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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 463 - ver ahora
Transcripción completa

Marina es enfermera, seguro que sabe hacerse

un corte que parezca aparatoso pero, no sea letal.

No puedo estar más de acuerdo,

usted, también, cree que lo hizo para fugarse.

Es muy probable.

Quieres hacerte cargo de esos viñedos, ¿verdad?

Claro, sí, un cambio de aires nos vendrá bien a todos.

¿Seguro?, porque no sería

la primera vez que cambias de parecer.

No pienso echarme atrás.

Está bien, vayámonos juntos. ¿Estás segura?

No, pero, sigues siendo el padre de mi hija y...

seguro que le vendrá bien tenerte cerca.

Es solo una fábrica.

Nuestro padre os la dejó

para que fuese una obligación, no una carga.

La vida es algo más que mujeres.

Sí, pero, cuando te faltan, todo se cae.

Cuando te necesite, te lo haré saber y, ahora,

déjame en paz, me gustaría tomarme esta copa tranquilo.

Examinaba las posibilidades de La Villa de París.

¿De qué posibilidades habla?

Bueno, me he enterado de que la tienda está en venta

y estoy interesada en comprarla.

Perdóneme, señora. por favor, no se lo diga a las señoritas.

Tienes muchos defectos, pero,

apropiarte de lo ajeno no es uno de ellos.

Hay una curandera que me puede quitar el embarazo,

pero, me pidió mucho dinero y quería pagarle con esto.

No me queda otra, no quiero tener ese hijo.

Yo sé muchas cosas que los demás ocultan

y no estoy dispuesta a que me dé lecciones de moral

o cómo ser una buena madre

cuando su hijo está una noche sí y otra también,

en la casa de tolerancia

derrochando el dinero en mujeres y alcohol.

El nuevo hipódromo será el punto de encuentro

entre la alta burguesía y la aristocracia.

¿Con qué plazos os movéis?

Tiene que estar listo antes

del inicio de la próxima temporada.

Es Carlos. ¿Carlos?

Me mandaron una carta

desde el hospital de Lyon, puede que esté vivo.

Sofía, necesitas un visado. Ya, por eso vine a hablar contigo,

pensé en hablar con Rodolfo y así agilizar los trámites.

Ya sé que no me lo merezco por cómo te traté,

pero, necesito que me ayudes.

Iremos juntas a hablar con él.

¿Qué hora es?

Cinco minutos más tarde desde que me preguntaste.

¿Pero, tu reloj va bien? Sofía, es un reloj suizo,

va mejor que el de la estación de tren.

Es que no puedo con estos nervios.

Pero, si por más vueltas que des no harás que Rodolfo llegue antes,

¿por qué no te sientas?

Ay, lo siento.

Tendríamos que haber hablado antes con él para concertar cita,

¿y si no viene hoy a trabajar? Vendrá.

¿Cómo estás tan segura? Benjamín me dijo que viene siempre

y a primera hora. Son casi las 9:30 y no está aquí

y están todos ya trabajando.

Pero, la primera hora de los obreros no es la del jefe,

además, que más da cuando venga

si lo importante es que nos ayude. ¿Y si no me consigue

el visado para viajar a Lyon, qué?

Nunca sabremos si quien está allí es Carlos

`y él estará allí solo, ay, pobre. Lo conseguirá, no lo dudes.

Hasta que no lo vea entrar por ahí y me diga

que me lo consigue,

como comprenderás, no estaré tranquila porque él...

(PEGA UN PORTAZO)

¿Qué hacéis aquí?

Rodolfo,

necesitamos un favor

de vida o muerte.

Bueno... más bien de vida

porque, ahora, ya no está muerto.

Sigo sin entender nada, qué hacéis en mi despacho.

Se lo explico, Rodolfo, tenemos un problema.

No, Elisa, ¿sabes qué?, ya he tenido suficiente

de hermanas Silva por esta semana.

Si te envía Diana para convencerme de que no venda la fábrica,

dile que elija un mejor mensajero.

Rodolfo, a mí no me manda nadie,

estoy aquí por Sofía.

Sí, se trata de mi difunto marido

o marido, ahora, ya no está tan claro.

¿De qué estás hablando?

Ay, sí, lea esta carta y lo entenderá.

Ay, doña Rosalía,

justo iba a llamar ahora.

Pues, puede ahorrarse la molestia,

en esta casa nadie quiere recibirla.

¿Ricardo lo hará?

No mientras se nuestro invitado, esta es una casa decente.

¿Me está prohibiendo la entrada?

Efectivamente, de modo que váyase.

Me iré cuando vea a Ricardo.

Solo he venido a animarle un poco.

Me da igual cuáles sean sus intenciones,

de modo que márchese, por favor.

Yo creía que el ama de llaves de una casa trataría con respeto

y educación a quien venga a visitar a sus señores.

Yo no trabajo para don Ricardo, sino para sus sobrinas

y mi deber es proteger su buen nombre.

Y yo lo empaño, ¿no?

Naturalmente.

No voy a permitir que la dueña de un prostíbulo

ponga los pies en esta casa, podría verla algún vecino.

Pues, entonces, déjeme entrar de una vez y así no me verá nadie.

No.

Usted no es quien para prohibirme ver a Ricardo.

Podrá usted verle cuando él regrese a su casa,

pero, mientras permanezca en esta, no puede usted visitarle.

Pero, por favor, está muy enfermo,

¿y si no sale de aquí?

Aunque yo no sea santo de su devoción,

le tenía por una buena cristiana.

Al menos, eso intento ser.

¿Y le dejará morir sin el consuelo de ver a una vieja amiga?

Por favor, tenga un poco de compasión.

Si quiere usted dejarle algún mensaje, yo puedo hacérselo llegar,

pero, eso es todo lo que puedo hacer.

Vaya, qué alma tan caritativa.

Pero, ¿dónde va usted?

No me pienso ir de aquí sin verle, aunque monte un escándalo.

Hágalo y yo llamaré a la autoridad,

no creo que a alguien

de su profesión le convenga, ¿verdad?

Está bien, me iré.

¿Y no quiere dejarle ningún mensaje a don Ricardo Silva?

Sí, uno solo,

que el ama de llaves de esta casa

es la persona más mezquina que conozco.

¿Carlos vivo?,

pero, es una noticia excelente.

Sí, pero, no es seguro

por eso tengo que ir allí a confirmarlo.

