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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 443 - ver ahora
Transcripción completa

Tengo miedo de que...

de que Rodolfo se arrepienta de casarse con una mujer tan...

tan ordinaria como yo.

¿Rodolfo se enfadó mucho por su comportamiento de ayer?

Fue comprensivo.

Me dijo que lo mejor sería escribir una nota de disculpa

a doña Sofía. Es muy buena idea.

Con una nota se solucionaría todo.

Necesito que mi marido vuelva a casa. Por favor, ayúdame.

Habla con él, por favor.

-Si Diana se desvive por ti. -Diana no me respeta.

Es egoísta y cabezota, estoy cansado de ser un comparsa.

La decisión es firme.

Si hubiera una escuela para refinarme,

le juro que correría ahora mismo a apuntarme.

(RÍE) Quiero dejar de ser La Cachetera.

Si quiere, yo puedo ayudarla.

¿Haría algo así? No me cuesta nada.

¡Ay, muchas gracias! (RÍE)

Cata me ha dicho que me quería. -¿No crees que, a lo mejor,

ha llegado el momento de pasar página?

-Prometo no importunarte más. -Vine a pedirte que me importunes.

-¿Perdón? -Que no quiero que te distancies

y que pierdas todo el interés por mí.

Me juego el ojo que me queda a que tu amiga Catalina

es igual que Celia Silva y que las dos se ríen en tu cara.

Hemos valorado diferentes posibilidades

y creemos que hay una que es... que sería la mejor en este caso:

una operación a corazón abierto.

Es una operación arriesgada, pero si sale bien

podrá vivir años sin ninguna molestia.

No va a volver, esta vez no, doña Rosalía.

¿Pero dónde está esa mujer luchadora que yo conozco?

No puede rendirse, señora.

Estoy harto de tanta falsedad,

de ataques contra la mujer a la que amo.

Le digo una cosa, si mi hijo no conoce a su madre,

tampoco la conocerá a usted. -Ay...

Ay, eres la mujer de mi vida y no te me escapas nunca más.

Qué bonito es tenerte entre mis brazos otra vez.

Qué alegría tan grande verte. ¿Y por cuánto tiempo has venido?

Pues es que he venido a hacer las paces con Raimundo.

Y lo voy a conseguir, sí.

(Sintonía)

No contaba con que aceptara mi invitación a desayunar.

¿Y por qué no? Se lo agradezco.

Bueno, después de mi declaración en el juicio,

habría entendido que usted se negara.

No... no me mires así. No he tenido que insistir nada.

¿A que no, Tristán?

Me alegro. Para mí es importante que tengamos una buena relación.

Me gusta mantener separados el trabajo y la familia.

Y... yo ya me siento parte de esta familia.

Y te estarás preguntando

por qué esta familia desayuna tan tarde.

Elpidia siempre tiene preparada la mesa a estas horas.

Pero Elpidia no está.

Elpidia siempre está en casa a esta hora.

Me la he cruzado en la calle, iba al mercado según me dijo.

No puede ser. ¿Cómo se ha ido sin preparar el desayuno?

¡Rosalía! Lo siento, es algo excepcional.

No importa, de verdad.

-Señores. -Eh, ¿por qué no está

el desayuno preparado? ¿Cómo es que Elpidia se ha ido?

El desayuno hoy no está a cargo de Elpidia,

pero lo serviremos inmediatamente.

Aunque, si ustedes me lo permiten,

antes me gustaría que vieran... ¡una cosa!

¿Qué pasa?

¡Ah! ¡Merceditas!

(RÍEN)

¿Pero cómo es que no has avisado de que venías?

¿Y perderme este momento? Por nada del mundo.

¡Pero qué sorpresa! Bueno, Tristán, ella es Merceditas,

que ha estado trabajando en casa durante mucho tiempo.

Y él es Tristán. Encantado.

(RÍE) -¿Pero qué haces aquí, Merceditas?

Ah, pues vengo para quedarme.

Bueno, si ustedes todavía quieren contar con mis servicios, claro.

¡Por supuesto! En esta casa siempre habrá trabajo para ti.

Bueno, pues, entonces, ahora tal vez sea el momento

de servir ese desayuno que has preparado, ¿no te parece?

(RÍE) ¿No me digas que has cocinado...?

¿Pestiños? -¡Sí!

(RÍEN)

Todavía están calientes. Voy a buscarlos ahora mismo.

-Bienvenida a casa, Merceditas. -Muchas gracias, señora.

Así es como me hacen sentir ustedes.

-¡Ah! ¡Bien! Bueno, están buenísimos.

Ya lo verás. Siéntate.

(RÍEN)

(Se oyen pasos acercándose)

¿Aún estás sin vestir?

Ah, he pasado una noche horrible. No he pegado ojo

-¿Alguna pesadilla? -Peor.

Desde este dormitorio se oye todo: el sereno, los coches,

los del mercado al amanecer, los de la taberna al anochecer...

Por no hablar del colchón,

tener un colchón así es como no tener nada.

Pues yo he dormido de tirón y, la verdad,

del colchón no he notado nada.

Ya. Es que me quejo por quedarme, ¿verdad?

No, pero sabiendo que es tan incómoda, me alegro

de haber cedido la nuestra a Sofía. -Qué considerado.

Lo que Sofía necesita ahora es descansar

y acostumbrarse a su nueva vida. -Iba a dormir mal igualmente,

¿no has oído al niño? No paraba de llorar.

Pobre. Y pobre Sofía. -Sí, pobres, pobres los dos.

Pero si van a pasar mala noche igual,

¿por qué no le cambiamos el dormitorio?

Lo que tienes que hacer es cambiar tu actitud.

No te pasa nada por dormir mal unos pocos días.

(Se oyen pasos acercándose)

Buenos días.

