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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 468 - ver ahora
Transcripción completa

No te hace la más mínima ilusión empezar un negocio conmigo.

Sí, sí que me hace.

Entiéndelo, por favor, Celia, ponte en mi lugar.

Tener la oportunidad de trabajar en Costuras Pavón

no se presenta todos los días.

Haz lo que quieras, Cata.

Este año, ¿cuánto vino vamos a sacar?

Más bien, me centraría en el siguiente.

¿Me dice que este año no habrá cosecha?

Ya ve cómo están las cepas.

Uno de los portugueses viene para España,

hará una visita a la fábrica y nos contará los entresijos

de cómo hacer una tela de algodón de primera calidad,

quiero que usted le reciba y le trate muy bien.

¿Yo solo? Sí.

Madre, cómo se me ocurre comprarme un deportivo?

Bueno, hijo, para algo tiene que servir

el dinero de La Villa de París.

Sí, podría guardarlo para más adelante.

El dinero está para gastarlo, Gabriel.

La noto triste,

o sea, ha perdido la alegría.

¿Sabe?, a veces echo de menos su frivolidad, sus mentiras,

sus enredos, no la reconozco más en eso

que en esta especie de abnegación en la que vive.

Bueno, la gente cambia

y por lo que me cuenta, el cambio es a mejor.

No, doctor, no es a mejor, mi hija no es así.

Gonzalo Villarino.

Amparo.

Amparo.

¿El niño es suyo?

Sí.

Si quiere, cante algo y le acompaño al piano.

Pero, no sé si vengo preparada.

Entonces, no tiene una verdadera vocación.

Eh, ¿cómo que no?,

¿Se sabe... se sabe la de...?

(CANTA) #Mis padres me casan...# ¿Esa se la sabe?,

pues, arranque, vamos.

(CANTA) #Mis padres me casan con un señor de París.#

¿Pero, cómo se te ocurre rajarle la cara a La Peineta?

Le has destrozado la vida.

Pues, que se lo pensara antes de robarme mi dinero.

Tú estás loca, ¿eh? No, solo sigo sus consejos,

usted no quiso ayudarme y que resolviera el problema

a mi manera y eso hice.

Estoy embarazada.

No, Blanca, no puede ser.

No puede ser, pero, lo es, el doctor Cifuentes me lo confirmó.

Es un milagro.

Ha quedado de maravilla.

Gracias, me alegra que te guste.

¿Estás contenta,

es con lo habías imaginado? Sí.

La verdad, no me puedo creer que tenga tanta suerte.

Te lo mereces.

Fuiste muy valiente te convertiste en una mujer

de negocios como tu hermana y asumiste un riesgo

Pues, esperemos que la suerte continúe y el negocio prospere,

aunque, de momento, tener mi propia librería

ya es un sueño cumplido.

Me guste ver que te haga feliz.

Desde pequeña, las librerías fueron mi lugar favorito.

¿De verdad? Me encantaba leer.

Enseguida tuve claro que quería escribir

y vivir rodeada de libros.

Así que ya eras una niña muy decidida.

No, decidida, no, soñadora.

Me imaginaba tratando con escritores, editores

y, por supuesto, con lectores,

así que, ya ves, lo estoy consiguiendo.

¿Estás nerviosa?

Sí, no puedo negarlo,

hay muchas cosas que podrían salir mal.

Bueno, cuando lleguen los problemas, los afrontaremos,

ahora, disfruta de esto. Sí, creo que no vale la pena

que me preocupe, pero, no puedo evitarlo.

Verás cómo, al final, te lo pasas bien

con todas estas cosas que te has propuesto.

Te agradezco tus palabras,

pero, enseguida empezarán a llegar

albaranes y facturas y recibos

y si no hay clientes, no funcionará.

Los habrá.

Mira, no me imagino una librería más agradable que esta.

Si me gustase leer tanto como a ti,

terminaría con un montón de libros.

Espero que los clientes vean la tienda como tú.

No te preocupes, entre las dos sacaremos esto adelante.

¿Entre las dos? Claro.

Compraste la tienda para que yo no me quedara sin trabajo, ¿no?

Sí, pero, pensé que harías una prueba para ser modista

en la casa de costuras Pavón. Bueno, lo pensé mejor.

¿Y has cambiado de idea?

Estoy aquí, ¿no?,

dispuesta a empezar a trabajar.

¿Y lo has hecho por mí? Celia, mi lugar está a tu lado.

No sabes lo feliz que me hace oírte decir eso.

Bienvenidas a Catelia.

Es, de verdad, preciosa.

¿Os gusta?

Es muy bonita.

Qué raro ver libros en vez de sombreros.

¿Queréis que os enseñe la trastienda?,

seguro que no la reconoceréis.

Vamos.

(Llaman a la puerta)

Adelante.

Vaya, qué sorpresa, la autoridad.

Pase.

Siéntese.

¿Quiere tomar algo? No, gracias, estoy de servicio.

¿Qué le trae por aquí, inspector?

Vengo por una de sus chicas.

Me alegra saber que por fin viene como cliente

y no solo en cumplimiento de su deber.

Así es, vengo a por una de sus chicas,

pero, no por estar con ella, sino por temas policiales.

¿Y quién le interesa?

La señorita Justa Sáez.

Qué extraño, no conozco a ninguna con ese nombre,

¿está seguro de que trabaja aquí?

Quizá la conozca más por su apodo, se hace llamar La Peineta.

Ah, La Peineta, sí, claro. Ahora, la conoce, ¿verdad?

Sí, pero, lamento decirle que ya no trabaja aquí.

Sí, lo sé, apareció en el hospital con un siete en la cara,

una herida de navaja o de cuchillo.

Vaya, pobre muchacha.

¿Le sorprende?, incluso, lo lamenta.

Por supuesto, porque yo aprecio a mis chicas.

Le pregunté que quién se lo hizo y se negó a hablar,

dice que no vio nada, que no recuerda nada,

que estaba todo muy oscuro,

mentiras que tienen que ver con el absurdo código de silencio

que impera entre este tipo de mujeres.

No sé a dónde quiere llegar.

Quizá, usted sí sepa quién desfiguró a esa mujer.

Pero, si no sabía que la atacaron, cómo voy a saber quién lo hizo.