Pero, ¿no hay un compañero de armas que vaya a Lyon a confirmarlo?

Yo ya lo pensé y llamé a la embajada, pero, me dijeron

que su regimiento se trasladó a Salónica, en Grecia,

y en Francia no hay nadie que lo conozca.

Rodolfo, la única que puede hacerlo es Sofía

por eso... por eso hemos venido a ti.

¿A mí?

Es que necesita un visado para viajar a Francia

y, ahora, son muy difíciles de conseguir.

Claro, la burocracia va lentísima, están en guerra.

A ver, el oficial que ha escrito

esta carta puede haberse equivocado.

No quiero ser pesimista, pero, no es la primera vez que ocurre.

Un soldado que coge una chaqueta

de un soldado muerto, cae herido y...

O quizá, se trate de un soldado

que se haga pasar por Carlos para desertar.

Ya, por eso necesito ir allí para confirmar su identidad.

Rodolfo, hazlo por mí,

siempre fuiste mi cuñado favorito.

Bueno, eso no tiene mucho mérito, no había mucho donde elegir.

Por favor. Piensa en Cristóbal,

cuando estuvo en Marruecos el dieron por muerto

y mira lo que pasó después.

Rodolfo, tú no vas a dejar

que Carlos esté sufriendo lejos de su casa.

Usted sabe, mejor que nadie,

por lo que estoy pasando ahora mismo.

Está bien, hablaré con el Ministro de Exteriores,

es el único con el que mantengo cierta amistad todavía.

Ay, Rodolfo.

Rodolfo, gracias, gracias,

le debo la vida.

A ver, he dicho que lo intentaré, no prometo nada.

Vaya, por fin se ha despertado la bella durmiente.

Anoche estaba tan cansada que me costó conciliar el sueño.

Lo sé, ni siquiera te has enterado de cuando me he ido.

¿Dónde estabas?

Pues, haciendo unas gestiones.

¿Tan pronto?,

ni siquiera me esperaste a desayunar.

Cariño, lo siento, el negocio es el negocio.

¿Qué negocios?

Pues, cuál va a ser, el de los coches,

he quedado con un posible cliente y solo podía a esa hora.

Bueno, pues, espero

que haya merecido la pena el madrugón.

Todavía no sé nada en firme, pero, sí, tengo esperanzas.

Me alegra saber que has empezado bien el día.

¿Qué pasas, cómo es que estás tan de buen humor?

Bueno, es que estos días estuve un poco irascible.

¿Verdad?

Preocupada, lo que te pone muy irascible, sí.

Es que la venta de la fábrica me tenía muy afectada

¿Y ya no lo estás?

Pues, he hablado con mi tío y...

me dijo algo que me ha hecho reflexionar.

¿Con don Ricardo?

Sí.

Parece increíble, ¿verdad?, pero,...

me convenció de que Tejidos Silva ya no es un asunto de mi familia,

que pertenece al pasado y que debo ocuparme

de cosas más importantes.

Cariño, eso mismo te dije yo.

Lo sé,

pero, a veces, me cuesta un poco asimilar las cosas.

¿Me perdonas?

Te perdono.

Solo si nos prometes que nos harás caso

a tu tío y a mí,

no por empeñarse en imposibles.

Te lo prometo,

lo único que quiero es empezar

una nueva vida en los viñedos y ser feliz.

Me alegra oírte hablar así,

solo espero que sea verdad. Sí.

Voy a enterrar todo ese asunto

y lo voy a hacer por ti, por mí y por mi familia.

Mañana es el gran día de Blanca y no se lo quiero estropear.

Cristóbal y Blanca se casan, quién nos diría

que iba a llegar este día. Sí, bueno,

a veces, el amor vence todos los obstáculos.

Cierto, como nos pasó a nosotros.

Y no quiero que nada se interponga entre tú y yo.

Y si Rodolfo quiere vender la fábrica, es asunto suyo.

Si... si la fábrica, al final, no se vende,

¿tú seguirías preocupada por ella?

¿Y por qué no se iba a vender?

Pues, no lo sé, a lo mejor, Rodolfo cambia de opinión.

Sí, tú crees en los milagros todavía.

Han pasado tantos en esta casa

que es muy difícil no creer en ellos.

Bueno...

ya me he hecho a la idea de que la fábrica desaparecerá,

así que no me des falsas esperanzas.

No es el mejor café del mundo, pero, se deja beber.

Gracias.

¿Y ahora vas a decirme qué te dijo Gabriel?

Me dijo que estaba, perfectamente, y que no me preocupara por él.

¿Y le creíste? No.

Eso me temía por tus ojeras.

A ti solo hay dos cosas que te quiten el sueño,

una, es un caso complicado

y la otra... es Gabriel.

Y, ahora, no tenemos ningún caso de enjundia.

¿Y por qué crees que te mintió?

Porque estaba muy irritable y evasivo y así es cómo se pone

cuando lo pasa mal y no quiere que nadie

meta las narices en ello.

Pues, si Gabriel no quiere tu ayuda, no puedes hacer nada,

h así que, olvídate del tema.

¿Tú, qué harías?

Creo que cuando te necesite, acudirá a ti,

así que, no te preocupes.

Bueno, dejemos de hablar de mí,

todavía, no me has dicho cómo estás

porque tú, tampoco tienes cara de haber dormido mucho.

Es por el folletín.

Escribir te quita horas de sueño.

Más bien la no escritura.

Por lo menos para la segunda entrega tenía una idea.

Pues, sigue con ellas.

Es que no sé por dónde continuar, la verdad.

Me paso horas garabateando

para después arrugarlo todo y tirarlo a la basura.

Seguro que tarde o temprano aparecerán las ideas.

Pero, es que no tengo tiempo

y no se me ocurre por dónde llevar la historia.

¿Y qué vas a hacer?

Por lo pronto, me planteo dejarlo. No, no estás hablando en serio.

Pero, yo no valgo para esto.

Claro que sí, si no, tus primeras

entregas no hubieran tenido éxito, a mí me encantaban

y la gente desea saber qué va a ocurrir ahora.

Sí, y yo la primera, Dios mío, Federico,

se darán cuenta de que soy una farsante.

No digas eso porque no es verdad.

Yo he leído muchas cosas tuyas y eres una escritora maravillosa.

Lo que pasa es que creo que tienes que tranquilizarte,

entonces, empezarán a surgir las ideas.

Lo único que fluye en mí ahora, es la desesperación.