¿Qué tal habéis dormido?

-Muy tranquilos. -Me alegro.

Nosotros también. -¿De verdad?

León no paraba de llorar.

Ya, pobre, es que es muy pequeño. Perdonadme si os ha molestado.

-Yo ni lo he notado. -Tú siempre has tenido

un sueño muy profundo. (CIRO RÍE)

¿Vas a salir? -Sí.

Voy a sacar a pasear a Leandro.

Pero si aún no has desayunado siquiera.

Ya, a ver si así se me abre el apetito.

Pues te acompaño.

(Risas) Y Raimundita está para comérsela.

¡Tiene unas lorzas y unos mofletes! (RÍEN)

Desde luego, no salió a su padre. Qué ganas tengo de verla.

He traído alguna fotografía en la maleta, luego se las enseño.

Sí, yo también quiero verla.

Bueno, Merceditas, menos cháchara y más trabajar.

¿Ya no te acuerdas? "Merceditas...".

Sí, sí, me acuerdo, me acuerdo: "Merceditas, calladita".

(RÍEN) -Hasta las regañinas de Rosalía

echaba yo de menos. Bueno, nosotros tenemos que irnos

o vamos a llegar tarde. ¿Ya?

-Es verdad. -¿Y a qué viene tanta prisa?

El párroco quiere contarnos cómo será la ceremonia

de conversión de Tristán. Ah.

¿Que hay una ceremonia?

Si. Y tiene más liturgia que en una boda.

Bueno, eso ya tendrás ocasión de comprobarlo.

Mi hermana Diana siempre ha sido la más ocurrente de las Silva.

(RÍE) ¿Vamos?

Que tengáis un buen día. Gracias.

Señora.

Creo que mi hermana ha hecho bien en dar otra oportunidad a Tristán.

Si usted lo dice, señora.

Me alegro tanto por ella.

Creo que necesita a un hombre como él a su lado.

Una persona que la quiera, que la cuide.

¿No le parece?

No tengo opinión al respecto.

¿Cómo que usted no tiene opinión? Sería la primera vez.

¿No le agrada Tristán? -Ni me agrada, ni me desagrada.

Vamos, que no le agrada.

No creo que sea el hombre adecuado para su hermana, señora.

Y, ahora, si me permite...

Doña Rosalía, ¿por qué dice eso?

"Sabe más el diablo por viejo que por diablo".

-¿Qué haces aquí? -¿Tú qué crees?

Contigo no hay manera. Te dije que me olvidaras,

entre nosotros no puede haber nada. -No me extraña,

si lo que escuché fue verdad. ¿Cómo va a haber nada?

Haces las cosas muy difíciles, Benito. Por favor, vete.

¡Primero me vas a escuchar!

-Suéltame, ¡me haces daño! -Más me hizo a mí saber

cómo es tu relación con Celia Silva.

Sabía que ella escondía algo raro, ¿pero tú?

¿De verdad eres como ella?

No sé qué te han contado, pero me da igual.

No te debo ninguna explicación. -Claro que sí.

Si es verdad que eres una... degenerada,

entonces, te has estado burlando de mí.

-Déjame. -Primero me vas a contestar.

¿Es cierto lo que dicen?

Lo que yo haga o deje de hacer no es asunto tuyo.

-¿Cómo que no? Yo era tu novio. -Salimos juntos algunas veces.

Yo era tu novio, me debías un respeto.

"Eras", en pasado. Ahora déjame tranquila.

¡Ya no sé cómo decírtelo! -Ayer tuve que aguantar

que se rieran de mí por dejarme engañar por ti.

Eso no va a volver a pasar. -Me da igual lo que te hayan dicho.

Me da igual lo que pienses tú.

Entre tú y yo no hay nada, no tenemos nada que ver.

Desde luego que no tenemos nada que ver.

A la gente como tú hay que mantenerla bien lejos.

Benito, ¿qué te pasa? Tú siempre has sido un buen chico.

Mira, Cata...

como yo me entere de que esa desviada y tú...

habéis estado juntas o estáis juntas,

te juro por Dios que no respondo de lo que puedo hacer.

¡Hola, Elpidia! -¡Bueno!

Pues aquí estamos. (RÍE)

-"Zapatero a tus zapatos". -No toques nada, no toques... nada.

¿Qué pasa, doña Rosalía?

Me ha extrañado que me mandara al mercado

mientras hacía los desayunos. Y que se ponga a hacer la comida...

¿Qué? ¿No dice nada? -Es que no hay mucho que decir.

Solo que va a haber algunos cambios en el servicio de la casa.

¿Pero qué cambios? Dígame, ¿se han quejado los señores

de mi forma de cocinar? -¡No, no! Nada de eso.

-¿Entonces? Pues, eso, que habrá

un reparto distinto de las tareas domésticas.

¿Qué reparto?

No me ponga a subirme en la escalera y a limpiar

los 800 000 cristalitos de la lámpara.

Bueno, usted sabrá.

Voy a ver que no se me haya olvidado nada.

(RÍE) Pues no sería la primera vez. -Pues, mire, hoy con más razón.

Porque he pasado una nochecita...

No he dormido ni dos horas seguidas.

-¿Y eso por qué? -No sé, había unos bufidos,

unos ronquidos como de algún animal.

Pues... yo no he oído nada.

Que Dios le conserve la vista, porque lo que es el oído...

Tampoco hace falta que te me insolentes, Elpidia.

Es que era un no parar. (RONCA DE FORMA EXAGERADA)

Una cosa así, no sé. -Oh, Virgen santa.

Sí, se ha debido colar algo ahí en el patio.

Ay, Virgen del amor hermoso, cómo está el cuarto de la plancha.

Voy a tardar dos días en ordenarlo todo.

