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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 458 - ver ahora
Transcripción completa

¿Por qué? ¿Por qué me liberan?

Benito ha recuperado la consciencia.

-¿Ha recuperado al consciencia? -Sí.

¡No me lo puedo creer! ¡No me lo puedo creer!

¿Y qué? ¿Qué ha dicho?

Luis le disparó siguiendo órdenes de Marina.

Marina Montero, queda detenida por intento de asesinato

de Benito Serrano. -Yo no he hecho nada.

Nada. Esa es la única verdad.

Lo veremos, vámonos.

No estoy segura del paso que voy a dar.

Pues entonces no lo hagas.

Las fiestas de compromiso son una costumbre,

no está escrito que haya que celebrarla.

Diana, no me refiero a eso,

no estoy segura de casarme con Tristán.

Las monjas han rechazado nuestra solicitud.

-¿Pero cómo puede ser? -No sé.

¿Tú crees que Elisa puede estar detrás de todo esto?

Te dije lo que pensaba que ocurriría.

-Y ha ocurrido. -Pues suma. Dos más dos...

Eres inteligente, eres simpático, eres... divertido.

Y estás enamorado de mí, pero... Pero no me amas.

Lo siento mucho, no sé cómo decirte esto sin hacerte daño. Lo siento.

Adiós, Blanca.

Hay cosas que son difíciles de perdonar.

No si fueron hechas por amor.

Gabriel, estoy segura de que a tu madre, equivocada o do,

le movía el amor que te tiene.

Lo que quiero de verdad es arreglar las cosas entre nosotros.

Que me perdonéis y, por fin, podamos ser una familia.

Tío, espere, yo le creo.

Y le perdono.

Lo que te ha dicho hoy es mentira. Estábamos pensando en fugarnos,

él estaba muy dispuesto, me he negado yo.

-¿Y por qué me cuentas esto ahora? -A Raimundo no lo quiero

ver ni en pintura, así que es todo tuyo.

Por lo menos, que sepas la verdad. -Por favor, tienes que creerme.

En esta carta dicen que me acusas de maltrato.

Era la única forma de que consideraran mi solicitud.

Intenté frenarlo. -Cuando el tonto de tu marido

te dio las escrituras cambiaste de opinión.

Quise decírtelo, pero no quería darte disgustos.

Esto... Necesito tiempo y soledad.

No, Salvador, por favor, ¡no te vayas!

¡Por favor! (LLORA)

(Sintonía)

-¿Se puede? -Ajá.

Perdone que la interrumpa, una tejedora se ha estropeado.

-No me lo diga, la vieja gruñona. -Ajá. La misma.

Se ve que está mayor. -Ah...

Habrá que llamar al mecánico.

No, esta vez no hay nada que hacer. Habrá que cambiarla.

Vaya, es la primera tejedora que instaló mi padre

y la única que sigue aquí desde entonces.

De esa época quedábamos ella y yo.

(RÍE) Qué pena que esto no sea un museo y podamos conservarla.

Pero habrá que sustituirla.

El Sr. Loygorri ya está mirando maquinarias más modernas

y con muy buen criterio.

Se ve que encaja bien en la fábrica.

No lo hace mal, no, pero no tan bien como usted.

Bueno, yo llevo mucho tiempo aquí, ya ni me acuerdo cuánto.

Llevo demasiado tiempo entre estas cuatro paredes.

Casi me siento como esa máquina. -¿Como la vieja gruñona?

Pues no, no lo es, no. Con esa me he casado yo,

si me permite la broma. (RÍEN)

No, no me refiero a eso, quiero decir que me siento... averiada.

Bueno, porque está cansada, y no se lo reprocho.

Han pasado demasiadas cosas:

huelgas, accidentes, atentados, las discusiones con su tío.

Ajá. Y con mi marido.

E, incluso, con mis hermanas.

Por esta fábrica dejé de lado mis vestidos, mis joyas

y me vestí de obrera. ¿Lo recuerda usted?

Sí, cuando murió su padre, como hicieron todas sus hermanas.

Sí, pero ellas ya no están aquí, han seguido con sus vidas.

Y usted siempre dice que la fábrica es su vida,

que es lo que quiere hacer, seguir con el legado de su padre.

¿Pero a qué precio?

Ah, ¿le apetece más café, señora? Ah, sí, gracias, doña Rosalía.

Ahora mismo se lo preparo. Espere.

¿Usted cree que es una buena idea

si le escribo una nota de disculpa a Tristán?

No. ¿Pero por qué?

Él ha dejado sus creencias y se apartó de su familia por mí.

Y yo se lo he pagado rompiendo nuestro compromiso.

¿Y cómo preferiría pagárselo,

casándose con él y siendo ambos infelices?

No. Ese error ya lo cometí una vez.

Pues, entonces, no remueva más este asunto.

Sin duda, él necesitará un tiempo para recuperarse de su rechazo.

Y recibir una carta suya no haría más que aumentar ese dolor.

Tiene razón.

A usted nunca le ha gustado Tristán, ¿verdad?

Pues le aseguro que es muy buen chico.

Señora, mi disgusto con ese joven

no tenía solo que ver con las creencias,

sino especialmente con su corazón.

¿Con mi corazón? Sí.

Su corazón siempre ha pertenecido a otro hombre.

A ver...

Bueno, yo lo he revisado todo dos veces.

Si se me olvida algo, no será muy importante.

En la fábrica hacemos envíos a Francia,

si olvidas cualquier cosa, te la puedo enviar.

