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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 459 - ver ahora
Transcripción completa

Yo mismo hablé con las monjas.

Y tu padre hizo una donación muy grande

con la única condición de que no nos dejasen adoptar

y eso solo pasa porque se lo pediste.

No le he pedido nada.

No dejaré que me vuelvas a engañar ni una vez más.

Quiero pagar por mis pecados, necesito pagar.

Quiero estar en paz.

Don Luis Civantos.

¿Tengo tu perdón?

¿Y esto qué es? La dirección de una modista

que ha contratado a una costurera

que ambos conocemos muy bien.

¿Cata?

Es cierto, Úrsula se ha ido y no volverá,

pero, si usted me perdona, me ayudaría a superarlo.

Encontré el libro que estás escribiendo.

El libro acaba con una palabra:

Fin.

Y eso es lo que pretendo,

cerrar páginas y abrir otras nuevas.

Creo que tú y yo escribiríamos páginas muy bonitas.

He dejado a Elisa.

¿Otra vez?

Esta vez es la definitiva.

Siempre te he querido,

sé que es muy injusto que te lo diga ahora

cuando te vas a ir y no pretendo que cambies tu vida, de verdad,

pero, yo, no sé, tenía que decírtelo.

Hoy es un día de celebración y me gustaría pasarlo

con mi única familia que me queda y con mi mejor amigo.

Pues, gracias por invitarme

y por considerarme tu mejor amigo.

¿Qué acabas de decir?

Que he vendido la fábrica

a Rodolfo.

¿Y tú? Puedo vivir sin Tejidos Silva,

pero, no puedo vivir sin Salvador Montaner.

Doña Elisa, su padre, lo han llevado al hospital.

(Cierran una puerta)

¿Llego a tiempo?

Lo siento, ya se han ido.

Tenía que haber ido, directamente, a la estación.

No te serviría de mucho, ella te esperó hasta el final

y se fue justo para coger el tren.

De eso hace ya una hora, estarán camino de Milán.

¿Y Benito? Benito se fue con ella,

su tren salía justo después.

¿Te dijo dónde iría después de Cádiz?

El mercante donde se enrolará

va a Argentina y después, Dios dirá,

pero, prometió ponerse en contacto

con nosotros para darnos la razón de dónde escribirle.

Siento mucho no haber podido despedirme de ellos,

sobre todo, de Francisca,

fue todo tan repentino.

Seguro que lo entiende,

además, me dijo que llamaría en cuanto pudiera

para saber cómo está tu tío.

Está muy grave.

¿Y Elisa?

Prefirió quedarse allí,

quiere estar con su padre cuando despierte,

si es que despierta.

Pero, ¿tan mal está?

Por un momento, pensábamos que se moría.

No es que don Ricardo sea santo de mi devoción,

pero, tampoco quiero que muera.

No me gusta ver sufrir a Elisa, nunca o pocas veces

la he visto tan afectada.

Se le juntaron muchas cosas,

la muerte de Carlos, la separación de Ciro

y, ahora, esto.

Justo cuando celebrabais la onomástica,

se la veía tan feliz

hasta que llegó Rosalía con la noticia.

A mi hermana le gusta ser la protagonista,

pero, no de tanta desgracia.

Espero que en la próxima reunión

de las hermanas, no haya tantos sobresaltos.

Dios sabe cuándo volveremos a estar aquí, todas juntas.

Cariño, los viñedos no están tan lejos,

puedes venir cuando quieras.

Sobre eso quería comentarte algo.

¿No estás decidida? No, no es eso,

solo que me gustaría

que retrasásemos un poco nuestra partida

hasta que se supiese qué va a pasar con mi tío.

Ya sabes que... No te preocupes,

lo entiendo.

Gracias.

Además, nos vendrá bien para organizar la mudanza,

hay mucho equipaje que hacer.

Sí, el nuestro y el de las niñas

que mueven más intendencia que un regimiento de artillería.

Sí, compraremos unos 100 muebles,

organizar la casa, contratar personal,

ponernos un poco al día con el negocio de los viñedos.

¿Cómo está?

Le ha bajado la fiebre y se ha normalizado la respiración.

Eso... eso es bueno, ¿no?

Se ha recuperado de este ataque, pero, sigue estando grave.

Sigue.

¿Cómo...?

Ay, Cristóbal, mi padre siempre ha tenido

una salud muy buena.

Solo le visité aquí una vez y fue porque le apuñalaron.

Lo sé.

Lo sé, Elisa, pero,...

¿Pero, qué?

Siéntate, por favor.

Tu padre me pidió que no lo contase,

pero, no tiene sentido ocultarlo dadas las circunstancias.

¿Ocultar, qué, Cristóbal?, me estás asustando,

mi padre ayer estaba bien y... Tú padre ayer no estaba bien,

tu padre lleva varias semanas enfermo.

Pancreatitis crónica.

¿Sabes lo que es?

Para resumírtelo, el páncreas no le funciona bien

y eso deriva en otras complicaciones.

Bueno, pero... se va a curar.

No, Elisa.

Lo siento.

¿Qué?

No.

No.

No, no.

Cristóbal, tú ya nos dijiste esto con Blanca,

nos dijiste que se moría

y luego, trajisteis una máquina de Inglaterra.

No tiene nada que ver con Blanca, lo de Blanca fue una cosa...

anormal, es lo más parecido que he visto a un milagro.

Lo de tu padre no tiene nada que ver,

la enfermedad está muy avanzada

y no hemos llegado a tiempo.

¿Y qué puedo hacer?

Cuidarlo,

estar con él y que no se sienta solo.

No basta.

Bueno, eso le vendrá bien.

¿Cuánto le queda? Eso no lo sé,

podrían ser semanas, meses,

quizá, un año, pero, no mucho más.

¿Puedo verlo ya?

