www.rtve.es /pages/rtve-player-app/2.11.0/js
3937026
No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 457 - ver ahora
Transcripción completa

(RÍEN) ¡Francisca!

¡Ay, qué alegría volver a veros!

Si te decides, podremos tener a nuestra hija

para celebrar tu onomástica. Apenas faltan dos días.

-Venga, hagámoslo. -¿Lo dices en serio?

¿Qué haces tú con mi fotografía de Aurora?

La cogí del cajón ayer cuando te estaba enseñando los bocetos.

-Y eso lo explica todo. -Solo intentaba estar a la altura.

-¿A su altura? -No te enfades conmigo. Lo siento.

¿En qué momento te he hecho sentirte inferior? Dime.

¿Cuándo? -No has sido tú, de verdad.

No debería haber empezado nada de esto.

Dijiste que si volvía a ser el hombre de antes,

regresarías conmigo. La familia que tú anhelas,

solo está en tu cabeza. ¡Pon un poco de tu parte!

Mira. Lo mejor es que nos despidamos aquí y para siempre.

Ha desaparecido. -¿Cómo que ha desaparecido?

Después de la boda de Rodolfo, he ido a la tienda

para pedirle disculpas por una discusión terrible

que hemos tenido esta mañana.

Cuando llegué, estaba cerrada.

Cálmate. La vamos a encontrar.

¿Y tu maleta? -No la he traído.

¿No me digas que la has olvidado? ¿Dónde la tienes?

A ver cómo te digo esto. Bueno, mira, diciéndotelo.

Que no me voy a ir contigo. Que no puedo. Que no está bien.

Conozco a Elisa mejor que nadie.

Sé que ahora te ha dicho que sí para tenerte contento.

Pero encontrará una excusa para echarse atrás.

Cuando pase, no digas que no te lo advertí.

Necesito que vaya a hablar con las monjas del hospicio.

Tiene que darles una donación. -Me parece buena idea.

Eso agilizará los trámites. -Precisamente,

lo que quiero, es lo contrario. -¿Cómo?

Quiero que les pida que nos rechacen como aptos.

Solo quiero que Benito despierte y cuente la verdad.

Cuando eso suceda,

voy a hacer lo imposible para que me vuelvas a querer.

¡Has sido tú la que me ha convertido en un monstruo!

No permitiré que me sigas arrastrando por el fango.

-Tú siempre estarás en el fango. -¡Cállate!

¿Cómo te tengo que decir que te calles?

Quiero que desaparezcas de mi vida. -Ah.

(Sintonía)

Durante la noche, dio señales de mejoría.

Y esta mañana, una enfermera lo encontró despierto,

aunque no tardó en perder el conocimiento.

¿Llegó a decir algo? No me consta que dijera nada.

¿Benito?

Tranquilo. Benito. Benito, ¿quién te disparó?

¿Recuerdas quién...? Espere, inspector.

Será mejor dejarlo tranquilo hasta que se reponga. ¿De acuerdo?

¿Y si no se repone?

Mire, mi obligación es velar por él.

Y la mía es hacer cumplir la justicia.

Si su paciente el conocimiento otra vez

y no vuelve a despertar, un inocente puede acabar muerto.

Benito, ¿pudiste ver quién te disparó?

-Fue... -¿Quién?

¿Quién te disparó? -Fue don Luis.

¿Te refieres a don Luis Cibantos?

Por orden de Marina.

Salvador Montaner, ¿estaba con ellos?

No, no. Salvador no tiene culpa de nada.

-¿Cómo lo sabes? -Porque querían cargarle

a él con el muerto, que iba a ser yo.

Y casi lo consiguen.

Bien. Bien. Debo ir a informar a mis superiores.

Es hora de que los verdaderos culpables paguen por esto.

Gracias, inspector.

¿He hecho bien contándoselo?

Es lo mejor que podías haber hecho.

¿Te encuentras bien? Sí.

¿Se puede saber qué haces?

Has descolgado y colgado el teléfono dos veces.

Comprobar que no se corta la línea.

El abogado dijo que si estaba todo listo,

nos llamaría para firmar los papeles.

¿Lo ves? Mañana vas a celebrar tu santo

con nuestra hija en los brazos.

-Eso sería maravilloso. -Oye, pero necesitamos una cuna.

Y biberones y ropita para el bebé.

Y tenemos que comprarlo hoy sin falta.

-Lo haremos. -Te veo tan tranquila.

Yo, en cambio, estoy tan nervioso.

¿No te da un poco de vértigo pensar cómo cambiarán nuestras vidas?

No. Porque sé que ese cambio va a ser tan maravilloso,

que estoy deseando que llegue.

(Suena el teléfono) Tú sí que eres maravillosa.

Mira. Tiene que ser el abogado.

¿Sí? Sí, soy yo. Estábamos esperando su llamada.

¿Cómo? Pero si nos dijeron que ya estaba todo preparado.

Sí. Gracias. Buenos días.

¿Sí?

Las monjas han rechazado nuestra solicitud.

Pero...

¿Pero cómo puede ser? -No sé.

Pero no nos dan a la niña. Bueno, a la niña

ni a ningún otro niño. -¿Te han dicho por qué?

Lo único que le han dicho al abogado,

es que no somos aptos para la adopción.

-Pero eso no tiene ningún sentido. -¿Verdad que no?

Cuando estuvimos allí, las monjas no paraban

de repetirnos lo estupenda pareja que éramos,

que éramos los padres perfectos.

¿Qué les habrá hecho cambiar de opinión?

No lo sé.

A menos que... -¿Qué?

¿Tú crees que tu condición

ha podido influir en algo? -¿Mi condición?

-Lo de la pierna. -No lo había pensado.

Bueno, no perdamos la esperanza.

Gracias a Dios, hay muchos hospicios en Madrid.

¿Sabes lo que podemos hacer?