Gracias. Se te ve emocionado, Cristóbal.

Lo estoy. Apenas hace un rato he recibido llamada de París.

Me están contando lo que están haciendo allí y es un sueño.

Ah... -Oye, ¿quién sabe si, al final,

vas a acabar tú ganando un premio Nobel con Madame Curie?

Bueno, estar en el equipo de esa mujer ya es un premio.

Voy a hacer lo que siempre he querido, ciencia de verdad.

¡En París! La Ciudad del Amor, dicen.

Sí, eso dicen. Aunque, en mi caso, no voy por eso.

Nosotros sí iremos por eso.

Así te daré el viaje de novios que no te pude dar todavía.

-¿Y qué mejor lugar? (RÍEN)

¿París? Sí.

¿No sabía usted que don Cristóbal se va a París?

No, por supuesto que no.

Parece ser que le han ofrecido un trabajo muy bueno allí.

¿Y cuándo se va? Hoy mismo.

Aunque no sé a qué hora.

A las 11 sale el tren de la Estación del Norte,

así que me pongo en marcha. ¡Ay, ven aquí!

(RÍE) Te deseo toda la suerte del mundo, cuñado.

Gracias.

Anda, ven aquí.

Si al final te voy a echar de menos y todo.

Avisaré al servicio para que vayan bajando el equipaje.

Da gusto ver lo feliz que eres con Amalia.

Me alegro por ti.

Lo cierto es que hasta pareces... Parezco otro, puedes decirlo.

Sí, Amalia y todo lo que nos ha pasado

me han hecho mejor persona, supongo.

Yo mismo veo al Rodolfo de hace un año

y lo querría lejos de mí. Pero a este lo echaré de menos.

Me ayudaste cuando estuve a punto de tocar fondo.

Y eso no lo olvido.

Bueno. Oye, ¿te has despedido de Blanca?

Bueno, Blanca ya tiene su vida, Rodolfo.

Es mejor dejar las cosas tal y como están.

Y sé que en el fondo ella me lo agradecerá.

¿Cómo no me va a molestar, doña Rosalía?

No estoy diciendo que Cristóbal tenga que contarme

su vida o consultarme qué tiene que hacer,

pero ni se ha despedido. Ah, entiendo cómo se siente.

No. Sí, sí que la entiendo.

No, es que no me refería a eso.

No voy a consentir que Cristóbal se vaya así,

sin saber la verdad,

que he roto mi compromiso con Tristán...

por él, porque le amo.

Y porque nunca he dejado de hacerlo.

No, y no me diga que soy una insensata por ir hasta allí

y decirle lo que siento.

En realidad, señora, yo iba a decirle que,

si me lo permite, saldré a la calle a parar un coche

para que la lleve ya a casa de los Loygorri.

¿Entonces le parece bien? ¡Pues claro que sí!

Precisamente por el mismo motivo por el que no me gustaba

su compromiso con don Tristán, yo solo quiero su felicidad.

Y lo que haga por conseguirla me parece bien.

No sabe lo feliz que me hace oírla decir eso.

Pues, entonces, espabile,

que yo paro un coche en menos que canta un gallo.

(RÍE)

¡Ay!

(RONCO) Me alegra que estés aquí. -Huy, ¿y esa voz?

Me duele la garganta.

Venga, dame el regalo, lo busqué por toda la casa

y no lo encontré. Tienes que tenerlo tú.

-No. -¿Entonces dónde lo tienes?

Bueno, tiene que ser una caja muy pequeña.

¿Es una joya? -Para, no llevo nada encima.

¿Está en la calle? ¿Es un coche?

Ciro, ¿nos vamos de viaje? -¡No! No hay ningún regalo.

Y si salí tan pronto de casa fue para pensar en nosotros.

(RÍE) ¿A qué viene eso, Ciro? -A que he estado en el orfanato.

Y he hecho unas pesquisas.

¿Por qué no quieres adoptar?

¿Por qué no quieres darme un hijo?

(Se oyen pasos acercándose)

(LLAMA A LA PUERTA)

-¿Se puede? -Sí, sí, pasa, pasa.

Pasa, adelante. Pasa, siéntate.

-¿Encima de los papeles? -Eh, no, no, claro, perdona.

Perdona, eh... ¿Mandarina?

Sí, claro.

¿Habéis encontrado a Luis? -No, no.

Y Marina sigue cerrada en banda.

La única frase que sale de sus labios es "no sé nada".

Miento, a veces dice "soy inocente".

-¿Pero le estáis buscando? -Sí, sí.

Estoy tan centrado en su búsqueda

que descuidé el papeleo del fiscal y de juez,

por eso tengo el despacho un poco desorganizado.

-¿Un poco? -Sé que parece un caos,

pero es un caos organizado, sé bien dónde está todo

¿Y por qué me has llamado si tienes tanto trabajo?

Sí, tengo algo para ti, algo que estaba... por aquí.

No, estaba por aquí, estaba...

Ah, ya veo lo bien que funciona tu caos organizado.

sí, funciona, funciona, ¿ves? Aquí está.

No, esto no es. Ah...

¡Aquí! Caos organizado. Ahí tienes. (RÍE)

¿Y esto qué es? -Es la dirección de una modista

que ha contratado a una costurera que ambos conocemos muy bien.

-¿Cata? ¿Y está bien? -Perfectamente.

¡Ah! Muchas gracias.

Con todo lo de Marina y Luis, pensaba que le hubieran hecho daño.