(RÍE) Elpidia, esta es Merceditas.

Merceditas, ella es... Elpidia. -Encantada.

Yo también. -Eh...

Tienes que haber oído hablar de ella cientos de veces.

Hombre, tanto como cientos de veces...

pero de algo me suena, sí.

Lleva mucho tiempo trabajando en esta casa.

Y, además, es la esposa de Raimundo.

Ah, claro.

Estate tranquila, mujer, que no he venido quitarle nada a nadie.

Y las señoras creen que hay trabajo en la casa para las dos.

Sí, pues habrá que repartirlo, a ver quién hace qué.

Yo, si a ti no te importa, preferiría encargarme de la cocina.

-¿La cocina? -Si le parece bien a doña Rosalía,

claro está. -Bueno, a mí lo que me parece

es que, estando Merceditas recién llegada,

sería bonito dejarla encargarse de aquello que más le apetece.

¿No crees?

Claro.

Tú y yo nos vamos a llevar bien, ya verás.

Yo hablo por los codos.

Le doy mucho a la sin hueso, que diría doña Rosalía.

Pero algo me dice que tú y yo nos vamos a entender.

Si quieres, te voy a enseñar a cocinar al gusto de las Silva.

Bueno, llevan un rato comiéndose lo que yo les hago.

Ah, sí, no lo dudo, no lo dudo.

Pero ayer por la noche, cuando llegué,

probé el guiso que había quedado de la cena y...

¿Qué? ¿No estaba bien hecho?

Sí, sí, muy bien hecho... (SUSPIRA)

Pero, la verdad sea dicha, salado es poco decir.

Estaba como un perro.

Con lo poquito que le gusta la sal a las señoras.

Bueno, menos a doña Francisca, que esa le echaba sal a todo

-Ya. Lo sabía. -Sí. No conozco a nadie

que le eche más sal a las comidas. Bueno, quitando a mi Raimundo,

porque ese, si tiene un salero a mano, es capaz de comerse

cualquier cosa. No le hace ascos a nada.

(ELPIDIA RÍE DESGANADA) (MERCEDITAS RÍE DIVERTIDA)

Deberías calmarte, esos nervios no os vienen bien

ni a ti ni a tu hijo.

Esta situación puede durar meses.

-Así que intenta tranquilizarte. -Es fácil estar tranquilo

desde ese lado de la reja. -No, no lo es.

Fuera estamos intentando hacer todo lo posible

para sacarte cuanto antes. -Poco podéis hacer.

Deberías estar más agradecida y hacer menos reproches.

Bastante tengo con mi condena como para, encima,

tener que aguantar tus consejos inútiles.

Cariño, lo tengo. Aquí está. Es tu orden de liberación.

¿Han anulado la condena?

Bueno, eso todavía no, pero llegará.

De momento, hemos conseguido que el juez autorice

que pases el embarazo en casa, en consideración por tu estado.

Mi amor, es... es una noticia maravillosa.

Pues ya ves que a ella no se lo parece.

-¡Oh! -Cariño.

(DOLORIDA) ¡Ah...! -Cariño, ¿estás bien?

¿Cariño? Rápido, abre la puerta. -Sí.

Las llaves. Úrsula. -¡Ah! ¡Me duele, Gabriel!

Tengo pinchazos. -No te preocupes, no será nada.

¡Cariño! -Ah...

(Se oye cerrar la puerta)

-Celia. -Perdona.

-¿Qué ha sucedido? -Tengo que irme.

-¿Qué ocurre? -Benito ha ido a La Villa de París

y se ha puesto violento. Ha llegado a amenazar a Cata.

¿Eso a cuento de qué?

No acepta que ella ha ya roto su relación con él.

Ese muchacho se comporta como un cretino desde el momento

en que tu hermana lo metió en casa. -Voy a pararle los pies.

Cuando tranquilice a Cata, iré a buscarlo.

No creo que debas hacer eso.

Ese muchacho pierde los nervios con mucha facilidad.

¿Y qué hago? ¿Me quedo de brazos cruzados?

Yo no digo eso. -Ve a hablar tú con él.

Te tiene respeto. -No creo que sea buena idea.

Alguien tiene que hacerle entrar en razón.

Cada vez que lo he intentado,

fue peor el remedio que la enfermedad.

Saco de quicio al muchacho y él me saca de mis casillas.

Alguien debe ponerlo en su lugar.

-Está bien, lo haré. -Gracias.

¿Y vienes conmigo a la tienda? -No, ahora es el momento

en que puedo ver a las niñas, lo que tenemos acordado.

Te echamos de menos en casa.

Ya, y yo también a vosotras.

¿Entonces por qué no vuelves?

No voy a volver. Te pido, por favor,

que no intentes convencerme ni menciones el tema.

Está bien. Pero me da pena veros tan distanciados.

-A mí también. -¿Entonces por qué no vuelves?

-Celia, ¿qué te acabo de decir? -Sí, está bien, lo entiendo.

Necesitáis tiempo. -Sí.

Te prometo que iré a ver a Benito.

Sí, hazle entender que su relación con Cata no es posible.

-Lo haré. -La violencia no soluciona nada.

-Sí. Cuenta con ello. -Gracias.

Eres el mejor cuñado que hay.

¿Te encuentras mejor ahora?

-Sí. Ya no tengo pinchazos. -Bueno, tienes que serenarte.

Estos nervios te están carcomiendo.

Todo esto es horrible, Gabriel.

Bueno, ahora será menos horrible.

Podrás disfrutar de tu embarazo en casa.

Y mientras tanto, nosotros nos encargaremos

de resolver todo esto. -Gabriel, oíste al juez.

Me matarán en cuanto nazca el niño. -No.

Conseguiremos anular la sentencia. ¿De acuerdo?

