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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 446 - ver ahora
Transcripción completa

Las pruebas que le hemos hecho han dado el mejor resultado.

¿Y eso qué significa? Que la operación fue un éxito.

¡Ay! -Parece que se ha curado.

Así es. (SUSPIRA)

Así que es verdad.

Tú y yo estamos juntas. -Eso parece.

-No le hice nada. -No me mientas.

No sigas por ahí, porque estás cruzando una línea sin retorno.

Tú la cruzaste con él.

Raimundo y Elpidia están juntos, han retomado lo suyo.

Mira, no me gusta que hagas bromas con según qué cosas.

Que no bromeo, me lo ha confesado Raimundo.

-Te prometo que lo resolveré. -Tienes que elegir:

o ella o yo. -Tú.

Tú. -Ya sabes qué tienes que hacer.

Si Benito sigue adelante con la denuncia,

tu cuñado acabará en la cárcel.

¿No decías que la casera no te dejaba recibir visitas?

-¿Ahora también me espías? -No lo haría si no actuaras así.

Te recomiendo que me trates con un poco más de respeto.

Si no, seré yo quien acabe llamando a la Policía.

-¿Para decirles qué? -Lo que haces con tu amante.

-¿Qué quieres de mí? -Lo sabes de sobra.

¿De verdad van a firmar el contrato? ¿Están contentos?

¡Seguro! ¡Seguro, Amalia!

-Creaste el ambiente propicio. -Qué bien.

La verdad, me esforcé mucho para conseguirlo,

pero ha merecido la pena. -Por el esfuerzo recompensado.

Y por que este contrato nos traiga mucho prestigio.

¿De modo que ha confeccionado usted una lista con las virtudes

que un hombre debe tener y, como don Tristán las reúne todas,

le ha elegido a él? Tristán me respeta, me cuida.

Y es capaz de hacer cualquier cosa por mí, ¿no es suficiente?

Es como si estuviera usted renunciando al amor,

como si se estuviera conformando.

Si sigues insistiendo en que me vaya,

si sigues con ese comportamiento,

no me quedará otra que devolverte el golpe.

Te quitaré a tu marido.

Y no, no me hará falta contarle lo de la infidelidad,

está ya tan harto de ti...

-No serás capaz. -Ponme a prueba.

(Sintonía)

(Se oyen pasos acercándose)

¡Buenos días!

¿Llegas ahora?

Ah, no, llegué anoche sobre las 12.

Pero, como últimamente te quejas de que no descansas nada

en el nuevo dormitorio, te dejé aquí durmiendo.

Hombre, siempre prefiero una cama.

Te estaba esperando y me quedé dormida.

La reunión se alargó más de lo previsto.

Ya. Reunión de la que, por cierto, no sabía nada.

Cierto, y debo pedirte disculpas, pero... surgió de imprevisto

y no tuve tiempo de avisarte. -¿A mí no pero a Sofía sí?

¿Cómo es eso?

Sofía estaba aquí y pude avisarla, no hay más.

Me pudiste dejar una nota o un recado, no sé.

Elisa, ya te he pedido perdón, ¿qué más quieres?

Quiero recuperar mi sitio en esta casa.

Ciro, a veces siento que soy una intrusa en mi familia.

No, no sigas por ahí. Estoy harto de tener contigo

siempre la misma discusión, lo hemos hablado mil veces.

Sofía y su hijo forman parte de esta casa,

te tienes que adaptar. -Tomas partido por la equivocada.

Yo soy tu esposa, Ciro. -Elisa, no seas egoísta.

Sofía necesita más atención ahora,

ella es quien más está sufriendo estos cambios y nunca se queja.

-Sofía es una santa, sí. -Deberías tomar ejemplo de ella.

Te estás equivocando con ella, Ciro.

A mí casi me engaña, pero ayer se mostró tal y como es.

-¿Discutisteis? -Más que eso.

Sofía es un lobo con piel de cordero

y ayer se descubrió.

Quiere quitarme todo: quiere quitarme mi casa,

mi marido, quiere quitarme mi vida.

Parece que lo está consiguiendo. -Conozco bien a Sofía,

no tanto como tú, desde luego, pero no es capaz de obrar con maldad.

Ya. Es que a veces dudo si preferirías que se quedase ella

y me fuese yo. -Tranquilízate.

Esta tarde lo hablamos los tres. -Yo no quiero hablar nada con ella.

Solo quiero que se vaya de esta casa, ya está.

Mira, Elisa, ahora tengo que irme a una cita con un cliente.

Cuando vuelva, nos sentaremos los dos con Sofía

y hablaremos el tema.

Sofía y su hijo son parte de esta familia.

En las familias, las cosas se solucionan hablando.

Quiero agradecerte que me acompañes a ir de compras.

Si solo vamos a comprar unas camisas.

Bueno, en realidad una. Hoy, cuando el sacerdote inicie

mi proceso de conversión al catolicismo,

me gustaría sentir que todo es nuevo.

Incluso la ropa, es algo simbólico.

Me gustaría llevarla puesta en el instante en el que

deje de ser judío y pase a ser católico.

¿Podemos sentarnos un momento? Claro.

Me gustaría comentarte algo antes de que lleguemos a la sastrería.

Te has puesto muy seria.

Tristán, tu vida va a cambiar para siempre.

Lo sé. Vas a renunciar a tu pasado,

a tu religión, a quién eres realmente.

¿Estás seguro del paso que vas a dar?

Estoy convencido de lo que hago y, cuando me asaltan las dudas,

porque, he de reconocerlo, a veces me ha ocurrido,

me basta con mirarte para acordarme de lo mucho que te quiero.

Ah...

¿Tú... tienes dudas?

Te mentiría si te dijera que no.

Hemos pasado por tanto y en tan poco tiempo.

No sé, a veces pienso que pertenecemos a mundos tan distintos

que, quizá, sería mejor que cada uno siguiera con su vida.

¿Y sentirme desdichado siempre sabiendo que te dejé escapar? No.

