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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 464 - ver ahora
Transcripción completa

¿Carlos vivo? -Sí. Pero no es seguro.

Por eso tengo que ir allí a confirmarlo.

Por eso hemos venido a ti. Es que necesita un visado

para viajar a Francia. -Está bien.

Hablaré con el Ministro de Exteriores.

Mi abogado dice que estas ataduras no son legales.

Imagínate que no puedes acudir a tu propia boda por esto.

Suéltame ahora mismo. O si no, dime dónde quieres pasar

tu noche de bodas, ¿en París o en el calabozo?

Antonia está como loca por vender.

Dudo que quiera ver una casa de tolerancia

donde su hermano tenía una tienda. -El dinero lo puede todo.

Doña Antonia me llamó para decirme

que la oferta de Cándida es muy buena.

Quizás tú y yo podríamos empezar de cero.

-¿Estás segura? -Sí.

El gran favor que me has hecho y la posibilidad de encontrar

a Carlos, me están haciendo ver todo diferente.

Gabriel, si le viera aquí, se enfadaría y mucho.

Y ya no está pasando por su mejor momento.

Así que mejor que no nos metamos en más líos.

Gabriel no tiene por qué enterarse.

Yo puedo trabajar a escondidas, lejos del público.

-Póngase a limpiar el almacén. -¿Seguro?

No. Así que váyase antes de que me arrepienta.

Hablé por teléfono con Cándida y me dijo

que Rosalía no la dejó pasar porque considera

que se dedica a una profesión indecente.

Cándida está muy afectada

y no puedo permitir que vuelva a ocurrir.

Por mucho que la marcha de Úrsula te haya destrozado,

no vas a encontrar paz en una casa de tolerancia.

En eso estamos de acuerdo.

Pero se le asemeja bastante y, al menos,

me ayuda a no hundirme.

¿Y te da igual que tu madre se hunda?

Porque con esto, la estás haciendo sufrir mucho,

a ella y a todos los que te queremos.

Os salvé de la ruina, ¿y así me lo pagáis,

apuñalándome por la espalda? -Te vendimos la fábrica

para que continuaras con el negocio,

no para que te deshicieras de ella.

Por eso habéis hecho lo imposible para impedirlo, ¿no?

-¿Qué? -Para complacer a tu mujer,

has acabado con nuestra amistad.

Elpidia embarazada de Raimundo.

Menudo problema.

Hemos pasado mucho, Blanca.

Mucho para llegar hasta aquí. Sí.

No vamos a permitir que nada impida que seamos felices.

(Sintonía)

El vestido ya está. Cuando quieras, te ayudo a ponértelo.

¿Qué te pasa?

Nada. ¿No me digas que te han entrado

dudas de última hora? No, tonta.

Si estoy llorando de emoción. Ah.

No sé. Es que llevo tanto tiempo pensando

que este día no iba a llegar, que...

Estoy deseando casarme con Cristóbal.

Pues a este paso que vas, no sé yo.

Porque el cura, los invitados y Cristóbal se cansarán

de esperarte y adiós boda. Tienes razón.

Anda, ayúdame a peinarme. ¿Yo?

Sí. Estoy tan nerviosa que, de verdad, sola no puedo.

A mí se me da fatal peinar.

Además, también estoy muy nerviosa.

Tú haz lo que puedas.

Ay. Ojalá estuviera aquí Francisca o...

Adela.

Sí.

Me acuerdo cuando nos peinaba a todas

mientras padre nos metía prisa porque llegábamos tarde a misa.

Cómo me gustaría que estuviéramos todas juntas.

Bueno, en cierto modo, será así.

Francisca dijo que te llamaría y estoy segura

de que Adela nos está mirando y sonríe.

Sí. Yo también.

Aunque no sé si va a seguir sonriendo

cuando me vea peinarte.

A ver. Entonces, ¿cómo hacía Adela?

No lo sé. Es que no me acuerdo. Ay.

Espero que el velo sea bien tupido.

¡Ay! ¿Te he hecho daño?

Bueno, tú sigue.

Esto así... Bueno, yo lo veo muy bien así.

Buenos días, madre. -Buenos días, hijo.

Iba a llevarte el desayuno a la cama,

pero ya que te levantaste,

espero que no moleste desayunar conmigo.

No. Claro que no. Y más, viéndola así de contenta.

¿A qué se debe tan buen humor?

A ti te parecerá poca cosa, pero después de mucho tiempo,

has pasado toda la noche en casa. Al menos, gran parte de ella.

Ya.

Hijo, es que ya estaba bien de llevar esa vida de crápula.

Madre, me prometió que nada de reproches.

Bueno, perdóname.

He tenido una idea buenísima esta mañana.

Mientras no pretenda que me ordene sacerdote.

No, hombre. ¿Cómo va a ser eso? No digas tonterías.

Parece que estoy a punto de cerrar la venta de la tienda.

Eso está muy bien. Le irá bien el dinero.

De eso se trata, que no lo quiero.

-¿Por qué? -Porque la Villa de París

solo ha traído desgracias a mi familia.

Yo miro ese lugar y me acuerdo de mi hermano,

de Carolina, de Adela, de... -De Úrsula, madre.

Puede decirlo. Ese silencio la hace aún más presente.

Pues eso. Que me trae muy malos recuerdos.

Y por eso, no quiero guardar ese dinero.

Bueno, pues algo habrá que hacer con él.

Pues esa es la idea buenísima que he tenido esta mañana.

He pensado en hacer un viaje, contigo.

-¿Cómo? -Sí.

Tú piénsalo. A mí me iría muy bien para recobrarme de mi enfermedad.

Y a ti te vendría bien para olvidar.

Madre, haga el favor de poner ese dinero en un banco,

a ver si le da algún rédito.

Bueno, ya veo la ilusión que te hace irte de viaje con tu madre.

No, mujer. Es solo que, ahora mismo, no estoy para viajes.