Ya lo verás. -Nunca pierdes la esperanza, ¿no?

No puedo permitírmelo.

No sé qué haría sin ti.

Siento haberte tratado tan mal todos estos días.

Y...

Con Velasco también he sido muy injusta.

No importa.

Todo eso ya de igual. Ahora, lo importante es

que vuelves a casa y podrás descansar.

Eso es lo primero. Y después, cuando te encuentres mejor,

nos centraremos en buscar una solución para librarte

de una vez de todo este infierno, para siempre.

¿Nos vamos?

¿Cómo se atreve a presentarse así aquí?

Esto es una casa decente.

Lo dudo. En las casas decentes, a estas horas,

las señoras ya están más que arregladas.

-¿A qué ha venido? -A mediar entre su padre y usted.

Pues podría haberse ahorrado el viaje.

No sea tan orgullosa. Ya es hora de que hagan las paces.

¿Y eso quién lo dice? ¿Usted?

Lo importante es que alguien lo diga.

Está perdiendo el tiempo. No pienso hablarle a ese criminal.

Cuidado con lo que dice. Es muy fácil acusar sin pruebas.

-¿Necesito pruebas? Conozco perfectamente a mi padre

y sé de lo que es capaz.

-Las personas cambian. -No.

Las personas que están encantadas de ser como son, no cambian.

Mi padre no cambiará nunca.

Habla así porque está resentida.

Hablo así porque tengo problemas

más importantes que preocuparme por él.

¿Qué le puedo importar más que eso?

Eso no es de su incumbencia.

Ricardo me ha hablado tantas veces de usted,

que la conozco muy bien y conozco sus tretas.

Y claro que le importa la relación con su padre,

pero disimula porque se muere de orgullo.

Se equivoca. Ahora mismo, recuperar el amor de mi marido,

me preocupa más que lo que le pueda pasar a mi padre.

Es usted asombrosa.

-Me lo tomaré como un cumplido. -No. No es un cumplido.

Lo que me asombra, es que hace pocos días,

estuvo a punto de abandonar a su esposo

para irse con ese timador por el que bebía los vientos.

No sé de qué está hablando.

Ya le he dicho que su padre me habla mucho de usted.

Bueno, pues si le habla tanto de mí, sabrá que León ha muerto.

Descanse en paz.

Mire. León puede que no fuese el mejor ejemplo de nada,

pero no se merecía lo que mi padre le hizo.

Cada vez que recuerdo esa noticia en el periódico, yo...

Por favor. ¿La engañó miserablemente y le ama todavía?

La única razón por la que no se arrastra a sus pies,

es porque está muerto. No venga ahora

con la preocupación por salvar

su matrimonio. -Márchese.

No consiento que nadie me diga cómo tengo que conducir mi vida

y, menos, usted. -Reconcíliese con su padre.

Él no la va a abandonar nunca.

Tiene que tomar las riendas de su vida, niña.

Ojalá fuese tan fácil.

Me siento acorralada hasta en mi propia casa.

No puedo dormir ni en mi cama.

¿Pero eso por qué?

Mi amiga Sofía. Ha enviudado recientemente.

Y ahora mi marido ha creído conveniente traerla aquí,

con nosotros, a casa.

Caridad cristiana. ¿No?

Ya se ha quedado con mi alcoba.

Me descuido un poco y se queda con mi marido.

Ahora lo entiendo todo.

¿Qué es lo que entiende?

Ese interés tan repentino por su marido. ¿Lo ve?

Lo único que le preocupa, es perderlo.

¿Y qué, si es así?

¿Va a permitir que le pase lo mismo con su padre?

Cuando le pierda de verdad, que es lo que va a pasar

si no pone de su parte,

se va a dar cuenta de lo mucho que lo necesitaba,

de lo mucho que lo necesita.

Está bien. Ya me ha dado su consejo.

Ahora, márchese.

(SUSPIRA)

Se están cumpliendo los plazos previstos.

El pedido va a estar con dos o tres días de antelación.

-Excelente. Si cerramos el acuerdo

con el Palacio de Liria, necesitaremos

todas las máquinas libres.

-De eso quería hablarte. Señora, yo me iba ya.

-Gracias, Benjamín. -¿Qué pasa?

Tengo buenas y malas noticias.

Ah. Bueno, las buenas primero, por favor.

Acabo de recibir una llamada de la Casa de Alba.

Están encantados con las muestras que les hemos enviado.

Bien. Bueno, estupendo.

Miedo me dan las malas. -También tiene que ver

con la Casa de Alba.

Pero si les ha gustado las muestras, ¿no?

Sí. Pero, al parecer, a sus excelencias

les gusta conocer a todos sus proveedores

antes de cerrar algún acuerdo.

Ah, bueno. Eso es un mero trámite.

No sé por qué te preocupas tanto.

Tendremos que enviarles una invitación pronto.

Diana, no es la primera vez que las Silva dais

una fiesta a un posible cliente. Preparándolo con tiempo,

quedarán encantados. -No es tan sencillo.

-¿Por qué? -¿Cómo voy a justificar

la ausencia de Salvador?

¿Y qué van a pensar de una mujer casada,

si su marido ni siquiera se presenta

para recibirles? -Claro, claro.

Sí. Tienes razón. No había caído.

Si no se puede celebrar el encuentro en tu casa,

¿por qué no lo hacemos en la mía? -¿En tu casa?

Así te será más fácil justificar la ausencia de tu marido.

Pero todo tiene que estar a la altura de los duques.

Y lo estará. Yo me encargaré.

-¿Tú, personalmente? -Yo, personalmente.

Para algo somos socios, Diana.

Déjalo en mis manos. -Está bien.

Raimundo. Merceditas está en Madrid.