Acabamos de darle un sedante

y no despertará hasta bien entrada la tarde.

Lo mejor será que vayas a casa y que te despejes.

Sí.

Pero, bueno, ¿dónde fuiste a por vino a La Rioja?

¿De qué vino me habla? Huy, Catalina, no era por ti,

es por Raimundo, le mandé a por vino y aún no ha vuelto,

te digo que el santo Job tuvo suerte de que nuestro Señor

solo le mandara enfermedades y calamidades,

si le manda a Raimundo, la paciencia le dura dos horas.

Me alegra verla así. ¿Así, cómo, de mal humor?

No, con tanta vitalidad eso es que se recuperó de su dolencia.

Sí, estoy mucho mejor,

solo me duelen los pies de andar todo el día.

Pues, por mí, siéntese, solo vine a hablar con usted.

Muy importante tiene que ser eso que dices

para estar aquí en horas de trabajo.

Pues, sí.

He dejado el taller de la modista.

Anda, ¿te han despedido con lo mañosa y hacendosa que eres?

No, lo he dejado yo.

No te trataban bien.

Que va, es que me he dado cuenta de que, en realidad,

estaba huyendo de algo que...

Ya, ya, ya,

no hace falta que sigas,

una decisión tan repentina

solo puede deberse al mal de amores.

Yo no he dicho eso.

Pero, se te ve a la legua,

es que tengo muy buen ojo para estas cosas.

¿Es que usted lo sabe?

Saber, saber, no sé nada, pero, lo supongo.

¿El que supone?

Pues, que debes estar muy enamorada del muchacho

en cuestión y solo espero que se porte como debe,

hinque la rodilla y te lleve al altar.

Sí, ya, ese muchacho, ya, ojalá sea así.

¿Y solo vienes para contarme eso?

No, he venido a pedirle un favor,

que me readmitiese en La Villa de París,

si no ha encontrado a alguien, claro.

Pues, mira, no encontré a nadie porque ni siquiera lo busqué,

de hecho, la tienda está cerrada desde que te fuiste,

no puedo atender la tienda y el Ambigú la a vez.

¿Entonces, puedo volver? Vamos, ahora mismo, si quieres.

Ahora, te digo una cosa,

el trabajo te durará lo que tarde en vender la tienda.

¿Venderá La Villa de París? Sí.

Ese negocio solo me da pérdidas

y el lugar me trae muy malos recuerdos,

así que seguirás allí mientras nadie la compre.

¿Aún así, te interesa?

Como habréis notado, ayer cambiamos

La Vieja Gruñona por una nueva tejedora,

supongo que los oídos de muchos lo agradecerán,

aunque, también, sé que echaréis de menos su ronroneo.

Era la última de las máquinas que quedaban de las que instaló

mi padre cuando mecanizó la fábrica,

pero, de esos solo se acuerdan lo que llevan aquí más tiempo,

como Benjamín.

Y mi padre no solo hizo eso,

también, amplió el taller, construyó estas paredes,

compró los terrenos de al lado

y siempre trató con mucho respeto a sus trabajadores.

Mi padre...

Tu padre era un gran hombre, señora.

Gracias,

pero...

no os he reunido aquí para hablaros de él,

sino para anunciaros

que igual que se ha ido esa vieja máquina,

hoy, también, se va a ir la presencia de su familia.

Por motivos personales

he vendido la fábrica a Rodolfo Loygorri.

Él será el nuevo propietario y director de la fábrica.

Pero, no os preocupéis, se comprometió a mantener

el nombre de Tejidos Silva

y todos vuestros puestos de trabajo.

Solo quiero deciros adiós y daros las gracias

por haberme acompañado en esta aventura

que empezó el mismo día en que murió mi padre.

Solo con vuestro trabajo,

vuestra lealtad y vuestra dedicación,

Tejidos Silva ha superado problemas muy difíciles.

Espero haber sabido continuar con el legado de mi padre...

y que, al menos, me recordéis con cariño.

Yo, siempre os voy a recordar.

(APLAUDEN)

Ha hablado de mantener el legado de Fernando Silva,

a mí eso no me preocupa,

de hecho, me parece bastante sencillo.

Lo que me va a parecer muy complicado,

por no decir imposible,

es mantener el legado de Diana Silva.

(APLAUDEN)

Gracias, gracias.

Venga, y, ahora, a trabajar todo el mundo.

Me han emocionado tus palabras.

Benjamín,

le tengo que dar las gracias de una manera muy especial,

sin usted, no lo habría conseguido, no habría durado ni una semana.

No exagere, señora.

Aconseje a Rodolfo.

Y tú, déjate guiar por él,

es el alma de esta fábrica.

Deme un abrazo.

Bueno, y, ahora, yo vuelvo al trabajo, que si no,

terminaremos todos llorando.

Sabré llevar la fábrica por el buen camino, te lo aseguro.

Y si tienes alguna duda

o algún problema, por favor, llámame.

Tranquila, eso, también, lo haré.

Supongo que ha llegado el momento.

Gracias, Elpidia.

No hay de qué, doctor.

Nosotros no le...

Señora, justo llega y acompaño al Sr. Loygorri a la puerta.

¿Venías a verme?

Estaba en el hospital y vine a acompañar a tu hermana.

La pobre Elisa necesita cariño.

¿Cómo está mi tío? Está grave.

Bueno, tu hermana te dará más detalles.

¿Y tú, de dónde vienes?

Pues, venía del club social de ver a una amiga.

(SONRÍE)

Elpidia...

¿Les han dicho alguna vez que son una pareja muy bonita?

Depende a quién preguntes, Elpidia. De verdad, Elpidia,

¿no tienes nada mejor que hacer aparte de mirar?

Perdone, señora, es no sé cómo

tengo tanta boca en tan poca cabeza,

pero, es que se les va tan felices.

Pero, Elpidia, ¿qué te pasa, estás bien?