Toma. -¿Qué haces?

Me conformo con saber que está bien.

-¿No quieres verla? -Sí, pero no creo que sea

una buena idea. -¿Por qué?

Porque, si está trabajando para una modista,

su desaparición es voluntaria, así que no quiere verme.

Eso no lo sabrás hasta que no vayas a verla.

Sí, lo sé, la traté muy mal.

Le dije cosas horribles.

¿Cosas que sigues sintiendo o cosas de las que te arrepientes?

Cosas de las que me arrepiento.

Le dije cosas horribles y me gustaría pedirle perdón,

pero no sé si eso empeorará las cosas.

Si ella te quiere, querrá verte.

Ah, tú no oíste todo lo que le dije.

Mírame a los ojos, ¿te importa Cata?

Gracias a ella empecé a pensar que la vida podía darme

segundas oportunidades. -Y las da.

Pero, a lo mejor, no hay una tercera.

Así que ve a verla y dile lo que sientes.

Yo no sé qué te habrán contado, pero...

Ciro, a la gente le encanta inventar cosas

y meterse en la vida de los demás.

Elisa, ya basta, por favor.

Y no niegues lo innegable. Yo mismo he hablado con las monjas

y tu padre hizo una donación muy grande

con la única condición de que no nos dejasen adoptar.

Y eso solo puede pasar porque tú se lo pediste.

Yo no le he pedido nada. Quien te contara eso miente.

La única que miente eres tú.

Tú fuiste quien insistió en volver a adoptar a un niño.

De repente, cambias de opinión de esta manera tan cruel.

Y me llegaste hacerme creer que era por mi pierna.

¿Por qué?

Estaba claro que tú querías ser padre.

Solo me bastaba ver cómo cuidabas de... Leandro para darme cuenta.

-¿Y por qué te echaste atrás? -No sé si quiero ser madre, Ciro.

Porque es mucha responsabilidad y yo no estoy preparada para eso.

Es que no puedo, pero no quiero perderte.

Quiero que volvamos a ser los de antes.

-¿Los de antes? -Sí.

Sí, antes de que todo se empezase a enfriar.

Y ahora estamos mejor. -¿Mejor?

¿Mejor que cuando Sofía estaba en casa, no?

No sé por qué hablamos de Sofía, esto es algo de nosotros dos.

Sacaste lo de la adopción para echarla de casa.

En cuanto se ha ido, no has tardado nada en cambiar de opinión.

Es así, ¿verdad? Lo sabía.

Porque no me has dejado otro remedio.

Cuando Sofía estaba aquí, te desvivías por ella.

Se lo prometí a Carlos. -Una cosa es cuidarla

y otra cosa es apartarte de mí. Soy tu esposa, Ciro.

-Eso no es cierto. -Sí que es cierto.

Por eso te tuve que mentir y hacer todo eso,

porque no quería perderte.

¿Es que no te das cuenta?

Todo lo que he hecho, lo he hecho porque te quiero.

No voy a dejar que me vuelvas a engañar ni una sola vez más.

¿Qué tiene que ver el amor con tu engaño con León

o con tus mentiras, o con el robo de los pagarés?

Elisa, tú no puedes quererme.

No puede quererme porque solo te quieres a ti misma.

-Yo te amo, Ciro. -Tú no me amas.

Piensas en lo que te apetece en cada momento.

Por eso no quieres ser madre ni quieres ser esposa.

¡Solo te quieres a ti misma!

El matrimonio se trata de compromiso y de amor,

y tú esas palabras no las entiendes.

No las entiendes porque solo piensas en ti misma.

No tiene sentido seguir. -¿A qué te refieres?

-A que me voy. -No.

¡Sí! Lo he pensado muy bien y es lo mejor para los dos.

No. No, no me puedes abandonar, ¿qué va a decir la gente?

Lo que conocí en el hospital simplemente era un espejismo.

¡Ciro! ¿Qué va a ser de mí?

Francamente, ya no me importa.

Doña Blanca Silva está en la entrada. ¿La hago pasar?

Sí, sí, por favor.

Perdonad que me presente sin avisar.

¿Qué ha pasado? ¿Dónde está?

¿Buscas a Cristóbal? Me dijeron que se va a París.

¿Es verdad? Sí.

Fue a la Estación del Norte, su tren va a salir.

No me lo puedo creer. Tengo que hablar con él.

¡Dios mío! -Si salimos ahora, nos dará tiempo.

Gracias. Luego te veo.

-¡Corred! ¡Buena suerte! Gracias.

¡Ay! (SUSPIRA)

Perdón por el retraso, no fue fácil llegar.

De saber que era tu nota, no habría venido.

¡Espera! Suelta o grito y vendrá la Policía.

Yo mismo llamé a la Policía. ¿Qué?

No tengo mucho tiempo antes de que vengan a detenerme.

Si vienes a hacerme algún reproche, te pido...

Hiciste lo que debías.

Lo mejor para nuestro hijo es que se quede contigo

y bien lejos de mí. ¿Entonces no estás enfadado?

Llevo dos días dando vueltas dándole vueltas a la cabeza.

Y hoy, por primera vez en mucho tiempo,

he podido dormir.

No he tenido jaquecas ni pesadillas.

Y eso es por la decisión que he tomado.

¿Entregarte?

Después de todo lo que ha pasado y de todo lo que te he hecho,

sé que tengo algo dentro que me hace sufrir.