Se ha plantado en la casa

y ha dicho que se quiere quedar. ¿Ahora qué hacemos?

(SUSURRA) Habla bajo.

¿No tienes nada más que decir?

Parece que te la he nombrado y te ha dado un aire.

Y no me extraña. Qué mujer.

No pude librarme de ella en toda la mañana.

Cuando lo consigo, doña Rosalía se empeña

en que limpie media casa.

Merceditas. Almacén. ¿¡Pero qué dices!?

¡No te entiendo! ¡Que digas algo más alto!

Ah.

Anda. ¿Pero qué haces tú aquí?

Pues he venido... a por vino, para la casa.

Ah, mujer. No tenías que molestarte.

No. Si no es molestia.

Bueno, a partir de ahora, si hay que venir al Ambigú,

ya me encargo yo, que para eso soy la esposa de este brazo de mar.

¿Brazo de mar?

Sí, claro.

Ahora mismo traigo las botellas.

¿Tan difícil era avisarme de que estaba aquí?

Lo intenté, pero no me hiciste caso.

-¿A qué vino? -A dejar sus equipajes aquí.

-¿¡Cómo!? -Que viene a instalarse.

Que me quiere recuperar. Me va a dar otra oportunidad.

Este es el vino que gusta

en casa de las Silva. -Muy rico.

Yo lo llevaría enseguida, porque tendrás mucho trabajo.

-¿Por qué? -Tendrás que encargarte de la cena.

¿Yo? ¿La cena? ¿En qué quedamos? ¿Cocino o no cocino?

Antes no cocinada y ahora sí.

Doña Rosalía me dio libre hasta mañana por la mañana,

para que pueda instalarme con mi marido.

Ya.

Bueno, pues nada. Yo me voy, que tengo mucho trabajo que hacer.

A las buenas tardes.

Parece buena chica, pero es de grosera.

Se ve que no le ha caído todavía el pelo de la dehesa.

Tú la conocías ya, ¿no? -De vista.

(SUSPIRA) Está claro que a la moza le molesta

que yo haya vuelto. Se cree que he venido a sacarle el sitio.

O lo que cree que es suyo. -Claro.

Hoy vamos a practicar la entrada perfecta en un salón de baile.

Y, por supuesto, del brazo de un apuesto caballero,

como es Tristán. Gracias.

Sitúense, por favor, al principio del salón.

Y cójanse del brazo.

Al revés. Así. Perfecto.

Imagínese que va a asistir a la fiesta de la temporada.

Lo que tiene que conseguir,

es que se fijen en usted, ser el centro de atención.

No hace falta imaginarme nada.

Cuando estaba en el Ambigú, llamaba la atención

nada más subirme al escenario.

Bueno, pero eso es un poco distinto.

Pero veamos, veamos. Adelante.

(RÍE)

Amalia, ya, ya está bien.

Vamos a ver. Eh...

Usted tiene que llamar la atención por su porte,

por su elegancia.

No sé si la entiendo. Para empezar, no tiene que mover

el brazo así, saludando a todos los asistentes,

ni se contonee tanto con las caderas.

Tiene que ser un poquito más... Sutil.

Exactamente. Entonces, no va a mirarme nadie.

Bueno, tiene que pensar que estará rodeada de políticos,

de empresarios, de aristócratas. No está en el Ambigú.

Es algo distinto. No sé si lo entiende.

Que sea menos descocada. Bueno, quería decirlo

con otras palabras, pero... Pero es eso.

Pero, bueno, no se preocupe, que tenemos toda la tarde

para trabajar. ¿A que sí, Tristán?

Sí, por supuesto.

(CARRASPEA)

Es que lo sabía.

Una cita tan rara, solo podía ser cosa suya.

No tengo nada que hablar con usted. -Suponía que dirías eso.

Pero sé qué clase de persona eres.

A cambio de dinero, me vas a escuchar.

¿O me equivoco?

Está bien.

Aún eres muy joven.

Y está claro que no sabes tratar a las mujeres.

Pero lo bueno es que estás a tiempo de aprender.

Y me va a enseñar usted.

-Tú lo has dicho. -¿Cuántas veces tengo que decirle

que no se meta en mi vida? -Cuando una mujer le dice

que no a un hombre, puede que piense

que la mujer se hace de rogar

y puede que quiera insistir.

Ahora bien, cuando la mujer vuelve a decir que no,

eso solo significa una cosa: no.

Y el hombre tiene que renunciar a sus pretensiones.

Muy bien. Entendido.

¿Eso es todo? -No.

Estoy al tanto de tu comportamiento con Catalina.

-No se meta donde no le llaman. -Sé que la has amenazado.

Y todo porque no asimilas que no te quiere tener cerca.

-¿Quién le ha contado eso? -Eso no es lo importante.

Compórtate como un hombre y no como un mocoso malcriado

y déjala en paz de una vez.

Me da igual su dinero. No pienso seguir escuchándole más.

Estoy hasta aquí de que se dé tanta importancia.

¿Quién se cree que es para decirme cómo tratar a las mujeres?

Alguien tiene que enseñarte.

-Ese alguien es usted. -Pues sí.

Usted, que permite que sea su mujer

quien lleve los pantalones en casa.

Usted, que permite que su esposa airee por ahí sus intimidades.

A ver si se entera. Es usted el hazmerreír de Madrid.

¡Salvador! Salvador, ¿qué haces? ¡Salvador!

¡Quieto, chico! No empeores las cosas.

¿Pero no ha visto lo que me ha hecho?

Si tengo que atizarte para que aprendas, lo haré.

¡Salvador! Márchate. Venga.

¡Venga!

¿Cómo se te ocurre? Si solo es un crío.

Un crío malcriado.