Siempre has querido ser escritora,

no puedes darte por vencida tan pronto.

Pero, quizá, ese es el problema.

Yo quería escribir otras cosas, no sé lo que le gusta

a los lectores de folletines.

Bueno, en el folletín se pueden hacer buenas cosas

y creo que eres capaz de hacerlo.

Creo que soy una inútil,

incluso, Elpidia tiene mejores ideas.

¿Ah, sí, y cómo estás tan segura?

Merceditas me contó algunas y son bastante buenas,

de hecho, la segunda entrega se basaba en ellas.

Ah, pues, ya está, tu problema resuelto,

habla con ella y pregúntale qué le gustaría que pasara.

¿Quiere que use sus ideas?

A ver, luego, a esas ideas hay que darles forma y no es fácil.

Pero, ¿qué tiene de malo?, quieres saber los gustos

de tu público y satisfacerlos.

Es una forma un poco tramposa de verlo.

Es una opción para salir de este atasco,

estoy seguro que luego vendrán tus ideas propias,

pero, ¿por qué no intentarlo?

¿No?

Está malísimo, ¿verdad?

Sí, no es el mejor café del mundo.

¿Me prometes que serás sincera? ¿Tú, qué crees?

Buenos días.

Buenos días, doña Blanca, doña Amelia,

su vestido está preparado en el vestidor.

Pues, estoy deseando probármelo.

Denme un minuto para repasar los detallas.

Por supuesto.

Ay, qué nervios.

No te preocupes, seguro que Cata hizo un trabajo excelente.

Seguro que sí, pero, la boda es mañana

y no hay tiempo para arreglos.

Estarás guapísima con el vestido.

Quizá, deberías estar preocupada por otro asunto.

¿A qué te refieres?

Verás, es que ayer hablé con Rodolfo del tema de la fábrica.

Sigue empeñado en venderla, ¿no?

Me temo que sí, intenté convencerle por todos

los medios, pero, me dejó muy claro que no le gustó

que me metiera en sus asuntos,

de hecho, acabamos discutiendo.

Dice que los negocios no son cosas de mujeres.

Cuántas veces he oído decirle eso.

Lo siento mucho, Blanca. No te preocupes,

has hecho lo que has podido.

¿Y qué vas a hacer?

Pues, nada, decírselo a mi hermana Diana,

le costará aceptarlo, pero, tiene que hacerlo.

¿Crees que se olvidará del tema tan fácilmente?

No lo sé.

Ya está listo, pueden pasar cuando gusten.

Por fin.

Anda que...

¿Se puede saber dónde has pasado la noche?

¿A usted qué le importa, madre?

Me importa y mucho

porque soy tu madre y me preocupo por ti.

Pues, si tanto se preocupa,

póngame un café bien cargado, por favor.

No, no te pondré nada hasta que no me digas dónde has estado.

¿Para qué, para que me regañe porque no le parece bien?

No lo haría si fuese un sitio decente.

¿Por qué no me deja en paz?

No quiero discutir con usted.

Porque quiero que me lo digas a la cara

o crees que no sé dónde estás ensuciando tu buen nombre.

¿De qué habla?

Ten el valor de decírmelo, dime que frecuentas

en la casa esa de tolerancia.

¿Quién le ha dicho eso? Da igual quién sea,

lo que debería preocuparte es que destrozas tu vida

mezclándote con esas mujerzuelas.

Lo que haga o deje de hacer no es asunto suyo.

Ya soy mayorcito para ir donde me dé la gana.

No me faltes el respeto, aún te puedo soltar un sopapo.

Nadie le falta el respeto. No quiero discutir.

Y, sí, voy a ese sitio, como muchos hombres, y no pasa nada.

¿Me pondrá el café o tengo que ir a otro sitio?

No te librarás fácilmente. Esta conversación no acabó.

Para mí sí ha terminado.

No me dejes con la palabra en la boca.

Operadora, póngame con la comisaría de Policía, por favor.

Bueno, decidme la verdad, ¿qué os parece?

Le sentaba como un guante, doña Blanca.

Todavía no sé por qué no se lo termina de creer.

Te sentaba bien.

Bueno, yo creo que ha hecho un trabajo espectacular, Cata.

El vestido es perfecto. Muchas gracias.

Y, siendo perfecto, que lo es, y que el corte es maravilloso...

No sé, esto es cuestión de gustos, ¿eh?

¿No creéis que es un poco sencillo?

Yo le pondría algo más de pedrería.

No sé, doña Blanca, como son segundas nupcias...

Pero olvídese de eso.

La primera boda como si no existiera.

Y ahora va a casarse con el amor de su vida.

Yo le cosería unos abalorios en la cintura,

para que realzara su figura o en los hombros y el pecho.

No sé, algo que le dé otro aire. -Si es lo que quiere, se lo hago.

Mira, Amalia, tu idea es, pues... buena.

Pero no es lo que yo quiero, si mi boda será algo íntimo.

Solo estaremos los familiares. Si a ti te vale.

Ha acertado de pleno, de verdad. (RÍE)

No sabe cuánto me alegro.

De verdad, he puesto todo mi empeño en hacerlo bien.

Estoy segura de que sí.

Y me voy a sentir la mujer más bonita del mundo

en el día más bonito de mi vida. (RÍEN)

¿Qué más se puede pedir?

Sofía, ¿qué ocurre? -Elisa, siéntate, por favor.

Déjame explicarte.

¿A qué viene tanta urgencia?

Para no querer verme, no haces más que llamarme.

Quería compartir este momento contigo.

-¿Qué ha pasado? -Me ha llamado Rodolfo.

Ha conseguido mi visado para viajar a Lyon.

-¿De verdad? -Sí.

¡Ay, Sofía! Sabía que lo conseguiría.

Rodolfo es una buena persona.

No lo dudo, pero si nos ha ayudado

ha sido por la relación que tiene con tu familia.

Así que, más que agradecérselo a él,

te lo tengo que agradecer a ti.

Lo he hecho por Carlos.

Ya, pero aun así quiero darte las gracias.

-Estaba desesperada. -Pues de nada.

Ay, Sofía, qué buena noticia.

Estoy segura de que vas a encontrar a Carlos

y lo vamos a traer de vuelta a casa.

Para cualquier cosa que necesites, avísame, ¿de acuerdo?

-Sí. -Ahora creo que me tengo que ir.

No me gusta dejar a mi padre demasiado tiempo solo.