No hablar.

Es que siento que... que vas a renunciar a tanto por mí.

Blanca, esto no es un sacrificio para mí.

Tú eres lo más importante.

¿Cómo te encuentras, Benito?

Tendrás que levantar un poco la voz,

no creo que te haya oído.

(GRITA) ¡Benito, pregunta el Dr. Loygorri

que cómo te sientes!

Bien, bien. Menos por los mareos, bien.

Ya. Por eso he venido a acompañarle.

No he creído conveniente que saliese solo a la calle.

Ya. Bien, voy a ver qué capaci...

(GRITA) ¡Voy a ver qué capacidad auditiva conservas!

Los mareos a veces guardan relación con la sordera,

pero pueden desaparecer aunque esta permanezca.

Permíteme.

¿El otro? Eso es.

No... no parece tener ninguna anomalía en el oído externo.

Lo cierto es que todo parece bastante normal.

Ahora quiero que, cuando oigas un ruido,

levantes el brazo del lado donde lo escuchas.

¿Lo comprendes? Sí, claro.

Mira al frente.

(DA UNA PALMADA)

(DA UNA PALMADA)

(DA UNA PALMADA)

(DA UNA FUERTE PALMADA)

Ah, muy bien.

(DA UNA PALMADA)

(DA UNA LEVE PALMADA)

(DA UNA FUERTE PALMADA) Bien.

Creo que las pruebas son bastante definitivas.

Ahora... ahora un otorrino tiene que hacerte

una evaluación más exhaustiva.

Pero mi experiencia me dice que difícilmente

podrás recuperar la audición por completo.

¿Me voy a quedar sordo para siempre?

Es una posibilidad.

Benito, no te preocupes, encontraremos una solución.

(Golpe de objeto contra el suelo) ¿Eh?

Todavía tenemos que escuchar la opinión del otorrino.

Es posible que él conozca un nuevo tratamiento, ¿no crees?

Es posible.

(Golpe de objeto contra el suelo)

¿Has visto esto? ¿Lo has visto? Sí.

Acaba de suceder un milagro.

O llevamos tiempo siendo víctimas de un embuste.

¿No escucha una palmada cerca y escucha esto?

Benito.

¿Me has estado engañando?

Benito, ¿oyes o no?

Tranquila, Cata, estás abriendo poco más tarde de lo normal,

pero no creo que Úrsula te vaya a reñir por eso.

Me da miedo que alguna clienta se queje.

Llevo toda la mañana en la puerta,

no se acercó ninguna clienta a la tienda. No habrá problema.

Qué apuro haberme quedado dormida.

-A ti te pasa algo más. -No. No, de verdad.

Si ya se me ha pasado el disgusto, no te preocupes.

Con lo que me has dicho, ya estoy más tranquila.

¿No me lo vas a contar?

Es que no es fácil lo que tengo que decirte.

Inténtalo.

La dueña de la casa de huéspedes me ha llamado la atención.

Ah, ¿por qué la gente no se meterá en sus asuntos?

No podemos volver a vernos en mi habitación.

Está bien, podemos limitar mis visitas a por la tarde,

cuando salgas tú de trabajar.

Dos amigas que meriendan no causarán ningún problema.

Es que la casera tiene una llave maestra y...

seguro que es muy capaz de usarla a la mínima sospecha.

Está bien, entonces, ya encontraremos una solución.

¿Estás más tranquila? -Sí, gracias.

Me da vértigo pensar que no sabré cuándo volveré a verte.

-Bueno, estás aquí conmigo. -A solas.

Cuando encontremos un lugar adecuado.

Está bien, podemos ir a comer.

Eh... no puedo, tengo recados que hacer.

¿Y por qué no vienes a cenar a casa?

Puedo encontrar alguna excusa para que cenemos solas.

Eh, no sé si voy a poder. Doña Úrsula quiere hacer hoy

inventario en la tienda y no sé a qué hora acabaremos.

Ah, y supongo que si te digo que hagamos algo mañana,

también pasará algo. -Bueno, quizá tengamos

que terminar el inventario si hoy no nos ha dado tiempo.

-Deja de inventarte excusas. -No, es la verdad.

Pues a mí me parece que me estás evitando.

Espero que con esto te quede claro que no.

Ahora se me va a hacer más duro irme.

Tienes que marcharte ya, Úrsula aparecerá

en cualquier momento y yo tengo mucho trabajo.

Si me prometes que nos vemos mañana.

Lo intentaré.

Ah...

Su oído está bien, por más teatro que se empeñe en hacer.

¿Pero desde cuándo, Benito?

¿Todo ha sido un embuste desde el principio?

No, es cierto que, tras la agresión, no oía bien.

El tímpano lo tenía dañado,

solo había que esperar a ver cómo evolucionaba.

Hoy estaba perfectamente. Está fingiendo, él sabrá por qué.

Ayer empecé a oír bien. Ayer.

Pero, hasta entonces, de verdad, que... que no oía bien

y pensaba que me quedaba sordo, tenía mareos, lo juro.

¿Pero por qué lo has hecho, Benito? No entiendo por qué me mentiste.

Quería que don Salvador pagara por lo que me hizo.

Puede que no me haya quedado sordo y que las magulladuras se curen,

pero a mí no se me olvida lo que me hizo.

-Ni a ti ni a nadie. Pero no debiste mentir.

Lo sé y lo siento,

pero me daba pánico encontrármelo por la calle

y que cumpliera su propósito.

Está claro que, en un enfrentamiento con él,

yo tengo las de perder.

Y la única manera que se me ocurrió de evitar eso fue

que lo metieran en la cárcel.

Tranquilo, tranquilo, no va a pasarte nada.

Tú solo eres una víctima de todo esto.

Sí, pero creo que deberíamos aclarar esto más.

Como ha dicho Benito, si no hay secuelas graves

tras la paliza, Salvador se libra de la cárcel.

Ah, a ver, a ver así.