Perdonen, ya les dejo solos.

Pero, ¿qué le pasa a esta mujer? No lo sé.

Bueno, si no tienes que volver al hospital, podrías tomar un té,

aunque, no sé si será buena idea pedírselo a Elpidia.

No, a Elpidia mejor dejarla tranquila.

Además, sí tengo que volver al hospital.

Bueno, pues, entonces, nos veremos después.

(RÍE)

¿De qué te ríes? Me río porque todo ha sido tan...

tan repentino

que no me puedo creer que estemos así juntos

sin tener que escondernos sin ningún impedimento.

Bueno, en realidad,

sí quiero hablar contigo de un asunto, Blanca.

¿Por qué, qué pasa? Me esperan en Francia,

anoche volví a recibir llamada

del laboratorio de Curie y es importante para mí.

Ya no tanto por mi carrera sino porque creo...

Cristóbal, no tienes por qué insistir más,

te dije que te acompañaría a París.

Pero, eso fue antes de lo que le pasó a tu tío

y sé lo importante que son para ti tu familia y hermanas.

Claro que lo son,

pero, tú lo eres más.

Aunque si quieres que te acompañe

a París, tendrás que hacer una cosa por mí.

Ah, bueno, ¿de qué se trata?

Pues...

quiero casarme contigo, Cristóbal,

aquí, para que mis hermanas puedan asistir a la boda.

¿Sí?

Claro, pero, no podemos demorar tanto el ir a Francia.

Y tampoco demorar la boda.

Yo no quiero una gran ceremonia con centenares de invitados,

a mí me basta con mis hermanas, con tu familia,

¿quieres?

Sí, quiero.

¿Es necesario que lleve esto?

Tratándose de usted, agradézcame que no se las ponga,

también, en los pies o que la ate a la silla.

¿Acaso cree que voy a agredirle

o a escapar de un lugar lleno de policías?

De usted me espero ya cualquier cosa.

Me lo tomaré como un halago, me gusta que me considere

una mujer de recursos y con iniciativa.

¿Para qué me ha traído, inspector?

Voy a tomarle declaración.

Muy bien, pregunte.

Bien, en primer lugar, hablemos de Benito Serrano.

¿Benito? Sí, le conozco.

Un muchacho impulsivo y un tanto alocado.

Pero sentí mucho cuando me enteré que le habían disparado.

Eso lo dudo. Benito ha declarado que

detrás de su intento de asesinato,

estaban don Luis Civantos y usted misma.

Ah, ¿eso ha dicho?

Y que tanto usted como don Luis lo usaron para intentar incriminar

a don Salvador Montaner. -Eso es un disparate.

Lo niega entonces. -Por supuesto.

No sé por qué me extraño.

Imagínese yo, que se me acusa de algo tan rocambolesco.

Ya. Pues tiene usted un problema,

don Luis apoya la declaración de Benito.

Y yo le digo que es completamente falsa.

Sería mejor que intentase colaborar y decir la verdad.

Lo estoy haciendo, inspector, soy inocente.

Bien. Pasemos a otro asunto.

El ataque que sufrió por parte de don Luis,

estuvo a punto de matarla.

¿Que don Luis qué? No, a mí no me ha hecho nada.

-¿Perdone? -Es cierto que fui asaltada,

pero no fue don Luis.

-¿Entonces quién fue? -Pues no lo sé.

Se acercaron por la espalda e intentaron estrangularme.

Luego perdí el sentido.

¿Y cómo sabe que no fue don Luis?

Conozco a Luis muy bien, íntimamente incluso.

El tacto de sus manos, su olor, la temperatura de su piel.

No hace falta que dé tantos detalles.

Sí hace falta si es para demostrar que,

de haber sido él, me habría dado cuenta.

Han detenido a un inocente.

El propio don Luis ha declarado que intentó matarla.

Pues miente. Igual que en lo de Benito.

No sé qué le ha llevado a inventarse esas mentiras.

O quizá sean delirios, pero ni conspiramos

para matar a Benito, ni él me asaltó.

O sea, que todo el mundo miente menos usted. ¿Qué se propone?

Esta vez no estamos en la situación de cuando mató

a Germán y a Carolina. -Fui absuelta de esos crímenes.

Era inocente como ahora. -Entonces no tenía pruebas,

pero en este me sobran.

Hay testimonios que la apuntan directamente.

Deje de aferrarse a sus mentiras.

¿Qué tiene, el testimonio de un loco y de un crío?

Quien mienta o diga la verdad lo determinará un juez.

Y lo hará, créame.

De momento, escriba aquí todo lo que ha declarado.

Si voy a escribir, tendrá que quitarme esto.

No, se las apañará con los grilletes puestos.

Es usted capaz de hacer cosas mucho más difíciles.

Ah, me alegra ver que Antonia te ha devuelto el empleo.

Bueno, no será por mucho tiempo.

Ha decidido vender la Villa de París,

dice que este lugar le trae malos recuerdos

y que apenas le da beneficios.

-Vaya, lo siento. -No sé, quién sabe,

a lo mejor, cuando termine de poner en orden todo esto,

tendré que buscarme trabajo. -Y no tardarías en encontrarlo.

Eres muy trabajadora y muy mañosa.

Cualquier modista se pelearía por tenerte en su taller.

Ojalá.

Bueno, ¿y tú qué tal en la editorial? Tenías reunión.

Sí, y ha ido... bien.

Van a publicar mi libro, solo que no como yo esperaba.

¿Y cómo lo van a hacer?

Lo publicarán por capítulos, como un folletín, por entregas.

La verdad, yo preferiría una novela, pero... pero está bien.

Así publicaron Dickens y Dumas

e, incluso, Pérez Galdós ha escrito algún folletín.

Muy bien, me alegro por ti.

Sí, eso es lo que dicen tus palabras,

pero tu cuerpo dice otra cosa.