Esperamos un tiempo y cuando ya nos hayamos recuperado

de todo este desengaño, podemos volver a intentarlo

en otro hospicio, con otros niños.

¿Te parece bien? -Es que no lo entiendo.

Cuando lleguen todos los invitados, tú bajarás por esta escalera

y todas las miradas estarán puestas en ti.

Aunque tú ya estás acostumbrada a eso.

Mira quién habla. Es verdad.

Recuerdo que en mi fiesta de compromiso,

todos preguntaban por ti. Volvamos al presente.

Bajo por las escaleras. Yo estaré esperándote

para que me puedas mirar, si te pones nerviosa.

Aunque, bueno...

¿Qué ocurre? Que tú ya estás acostumbrada a eso.

Y las escaleras del Casino. No creo que nadie en Madrid

haya tenido una fiesta de compromiso

como la que tuvisteis Rodolfo y tú.

No soy nadie para darte consejos.

Pero yo te agradezco tu ayuda.

Aunque creo que la he fastidiado,

recordándote tu matrimonio. Que no. No importa.

Sí. He visto tu cara. Diana, no es por eso.

Para mí, esa no es la noche de mi fiesta de compromiso

con Rodolfo, es... La noche en que murió padre.

Sí. Cada vez que veo las escaleras del Casino,

pues me acuerdo de él.

De cómo hablaba de nosotras con tanto orgullo.

Esta vez, no será así.

Pero si te sirvo yo...

¿Te gustaría hablar a ti?

Me pongo nerviosa solo de pensarlo. Pero me encantaría.

Si te parece bien.

Claro que sí. ¿Sí?

Pero no vas a ir a improvisar.

Parece mentira que no conozcas a tu hermana.

¿Y qué vas a decir, entonces?

¿En serio?

(CARRASPEA)

(LEE) Esta es una feliz noche.

Celebramos el amor y la esperanza.

Nuestra hermana Blanca ha decidido unir su futuro

al de don Tristán Bellido,

ese joven que ven ahí mirándola con ojos encandilados.

Y ahora que...

¿Qué pasa? ¿No te gusta?

No, no, Diana. No es eso.

¿Qué ocurre?

Buenos días. -Buenos días, señorita.

Perdone que la moleste, pero vengo de la Villa de París

y está cerrado. -Sí.

Y ayer por la tarde, tampoco abrió.

¿Sucede algo? -¿Algo, dice?

Pasa que, para una vez que tengo una dependienta en condiciones,

decide marcharse de la noche a la mañana. ¿Qué le parece?

-¿Cata se ha ido? -Sí, sí.

Ayer mismo vino aquí, me dejó las llaves

y me dijo que se iba. -Alguna razón le habrá dado.

Pues no. Ninguna. Y no es porque no le preguntara,

que la vi muy preocupada, pero no conseguí sacarle

razón alguna, ni de por qué se iba ni adónde.

Huy. Usted tiene muy mala cara. Le voy a poner un licorcito,

que verá usted que es mano de santo.

Lo que más siento, es no haberla podido ayudar,

no haberla podido aconsejar.

Algo le pasa. Últimamente, la veía yo muy rara.

-¿Pero no sabe por qué? -Pues no.

Bueno.

A una muchacha joven...

las malas compañías

la pueden torcer del buen camino.

¿Por quién lo dice?

Por Benito. ¿Por quién va a ser? Ese muchacho la andaba rondando.

Y... usted me disculpará, pero todas esas ideas

de las sufragistas, a mí me parece que solo te pueden traer problemas.

Así que, últimamente, notó a Cata un poco extraña.

Sí. Pero como yo también andaba preocupada

con todos mis problemas, pues no le presté atención.

Y tampoco pensé que fuera tan grave, hasta ahora. No sé.

Antonia, perdóneme, ¿pero no habrá escuchado algo?

Quiero decir, un proveedor de la tienda,

o una clienta que haya hablado de más.

La verdad es que me contó una clienta

que vive puerta con puerta con la tienda,

que, últimamente, se pasaba mucho por allí la indeseable de Marina.

-¿Marina? -Sí.

¿Ve usted cómo no frecuentaba buenas compañías la muchacha?

No. Dudo mucho que Marina sea amiga de Cata.

Ay. ¿No estará usted pensando que Marina...?

Perdone, Antonia. Tengo que irme.

Ay, Dios mío.

¿Vas a decirme ahora qué es lo que te pasa?

No estoy segura del paso que voy a dar.

No lo hagas. Las fiestas de compromiso

solo son una costumbre. En ningún sitio está escrito

que haya que celebrar una fiesta de compromiso.

No me refiero a eso. No estoy segura de casarme con Tristán.

¿Cómo? No sé. Es que tengo la sensación

de que voy a dar ese paso solo porque estoy en deuda con él.

¿Qué deuda? ¿Crees que muchos hombres

serían capaces de sacrificar todo por amor?

Su familia, sus creencias. Pero eso no es una razón.

Yo ya me he casado una vez sin estar enamorada

y no quiero volver a cometer el mismo error.

Entonces, ¿no estás enamorada de Tristán?

Es que no lo sé. Por favor, no te enfades conmigo.

No. No me enfado contigo ni te voy a regañar

ni nada parecido.

Solo te voy a escuchar.

No sé. Le tengo mucho aprecio y creo que podríamos tener

una vida maravillosa juntos, tranquila, agradable.

Pero es que... no sé, falta algo.

El amor. Sí. Y tampoco creo

que pueda echarme para atrás, porque están los preparativos

de la fiesta de compromiso en marcha.

Y su familia está de camino.

Eso da igual. No da igual, Diana.

Y, además, también pienso que yo estoy segura

de que puedo acabar enamorándome de él,

porque es muy buena persona y tenemos muchas cosas en común.

No sigas. ¿Sabes quién decía eso?

Francisca sobre Luis. Y mira cómo terminó.

Entonces, ¿qué hago?