¿Ahí está bien? -Muy bien, hijo, gracias.

-Buenos días. -Buenos días, cariño.

Buenos días, Úrsula. ¿Es que vas a salir?

Sí, pero si necesita algo de la calle, pídaselo a su hijo.

Yo tardaré en venir de la tienda.

Madre mía, qué manía te ha cogido con ir a trabajar.

¡Vaya, qué curioso!

No recuerdo ni un solo día en que usted cerrara el Ambigú.

Ya, pero yo lo hacía por necesidad.

Pero teniendo el riñón cubierto como vosotros,

anda que iba a ir a trabajar. -Voy a faltar mucho

cuando avance el embarazo, quiero aprovechar.

Bueno, pero en la tienda tenemos a una dependienta muy capaz.

Sí, Cata es muy trabajadora, pero justo hoy quiero empezar

con el inventario y es demasiado trabajo para una persona.

Y Cata me ha pedido unas horas libres

para hacer unos recados. -Tú verás.

Pero, en tu estado, deberías quedarte en casa.

No hay periodo más bonito en la vida de una mujer

que cuando está embarazada, deberías disfrutarlo.

No sé si el embarazo es el periodo más bonito en la vida,

lo que sé es que es el único que me queda.

Úrsula.

-Lo siento. -Disculpe, Antonia.

-No, no, no, discúlpame tú.

Con el calvario que estás pasando, yo encima estoy ahí...

No, no tiene por qué disculparse, no ha hecho nada malo.

Todo lo contrario, es un buen consejo.

Bueno, pues a ver si lo pones en práctica.

Y lo haré, pero hoy no.

Ya le di un par de horas libres a Cata.

Está bien, está bien.

Posiblemente llegaré tarde de la tienda.

(Llaman a la puerta)

Vale, disculpadme.

Tristán, adelante, por favor. -Gracias.

-Buenos días, Tristán. -Qué sorpresa.

Dijo que hoy era un día importante para usted,

que no iba a trabajar.

Sí, hoy es un día muy importante para mí,

pero creo que también lo va a ser para ustedes.

Traigo muy buenas noticias.

-¡Ay! -¿Está bien, madre?

-Sí, sí, sí, es la emoción.

Bueno, por favor, acabe con este suspense.

-He conseguido su indulto. -Ah...

Ahora solo falta algo de papeleo burocrático para que sea oficial,

pero creía que debía contárselo.

Ah, cariño, ¿has oído? -¡Dios mío!

-Enhorabuena. -Muchísimas gracias, Tristán.

Me has salvado la vida.

No. Conozco la ley y la burocracia,

simplemente he seguido los trámites que tenía que seguir.

Quien de verdad le ha salvado la vida es el hijo que espera.

De no estar embarazada,

no hubiera podido conseguir su indulto.

¿Veis? Ya dicen que los niños vienen con un pan bajo el brazo.

Pues este viene con una vida nueva para todos.

Tomad asiento.

¡Por favor, tomad asiento!

¿Qué es esto, Ciro?

He preparado esta reunión para que los tres

solucionemos todos nuestros problemas.

Mi problema es ella, quiero que se vaya, eso es todo.

Nadie se marchará de este salón

sin que hablemos lo que tenemos que hablar.

Ajá. Con mucho gusto.

Ahora somos una familia y debemos aprender a convivir como tal.

-Me gustaría decir algo. -Por supuesto.

Ayer Sofía tuvo unas palabras conmigo

y me gustaría que también fueras partícipe tú, Ciro.

Así que, Sofía, por favor, dile lo que me dijiste ayer.

No sé de qué estás hablando, Elisa. Y tampoco sé qué te refieres tú.

-Qué mentirosa. -Elisa, por favor,

deja terminar a Sofía.

Gracias.

Para mí, estos días en los que he estado viviendo aquí

han sido un oasis dentro de todo el sufrimiento

en el que se ha convertido mi vida después de la muerte de Carlos.

-He visto interpretaciones mejores. -Es la pura verdad.

Esta conversación no tiene sentido si no somos sinceros.

Que empiece ella. No para de mentir, Ciro.

Vamos a ver, Elisa. ¿Qué es lo que tanto te molesta de Sofía?

-Su presencia en mi casa. -Nuestra casa.

Una persona que es capaz de decirme

que quiere quitarme a mi marido, no merece mi respeto

y, mucho menos, mi amistad. Por favor, Sofía, vete.

Si eso es lo que piensas, será mejor que hagas las maletas.

Leandro y tú formáis parte de esta familia.

Nadie se marchará de aquí.

Ciro, no puedo criar a un hijo en un sitio

donde no somos bien recibidos. -Insisto.

No. Fue duro perder a Carlos, así que imagino

que será más sencillo perder a unos buenos amigos como vosotros.

Mira lo que has conseguido.

Sofía, estate tranquila, porque tú nunca vas a estar sola.

Cuando me dijisteis que podía pasar unos días aquí,

una de las razones por las que acepté,

fue por ti, Elisa.

Porque pensé que te gustaría criar a mi hijo conmigo.

Eso es un golpe muy bajo, Sofía.

Elisa, de verdad, creí que te gustaría tener un niño aquí.

Pero ya veo que ni Leandro ni yo tenemos sitio.

Será mejor que haga las maletas.

No. No os vais a ningún sitio.

Leandro y tú formáis parte de esta casa

y las familias se mantienen juntas pese a los problemas.

Está mintiendo, Ciro. ¿No te das cuenta?

Cállate ya, que ya bastante sufrimiento has provocado.

Gracias.

Bien. Por fin ha habido novedades en su caso.

-Le escucho. -El doctor Loygorri ha llamado

desde el hospital para comunicarnos la mejora de Benito Serrano.

No sé qué tiene que ver eso conmigo.

La sordera del muchacho ha desaparecido.

Si es que alguna vez existió.

Sí. El doctor Loygorri piensa que,

seguramente, estaba exagerándolo todo.