Yo lo decía para que te animaras.

Es que un viaje no me va a animar.

A lo sumo, me distraería un poco.

Bueno, ¿y qué hay de malo en eso?

Pues que yo no me quiero distraer.

Quiero mirar de frente a los problemas

y arreglarme con ellos.

Bueno. Pues no sabes el peso que me quitas de encima.

No me apetecía nada hacer ese viaje, hijo. Lo hacía por ti.

Y luego me dice a mí que no haga cosas sin sentido.

Y a eso suyo, ¿cómo lo llama?

-Amor de madre. -Amor de madre.

Amor de madre.

(Llaman a la puerta)

Doña Rosalía me dijo que le subiera el desayuno

para que esté lista cuanto antes.

Cuando vea que ni empezó a arreglarse, se pondrá bonita.

Me da igual lo que diga Rosalía.

No voy a llegar tarde a la boda. Pero tengo que terminar esto.

-¿Y esto qué es? -El folletín que tengo

que entregar hoy. -¿Lo va a entregar arrugado?

Nada es lo que entregaré, porque no tengo nada.

Este folletín acabará conmigo.

Si ya me cuesta escribirlo, con la presión de la boda,

ni te cuento. -Le dejo esto aquí.

Elpidia, Elpidia. Por favor, no te vayas.

Necesito tu ayuda.

-¿La mía? -Sí.

Por favor, sé que es abusar de tu confianza,

pero ahora mismo estoy desesperada y tú eres

mucho más Cruz Galván que yo. -¿Qué voy a ser yo?

Si no sé hacer la O con un canuto.

Todo esto son cartas de admiradores del folletín.

Creen que la historia es maravillosa e impredecible.

¿Y de quién es el mérito? -De usted.

No. Yo solo he escrito un trozo.

El resto lo he escrito con tus ideas, Elpidia.

-¿Qué dice? -¿Por qué te crees

que te preguntaba por dónde creías que iría la historia?

Tus ideas son una mina de oro para el folletín.

Yo solo les doy forma. -Pero una forma muy bonita.

Pero no hay forma que valga, si no sé qué escribir.

Por favor, Elpidia. Necesito tus ideas.

Bueno, bueno, pues venga. Vamos, vamos.

A ver. ¿Por dónde íbamos?

Eh... Nuestra heroína acaba de saber que estaba embarazada.

Es verdad.

Vaya disgusto que tiene que tener la pobre.

Sí, supongo. ¿Y ahora qué?

-¿Dónde vamos? -En la vida real, tendría

mal apaño la cosa. -¿Y el folletín

no debería parecerse a la vida real?

No, no. No puede parecerse a la vida,

si no, ¿quién iba a querer leerlo?

Hay que buscar algo mejor para esa pobre muchacha.

(SUSPIRA)

¿Qué hace aquí?

Venía a verla.

A su padre no le gusta que venga.

Y menos, no estando él. Créame. Es mejor que se vaya.

Está bien.

Pero venía a hablarle de mi padre.

¿Cómo está?

Hasta ayer, estaba bien.

-¿Qué pasó ayer? -Que usted vino a verle

y no la dejaron entrar.

La casa de la intolerancia. Una de tantas.

Si supiera la de veces que la esposa me negó

la entrada en su casa por el día y el marido vino

a esta casa por la noche... -Vengo a pedirle perdón.

Aunque la falta no haya sido mía,

no es justo que no la dejaran pasar.

Le agradezco mucho que haya venido, querida.

Pero ni usted ni yo tenemos la culpa.

Y poco podemos hacer.

No crea.

Me voy a llevar a mi padre.

Voy a llevarlo de vuelta a su casa.

Igual, allí no estará tan bien atendido,

pero yo puedo cuidar de él.

-¿Pero lo ha pensado bien? -Sí.

En cuanto se encuentre con fuerzas para aguantar

otro traslado, me lo llevaré.

No la reconozco. Últimamente, parece otra persona

más responsable, más preocupada por quienes le importan.

La vida me está cambiando a fuerza de golpes.

Es una racha. Una mala racha.

Pero todo cambiará.

Y saldrá más fuerte de todo esto. Ya verá.

Me tengo que marchar.

Mi hermana Blanca se casa y todavía no me he preparado.

¿Lo ve? Ahí tiene una buena noticia.

En el espejo, los ojos apenas asomando sobre el hombro

de su amado, se miraba

y veía el mismo rostro de apenas una semana atrás.

Y le dio por pensar que su destino

no podía ser más azaroso.

Cómo si no podía explicarse que la felicidad

la hubiera seguido al encuentro así, tan de repente.

No lo entiendo todo, pero lo que entiendo, me gusta.

Quiere decir que Dios aprieta pero no ahoga.

En la vida, sí que ahoga.

Hay gente con la que Dios no tiene miramientos, señorita.

¿Cómo se te ocurren estas cosas, Elpidia?

Pues es lo que veo alrededor.

El truco está en que, en los folletines,

las cosas tienen que salir mejor que en la vida.

Para luego estropearlas. -No lo hemos estropeado mucho.

De hecho, nuestra heroína ha acabado con un hombre

que la adora, que tiene una fortuna inmensa

y que está dispuesto a hacerse cargo de su hijo.

-Claro. Pero todo no acaba ahí. -¿Ah, no?

No. Porque nuestro ricachón tiene una madre.

Que no es trigo limpio esa madre.

Vamos, no ha habido una mala más mala,

desde la... Agripi...

La del romano. -Agripina.

Esa. Pues la madre de este es aún peor. Ya se lo adelanto.

¿Y no deberíamos adelantárselo a las lectoras, señora Galván?

-No se me burle, eh. -Nada más lejos de mi intención.

Lo digo en serio. ¿No deberíamos darles un adelanto

del capítulo de mañana?

Pues sí. A ver. A ver qué le parece.

Ella no sabía que la madre de su ricachón

era de lo peorcito que hay.