Y para liberarme, lo primero que tengo que hacer,

es liberarte a ti

y a nuestro hijo.

He venido a decirte adiós.

Esta vez, para siempre.

Y a pedirte perdón por todo el mal que te he hecho.

Esas disculpas llegan un poco tarde.

No necesito que me perdones.

Solo quiero que sepas que estoy arrepentido

Pero no de amarte.

Porque eso es algo que nunca he podido evitar.

Ahora, la policía llegará y me detendrá

y yo lo confesaré todo.

Y ya sabes cómo acabará eso.

Serán clementes contigo. ¿Cómo van a serlo?

Soy un asesino.

No. No. Marina está viva.

¿Cómo? La han detenido.

Benito la acusó. Es la máxima responsable.

Aún hay esperanza para ti. No.

Quiero pagar por mis pecados. Necesito pagar.

Quiero estar en paz.

Ahora mismo le atiendo.

Soy yo, madre.

Raimundo me ha dicho que estaba aquí.

Ay, hijo. Es que he venido a ordenar un poco esto.

Y de paso, abrir un poco la tienda,

a ver si viene alguna clienta, pero no ha venido nadie.

Qué desastre todo, ¿no?

Bueno, habrá días mejores.

Estás más delgado.

Hace apenas dos días que nos vimos.

Ya. Pero me han dicho que estás bebiendo mucho.

Bueno, perdóname. Ya imagino que no vienes aquí

buscando reproches. -Madre.

Lo siento mucho, Gabriel.

Lo siento mucho, de verdad.

Yo te juro que lo hice pensando en tu bien y en el de ella.

Pero ya veo que me equivoqué.

Y te he perdido para siempre.

Si he venido hasta aquí, no ha sido para regañarle,

sino para pedirle perdón.

-¿A mí? -Por faltarle al respeto

y decirle todas esas cosas horribles que le dije.

Lo siento. Me dejé llevar por la rabia y lo pagué con usted.

-Yo te mentí. -Bueno, pero fue por mi bien.

Usted ya me lo dijo, pero tuve que esperar

a que viniera una buena amiga a abrirme los ojos.

Pues muy buena amiga tiene que ser esa

para convencerte, para que cambiaras de opinión.

Supongo que nos conocemos bien.

Y también me dijo unas cuantas verdades,

como que no estoy tan solo como yo creo.

Es cierto. Úrsula se ha ido y no volverá.

Ni tampoco lo hará el niño que esperábamos.

Pero si usted me perdona,

tal vez, me ayudaría a superarlo.

¿Y cómo no te voy a perdonar?

Una madre siempre perdona a su hijo. Anda, ven aquí.

Ya vienen. Luis, huye. Huye ahora que puedes.

Una última cosa. ¿Qué?

Miéntele a nuestro hijo.

Dile que fue un buen hombre.

No. Le diré la verdad.

Le diré que su padre me quiso mucho,

quizás, demasiado.

Y por mucho que errase en el camino,

al final, dio la vida por nosotros.

Y eso lo convirtió en la buena persona que siempre fue.

Don Luis Cibantos.

¿Tengo tu perdón?

Cata.

Me han dado tu recado. ¿Cómo me has encontrado?

Gracias a un amigo.

-¿Velasco? -Sí.

Así que has recurrido a la policía para encontrarme.

Cata, estaba muy preocupada por ti.

Desapareciste sin decir nada, sin avisar a nadie.

Y con todo lo que está pasando con Marina, la verdad,

temía que te hubiese pasado algo.

Pues ya ves que no.

Te fuiste por lo que te dije, ¿verdad?

No.

Bueno, al menos, no solo por eso.

¿Y, entonces, por qué fue?

Porque me di cuenta de que jamás estaré a la altura de Aurora.

Ella era una mujer fuerte y culta.

Y yo estoy llena de inseguridades.

-Nada de eso importa. -Sí.

Sí que importa.

No me gusta ir a ese teatro, porque no lo entiendo.

Yo no soy tan sofisticada

e inteligente como ella. Ni siquiera soy tal guapa.

Cata.

Sé que piensas lo mismo, así que no lo niegues.

Encontré el libro que estás escribiendo.

¿Qué?

Sé que no debería haberlo hecho,

pero me pudo la curiosidad y lo leí.

Mira. Ahí está muy claro lo mucho que la quisiste

y lo importante que fue para ti. -Y lo fue.

Y sí, la amé muchísimo.

Y tuvimos que superar mil obstáculos

hasta que se la llevó la muerte.

-Pero yo nunca seré como ella. -No.

Tú nunca serás como ella.

Ni yo te amaré como la quise a ella.

¿Me has hecho venir aquí para decirme esto?

Pues sí.

Porque yo no pretendo que sustituyas a Aurora.

Eso es morboso, Cata, y es cruel.

No se puede competir con un recuerdo.

Por eso me fui.

Pero no tienes por qué.

Mira, Cata. Yo no te busqué

ni quería estar contigo. Incluso, te aparté de mí.

Lo sé.

Pero es ahora, cuando he estado a punto de perderte,

que me he dado cuenta de que...

de que no puedo parar de pensar en ti.

Y yo no quiero que dejes de ser la Cata que tú eres.

La Cata que tiene un talento increíble para dibujar,

que es indecisa, insegura

y tiene un corazón enorme.

-¿Y el libro? -El libro acaba con una palabra:

fin.

Y eso es lo que pretende, cerrar páginas

y abrir otras nuevas.