¿Qué ocurre, Cata? ¿Por qué esa cara tan larga?

-Ah, ¿quieres que sea sincera? -Sí, claro.

No aceptes la oferta, por favor.

Si de verdad me quieres y te preocupas por nosotras,

diles que no, y que jamás publicarás esa novela.

Ya he bajado los baúles del desván, los he limpiado

y ya he comenzado a hacer su equipaje y el de las niñas.

Merceditas, no hace falta que me cuentes todo lo que haces.

Me he encontrado con un problema.

Que no cabe en los baúles todo lo que quieren llevarse.

¿Cómo que no? Yo ya hice una mudanza con ellos

y no hubo absolutamente ningún problema.

Ah, pero no estaban las niñas.

Solo con su ropa ya casi se llenan los baúles.

-¿Tanta ropa tienen? -Dígamelo a mí,

que me paso el día lavando y planchando.

Bueno, pues, entonces, nos llevaremos solo

la ropa que sirve. -Es que solo hablo de esa.

La que queda pequeña la donamos al hospicio,

como habría querido Adela, que en paz descanse.

Entonces tendremos que hacernos con más maletas y baúles.

Encárgate de mirar cuántos hacen falta y encárgalos.

Muy bien, como usted diga.

Eh... (CARRASPEA)

¿Se puede saber qué pasa?

Verá, es que quería comentarle algo más.

Entonces cuéntamelo y déjate de esa carraspera estúpida.

Ah, sí.

Es que... quería irme con ustedes a las bodegas.

-Ah, ¿con nosotros? -Sí.

Pero a trabajar, ¿eh? No a beber vino, no vaya...

Sí, lo supongo, solo... solo que no esperaba la noticia.

Claro, pensará usted que soy una descarada pidiéndole eso.

Pero es que, mire, necesito salir de esta casa cuanto antes.

Ya, ¿puedo preguntar por qué? ¿Algún problema con Elisa o Blanca?

Ah, no, no, no, de las señoras no he tenido nunca ninguna queja.

Es por Raimundo.

Me ha sido infiel con Elpidia. -¿Con Elpidia?

Como usted lo oye, y no le ha importado

lo más mínimo que tuviéramos una hija.

Él por ahí, de picos pardos.

Vaya, sí que tiene éxito este Raimundo.

Sí, y no sé por qué, porque no es ni galante,

ni atento, ni inteligente y, por no tener,

no tiene ni dónde caerse muerto. -El amor es ciego.

Ciego, sordo, mudo y tonto, ¡muy tonto!

Como lo hemos sido nosotras,

que nos ha tenido a las dos embobadas con sus mentiras

y sus engaños. Ah, pero eso ya se acabó.

-Me alegro. -Yo lo he abandonado

y Elpidia tampoco quiere saber nada de él.

Bueno, figúrese, hasta hemos hecho las paces.

Verás, Merceditas, habíamos pensado llevar únicamente a Isidra

para hacerse cargo de la casa y de las niñas. Lo siento.

Ya. Mire, si no necesitase trabajar, yo no se lo pediría,

pero es que tengo que alimentar a mi hija.

Y con Raimundo y Elpidia por aquí, yo no puedo estar.

¿De verdad que no pueden llevarme con ustedes a las bodegas?

He leído el manuscrito y es muy bonito

y está bien escrito y a la gente le encantará.

¿Y por qué no quieres que publique mi novela?

Aunque hayas cambiado el nombre de los personajes,

cualquiera que os conozca o que siguiera en prensa

el escándalo de tu relación con Aurora,

sabrán que las protagonistas sois vosotras.

-¿Tú crees? -Sí. Sí, estoy segura.

En cuanto lean tu nombre junto al título

y lean la novela, sabrán que todo lo que se dijo era cierto.

Sí, puede que tengas razón.

Celia, ahora quien está contigo soy yo.

Y enseguida me señalarán y, sinceramente,

no sé si voy a poder soportarlo.

Solo quiero una vida tranquila y sencilla contigo.

Y yo.

Pues, si publicas la novela, olvídate.

No habrá paz ni un solo día.

Salvo que no sea yo quien publique la novela.

Pero si la has escrito tú.

Pero podría publicarla bajo un seudónimo.

Imagínate, Isidore Ducasse publicó unos poemas muy escandalosos.

Y, para no perjudicar a su padre, que era un diplomático,

pues firmo como El Conde de Lautréamont.

¿Pero tú puedes hacer eso?

Sí, de hecho, ya lo había hecho antes.

Publiqué unos relatos con... con el seudónimo de Román Caballero.

Hice que un amigo fuera a una entrevista

con un periodista haciéndose pasar por mí,

para conservar mi anonimato.

Pero si descubren que estás detrás del seudónimo...

Al final, tú sabes lo de Isidore Ducasse.

Sí, pero porque Isidore murió hace muchísimos años.

En mi caso, solo lo sabrían mis hermanas,

mis amigos más íntimos y, por supuesto, tú.

Bueno, y tu editor también.

Sí, mi editor también, pero no diría nada.

Lo de los escritores misteriosos vende muchísimo.

Y así el editor también evitaría

que otros editores me hicieran ofertas.

Te juro que nadie sabría que estoy tras esos folletines.

Está bien, está bien.

Bueno, ¿y qué seudónimo utilizarías? ¿El mismo o...?

Pues no, la verdad es que debería cambiarlo.

¿Por qué no lo eliges tú?

No, no, mejor que lo elijan los sombreros.

Eh, no sé, elige uno, el que quieras.

(RÍE) Ah... Ese. -¿Este?

-Sí. -Muy bien.

Mira la etiqueta, ¿quién es el proveedor?

Hijos de Hipólita Cruz. Ay, Hipólita...

(RÍE) Bueno, este... este es de Tejidos Galván.