Por fin alguien que me da la razón.

Nunca le he juzgado. Simplemente, hago mi trabajo.

Escúcheme. Pronto descubrirá

que es la primera de muchas mentiras.

Pronto descubrirá que no le pegué ninguna paliza.

Bueno, ha tenido suerte. No va a ir a la cárcel.

Eso sí, va a tener que pagar una sanción.

Inspector, no es suerte.

Al final, la verdad sale a la luz. Usted debería saberlo.

Precisamente, porque soy policía,

sé que la verdad, a veces, es muy escurridiza.

No sabe el coraje que me da pagar una multa, por poca que sea,

por algo que yo no he hecho.

También va a tener que firmarme unos formularios

antes de marcharse. -No hay problema.

Mi visita al muchacho puede esperar.

No me lo puedo creer.

Solo quiero que me dé explicaciones. Es lo mínimo.

No creo que deba ir. La mayoría de las peleas

empiezan por una discusión.

Nunca le pondría una mano encima.

Lo he dicho una y mil veces.

Es casi un niño. ¿Por quién me toma?

No lo haga. No vaya a verle.

Valoro su consejo, inspector.

Pero tengo que aclarar por qué me ha acusado.

Tengo que decirle que las cosas no se solucionan

con mentiras y amenazas. -Hágame caso.

No vaya. Déjele tranquilo.

¿Por qué no me acompaña? Verá que solo quiero hablar con él.

No es eso. Yo le creo.

Sé que nunca le pondría una mano encima.

En cambio... -¿En cambio, qué?

Dígalo de una vez.

Hay gente que sí lo cree.

Por eso, han pedido una orden de alejamiento contra usted.

No puede estar a menos de 200 metros

de Benito Serrano. ¿Comprende?

¿Se puede saber quién ha hecho eso?

¿Quién ha tenido una idea tan ridícula?

Diana.

No entiendo por qué tenemos que volver al mercado,

si fue Merceditas la que se equivocó,

que vaya ella y apechugue,

que tengo mucho que hacer. -No vamos al mercado.

Solo ha sido un pretexto que he tenido que inventarme

para poder salir de casa y hablar seriamente contigo

sin que nos oyera Merceditas. -¿Conmigo?

Sí. Y supongo que ya sabrás sobre quién.

Pues no, la verdad. Pero ya le veo esa cara

de ir a echarme un buen rapapolvo.

Estoy muy enfadada, Elpidia.

Yo siempre he sido sincera contigo.

Pero tú me has mentido. Me dijiste que aquel asunto

se había terminado, pero veo que no.

A ver quién le ha ido con el cuento.

Tengo ojos y oídos.

He presenciado todas vuestras disputas.

Al principio, creía que los roces eran por culpa del trabajo,

porque tenías miedo de que ella te lo quitara.

Es normal que lo pensara. Ella ha estado tanto tiempo

en esta casa y sabe tan bien

cómo hacerlo todo, cómo, con quién...

Estaba hablando yo. No me interrumpas.

Perdón.

Pero, luego, he visto que no.

He visto que solo era cuestión de celos.

Lo que tienes, son celos.

Todos esos rifirrafes son por culpa de Raimundo.

¿No vas a decir nada?

Mejor callar que mentir.

Pero también existe el propósito de enmienda.

Podrías intentar poner remedio a esto.

Siento mucho haberle mentido.

Hacía muchoque entre Raimundo y yo no había nada.

Nos reconciliamos unos días antes de que volviera Merceditas.

(SUSPIRA)

Raimundo tiene una mujer y una hija

de las que tiene que cuidar, le guste o no.

-¿Y yo qué? -Tú no eres nada de él.

Más vale que lo recuerdes, muchacha, o lo va a pasar muy mal.

Cada vez que los veo juntos, se me retuerce todo.

¿Qué hacer para olvidarse

de la persona de la que está enamorada?

Con tiempo, Elpidia.

A veces, más. A veces, menos. El que haga falta.

¿Por qué tiene que ser todo tan complicado?

Si no querías que las cosas fueran complicadas,

no deberías encapricharte

de un hombre casado y con hija. -Yo no lo busqué.

Mira, Elpidia. No voy a hablar más contigo sobre este tema.

Solo lo he sacado a colación porque quiero decirte dos cosas.

La primera es que espero que tus problemas sentimentales

no vuelvan a interferir en tus labores

como sirvienta en la casa Silva.

Se lo prometo. No volverá a pasar.

Y la segunda es que tienes que buscar un remedio

inmediatamente a tus problemas con Raimundo.

Hoy, por tu culpa, he tenido que mentirle a Merceditas

y no pienso volver a hacerlo.

Ella está sufriendo y mucho. -¡Y yo también!

Sí, pero a ella la estamos engañando todos.

Y no se lo merece.

Tiene usted razón.

Hoy mismo, voy a poner remedio a todo esto.

No me preguntes cómo, pero en la revisión de hoy,

Cristóbal se dio cuenta de que el muchacho oía perfectamente.

Muy típico de Benito.

Dice que empezó a escuchar bien ayer.

Quién sabe. Nos ha estado engañando

durante todo este tiempo.

Aunque, también, es lógica su postura,

porque era la única manera que tenía

de mantener alejado a Salvador.

Tenía miedo de que le volviera a hacer daño.

Celia, no me estás escuchando.

Perdona, Federico.

He perdido el hilo de la conversación hace un rato.

Sí. Parecía que estabas a kilómetros de distancia.

Sí. Aunque solo estaba a unas pocas manzanas de aquí.

Concretamente, en la Villa de París.

Vaya. Veo que las dudas se van disipando.

Se han esfumado, completamente.

No paro de pensar en ella.

Pues eso solo puede significar una cosa.

Creo que me estoy empezando a enamorar.

(SUSPIRA) Ahora me estás dando una envidia...

Es un amor distinto al que viví con Aurora.

Es más sereno, más pausado.

No sé si me explico. -Me da igual.