No sé, Blanca. Eso tienes que decidirlo todo.

Pero hagas lo que hagas, tu hermana siempre

te va a apoyar, siempre.

Ciro.

Gracias por venir en cuanto te llamé.

Me has dado a entender que era

algo urgente. -Y lo es.

-¿Qué ha ocurrido? -Que las monjas

no nos han concedido la adopción.

-Vaya. Lo siento. -Sí.

Aún no me explico cómo han podido cambiar de opinión

de la noche a la mañana. -Pero os habrán dado

alguna explicación. -Ninguna.

Las monjas únicamente nos dicen

que Elisa y yo no somos aptos para adoptar. Y ya está.

¿Pero cómo no vais a ser aptos?

Sois jóvenes, tenéis dinero y sois de buena familia.

No sé. No lo entiendo.

¿Y Elisa cómo se lo ha tomado?

Se ha quedado muy abatida.

Durante dos minutos, más o menos.

Luego, ha vuelto a sus planes para mañana, que es su onomástica.

Por eso quería verte.

-¿Y yo qué pinto en todo esto? -Que quiero saber tu opinión.

¿Tú crees que Elisa puede estar detrás de todo esto?

Ciro, yo no quiero malmeter. Ya te dije ayer lo que pensaba

que ocurriría. -Y ha ocurrido.

Pues suma dos más dos.

Por un lado, quiero saber lo que ha sucedido.

Pero, por otro, tengo miedo de descubrir

que es Elisa quien está detrás de todo.

Ciro, ¿y si así fuera? ¿Preferirías vivir una mentira?

¿Cuántas más necesitas para abrir los ojos?

Tienes que averiguar cómo es la mujer con la que vives

y enfrentarte a lo que descubras, sea lo que sea.

Tienes razón. Y eso es lo que haré.

Tienes que ayudarme. -Espera.

Estoy revisando este informe para entregarlo a mis superiores.

Escúchame. Antonia dice que Marina frecuentaba

la Villa de París. -Eso no es un delito.

Querría renovar su vestuario.

Parece que no la conozcas. Estoy segura de que Marina

está detrás de la desaparición de Cata.

Ten paciencia. Pronto lo sabremos.

¿Paciencia? ¿Y esperar a qué? ¿A que le haga daño?

Estoy terminando este informe.

Federico, si Marina le hace algo a Cata,

te juro que la mato. -¡Chis! Celia, hay cosas

que mejor no decir en alto, y, menos, en una comisaría.

-Solo digo... -Un momento.

Ramírez, entregue este informe al capitán Hernández y rápido.

Acompáñame a casa de Marina. Si voy sola, no servirá de nada.

No. No podemos ir a ninguna parte.

Te digo que Cata puede estar en peligro.

Escúchame. Hay buenas noticias.

Benito ha despertado y nos ha dicho quién intentó asesinarle.

Fue Luis, siguiendo órdenes de Marina.

¿A qué esperáis para detenerle?

Por eso escribía mi informe.

Es el conducto reglamentario. -¿Y es todo?

Hay que esperar a que mis superiores me autoricen

a entrar en casa de Marina.

-¿Y a qué esperáis? -La ley funciona así.

Es la única garantía de que las pruebas de allí tengan validez.

¿No te das cuenta que una de esas pruebas

podría ser el cadáver de Cata?

¿Porque Marina visitaba la Villa de París?

Es poco probable. -No me pidas que sea lógica y fría.

-La ley es la ley. -Tú y la ley os podéis quedar aquí,

mientras yo voy a casa de Marina.

(Suena el teléfono) Celia, espera.

¿Sí?

Entendido. A la orden, señor.

Ya tengo autorización para ir a detener a Marina y a Luis.

-Gracias a Dios. -Puedes esperarme aquí.

¿Crees que me voy a quedar aquí de brazos cruzados

mientras vas a casa de Marina? -No puedo dejar que vengas.

Voy a ir, sin tu permiso o con él. -Celia...

¡Vámonos, por Dios, que estamos perdiendo un tiempo muy valioso!

Todavía vienen clientes preguntando por la Bella Margarita.

Qué recuerdos, ¿no? No tengo interés en hablar contigo.

No sé qué le habrán dicho, pero tengo una explicación.

A quien le debes una explicación, es a Merceditas.

¿Cómo has podido? Yo te consideraba

un hombre de bien. Y lo soy.

¿Lo eres? Mira, es su tarde libre. Vendrá a verte,

hablarás con ella y serás sincero. Yo siempre lo soy.

Mira. Está desolada. Cree que la culpa es suya,

que esto no habría pasado, si se hubiese quedado en Madrid.

Un poco de culpa la tenemos todos.

El único culpable aquí eres tú.

¿Y eso usted cómo lo sabe? Al trabajar en la ópera,

sé reconocer al malo del libreto.

Ay, Francisca...

Bueno, ahora podré decir que he abrazado

a toda una diva de la ópera. Y todo empezó aquí.

Sí, eso es verdad.

Ya hace mucho tiempo de eso ya. No hace tanto.

No hace tanto tiempo la Bella Margarita

se subía a ese escenario y todo el público

la escuchaba religiosamente.

Bueno, todo el público...

Había quien venía a lo que venía, Antonia.

A mí me parecía que el público le tenía verdadera adoración.

La verdad que recibí bastantes ovaciones, eso sí.

Ahí lo tiene. Aunque algún que otro

improperio y pellizco también.

Bueno, mujer, eso son gajes del oficio.

Bueno...

Antonia, supe del fallecimiento de Enrique

y lo siento muchísimo. Era un hombre excepcional.

Sí, muchas gracias.

La verdad es que no ha habido ni habrá otro igual.

¿Y... y usted cómo esta?

Bien.

Bueno, tuve un arrechucho y tuvieron que abrirme

y andarme ahí poniendo cosas.

Bueno, ya está, todo solucionado.

¿Y... y Gabriel?