Y, claro, se dejaba abrazar, sí, tan pancha.

Ignoraba que si su marido encarnaba la bondad misma,

su madre era una mujer mezquina y cruel.

Pero una farsante tan consumada que en los salones

de la alta sociedad, la tenían por una cristiana ejemplar.

Y no se daban cuenta de sus manejos.

"Estoy deseando que conozcas a mi madre", dijo él.

Pues esto ya está. (SUSPIRA)

Tengo mucha hambre.

Toma, Elpidia, que nos lo hemos ganado.

Aquí tienes el listado de invitados repartidos por mesas.

Cuando puedas, se los das a doña Rosalía.

Gracias a Dios que su hermana y el doctor

querían una boda pequeña y familiar.

Aun así, no damos abasto.

-¿Aún sin arreglar? -Y eso que no he parado

desde que me levanté. -Sé que estás preciosa

con cualquier cosa, pero no querrás presentarte así en la boda.

Ya que están aquí los dos, quería decirles una cosa.

Lo he estado pensando y he decidido

que no voy a acompañarles a los viñedos.

¿Qué?

Pero quiero que sepan que se lo agradezco muchísimo.

¿Tiene que ver con Raimundo?

Es que no quiero darle más oportunidades

a ese desgraciado. -¿Qué ha hecho esta vez?

-Nada. No tiene importancia. -Claro que importa, Merceditas.

Tú eres como de la familia. Puedes confiar en nosotros.

Raimundo ha dejado embarazada a Elpidia.

Por favor, no le digan nada a ella,

que ya bastante tiene con lo que tiene.

Entiendo que no quieras venir a los viñedos con Raimundo,

pero... no sé por qué te tienes

que quedar tú aquí.

Bueno, es que Raimundo les hace más falta allí.

Puede ser. Pero seguro que nosotros te hacemos

más falta a ti que a Raimundo.

Sí. Estoy de acuerdo con mi esposa.

Si no te parece mal, Raimundo se queda en Madrid

y tú te vienes con nosotros.

¡Oh! Muchas gracias, señores.

Tenemos que preparar el viaje

cuanto antes. -Sí.

¿Y tú te arreglas o no? -Sí, por Dios.

Es tardísimo.

Sí.

Elisa. -Sofía.

Gracias por venir. Sé que es la boda de Blanca

y por lo que veo, aún no te has arreglado.

No te preocupes. No te voy a quitar mucho tiempo.

No te preocupes tú. Solo tengo que vestirme y peinarme.

Eres tú la que vas a cruzar un país en guerra.

Ay. Me digo todo el tiempo que no tengo

que hacerme ilusiones, pero no puedo evitarlo.

Puede que Carlos esté vivo.

Ojalá ese soldado sea él. Me he pasado la noche rezando.

Estoy segura de que es él, Sofía.

La vida no puede ser tan cruel

como para quitárnoslo dos veces. -Dios te oiga.

Estoy segura de que, dentro de muy poco,

volveremos a sentarnos aquí,

pero con Carlos. -Claro.

Elisa, tengo que pedirte un favor más.

¿De qué se trata?

No puedo llevarme a Leandro conmigo.

Y podría dejarlo con mis padres o con la criada,

pero quiero que lo cuides tú.

¿Quieres que me quede con Leandro?

-Sí. Sé que es un favor muy grande. -No es un favor.

Es una prueba. -¿Una prueba?

La prueba de que me consideras una amiga.

La mejor que tengo.

Entonces, ¿te quedarás con él?

-Claro que sí. -¡Ay, Elisa! Muchas gracias.

Le diré a la criada que te lo traiga

cuando haya terminado la fiesta.

Bueno, tengo que irme. Y creo que tú también.

Espero que vaya muy bien la boda.

Sofía, mucha suerte.

Ay.

Gracias.

Hola.

No quería molestarle. Iba a dormitorio

a acabar de vestirme, pero antes quería asomarme

para saber cómo se encontraba.

Bueno. (TOSE)

Podría estar peor.

Aunque, francamente, no se me ocurre cómo.

Ven. Acércate y siéntate a mi lado.

Por favor.

Hoy es el día más importante de tu vida, ¿no?

Sí, creo que es el día más feliz

y más importante de toda mi vida.

Y aún así has encontrado tiempo para venir a visitarme.

Bueno, no vendrá a la iglesia y...

mi padre ya no está aquí para darme su bendición.

¿Y quieres que te la de yo? Sí.

Creo que la última vez que pisé la iglesia

llevaba pantalones cortos. (RÍE)

¿Pero qué bendición te puedo dar yo?

Has venido a despedirte de mí, ¿verdad?

Bueno, usted sabe que Cristóbal y yo nos vamos a París.

Sí, y que tardaréis tiempo en volver.

Bueno, seguramente.

Pues has hecho bien en venir a verme.

Algo me dice que la próxima vez que vengas

me traerás un ramo de flores.

Bueno, no es muy propio

de una dama llevar flores a un caballero.

Sólo si las deposita sobre una lápida

y reza una oración por el alma de ese caballero.

Por eso es mejor que hablemos ahora que puedo contestarte.

Tío, ¿por qué no descansa un poco?

Tengo el descanso eterno a la vuelta de la esquina.

Déjame de descansar.

Quiero que me cuentes cómo te sientes.

(SUSPIRA)

Buenos días, doña Antonia. Siento haber venido más tarde.

Es que quería acercarme a ver a doña Blanca

por si había que hacer algún ajuste en el vestido.

Ni te preocupes.

Seguramente hoy sea el último día de la Villa de París.

¿Tiene otro comprador?

Ni lo tengo ni creo que vaya a aparecer.

La gente habla, Catalina.

Y a cualquiera que muestre interés por la Villa de París

Pues le habrán dicho que esta tienda está maldita,

por todo lo que ha pasado aquí y porque además ya ves

que no entra casi nadie a comprar.