Entiendo.

Elisa.

¿Qué ocurre? ¿se te ha olvidado algo?

La verdad es que sí.

Que había olvidado lo bueno que es compartir las penas

y las alegrías con una amiga.

Estaba muy dolida con lo que había pasado entre nosotras.

-¿Y ya no? -A pesar de mis desprecios,

me has ayudado mucho.

Y no me has echado en cara mi enfado.

-No te creas que no me ha costado. -Yo no sé si lo hubiera aguantado.

Elisa, quizá tú y yo podríamos empezar de cero.

¿Estás segura?

Sí, el gran favor que me has hecho

y la posibilidad de encontrar a Carlos me están haciendo...

ver todo diferente.

Y estoy dispuesta a hacer borrón y cuenta nueva.

Está bien, pero esta vez para siempre.

No soportaría volver a perder a mi mejor amiga.

Te lo prometo.

Elisa Silva, encantada de conocerla.

Ah, Sofía Álvarez.

Esta vez que nada ni nadie nos vuelva a separar.

(Se oyen pasos acercándose)

Elpidia, ¿tienes un momento?

¿Estás llorando? -No, señora, ¡qué va!

Que he estado pelando una cebolla, ya ve. ¿Qué necesita?

Pues, la verdad, tu ayuda.

Estoy escribiendo la última entrega del folletín.

Oh, me tiene en ascuas. ¡En ascuas me tiene!

¿No me adelantaría algo de lo que va a pasar?

Pues es que todavía la estoy perfilando

Ande, no sea mala, un poquito.

¿Conseguirá Sebastián hacer fortuna y volver a por Azucena?

¿Quién sabe? -Sí, ¿no? ¿A que sí?

Eh, no lo sé, ¿tú qué crees?

No sé, yo me imagino ahí al pobre Sebastián en ese barco

lleno de ratas, rodeado de gente, esperando llegar a América.

Y, de pronto, poniéndose enfermo.

Sí, con unas fiebres muy malas, ¿a que sí? Ahí encamado,

luchando entre la vida y la muerte. -¿Sobrevive?

Sí, claro, si no, ¿cómo va a hacer fortuna?

-Ah... -Sí, antes de llegar a tierra,

una misteriosa mujer le salva la vida. ¿Eh?

Y, claro, se enamora de él.

Pero él no tiene hueco más que para Azucena en su corazón.

¿Voy bien? -Pues no lo sé.

Continúa un poco más y luego te lo digo.

Ah, pues no sé, pasarán muchas calamidades, claro. Y...

Y salvará la vida a un hombre, sí, un terrateniente sin hijos.

En agradecimiento, le llevará a trabajar con él

y se convertirá en su mano derecha. Luego, cuando ese señor fallezca,

le habrá hecho heredero de toda su fortuna. ¿A que sí?

¿Y con Azucena qué hacemos?

No se puede quedar de brazos cruzados hasta que vuelva,

es la protagonista. -Es verdad.

No sé, tenemos que seguirla en su camino vital.

Llorar con ella cuando se enfrente a obstáculos y...

y sonreír aliviadas cuando lo supere.

Pues no hay un obstáculo más grande para una mujer sola que...

¿que quedarse embarazada?

Sí, en eso tienes razón, es horrible.

Podría ser una deshonra para su familia.

La podrían rechazar todos y perder el trabajo.

-Me encanta. -Es que a ver cómo una mujer sola

va a sacar adelante a un niño

sin un amor a su lado que la apoye

y dada de lado por todos, como si fuera una ramera.

Elpidia, tienes una imaginación desbordante.

No se crea, señorita, es... bastante real.

Sí, pero por eso me gusta,

porque hablas de problemas reales de mujeres reales.

-Y tanto. -¿Y qué? ¿Cómo sigue?

Elpidia...

-¿Eh? -Que te pregunto cómo sigue

la aventura de Azucena, porque embarazada seguro, pero...

¿Pero debería aparecer ya la gemela malvada?

No, la verdad es que eso es mejor guardarlo

para cuando vuelva Sebastián. -¿Puedo pedirle un favor?

-Sí, claro. -No sea muy dura con Azucena.

Las mujeres leemos estas historias

para poder tener un poco de esperanza.

No la apague del todo.

Intentaré no defraudaros.

Pero hay que ver cómo Azucena supera esta prueba.

Pues, cuando lo sepa, hágamelo saber.

Claro que sí, Elpidia, pero no llores.

No pensé que esta historia te fuera a emocionar tanto.

Ay, pues ya ve, una que es muy tonta.

Sí, nunca está de sobra llevar unas mudas de más.

Anote que tenemos que comprar un par más.

Pues no sé yo si le va a caber todo esto en el baúl, señora.

Solo me voy a llevar lo imprescindible.

Me temo que enviar a por una maleta más adelante

o llevarse ahora menos ropa en el baúl.

Es que así no se puede hacer una maleta en condiciones.

No solo me voy a pasar unos días.

¿No está usted contenta con su traslado a París?

Sí, al contrario, si estoy como en las nubes.

Pero no es por eso. ¿Entonces cuál es el problema?

He tenido que preparar tantas cosas en tan pocos días:

que si la boda, que si lo de la fábrica,

lo de mi tío Ricardo y ahora el viaje.

No sé, temo que algo al final salga mal.

No, no se preocupe, eso es imposible.

¿Y eso cómo lo sabe? (RÍEN)

Porque ha puesto usted en ello todo el corazón.

Usted siempre tiene las palabras adecuadas.

Es la verdad, señora.

Y, además, ¿qué más da si se le olvida meter

alguna pieza de ropa en el baúl o si en la ceremonia

no suena un violín? ¿Acaso eso empañará su felicidad?

No, pero llevo tanto tiempo deseando este momento

que quiero que todo salga perfecto.

(RÍEN) Se casará con el hombre que ama,

¿qué puede ser más perfecto? Eso es verdad.

Además, no tengo por qué estar nerviosa, ya me casé una vez.

Pero siento que... que sí,

que es como si fuera la primera vez

Eso es porque, en esta ocasión,

sí se casa usted con el hombre adecuado.

Oh, todavía recuerdo el día de su boda con don Rodolfo.

Nunca había visto una novia tan triste.

Bueno, eso es porque pensaba que Cristóbal había muerto.

Ah, la de vueltas que da la vida. Y tanto.

Nunca pensé que volvería a verlo, y menos que acabaríamos casados.