Pues la verdad es que no lo sé.

Porque no se habla conmigo.

¿Y puedo preguntarle por qué?

Yo sabía que Úrsula iba a fugarse

y no le dije nada a él.

Claro que yo también sabía

que ella había perdido el niño que esperaban.

Así que lo del indulto era prácticamente imposible,

con lo cual iba a ir directa al garrote.

Mis hermanas me hablaron en las cartas

del juicio de Úrsula, pero eso de fugarse...

Bueno, si es que...

¿Por qué no se sienta y lo hablamos todo

como Dios manda?

Pues sí. Venga.

(Llaman a la puerta)

¡Marina Montero, abra la puerta!

(Llaman a la puerta)

¡Policía, abran!

¿Has visto eso? Se preparaba para huir.

Démosle el beneficio de la duda.

¿Pero cómo puedes decir eso?

¿Cómo puedes estar tan tranquilo?

Vaya, ¿quién está aquí?

¿Qué has hecho con Cata, Marina?

¿Y don Luis? ¿Luis Civantos, está aquí con usted?

Estoy sola.

Miente. -¿Por qué iba a mentir?

Ni siquiera sé a qué han venido.

¿Y por qué se escondía?

Yo no me escondía. Si estoy en mi propia casa.

¿Dónde está Cata?

Yo qué voy a saber.

Ha desaparecido y estoy segura de que tienes algo que ver.

Pues te equivocas. Registren la casa si lo desean.

No van a encontrar a esa Cata ni a don Luis.

Regístrenla y márchense.

Me temo mucho que eso no va a poder ser.

Marina Montero, queda usted detenida por el intento

de asesinato de Benito Serrán.

¿Cómo? -Benito ha despertado

y nos lo ha contado todo.

¿Pero van a creer a ese muchacho?

¿Qué pruebas tiene?

Yo que usted abandonaría esa actitud

y por una sola vez diría la verdad.

Yo no he hecho nada, inspector.

Nada. Esa es la única verdad.

Lo veremos. Vámonos.

Y nada más llegar han convertido

la embajada Suiza en su cuartel general.

¿Ya ha llegado tu familia entonces?

Claro. Y ya que vienen a la fiesta de compromiso

van a quedarse unos días en la ciudad.

Espera que te cuente la agenda social

que nos ha preparado mi familia.

¿Entonces los conoceré a todos hoy?

Quieren que aprovechemos

desde el primer momento sus muchos contactos.

Me han pasado una lista de gente que creen

que deberíamos invitar a la fiesta de compromiso.

A mí también me da mucha pereza todo el tema de la lista.

Pero creo que deberíamos dejar

resueltos todos los detalles hoy mismo. ¿No te parece?

Y tú que tienes mucha más cabeza que yo

quizá sabrás si nos hemos podido olvidar de algo.

Pues sí, Tristán.

Bueno, pues tú dirás.

Hay algo que tengo que contarte

que no puede esperar ni un minuto más.

Esta fiesta de compromiso no puede celebrarse.

Bueno, cómo se nota que no conoces a mi familia.

Sé que puede resultar algo abrumador ver la lista.

Y que tú querías algo más íntimo, pero...

Tristán, no es por eso.

Para mi familia es algo fundamental.

O sea, si hay boda hay fiesta de compromiso.

Por eso mismo lo digo.

¿Cómo?

No puedo casarme contigo, Tristán.

Lo siento.

Si viene a contarme que es el salón de caballeros,

no hace falta, salta a la vista.

Por otra parte seguro que los presentes

han visto antes a una mujer.

Y yo por mi parte no veo aquí nada ofensivo.

Así que si no le importa, una copa de champán, por favor.

(SUSPIRA)

Había olvidado lo mucho que te gustan

las entradas triunfales.

Me siguen gustando.

Solo que ahora me lanzan flores y me aplauden cuando las hago.

Pues no esperes ese recibimiento por mi parte.

Fíjate, ahora somos un conde y una cantante célebre.

No creo que hayamos cambiado tanto.

Gabriel, me han contado que estás pasando

una época complicada y...

y quiero que sepas que lo siento mucho.

Una época que pretendo olvidar,

con un poco de ayuda.

¿Quién te lo ha contado? ¿Tus hermanas?

No, me lo ha contado tu madre.

Ah, por supuesto, mi madre.

Ella me dijo que podía encontrarte aquí.

Mira, Gabriel, sé que hace mucho que no hablamos

y no nos contamos las cosas, pero...

me apena mucho verte así.

Ahora mismo mi mujer debe estar

a miles de kilómetros de distancia

y es muy probable que nunca más vuelva a saber de ella.

Es curioso, ¿verdad?

Supongo que debe ser cosa del destino.

Todas las mujeres de mi vida acaban lejos de mí.

No.

No, todas no.

Tú estás sólo de paso.

Hablaba de tu madre, Gabriel.

No me menciones a mi madre, ¿de acuerdo?

Y ni se te ocurra empezar con el "debo, debo, debo."

Debo reconciliarme con ella, debo olvidarme de Úrsula.

Estoy harto de que la gente me diga lo que debo hacer.

Bien, así que prefieres beber.

Por ejemplo. Bien, pues bebamos.

(TOSE)

¿Esto qué es?

Aguardiente.

No estoy acostumbrada.

Supongo que las divas de la ópera

estáis más bien acostumbradas al champán francés.

Pero como ya sabes tengo sangre de taberneros.

Ya te he dicho que las cosas aquí no han cambiado tanto.

(RÍE)

No estoy enamorada de ti.

¿Y te has dado cuenta hoy?

Ayer en la boda de Amalia con Rodolfo

me acordé de mi boda.

Mi matrimonio con Rodolfo siempre estuvo condenado

al fracaso y no quiero que me pase lo mismo.

Lo sabía, no teníamos que haber ido a esa boda,

a la boda de Rodolfo. Fue un error.