Hacía tiempo que no veía esa sonrisa. La echaba de menos.

En parte, el mérito también es tuyo.

Así que gracias. -¿Mío?

Sí. Si tú no me hubieses empujado,

seguramente, nunca habría dado el paso.

Yo creo que, al final, lo habrías hecho.

Sois amigas. Os veis a menudo.

Federico, cuando Aurora murió,

yo pensé que mi felicidad se iba con ella.

Pero ahora he descubierto una pequeña luz

que me recuerda ese pasado.

Como ecos de lo que viví con Aurora.

¿Ves? Si consigues plasmar todo ese romanticismo

en la novela, va a ser un éxito.

¿Qué? ¿Qué tal va la escritura?

Pues eso es algo que también quería agradecerte.

-Bueno, ya está bien. -No. Es verdad.

Tú me empujaste a escribirlo y ahora me doy cuenta

de que... de que gracias a ese libro,

mi historia de amor con Aurora perdurará para siempre.

Vas a conseguir que me emocione.

También me ayuda mirar al futuro.

No sé. Consigo escribir sobre Aurora sin sentirme mal.

Y eso me ayuda a enfrentarme al presente.

Pues todo eso, lo has conseguido tú.

Así que enhorabuena.

Me alegra ver que uno de los dos sabe

lo que es el amor correspondido, porque, a este paso,

voy a tener que esperar a leer

tu novela para saberlo. -No digas eso.

Si a mí me ha pasado, ¿por qué a ti no?

Buena pregunta.

La verdad es que no puedo parar de pensar en ella.

Como ahora. ¿Qué es lo que estará haciendo?

(Llaman a la puerta)

Me alegra ver que has podido pedir permiso en el trabajo.

Si la dueña te ve entrar en mi habitación,

montará un escándalo y a mí me echará de aquí.

Pues le diré que me he confundido de habitación.

¿Cómo?

Ahora soy huésped de la casa.

Me he venido para tenerte bien controlada.

Así que es aquí

donde Celia Silva y tú...

os encontráis.

Debo volver ya al trabajo

o llegaré tarde. -Pues vas a llegar tarde.

Pedí permiso a doña Úrsula, pero he de volver.

Si tardo mucho, se preocupará por mí.

Porque crees que va a llamar aquí.

Porque tú, antes de venir,

le has dicho que ibas a estar en la casa de huéspedes.

Y por eso, crees que va a llamar.

¿O no?

¿Qué quieres de mí?

Ya te lo dije ayer.

Quiero estar contigo en la misma cama

en la que has estado con Celia Silva.

Déjame, por favor.

Por favor, déjame.

Sé que prefieres a Celia.

Pero creo que el mal trago será menor,

si te paras a pensar en lo que te espera.

Yo te doy la opción de elegir, Cata.

¿La cárcel o yo?

Y creo que ahí salgo ganando.

Si la dueña entra y nos ve aquí...

¡Chis! No te preocupes por la dueña.

Ella es la menor de tus preocupaciones.

(Llaman a la puerta)

(Suena música de piano) Adelante.

Ricardo, tienes una visita.

¿A estas horas y sin anunciarse?

Pero, hija... ¿Qué haces aquí?

¿Y por qué lloras? ¿Qué ha pasado?

Padre, esto prefiero hablarlo a solas.

Claro.

Espero fuera.

Y ahora, explícame por qué estás llorando.

Porque todo se ha ido al traste, padre.

Yo ayer hice lo que usted me dijo.

Invité a Sofía a que se marchara de casa.

Lejos de acobardarse, me dijo que no se iba.

¿A usted le parece normal eso?

No esperaba esa reacción de Sofía.

Yo tampoco. Pero lo peor no es eso.

Ciro dice que ahora ella es parte de nuestra familia,

que hay que acogerla en casa, que apoya su decisión.

Y la cree a ella, antes que a mí.

En parte, tú eres la responsable de haber creado esta situación.

Le has contado tantas mentiras a Ciro,

que es normal que no confíe en ti.

Para una vez que le digo la verdad y no me cree.

Eso es como el cuento de "Pedro y el lobo".

"¡Que viene el lobo!" Y al final, no te cree.

Ten. Ya eres toda una mujer y ya es hora

de que deje de tratarte como a una niña. Toma. Bebe.

-Gracias. -Siempre pensé que eras tú

la que manejaba a Sofía. Pero se ha evidenciado

que es justo lo contrario.

-Bueno, no siempre. -Al final, suele salirse

con la suya. Si no, haz memoria.

Soy una confiada, eso es lo que me pasa.

Yo no diría tanto. Pero, al final, te gana la batalla.

Se llevó a Carlos. Y al paso que va,

acabará llevándose a Ciro. -Eso no lo pienso consentir.

Es mi marido. -Lo sé.

Yo te voy a ayudar, porque no quiero que sufras

otro nuevo escándalo. -¿Qué puedo hacer?

-Ser más lista que Sofía. -Lo he intentado todo

y no se me ocurre nada más.

¡Cándida! ¿Puedes venir un momento, por favor?

-No, padre. -Tranquila.

Tenemos un pequeño problema y estoy seguro

que tu instinto femenino nos puede ser de gran ayuda.

Claro. ¿De qué se trata?

Padre, es que no creo que ella sea la mejor solución.

En cuestiones de mujeres, no conozco mayor experta. Confía.

Creo que deberías empezar a confiar en mí, Elisa.

Considérame ya de la familia. ¿Eh?

¿Adónde te crees que vas?

Debo volver al trabajo. Ya te lo he dicho.

Seguro que no hay tanta prisa.

Ven. -Tenía permiso para ausentarme,

pero doña Úrsula me espera desde hace rato en la tienda.

No te va a pasar nada por llegar un poco más tarde.

Ven. Siéntate.

Por favor, necesito este trabajo. Por favor.

-Ya. -No puedo abusar de la confianza

de mi jefa. Por favor, deja que me marche.