(RÍEN) Bueno, por lo menos,

tanto sufrimiento ha servido para algo.

Y es que, cuando dos personas están destinadas para unir sus vidas...

Bueno, yo es que no creo en el destino.

¿Ah, no? No.

Pues yo tengo aquí una prueba de que el destino sí existe

y de que es muy tozudo.

Estaba en el desván, lo encontré cuando fui a buscar el baúl.

¿Pero y qué es? Mírelo usted misma.

(RÍE) ¡No me lo puedo creer! Somos Cristóbal y yo de pequeños.

Ajá. Lo hizo usted cuando tenía unos seis años.

Los señoritos Loygorri y usted estaban aquí,

jugando en este salón, y don Cristóbal se disgustó mucho

con su hermano, porque don Rodolfo siempre quería

imponer su criterio a la hora de jugar.

¿Pero y qué tiene que ver eso con el dibujo?

Vio usted a don Cristóbal tan triste,

que le hizo el dibujo. Y a él le alegró muchísimo.

Y, entonces, imitando el dibujo, la cogió a usted de la mano

y le dijo que algún día ustedes dos se casarían.

Ah... ¿Y lo ha guardado todo este tiempo?

Ya en aquel momento debió de parecerme premonitorio.

Así que, cuando lo vi en la papelera,

lo rescaté para guardarlo. ¿Pero y quién lo tiró?

Seguramente don Rodolfo.

Siempre tuvo celos de su hermano, por eso le trataba de ese modo.

¿Qué? ¿Todavía piensa que el destino no existe?

Pues no lo sé, pero si tengo un ángel de la guarda,

estoy segura de que es usted.

(RÍEN)

Rápido, suélteme una correa. Vete antes de que te vea alguien.

¿Qué hace usted aquí? Oiga, ¿quién es usted? ¡Oiga!

Marina, ¿quién es ese hombre? Es mi abogado.

Tengo derecho a tener uno. ¿Tu abogado?

¿Él es quien te ha soltado?

Ah, suéltame, no me ates otra vez. Es la forma de estar seguros.

Eres un peligro para todos.

Te juro que algún día pagarás por esto.

Ni ese abogado ni nadie impedirán que vuelvas al sanatorio.

No estés tan seguro.

He conseguido que mi abogado entre aquí a pesar de estar vigilada.

¿Cómo lo has hecho?

Conozco este hospital como la palma de mi mano.

Aún tengo amigos aquí que no han sucumbido

a los engaños de Velasco. ¿Cuándo vas a reconocer

lo que has hecho? Nunca, porque soy inocente.

Y por fortuna todavía hay gente que cree en mí.

¿Quién? ¿Un abogado? ¿Alguien a quien pagas?

Y también los que le han dejado entrar.

Él será quien se encargue de demostrar mi inocencia.

Eso ya lo veremos.

Hablaré con el inspector Velasco,

a ver qué opina de que tu abogado se haya colado para verte.

Dice que estas ataduras no son legales.

Podría denunciarte y acabarías en la cárcel.

Cuánto veneno tienes. Cuidado con lo que dices,

no te conviene faltarme al respeto.

El día de tu boda no debe ser agradable recibir una denuncia.

¿Cómo sabes lo de mi boda?

Ya te he dicho que tengo más amigos de los que crees.

Imagínate que no puedes acudir a tu propia boda por esto.

¡Suéltame ahora mismo1

O, si no, dime dónde quieres pasar tu noche de bodas,

¿en París o en el calabozo?

Hola. No te esperaba, creía que estarías preparando la boda.

Sí, ahora voy para allá, pero antes quería darte algo.

¿El qué?

(RÍE) ¿Y esto?

Mi hermana Blanca está entusiasmada con el vestido.

No para de alabarte todo el rato.

Ah, bueno, ¿y también te ha pedido que me des un beso?

No, el beso corre de mi cuenta, estoy muy orgullosa de ti.

¿Tú no estás contenta?

Puede que sea el primer vestido de novia que hago y el último.

Ah, Cata, no digas tonterías.

Cuando los asistentes sepan que lo hiciste tú,

no pararán de encargarte los suyos. -Puede que no le guste a todos.

Además, Cándida, la dueña de la casa de tolerancia,

ha estado aquí. -¿Y eso qué tiene que ver

con el vestido? -Porque que quería ver la tienda,

está interesada en comprarla. -¿Y para qué?

Para poner alguno de sus negocios, digo yo.

Ah, eso Antonia no lo permitirá.

Antonia está como loca por vender.

Dudo que quiera ver una casa de tolerancia

donde su hermano tenía una tienda. -El dinero lo puede todo.

Además, doña Antonia me acaba de llamar para decirme

que la oferta de Cándida es buena.

-¿Y qué? -Pues que está pensando en aceptar

si no aparece otro comprador.

Así que me quedaré sin trabajo,

sin poder hacer vestidos a nadie más.

No sé ni cómo pagaré la habitación.

Pues no saben cuánto me alegro, le dan la enhorabuena de mi parte.

Mire, si viene a tomarse algo aquí, sabe que no es bien recibido.

No podría aunque quisiera, no tengo con que pagarlo.

Ah, ¿no pretenderá encima que le invite?

-Yo lo que quiero es un trabajo. -¿Y viene a buscarlo aquí?

¿Ha cambiado la dignidad por caradura?

Por desesperación, Antonia, no tengo ni para comer.

En las casas de huéspedes no admiten sin pagar por adelantado.

Me veo en la calle mendigando.

Estoy tentado por golpear a un policía,

a ver si me llevan de vuelta a la cárcel.

Allí tenía techo y comida.

Lo siento mucho, no necesitamos pianista.

Pero es que yo, eh... perdón.

Yo busco lo que sea, no me importa limpiar letrinas

o reponer mercancías, lo que sea para ganar algo de dinero.

-Lo que usted pueda darme. -El responsable de esto es usted,

así que apechugue. -Tenga piedad, por favor.

Esto es un negocio, si quiere usted piedad,

váyase a la parroquia. ¿Qué hace? ¿Qué hace?

Lo siento, pero la desesperación me hace actuar así,

no me importa suplicarle si consigo que me ayuden.

No es mala persona. -¡Levántese, levántese!

Hablemos.

¿Va a ayudarme?

Aunque quisiera, no podría ayudarle,

por mi hijo Gabriel. -Le juro que no causaré problemas.

No me enfrentaré a él. -Es que eso da igual.

