favor.

Cristóbal, nunca te he salvado la vida.

Sí, si no hubiera sido por ti, porque te quiero

y estoy enamorado de ti, hubiera ido a París.

Hubiera puesto mi vida en peligro de forma inconsciente.

¿Y sabes dónde estaría ahora?, en el fondo del Mediterráneo

o en una cuneta esperando que alguien echara mi cuerpo

a una fosa, Blanca, me salvaste.

No, fuiste tú con tu sensatez.

Tú me la diste, yo estaba cegado por un sueño imposible,

quería trabajar con esa mujer, no era razonable.

Y a ti, ahora, te pasa lo mismo, Blanca.

No encuentras la sensatez porque estás cegada

por un sueño imposible.

Cristóbal, por favor. Escúchame, mi amor,

salgamos de esta cama, por favor, porque, entonces,

sí renunciaremos a un sueño compartido,

envejecer juntos.

Estando juntos.

¿No es eso lo que deseamos? Por supuesto que sí.

Entonces, acompáñame al hospital.

¿De acuerdo?

De acuerdo.

Vamos.

La residencia de estudiantes

es un lugar para el estudio de la libertad y del ocio fértil.

Del ocio fértil, ¿y eso qué quiere decir?

Pregúntale a Alberto Jiménez Frau, director de la residencia,

ahora le dio porque plantemos un árbol cada estudiante.

Pues, me parece muy bonito, Simón.

Trabajar es de obreros, señorita,

y en la residencia no hay obreros, hay aristócratas.

A mí me parece que usted tiene alma de gandul.

Mire que no querer plantar un árbol.

Me encantaría que conociera el lugar,

está en los altos del hipódromo, ¿sabe dónde es?

Sí, sé dónde es,

pero, es un lugar para hombres,

yo, ahí, no pinto nada.

Hay muchas más señoritas de lo que usted se cree,

por ejemplo, yo.

Simón, usted no deja de ser un hombre hecho y derecho.

El sitio es peculiar, le encantará,

cuando cierre la tienda, se viene conmigo y se lo enseño.

No estamos pasando por un buen momento en casa y...

Lo siento mucho, no lo sabía.

Supongo que por eso cerró la tienda ayer por la tarde.

Sí, ayer estaba en casa, pero, la tienda estaba abierta.

No, no es así, yo pasé y estaba cerrada a cal y canto.

Pero, Cata estaba a cargo del negocio.

Se quedaría a cargo de otros menesteres, pero, no del negocio.

¿Está seguro? Completamente.

Espero que esto no sea un problema para usted.

No, no se preocupe,

por favor, sígame hablando de la residencia de estudiantes.

Bueno, aún no le he hablado de la joya de la residencia,

el piano Pleyel del salón, ¿usted sabe tocarlo?

Yo estoy deseando tocar un concierto con los pies

para escandalizar a los melómanos pedantes que hay por allí.

Bien, adiós.

¿Qué?

¿Qué ha pasado?

Se han llevado a Blanca al hospital para operarla.

Finalmente, Cristóbal la ha convencido.

Gracias a Dios.

Es una operación muy peligrosa.

Más peligroso sería no hacerla y Blanca ha sido

lo suficientemente terca.

Menos mal que ha decidido luchar por su vida.

En momentos así, me angustia

no poder estar al lado de mis hermanas.

Entiendo que te sientas así,

pero, lo único que podemos hacer

es confiar en Cristóbal y esperar noticias.

Quizá, debería ir a Madrid para estar cerca de mí hermana.

Si es lo que necesitas, ve,

Merceditas y yo nos haremos cargo de la casa y de las niñas.

Te lo agradezco.

Pero, es que, tampoco estoy segura,

no sé, no quiero precipitarme.

Si quieres,

podemos esperar

y en función de lo que nos digan esta tarde, decidir.

Sí, tal vez, sea lo mejor.

Estando ahí tampoco podrías hacer gran cosa.

No solo me quiero ir por Blanca también, me gustaría compartir

con mis hermanas todo lo que nos pasa aquí.

Cuando uno comparte los problemas

parece que se convierte en algo más pequeño.

Echo de menos el optimismo de Celia y el sentido práctico de Blanca,

incluso, echo de menos a Elisa.

Cariño, ¿dónde está la Diana fuerte que yo conozco?,

¿te creías que esto sería un camino de rosas?