Eh... ¿Cruz... Galván?

¿Qué te parece?

Me gusta. (RÍE)

Pues, adelante. (RÍE)

Tu novela va a ser un éxito. -¿Mi novela?

Yo no he escrito ninguna novela.

Ahora, habrá que ver qué tal escribe esa Cruz Galván

de la que todos hablan. Me han dicho que es muy lista.

-Y muy guapa. (RÍE)

-Si no fuera por estos barrotes... -¿Qué? ¿Qué harías?

¿Estrangularme otra vez? (RÍE)

Si ni siquiera eres capaz de hacer eso bien.

¡Esta vez no fallaría!

¿Así me pagas lo que yo he hecho por ti?

Te saqué de la calle, te vestí te cuidé, te di mi calor.

Gracias a mí, recuperaste tu dignidad.

Más bien fue al contrario.

Gracias a ti perdí la poca dignidad que me quedaba.

Me sedujiste, me engañaste, me convertiste en una marioneta,

en un asesino. -Amago de asesino, querrás decir.

Porque ni a Francisca, ni a Benito, ni a mí

has sido capaz de matarnos.

(RÍE)

¿Qué te hace tanta gracia?

Al final, sí que seré responsable de dos muertes:

la tuya y la mía.

Ambos acabaremos en el garrote. -No planeé ese final para nosotros.

Tus planes me dan exactamente igual.

Lo he confesado todo. -Ya

Pero si te retractas y lo niegas todo, como he hecho yo,

será la palabra de Benito contra la nuestra.

No pienso retractarme de nada.

Escucha, estúpido,

no solo he negado que quisiéramos matar a Benito,

también he declarado que tú no fuiste quien me asaltó.

¿Por qué?

Porque si nos unimos y buscamos un buen abogado,

que yo todavía puedo pagar, Luis, podemos salir en libertad.

No quiero esa libertad, quiero otra.

Y, para tenerla, debo pagar por mis crímenes.

Y tú pagarás por los tuyos. -Te aseguro que eso no pasará.

Al haber retirado mi acusación contra ti,

te has librado del garrote, solo irás a la cárcel.

Yo puedo volver a fingir mi locura y regresar al sanatorio,

de donde sabré salir, como ya he hecho antes.

Y, entonces, regresaré. Regresaré para vengarme de ti.

Y no con la muerte, sino con dolor y sufrimiento.

Así que será mejor que cambies tu declaración

y digas exactamente lo que yo te indique.

¿Lo has entendido?

Pero, bueno, ¿la señorita desea que le sirvan un café con leche

y unos bollos o prefiere seguir contemplando las musarañas

mientras la comida está tan atrasada?

-No, perdone, es que... -Ni "es que", ni "es ca".

No quiero excusas, quiero que te pongas con el puchero.

-Que no. -¿Cómo que no?

Es que necesito hablar con usted de algo importante.

Dios, qué habrás hecho ahora. ¿Qué habrás roto,

qué prenda habrás quemado con la plancha,

a quién habrás olvidado decir...? -No es nada de eso.

Es que hoy, cuando termine el día, me iré.

Dejaré el trabajo y me volveré al pueblo.

-¿Y eso por qué, Elpidia? -Pues por lo que ha pasado, señora.

Aunque Merceditas y yo hemos acabado bien,

es raro estar aquí trabajando con ella.

Y, si aparece Raimundo, prefiero no estar.

Vaya, o sea que te vas.

¿Quién le ha dicho que me voy?

-¿Cómo? ¿Que tú también te vas? -No, no, no, Merceditas,

es mejor que me vaya yo al pueblo. -No.

La culpa de esto es de Raimundo, mi marido.

Lo mejor es que me vaya yo. -No es justo que te vayas tú.

Yo ya hablé con don Salvador

y me llevarán con ellos a las bodegas.

Si tú estabas mucho antes de que yo llegara,

no te quitaré el puesto a ti. -Ni yo a ti.

Mejor quédate tú. -No, tú.

-No, no, tú. -No, tú, de verdad.

(AMBAS) Tú. -Bueno, basta ya.

O la que se va a ir seré yo.

Vamos a ver, si tú has hablado ya con don Salvador,

pues lo propio sería que te marcharas tú, Merceditas.

Y que tú te quedes. ¿Alguna objeción?

-No, no, me parece bien. -Sí, a mí también.

Bueno, pues, entonces, ¡a trabajar!

Vamos, que las hermanas van a sentarse a la mesa

y la comida está muy atrasada. ¡Brillo!

Que sepas que, si me voy, no es por ti.

No, ya lo sé.

Así que, si prefieres marcharte tú...

-No. Bueno, como tú prefieras. -No, no, lo que tú digas.

-No, no, tú. -Tú, tú.

-No, tú. -Que tú, Elpidia.

-No, tú. -Lo que mejor te vaya.

-No, a ti. -Pero, Elpidia...

¡Será posible!

¡Pero, bueno! ¡Silencio y a trabajar!

¡Vaya par de dos!

Ah, espero no llegar muy tarde.

Tranquila, la comida se retrasa aún más.

Bueno, y parece que Elisa también. ¿La habéis avisado?

Estaba arriba en su cuarto y decía que ahora bajaba,

pero no sé. Mira, ahí está. Espero que no comas con abrigo.

Esto es una indirecta para que encienda las chimeneas.

(RÍEN) -Voy al hospital,

a ver si puedo ver a mi padre. Se despertará más tarde.

Te da tiempo a comer e ir después.

Si vas a pasar la tarde ahí, no es bueno que vayas en ayunas.

Si te da un mareo o te encuentras mal no harás más que preocuparle.

Ya, es cierto.

Bueno, está bien, me quedo a comer.

Si quieres, te acerco después de comer.

Cuéntanos, ¿qué tal...? ¿Qué tal hoy por la fábrica?

¿Pero no lo habías dejado? Sí.