Si tan importante es ese trabajo,

sería una pena que, un día de estos,

tu jefa recibiera una carta en la que se explica

el oscuro secreto que Celia Silva y tú guardáis con tanto recelo.

No, por favor.

No creo que a la dueña de la Villa de París

le hiciera gracia enterarse de que la empleada

que ayuda a vestirse y a desvestirse

a sus clientas, es una depravada.

Ya he pagado por tu silencio.

Mi silencio no se paga de una sola vez, Cata.

Mi silencio es inagotable.

Y seré yo quien decida cuándo has saldado tu deuda conmigo.

¿Qué haces aquí?

Tienes que respetar los horarios

que hemos establecido para ver a las niñas.

¿Me estás echando de casa?

Te estoy pidiendo respeto.

¿Y qué vas a hacer para impedirlo?

¿Pedir otra orden de alejamiento?

-Márchate. -No me iré hasta

que me expliques por qué solicitaste esa orden.

¡Chis! ¿Quieres bajar el tono?

Vas a despertar a las niñas.

Ese muchacho es un mentiroso.

Hoy lo has podido comprobar.

Te tiene pánico.

¿Cuántas pruebas necesitas para darte cuenta

de que ese niño al que intentas proteger, es un embustero?

El miedo que vi en sus ojos cuando pensó

que ibas a tomarte la revancha, era real.

Por eso, pedí la orden. -¡Miente!

Y viendo tu reacción, hice lo correcto.

Yo nunca le he puesto una mano encima ni nunca lo haría.

¿Entonces por qué te tiene tanto miedo?

Me teme porque soy el único que conoce la verdad.

Es su palabra contra la mía.

¡Lo que no entiendo es por qué le crees!

Salvador, vete, por favor.

No quiero seguir discutiendo de este tema.

Diana, te está engañando. Pero no eres capaz de verlo.

¿No te das cuenta de que por culpa de él

hemos discutido una docena de veces?

No le culpes a él de nuestros problemas.

Si lo que quiere es separarnos lo está consiguiendo.

Fuiste tú quien se fue de casa. Él no tiene la culpa de nada.

Ese crío necesita que alguien le deje las cosas muy claras.

Porque si no va a acabar mal. Y yo no puedo hacerlo

porque alguien me ha puesto una orden de alejamiento.

No te acerques a él, nunca. O llamaré a la policía.

(SUSPIRA)

¿Serías capaz de meterme en la cárcel

para proteger a un mentiroso?

¿Acaso has olvidado que yo...?

¿Crees que yo sería capaz de hacerte daño?

¿Yo?

¿A ti?

El hombre con el que me casé

nunca habría levantado la mano a un adolescente.

El hombre que tengo ahora delante... no lo sé.

¡Que no te creo, hombre! ¡Que estoy cansadísima!

Hazme el favor de tranquilizarte un poco

y de bajar la voz.

Yo hablo como me da la gana.

No puedes entrar así de alterada.

Tienes que disimular.

Hay clientes que conocen a Merceditas.

¡Ayer me prometiste que buscarías una solución!

¡Y todavía estamos igual! -Es una situación difícil.

Tiene un nombre: Merceditas.

Y la solución, contar la verdad.

Ya, lo he intentado, pero no he sido capaz.

Huy, pobre Raimundo, lo que sufre él.

Pues vas a tener que hacerlo porque yo ya no puedo más.

Sólo necesito tiempo, que tengas paciencia.

Pero no es a mí sólo a quien vas a tener

que pedir paciencia. -¿Quién más lo sabe?

Rosalía está al tanto de todo.

Así que más te vale hablar hoy mismo con Merceditas

si no quieres que se entere por unos o por otros.

Hoy... hoy no. Hoy no tengo fuerzas.

Hoy no tengo fuerzas, mañana no es el momento,

pasado tendrás viruela. Será por excusas, ¿no?

Yo te quiero, Elpidia.

Y eso se lo dices a ella también.

No, no, no. No digas tonterías, yo eso sólo te lo digo a ti.

No te quiero compartir ni un día más.

¿Entiendes? -Que no, mujer.

Hoy mismo se lo cuento a Merceditas.

Hoy sin falta.

¿Qué me tienes que cont...?

Vaya, visto lo visto creo que sobran las palabras.

Y yo pensando que había hecho algo mal.

Y todo es por culpa de esta. -Un respeto, ¿eh?

Eso se lo gana una.

No sé cómo has podido abandonarnos.

¿No vas a defenderme?

No sé qué decir. -¡Tú eres una descarada!

Raimundo, no te quedes ahí callado y defiende

a la persona que quieres, ¡por tu vida!

Que soy yo.

A ver, a ver, yo...

quiero... quiero pedir perdón.

Y... -Tú eres un cobarde.

Te lo puedo explicar, Merceditas, esto...

Qué tonta he sido.

¿Cómo no me he dado cuenta antes?

Yo pensaba que me había casado con un buen hombre.

Pero ya veo que estaba equivocada.

No...

(SUSPIRA)

Marina, vengo de comisaría.

Nuestros planes se están complicando.

Salvador está en libertad.

Lo sé.

Los daños físicos que le produje a Benito

no son lo suficientemente graves.

Simplemente ha tenido que pagar un multa.

Sí, Benito me lo ha contado todo.

Cristóbal le ha hecho una exploración médica

y ha descubierto que la sordera era fingida.

Menudo inútil, menudo...

Tenía que haberle pegado hasta dejarle sordo de verdad.

Cálmate. -¿Cómo quieres que me calme?

Lo teníamos tan cerca.

Ya le veía entre rejas.

Pero una vez más Salvador Montaner

se ha vuelto a salir con la suya.

Bueno, eso no es del todo cierto.

Puede que pienses que la paliza

que le diste a ese pobre desgraciado

no haya servido de nada. Pero te equivocas.

Pues no sé qué puede tener de provechoso esta situación.

¿No has dicho que has estado en comisaría?

¿Y no te has enterado de que Diana Silva

ha solicitado una orden de alejamiento para Salvador?