Un camino de rosas, no, pero, hemos luchado lo indecible

para tener agua, luz y poder calentarnos.

Y por si fuera poco, la cochinilla arrasa los campos

y los trabajadores se amotinan por no querer obedecer a una mujer.

Superaremos todos estos problemas.

Cada vez me cuesta más

estar animada delante de Merceditas.

Cariño, todo saldrá bien,

vendrán tiempos mejores.

Tú y yo siempre hemos salido adelante,

confía en mí.

Me ha costado mucho convencerle no quería salir de casa.

Bueno, al menos, aceptó ver a Cristóbal.

¿Qué tal el examen?

Bueno, le he llevado medio engañado,

le he dicho que íbamos a ver un viejo compañero suyo

con quien compartió muchas penurias en la guerra.

Ya.

¿Y cómo ha reaccionado allí?

Muy mal.

¿No ha reconocido a Cristóbal?

Sí, lo ha reconocido,

pero, no ha mostrado ninguna emoción.

Elisa, es que está muy lento,

le preguntas y tarda mucho en contestar,

es como si lo que le dijeras no lo entendiera.

Es que ha tenido que pasarlo tan mal.

Yo creo que allí le pasó algo que le ha bloqueado.

No quiere hablar de la guerra ni tampoco de Francia.

Bueno, Sofía, pero, eso es normal.

No sé, Elisa, está muy callado,

siempre en silencio, camina despacio...

Y hay veces que clava la mirada en un punto de la pared

y se queda allí mirando ese punto como...

como si tuviera miedo.

¿Y qué te ha dicho Cristóbal?

Se ha quedado muy conmocionado cuando lo ha visto.

Pero, te habrá dicho si...

si su problema tiene una cura o...

A ver, Carlos está sano, lo que pasa es que su problema

no está en el cuerpo, sino dentro de su cabeza.

Es como si tuviera algo que no le deja pensar

con claridad ni expresar sus emociones.

¿A qué te refieres

a que ha tenido un recuerdo de la guerra?

No, puede ser algo peor, algo del cerebro,

por ejemplo, un golpe.

¿Un golpe? Sí, dicen que es muy común

entre los soldados que han estado en el frente.

¿Por eso se comporta así?

Sí, es como que, aparentemente, lo ves bien, pero,

después, te das cuenta de que no.

Dicen que se llama la enfermedad de la cabeza hueca o algo así.

¿La cabeza hueca?

¿Qué nombre es ese para una enfermedad?

Sí, me ha dicho Cristóbal que es una nueva palabra

que empiezan a utilizar los estudiosos.

Pues, nunca se me ocurriría poner una palabra

tan insultante para una enfermedad.

¿Y qué cura tiene?

¿Qué pasa, Sofía?

Carlos se va a curar, ¿verdad?

Elisa, es que es tan horrible que no... no puedo decirlo

en voz alta, pero, sí,

hay una cura.

Solo una.

Ay, pobre Antonia,

cada vez que lo pienso.

Qué mala suerte tiene mi prima.

¿Cómo se le ocurrió regalarle un coche a su hijo

con lo impetuoso que es ese muchacho?

No se lo diga a ella, que se siente muy culpable de regalárselo.

Con lo mal que lo estaba pasando con lo de Úrsula,

lo normal es que hubiera un accidente.

Pues, los médicos dicen que, a lo mejor, no vuelve a caminar.

¿Qué me dices?, no, no,

esperemos que se recupere, Gabriel es un muchacho fuerte.

Pues, sí, a mí me recuerda a mi tío abuelo Evaristo

que por lo menos se cayó 10 veces del caballo,

le pasó un arado por encima y ahí está con 80 años

bailando jotas en las fiestas del pueblo.

(RÍE)

Esta tarde voy al hospital a ver a doña Blanca

y de paso, visitaré a Antonia y veré cómo está Gabriel.

Con doña Blanca, también, parece que nos mirara otro tuerto,

con la ilusión que le hacía ese niño.

Sé muy bien por lo que está pasando.

¿Te recuerda a lo tuyo, verdad?

Pues, sí.

¿Cómo te encuentras ahora, Elpidia?

Pues, mejor, después de descansar unos días en casa de mi prima,

bastante mejor, la verdad.

Pero, yo soy un culo de mal asiento, doña Rosalía,

necesito moverme, si no, se me caen las paredes encima.