Pero hoy fui a despedirme del lugar y de los obreros.

La verdad es que fue muy emocionante.

Puedo entenderlo. Yo no estuve tanto tiempo trabajando allí,

¿pero os acordáis cuando trabajábamos todas al principio?

(RÍEN) -Me acuerdo de lo mal que lo pasé

cuando tuve ese accidente en la mano.

(RÍE)

Fue en la otra. -No, fue en esta.

-No, fue en la otra. -No, fue en esta.

-¡Fue en la otra! -Que lejos queda todo aquello.

Sí, para mí también han pasado siglos de aquello.

Pero, aunque es cierto que le tengo un poco de manía...

-¿Un poquito solo? -Algo siempre le agradeceré:

que allí te conocí.

La de vueltas que da la vida. Si es que parece una novela.

Y, hablando de eso, van a publicar la mía.

-¡Ah! -¿De verdad, Celia?

-¡Enhorabuena! ¡Qué bien!

No la publicarán en un tomo, la publicarán por entregas,

como un folletín, vamos. -No me perderé ni una entrega.

Y publicaré bajo un seudónimo: Cruz Galván.

Ah, mira, como los Tejidos Galván, pues hacen unos sombreros divinos.

Bueno, yo hay algo que también quiero contaros:

pues que Cristóbal y yo nos vamos a casar.

¡Bueno...! (RÍE)

De verdad, no sabes lo que me alegro.

Gracias. Yo también me alegro mucho.

Gracias a los dos porque, además, sé que esta noticia

hace cuestión de un año no habría sido tan bien recibida.

Bueno, afortunadamente, ha llovido bastante desde entonces.

No sabes lo que me alegra saber que Blanca será más que una amiga,

será como una hermana. -¿Qué pasará con lo de París?

¿Renunciarás al trabajo por ella? Pues, mira, más bien al revés.

Blanca va a renunciar a su familia por mí.

Así que, en cuanto nos casemos, nos vamos a París.

Bueno. Así que, al final, París.

Pues anda que le ofrecen trabajo a Cristóbal en Almendralejo.

París. Qué envidia, eh.

Tienes mucha suerte. No haber ido a estudiar

a la Soborna, siempre será una espinita clavada en mi corazón.

¿París en plena guerra no será muy peligroso?

El frente no está lejos de allí. -No.

Tampoco está tan cerca y son los aliados

quienes llevan la iniciativa, así que no creo que haya peligro.

Bueno, eso espero. Pero vamos a buscar

una casa muy grande y muy bonita para que os quedéis todos allí

cuando vengáis a visitarnos.

Iremos.

¿Cómo ha sido que te pida matrimonio

y te ofrezca vivir a París? ¿Se arrodilló?

Bueno, más bien, fue al revés.

Fui yo quien le pidió matrimonio.

¿Y ella te pidió matrimonio a ti? Sí.

¿De verdad? Lo habitual es que lo haga

el hombre, pero esta vez fue así.

Cómo se nota que todavía no conoces bien a Blanca.

Es de todo, menos normal. Por eso le gusta tanto

a mi hermano. Seguramente.

Y creo recordar que también vivisteis juntos.

Sí. Sí. Así fue.

Bueno, ese tiempo pasó.

Ahora toca brindar. Eso es.

Verás, Amalia. El andar mintiendo a todo el mundo,

acabó con lo nuestro.

Esta vez, va a ser diferente. Se acabó el esconderse.

Y ahora cuentas con el beneplácito de la familia.

Sí. Aunque me gustaría ver qué opinaría madre de todo esto.

(RÍE) Mira, la única duda que tengo,

es qué habría llevado peor, si lo tuyo o lo mío.

Pero lo único que tengo claro, es que me da igual.

Al final, nos habría visto felices y lo habría aceptado.

Sí. A regañadientes y tras interminables reproches.

¿Cuándo tenéis pensado casaros?

Blanca quiere casarse aquí, porque quiere

que sus hermanas estén presentes y yo no puedo demorar

mi marcha a París, así que pronto. Esta semana.

¿Esta semana? -Pero no os va a dar tiempo

a preparar la boda. Va a ser una ceremonia íntima.

Queremos que estén, únicamente, los imprescindibles.

Y, además, no quiero esperar más tiempo a casarme con Blanca.

Mira. En eso, estoy contigo. Si es lo que quieres,

hay que hacerlo lo antes posible.

La vida es breve. Así que a vivirla, rápida e intensamente.

Salud. Salud.

Es que... ¿tú lo puedes entender?

Esta muchacha, Catalina. Se pelea con el novio

y, de la noche a la mañana, coge las de Villadiego

y me da aquí sola y con la tienda.

Y... Raimundo, te estás dejando ahí unas gotas de café

que luego deja una mancha muy fea. Dale ahí.

Vaya vista. Ya la quisiera para sí un aguilucho.

Y al día siguiente, como se arregla con el novio,

vuelve reclamando su puesto.

Desde luego, a esa chica le ha hecho la boca un fraile.

¿Todo esto se lo ha contado a ella?

¿Qué se lo voy a contar? Que se me asusta.

Tiene un carácter muy flojo y se deja manejar por los hombres.

Ya me gustaría a mí que fuesen así otras.

Yo te daba... Todo lo que te ha pasado

con Merceditas y Elpidia, te lo mereces pero bien.

Hombre. -Mujer, tanto como eso...

¿Cuánto tiempo querías andar entre la una y la otra?

Me alegro mucho de que te hayan plantado.

Te lo mereces por gañán y caradura.

Desearle el mal al prójimo, es pecado.

Sí. Pero tiene mejor perdón que la mentira y el adulterio.

Sí, eso sí.

A quien se lo cuentes... ¿A quién se le ocurre, Raimundo?

Casado, con una hija, engañando a su mujer

y con la prima de su jefa, para más inri.