No, el error sería que siguiéramos adelante

con lo nuestro, Tristán.

Y sé que has hecho muchos sacrificios por esto.

Has sacrificado a tu familia, tus creencias.

Y eso te juro que es lo que más me duele.

No, a ver... espera, Blanca.

¿Y si te estás dejando llevar por los nervios?

Y siempre estaré en deuda contigo.

Pero no quiero que cometamos

un error que los dos acabaríamos lamentando.

No, yo no voy a lamentar nada.

Yo estoy enamorado de ti.

Estoy dispuesto a hacer lo que sea por hacerte feliz.

Tristán, por favor, no me lo pongas más difícil.

Blanca, por favor, piénsalo.

Olvídate del pasado.

Yo no soy Rodolfo.

Yo no te voy a ser infiel.

Yo no te voy a faltar al respeto.

Ya lo sé.

Si llegué hasta aquí contigo precisamente es por eso,

porque sé que no eres como Rodolfo.

Lo tienes todo.

Eres perfecto para mí.

¿Pero y entonces qué he hecho mal?

Nada, Tristán. Nada.

Eres inteligente, eres simpático,

eres divertido.

Y estás enamorado de mí, pero...

Pero no me amas.

Lo siento mucho.

No sé cómo decirte esto sin hacerte daño.

Creo que no hay manera.

Adiós, Blanca.

¿Tú eres feliz en tu vida en Italia?

Sí. Sí que lo soy.

Ahora tengo a Fernando, tengo mi carrera, los aplausos.

Me gusta. Me gusta la vida que llevo.

Ojalá yo pudiera decir lo mismo.

El Gabriel que yo conocí

no es el hombre amargado que tengo delante ahora.

Francisca, a ti las cosas te han ido bien.

Otros damos vueltas y vueltas

y acabamos solos.

No, ya te he dicho que no estás solo.

Tienes a tu madre. Otra vez con eso.

Tenéis que reconciliaros, haya pasado lo que haya pasado.

No puedes pretender venir aquí después de tanto tiempo

y arreglarle la vida a los demás

con un par de consejos.

Yo daría lo que tengo por hablar con Adela otra vez.

Hay cosas que son difíciles de perdonar.

No si fueron hechas por amor.

Y, Gabriel, estoy segura de que a tu madre,

equivocada o no, le movía el amor que te tiene.

¿Ese silencio es que me das la razón?

El conde se lo está pensando.

La Bella Margarita se conforma con eso.

Gabriel, ahora eres incapaz de verlo, pero lo superarás.

Sí, claro.

Sí. Mira nosotros todo lo que hemos sufrido.

Y al final el tiempo lo cura.

Lo cura.

Es cierto.

Pero luego conoces a otra mujer...

y vuelves a sufrir exactamente lo mismo.

¿Y así cuántas veces más?

Mira, Gabriel, he venido a Madrid por unos días

para la fiesta de compromiso de mi hermana Blanca.

Pero tengo que volver a Milán.

Así que puede que no volvamos a vernos nunca más.

Así que esto es una despedida.

Adiós.

Adiós, señor conde.

Adiós, Bella Margarita.

¿Qué?

¿Qué sucede?

¿Por qué me liberan?

Benito ha recuperado la consciencia.

¿Ha recuperado la consciencia? -Sí.

¡No me lo puedo creer!

¡No me lo puedo creer!

¿Y qué... qué ha dicho?

Luis le disparó siguiendo las órdenes de Marina.

¿De cuánta maldad son capaces esos dos?

Espero que la ley sea implacable con ellos.

En el caso de Marina hemos tenido suerte,

Velasco la ha detenido.

¿Y Luis? -La policía lo está buscando

por toda la ciudad.

Menos mal que la pesadilla

para nosotros ha terminado. -¡Sí!

(SUSPIRA)

No sabes cuánto deseo volver a casa,

ver a las niñas, volver a dormir contigo.

Y volver a la vida de antes,

justo antes de tomar

la estúpida decisión de irme de casa.

¿Y sabes qué deseo con todas mis fuerzas?

¿Qué? -Tomarme un baño.

De camino a casa me gustaría

que pasáramos por el hospital para que hablases con Benito.

Ahora está despierto,

pero podría volver a quedarse inconsciente.

Diana, no creo que eso sea buena idea.

Pero tienes que arreglar las cosas con él.

Está bien. Está bien, el crío se lo merece.

De no ser por él me pudriría en la cárcel.

Vamos.

Sí que tienes que tomar un baño.

Siento llegar tarde, pero tengo un buen motivo.

Han liberado a Salvador.

¡Ay, qué buena noticia, Diana! Sí.

Y tengo más cosas que contaros. Sí, yo también.

Pero dejemos que Elisa nos cuente

lo que quería decirnos. Esperemos por Celia, ¿no?

Ya he hablado con ella. Está muy ocupada ayudando

a buscar a su amiga la de la tienda.

Pero le he contado el motivo de la reunión y está conforme.

¿Conforme con qué?

Con lo que voy a proponeros. Bueno, pues tú dirás.

Mi padre quiere reunirse con vosotras.

Ni hablar.

Ya sé que vuestra relación no ha sido fácil.

Ha sido infernal.

Sí, y precisamente por eso quiere reunirse.

Quiere reconciliarse con vosotras.

Bueno, eso es lo que él dice que quiere.

Pero sabes perfectamente que no se puede confiar en él.

Ay, por favor, sois buenas cristianas.

Todas las personas necesitan un perdón, ¿no?

Incluso las que han cometido los mayores pecados.

Bueno, ¿y si votamos y que decida la mayoría?

Me parece bien.

Pues yo voto por perdonar al tío Ricardo.

¿Qué? Sí, Diana.

En todo este tiempo lejos

del hogar y de vosotras me he dado cuenta

de lo importante que es perdonar.

Y cuando una lo hace siente una liberación enorme.