¿Entonces va a venderle la tienda a esa señora?

Bueno, esa señora por llamarle de algún modo.

Pero sí. Ya sé, ya sé que dije que no iba a venderle la tienda

a alguien con tan mala reputación, pero...

pero me lo he pensado mejor.

Y me dije: "Antonia, ¿quién eres tú para juzgar

a nadie si hasta Dios se espera al último día para hacerlo?"

Y esta tienda sólo ha traído desgracias a mi familia.

Esa es la verdad. Así que yo creo que ya

ha llegado el momento de perderla de vista.

¿Pero sabe qué planes tiene esa mujer?

No creo que deje que esto siga siendo una tienda

de sombreros o de ropa.

Si temes que monte aquí otra casa de tolerancia

según lo que ella me dijo

parece ser que no es su intención.

Ahora si esto va a seguir siendo una tienda de ropa

o cualquier otra cosa no tengo ni la menor idea,

ni el menor interés por saberlo.

A mí que me traiga los cuartos

y luego ya que haga de su capa un sayo.

Bueno, si da igual, tal como la traté

la última vez que vino no creo que vaya a contar

conmigo para llevarla.

Mujer, si a ti lo que te apura es quedarte sin trabajo

tú por eso no te preocupes que con lo que tú vales

seguro que te sale otro en cualquier momento.

Así que ya mañana iré a hablar con esa mujer y...

y aceptaré su oferta.

Luego cuando cierres pásate por el Ambigú.

Que tengas un buen día, Catalina.

¿Sabes el primer recuerdo que tengo

de cuando volví a Madrid?

No.

Tu fiesta de compromiso con Rodolfo Loygorri.

Bueno, esa fiesta nunca debió celebrarse.

En cuanto te vi aquella tarde hablando con Cristóbal supe

que era a él a quien amabas.

Y de pronto me acordé

de tu padre, de tu madre y de mí.

Años atrás,

pero se repetía la misma historia.

Sí, ese día también murió mi padre.

Te juro que si ahora tuviese fuerzas

hoy bajaría al salón, levantaría mi copa

y delante de todos repetiría las mismas palabras

que dijo tu padre aquel día.

Ahora que ya he hecho emocionarse a la novia

creo que deberías pensar en vestirte.

No querrás llegar tarde a tu boda.

No. No, por supuesto que no.

Pues entonces deja a este viejo con sus recuerdos

y mira hacia adelante, sin lágrimas.

Espero que a partir de ahora seas feliz. Lo mereces.

Sí.

¿Quiere que vuelva cuando ya esté vestida del todo?

No, prefiero recordarte así, sin adornos,

como te he conocido.

No se puede estar más hermosa.

Gracias.

Adiós, Blanca.

No, tío, hasta pronto.

Bueno, voy a vestirme. Claro.

Y descanse.

¿Y el cebollino picado? No veo el cebollino picado.

Claro, no lo ve porque no lo he picado.

Ah, bueno, pues ya lo pico yo.

Acuérdate que tienes que montar la claras.

Y guárdalas en la fresquera.

¿No puede bajar Merceditas a ayudar un poco?

Uh, con la de faena que tiene arriba... No, no, ni hablar.

Hoy tiene que quedar todo impecable.

No puede fallar nada.

Pues va a fallar todo. Porque no podemos, señora.

Claro que podemos, mujer. Nosotras podemos.

Por cierto, cuando tengas un momento repásame

las pulardas que seguro que en la carnicería

les han dejado los cañones, como siempre.

Ay, señor.

¡Nada, tú respira hondo y a lo tuyo!

¡Ah! -¿Te has cortado?

No me digas que te has corta...

Raimundo, ¿qué haces tú aquí?

Vengo a hablar con Elpidia.

Pues has escogido el peor día. Ya ves cómo estamos.

De modo que lárgate.

No pienso irme sin hablar con ella.

Ya lo creo que te irás.

Estoy dispuesto a plantarme en la puerta

hasta que Elpidia salga a hablar conmigo.

Usted verá si quiere que les eche a perder la fiesta.

¿Tú quieres hablar con él? -No.

Pero yo sí. Sé que vas a tener un hijo mío.

¿Qué voy a tener un hijo contigo?

Sé que estás preñada.

Y no me vengas conque ese hijo no es mío, porque es mío.

¡Que no va a haber ningún hijo!

Elpidia, no digas barbaridades.

No irás a... no.

No me tenía que haber dejado enredar.

Y no pienso apechar con esto.

No pienso permitir que te deshagas de mi hijo.

No tienes ningún derecho. -¡Claro que lo tengo!

Se acabó. Sal de aquí.

No voy a permitir que le hagas daño a mi hijo.

He dicho que salgas de aquí.

Y tú, no voy a permitir que arruines tu vida y tu alma

con la muerte de un inocente.

¿Me has oído?

¿Y qué voy a hacer?

Ven aquí, muchacha.

(Llaman a la puerta)

Benditos los ojos.

Hacía mucho tiempo que no te veía así,

tan descansado, limpio, elegante.

Bueno, ya sabes que en mí eso de la elegancia

no tiene ningún mérito, es algo natural.

Tan natural como tu humildad.

En cambio en lo de descansar sí que has acertado.

Creo que hacía semanas que no dormía así.

¿Tan solo? -Tan solo, sí.

Y tanto tiempo.

La verdad es que me ha sentado muy bien.

No sabes cuánto me alegro.

En parte el mérito es tuyo.

Soy tu amigo, ¿no?

Y tengo suerte de tener a un amigo como tú.

Tuviste que presentarte en el burdel ese

para hacerme ver las cosas claras.

Yo me estaba dejando llevar, iba cuesta abajo.

No quiero ni pensar hasta dónde habría llegado.

Ahora lo importante es que pongas todo de tu parte

para volver a gobernar tu vida.

Sí, estoy de acuerdo.