No se haga de nuevas conmigo,

mi intuición me dice que, seguramente,

esa agresión la sufrió aquí,

o se la hizo alguien relacionado, de algún modo,

con la casa de tolerancia.

Bueno, puede que su intuición le falle, ¿no cree?

Fíjese que no me suele pasar,

déjese de evasivas y responda.

No entiendo por qué se empeña que haya agresiones en mi casa,

las chicas se llevan bien entre ellas.

Cuando hay un cliente

que es violento, le expulsamos de inmediato.

No es la primera agresión a una de sus chicas,

le pregunto si sabe quién fue en esta ocasión,

¿o prefiere que la interrogue en comisaría?

Hablemos aquí o allí, no le voy a poder ayudar,

solo sé que La Peineta me dijo que se iba a su pueblo,

no me dio más explicaciones.

¿Cuándo fue eso?

Ayer mismo y no noté nada especial.

Hay muchas chicas que se cansan de esta vida y toman otro rumbo.

Sí, lo sé, es la misma versión que me dio La Peineta.

Pues, entonces, será lo que pasó.

Sé reconocer el miedo y esa mujer estaba aterrorizada.

Y cuando le hablé de este lugar, aún se asustó más.

Vaya.

¿Qué pasa? Que noto ese mismo miedo en usted,

¿qué ha pasado aquí para que esa mujer

haya acabado así y usted esté asustada?

Yo no le tengo miedo a nadie, inspector.

Miente.

Y miente en todo.

Sabe, perfectamente, qué le pasó a La Peineta y, sí, está asustada.

Se equivoca y se equivoca en todo,

aquí, solo hay lugar para el placer y la diversión,

esa es la única verdad.

Déjeme que le dé un consejo. Por supuesto, los que quiera.

Tenga cuidado con quien deja entrar en su casa

y sabe, perfectamente, a quién me refiero.

Y piense, también, si es bueno ocultar que esa persona

va rajando las caras de sus chicas,

quizá, el próximo día sea usted la víctima.

Buenos días.

Parece mentira que la trastienda tenga ese aspecto.

Sí, parece un sitio distinto.

Honestamente, ha costado mucho trabajo.

Y creo que el esfuerzo

mereció la pena. Sin duda.

Anda, Cata, ayúdame.

He pensado que, aunque sea de forma modesta,

podemos celebrar entre nosotras cuatro.

Te lo agradezco, Celia, pero, no puedo beber alcohol.

Blanca, es cierto que es pronto,

pero, los labios de forma simbólica.

Bueno, ya que sale el tema y ya que estáis aquí,

me gustaría daros una sorpresa.

Estás embarazada.

Pues...

lo cierto es que...

Sí.

Elisa lo adivinó, sí, estoy embarazada.

Blanca, eso es maravilloso.

Enhorabuena.

Pero, Blanca.

Pero, Blanca,

es un milagro.

¿No te dijeron los médicos que no podías tener hijos?

Sí, pero, está claro que se equivocaban.

Cuánto me alegro por ti.

También, puede ser que se equivocaran contigo, Elisa.

Bueno, ojalá.

Y si algo aprendí con todo esto,

es que, a veces, pasan cosas maravillosas contra pronóstico.

Y yo estoy encantada.

Bueno, y Cristóbal, también, la verdad.

¿Diana lo sabe? No, aún, no.

Pensé en llamarla esta tarde para contárselo todo.

Espera.

Este libro es para ti.

Bueno, y para tu criatura.

El primer libro que encuentra su dueño en esta tienda.

Muchas gracias.

Pero, quiero pagártelo. Ni se te ocurra, Blanca.

Soló prométeme que leerás un cuento cada día.

Ay, lo haré encantada.

Ay, ven aquí.

Está bien, y, ahora sí, las que podemos

vamos a brindar.

¿Te ayudo? Sí.

Por esta tienda

y por la vida que está por llegar.

(LLAMA SISEANDO)

Raimundo.

Buenos días, doña Amalia, qué le pongo.

Un café, Raimundo, por favor.

Ahora se lo traigo, le recojo un poquito la mesa.

¿Sabe si está por aquí don Luis? Solo viene por la tarde.

Vaya. Y quería aprovechar

para felicitarla por su gran actuación de anoche.

Muchas gracias.

Cierto es que yo también disfruté mucho.

La clientela estaba entregada y yo también.

¿Tanto te gustó?

Más que comer con los dedos, estuvo fantástica.

Gracias. No tendrá usted la mejor voz.

¿Cómo? Quiero decir, si me permite,

que su gracia, su desparpajo, es una maravilla.

Parece que nació para pasear por el escenario.

Eso ya me gusta más.

Sí, estaban todos tan contentos que casi me dejan sin bebida

y sé que por don Luis y su piano no es.

Si es así, no me importaría volver más veces.

Huy, encantado de recibirla cuando quiera.

Oye, Raimundo, ¿y si fuese algo menos ocasional?

Espe... espere un momento,

¿qué me quiere usted decir,

que quiere volver a ser La Cachetera?

Veo que lo va entendiendo.

Reconoce que ese escenario sin mi presencia está muy vacío.

No, no, a ver, una cosa es que venga usted por aquí

un día que suba y eche unas canciones, sí,

pero, que vuelva usted a trabajar aquí, no.

Bueno, ¿por qué no puedo yo volver?

A ver, sé lo que le he dicho y es verdad lo que le he dicho,

pero, soy un "mandao", usted sabe que aquí,

quien manda es doña Antonia.

Pero, eres tú quien se pasa el día aquí, ella no.

Ya me juego el cuello por uno, por dos, no.

¿A qué te refieres? Es igual,

yo solo estoy aquí para hacer las cosas

como dice doña Antonia y ya. No creo que ver la caja más llena,

que se beba más y que se anime más esto le moleste a Antonia.

Pero, tampoco creo que doña Antonia se muera por contratarla a usted.

¿Y si yo hablo con Antonia?

Pero, lo que los clientes paguen de más

habrá que dárselo a usted para pagarle la velada, así que...

¿Y si esto no lo hago por dinero?

¿Qué quiere usted decir... que lo haría gratis?

Pues, sí.

¿Qué te parece?

Amparo.

Qué casualidad.

¿Gonzalo?

Sí.