Y yo creo que tú y yo escribiríamos una historia muy hermosa.

Ojalá yo supiese decir cosas tan bonitas.

Y ojalá yo pudiese besarte ahora mismo.

Te lo dije.

A ti te lo consiento porque has sido

quien me ha abierto los ojos

y me has hecho ver cómo es Elisa.

Ciro, si te dije todo eso, no fue para vengarme de ella.

Fue porque lo pasaba mal viendo cómo sufrías.

Ella te mentía y tú te desvivías por ella.

No. Tú te mereces algo mejor.

Y por eso, he tomado una decisión tajante.

Me voy de Madrid.

-¿Qué? -Que vuelvo a casa de mis padres.

Necesito alejarme de esta ciudad y de Elisa Silva.

Y ella, que te encontrará, te convencerá...

No, no, no. Ya no.

Me he dado cuenta que ella solo puede querer a una persona.

Y es a ella misma.

Estoy convencido, Sofía. Estoy tan convencido,

que voy a iniciar los trámites de la nulidad.

Has tomado una buena decisión.

Leandro y tú podréis venir a Valladolid siempre que queráis.

Ah. Te tomamos la palabra.

Bueno.

Pues ya, con esto, el negocio es tuyo.

¿Qué pasa? ¿No te parece un precio justo?

Tu parte del negocio por cinco pesetas.

¿Y para qué quiero más dinero?

Tengo más de lo que pueda gastar en el poco tiempo que me queda.

-No digas eso. -Es la pura verdad, Cándida.

Sabes que me gusta llamar las cosas por su nombre.

Me muero. Y ya no tengo ganas de tener preocupaciones

por los negocios.

Pues hagamos un viaje.

No me digas que no te gustaría volver a Oporto.

Muchísimo.

Pero creo que estos días debo pasarlos con mi hija

y con mis sobrinas.

Claro.

Las Silva. -Son mi familia.

Y quiero demostrarles

que deseo recuperar su amor,

por encima de todo.

Entonces, toma.

Ya no tienes nada que ver con este negocio.

Mejor. Así no tendrás problemas en mi fallecimiento.

Y ahora, tengo que volver a casa.

Tengo que recoger un regalo muy especial

que quiero darle a Elisa por su onomástica.

-¿Volverás? -¿Eh?

Sí. Pero como cliente.

No.

Como invitado de la casa.

Y no estarás con otra que no sea yo.

Nos conocemos desde hace...

Ya ni me acuerdo.

¿Y ahora, sientes celos?

Solo quiero que el tiempo

que te quede en esta casa, sea conmigo.

Eres la única mujer que me ha aceptado

tal y como realmente soy.

Ya lo sé. Y ese ha sido mi gran pecado,

quererte.

Y no sé por qué te digo esto ahora.

Porque sabes que no soy un sentimental.

¡Pero estate quieto, hombre!

¿No ves que es para la cena?

Ya echaba yo de menos estos guantazos.

¡Hum! ¿Te acuerdas cuando llegué a esta casa?

La cantidad de veces que me dabas guantazos

por intentar robar de la despensa.

Raimundo.

Ya hemos ahorrado dinero para comprar

esas tierras que queríamos, así que he decidido

que la semana que viene, nos vamos al pueblo.

Ah. No, no.

No, mujer. No. -¿Pero por qué?

Yo había pensado decírselo mañana a las señoras.

Pero no... no tenemos dinero suficiente.

Necesitamos ahorrar más.

Y no puedo dejar ahora sola a doña Antonia,

con lo enferma que ella está.

¿Esas pegas no serán por Elpidia?

No. Por eso, por Dios, claro que no.

No.

Pero no me negarás que algo sí que has tenido con ella.

Sí. Algo sí. Pero porque se me echaba encima,

aprovechando que tú no estabas. Pero no me interesa.

-¿Seguro? -Seguro. Por favor.

Yo no dejaría a mi niña por nada del mundo

y menos, por esa bruta. Si es que...

más bruta y no nace. Es como un dolor de muelas.

Ya no sé cómo librarme de ella.

¡Pues mira, ya te has librado! ¿Eh?

Elpidia, que... Es una forma de hablar, mujer.

Ya sabes que a mí me gusta mucho tu forma de ser, tan natural.

-Bruta. Me has llamado bruta. -Te lo ha llamado. Sí.

Quiere quedarse con las dos.

-Eres un sinvergüenza. -Caradura.

-Un desgraciado. -Un tunante.

-Un miserable. -Papanatas.

¡Eh, alto! ¡Para ahí!

Esto lo habéis organizado entre vosotras.

Esto es una trampa. -Y has caído de lleno.

Nos has estado mintiendo a las dos.

Pero... A ver. Si me dejáis que me explique, yo lo explico.

No, no. No quiero oír más.

Bueno, yo creo que suficientes oportunidades te hemos dado ya,

tanto Elpidia como yo. Nos has engañado una y otra vez.

Así que... (AMBAS) ¡Se acabó!

-¿Cómo que se acabó? -Hasta aquí hemos llegado.

-¿Pero qué significa eso? -Yo creo que está bastante claro.

No, Merceditas. No me puedes hacer eso.

Piensa en nuestra niña. -Precisamente.

Y si vuelves a acercarte por aquí o por el pueblo,

vas a probar madera. -Eh...

Bueno, ya ves. Ya soy un hombre libre.

¡Tú lo que eres, es un desfachatado!

¡Sal de mi vida! -Elpidia...