Bueno, yo te recibiría otra vez en casa, de mil amores,

pero, lo importante es que tú tengas ganas de trabajar.

Sí, ganas no me faltan.

¿Te ves con ánimo? Hombre, también.

Me alegro, porque, la verdad, ya te echaba de menos.

Lo que echa de menos es a alguien a quién regañar.

No digas eso, yo no regaño, alecciono.

Sí, sí, pero, con muy mala leche.

Oy, anda, ven conmigo.

¿Un sanatorio mental?

¿Es lo único que se le ocurre a Cristóbal?

Sí, lo sé, es horrible,

pero, dice que es la única manera de curarlo.

¿Y qué vas a hacer?

Es que no lo sé.

Me parece muy cruel encerrar a mi marido allí,

después de todo lo que me costó recuperarle.

Pues, dile a Cristóbal que no lo vas hacer,

que Carlos se queda en casa, Sofía, tú lo cuidarás mejor

que unos celadores desconocidos en un sanatorio.

Sí, eso es verdad, pero,...

¿Pero, qué?

Elisa, es que Carlos me da miedo.

¿Miedo?

Sí, me dan miedo sus reacciones, no sé, tengo miedo

de que nos pueda hacer algo a mí y al... no sé.

¿Crees que Carlos puede haceros daño?

No sé si podría llegar tan lejos,

pero, es que, es que no está bien, es que le pongo a su hijo

en su regazo y es como si no lo reconociera.

Bueno, supongo que tienes que tener paciencia.

Además, no quiere tener intimidad,

le toco y se aparta, no quiere nada conmigo.

Es que yo creo que eso es normal, ahora mismo él está conmocionado.

Es que no sé qué es peor,

si vivir sin él o vivir con alguien así.

Sofía, no digas eso.

Elisa, es como me siento.

¿Tú crees que soy mala persona?

No, claro que no.

Sofía, te comprendo, perfectamente.

¿Me oyes?

Sí.

Además, eres la única que decide lo que hacer con Carlos.

Eres tú quien convive con él.

No yo.

No sé lo que voy a hacer.

¿Me puedes hacer un favor?

Dime. Llévate a Leandro a dar un paseo,

quiero pensar, tranquilamente, al decisión.

Claro.

Muchas gracias, Sofía,

echaba de menos a Leandro.

No, gracias a ti.

Me dijeron en el bar que el señor Montaner

no encontró a nadie que le baile el agua,

no tiene manos,

así que no le quedará otra que venir de rodillas a suplicarme.

¿Y si no lo hace?

Lo hará, mujer, lo hará, es cuestión de días.

Las tierras y las bodegas no pueden esperar

y él lo sabe. ¿Y por qué te tienes que enfrentar

con el señor, cabezota?

Él será un señorito de ciudad y tendrá el dinero que quieras,

pero, lo que no sabe es que aquí manda el campesino,

el que suda de sol a sol

y se despelleja las manos trabajando la tierra

y no la mujer del amo.

Nosotros decidimos a quién obedecer

y una mujer y de ciudad, no es de Dios

que nos venga dando órdenes.

En vez de calentarte tanto bebiendo vino,

más te valdría rondar las fincas en busca de faena.

Tengo mi orgullo, Carmen,

y el señor Montaner

vendrá a mí con las orejas gachas pidiéndome perdón.

Orgullo, el orgullo no da de comer.

Tranquila, a mi familia no la dejo sin aliento.

¿Y qué vas a hacer, mendigar?

¿Robar?

Lo que sea antes que pedirle perdón al señorito ese.

Mira, Pedro, como esta semana no entre un jornal en casa,

pongo a trabajar a los dos mayores y me busco una casa yo.

Cuidadito, a los críos déjalos tranquilos.

Si el hombre de la casa no cumple, tendremos que cumplir los demás.

Ya te digo yo, mujer, que antes de que cante el gallo

el señor Montaner va a venir a mí.

Por estas.

Pues, te digo yo que no me quedaré de brazos cruzados

esperando lo que este señor haga o deje de hacer.

¿Te has enterado de lo de Blanca?

Ha empeorado, Cristóbal se la llevó al hospital,

la estarán operando ahora mismo.

Pobre Blanca y pobre Cristóbal,

esperemos que todo salga bien.