De hecho, mi madre ayer me comentó que había

un posible comprador para la Villa de París.

Al rato me dio por pensar

en todo lo que había significado para mí,

para mi vida, esa tienda.

Así que decidí ponerme a prueba.

Y salí a la calle decidido a irme hasta allí.

¿Y qué tal?

Pues no lo conseguí.

Cuando llegué a la calle y vi el cartel al fondo...

era incapaz de dar un sólo paso más.

¿Por qué?

Se me echaron encima todos los recuerdos.

Los de los primeros tiempos con mi tío y Carolina y...

los últimos con Úrsula.

Entiendo.

Fue un torbellino de recuerdos y de emociones, Velasco,

tan fuerte que pensé que el mundo

se me caía encima otra vez.

Tuve que dejar de mirar y darme la vuelta.

Lo sé, mi madre tiene razón, lo mejor es que me olvide

de todo y que vendamos la tienda.

Los recuerdos van a seguir ahí.

Sí. Sí, supongo que tarde o temprano se irán yendo.

De momento cuando llegué a casa recogí las...

las cosas que quedaban de Úrsula

y me deshice de ellas.

¿Y cómo te sentiste?

Fue duro, pero también sentí cierto alivio.

Yo creo que has hecho lo mejor.

Necesitas romper con el pasado.

Tu futuro está delante de ti, esperándote.

(Teléfono)

Perdona.

Inspector Velasco. Dígame.

Sí.

Sí, desde luego, voy para allá.

¿Qué sucede?

El juez ha dado orden de liberar a Marina.

¡Por el amor de Dios, quieres bajar de una vez!

Has tenido toda la mañana para prepararte.

Ayúdame, por favor.

Sí, sí, sí, ya voy.

¿Ya estás? -Sí.

Normalmente no vas tan discreta.

Bueno, será que estoy madurando.

¿No se trataba de eso? Lleváis años pidiéndomelo.

¿Y has tenido que hacerlo justamente hoy?

¡Blanca, si no bajas vas a cumplir con creces

la tradición esa de que la novia

tiene que llegar tarde!

Estoy...

Hace tiempo que debería haberse casado con Cristóbal.

¡Ya está! -¿Ya?

¡Ya baja la novia!

(RÍEN CONTENTAS)

¡Ay, a mi me va a dar algo!

Bueno, pues que le dé después de la boda,

que hay muchas cosas que hacer.

¡Ah!

¡Ooooh!

¡Nunca había visto una novia tan guapa!

¡Estás guapísima, Blanca!

Rosalía, si ya la había visto así antes.

Es su segunda boda.

Bueno, la otra vez estaba guapa,

pero ni punto de comparación.

Porque la otra vez la casaron y ahora se casa ella.

¿Queréis dejar de mirarme y de murmurar

y darme un abrazo?

Pero sin que se arrugue el vestido.

Enhorabuena.

(RÏEN CONTENTAS)

Qué alegría verte así de feliz, Blanca.

¡Sí, y su felicidad resulta contagiosa!

Ay, me alegro.

(Teléfono) Hoy me caso con Cristóbal.

Así que me da igual que se arrugue el vestido.

Voy al teléfono. -Seguro que te enfadarías.

¿Crees que tanto me importa mi aspecto físico?

De ser así no habría dejado que tú me hicieras el peinado.

¿A que se parece un poco a la trenza de dormir?

¿Lo ves? Sabía que no te gustaba.

Que me gusta el peinado. Pero sólo un poco.

Eres mala.

Blanca, es Francisca.

¿Francisca? Voy a hablar con ella.

Enseguida vuelvo.

Bueno, pues ya es oficial, llegamos tarde.

Pero no tarde de cumplir la tradición,

sino tarde de pasar vergüenza.

Voy a por sus abrigos.

No te lo tomes a mal, cariño, pero creo que Cristóbal

es el novio más guapo que he visto en mi vida.

¿Por qué me lo iba a tomar a mal?

Mi mujer se empieza a sentir atraída por mi hermano.

Y el caso es que la situación me resulta un tanto familiar.

(RÍE)

En un día como hoy creo que los reproches

sobre el pasado están de más. ¿No crees?

Claro que lo creo.

¿Y a mí qué me importa el pasado si tú no estás en él?

Familia, vamos a llegar tarde. Venga.

Tranquilo. Anda que no le quedará a la novia.

Antes vamos a brindar.

Y vamos a brindar por el amor,

que está claro que al final se acaba imponiendo.

Aunque en nuestro caso, hermanito,

ha elegido el camino más accidentado.

Accidentado es una sutileza

con todo lo que nos ha tocado vivir.

Desde luego.

Bueno, lo importante es que este día ha llegado.

Por el amor.

Por el amor.

Por el amor.

Lo que peor llevo es que te vayas a Francia.

Puedo pasar sin mi hermano,

pero me va a costar tener tan lejos a mi mejor amigo.

Me vas a emocionar, hermano.

Sabes que yo también te voy a echar de menos.

Siguiente brindis.

Porque vuelvas de Francia con un montón de hijos

y con el premio Nobel bajo el brazo.

¿Estamos?

Salud. Salud.

Me pregunto si, donde quiera que esté,

el premio Nobel compensaría a madre

todo el disgusto que se tiene que estar llevando hoy.

¿Brindamos por ella?

Por favor.

Por madre.

Por nuestra madre,

Dolores de Loygorri.

Creo que será mejor que salgamos ya.

Porque si no va a ser la primera boda

donde la novia va a tener que esperar al novio.

Cierto. Vámonos.

¿Qué dice Francisca? ¿Qué me va a decir?

Que le encantaría estar aquí con todas nosotras.

Pero ha sido todo tan precipitado.

¿Y qué más?

Pues no la entendía mucho.

Ya sabéis cómo es, se ha puesto a llorar.

Y eso que hasta me ha regañado.

¿Por qué?