Si le soy sincero, este encuentro no es muy casual.

Me imaginé que usted pasea, frecuentemente, por la zona

y me eché a la calle con la esperanza

de cruzarme con usted.

Pues, ha tenido suerte, entonces.

Aunque no sé si es lo que haría un perfecto caballero.

Se lo preguntaremos cuando lo veamos.

Lamento haberla ofendido,

nada más lejos de mi intención.

Si quiere, me marcho por donde he venido.

No, no,

entonces, la grosera sería yo.

Pero, espero, que no vuelva a suceder.

A las mujeres no nos gustan que nos traten así.

He sido un imprudente.

La próxima vez tendré que llamar a la policía.

Y yo me entregaré sin resistencia.

Le pido disculpas.

Disculpas aceptadas.

Además, si he obrado de esta forma,

es, en parte, por su culpa.

¿Por mi culpa?

No pude quitarme de la cabeza lo que me contó ayer,

su historia me conmocionó,

viuda con un hijo a su cargo.

No se lo conté para darle pena.

No, no me da pena,

me causa admiración.

Es por eso que no dejé de pensar en usted desde que nos vimos.

Quizá fui un tanto impulsiva

hablándole de mi vida a un desconocido,

pero, entiéndame, no es el primero

que intenta aprovecharse de una pobre viuda.

Nada más lejos de mi intención,

sé que no me conoce, pero, no soy esa clase de hombre.

Bueno, compréndame.

Ahora mantengo un poco de escepticismo porque

yo antes era una chica muy ingenua

y enseguida me conmovían las palabras de un joven,

pero, todo lo que me ha ido pasando

me ha convertido en una mujer suspicaz.

Pues, ya que se ha sincerado conmigo,

lo haré con usted.

Si su historia me ha emocionado tanto,

es porque me recuerda a mi propia vida.

¿A qué se refiere?

Nunca conocí a mi padre y mi madre, cuando era joven,

también, era una mujer decidida y fuerte, como usted.

De hecho, es una gran mujer y usted me recuerda a ella.

Gracias.

Muy amable.

(Llanto)

Leandro se pone a llorar siempre que nos paramos.

pero, en cuanto andamos, se calma.

Si quiere, le acompaño,

yo, también, voy en esa dirección.

Entiéndame si no le creo.

Es la verdad, pero, ya le he dicho

que si le incomoda mi presencia, no la molestaré más.

Vayamos, así no se vuelve a poner a llorar.

Gracias, agente, déjenos a solas.

¿Desde cuándo tienes ese deportivo?

Desde ayer, me lo regaló mi madre.

Pues, veo que no perdiste el tiempo,

me dijeron te diste contra el carrito de un lechero,

gracias que al mozo no le pasó nada.

Para, no fue culpa mía,

ese tipo apareció de la nada y se metió en la calzada,

cuando me quise dar cuenta lo tenía encima con el carrito,

intenté esquivarlo, pero, no pude.

Tiene gracia que digas eso. ¿La tiene?

Sí, porque el mozo dice que iba por la acera

cuando tú te subiste a ella y le embestiste con el morro.

Eso es mentira, no recuerdo haberme subido a la acera.

Al llegar la policía, el coche estaba en la acera.

No sé, sería al intentar esquivarle todo pasó muy rápido, Velasco.

Puede que esa sea la clave de todo,

que ibas muy rápido. Iba a una velocidad normal.

Normal para un coche como ese. -Me lo acabas de admitir ahora.

Es un deportivo, no se puede conducir

a paso de tortuga, es como si tienes un purasangre

y vas al trote. -¿Esa es tu justificación?

Tiene un motor de cuatro cilindros.

Alcanza los 80 km por hora sin que te des cuenta.

Porque el coche coja esa velocidad no puedes ir a todo trapo

o subirte a una acera. -Perdí el control.

Lo sé, lo siento.

Cuando lo recupere, ¿te das una vuelta conmigo?

Ya he subido muchas veces a muchos coches.

Sí, pero nunca en uno como este, es una sensación increíble.

El aire, la velocidad, el traqueteo del motor...

Gabriel, me estás preocupando.

-¿Por qué? -Cuando uno conduce un coche,

tiene que fijarse en la carretera, en los otros coches,

en los peatones, no en el aire, en el traqueteo y esas cosas.

Bueno, lo cortés no quita lo valiente.

Pero casi le quita la vida a ese pobre mozo.

Manejar una máquina como la que te regaló tu madre

implica conducir con un cuidado especial.

Me parece que estás exagerando un poco, ¿no?

Y a mí me parece que deberías conducir con más precaución.

Tuviste suerte de que el mozo saliera ileso

y no te pasara nada. -¿Y al coche?

Nada que no se solucione con una buena mano de pintura.

Puede que la próxima vez no tengas tanta suerte.

Bueno, creo que ya he agotado mi cupo de mi mala suerte,

ahora me toca disfrutar de la buena.

Vas a disfrutar de la multa que te va a caer.

Cuando la pagues, podrás recuperar el coche.

¿Y luego vienes a dar una vuelta conmigo?

Cuando aprendas a conducir.

Ah... Ay, ¡buenos días!

Eh, el horno de pan por dónde lo puedo encontrar.

Vaya por allí, hasta el final de la calle.

Y, luego, a la derecha, y ahí lo verá.

Ah, bueno, pues a ver si llego a tiempo,

no vaya a ser que nos quedemos sin pan.

¡Menudo disgusto sería! (RÍE)

Que ya se sabe que aquí los hornos de los pueblos

cierran antes que en la ciudad, como lo venden todo enseguida.

¿Es usted la que trabaja para los señoritos?

Pues sí, soy la doncella de los nuevos propietarios

de los viñedos, así es. -Ya.

Y no vea usted la de faena que tengo atrasada aquí en la casa.

Porque, claro, entre la comida, la limpieza, las niñas.

Y no es solo eso, ¿eh? Esta noche, con la tormenta,

se llenó todo de goteras y tengo que achicar el agua

del salón, de... -Perdone.

Que nos tenemos que ir a trabajar. -Sí, claro, claro.

¡Que tengan un buen día!

-¿Haciendo amigos, Merceditas? -Pues no, no creo.

Porque a las gentes de este pueblo no les gusta mucho charlar.