Gabriel si le viera aquí se enfadaría, y mucho.

Y no pasa por su mejor momento, así que no nos metemos en más líos.

Váyase a buscar trabajo a otro sitio.

¿Cree que habría venido si hubiera tenido otra opción?

Es mi única oportunidad. -Lo siento.

Gabriel no tiene que enterarse, puedo trabajar a escondidas,

lejos del público.

¿Quiere que me arrodille otra vez? -¡No, no, no!

Vamos, póngase a limpiar el almacén.

-¿Seguro? -No, así que váyase

antes de que me arrepienta.

-Muchas gracias, no le defraudaré. -Que sí, que sí, venga.

Ay, vaya, solo he traído merienda para don Ricardo.

¿Quiere que le traiga algo? -No te preocupes, no tengo hambre.

-Gracias, Merceditas.

Pues, ¿sabe, padre? Rodolfo ha conseguido el visado

para Lyon de Sofía en apenas unas horas.

¿No le parece increíble? -Lo que me parece es que

estás siendo muy generosa con tu amiga Sofía.

Y eso no lo haría cualquiera después de cómo se portó contigo.

Tratándose de Carlos, no podía negarme.

La Elisa de antes lo habría hecho por venganza. Has cambiado.

Y eso me alegra mucho.

Y hemos vuelto a retomar nuestra amistad.

-¿De verdad? -Ajá. Volvemos a ser como antes.

¿Sabe lo que eso significa? (TOSE)

Ay... ¿Quiere agua? (TOSE) No.

No, no, déjalo, déjalo.

A veces... me falta la respiración.

El final está cerca. -Ay, padre, no hable así.

Ay, es la verdad, por eso...

me gusta que te reconcilies con Sofía.

Así, cuando yo falte, no te encontrarás sola.

Bueno, a ver, tienes a tus hermanas,

que nunca te faltarán...

¿Pero tan mal se encuentra?

No, todo lo contrario.

Desde que estoy aquí me siento mucho mejor.

¿Entonces por qué habla así, padre?

Porque no soy tonto.

Cuando te toca una enfermedad como la mía,

te acaba ganando la partida, tarde o temprano.

Al parecer, no soy la única que ha cambiado.

Le tenía por un hombre luchador. -Oye, y lo soy, Elisa.

Entonces, demuéstrelo, padre.

Si ahora se encuentra bien, aproveche el presente

y deje de pensar en lo que le va a deparar el futuro.

De eso, precisamente, te quería hablar.

Sé que me queda poco tiempo y...

bueno, me gustaría irme a mi casa.

¿Por qué? ¿Mis hermanas no le han tratado bien?

No, no. Todo lo contrario. Estoy muy agradecido

por sus atenciones. -¿Y qué ha pasado?

No me diga que nada, porque sé que ha pasado algo.

He hablado por teléfono con Cándida y me ha dicho que Rosalía

no la ha dejado pasar porque considera que se dedica

a una profesión escandalosa e indecente.

-¿No la dejó pasar? -No la dejó pasar.

Cándida está muy afectada y no puedo permitir

que eso vuelva a ocurrir. ¿Lo entiendes?

Por eso, tengo que volver a mi casa.

Elisa, Cándida es muy importante para mí.

Supongo yo que Sofía emprenderá viaje inmediatamente.

Debe estar impaciente por comprobar que el soldado herido

es su marido. -Quiera Dios hacernos ese milagro.

Le tenía mucho aprecio a ese muchacho.

¿Cómo va a traerlo desde allí?

Trasladar a un soldado herido no es tan fácil.

Es mejor no pensar en esas cosas.

Ni sabemos a ciencia cierta si es él.

Ay, no seas agorera.

Bueno, prefiero no hacerme ilusiones

para no llevarme un disgusto.

¿Te imaginas que doña Sofía tenga que pasar

dos veces por el sufrimiento de perder a su marido?

No lo había visto yo de esa manera.

¿Pero qué haces? Estás revolviendo toda la cocina.

Solo quiero asegurarme de que no falta nada,

antes de que nos vayamos a casa. -¿Por qué va a faltar algo?

Ayer, Elpidia quería llevarse unas cucharillas de plata.

No quiero que vuelva a hacerlo.

¿Estás segura? Elpidia siempre ha sido una muchacha honrada.

Pues ya ves. La pillé con las manos en la masa

y no tuvo más remedio que confesar.

-Y la has despedido. -No, no, no.

Me ha asegurado que no volverá a hacerlo,

aunque no las tengo yo todas conmigo.

No sé qué me extraña más, si que Elpidia tenga

las manos largas o tu reacción.

La pobre tiene ya bastante con lo que tiene.

Es mejor no amargarle más la vida.

¿Por qué dices eso? ¿Ha pasado algo?

Lo que le haya pasado, no es asunto nuestro.

Se está haciendo muy tarde. Tendríamos que marcharnos.

¿Por qué no me quieres contar

lo que le ha pasado a Elpidia? Me ocultas algo.

Está bien. Te lo diré. Pero no tienes

que contárselo a nadie. ¿Me lo prometes?

Ya sabes que soy muy discreto.

Está embarazada.

¿De Raimundo?

De quién, si no.

Quería las cucharillas para pagar a una curandera

que se lo quitara. -¡Madre de Dios!

¿Raimundo está de acuerdo con esa barbaridad?

No. Él no sabe nada. Le dije a Elpidia

que tenía que hablar con él,

pero no creo que me haya hecho caso.

Madre de Dios.

Elpidia embarazada de Raimundo.

Menudo problema.

Ay, qué gusto.

No podía con el dolor de pies.

(Suena el timbre)

¿Quién debe ser a estas horas?

¿Esperas a alguien? -No.

Mis hermanas están en casa.

(ELPIDIA) Pase, señor Loygorri.

A ti quería yo verte, traidor.

-¿Qué pasa? -No me toméis por tonto,

que lo sé todo. -¿Por qué no te sientas,

te tranquilizas...? -¡Suéltame!

Ha sido culpa tuya, ¿verdad? -Rodolfo, por favor.

¿Pero qué está pasando aquí? -Por su culpa,

no podré vender la fábrica. -¿Cómo?

-Yo no sé nada. -No seas cínico.

Esta mañana, he recibido una llamada

en la que me dicen que no van a construir el hipódromo

en los terrenos de la fábrica. -¿Estás seguro?

Buscan una nueva ubicación. Así estoy de seguro.