Deberíamos ir a verles,

¿cuánto tardas en prepararte? No hay prisa, Amalia,

si la están operando, pueden tardar horas en terminar.

Pero, es mi mejor amiga, Rodolfo,

quiero estar ahí cuando despierte.

Bueno, pues, ve si tan importante crees tu presencia.

Pero, quiero ir contigo,

eres el hermano del médico,

así nos atenderán mejor.

No, yo no puedo ir.

¿Por qué?

Por trabajo, Amalia, el contrato del hotel me tiene loco.

Lo siento, pero, no puedo ir.

Está bien, si es por trabajo no digo nada.

¿Por qué iba a ser si no?

Porque no tienes buena cara, cariño.

Estás sudando.

A ver, hace un poco de calor, pero, estoy bien, de veras.

A ver si te ha sentado mal la comida.

No, eso no puede ser porque apenas he comido.

Pues, a lo mejor es eso,

¿seguro que estás bien?

Sí, sí, Amalia, estoy bien, te pido que no insistas, por favor.

Discúlpame, es que estoy preocupada.

Una amiga mía tuvo un embarazo de esos,

de esos que el bebé se agarra fuera del útero,

la operaron y la vaciaron entera, casi se muere en la operación.

Bueno, esperemos que no sea el caso.

Además, Blanca estaba tan ilusionada con ese niño.

Ya, ya, ya lo sé.

Bueno, por mí no te preocupes más, ¿eh?

Te dejo aquí tranquilo con tus cosas.

Que no es eso.

Nos vemos a la hora de cenar, espero traerte buenas noticias.

Y a ver si tú estás mejor de ánimo. -Ajá.

Hasta luego.

¡María!

(GRITA) ¡María!

¿Señor Loygorri?

¿Señor Loygorri?

Qué callado estás, con lo locuaz que te muestras a veces.

Mi silencio intenta respetar el tuyo.

Veo que estás un poco triste. -Es por Sofía, la esposa de Carlos.

¿El soldado que ha vuelto del frente?

La he visto esta misma tarde y me ha dejado preocupada.

¿Te ha contado más cosas sobre él?

Carlos no es el mismo hombre que conocimos,

divertido y optimista.

Ahora no habla y, lo que es peor,

no muestra ningún cariño ni por ella ni por su hijo.

A saber las brutalidades que habrá visto en el frente.

No quiero ni pensarlo.

Por eso me alegra que los EE.UU. estén al margen del conflicto.

Tengo amigos allí y está claro que la guerra solo trae desgracias.

Es que si al menos Carlos nos contara qué le ha pasado,

pero es que no habla, es como si estuviera

dentro de su mundo y no se pudiera entrar ahí.

Él médico dice que habría que ingresarlo en un sanatorio mental.

Pero si acaba de volver del frente, es un poco pronto, ¿no?

Le ha hecho un reconocimiento y le ha visto mal.

Pero yo no creo que un sanatorio mental sea la mejor opción.

Ese sitio tiene que ser horrible.

Si no muestra apego por su mujer ni por su hijo,

tal vez no sea una mala medida.

Sofía no sabe qué pensar.

El pobre Leandro se quedará sin padre si ingresa allí.

¿Cómo que sin padre?

¿Ese niño no es tu hijo?

¿Qué le ha pasado?

Ah, que estoy un poco cansado, solo es eso, no te preocupes.

Pero, señor, si se ha desvanecido, pensé que se moría.

¿Qué me voy a morir, mujer?

Solo he cerrado los ojos un momento.

-¿Llamo al médico? -No.

Señor, usted no está bien.

María, ni una palabra de esto a la señora, ¿entendido?

No quiero que se preocupe.

Mire, yo no le voy a decir nada a la señora,

pero usted se tiene que comprometer a ir al médico.

Iré al médico si te quedas más tranquila.

Y, ahora, ayúdame, por favor. -No, no se levante.

Ah, solo quiero ir a la habitación a descansar. Ayúdame.

De acuerdo, en el dormitorio es donde mejor va a estar,

pero con cuidado. Despacio. Y, si se cansa, me lo dice.

Ah...

En vista de que ya te has divertido bastante conmigo,

lo mejor que puedo hacer es irme.

No, Gonzalo, espera.

Deja que te explique por qué te mentí.

Muy bien.

Te escucho.

Cuando me abordaste por primera vez, yo...

yo me sentí intimidada por... por tu atrevimiento.