Yo voto a favor también, claro.

Pues yo voto en contra.

Yo lo siento mucho,

pero hay cosas que no se pueden perdonar.

Estamos empatadas.

No, os olvidáis de Celia.

Ya os lo he dicho, a ella le parece bien.

¿Y cómo sabemos que eso es verdad?

Bueno, supongo que no lo sabéis.

Bueno, ¿y entonces qué hacemos?

Pues tendréis que esperar

a que llegue ella para salir de dudas.

Pero mientas tanto podemos matar el tiempo charlando.

Es increíble.

Elisa siempre se acaba saliendo con la suya.

Esta niña...

Buenas tardes.

Buenas tardes, tío.

Sé que no merezco vuestra generosidad.

Por eso os lo agradezco aún más si cabe.

(SUSPIRA)

(RESOPLA DOLORIDO)

Benito, no tengas miedo.

Sabes que no soy un hombre violento,

a pesar del bofetón del otro día.

Que por cierto, lamento haberte dado.

Está más que olvidado.

Bueno, en ese caso os dejo solos.

He venido a ver cómo estabas.

Y a agradecerte tu declaración.

Si no fuera por ti ahora mismo seguiría en la cárcel.

Usted no me debe nada.

No debí ponerme en su contra

y del lado de esos dos miserables.

Ahora lo veo claro y ojalá

reciban la condena que se merecen.

Lo importante es que has sobrevivido

y que tienes toda la vida por delante.

Quiero pedirle perdón a usted,

y a doña Diana, y a la señorita Celia.

Eso ya da igual.

No se merecían que les tratara así.

Y menos después de todo lo que hicieron por mí.

Y yo he de reconocer que tampoco te traté muy bien.

Pero si te exigía era porque quería lo mejor para ti.

Ya lo sé.

Cuenta con mi ayuda como siempre.

Si me necesitas, aquí estaré.

Ahora mismo lo único que quiero es salir de aquí.

¿Y cuando hayas salido?

¿Recuerda cuando le insistí en que quería viajar?

Sí. Sí, lo recuerdo, pero ahora no tienes dinero.

Puedo trabajar.

Me enrolaré en el primer barco que encuentre

y recorreré el mundo.

No quiero perder más tiempo.

Cuenta con mi ayuda para lo que necesites.

Gracias, don Salvador.

Te dejo descansar.

He dedicado buena parte de mi vida al rencor.

Sí, él me movía y de él me alimentaba.

Y puede pareceros increíble, pero...

hasta ahora no me había dado cuenta de lo mezquino y estúpido que fui.

Porque el rencor acaba destruyendo a la persona que lo siente.

Y, si alguna vez tuve algo de razón

en mis desavenencias con vuestro padre, la perdí.

Porque, en lugar de aceptar que la muerte resolviese

definitivamente nuestras diferencias...

en lugar de eso, decidí ir contra vosotras.

¿Y cree que con unas bonitas palabras

podemos olvidar todo lo que ha pasado?

No.

Yo sé que el mal que os hice está hecho y eso no...

no se pude olvidar.

Por eso he venido a pediros perdón humildemente,

pero no porque sea lo justo,

sino porque también lo necesito.

No es la primera vez que nos pide perdón

para luego traicionarnos. -No volverá a ser así, Diana.

-Claro. -Escúchame, ya no soy ese hombre.

He cambiado.

Tío, ¿cómo tiene el valor de venir aquí y decirnos

que es una nueva persona dedicándose a lo que se dedica?

Ah, bueno, si te refieres a la casa de tolerancia,

ese negocio ya lo he dejado. Bueno, lo voy a dejar.

Ah, claro, por supuesto, a cambio de una buena suma de dinero,

¿no es así? No, Blanca, no.

Lo dejaré, sin más.

Porque lo que quiero de verdad es arreglar las cosas entre nosotros.

Y que me perdonéis y por fin podamos ser una familia.

Tío, espere.

Yo le creo.

Y le perdono.

Bueno, pues esto hay que celebrarlo, ¿no?

Tío, mañana le daremos una sorpresa a Elisa por su onomástica.

Así que está usted invitado, ¿de acuerdo?

Ahí estaré, tenlo por seguro.

¿No sabes la cantidad de trabajo que tengo

como para que no me lo digas por teléfono?

Por teléfono no. En esa casa hay mucha gente,

nunca sabes quién escucha. -¡No quiero ver a Raimundo!

No te preocupes, está en una bodega donde Cristo perdió el gorro.

¿Qué gorro? ¿Llevaba Cristo un gorro?

Chica, mujer, que es una manera de hablar.

¿Qué es eso tan importante?

A ver, es que he oído una cosa y quiero que tú me saques de dudas.

¿Y para eso me haces venir?

¡Teléfono, Antonia, Teléfono! -¡Cállate!

Merceditas ha estado aquí a la hora de comer.

Se ve que ha sido todo cosa de Francisca,

quiere que ella y Raimundo lo arreglen.

-¿Y a mí qué me cuentas? -¡Cállate!

Se metieron aquí, en el camerino y, como tardaban tanto,

yo me acerqué a pegar la oreja a la puerta, a ver qué pasaba.

Me quedé helada con lo que oí.

Me trae sin cuidado lo que pasara en el camerino.

¿O me lo vas a contar? -No te cuento qué hacían,

sino lo que le decía Raimundo a Merceditas.

-¿Y qué era? -Pues, según él,

dice que tú le diste un ultimátum.

No sé qué decirte, porque no sé qué es eso.

Hija, que le echaste un órdago.

Él dice que tú le dijiste que, o se iba contigo a otra ciudad,

o lo vuestro terminaba para siempre. ¿Eso es cierto?

Pues sí, prima, ya sé que no está bien,

pero era la única solución. -¡Alabado sea el Señor!

Menos mal que, por una vez, Raimundo le ha echado cabeza

y se ha negado a ir contigo. -¿Que qué? ¿Que él se negó?