Sí, pero para Benito, no para ella.

Así es.

Desde hoy Salvador Montaner

tiene terminantemente prohibido acercarse a Benito.

Y si lo hace tendrá que rendir cuentas ante la justicia.

Ya. ¿Y qué propones?

Que lo usemos a nuestro favor.

¿Y cómo vamos a hacer eso?

Si una paliza a Benito

ha estado a punto de meter a Salvador en la cárcel,

¿qué pasaría si fuera acusado de algo mucho más grave?

¿Entiendes ahora por dónde voy?

Sí.

Entiendo lo que quieres decir.

Tristán, me gustaría...

Bueno, que tenía un regalo para ti.

Y, toma.

Espero que te guste.

Pero ábrelo.

No tenías por qué haberte molestado.

Bueno, ya lo sé, pero me apetecía.

¿Te gusta?

Es preciosa. Muchísimas gracias.

¿Quieres que me la ponga?

Hombre, yo creo que es mejor que te esperes

a después de la ceremonia. ¿No crees?

Sí, es verdad. Claro, qué estupidez.

Tristán, ¿estás bien?

Sí.

Estoy algo nervioso.

¿No crees que se está retrasando el párroco?

Tristán, me gustaría preguntarte esto

por última vez.

¿Estás seguro del paso que vamos a dar?

Sí, estoy segurísimo.

Pero eso no hace que deje de estar nervioso.

Bueno, pues ahora sólo toca esperar.

Pero eso sí, antes de que llegue la noche

tu vida va a cambiar para siempre.

Y la tuya.

Eso es verdad.

¿Te encuentras bien?

Perfectamente.

Pues no lo parece.

¿Has tenido algún problema en el hospital?

No.

Es que siempre que te veo así de preocupado

es por algo que ha ocurrido en el hospital.

¿Seguro que no tienes ningún problema?

No me asustes.

No, Rodolfo, no te preocupes por mí.

Llevo días sin beber y he vuelto a centrarme

en el hospital y mis pacientes.

¿Entonces qué es lo que te pasa?

El otro día te mentí en el funeral de Carlos.

Vamos, que no te dije toda la verdad.

¿Sobre qué?

Me preguntaste si...

si me incomodaba que Blanca tuviera una nueva pareja.

Y yo te dije que no.

Mentí.

Llevo tiempo que no sé qué me pasa cuando la veo,

pero trato de taparlo.

Y créeme, hermano, he probado a hacer de todo.

Me he acercado a ella, he sido su amigo,

la he rechazado, la he tratado mal.

Incluso lo he intentado con otras personas.

Nada, imposible.

Cada vez que la veo...

¿Por qué has hecho eso, Cristóbal?

¿Qué sentido tiene?

Lo nuestro ha sido difícil desde siempre.

De hecho si lo pienso bien

creo que no deberíamos estar juntos.

¿Y por qué no?

Porque arrastramos mucho.

Y últimamente cada vez que nos vemos es incómodo,

es desagradable.

Y yo reconozco que la culpa es mía.

Bueno, Cristóbal, has atravesado una mala época.

Y lo has pagado con quien demonios tuvieras delante.

La pregunta es...

La pregunta es, ¿todavía quieres a Blanca?

Creo que sí.

No, eso no se cree, eso se sabe.

No, no te rías, es verdad.

Yo sé que quiero a Amalia, sin ningún tipo de duda.

Lo sé, lo sé. Tienes razón.

Pero es que lo nuestro desde el inicio

ha estado destinad al fracaso.

Eso tiene que significar algo, ¿no?

El destino a veces se lo forja uno mismo.

Ve a buscarla, Cristóbal. Es que no sé a qué esperas.

Es tarde. ¿Es tarde?

Sí.

¿Y ella, opina lo mismo? Blanca está con Tristán.

Hoy están celebrando su conversión al catolicismo.

Y sabes que ese muchacho

ha renunciado a todo por estar con ella.

Incluso a su familia.

Además, es un buen hombre.

¿Dónde voy?

No quiero arruinarle la vida.

Cristóbal, lucha por ella.

Si no te vas a arrepentir toda tu vida.

Te vas a culpar.

Sí.

Espero no tener que arrepentirme.

Qué demonios...

Deséame suerte.

Suerte.

Llegas tarde.

Lo siento.

Lo siento mucho, doña Úrsula.

Me quedaré toda la noche si hace falta

para terminar el inventario.

Puedo dormir en el almacén, no me importa.

Continua con esto y tráeme un vaso de agua, por favor.

¿Se encuentra bien? -Sí, perfectamente.

Y no hará falta que te quedes.

No es necesario terminar hoy el inventario.

No me importa, de verdad. -Te estoy diciendo que no.

Y después de lo tarde que has llegado hoy

no creo que vuelva a darte más horas libres.

Lo comprendo.

Cata.

Necesito sentarme. Ayúdame, por favor.

Por supuesto.

Voy a por el agua.

¡Cata!

¿Qué le pasa, doña Úrsula?

¡Voy a llamar a un médico!

Ni se te ocurra descolgar ese teléfono.

Necesita que le vea un médico.

Escúchame, echa la llave y ayúdame.

Será mejor que pongas agua a calentar

y traigas toallas limpias.

¡Doña Úrsula, no! ¡Le tendría que atender

más preparado, yo no sé qué hacer!

Demasiado tarde, Cata. Hay que darse prisa,

no sé cuánto tiempo aguantaré así.

¡Ah!

Ya voy. ¡Ya voy, ya voy!

Ah, doctor.

Adelante, por favor. Rosalía.

¿Qué le ocurre, Dr. Loygorri? ¿Llego tarde?

¿Tarde? ¿Tarde para qué?

No comprendo. Perdón, discu...

Cristóbal. Blanca.

Dime que llego a tiempo.

¿A tiempo de qué?

Cristóbal, me alegra mucho verle aquí.

Tristán.