Al parecer, los terrenos no cumplen con la normativa

y tienen un informe que lo avala. -¿Qué tengo que ver yo?

Ayer me sonsacaste información sobre el negocio,

sobre el permiso, los terrenos. ¿No te parece casualidad?

-Yo no he hecho nada. -¡Mientes!

No sé cómo pude confiar en ti.

Os salvé de la ruina, a los dos.

¿Y así es cómo me lo pagáis, apuñalándome por la espalda?

¿Tú nos hablas de traición?

Te vendimos la fábrica para que continuaras

con el negocio, no para venderla. -Por eso habéis hecho

lo posible para impedirlo.

-¿Qué? -Para complacer a tu mujer,

has acabado con nuestra amistad.

No te tomes las cosas tan a la tremenda.

Yo decido cómo me las tomo.

Te voy a decir una cosa. Esto no va a quedar así.

¿Pero...?

¿Es verdad eso que dice?

Adelante.

Me gusta mucho recibirle en esta casa.

¿Qué viene, como cliente o a hacer alguna inspección?

Con la policía, siempre es un lío.

Pues ni una cosa, ni la otra.

Estoy buscando a Gabriel Gutiérrez, el Conde de Barnos. ¿Está?

Me temo que no puedo contestarle.

¿Qué sería de este negocio sin la obligada discreción

de su dueña? -Ya le he dicho

que no vengo como policía.

El señor Gutiérrez es un amigo.

Aunque sea el sursuncorda. Lo siento.

Más lo siento yo por usted.

No le conviene incomodar a la policía.

Y hablando hipotéticamente, si su amigo estuviera

con alguna de mis chicas, no tardaría en salir.

¿Por qué no se sienta y se relaja un poco?

Gracias. No me interesa su oferta.

¿Está seguro? Porque tenemos bebidas de la mejor calidad

y sin abrir.

Podría estrenar usted mismo la botella.

Ya le he dicho que no. Gracias.

Entonces, me temo que se tendrá que ir,

porque no puede estar aquí sin más,

como si estuviera esperando el tranvía.

No me moveré hasta que aparezca el señor Gutiérrez.

O va a buscarle, o le cierro el negocio

por escándalo público. -Eso es un chantaje.

Absolutamente. No creo que sea la primera vez que se lo hacen.

En mi caso, es por un buen motivo.

¿A qué espera? Vaya a buscar a Gabriel.

¿Y tenemos que seguir hablando de esto?

Estoy reventado. Deberíamos ir a la cama.

No, hasta que me respondas a la pregunta que te ha hecho.

¿Qué tienes que ver con todo eso?

-¿No te bastó con lo que te dije? -Vaguedades sin mirarme.

¿Qué más da cómo se paralizase la venta?

Lo importante, es que sigue funcionando como fábrica.

-Sí. Otra vez vaguedades. -Siempre tienes que saberlo todo.

¿No puedes disfrutar el momento y ya está?

Si no tuvieras nada que ver, estarías tan intrigado como yo.

Mira. Sabes que a mí esa fábrica me da igual.

Esas son las cosas tan importantes

que tenías que hacer esta mañana, eh.

Mira. Me da igual lo que digas,

pero no pienso seguir hablando de este asunto.

Tú a mí no me engañas. Sé que has sido tú.

Por eso, estabas tan tranquilo.

Y si ha sido así, ¿qué?

¿Y por qué lo has hecho, si odias la fábrica?

Yo no lo habría hecho por la fábrica.

Si lo hubiera hecho, lo habría hecho por ti.

Eres el mejor.

Te amo. -Y yo a ti.

Es que no quería que te arrepintieses

de ir a vivir a los viñedos. -Eso nunca, mi amor.

¿Qué tal si...? ¿Qué tal si continuamos

con esta charla en la cama? (RÍE)

Un momento. ¿Qué problema tienen esos terrenos?

Los terrenos no tienen problema.

La culpa la tiene un coche deportivo que,

a partir de mañana, disfrutará el teniente alcalde.

Que, por cierto, me ha costado un riñón.

¿Te digo cuánto? -¿Cuánto?

Señorita.

¿Se puede saber qué haces aquí?

Comprobar que lo que decía tu madre, era verdad.

¿El qué? ¿Que me alivio de vez en cuando

en una casa de tolerancia?

¿Qué hombre no lo hace?

Velasco, no quería decir eso.

Da igual. Ese no es el asunto.

Entonces, ¿cuál es? Porque aquí, la dueña del negocio

me ha amenazado con no volver a abrirme la puerta,

a no ser que consiguiera que te marcharas.

Todo esto es por Úrsula. Lo sabes tan bien como yo.

Lo que no entiendo, es que malgastes tu dinero

aquí, con mujeres que no van a aliviar tu dolor.

-A mí me sirve. -¿De verdad?

Porque no se te ve nada feliz.

Tu madre y yo estamos preocupados.

Refugiarte en un sitio como este, no es la solución.

¿Y cuál es, según tú?

No lo sé. No lo sé.

Pero podemos buscarla juntos.

Ven conmigo y enfréntate a ello.

Por mucho que la marcha de Úrsula te haya destrozado,

no vas a encontrar paz en una casa de tolerancia.

No, paz no.

En eso estamos de acuerdo.

Pero se le asemeja bastante.

Y, al menos, me ayuda a no hundirme.

¿Y te da igual que tu madre se hunda?

Porque con esto, la estás haciendo sufrir mucho, a ella y a todos

los que te queremos. -¿Y yo?

¿Es que acaso no os importa

que yo sufra? -Sí.

Por eso estoy aquí.

Conmigo no tienes que disimular, Gabriel.

Estamos solos.

(LLORA) -Tranquilo.

Todo se va a arreglar.

Mejor, vuelva mañana, amigo, que hoy hemos cerrado.

Tranquilo. Es la última vez que pongo un pié en este sitio.

Merceditas, no te esperaba.

He venido a decirte que no vuelvas a molestarme.

Que no quiero verte, no quiero hablar contigo.

Quiero que me dejes en paz.

No quiero saber nada más de ti.

Ah. Y que no voy a acompañarte a los viñedos.

¡Eh, eh, eh! Espera. Espera.

No puedes venir a decirme eso y marcharte así, por las buenas.

¿Qué está pasando?

Que he abierto los ojos. Me ha costado,

pero, al final, lo he hecho.

Y no voy a consentir que ningún inocente

pague las consecuencias de tu mala cabeza.