O llamo a mis primos, que están deseando zurrar.

A ver... Merceditas, por Dios, no me puedes hacer esto.

-¡Bastante hemos tardado!

-¡Venga! -¡Fuera! ¡Vamos!

Venga, hombre.

(SUSPIRA)

Venga, mujer. No te pongas así.

Que... Que ya encontrarás a alguien mejor.

Encontraremos a alguien mejor.

¿Tú no has leído "La panadera de Vallecas"?

No.

¿Y "Aquellos días sin luz"?

¿No lees folletines? -Yo no.

Pues en los folletines, las buenas mujeres

siempre encuentran un buen hombre.

Y eso es lo que nos va a pasar a nosotras.

Que sí.

Ya verás que sí.

Señora.

No ha servido para nada. Cuando he llegado,

el tren ya había salido.

Yo creo que aún no está todo perdido.

¿Cristóbal?

Blanca.

¿Qué haces aquí?

No sé. Te hacía camino de París.

Sí. De hecho, mi equipaje lo está.

Y yo debería estar con él.

Pero en el último momento, decidí bajar del tren

y cambié el billete para el tren nocturno.

Ah. Te vas esta noche. Sí.

Avisé a Madame Curie de que mi equipaje llegará antes,

que yo me incorporaré un poco después.

Claro. Trabajar con Madame Curie es una oportunidad enorme para ti.

Es un sueño hecho realidad.

Bueno, ¿y qué haces aquí? Pues...

Verás. No quería irme sin despedirme, Blanca.

Y te he traído una cosa.

¿Qué... qué es esto? Mi regalo de boda.

Ah.

Es un abrecartas, es que no había mucho donde elegir

en la tienda cerca de la estación y, lo siento, soy un desastre.

Da igual. Sí, esto es lo de menos.

Blanca, lo que quería que supieras es...

es que te deseo toda la felicidad del mundo junto a Tristán.

Me tengo que ir. Claro.

Claro.

Cuídate.

Cristóbal,

Si te he dicho que me da igual el regalo, no es por eso,

es porque no me voy a casar con Tristán.

¿Qué?

¿Por qué, qué ha pasado?

No estoy enamorada de él.

Ya cometí ese error con tu hermano y no quiero volver a cometerlo.

Entonces, estaba enamorada de ti

y, aún, sigo estándolo.

No, no puede ser.

Te quiero, Cristóbal,

siempre te he querido.

Sé que es muy injusto que te lo diga ahora,

justo cuando vas a irte y no pretendo que cambies

tu vida, pero, yo tenía que decírtelo.

¿Por qué no respondiste a mi carta?

¿Qué carta?

La que te escribí donde te hablaba de mis sentimientos.

Al no responderme, entendí que seguías adelante

con tu compromiso con Tristán. Espera un momento,

yo no he recibido ninguna carta tuya.

¿Qué?

Dios.

Si de verdad hay alguien ahí arriba,

se lo pasará muy bien con nosotros.

Pero, ¿por qué, qué es eso, qué decías en esa carta?

Y eso qué más da.

Bueno, pues, hasta aquí llegó, mañana traen la nueva.

Bien.

Señora.

Diana, ¿querías hablar conmigo?

Te he llamado porque quiero arreglar lo nuestro.

Diana, por Dios. Sé que nos hemos enfadado

y reconciliado un millón de veces

y que la grieta que hay entre nosotros cada vez

es más grande, pero, esta vez... Será como las otras,

buenas palabras, buenas intenciones,

días formidables, hasta que la fábrica...

He vendido la fábrica. Se interpondrá entre nosotros.

¿Qué?

¿Qué acabas de decir?

Que he vendido la fábrica a Rodolfo.

Pero, ¿y tú?

¿Y los Silva?

Ya no pertenece a mi familia.

Yo ni siquiera pienso ser la directora.

Mis días aquí han terminado.

Diana, esta fábrica lo es todo para ti.

Eso creía,

puedo vivir sin Tejidos Silva, pero, no sin Salvador Montaner,

así que te elijo a ti.

Y, aún, hay más,

¿Te acuerdas de esos viñedos

que visitamos hace algo más de un año?

Sí. Pues, ya son nuestros,

los he comprado con el dinero de venta de la fábrica.

Sé que era tu sueño vivir

en el campo y quería que fuese mi reglo de reconciliación.

Espero no haberme precipitado.

Di algo. No sé.

No lo sé, es todo tan repentino que...

¿Ves esta máquina?,

le llaman "La vieja gruñona"

porque hace mucho ruido y es la más antigua,

es la única que queda de todas las que compró mi padre.

Hoy se ha estropeado y la cambiarán por otra nueva.

Con ella y conmigo se va todo lo que construyó mi padre.

¿Y esto te entristece?

Me alivia.

Será una nueva fábrica y para mí, una nueva vida.

El pasado no se puede reparar,

pero, todavía, estamos a tiempo de arreglar nuestro futuro,

de vivir nuestro sueño

si tú quieres.

Sí... quiero.

Sí.

Vaya sorpresa, doña Diana vendiendo la fábrica,

ver para creer.

Y a don Rodolfo. Eso es normal,

al fin y al cabo, es su socio.

Ya.

¿Qué pasa, no te fías de él?

Decías que había aprendido, que había cambiado.

Si algo me enseño la experiencia

es que la gente no cambia así como así.

¿Por qué dices eso, ha dicho algo don Rodolfo?

No, es un pálpito, algo que tengo aquí en el pecho.