Dice que de mi historia con Cristóbal

sólo ha vivido la parte mala.

Y ahora que viene la parte feliz no está aquí.

Vámonos, que no llegamos.

Y sin novia no hay boda.

Yo voy a buscar a Cata y os alcanzo en cuanto pueda.

Y yo voy a cambiarme volando para la ceremonia.

Pero antes me gustaría hacerles notar

que puede que pase mucho tiempo antes de que vuelvan

a reunirse en esta casa las hermanas Silva.

Doña Blanca se va a Francia, doña Diana a los viñedos.

Bueno, Rosalía, por mucho que estemos lejos

las unas de las otras siempre estaremos juntas.

Las seis.

Alto.

No voy a consentir que salga hasta que no me explique

cómo ha conseguido que el juez le dé la libertad,

si es verdad que se la ha dado. -¿Aún lo duda?

Aquí tiene los papeles, a su entera disposición.

¿Cómo es posible?

¿Todo en regla, inspector?

El juez anula su ingreso en el hospital psiquiátrico.

El mismo ingreso que él ordenó. ¿Cómo lo ha hecho?

¿Se da cuenta de lo ridículo que resulta?

Entra aquí diciendo que no va a consentir

que me marche. ¿Y ahora qué?

Tendría que ver la cara que se le ha quedado.

No me va a decir cómo lo ha hecho, ¿verdad?

Este juez es un hombre muy riguroso.

No cambia de opinión así como así.

Así como así no. ¿Pero quién no tiene un precio?

Ese juez lo tenía, desde luego.

Disfrute de su libertad.

Le doy mi palabra de que le va a durar muy poco.

Pobre infeliz. ¿Y qué cree que va a poder hacer?

Denunciaré al juez por cohecho si es necesario.

Pero esto no va a quedar así.

Haga lo que mejor le parezca, inspector.

Pero yo le aconsejo que se quede callado

y deje las cosas correr.

¿Y cree que le voy a hacer caso?

En el sanatorio donde me encerraron

había algunos hombres como usted.

Ya sabe, degenerados.

Sería terrible que empezase a circular

ese rumor sobre usted, ¿no cree?

Y veremos a ver quién acaba encerrado en ese lugar.

No me dan miedo sus amenazas.

Yo creo que sí.

Porque sabe que siempre las cumplo.

Ya estoy aquí. ¿Nos vamos?

Si no, llegaremos tarde a la iglesia.

¡Vaya!

Esperaba algo más expresivo viniendo de una escritora.

Lo siento por Blanda, porque vas a ser la mujer más hermosa

de toda la ceremonia. Es todo lo que se me ocurre decir.

No sé si hago bien en ir, Celia.

¿Qué voy a decir a la gente cuando me pregunte qué hago allí?

Dices que has ido a deslumbrar a los presentes.

(RÍE) No te burles de mí.

También les puedes decir que eres amiga de la novia.

O que fuiste a ver el efecto que causa el vestido que diseñaste.

Las dos cosas son ciertas.

Si no, dices que eres amiga de la familia.

¿Qué buscas?

Las llaves de la tienda para cerrar.

¿Sabes que seguramente sea la última vez que lo haga?

¿Qué ha sucedido?

Doña Antonia va a aceptar la oferta de Cándida.

Que también es mala suerte, pensaba que los nuevos dueños

me mantendrían como empleada, pero esa mujer no lo va a hacer.

¿Y por qué estás tan segura?

No fui muy delicada la última vez que vino.

De hecho, la eché a la calle y eso es justo lo que hará conmigo.

No te preocupes. En cuanto los asistentes a la boda

sepan que el vestido lo has diseñado tú,

correrá la voz de que tienes un talento inmenso.

Tienes más fe en mí que yo misma.

Eso no es difícil. Anda, vámonos.

¿Sabes, Celia?

Diga lo que diga doña Antonia

sobre la Villa de París y su mala suerte,

yo he encontrado aquí la felicidad.

(Se oyen pasos acercándose)

Bueno, arriba ya está todo listo.

Virgen del amor hermoso, pensé que nunca lo diría,

pero ya está. ¿A ti qué te falta? -¿A mí que no me falta?

Esto es un no parar. -¡Ay...!

-¿Qué haces? -Anda, deja, que ya lo termino yo.

Siéntate y descansa. -No estoy pensando en otra cosa

con la que hay liada. -Anda, déjame a mí.

¡Que no quiero que doña Rosalía me regañe por llevar retraso!

Con doña Rosalía ya hablaré yo

Elpidia, en tu estado, no te conviene hacer esfuerzos.

Conmigo no tiene sentido que finjas.

Ya sé que estás en estado.

¿Y sabes... de quién?

Pues sí.

Lo siento.

Mírame, traer una criatura al mundo siempre es motivo de alegría.

¡No pienso traer a ninguna criatura a este mundo y menos con ese padre!

-¿Qué vas a hacer? -Lo que sea.

¡Ay, por Dios, no digas eso!

¿Qué culpa tiene la criatura de que su padre sea como es?

-Hay que subir esta bandeja. -Déjame a mí.

Esto todavía puede esperar.

Elpidia, este niño puede ser lo único bueno que saques de todo.

Lo único bueno, de verdad. -¿Puedo subir esta bandeja?

Lo hago yo. De momento, tú estás embarazada

y hay cosas que no te conviene hacer.

Bueno, pues súbela tú, que hay prisa.

Llagarán de la iglesia y tiene que estar todo listo

o no te arriendo las ganancias con la doña. ¡Vamos!

Sé que llego tarde, doña Antonia,

pero como hoy es el día que cerramos para la limpieza general,

pues he pensado que no le importaría demasiado.

Pero no se preocupe porque, así como llego tarde, marcho tarde.

No me voy hasta que el café le quede limpio.

La señora no está.

¿Don Luis? ¿Qué hace usted aquí?

Doña Antonia me ha empleado como limpiador.