Es que has tenido suerte de dar con una buenaza como yo,

porque otra te pone de patitas en la calle.

Tenía que organizarme mejor para que no me pillaran.

¡Ay! -¡Te lo has ganado, hombre!

Si es que yo no sé cómo han podido andar esas dos mujeres

peleadas por un mequetrefe como tú.

Que solo les has dado disgustos y quebraderos de cabeza.

-Mis armas secretas tendré. -Armas secretas...

Bien secretas deben ser, porque yo no las he visto.

Dale, dale ahí. Dale bien.

Por cierto, ¿has visto a Gabriel? -No, en todo el día.

-¿Y sabes dónde está? -No tengo ni idea.

¿Dónde estará ese muchacho?

¿Otra vez aquí?

Verá. Necesito...

compañía femenina.

Pues para eso, sí ha venido al sitio correcto.

-Eso creo. -Aquí hay muchas mujeres

que estarán encantadas de hacerle compañía.

Y todo lo que usted desee.

(RESOPLA) -pues me alegra oírle decir eso.

¡Eh, eh, eh! Alto.

¿Qué ocurre?

-Conmigo se equivoca. -¿Pero no ha dicho

que harían todo lo que yo deseara?

Pues ahora mismo, la deseo a usted.

Yo soy el ama de la casa.

Bueno.

Razón de más para atender bien su negocio.

¿No cree?

Si estoy ocupada, no puedo atenderlo.

¿No se da cuenta?

De lo único que me doy cuenta ahora, es...

de que tiene unos labios preciosos.

Cuando yo digo no, es no. ¿Lo ha entendido?

Sí. Creo que lo he entendido

bastante bien. -Bien.

Pues, entonces, márchese,

porque aquí ya no es bien recibido.

Oiga, oiga, espere un momento, ¿quiere?

La entiendo. ¿De acuerdo?

La entiendo. Y créame, le pido disculpas.

Tal vez, aquí, mis amigos,

sean mejor recibidos.

¿Por el malentendido?

Y... ¿qué tal, por una noche aquí?

Veo que por fin empezamos a entendernos.

¿Pero una noche con esto?

Aquí cobramos por horas. -Oh.

Perdón.

¿Cuántas horas hay aquí?

Las suficientes para que pueda ver el amanecer

con quien usted desee.

Bueno, con quien yo desee... no, ¿verdad?

Me siento muy halagada, pero no puede ser.

Pero tranquilo.

Le llevaré con la mejor.

Eso espero.

Gracias.

(GIME)

Padre, está despierto.

Sí. Tenga.

El médico dijo que... Espere.

Así. ¿Está bien?

El médico dijo que aunque tuviera mucha sed, bebiera a sorbitos.

A sorbitos, a sorbitos.

Gracias, hija.

¿Cómo he llegado hasta aquí?

¿Eh?

-Porque se desmayó en la calle. -Ah.

Y Rosalía y Benjamín le encontraron y lo trajeron hasta aquí.

Fueron ellos.

Me acuerdo, sí.

Iba a tu onomástica.

Pero tus hermanas te habían preparado una fiesta sorpresa.

Quizás, llegues a tiempo.

No, padre.

La fiesta fue ayer.

Y estoy inconsciente desde entonces, ¿no?

Sí. Todo el día.

Pero es normal. Está grave.

No.

Seguro que no es nada. Me habré tropezado en la calle.

(TOSE)

Padre, Cristóbal me lo ha contado todo sobre su enfermedad.

Ya veo lo bien que se guarda el secreto

entre médico y paciente. -¿Por qué no me lo ha dicho antes?

¿Para qué? ¿Para qué?

¿Para que te compadezcas de mí? -No.

Para cuidarle. Para poder pasar

junto a usted el tiempo...

El tiempo... el poco tiempo que me queda.

Dilo. -No hable así, padre.

Pero es la verdad. Ya sabes que siempre me ha gustado

llamar a las cosas por su nombre.

Hija, me muero.

¿Pero cómo puede hablar con...

con tanta frialdad de algo así?

Porque es la verdad.

Ya sabes que nunca he tenido inconveniente en engañar

y en mentir a los demás.

Pero jamás me ha engañado a mí mismo.

Me gusta ver la verdad de frente.

No me puede dejar ahora, padre.

Algún día habría sucedido.

Sí, pero no justo ahora, cuando empezábamos a llevarnos bien.

No. No llores, por favor. No llores.

No me pongas las cosas más difíciles.

Padre, yo le quiero.

Y le voy a echar mucho de menos.

¿De verdad? Ven.

-¿Qué? -Mírame.

¿De verdad que me quieres?

¿Y que me vas a echar de menos? -Claro que sí, padre.

Nunca pensé que, justo ahora que estoy al borde...

¿Sabes qué? -¿Qué?

Jamás me había sentido así.

Bueno, puede que alguna vez de niño.

Pero ya se me había olvidado.

¿Qué se le había olvidado?

Esta sensación de dicha.

Siento, Elisa...

siento que, por primera vez en mi vida, soy feliz.

(LLORAN)

Le he llamado porque el juez, tras leer la declaración de Marina,

quiere que volvamos a tomársela a usted.

Y yo me figuro que usted la cambiará

para que coincida con la de su querida amiga.

Pues se equivoca por completo.

-¿En qué me equivoco? -En todo.

Ni Marina Montero es mi amiga ni pienso mentir en mi declaración.

Ah. ¿Y qué contará?

La verdad.

Que Marina y yo organizamos el asesinato de Benito

para inculpar a Salvador Montaner.

-Me alegra oír eso. -Aunque le advierto

que mentiré en una cosa.

Ya que Marina insiste en negar que yo la ataqué,

me retractaré de ello.

Si dice que yo no hice nada

y que fue otro el que la asaltó, por mí, estupendo.