Bueno, me voy a comprar ese pan mondo y lirondo,

porque no creo que aquí entiendan de repostería ni de churros.

No pasa nada, seguro que el pan que hacen aquí

está mucho mejor que el de Madrid. -No sé.

Me hubiera gustado madrugar más, pero me pasé toda la noche

achicando agua del salón y de la despensa.

¿También hay goteras en la despensa?

No me lo puedo creer.

¿Alguna desgracia más que deba saber?

No, no, señora.

Bueno, sí. He tenido que tirar mucha de la comida

que teníamos almacenada.

Y lo que más siento es ese queso que le gusta tanto al señor.

Bueno, no pasa nada.

Tenemos que acostumbrarnos a que la vida aquí

no es como la vida en Madrid. -Me voy a las bodegas.

¿Don Salvador no la acompaña?

Está resfriado por culpa de la mojadura.

Le he dejado reposando en las pocas mantas que quedan.

Vaya, pobre hombre. Bueno, le prepararé

tisanas de tomillo que me he traído de Madrid

para estas ocasiones. -Eh, Merceditas...

Procura que Salvador no se entere del estado de la casa.

Por Dios, si sabe lo poco que me gusta mentir.

Bueno, tienes que hacerlo.

No quiero que pierda la ilusión por unas menudencias.

-Menudencias no son. -Son contratiempos.

Ya verás cómo pronto vivimos en mejores condiciones.

-¿Y si don Salvador se da cuenta? -Chis...

Sí, señora, "Merceditas, calladita".

(RÍE)

(LLORA)

(Se oyen pasos acercándose)

(ROSALÍA TARAREA)

(ELPIDIA RÍE)

¿Qué te pasa, Elpidia?

Pues ya ve, doña Rosalía... (RÍE) La cebolla, que no perdona.

No, no, no, tú a mí no me engañas.

Te he visto pelar muchas cebollas, pero nunca con esos lagrimones.

Ah, es usted demasiado lista, doña Rosalía.

Anda, suelta esa cebolla y cuéntame de una vez

qué te está pasando.

Es... el niño.

Ese niño que parecía importarte tan poco.

Eso era lo que le contaba a todos y lo que me decía a mí misma,

pero ahora... siento como si se hubiera muerto una parte de mí.

Ya me extrañaba a mí que estuvieras tan despreocupada.

Bueno, hacía como que no pasaba nada, pero...

sí pasa, sí. -Sí.

Claro que sí, que pasa.

Y tú necesitas desahogarte, tienes que llorar, Elpidia.

Llora, llora todo lo que te haga falta.

Tienes que sacar toda la pena que llevas dentro.

(LLORA) ¿Usted cree? -Sí, hija, sí.

Para pasar los disgustos no valen atajos.

¿Y si no para de llorar nunca?

Tú prueba.

(LLORA DESCONSOLADA)

Anda que menudo espectáculo le estoy dando.

Quita, quita, eso no tiene importancia.

Da igual. ¿Desde cuándo tener sentimientos es un espectáculo?

Eso es lo normal.

Lo raro es que estos días pareciera que todo te daba igual.

Ha sido cuando me enteré del embarazo de doña Blanca,

que me ha dado una envidia tremenda.

Bueno, pero eso no quiere decir que le quieras mal

ni nada por el estilo, es normal que te sientas así con lo que pasó.

(SUSPIRA) Y yo que pensé que haber perdido a ese niño

era una suerte. Pero no.

He tenido que quedarme sin él para darme cuenta

de lo muchísimo que me duele no ser madre.

Ah... así es la vida.

A veces, nos pone pruebas para hacernos más fuertes.

Me siento... vacía.

También yo me sentí vacía cuando murió mi hija Carolina.

Ay, toda la vida sin querer una criatura y ahora...

no puedo parar de pensar en eso.

¿Cómo es posible que haya llegado a querer tanto a esa persona

que nunca conocí?

¿Sabe, Rosalía? Yo creo que hubiera sido una buena madre.

Que lo hubiera querido muchísimo.

Claro que sí, le conocerás en sueños. Ya lo verás.

¿Cuándo se me va a pasar esto?

Creo que ahora deberías descansar unos días, Elpidia.

Te hará bien. -No, no que si estoy

mano sobre mano no pararé de darle vueltas.

Usted deme trabajo, deme mucho trabajo,

para que así no me pueda estar quieta, ¿eh?

(LLORA)

Supe que Blanca estaba en estado de buena esperanza

mucho antes que ella. -¿De verdad?

Sí, de hecho, fui al médico porque ella insistió.

Sí, las mujeres nos damos cuenta de esas cosas.

No sé, los pequeños detalles que cambian en el cuerpo.

Venía con la mirada más radiante y la piel más tersa.

Y los médicos no hacemos más que confirmar

lo que intuyen otras mujeres. (RÍE)

Estamos muy felices, la verdad, no esperábamos que pasara nunca.

Después mi enfermedad, los médicos me dijeron

que no podía quedarme embarazada, y mira.

A veces la vida sorprende para bien.

Será estupendo que Dolores tenga un compañero para jugar.

No hay nada más aburrido que jugar solo.

Lo tendrá bastante lejos.

Las fronteras en Francia no estarán cerradas siempre.

Blanca, ¿te encuentras bien? No, solo estoy un poco fatigada.

(RÍE) Bueno, eso es normal.

Yo me quedaba dormida en cualquier rincón, ¿verdad?

Una vez nos invitaron en el Prado a una exposición de Murillo

y, ni corta ni perezosa, delante de las autoridades,

se queda dormida sobre un banco. (RÍEN)

Oye, yo me tengo que ir, tengo una reunión en la fábrica.

Salgo contigo. Paso consulta en menos de una hora.

Bien.

Bueno... No volveré tarde.

Si te encuentras mal o necesitas algo, llámame, ¿vale?

Estaré en el hospital. Perfecto.

Ah, Blanca... Adiós, Amalia.

Buenas tardes, Cristóbal.

Entre la boda y esto, nunca me había sentido tan feliz.

Me alegro mucho, Blanca. Y, salvando las distancias,

debo decirte que yo también me siento muy dichosa hoy.

¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?

Bueno, pues porque tienes ante ti

a la nueva cantante del Ambigú.