Es que puede que en EE.UU. sea normal hablar

con alguien desconocido por la calle, así sin más,

pero es que aquí no lo es. -Pero no entiendo la mentira.

Podrías haberme evitado.

Pero pensé que estar paseando con mi hijo

cortaría de raíz todas tus intenciones.

¿Qué intenciones?

Bueno, en caso de que tuvieras intenciones hacia mí.

¿Por eso me dijiste que el niño era tuyo

y no de tu amiga Sofía? -Sí.

Pero, Gonzalo, te juro que luego me di cuenta

de que eres un caballero ejemplar.

Estaba buscando el momento para contarte la verdad.

Bueno, pues ya lo has hecho.

¿Y sabes qué te digo? Que no me parece tan grave.

Pues... tampoco soy viuda.

¿Tampoco eres viuda?

¿Me has dicho alguna cosa que sea verdad desde que te conozco?

A ver, es que... yo estuve casada,

pero mi marido me abandonó y no va a volver nunca más.

Entonces, me siento como si lo fuera.

Bueno, siendo así... te perdono.

Quiero que sepas que no te mentí con mala intención.

Hace mucho tiempo que no conocía a un hombre tan amable.

Vamos a hacer una cosa, volvemos a empezar,

como si nos acabáramos de conocer.

Sin engaños, ni mentiras, ¿de acuerdo, Amparo?

De acuerdo.

-Raimundo... -Si me va a preguntar otra vez

si ha llamado la Cachetera, la respuesta sigue siendo no.

Ya debería estar aquí preparada para la actuación.

-Estará a punto de llegar. -No soporto la informalidad.

Don Luis, no se ponga tan estricto.

La gente se retrasa por muchas razones,

a saber lo que le habrá pasado.

En el mundo del espectáculo no. La actuación es sagrada.

-Esto tampoco es el Teatro Real. -Eso da igual.

Esto es un escenario, y cualquier escenario es sagrado.

Es como un templo, ¿de acuerdo? Hay que respetarlo,

hay que reverenciarlo, hay que venerarlo.

Voy a llamarla. -¡Chis, chis, chis...!

De eso nada, ¿quiere que su marido sepa

que canta aquí por las noches? -Si lo coge él, colgaré.

Pero sospechará, ni se le ocurra llamar.

Yo me preocupo por mi artista, porque es mi obligación.

Y yo me preocupo por mi pellejo, que es el único que tengo.

Doña Antonia estuvo aquí y sospecha algo.

Así que, por favor, no llame a nadie.

Bueno, está bien, no llamaré.

Tranquilo, te pones muy nervioso, te va a dar algo.

No soporto que me dejen plantado.

Amalia se comprometió a cantar conmigo todos los días,

¿me oyes? Todos los días. -Sí, hombre, sí,

pero estará enferma, por eso no habrá venido.

¿Enferma? Sí, puede ser.

Sí, pero tampoco tendrá nada grave,

será una simple... no sé...

¿Faringitis? -¡Dios, entonces tengo que llamar!

No puedo permitir que un matasanos ponga sus manazas

en sus cuerdas vocales sin que le dé unos consejos.

¡Deje el teléfono en paz, por favor!

Esta noche actúa solo y se acabó el problema.

Esta gente viene a ver a la Cachetera,

yo solo la acompaño al piano. -Pero se da la circunstancia

de que ella actúa por amor al arte

y le deja a usted todas las propinas.

Así que no se me ponga exigente. -¡No entiendes nada, nada!

(TOCA EL PIANO VIOLENTAMENTE)

Ya ha pasado mucho rato, han salido varios médicos,

¿por qué no sale Cristóbal a decir algo?

¿No crees que es mala señal?

Amalia, lo mejor es esperar.

Sí, tienes razón.

¡Cristóbal! ¿Cómo está? Está bien, Celia.

Blanca está bien, gracias a Dios. ¡Ay, Dios mío!

La intervención ha sido difícil, por eso tardé tanto en salir.

¿La han vaciado? No, por fortuna,

hemos podido salvarle el útero. (SUSPIRA) ¿Y podréis tener hijos?

Sí, sí, Amalia, no hay nada que lo impida.

Son muy buenas noticias, Cristóbal. -Cuánto me alegro por vosotros.

Gracias. ¿Y cuándo podemos entrar a verla?