Ah, ¿así que ahora usted se dedica... a limpiar?

-No tengo otra cosa. -Pues ya puede espabilarse

si quiere que le dure el trabajo, mira cómo está todo.

A mí me ha encargado que limpie el almacén.

En una hora las sillas y mesas deben estar como una patena,

y el suelo para comer en él.

¡Vamos, hombre, venga!

Las vueltas que da la vida, sí, señor.

¿Quién se lo iba a decir, eh, don Luis?

Todo un profesor de música que se paseaba por ahí

con más aires que un abanico, más derecho que un huso,

y aquí está, limpiando sillas y fregando suelos.

Es un trabajo digno y me da de comer.

Digno... digno de otros,

no de alguien con los estudios que tiene usted.

No hace falta que disimules conmigo,

lo habrás leído en los periódicos. -No, no se crea, yo...

yo no soy muy amigo de leer. -Pues mejor.

Porque lo que los periódicos no cuentan es lo que hay detrás.

¿Por qué no se junta aquí conmigo a beber y me lo cuenta?

-¿A beber? -Doña Antonia va a tardar

y, al fin y al cabo, ahora mismo usted y yo somos...

compañeros de trabajo.

¿Por qué hizo lo que hizo?

-Por las mujeres. -¿Por las mujeres?

¿Así, en general?

Por dos mujeres.

De la primera me enamoré totalmente,

bebía los vientos por ella. -Conozco esa sensación.

Pero ella bebía los vientos por otro.

-Y le dio calabazas. -No.

No, pero ojalá lo hubiera hecho.

Porque eso creo que habría podido soportarlo con el tiempo.

Pero no, se casó conmigo.

Tuvo un hijo conmigo. (RÍE)

Después me abandonó.

Y, entonces, comencé a ir cuesta abajo.

Tanto, que acabé en la calle, viviendo de la caridad.

Y, entonces, apareció la otra mujer.

Al lado de la segunda, la primera, con ser mala,

era un ángel del cielo.

¿Qué le hacía la segunda?

Se aprovechó de que había tocado fondo para...

para manejarme como a un títere.

Hacía que usted hiciese lo que ella quería.

Ya lo creo.

¿Pero qué hacía la segunda?

Me incitó a hacer cosas terribles que no quiero ni recordar.

Pero seguro que tú las has leído en el periódico.

Como lo de disparar al chico este, a... a Benito.

Sí. Y cosas peores de las que me arrepiento

y que ya no tienen solución. -Ya.

Sé de lo que me habla.

¡Ah! ¡Ay, Dios mío! ¿Pero qué te ha pasado, Elpidia?

Nada, que iba a subirte esto y me he caído.

Ay, ¡pero serás cabezona!

Mira que te dije que te sentaras y que descansaras.

¿Qué te duele? -Sí, me duele mucho.

¿Te has dado en la tripa cuando te has caído?

¡Ay, Dios mío! Venga, intenta levantarte,

que nos vamos enseguida al hospital.

No, no, sube tú, tienen que llegar los invitados.

Los invitados son las hermanas Silva

y sus acompañantes, así que nada. Venga.

-¿Y doña Rosalía? -¡Ni doña Rosalía ni "don Rosalío"!

¡Venga, que nos vamos al hospital! (GRITA)

-¡Ay, Elpidia, por Dios! -¡Ay!

Ya sé que te cuesta caminar, pero tienes que hacerlo por ti

y por esa criatura. -¡Ay!

-¡Vamos!

¡Ay! ¡Ay! ¡Ah!

Creo que es la última persona

a la que esperaba ver entrar en mi casa.

Imagino que aquí no entrarán más mujeres que las empleadas.

Imagina bien. Pero es que, además, a usted le hacía encerrada

en un sanatorio o en el calabozo.

Todo el mundo lo daba por hecho, menos yo. Yo nunca me rindo.

Tengo mucha curiosidad por saber cómo ha conseguido salir de esta.

Arruinándome. He tenido que elegir entre mis ahorros y mi libertad.

Saldrá adelante, no se preocupe.

Usted es como era yo, una superviviente

acostumbrada a luchar sola.

Con uñas y dientes si hace falta.

Ne temo que esta vez va a ser más difícil.

-¿Por qué? -Con todos esos infundios

que circulan sobre mí, ¿quién va a querer darme trabajo?

Bueno, ya le cambiará la suerte.

No puedo esperar a que mi suerte cambie.

No tengo dónde caerme muerta.

He tenido que venderlo absolutamente todo.

Solo me queda este vestido que llevo puesto.

Estoy dispuesta a hacer lo que sea para ganarme la vida.

Dese una vuelta.

Dese una vuelta, quiero verla.

Por mí, de acuerdo. -¿Va a darme trabajo?

No, el trabajo se lo van a dar los hombres.

Pero si se queda aquí tiene que aceptar mis condiciones.

-Las acepto. -Espere a que se las diga, ¿no?

No estoy en condición de negociar ni de discutir.

Aceptaré lo que me dé.

Yo creo que, si va a estar a mi cargo,

a partir de ahora será mejor que la tutee.

Esa condición me parece llevadera.

La mitad del dinero será para ti y la otra mitad para la casa.

Y el alquiler de la habitación te lo descontaré

de lo que vayas ganando, que creo que va a ser mucho.

-¿Por qué está tan segura? -Porque estás sana,

eres más bonita que fea, que eso ayuda.

Pero, sobre todo, porque tu retrato ha salido en los diarios.

-¿Qué quiere decir con eso? -A muchos de mis clientes

les va a excitar la idea de acostarse con una asesina.

Presunta asesina.

Nos bastará con la presunción para atraerlos.

En sus casas tienen esposas aburridas,

predecibles, lloronas... y tú representas todo lo contrario.

Quiero que una cosa quede clara,

como me falles lo más mínimo, el trato se acaba.

No tendrá queja de mí, ya lo verá.