¿Pero qué dices, Amalia? Sí.

Y, además, Blanca, tengo que pedirte un favor.

(SUSPIRA)

Tengo que hablar con usted.

Imposible, tengo una cita, tengo prisa.

No puedo esperar a que regrese, es importante.

Ah, pues que sea rápido también.

Me falta dinero, aquí faltan muchos billetes.

Está todo lo que te corresponde.

No soy analfabeta como las otras,

he hecho las cuentas y me debe usted dinero.

He tenido que quitarte una parte para dársela a La Peineta.

¿Cómo? ¿Por qué ha hecho eso? -La mujer vino y me pidió ayuda.

Tal y como le has dejado la cara,

no podrá ganarse la vida con esta profesión.

La Peineta tiene lo que se merece, por haberme amenazado.

-No estoy de acuerdo con eso. -Yo solo me defendí.

Ella tiene que cargar con las consecuencias de sus actos.

Lo que has hecho es una atrocidad.

Le has destrozado la vida a esa pobre chica.

La próxima vez que quiera tener un detalle con La Peineta,

abra esa cajita de caudales que tiene.

No me gusta nada lo que estás insinuando.

En vez de enfrentarte a mí, deberías estar agradecida.

¿Y por qué tengo que hacer tal cosa?

Porque protegí tu secreto y no le dije a Velasco

que fuiste tú la que le rajaste la cara.

-¿Velasco ha estado aquí? -Así es.

(SUSPIRA) -No sé cómo ha podido enterarse.

Seguro que tiene un confidente

o que algún policía es cliente de aquí.

Más de uno, pero estoy segura de que ninguno le ha dicho nada.

Además, da igual cómo se haya enterado Velasco.

Si yo te delato, tú vuelves a la cárcel.

¿Lo entiendes?

Sí, y se lo agradezco.

Pues tómate este favor como una advertencia,

porque al mínimo problema, o como te vea merodeando la caja,

voy a Velasco y le digo lo que has hecho.

Mira, un cliente.

Ahí tienes la oportunidad para recuperar el dinero.

El escenario es mi vida,

es donde yo me siento plena y feliz.

Sí, y yo me alegro mucho de verte así de ilusionada Amalia, pero...

Fuiste tú la que me aconsejó que me buscara un entretenimiento.

Ya, pero yo me refería a aficiones más discretas como

las juntas de caridad, el macramé, las partidas de bridge...

Sabes de sobra que me aburro con todo eso.

¿Y qué opina Rodolfo de todo esto? Nada.

De momento nada, porque no lo sabe.

Amalia, no puedes ocultarle algo así.

Además, has compartido con él secretos más delicados que este.

Tienes que decírselo.

Es que no quiero arriesgarme a que se entere y me lo prohíba.

Blanca, me he aburrido tanto, tanto, tanto estos meses que...

no sé, y ahora estoy tan bien. Yo te entiendo.

Pero, de verdad, que tienes que decírselo.

Lo conozco. Y sé que no le va a gustar.

Anda, ayúdame con esto un poco, por favor.

Guárdame el secreto y proporcióname alguna coartada de vez en cuando.

¿Eh? Por favor...

Merceditas, ¿todo bien con esa ventana?

Eh, sí, sí. Los postigos, que son durísimos.

Se nota que estoy floja. Pero, bueno, que está bien así.

¿Usted qué tal se encuentra?

Como si me hubiera atropellado un tranvía.

Teniendo en cuenta el sitio, sería más apropiado decir,

como si me hubiera atropellado un rebaño de ovejas.

(RÍE)

Y si usted se encuentra débil todavía,

¿por qué no se vuelve a la cama? -Porque es incomodísima.

Es terrible, sería mucho más cómodo acostarme en la hierba.

(Golpe de las hojas de la ventana)

Haz el favor de cerrar la ventana, por favor.

Es buenísimo que se ventile la casa.

Y más si hay miasmas en al aire.

¿Quieres cerrar la ventana que entra frío?

¡Merceditas, este sofá está empapado!

-¿Ah, sí? -Sí.

Vaya, ah...

¿Hay más goteras que las que descubrimos anoche?

No, no, no, no. Lo que pasa es que...

bueno, que tenían mucho polvo y los he limpiado.

Seguramente mojé mucho el trapo.

Siéntese mejor ahí. (RÍE)

(SUSPIRA)

Por cierto, no he desayunado. Tráeme un poco de queso.

-¿Queso? ¿Qué queso? -¿Cómo que qué queso?

Solo compré uno. -¡Ah!

No, pero ya se lo comió.

Estoy seguro de que queda un buen trozo.

Iré a la despensa a buscarlo.

No, no, si he estado allí esta mañana

y le aseguro que no quedaba. -Eso sería muy raro.

Eh, usted no se preocupe, yo le preparo algo de comer.

Está bien, avísame cuando esté listo.

Sí, yo le aviso. ¿Por qué no se mete en la cama

y yo se lo subo, eh? Así se recupera más rápidamente.

Está bien, iré a la cama. (SUSPIRA)

(SUSPIRA)

(RESOPLA)

Merceditas, no hace falta que disimules.

Ya sé que esta casa es un desastre.

Por cierto, ¿sabes dónde está Diana?

Eh...

(RÍE)

Ya.

Ya vamos retrasados con el lino, a mí me da reparo

ponernos ahora con el algodón, igual retrasa la producción.

No se preocupe por eso, en cuanto llegue el Sr. Gomes,

el algodón no tendrá secretos para nosotros.

-¿Y cuándo vendrá? -A media tarde.

-¿Tan pronto? Pues yo pensé que llegaría el fin de semana.

Sí, ha adelantado su viaje.

Pero yo tengo una reunión que no puedo eludir,

así que tendrá que recibirlo usted. -¿Yo?

Sí. Y no podré estar en lo que queda de día,

así que ocúpese de él. -¿Y qué puedo hacer?

No sé, ¿le enseño las instalaciones de la fábrica?

Sí, eso. Y, sobre todo, que se divierta.

-¿Tengo que divertir al Sr. Gomes? -Sí.

Llévelo a los lugares emblemáticos de la ciudad.

Y luego se lo lleva a cenar a un buen restaurante.

Es muy importante que el portugués se quede contento.