Al menos eso es lo que le dijo a Merceditas.

Que él no había querido seguirte el juego

porque ya había tomado una decisión:

volver con su familia y olvidarse de ti para siempre.

¡Ah, pero si eso no fue así!

Yo me di cuenta del daño que hacíamos y me negué a ir.

Yo le dije a Raimundo que volviera con su mujer y su hija.

Chica, comprenderás que, a estas alturas,

no sepa a quién creer. -Créete a quien mejor te parezca.

Pero una cosa te digo, Raimundo ha estado

jugando con las dos y aquí se acabó lo que se daba.

¡Vamos!

Ay...

¿Don Tristán? ¿Se encuentra usted bien?

¿Usted qué cree?

Me acaban de destrozar la vida.

¿Usted cree que cabe la posibilidad de que esté bien?

Perdone, pero no le entiendo.

Blanca ha roto su compromiso conmigo.

Oh... -Estará usted contenta.

Pues no lo sabía pero... sí, me alegro,

para qué le voy a engañar.

¿Cómo no se va a alegrar? Usted no me quiso nunca.

Y mi desgracia ha de parecerle una noticia excelente, ¿no?

Su desgracia es un mal menor,

aunque a usted ahora no se lo parezca.

-Lo que me faltaba por oír. -La verdadera desgracia sería

que hubieran seguido con sus planes de boda.

De lo que me alegro es de que se hayan dado cuenta a tiempo

No, yo no me he dado cuenta de nada.

Esta ha sido una decisión unilateral de Blanca.

Quién sabe si... ¿aconsejada por usted?

Si ella en realidad no le quiere,

¿ha pensado usted en qué vida les esperaba?

Ese dolor que siente ahora habría llegado de todos modos,

pero sumado a años de resentimiento por la infelicidad.

Esa es la vida que le esperaba. Hágame caso.

El amor puede cambiar con el tiempo, puede crecer.

Si una mujer no quiere de verdad a un hombre,

sino que se conforma con él, eso...

eso el tiempo no lo puede cambiar, al contrario.

Eso ya nunca lo sabremos.

Y ya que tiene usted respuesta para todo,

dígame, ¿qué le digo yo ahora a mi familia?

¿Cómo puedo explicarles que he renunciado a mi fe judía...

para qué? Para nada.

Pues en eso no puedo aconsejarle, don Tristán, pero, desde luego,

no me gustaría estar en su lugar. -Ni a mí.

Encontrará usted a otra mujer,

a una que le quiera como usted se merece.

Tarde o temprano la encontrará.

Supongo que usted está intentando consolarme,

pero le aseguro que no lo está consiguiendo.

No hay que perder nunca la esperanza, míreme a mí.

-¿A usted? -En fin...

lamento no haberle servido para más.

Y, ahora, si me disculpa, tengo cosas que hacer.

No, espere, espere, Rosalía.

Cuide de ella.

No deje que nada malo le ocurra.

Descuide.

Hasta siempre.

¿A estas alturas te vas a convertir en un hombre de familia?

(RÍE) -Pero si tus sobrinas

siempre te han traído al fresco. -Bueno, las cosas cambian.

Tú no eres un sentimental

y últimamente te estás comportando como si lo fueras.

¿Qué te pasa?

Ven.

Cuando... cuando volví del médico el otro día,

no te dije la verdad. -¿Qué tienes?

Me muero, Cándida. De aquí a dos meses, se acabó.

¿Y cómo no me has dicho nada antes?

Porque no quería que me mirases con la cara de pena que me miras ahora.

Perdona.

Pero me hubiera gustado saberlo antes

para poder aprovechar mejor el tiempo.

No se me ocurre otra forma de aprovechar el tiempo,

más que estar a tu lado.

No hables así, es como si te fueras a morir

en cualquier momento.

¿Lo sabe tu hija? -No.

No, soy incapaz de contárselo.

Tienes que hablar con ella, cuanto antes.

Sí, lo haré en su momento.

Mañana es su santo y... y no quiero estropeárselo.

Los médicos se equivocan, ¿sabes?

Ah...

Eso me gustaría creer.

Los víveres que han traído hoy habrá que guardarlos, Merceditas.

Pero mañana hay que ir al mercado a primera hora

para anular el resto de pedidos. -Algunos no podrán anularse.

Ay, tendréis que echarle picardía, mujer.

Tenéis que decir a los tenderos,

no sé, que ha habido una desgracia familiar o...

Por Dios, doña Rosalía, ¿cómo vamos a decir eso?

Con eso no se bromea, que puede acabar sucediendo.

No me vengas con supercherías. ¿Quieres que se pudra la comida?

-No, eso no, pero... -Entonces os inventáis otra cosa.

Y lo que haya que traer, pues lo traéis, alabado sea Dios.

Intentaremos servirlo en la celebración del santo de Elisa.

(SUSPIRA)

Oh, y tú qué calladita estás.

(Se oye una puerta cerrarse) Raimundo le miente a Merceditas.

¡Ay, por Dios, este folletín no se va a acabar nunca!

Le hace creer mentiras. ¿Qué hago? ¿Se lo digo o no se lo digo?

Parece mentira que me hagas esa pregunta, hija.

Ea, me callo, ¿no?

¡No! Dile la verdad.

Esa es siempre la mejor solución.

-Bueno, si usted lo dice... -Lo digo, lo digo.

Bueno, me marcho, que yo tengo mi propia casa

y... y un marido que atender. (RÍE) Hasta mañana.

Hasta mañana, señora.

Necesito hablar contigo. -Si piensas escurrir el bulto

con la que tenemos liada, te digo que te olvides.

-No, es de Raimundo.

-Claro, ¿cómo no? -Lo que te dijo hoy es mentira.

Si estábamos pensando en fugarnos, él estaba dispuesto,

la que se negó fui yo. -Sí, por consideración hacia mí...