Tendría que haberle pegado una paliza hace tiempo

y ahora no estaríamos así.

Tranquilo. Tranquilo.

Mejor, ¿no? Eh...

Amalia, sinceramente, pues...

No. Pero si ya no voy tiesa.

Y voy elegante, ¿no?

Espere. Tengo una idea.

-¿Qué hace? -A ver si teniendo

la atención en los libros, se olvida de mover las caderas.

¿Qué tienen de malo mis caderas?

Nada. Se supone que entramos en un salón de gran gala,

no haciendo la danza de los siete velos.

Venga. Vuelva a intentarlo.

(SUSPIRA)

¿Pero qué hacen con esos libros? ¡Son míos!

Perdóneme. No sabía que eran suyos.

Solo los usábamos para una lección de etiqueta.

De etiqueta. Estos son libros sagrados.

Lo siento. No me fijé. Fueron los primeros que vi.

La religión merece un respeto. ¿No cree usted?

Cualquier religión.

Nadie ha dicho lo contrario.

Bueno, yo creo que esto de los libros,

lo puedo ensayar en mi casa, que también tengo.

Quizás, sería mejor que... Amalia, ya está.

¿Estás bien? Sí.

No me mires así. -¿Cómo te miro?

Me dices que quieres verme enseguida, pues me preocupa.

-¿Y estas botellas? -Ya te contaré.

Bueno, dime qué pasa, Antonia.

A ver. Que me van a ingresar hoy.

-¿No te operan mañana? -Sí.

Pero hay algunas pruebas que hay que hacer

en la víspera de la operación. Por eso, te mandé venir.

Te traigo unas cosas. Mira. Esto...

Aquí están los papeles de la casa,

del Ambigú y de la tienda.

Y una carta para que se la des a Gabriel.

No, no. Dásela tú.

Para que se la des a Gabriel, si la cosa... no sale bien.

Que no, Antonia, que no.

-Pero, chica, cógelo. -Que no quiero.

Que estas cosas dan mal fario.

-¡Prima, por Dios! -¿Pero a quién se le ocurre

una carta? Lo que tienes que hacer, es hablar con tu hijo

y contárselo todo. -No, no. No pienso.

Antonia.

¿Tú no ves que si pasara algo,

Dios no lo quiera, Gabriel no va a entender

que no hablaras con él y no te...?

A ver.

Que mi Gabriel ya está sufriendo mucho.

Y... Mira. Si mañana todo sale bien,

le habré ahorrado un sufrimiento. -Ya. ¿Y si...?

Y si sale mal, entenderá que no le dijera nada.

Verá la cosa como lo que es, un acto de amor de su madre.

¡Ay, Antonia! Hablas como si te fueras a morir.

Yo qué sé si me voy a morir.

Eso solo Dios lo sabe. -¡Calla!

Bueno, venga.

Coge esto, haz el favor, que me tengo que ir ya.

-Bueno, pues te acompaño. -Que no, que no.

Que no quiero que me recuerdes ahí metida en el hospital.

Venga, hala.

Con Dios.

Antonia.

¿Y yo qué hago si...

te me mueres?

Pues si me muero más te vale

disfrutar de la vida por las dos.

No, no, no, yo no...

yo no... yo no podría.

Mira, yo sólo te pido

que si no salgo de esta

prométeme que te harás cargo de mi Gabriel.

Pues ya está. Venga, hala.

Hala, venga, mujer.

Venga, ya.

Ya, que no llego, Elpidia, por Dios.

Con Dios.

Anda que quedarte toda la tarde aquí mirándome,

con la de cosas que seguro tenías que hacer.

No tengo nada mejor que hacer que acompañarte.

No quiero que vuelvas a pasar la angustia de esta mañana.

Benito podría volver.

No, no, seguro que no.

Salvador me ha prometido que hablaría con él.

Así que espero que a estas alturas

ya le haya hecho entrar en razón.

¿Tú crees?

Benito y la razón no se llevan muy bien que digamos.

Cata, no dejes que te pueda el miedo.

Yo me voy a quedar contigo toda la tarde.

No, no, tendrás cosas que hacer.

Nada mejor que acompañarte.

Muy bien.

¿Quieres intentarlo?

¿Me ayudas a componer el sombrero?

No, yo no sabría ni por dónde empezar.

Yo te voy guiando. -Cata, de verdad que no.

Sí, algo sencillo.

No seas boba. Una lazada por ejemplo.

Mira, la mano izquierda

sólo se encarga de sujetar la base de la cinta.

Muy bien.

Y la derecha se encarga de hacer todo el trabajo.

Muy bien.

Ya está. (RÍE)

Yo ya debería cerrar la tienda.

¿Estás preocupada?

Sí.

Sí.

Me preocupa que Benito me esté esperando de camino a casa.

Yo te acompaño.

Iba a quedarme contigo hasta que cerraras,

así que no me importa acompañarte.

Creo que estoy abusando.

Cata, no tengo nada mejor que hacer que ocuparme

de que llegues a casa sana y salva.

(RÍE)

¿Se puede saber qué haces?

Estoy aprendiendo a caminar con elegancia.

¿Ah, sí? (ASIENTE)

Y no es nada fácil, ¿eh?

O me contoneo demasiado o estoy tiesa como un palo.

Y tengo que ser sutil.

Ah. -Y ya sabes que yo sutil...

sutil pues no.

Amalia, tú puedes ser lo que te dé la gana.

A mí me gustaría ser una gran dama,

de esas que caminan como si no tocaran el suelo,

y que saben de protocolo

y saben quién es quién en la alta sociedad.

Amalia, ¿sabes qué es lo que quiero yo?

Que tú seas tú.

¿Sabes lo que diferencia

a alguien de la alta sociedad de la gente corriente?

Sí, el dinero. -No, no. No necesariamente.