No sé de qué me hablas. No entiendo nada.

Pues mira, ya somos dos. Y vamos a dejarlo estar ahí,

porque cuanto más lo pienso, más me hierve la sangre.

Pero, Merceditas, se supone que me habías perdonado,

que íbamos a empezar una vida nueva los dos.

-Pues he cambiado de opinión. -¿Por qué?

Mira, he tomado una decisión y tú tienes que respetarla

y ya está. -Pero no voy a permitir

que te vayas sin decirme por qué.

Nuestro matrimonio se lo merece. -¿Ah, sí?

¡Pues haberlo pensado antes de dejar embarazada a Elpidia!

¿Qué?

(RÍE) Menuda mirada me ha echado Rosalía.

Me fulminó cuando le dije que quería estar contigo.

Tuve que insistirle. No me quería dejar entrar.

¿Pero ocurre algo? ¿Algún problema con la iglesia?

Nada. Está todo bien. Tranquila.

Entonces, ¿qué haces aquí a estas horas?

Porque necesitaba estar contigo. ¿No te alegras de verme?

Mucho.

¿Pero no sabes que da mala suerte ver a la novia

el día de la boda? La boda es mañana.

Son las doce pasadas. Teóricamente, es hoy.

Verdad. Tenía tantas ganas de venir, que se me olvidó.

¿Y crees que a mí no me pasa lo mismo?

Me paso todo el día pensando en ti y en estar contigo.

Pero no quiero tentar a la suerte. Todo va a salir bien.

Apenas quedan unas horas.

No me lo recuerdes, que me pongo muy nerviosa.

Quiero que pasen las horas rápido

para convertirme en tu esposa. Y yo.

¿Pero qué son unas pocas horas,

después de todo lo que hemos pasado?

Bueno, y más tiempo del que te imaginas.

Por cierto, Rosalía encontró este dibujo en el desván.

¿Te acuerdas de él?

Madre mía.

Cuánto tiempo. Sí.

¿Tú sabes que ese día yo discutí con Rodolfo?

Vaya memoria. ¿Te acuerdas?

Sí, claro.

Ese día, te prometí que me casaría contigo.

Y ese día ha llegado.

No sé qué decir. ¿Cómo que no sabes?

Oye, ¿no te estarás echando atrás? Por supuesto que no.

Es solo que... ¿Qué, Blanca?

Que me da miedo ser tan feliz.

Pienso que pasará algo y lo estropeará todo.

Escúchame. No hay motivo para que pienses eso.

Bueno, siempre ha sido así.

No puedo evitar sentirme de otra manera.

Hemos pasado mucho, Blanca,

mucho para llegar hasta aquí. Sí.

No vamos a permitir que nada impida que seamos felices.

Todo esto son cartas de admiradores del folletín.

Creen que la historia es maravillosa e impredecible.

¿De quién es el mérito? -Pues de usted, que la escribe.

No. Yo solo he escrito un trozo.

El resto lo he escrito con tus ideas.

-¿Qué dice? -¿Por qué te crees

que te preguntaba por dónde creías que iba a ir la historia?

Necesito tus ideas.

Vengo a pedirle perdón. Aunque la falta no haya sido mía,

no es justo que no la dejaran pasar.

Le agradezco mucho que haya venido.

Pero ni usted ni yo tenemos la culpa y poco podemos hacer.

No crea.

Me voy a llevar a mi padre.

Voy a llevarlo de vuelta a su casa.

Déjame a mí. -Que no. No quiero

que doña Rosalía me regañe por llevar retraso.

Con doña Rosalía ya hablaré yo.

Elpidia, en tu estado, no te conviene hacer esfuerzos.

Conmigo no tiene sentido que finjas.

Ya sé que estás en estado.

¿Y sabes de quién?

Pues sí.

Estoy segura de que dentro de muy poco,

volveremos a sentarnos aquí,

pero con Carlos. -Claro.

Elisa, tengo que pedirte un favor más.

-¿De qué se trata? -No puedo llevarme

a Leandro conmigo. Quiero que lo cuides tú.

Has venido a despedirme de mí, ¿verdad?

Bueno, usted sabe que Cristóbal y yo nos vamos a París.

Sí. Y que tardaréis tiempo en volver.

Bueno, seguramente. Por eso, es mejor que hablemos,

ahora que puedo contestar, Blanca.

La gente habla, Catalina. Y a cualquiera que muestre interés

por la Villa de París, le habrán dicho

que esta tienda está maldita por todo lo que ha pasado aquí.

Además, no entra casi nadie a comprar.

¿Va a vender la tienda a esa señora?

¡Ah! -¿Te has cortado? ¿No me digas...?

He venido a hablar con Elpidia.

Has escogido el peor día. Ya ves cómo estamos.

Lárgate. -No me pienso ir

sin hablar con ella. -Ya lo creo que te irás.

Estoy dispuesto a plantarme en la puerta

hasta que salga a hablar conmigo. Así que usted verá.

Yo creo que has hecho lo mejor.

Necesitas romper con el pasado.

Tu futuro está delante de ti, esperándote.

¿No me digas que te han entrado dudas

de última hora? No, tonta.

Si estoy llorando de emoción. Ah.

No sé. Llevo tanto tiempo pensando que este día no iba a llegar...

Estoy deseando casarme con Cristóbal.

Creo que Cristóbal es el novio más guapo que he visto en mi vida.

¿Por qué me lo iba a tomar a mal?

Mi mujer se empieza a sentir atraída por mi hermano.

El caso es que la situación me resulta un tanto familiar.

En un día como hoy, los reproches sobre el pasado están de más,

¿no crees? -Claro que lo creo.

¿Qué me importa el pasado, si no estabas en él?

Si no bajas, vas a cumplir la tradición esa

de que la novia tiene que llegar tarde.

Tarde, tarde... Hace tiempo que debería haberse casado

con Cristóbal. -¡Ya está! ¡Ya baja la novia!

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  • Capítulo 463

Seis Hermanas - Capítulo 463

15 mar 2017

Blanca está muy nerviosa por la boda. Elisa ayuda a Sofía a conseguir el visado. Rosalía no permite que Cándida visite a D. Ricardo. Salvador está ocupado con unas misteriosas gestiones. Celia no sabe cómo continuar el folletín. Gabriel y Antonia discuten. Elpidia no sabe qué hacer con su embarazo.SEIS HERMANAS (463)

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