Oye, ¿no es ese don Ricardo Silva?

Ayuda, por favor, ayuda.

Don Ricardo, estamos aquí, venga.

Siéntese, siéntese aquí, por favor.

Vamos, ahí, así, así.

Don Ricardo, don Ricardo.

Tú, sigue con él, voy a buscar a un médico.

Sí, tranquilo, tranquilo, todo saldrá bien.

Mira.

¿Esto qué es?

La bola de nieve,

quería regalársela a Elisa

y contarle

toda la historia.

Don Ricardo, don Ricardo.

Estoy tan cansado.

Solo tengo ganas

de cerrar los ojos

y dormir.

Don Ricardo, don Ricardo.

¡Don Ricardo, ayuda, por favor, ayuda, un médico!

(Risas)

Perdonad que llegue tarde.

No importa.

Veo que somos muchos más de lo que esperaba.

¿Algo que queráis contarme?

Bueno, tu hermana y yo nos hemos reconciliado.

Y, de momento, no diremos nada más hasta que llegue Elisa.

¿Y vosotros?

Bueno,...

Bueno, pues, supongo

que estábamos destinados a acabar juntos.

Por fin, que ya iba siendo hora.

Sí.

Habéis hecho muy bien.

Bueno, el tío Ricardo debería estar aquí ya.

Estará haciendo vete tú a saber qué.

Quizá, haya cambiado, Diana.

Cuando lo vea, lo creeré.

Por cierto, ¿Elisa sabe que le organizasteis esta fiesta?

No, es sorpresa y hablaremos de la fábrica.

Y de la fábrica hablaremos.

Doña Elisa está fuera.

(HABLAN ENTRE TODOS)

Buenas noches, doña Elisa.

¿Y mis hermanas?

Pues, no sé.

(TODOS) ¡Sorpresa!

(LLORA)

¿Se puede?

Pasa, estaba terminando de colocar.

¿Es cierto lo que he oído,

que has detenido a Luis?

Bueno, lo es y no lo es.

Es cierto que está detenido

pero, no porque yo diera con él, sino porque se entregó.

¿Él mismo? Sí.

Al parecer, le pesaba mucho la culpa.

Pues, me alegro,

espero que se pase el resto de sus días en la cárcel.

Sí, yo, también.

Bueno, dime, ¿a qué has venido? A invitarte a cenar.

Ah, muchísimas gracias.

Sí, me gustaría celebrar que he arreglado

las cosas con mi madre.

¿Con tu madre?, entonces, ¿ella viene?

Sí, claro.

Ah, pues, quizá, deberíais ir solos, seguro que queréis celebrar

en familia y, todavía, tengo algo de trabajo.

Vamos, Velasco, no digas tonterías, lo puedes hacer mañana,

hoy es un día de celebración y me gustaría pasarlo

con la única familia que me queda y con mi mejor amigo.

Pues, gracias por invitarme y...

por considerarme tu mejor amigo.

Lo eres, ¿no?

Siempre has estado a mi lado, en los buenos momentos

y, sobre todo, en los malos.

Siempre has sido muy sincero conmigo.

Bueno, tampoco yo soy perfecto.

Vamos, Velasco,

incluso, cuando la verdad iba en tu contra,

siempre tuviste el valor de decirme lo que debía oír,

incluso, cuando no quería escucharlo

y alguna vez me enfadara contigo,

injustamente.

Sí.

Por eso quiero que esta noche estés conmigo.

Tú y mi madre sois las personas más importantes de mi vida.

Pues, está claro que no puedo decir que no,

celebremos que te has arreglado con tu madre.

Sí, y que se viene a vivir conmigo.

Sabes que de eso te arrepientes más adelante, ¿verdad?

Seguramente.

Y pensar que hace un tiempo esto me daba reparo.

Qué idiota, ¿eh?

Antes que nada, os quería decir algo muy importante,

hemos vendido la fábrica

a Rodolfo.

Diana, ¿estás segura?

Completamente.

¿Entonces, ahora, se llamará Tejidos Loygorri?

No, Rodolfo se comprometió a no cambiarle el nombre

con lo cual se seguirá llamando Tejidos Silva.

Mantendremos el Silva,

una forma de recordar a vuestro padre.

Además, estoy seguro de que mi hermano lo hará bien

y, quién sabe, quizá pronto,

los Loygorri y los Silva vuelvan a ser familia.

Cristóbal, ¿y tu viaje a París,

no trabajarás con Marie Curie?

Por supuesto que sí,

es una oportunidad que no puede perder

y ya veremos cómo lo haremos, ¿no?

¿Os imagináis?,

puede que nuestra próxima reunión sea en París.

Yo, también, quería contaros algo.

He conseguido acabar la novela.

Enhorabuena, Celia.

Y esta mañana me reuní

con una editorial y, quién sabe, quizá, algún día lo publique.

Sabía que lo conseguirías, estoy muy orgullosa de ti.

No sabes qué liberador es escribir esa última palabra.

Fin.

A veces, es necesario cerrar capítulos del pasado

para así se puede mirar adelante.

Bueno, creo que ha llegado el momento de coger las copas

y brindar.

Me gustaría que brindásemos por el pasado,

por las personas que ya no están aquí,

madre, padre,

Adela...

que, aunque no estén entre nosotros,

siguen viviendo en nuestros corazones.

Y, también, por el futuro,

por un futuro que siempre

te he negado y que, sin saberlo, deseaba.