Está durmiendo, dejaremos pasar unas horas.

Está bien, avisaré a Diana, quería venir a verla.

Que venga. Le vendrá bien el apoyo de sus hermanas

y de sus amigas. Estaremos aquí para lo que sea.

Oh, por fin estás de vuelta.

Acabo de hablar con Celia. -¿Y Blanca?

-Está bien. -¿De verdad?

Sí. Y, lo mejor de todo, podrán tener hijos en el futuro.

Me alegro por ella y porque tendremos sobrinos.

Sabes que me gustan las familias grandes.

¿Te ha contado algo más? -Tendrá que estar unos días más

en el hospital, iré a verla cuando esté recuperada.

¿Y a ti qué tal te ha ido?

Mejor si seguimos hablando de Blanca.

¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

En este pueblo no nos quieren, nos toman por forasteros

de la peor calaña que nunca se mancharon de barro.

-¿Nadie quieren trabajar? -Nadie. Recorrí el pueblo entero,

llamé a todas las puertas, hablé con todos los que me crucé,

pero nada. -¿Y ahora qué vamos a hacer?

Vamos a trabajar esta tierra tú y yo, codo con codo.

Dos personas para todas las hectáreas que tenemos.

¿Y las bodegas? ¡Ja, imposible!

Entonces, estamos en un callejón sin salida.

Salvador, creo que ha llegado el momento de que hables con Pedro

y le pidas que vuelva. -¿Arrastrarme ante él?

No, de eso ni hablar. -Pero no tenemos más remedio.

Hablaría con él, pero no me escucha.

Si hago eso, perderé toda la autoridad y,

no solo ante él, sino ante todos.

Es lo que busca, humillarme.

No entiendo tu concepto medieval de la autoridad.

Un jefe puede pactar, a veces ceder,

pero nunca rebajarse ante un empleado

que le ha faltado el respeto.

Si no, todos me tomarían por el pito del sereno.

No es algo medieval, es lógica.

Pues esa lógica nos matará de hambre.

Míralo por otro lado, no nos va a faltar

un trozo de queso que llevarnos a la boca.

Y, por cierto, está buenísimo.

Lo ha traído Merceditas del Riberas del Rey.

-¿De dónde? -Del pueblo de al lado.

Porque aquí no nos venden.

¿Al final tenemos que hacer la compra en el pueblo de al lado?

Esto es el colmo. -De algo nos tendría que servir

esa rivalidad que se traen. (RÍE)

Ya sé lo que vamos a hacer.

Vamos a buscar la mano de obra en el pueblo de al lado.

Pero si hacemos eso, nos buscaremos la enemistad

de este pueblo para siempre. -Ya la tenemos

y no hemos hecho nada para merecerlo.

Si no nos quieren en Riberas del Conde,

nos van a adorar en Riberas del Rey.

Me parece arriesgado, pero es una opción.

Desde luego, no hemos venido aquí a hacer vida social.

Hemos venido aquí a levantar unas bodegas.

Entonces, ¿apoyas mi idea?

Uhm, sí que está bueno el queso.

¿Qué haces aquí trabajando tan tarde.

Estaba colocando estos libros.

Han llegado esta mañana y no me había dado tiempo.

¿Qué tal está Blanca? -Todo ha ido bien.

Menos mal.

¿Estás bien? No pareces muy contenta.

¿Dónde estabas ayer por la tarde cuando fui a visitar a Blanca?

Estaba aquí, en la tienda, pero hubo poco movimiento.

Y tan poco, estaba cerrada.

Catalina, piensa bien lo que vas a decir ahora,

no quiero escuchar ni una mentira más.

Está bien.

Estoy trabajando en Pavón, el taller de costuras.

¿Y por qué no me lo has dicho? ¿No tenemos confianza?

Sí, sí que te lo dije. Bueno, te conté mi intención,

pero tú fuiste bastante clara,

dijiste que solo este era mi lugar.

Compré esta tienda para ti.

Y lo convertiste en algo que es para ti.

Yo no sé nada de libros,

lo mío son los hilos y los patrones.

Pensé que teníamos un proyecto juntas.

Y lo tenemos, Celia, pero tienes que entender que no puedo

dejar pasar la oportunidad de trabajar en Pavón.

Además, no quería dejarte sola con todo esto,

y menos con tu hermana enferma. -Conmovedor.