Hay mucho aristócrata de capa caída

que no tiene una peseta. Pero lo disimulan.

Y lo disimulan muy bien. ¿Y sabes por qué?

Porque ellos saben quiénes son.

Pues yo soy una cabaretera.

No, ahí te equivocas.

Eres la futura señora de Loygorri.

Así que camina con confianza

porque eso es lo que eres ahora.

Mira, Amalia,

para que veas la confianza que tengo en ti

te voy a hacer responsable de un evento muy importante

que tenemos que celebrar pronto aquí.

¿Un evento muy importante? ¿Qué evento?

Por cuestiones de negocio Tejidos Silva tiene que invitar

a comer a los Duques de Alba, aquí en esta casa.

¿Los Duques de Alba?

¿Pero qué estás diciendo? -Entiendo tu preocupación.

Son la cabeza de la aristocracia en España.

Eso asustaría a cualquiera.

¿Pero y entonces cómo me las voy a apañar?

En cuanto me vean van a saber que yo no...

No, no, no, Amalia, ni lo digas.

Lo vas a hacer fenomenal.

Mira, esa comida no es importante

sólo para la fábrica.

También lo es para mí.

Puede ayudarme a...

a que me reintegre en la alta sociedad

y que tú entres en ella por todo lo alto.

Ay, Dios mío.

No, Amalia, no te apures.

Ese día puedes contratar a todo el servicio que quieras.

Lo importante es que esa comida salga a la perfección.

Me tengo que ir.

Antonia.

¿Cómo es que está sola?

¿Y su hijo? Vendrá más tarde.

Antonia, ¿seguro que se lo ha contado todo?

Claro.

Claro, a ver, qué remedio.

Está bien. Le voy a contar el procedimiento

que vamos a seguir con usted.

Van a venir unas enfermeras y le van a hacer

las últimas pruebas antes de la operación.

Bien. Y más tarde vendrá

el Dr. Curiel, que la va a operar.

Es un cirujano excelente. El mejor en su especialidad.

Muchas gracias.

Estoy segura de que si ese doctor viene

es por consideración a usted.

Quiero que esté en las mejores manos.

Antonia, ¿qué tiene?

¿Está intranquila?

Es que...

es que no dejo de pensar en lo que me dijo usted

cuando me habló de la operación.

¿Y qué le dije?

Pues que es a vida o muerte.

Así que me puedo morir.

¿Cómo no voy a estar intranquila?

A ver, doctor, que no me quejo, ¿eh?

Y si se queja está en su derecho, Antonia.

Pues no, pues no. Pues no debería, porque...

yo he vivido la vida que quería.

Me he casado con el hombre del que me enamoré.

Tuve un hijo maravilloso.

Así que nadie puede decir

que no haya vivido una vida estupenda.

Y más que va a vivir.

Pues no lo sé.

Y si no, pues...

me reuniré con mi Enrique y ya está.

Escuche, su Enrique puede esperar.

¿O es que se quiere ir sin conocer a su nieta?

No sabe la ilusión que me hace ser abuela.

Pues todo a su tiempo.

Antes de lo que usted cree

ya la veo corriendo detrás de él.

Y regañándolo entre las mesas del Ambigú.

O regañándola, que lo mismo es una niña.

¿Usted qué prefiere?

A mí me da igual.

Yo con tal de verle la carita...

Tiene razón, doctor.

No me puedo rendir ahora.

Tengo que conocer a mi nieto.

Así se habla.

Enseguida vengo. ¿De acuerdo? Gracias.

Trueno.

Trueno.

¿Estás segura?

No creo que te dejen recibir visitas en tu habitación.

Sólo será un momento.

Siéntate, por favor.

Ya que has cuidado de mí toda la tarde

lo menos que puedo hacer es regalarte algo.

¿Los has hecho tú?

Sí. Muchas noches me entretengo dibujando vestidos.

No sé, me gusta imaginar que un buen día

alguna señora de la alta sociedad me encarga uno.

Este lo diseñé para ti.

Es... es precioso.

¿De veras que te gusta?

Si me lo regalases lo colgaría en la pared de mi habitación.

Como si fuera una obra de arte.

¿Y no lo es?

Cata, tienes mucho talento.

No, no, no dibujo bien.

Yo lo que sé lo aprendí viendo escaparates

y fijándome en maniquíes,

o en trabajos de otras modistas.

Escúchame, no te hagas de menos.

Y no renuncies a tus sueños.

También se aprende practicando.

Trueno.

Será mejor que me vaya.

No, quédate.

Un poco, por favor.

Al menos hasta que acabe la tormenta.

¿Y si no acaba?

No puedo dejar que te empapes

después de todo lo que has hecho por mí.

Quejido.

Pues no te ha quedado marca para ser un puñetazo.

Es que no fue un puñetazo, me dio con la mano abierta.

Hasta en eso me trata como si fuera un crío.

De todas formas tenías que habértelo curado

en el momento, así al menos no se te hubiera hinchado.

Pero no me va a quedar marca, ¿no?

No, lo dudo.

Puedes estar tranquilo,

nada va a estropear tu bonita cara.

Buah, la que está cayendo.

¿Y a ti qué te ha pasado en la cara?

Que me he peleado con el Sr. Montaner.

Más bien ha sido él el que se ha peleado contigo.

Rodolfo Loygorri se presentó antes

de que pudiera darle a Montaner su merecido.

Entre él y 3 o 4 camareros me sacaron de allí.

Me quedé con las ganas

de arreglarle la cara a ese desgraciado.

Ay, no te quejes tanto.

¿Y por qué os peleasteis?

Porque Montaner se cree con derecho a darme consejos.

Y a mí no me da la gana

de aceptar consejos de un tipo como él.