Yo no sé si sabría a qué restaurantes llevarle,

yo soy más de comer en casa.

Lléveselo al restaurante del Excelsior, ese nunca falla.

-Bueno, tomo nota. -Luego se lo lleva

a una buena sala de fiestas del centro.

-¿Pero yo qué voy a saber...? -Pregunta al conserje del hotel.

Él sabrá decirle. -Bien. Como usted diga.

Benjamín, ¿le ha quedado claro todo lo que tiene que hacer?

Tengo que divertir al señor portugués sin reparar en gastos.

Eso es. Y ahora vaya a la estación,

no queremos que el Sr. Gomes espere.

Sí.

-Padre. -Ah...

Ay, perdone, no sabía que dormía.

No te preocupes, hija.

Creo que ya he descansado lo suficiente.

-¿Se encuentra bien? -Pues la verdad es que sí,

me encuentro mejor. ¿Y tú qué?

Esta mañana saliste muy temprano y no te he vuelto a ver.

He visitado la librería de Celia.

Y allí Blanca nos ha dicho que está embarazada.

Un nuevo sobrino a la vista.

Y he aprovechado para dar un paseo con Leandro.

¿Pero qué más te ha pasado, para que estés de tan buen humor?

Bueno, he conocido a un joven muy amable.

-¿Dónde lo has conocido? -En la calle.

No me parece el mejor sitio para hacer vida social.

Pues como si fuera un baile, padre.

El primer día nos conocimos de casualidad.

Hoy, él se estaba haciendo el encontradizo.

O sea, que te estaba siguiendo.

-Sí. Algo parecido. -Eso significa

que está muy impresionado contigo.

Aunque no sé si me gusta su conducta.

¿No será una especie de perturbado?

No, al contrario. Es un joven encantador.

Lo he podido comprobar mientras paseábamos.

¿Os conocisteis y enseguida

os pusisteis a pasear, sin más? -Pues sí.

La verdad es que es un joven bastante pertinaz.

No supe decirle que no.

No sabes cuánto me alegro que empieces a divertirte

y, sobre todo, a sonreír.

Ya es hora, después de todo lo de...

Ya. Lo de Ciro.

No se preocupe. No siento nada al oír su nombre.

Es una muy buena noticia que hayas podido pasar página.

Pensé que iba a ser imposible.

Pero lo he conseguido. Lo he olvidado.

¿Así que estás interesada en ese joven?

De momento, solo quiero conocerlo. No diría más.

La verdad es que tantos desamores me han vuelto cauta.

Pues me parece muy bien que seas precavida

con esta nueva amistad y que seas honesta con ese chico.

Solo si eres sincera con él, puedes construir

algo que merezca la pena, hija.

Sí.

La sinceridad es lo más importante.

¿Cómo que un accidente? ¿Pero estás bien?

Sí, madre. Estoy perfectamente.

Yo creo que tendríamos que ir al hospital,

así te miran y nos quedamos más tranquilos.

-No va a hacer falta. -¿No te duele nada?

Me duele el coche, que se ha llevado un buen raspón.

Gabriel, que esto no es para tomárselo a broma.

Tienes que tener más cuidado. Te podías haber matado.

-No sea exagerada. -Que no sea exagerada...

(Llaman a la puerta) Esto no termina aquí.

Ah, doña Rosalía. Pase.

Buenas tardes, Antonia.

Buenas tardes.

Perdone que me haya presentado así, sin avisar.

No. No se preocupe, mujer. ¿En qué la podemos ayudar?

-Buenas tardes. -Buenas tardes.

Verán. No se trata de mí, sino de su prima.

¿Qué le pasa a Elpidia?

Elpidia ha estado disimulando y fingiendo que se ha recuperado

de la pérdida de ese bebé que esperaba.

Hoy se ha echado a llorar

con un desconsuelo que me partía el alma.

Ya no puede seguir manteniendo ese engaño.

Si es que ya me parecía a mí que estaba demasiado entera.

Cada uno lleva el dolor como puede, madre.

Yo he intentado consolarla y le he dicho que era bueno

llorar y dejar correr las lágrimas

para poder soportar mejor el dolor.

-Cuánta razón tiene usted. -Pero la veo muy frágil.

Y me gustaría pedirles que estén muy pendientes de ella.

Lo haremos, doña Rosalía. Descuide. Gracias.

Yo hablaré con ella cuando tenga ocasión.

Que si de algo sabemos en esta familia,

es de encajar las pérdidas.

¡Federico! Qué alegría. Pensé que eras un cliente.

Ah. ¿No soy un cliente? Pues nada, ya no compro esto.

No. No te lo tomes así. Es que, sin contarte a ti

o a mis hermanas, solo han entrado tres personas.

Acabas de abrir. Sabes que esto irá poco a poco.

Sí. Pero eran curiosos. Gente que quiere saber

por qué cerró la Villa de París.

Sabes que los nuevos negocios necesitan tiempo

hasta que la gente los conoce, les cuentan a sus amigos.

Puede ser. Aun así, pensaba hacer algo

para impulsar la popularidad de la librería.

Le he pedido ayuda a mi amiga Carmen de Burgos

para que venga a firmar su libro.

Es buena idea. Tiene muchos seguidores

y conocerán la tienda. Y tú podrás vender

ejemplares de su nueva obra. -Sí.

Cata y yo estamos contentas. Creemos que funcionará.

¿Cata? O sea, que vuelve a trabajar aquí contigo.

Cata renunció a su plan de trabajar en la casa de modas

para acompañarme en esta aventura.

-¿Y dónde está? -Ha tenido que ir a su pensión.

Anda, cógelo.

Gracias por recibirme, señor Loygorri.

¿Catalina, verdad?

Así que es usted la modista del traje de novia

de Blanca Silva. -Sí.

Siéntese.

Bueno, pues ya me dirá en qué podamos ayudarla en Tejidos Silva.

Necesito telas y sé que las mejores se confeccionan aquí.

Gracias por el comentario.

Pero no sé si convendrá con sus intereses

-¿Por qué lo dice? -Tengo entendido

que usted trabajaba para la Villa de París.

Y la Villa de París ha cerrado. Supongo que está aquí

como particular, pero solo vendemos al por mayor.