Pues, mira, sí. Estaba a puntito de dar el paso y pensé en ti

y en tu hija.

No estaba bien lo que hacíamos y no os lo merecíais.

-¿Por qué me dices esto ahora? -¡Estoy harta de que este hombre

se burle de nosotras con sus medias verdades!

¿No ves de que hemos sido unos títeres, unas pavitontas?

-¿Y tú esperas que te crea? -Mira, yo a Raimundo

no lo quiero ver más ni en pintura, así que es todo tuyo.

Pero, por lo menos, que sepas la verdad, ¿o no?

(Se oyen pasos acercándose)

Te oí llegar, pero imaginé que querías ver a las niñas

después de tantos días sin verlas.

¿Qué te pasa? ¿Dónde están tus maletas?

-En la casa de Gran Vía. -¿Por qué?

Porque, cuando llegué, me dieron esta carta

que llevaba varios días esperándome.

Salvador, ¿te acuerdas cuando dije que tenía que hablar contigo

sobre un asunto importante? Pues era esto.

-¿Y me lo dices ahora? -No quiero la nulidad, de verdad.

Según la carta, la solicitaste a los Tribunales de la Iglesia.

Fue un momento de ofuscación tras las discusión en la fábrica,

antes de recibir las escrituras. -¿Un momento de ofuscación?

Sí, Salvador, por favor, tienes que creerme.

En la carta dicen que me acusas de maltrato.

Era para que consideraran mi solicitud, intenté frenarlo.

Cuando el tonto de tu marido te dio lo que querías,

las escrituras de la fábrica, cambiaste de opinión.

Intenté decírtelo, pero no quería darte disgustos.

Salvador, pero nada de esto importa ya.

Olvidémoslo todo, por favor. Por favor, tienes que perdonarme.

No fue tan mala idea irme de casa después de todo.

-Sí, lo fue. -A ver qué hago con mi vida

tras esto. Necesito tiempo y soledad.

No, Salvador, por favor, ¡no te vayas!

¡Por favor!

(LLORA)

No hay ningún regalo. Y, si esta mañana salí

tan pronto de casa es porque necesitaba pensar en nosotros.

Ah, ¿a qué viene eso, Ciro?

A que he estado en el orfanato y he hecho unas pesquisas.

¿Por qué no quieres adoptar?

-¿Y esto qué es? -Es la dirección de una modista

que ha contratado a una costurera que ambos conocemos muy bien.

¿Cata?

Perdón por el retraso, no fue fácil llegar sin que me vieran.

De saber que eras tú, no habría venido.

¡Espera! Suéltame o gritaré,

vendrá la Policía... Yo llamé a la Policía.

¿Qué? No tenemos tiempo antes

de que me detengan. -Te fuiste por lo que te dije, ¿no?

Bueno, al menos no solo por eso.

¿Y entonces por qué fue?

Ne di cuenta de que no estaré a la altura de Aurora.

Yo no soy tan sofisticada e inteligente como ella,

ni siquiera soy tan guapa. -Cata...

Encontré el libro que estás escribiendo.

Llevo demasiado tiempo entre estas cuatro paredes.

Han pasado demasiadas cosas.

Por esta fábrica dejé de lado mis vestidos, mis joyas

y me vestí de obrera. ¿Lo recuerda usted?

Sí, cuando murió su padre, lo hicieron todas sus hermanas.

Pero ellas ya no están aquí, han seguido con sus vidas.

Usted siempre dice que la fábrica es su vida,

que quiere continuar con el legado de su padre.

¿Pero a qué precio?

Ahora mismo le atiendo.

Soy yo, madre. Raimundo me dijo que estaba aquí.

¡Ay, hijo! Es que he venido a... a ordenar un poco esto, que...

y, de paso, abrir la tienda a ver si vienen clientas.

Pero no vino nadie, qué desastre todo.

Bueno, habrá días mejores.

He decidido que la semana que viene nos vamos al pueblo.

No, no, mujer, no.

¿Pero por qué? Yo pensé decírselo mañana a las señoras.

Esas pegas no serán por Elpidia.

¡No, por esa, por Dios! Claro que no, no.

Pero no me negarás que algo sí que has tenido con ella.

Sí, algo sí, pero porque se me echaba ella encima

aprovechando que tú no estabas, pero no me interesa nada.

No me digas que no te gustaría volver a Oporto.

Oh, muchísimo.

Pero creo que estos días tengo que pasarlos con mi hija

y con mis sobrinas. -Claro.

Las Silva. -Son mi familia.

Y quiero demostrarles que...

que deseo recuperar su amor por encima de todo.

¿No sabía usted que don Cristóbal se va a París?

No, claro que no.

Parece ser que le han ofrecido un trabajo muy bueno allí.

¿Y cuándo se va? Hoy mismo.

¿Te has despedido de Blanca? Blanca ya tiene su vida, Rodolfo.

Es mejor dejas las cosas tal y como están.

Sé que, en el fondo, ella me lo agradecerá.

No voy a consentir que se vaya allí,

sin saber la verdad, que rompí mi compromiso con Tristán

por él, porque le amo.

  • Capítulo 457

Seis Hermanas - Capítulo 457

07 mar 2017

A Ciro y Sofía no les conceden la adopción. Benito despierta. La suerte de Salvador depende de ese testimonio. Celia y Velasco encuentran a Marina inconsciente. Blanca confiesa a Diana que no está enamorada de Tristán. Elisa reúne a sus hermanas para pedirles que accedan a reunirse con don Ricardo.

ver más sobre "Seis Hermanas - Capítulo 457 " ver menos sobre "Seis Hermanas - Capítulo 457 "
Programas completos (495)
Clips

Los últimos 1.814 programas de Seis hermanas

  • Ver Miniaturas Ver Miniaturas
  • Ver Listado Ver Listado
Buscar por:
Por fechas
Por tipo
Todos los vídeos y audios