A mí, también, me gustaría añadir algo,

me gustaría brindar por algo escurridizo y esquivo,

me gustaría brindar por la felicidad.

Perdonad, pero, a mí, también, me gustaría brindar

por alguien que está en esta habitación,

Francisca. ¿Yo?

Mi compañera de habitación y mi confidente.

No sabes de la de veces que llegué a casa y pensé:

"Me gustaría contárselo a Francisca y no puedo".

Yo, también, os he echado muchísimo de menos.

Pero, estás siguiendo tu camino, aunque sea lejos,

estamos muy orgullosas de ti.

Bueno, para, porque adelanté mi vuelta para mañana

y ya me estoy arrepintiendo.

Tu lugar es donde está tu público y lo entendemos.

Bueno, además, la protagonista de hoy es Elisa

por su santo y, aunque la fiesta no será lo que esperabas, pues,...

Teniendo a mis hermanas, no puedo pedir otra cosa.

Por Elisa Silva.

(TODOS) Por Elisa.

(Timbre)

Ya va.

Quién será a estas horas.

Ay, a lo mejor es un regalo paramí.

Elisa. Bueno, mucho brindis

y buenas noticias, pero, nadie me regaló nada.

Doña Rosalía, ¿qué hace usted aquí?

Su tío, don Ricardo, está muy mal.

Doña Elisa, su padre...

lo han llevado al hospital.

Quería irme con ustedes a la bodegas.

Verás, Merceditas, habíamos pensado llevar,

únicamente, a Isidra.

Mire, si no necesitase trabajar, no se lo pediría,

pero, tengo que alimentar a mi hija.

Detuvieron a un inocente.

El propio don Luis declaró que intentó matarla.

Pues, miente, igual que lo de Benito.

O sea, todos mienten menos usted.

¿Qué se propone, Marina?, ahora no estamos

en la misma situación que cuando mató a don Germán y doña Carolina.

Me absolvieron. era inocente al igual que lo soy ahora.

En aquel caso, apenas tenía pruebas, ahora, me sobran.

No me gusta ver sufrir a Elisa,

pocas veces la he visto tan afectada.

Se le juntaron muchas cosas.

Espero que en la próxima reunión de hermanas, no haya sobresaltos.

Dios sabe cuándo volveremos a estar aquí todas juntas.

Cariño, los viñedos no están tan lejos,

vendrás cuando quieras.

Sobre eso, quería comentarte algo.

Van a publicar mi libro.

Lo publicarán por capítulos, como folletín por entregas.

La verdad, preferiría una novela, pero, está bien.

Muy bien, me alegro por ti.

Eso dicen tus palabras, pero, tu cuerpo dice otra.

¿Quieres que sea sincera? Sí, claro.

No aceptes la oferta, por favor.

Si me quieres y te preocupas por nosotras, diles que no.

Me sedujiste,

me engañaste, me convertiste en una marioneta,

en un asesino.

Un amago de asesino, querrás decir,

porque ni a Francisca,

ni a Benito ni a mí, fuiste capaz de matarnos.

¿Qué te hace tanta gracia?

Al final, sí que seré responsable de dos muertes,

la tuya y la mía.

No quiero excusas, ponte, inmediatamente,

con el puchero. No.

¿Cómo que no? Necesito hablar con usted

de algo importante. Qué habrás hecho ahora.

Es que hoy, cuando termine el día, me iré,

dejaré el trabajo y me volveré al pueblo.

Verás, me esperan en Francia, anoche volví a recibir llamada

del laboratorio de Curie y es importante para mí.

Te dije que te acompañaría a París. Sí, pero, fue antes

de lo que le pasó a tu tío, sé lo importante que es para ti,

tu familia y tus hermanas.

Pero, tú lo eres más.

Aunque, si quieres que te acompañe a París, harás una cosa por mí,

No sé cómo han peleado

esas dos mujeres por un mequetrefe como tú

que solo les diste disgustos y quebraderos de cabeza.

Mis armas secretas tendré.

Armas secretas...

Por cierto, ¿has visto a Gabriel? No, en todo el día.

¿Y sabes dónde está? No tengo ni idea.

¿Dónde estará ese muchacho?

¿Otra vez aquí?

Verá, necesito...

compañía femenina.

Pues, para eso, sí ha venido al sitio correcto.

Pues, me alegra oírle decir eso.

Eh, eh, alto.

La enfermedad está muy avanzada

y no hemos llegado a tiempo.

¿Y qué puedo hacer?

Cuidarlo.

Estar con él y que no se sienta solo.

No basta.

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  • Capítulo 458

Seis Hermanas - Capítulo 458

08 mar 2017

Las Silva preparan una fiesta sorpresa para Elisa. Celia acaba su novela sobre Aurora. Blanca se entera de que Cristóbal se marcha. Elisa se enfrenta a Ciro. Diana hace un gran sacrificio para salvar su relación con Salvador. Francisca acude a una misteriosa cita. Don Ricardo se despide de Cándida.

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  1. Elizabeth Luna

    Que triste estoy, SE be que ya va a finalizar esta produccion. Me encanta y no pienso Ver Acacias, porque desde que quitaron a Manuela y German, se fue la magia para mi.

    09 mar 2017
  2. Elena Ruiz

    Hoy me he emocionado con Seis Hermanas. Espero que aun queden muchos capitulos porque me encanta la serie. Lo unico q no sigan cargandose los personajes como ahora Don Ricardo, uno de los mejores actores de la serie...

    08 mar 2017