Bueno, eso no supone un problema porque ahora trabajo

para Modas Pavón. Busco a un mayorista.

Excelente. Modas Pavón es una de las tiendas

más prestigiosas de la ciudad. -Sí.

Y su exigencia de calidad es muy grande.

Por eso queremos que ustedes nos suministren las telas.

Pensaba que usted iba a ayudar a Celia Silva con la librería.

-Haré los dos trabajos a la vez. -Cuánto esfuerzo.

Como no quiero hacerle perder su tiempo,

le he traído una relación de las telas

que nos interesan de cara a confeccionar

la colección de verano. -Muy bien.

Y en base a ese listado, imagino que podría hacernos

un presupuesto, si es tan amable.

Si le parece, se lo acercaré a la tienda de libros.

No. No hace falta. Vendré a recogerlo.

Si no me cuesta nada. Bastantes horas paso

entre estas cuatro paredes. -No es molestia, de verdad.

De todas formas, me iba a acercar a la tienda

para comprar un par de libros. -Insisto. Vendré yo.

Parece como si le molestara

que fuera a hacer una visita a la tienda.

Verá. Es que Celia no sabe que trabajo para Modas Pavón

y me gustaría que siguiera siendo así.

Al menos, hasta que encuentre el modo de decírselo.

¿Le importaría guardarme el secreto?

(Música) Pues por el señor Joao Gomes.

¿Y ese quién es?

Un portugués pesado que tengo el gusto de conocer

por culpa de mi jefe. -¿Y eso?

El señor Loygorri dice que está muy ocupado

y me encargó que lo pasee por Madrid.

Que no le falte de nada, que se divierta.

-¿En horas de trabajo? -Sí.

Me he llevado toda la tarde entreteniéndole.

Eso es mucho mejor que trabajar.

Según se mire. Ese hombre me deja exhausto.

¿No me dirá que prefiere estar partiéndose el espinazo

en la fábrica, a pasarse el día paseando, comiendo, bebiendo?

Yo soy un hombre de rutinas.

Ese hombre me agota. -Ya será menos.

Ya será menos. No hace más que meterme en situaciones incómodas.

-¿Como cuál? -Dice que quiere comprar,

pues, hala, vamos a comprar.

-Tan incómodo no parece. -Luego dice que quiere tomarse

un chato de vino y probar los productos típicos de Madrid,

pues, hala, allá que vamos.

Yo sigo sin verle la incomodidad.

Digo yo que todo esto lo paga la empresa.

-Sí. Lo paga. -Entonces, ¿cuál es el problema?

Pues que después de todo esto,

me ha pedido que le busque una mujer.

-Una mujer para... -¿Para qué va a ser? Sí.

Bueno, pues raro no es, ¿no?

A mí no me parece normal que le pida al empleado

de la fábrica con la que está empezando a colaborar, algo así.

A mí no me parece decoroso.

No. Decoroso no será. Solo digo que eso está

a la orden del día. -Te parece bien.

No. A mí no me parece ni bien ni mal.

Lo único que digo es que eso se hace todos los días.

No tiene nada de raro. -Se lo podría buscar él.

A ver, Benjamín, por favor. Póngase en su lugar.

Es extranjero, está en un país desconocido,

una ciudad desconocida. ¿Quién le va a ayudar?

Mejor que usted, nadie. -Me pide que le busque

un determinado tipo de mujer,

que yo no tengo ni idea ni quiero saberlo.

Ni que fuera el rey de España. Bueno, que dicen que de eso,

precisamente, el rey sabe y mucho.

¿Dónde busco yo a una mujer así?

Benjamín, hombre, que parece que acaba de salir usted

del cascarón, por favor.

(SUSPIRA)

¿Vienes de las bodegas? (TOSE)

-¿Cómo lo sabes? -Me lo ha dicho Merceditas.

Pues sí. Y creo que ayer fuiste demasiado optimista.

La cosecha está arruinada.

Quería decírtelo, pero el constipado

me dejó fuera de juego.

Tenías que habérmelo dicho.

Lo sé.

¿Llevas todo el día en casa?

-Sí. -¿Y qué tal?

Supongo que quedarme aquí ha sido lo mejor

para curarme el resfriado.

Pero me he dado cuenta que esta casa no es

un hotel de cinco estrellas.

No es precisamente el lugar más acogedor del mundo.

También me enteré de que Merceditas

tuvo que tirar la mitad de la despensa por culpa

de las goteras. Que, por cierto, están en todas partes.

Si no hubiese llovido, nuestra llegada hubiese sido

menos desastrosa. -Si no hubiese llovido,

las puertas y ventanas seguirían sin cerrar.

Por no hablar de la electricidad,

el agua el pasamanos de la escalera.

Sí. La verdad es que la casa está en unas condiciones calamitosas.

Una cosa está muy clara: todo es un desastre.

Ya lo creo.

Nos hemos hecho cargo de una bodega que es una ruina.

¿Y ahora qué hacemos?

Pedro me ha contado que la cosecha del año que viene

va a ser buena o muy buena.

Sí. Pero mientras, tendremos que hacer algo.

No podemos desanimarnos mientras todo se va al garete.

Cariño, no pienso perder

la esperanza. -Ni yo tampoco.

Este es nuestro sueño y lo vamos a construir juntos.

Haremos lo que hacemos siempre: permanecer unidos.

No vamos a dejar que unas goteras, unos lugareños

y unas tormentas estropeen nuestras ilusiones.

-Hemos tenido mala suerte. -Nos han timado.

Lo que es mala suerte, sí.

Pero todo se va a arreglar.

A veces pienso que si tiramos la casa abajo

y empezamos de cero, será esto mucho más fácil.

Pronto tendremos agua corriente, luz, teléfono,

ventanas que cierren.

¿Y qué hacemos con la plaga de cochinillas?

Alguien nos ayudará a resolverlo.

Lo importante es que vamos a ser muy felices en esta casa.

¿Qué pasa, Merceditas? -Pues que las camas

están llenas de chinches y de pulgas.

(Música)

¿Le puedo ayudar? -Buenas noches.

Soy Benjamín. Encantado de conocerla.

Benjamín. Yo soy Cándida, la gerente de este negocio.

Ah. Pues venía a...

a ver si tenía... Es que a mí me da mucho apuro

estas cosas y no tengo más remedio.