No quería perderme un momento tan importante para usted.

Se ha convertido en un buen amigo.

Llega justo a tiempo para celebrarlo.

Mire, ya soy católico.

Enhorabuena.

Gracias.

Quiero que brindemos todos juntos.

Claro. ¿Me esperan aquí?

¿Me acompaña, doña Rosalía? -Claro.

Cristóbal, ya sabía que trabajabais juntos

y que os llevabais bien.

Pero no sabía que fuerais tan amigos.

He venido en realidad porque quie...

Dios.

Gracias.

Gracias, doña Rosalía.

La verdad que lamento haber llegado tarde.

Pero bueno, al menos he llegado a tiempo para brindar

y celebrar con vosotros.

Es un honor tenerle aquí. ¿Verdad, Blanca?

Sí.

Ahora que profesáis la misma religión

los obstáculos entre vosotros han desaparecido.

Brindo por vuestra felicidad.

Enhorabuena, Blanca.

Gracias.

No sé muy bien lo que acabo de hacer.

Salvarme la vida, Cata.

Doña Úrsula, necesita

que la examine alguien como es debido.

Creo que deberíamos llamar a un médico.

Cata, lo que ha pasado hoy aquí

debe ser un secreto entre tú y yo.

¿Me oyes?

Si yo hago lo que usted me pida.

pero entienda que es por su bien.

Necesita que se aseguren...

Cata, nadie debe saber que he perdido el niño.

Si eso ocurriera, Dios no lo quiera,

el juez no me concedería el indulto.

Y me ejecutarían.

Júrame que no vas a decir nada.

Ha perdido mucha sangre. Podría ser peligroso.

Más peligroso es el garrote, Cata.

Así que nada de médicos.

Lo que ha pasado aquí no debe saberlo nadie.

Júramelo.

Está bien, se lo juro.

Ayer mi hermana Blanca estaba viendo unas revistas

de moda para ver si encontraba algún vestido

para su fiesta de compromiso con Tristán.

No le gustó ningún diseño.

Así que le enseñé el boceto que me regalaste.

¿Y le gustó? -Lo comprobaremos esta tarde.

¿Estabais hablando de mí?

Estamos hablando de la noche toledana que has pasado.

¿Estás bien?

Está visto que en esta casa todo se sabe.

Tú verás.

Pero yo creo que no pasaría nada porque te viera Cristóbal.

Antonia, estoy perfectamente.

Y para demostrarlo me voy a ir a la tienda.

Ah, no, eso sí que no.

Tú te quedas aquí descansando, por favor.

Anoche no te oí llegar. ¿Dónde estuviste?

No tengo que darle explicaciones.

Responde con educación cuando se te pregunta.

Si me disculpan me gustaría ir a dar un garbeo.

No he visto a nadie más insolente en toda mi vida,

ni más desagradecido.

Tiene cama y mantel y fíjate cómo nos trata.

Déjale que disfrute. No le queda mucho.

Sí, sí, tú siemp...

¿Qué? ¿Cómo que no le queda mucho?

Dime por favor que se va a ir pronto de esta casa.

¿No hablaste con Blanca? ¿Pero cómo iba a hacerlo?

Pues la llevas a un aparte

y le explicas lo que sientes por ella.

No podía hacer eso, estaban los dos allí.

Además, pensándolo bien, Tristán ha renunciado

a algo muy valioso por ella.

Puede que mi momento haya pasado.

Todavía estás a tiempo,

no se ha celebrado la fiesta de compromiso.

Debería escribirle una nota.

Elpidia, es urgente que hablemos.

¿Y eso de llamar a Casa Silva?

¿Y si no lo cojo yo? ¿Eso qué es?

A ver, ¿por qué me haces venir?

La hermana de Celia se casa.

Y le prometí que le enseñaría algunos diseños de su vestido.

¿Otra vez las Silva?

¿Pretendes dejarme plantado

para irte a una reunión con ellas?

Es una oportunidad muy buena para enseñar mis bocetos.

¡Mira lo que hago yo con tus bocetos!

¿Por qué haces esto?

¡Estoy harto de las Silva!

Estoy harto de que se metan en mi vida.

No se meten en tu vida.

Te prohíbo que vuelvas a ver a Celia Silva.

Mi sueño es ahorrar dinero para irnos al pueblo los tres

e instalarnos allí sin echarnos de menos

y sin pasar el sufrimiento de las noches en soledad

sin ti y sin nuestra hija.

Usted lo que quiere es retener a su marido, ¿no?

Supongo que sí.

Yo le puedo dar mil consejos para satisfacer a un hombre.

Pero todos se resumen en uno.

De aquí no me voy a mover.

Así que tú eliges lo que viene a continuación.

Estás quebrantando la orden de alejamiento.

Diana, no eres capaz.

¿Operadora? Póngame con la policía, por favor.

Diana, estás perdiendo el juicio.

No me dejas otra opción.

¿Policía? Quiero denunciar la...

(CORTE DE LLAMADA)

Le tiene que atender un médico.

Si quiere le acompaño al hospital.

Cata, no puedo ver a un médico.

Al menos déjeme avisar a don Gabriel.

Ni se te ocurra.

Gabriel no puede saber nada de esto.

Pero yo no le puedo dejar así, doña Úrsula.

Cata, como digas algo a Gabriel estás despedida. ¿Me oyes?

Yo la noto que tiene dolores, que se resiente cada vez

que se levanta o se sienta en el sofá.

¿Y desde cuándo nota esos síntomas?

Desde ayer.

A mí me da que tiene alguna complicación

en el embarazo y no lo quiere decir.

Si la tuviera ella sería

la primera en preocuparse. ¿No cree?

Y que yo sepa no ha venido al hospital a verme.

También tiene razón. Quizá sea yo que estoy

obsesionada y veo enfermedades por todas partes.

Para que se quede más tranquila pasaré a ver a Úrsula.

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Seis Hermanas - Capítulo 446

20 feb 2017

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de 1920.

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