Más te vale.

(Suenan campanas de boda)

In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amén.

Queridos hermanos que hoy acompañáis a Cristóbal...

-¿En qué estás pensando?

En mi madre.

En lo orgullosa que estaría de Cristóbal

y en lo poco que le gustaría la novia.

(RÍE) ¿Y tú te sientes así?

Yo me siento muy feliz por Cristóbal y por Blanca también.

Pero Dolores y tú sois lo que más quiero en el mundo,

lo más importante de mi vida.

(CURA) En el amor y fidelidad por ella.

Yo, Blanca Silva, prometo serte fiel

en las alegrías y en las penas,

en la salud y en la enfermedad,

todos los días de mi vida.

Me va a costar no llorar. -Se merecen tanto ser felices.

Ya ha sufrido por equivocarse de hermano.

(ROSALÍA) Chis, no alboroten

y disfruten de la cara de felicidad de su hermana.

...todos los días de mi vida.

Eh, padre, me gustaría decir algo más, si es posible.

Cuánto nos ha costado llegar hasta aquí, Blanca.

Nuestro camino no ha sido fácil. No.

Ha estado lleno de obstáculos,

de malos recuerdos, de malentendidos

y de momentos difíciles.

Por eso te miro y no sé si esto está sucediendo

o si es un sueño. (RÍE)

Verás, no te puedo prometer una vida sin complicaciones,

ni siquiera te puedo asegurar tranquilidad plena conmigo.

Porque los dos sabemos que tal cosa no existe.

Sí.

Te prometo hacer frente a todo lo que venga a tu lado,

amarte profundamente

y luchar para que tus sueños se cumplan.

Así que hoy... hoy salimos de aquí juntos, casados.

Se acabó esconderse.

No habrá tempestad que me aleje de ti, Blanca.

Ah...

Y a ver si miras con más simpatía a los clientes,

porque con esa cara que les pones no quieren pasar al lecho contigo.

Y, sin clientes, no podrás pagar la cama.

Así que yo que tú me apuraría porque, si no,

te tendré que echar a la calle.

No es justo, don Luis, si hasta una mujer como Marina

merece el perdón, ¿cómo no lo va a merecer usted?

No, no, Marina está encerrada en un sanatorio, que lo sepa.

Y ahí se va quedar el resto de sus días.

Se equivoca, el juez anuló su ingreso en ese lugar

y la han puesto en libertad de nuevo.

(RÍE) ¡Cristóbal! ¡Cómo te he echado de menos!

Bueno, solo he estado fuera de casa media hora.

Pues para mí es una eternidad.

¿Qué pasa? ¿Estoy siendo muy empalagosa?

No, no es eso. No traigo buenas noticias.

¿Pero qué pasa? Podemos deshacer todo el equipaje,

no nos vamos a París. No puedo creerme que vuestra criada

tenga más cabeza que tú para escribir.

No, para escribir no, pero sí para idear historias

y situaciones más propias del folletín.

Por eso quiero hablar con el editor.

Merceditas ha llamado desde el hospital.

¿Pero qué le pasa? No, a ella nada, es Elpidia.

Está ingresada. Merceditas no pudo llamar antes

porque no quería dejar a Elpidia sola.

¿Está muy grave?

¿En qué puedo ayudarla, doña Cándida?

Celebro ver que ahora eres más complaciente conmigo.

Lamento haber sido tan brusca el otro día.

Más bien fuiste una maleducada.

Pero ahora eso da igual, yo sabía que este día iba a llegar.

La vida da muchas vueltas, ¿verdad?

Y, en un momento, todo se tuerce.

Pero no te pongas así, mujer,

que la vida también puede cambiar para bien.

En los viñedos estarás estupendamente, ya lo verás.

Si no lloro por eso.

¿Y ahora te interesa la confección?

Lo que me interesa es tener una tapadera.

Y necesito que alguien me preste el dinero que me falta

para poder comprar la tienda.

¿Quieres ser mi socio? -Pues claro.

Pero no entiendo nada, ¿una tapadera para qué?

-¿Has hablado con Antonia? -Aún no la he visto,

no sé dónde estará, ¿por qué? -¿Nadie te ha comentado nada?

-¿Nada de qué? -Tendré que ser yo

el que te dé la noticia.

Pero, antes, bébete tú este chato de vino.

Me está usted asustando mucho.

Si consigo algo, que te he dicho que no lo sé,

seguramente sea algo no muy legal

y, posiblemente, bastante peligroso, ¿estamos?

Tú dime lo que encuentras.

Y, si tengo ciertas garantías, no me importa arriesgarme.

Salvador, cuida de mi hermana y de las niñas.

Sí, lo haré, no te preocupes,

y mantennos informados de los avances de tu padre.

Es la segunda vez que me despido hoy de ti.

Es una pena que no hayáis podido ir a París.

Cristóbal está hablando con Rodolfo,

a ver si encuentran la manera de solucionarlo.

Si vais, tened mucho cuidado. Lo mismo te digo.

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Seis Hermanas - Capítulo 464

16 mar 2017

Llega el día de la Boda de Blanca y Cristóbal. Velasco recibe una llamada inquietante. Merceditas anuncia a Diana y a Salvador que finalmente no se va con ellos al viñedo. Cata teme que Antonia venda la tienda a Cándida. Sofía pide a Elisa un favor muy especial.

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  1. Luz Delia Padín-López

    Por favor. Ya se está dañando la serie. No sigan matando personajes. Que Marina, Luis y Don Ricardo paguen su maldad y crímenes. No la enreden más.

    02 abr 2017
  2. Analu

    La cosa se pone buena, no se vayan todavía!

    17 mar 2017
  3. Gabriela D.

    Elpidia!!! Una grande!!! Que no se vaya por fa!!!!! Me encanta su personaje!! Que no se muera Don Ricardo !!! Ahora que se volvió bueno!! ¿¿

    17 mar 2017