Eh... Yo no sé si estoy en el sitio adecuado,

porque me han dado esta dirección.

Seguro que ha venido al sitio adecuado.

Vale. Pues que venía a ver si tenía usted... En fin.

Lo que no tengo, es toda la noche.

Una mujer, una señora para compartir un rato de intimidad.

Entonces, ha venido al mejor sitio de Madrid para eso.

Porque a mí, porque me lo han dicho,

porque yo... de estas cosas ni entro ni salgo. Que no.

No se preocupe. Siempre hay una primera vez.

-Yo no tengo costumbre. -¿Cómo le gustan las mujeres?

No sabría decirle.

Algo sabrá. ¿Le gustan morenas, rubias?

Bueno, sí, las dos están bien. Sí.

Pero solo quiera a una. -Sí.

No. Una basta.

-Bueno, alguna preferencia tendrá. -¿Yo?

Ah, no, no, no. Ay. Se lo tenía que haber dicho.

No. Que la chica no es para mí. Yo estoy felizmente casado.

¡Huy! Se sorprendería de la de hombres

felizmente casados que vienen aquí.

Bueno, pues ese no es mi caso.

Me alegro por usted. Pero, entonces, dígame.

¿Para qué quiere a una de mis mujeres?

Para que le haga compañía a un caballero portugués

que se aloja en el hotel Excélsior. -Ah, portugués.

-Sí. -Pues, entonces, le puedo enviar

a la Trini porque chapurrea un poco de brasileño.

Ah, bien. La Trini está bien. Es una buena opción. Correcto.

Claro que tampoco es que vayan a hablar mucho, precisamente.

Mire. No quiero. No entre usted en detalles

que a mí, la verdad, me da igual Trini que Trina.

Lo que le tengo que decir es que al ser un servicio a domicilio,

es más caro. -Bueno, no se preocupe

por el dinero. Las facturas las paga mi jefe.

Precisamente, facturas no le vamos a poder hacer.

Quiero decir, que se encargará de correr

con todos los gastos. -¿Y a quién le tengo que cobrar?

A don Rodolfo Loygorri de Tejidos Silva.

Pues voy a buscar a la Trini. Pero no se vaya, eh.

¡Virgen de Atocha!

Empiezo a estar un poco harta de este sitio

y eso que acabamos de mudarnos.

¿Te has olvidado de lo que hablamos ayer?

Vivir en estas condiciones es inhumano.

Es una pena que la Cachetera no venga a cantar más veces.

Mire. A lo mejor está usted de suerte,

porque me ha comentado que a ella le gustaría cantar

aquí de forma más asidua.

¿Y por qué no te vienes a Toledo? -¿A Toledo?

¿Y qué voy a hacer yo en Toledo mientras estás con tu cliente?

-Es una ciudad preciosa. -Rodolfo, es que no puedo.

-¿Por qué? -Porque he quedado con Blanca

para darle la ropita del bebé.

Estaba hablando con Carmen de Burgos.

La invité a venir para que diese una firma

de su libro y así promocionar la librería, pero no puede.

Invita a otro escritor a que firme.

-¿Quién? -La ilustre Cruz Galván.

Pueden hablar lo que quieran, pero la plaga es la plaga.

En esta vid no va a crecer ni un solo racimo sano.

Habrá agricultores dispuestos a vendernos su producción.

¿Y para qué quieren gastarse los cuartos,

comprando la uva de otros? -Pues para hacer vino

y embotellarlo como vino Silva. -Mientras que me sigan pagando

mi salario, ustedes mandan. -Exacto.

Por favor, elabore un listado con los agricultores de la zona

para ponernos en contacto con ellos.

¿Me ha oído?

Perfectamente. Pero antes tendré que consultarlo con su marido.

El campo es cosa de hombres.

Usted trabaja para Modas Pavón. -Sí.

Tenía entendido, según Rosalía, que estaba al cargo

de la librería que abrió la señorita Celia.

Celia no sabe de mi segundo empleo.

¿Por qué se lo ha ocultado?

Solo le pido que no le diga nada.

Celia es como una hija para mí. No me pida que le mienta.

De verdad, a mí no se me da muy bien esto.

No me gusta mentir. A mí tampoco me gusta mentir.

¿Y por qué no hablas con Rodolfo?

Conoces a Rodolfo tan bien como yo.

Nunca dejará que me suba al escenario.

Y yo no quiero renunciar a esto que me hace tan feliz.

Está bien. Como tú quieras.

¿Creías que no me iba a enterar de que tienes bajo tu techo

a la asesina de mi hija?

Ni siquiera te molestas en negarlo.

-No es lo que crees. -Pues explícamelo,

porque no lo puedo entender. Te lo juro.

Rodolfo. Siento interrumpir.

Hola, hermano. ¿Tú no estabas

en Toledo con un cliente? Sí.

Pero la reunión terminó antes de tiempo.

Por eso vine a recoger a Amalia.

¿Lleva esperándome desde el mediodía?

Si me muestro así, es porque usted me ha robado el corazón.

Apenas puedo soportar la espera para verla.

Pues, entonces, no tendrá que esperar más.

Me he enterado de que esta tarde tenemos que pasar

una revisión médica. ¿Es cierto?

¿Se puede saber qué inconveniente tienes en ello?

Con el examen, ninguno.

Pero con el médico encargado del reconocimiento, sí.

Las chicas me han dicho que se trata del doctor Loygorri.

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Seis Hermanas - Capítulo 468

22 mar 2017

Celia estrena su nueva librería. Blanca comunica su embarazo. Gonzalo se hace el encontradizo con Elisa. Velasco investigada la agresión a "La Peineta". Rodolfo encarga a Benjamín entretener a un empresario portugués. Amalia tiene un deseo secreto. Para Diana y Salvador todo son problemas.

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  1. Pat

    Me encanta la serie. Espero que dure mucho tiempo mas

    24 mar 2017
  2. Celia Martínez

    Ya decía YO... que para que Elpidia estuviera así de plena y feliz por la muerte de su Bebé tendría que ser Progre y tener un "doctorado" en idiología de género... pero en aquella época las aún no habían perdido el Valor de la Vida, ni asesinado la conciencia como ahora.

    22 mar 2017