Quedaría libre de esa acusación.

Lo sé. Y me alegro.

Por eso, quiero pedirle una cosa.

¿Qué quiere?

Mi libertad.

No está usted en condiciones de negociar

y mucho menos, de exigir su libertad.

No soy yo, sino un juez el que le condena.

Pero está acusado del intento de asesinato de Benito.

Lo sé. ¿No se da cuenta de lo que ganan si colaboro?

Sé lo que gana usted si queda en libertad.

Lo único que tienen contra Marina y contra mí,

es el testimonio de Benito.

Eso no deja de ser la palabra de uno contra la de otro.

En este caso, contra la de dos.

A veces, ha conseguido condenar a delincuentes con mucho menos.

Pero no en un caso como este.

Piénselo bien. Benito es un mozalbete de la calle.

Ha delinquido, engañado y mentido muchas veces.

Ha robado. Y enfrente tiene a una enfermera,

que salvó cientos de vidas en la Guerra de Marruecos.

Y a un músico de carrera. -Sí.

Que ya han pasado por la cárcel.

Y en ambos casos, fuimos declarados inocentes.

Igual que en este, si no acepta mi oferta.

Aunque lo hiciste y declarase contra Marina,

sería su palabra contra la de ella.

Si me da la libertad, además de mi testimonio,

puedo aportar pruebas.

-¿Qué pruebas? -Notas, cartas.

Con eso, podría meter a Marina en la cárcel de por vida.

Vamos, inspector. ¿Qué me dice?

-¿Por qué hace esto? -Por dos razones.

Quiero que se haga justicia.

Pero, sobre todo, quiero alejarme de Marina.

Quiero alejarme lo que pueda.

Esa mujer es el mismísimo Diablo

y debe pagar por todo el mal que ha hecho.

En eso estamos totalmente de acuerdo.

Entonces, haga lo que le pido. Deme la libertad

y yo le serviré la cabeza de Marina en bandeja de plata.

Buenos días.

¿Se puede saber dónde has dormido tú para venir con esa facha?

Pues la verdad es que todavía no he dormido.

¿Por qué no has dormido? ¿Dónde has estado?

Por ahí, madre. Oiga, me llevo esto.

Espérate un momento. ¿Adónde vas?

Pues a casa, a descansar un poco.

A descansar. Con una botella.

No tienes suficiente con lo que has bebido toda la noche, ¿no?

No soporto más estar en este hospital.

Huele a enfermedad y a muerte.

No quiero... Quiero irme.

Tengo entendido que le ha ofrecido pasar aquí sus...

sus últimos días. -Así es.

Aunque creo que al doctor Loygorri no le ha hecho ninguna gracia.

A mí tampoco me parece una buena idea.

No es por nada. Es que este lugar no es...

no es un buen sitio para un enfermo.

La fábrica me estaba separando de mi marido.

Así que lo mejor ha sido cortar por lo sano.

Espero que mi padre me perdone.

Yo solo espero que don Rodolfo no hunda el negocio,

porque, entonces, su padre sí

que se revolverá en su tumba, el pobre.

Tenemos algo que celebrar.

Espero que sea algo bueno para compensar

el plantón que me diste. -Lo es.

Demolerán el hipódromo de la Castellana,

por las obras del Ensanche. -¿Buena noticia?

Me gusta el hipódromo. -Te seguirá gustando,

cuando lo monten en otro sitio.

-¿Dónde? -Aquí mismo.

Pronto saldré de aquí y usted lo sabe.

Lo que usted no sabe, es que hay novedades.

¿Qué novedades?

Se trata de mi padre, Blanca. Bueno, todas sabemos

que está muy grave, Elisa. Pero en el hospital

está muy bien atendido. Cuando nos vayamos a París,

Cristóbal dejará encargado que no le falte de nada.

Cristóbal piensa mejor que estaría mejor en casa.

¿Cristóbal cree eso? Sí. Bueno, tú misma,

por tu experiencia, ya lo sabes.

Pero tendrías que acomodar su habitación

para las necesidades de un enfermo.

Ya. Es que no estoy pensando en llevarle a su casa.

Bueno, entonces, ¿dónde? Aquí.

Don Luis vino a colaborar con la policía y señaló a Marina

como la verdadera instigadora del plan.

¿Y qué van a ofrecerle a cambio?

-El tercer grado. -El tercer grado es la libertad.

Llamemos a las cosas por su nombre.

Quiero a Luis encerrado y lejos de mi familia, ¿me entiende?

¿No estás bien aquí, en Madrid?

Ya sabe lo que me ha pasado con Merceditas y con Elpidia.

-Ah. -Y me vendría bien

un cambio de aires. Cuando le he oído a usted

hablar del campo, pues pensé dejar Madrid.

Sofía, creo que hay que luchar por la amistad.

Es una de las cosas más preciadas de la vida. Estoy segura.

Todo eso lo dices ahora porque te has quedado sola.

Me has perdido a mí, has perdido a Ciro

y... siento la crudeza,

pero puede que también pierdas a tu padre.

Es cierto. Me he quedado sola.

Igual, también es cierto que, por eso, me he dado cuenta

de que he dejado atrás las cosas más importantes para mí.

Y entre ellas, estás tú.

¿Pero qué tienes, mujer?

Es que me pasa una cosa muy grave y no se la quiero contar, señora.

Ah, no, no. De eso, nada.

Me la vas a contar ahora mismo,

porque así no podemos seguir. -No puedo, no puedo.

Elpidia.

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  • Capítulo 459

Seis Hermanas - Capítulo 459

09 mar 2017

Elisa cuida de su padre. Diana y Salvador preparan su partida. Cristóbal y Blanca hacen planes. Una editorial quiere publicar la novela de Celia por entregas. Gabriel busca consuelo a su soledad. Marina se declara inocente y eso hace que Luís cambie por completo sus planes.

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