Celia, no uses ese tono, tú no eres así.

No, no lo soy.

Y voy a dejar de ser sarcástica para ser directa.

Haz lo que quieras, Cata, piensa lo que quieras,

es lo que has estado haciendo hasta ahora.

Solo te voy a pedir una cosa:

si de ahora en adelante te tienes que ausentar de la tienda,

me lo avisas previamente. No es mucho pedir.

¡Celia, por favor, no te vayas!

Tengo un buen amigo que es ginecólogo.

Trabaja fuera del hospital, quizá estaría bien llamarlo.

A ver si puede venir, hacerte una exploración

y valorar si podrías quedarte embarazada.

Me ocultaba que trabajaba en el taller de costuras Pavón.

Y dice que soy una egoísta por no ponerme en su lugar.

¿Se lo puede creer? -Sí, perfectamente.

¿Ah, sí? ¿Se puede creer que me llame egoísta?

Claro, yo también se lo llamaría.

Nadie puede vivir los sueños ajenos como propios.

Y es lo que le pide a su amiga Catalina que haga.

Voy a ir a Riberas de Rey a buscar mano de obra.

Tal y como se llevan los pueblos, la voy a conseguir.

A ver si podemos empezar con las bodegas y viñedos.

-Volveré con buenas noticias. -No me he llevado un chasco.

Demuestra que es una mujer generosa.

-Y una mentirosa de tomo y lomo. -Lo sé.

Todo esto me ha hecho pensar en algo muy importante, madre.

¿Que no merece la pena iniciar una relación

basada en la mentira? -Eso debería pensar.

No soporto a las personas que mienten, sobre todo,

a quienes mienten a sus seres queridos.

Señor Gorís, este es mi amigo, el Señor Velasco.

-Encantado. -El placer es mío.

¿Y se puede saber qué es lo que inspecciona?

¡Caballero, por favor!

En este pueblo no hay almas caritativas, ¡ni una!

A ver, Merceditas, ¿qué ha pasado ahora?

-El carbonero no nos vende carbón. -No me lo puedo creer.

Este pueblo está todo en contra nuestra, señora.

-Gonzalo sabe toda la verdad. -Toda menos tu nombre.

Pero usted me puede seguir el juego.

-¿Con otra mentira? -Padre, por favor,

ayúdeme mañana cuando le conozca.

-¿Mañana? -Mañana.

Y ya me parece tarde, tengo ganas de que la conozca.

Está bien, por fin mañana la conoceré.

El que siempre truenos, cosecha tempestades, señora.

¿Y qué hemos hecho que sea tan grave?

Hemos venido aquí con educación, solo queremos levantar un negocio

en el que hemos invertido muchísimo dinero

y con el que vamos a dar trabajo a mucha gente de este pueblo

como, por ejemplo, su marido.

-A mi marido ni lo miente. -Sabe que tengo razón.

¿Ciro por qué no está con Elisa?

-Luego hablamos. -No, Sofía, tranquila.

Me siento un rato con vosotros y te lo cuento.

Creo que nos hemos ganado un descanso.

Pero no se muevan de ahí, porque ahora mismo volvemos.

(Aplausos)

Últimamente no me encuentro muy bien.

¿Qué te pasa? Ah, pues fatiga, mareos...

incluso he tenido algún pequeño desmayo,

desorientación, a veces no sé dónde estoy

o con quién estoy tratando. Eso me preocupa.

Tengo que hacerte unas pruebas de inmediato.

¿Crees que puede ser grave? No lo sé sin las pruebas. Ven.

No llame a las chicas, que no están.

-¿Y se puede saber dónde están? -Ah, yo qué sé.

Cada una hará lo que le dé la gana en su día libre.

Yo no le he dado a nadie el día libre.

-Pero yo sí. -¿Y con qué autoridad

concedes libranzas? -Soy la dueña de su secreto.

Y eso me concede cierta autoridad, ¿no le parece?

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  • Capítulo 472

Seis Hermanas - Capítulo 472

28 mar 2017

Blanca se niega a operarse para no perder el bebé. Diana y Salvador tienen a todo el pueblo en contra. Celia descubre que Cata trabaja de costurera. Elisa mete la pata con Gonzalo. Carlos continúa en shock. Gabriel intenta dar unos pasos. Cándida quiere impedir que Marina siga hablando con su hijo.

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