Ya, pero te pegaría por algún motivo en concreto.

Se puso a sermonearme sobre las mujeres.

Y le dije que se callara,

que en su casa los pantalones no los llevaba él

y su mujer hacía lo que le salía de las enaguas.

(RÍE) Muy bien dicho, Benito.

Fue entonces cuando te pegó, claro.

A traición, si es un cobarde.

¿Había testigos? -Sí. ¿No le estoy diciendo

que fue Rodolfo Loygorri quien nos separó?

Y Montaner todavía me amenazaba.

¿Ah, sí? ¿Qué te dijo?

Que esto no se iba a quedar así,

que me iba a enseñar lo que es bueno,

aunque fuera a base de palos. Bah...

¿Estás seguro de que te dijo eso?

Sí. Y también escuché cómo le decía a Loygorri

que me gustaría darme una paliza.

Que me la tendría que haber dado hace tiempo.

Iluso...

Acabo de tener una idea magnífica.

Magnífica.

Tú y tus ideas magníficas. A ver, dime.

¿Me haces el favor, querida?

Creo que le vamos a sacar mucho partido

a las amenazas de Montaner.

(RÍE)

¿Pero qué haces?

¡Ah! -¡Luis!

Aunque la casera sea tan rácana

la pensión está muy bien. Está muy limpia.

Y no tiene chinches.

Bueno, la hermana de la modista de la Villa de París...

si seguro que la conoces, vive en una casa de huéspedes

dos calles más para allá.

Y dice... -Cata.

¿Qué?

No hace falta que digas nada.

Es que estoy muy nerviosa.

Está bien.

A mí sólo me importa una cosa.

¿Quieres que me quede contigo?

Sí.

Trueno.

Tienes que denunciar a quien te ha hecho esto.

Tienes que ser sincero conmigo. Cuéntame qué es lo que pasó.

¿Por qué no quieres denunciar?

¿Te has envuelto en algún ajuste de cuentas?

No. No, no, nada de eso.

Bien, entonces fue una pelea.

Me pegaron una paliza, inspector.

Rodolfo me ha encargado

que organice el almuerzo de mañana.

Tenemos invitados.

Bueno, eso está muy bien.

Así podrá poner en práctica todo lo que le enseñé.

El problema es que los invitados

son los Duques de Alba.

Le he prometido a Rodolfo que voy a organizarlo todo.

Y quiero demostrarle que puede confiar en mí,

que voy a estar a la altura.

El problema es que no sé por dónde empezar.

Nunca me he visto en una como esta.

No soporto que Sofía y Leandro vivan en mi casa.

Pero es tu mejor amiga y se acaba de quedar viuda.

Sí, ya lo sé. Y también sé que Ciro

le prometió a Carlos que si le pasaba algo

en el frente él cuidaría de su familia.

¿Pero de verdad hace falta que se queden en mi casa?

Mira, da igual, pensé que tú serías más comprensiva conmigo

después de todo lo que estás pasando con Salvador.

Ha sido una noche maravillosa, Celia.

No me importaría repetir.

Blanca y yo estamos organizando un almuerzo.

Y, bueno, yo me estoy encargando de los preparativos.

Pero no me gustaría que tu hermano supiera

que ella me está ayudando.

Descuida, Amalia, no le diré nada.

Y sin duda has elegido bien.

Blanca es la mejor anfitriona que conozco.

Una experta en protocolo, apariencias, ese tipo de cosas.

He pasado la noche con Cata.

¿Fue mal?

Estoy muy a gusto con ella.

Pero me siento como si estuviera

traicionando a Aurora.

Celia, no. ¿Cómo vas a traicionarla?

Aurora... se fue.

Mira, Ciro, estoy harta.

No soporto que Sofía esté en esta casa.

Y mucho menos que pases el día con ella.

Eso no es cierto.

Estás más pendiente de mi amiga que de mí.

Te estoy pidiendo dar un paseo

a solas como un matrimonio. ¿Es tanto pedir?

No, pero hoy no podemos. Vamos mañana. ¿Es tanto pedir?

Mira, Ciro, lo siento mucho

pero Sofía no se puede quedar en esta casa.

Por cierto, ¿has hablado ya con tu familia?

No, no he tenido ocasión.

Quizá deberíamos aplazar ese encuentro. ¿No te parece?

Si quieres podríamos organizar un café o un té

este fin de semana. ¿Qué te parece?

No se trata de eso, Blanca.

¿Y entonces de qué se trata? Tengo la sensación

de que no quieres que conozca a tu familia.

Elpidia, te llaman al teléfono.

¿A mí?

Sí, es una llamada del hospital.

¡Ay, Dios mío!

Esta mañana temprano he solicitado el indulto.

¿Cree usted que se lo van a conceder?

Si hubiese considerado lo contrario

ni me habría molestado en pedirlo.

Dios le oiga.

¿Y si la petición prospera cree que retirarían los cargos

y se libraría de ser ejecutada?

Así es, no volverían a juzgarla por esos mismos sucesos.

Tu lealtad hacia Carlos es muy loable.

Pero recuerda que Elisa es tu esposa.

¿Crees que debo ceder?

Yo que tú evitaría que se fuera de casa.

Eso traería consecuencias catastróficas

para vuestro matrimonio. Y no habría vuelta atrás.

¡Tienes que ir al hospital corriendo, es tu madre!

¿Mi madre?

¡Ella no quería que te dijésemos nada!

¡Y ella decía que ya bastante teníais

con el juicio y todo eso! -¿Decirme el qué?

¡Antonia tiene una enfermedad muy grave del corazón!

¡Y esta mañana la ingresaron para operarla,

pero la operación no ha ido bien!

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Seis Hermanas - Capítulo 443

15 feb 2017

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de 1920.

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