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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 359 - ver ahora
Transcripción completa

Al recibir tu carta me alegró saber

que encontraste a alguien que te hiciera feliz.

-Y vosotros por usted.

He encontrado la solución para que usted sea mi primera dama.

El rey está dispuesto a otorgarle el título de baronesa.

Si fueras una buena esposa, hablarías con la reina

y le pedirías que me concediera el título a mí

en gratitud por los servicios prestados a la patria.

¿Estás de broma? Todo sería igual,

tú serías primera dama y yo vería a salvo mi honor.

Me rompiste el corazón.

Por eso vine a Madrid, a pedirte perdón

y a decirte que todavía te quiero.

Si se diese la oportunidad de conocerme,

vería que mis intenciones con su hijo son las mejores.

No te preocupes por él, ya me dejó claro

que no renunciará a ti. -Puede que él no, pero yo sí

Si te pido que te marches, Gabriel se enfadará conmigo

por meterme en su vida, y te aseguro que no lo perderé,

eso que te quede bien claro.

Hace un rato me llamó Claudio.

¿Claudio? ¿Qué quería?

Pedirme explicaciones sobre el hijo que espero.

-¿Sospecha que es el padre? -¿Qué crees?

-¿Y si le escribes una carta?

Sí, es una gran idea.

Solo tendría que inyectar una dosis más alta de morfina,

o cualquier otra cosa que no dejase rastro.

Sabe más de medicinas. -Le dije que no.

Yo no soy una asesina. -No vuelva a acercarse a Aurora

o iré a la Policía y se lo contaré todo a Velasco.

-¿Todo? -¡Todo! ¡Estoy harta de esta si...!

¡Ah! -¡Cuidado, no me provoques!

Haré lo que sea para no ir a la cárcel, ¿me entiendes?

¡Ah!

(Sintonía)

¿Qué tal el cuello?

Todavía me duele un poco.

Tu tío es un salvaje.

Cada vez que pienso que te agarró del cuello,

es que no... -Si hubieras visto sus ojos,

se volvió loco.

Te prepararé un buen desayuno, así te olvidas de él.

¿Se puede olvidar algo así?

Que tu familia te amenace de esta forma.

Al menos inténtalo.

Por lo menos estoy un poco más animada.

Mira.

¿Y esa carta?

Eh, es una carta de Carmen de Burgos.

-¿De Carmen de Burgos? -Sí, de la periodista Colombine.

-Sí, sí. -La conocí hace unos meses,

justo antes de que tú aparecieras en mi vida.

Es una mujer fantástica, Aurora,

si vieras lo que escribe sobre las mujeres.

Hay una frase que me gusta, que dice:

"Lo importante es sentir la vida".

(RÍE) -Ya veo que te gusta mucho.

Me gusta mucho, sí.

Me gusta cómo escribe, me gusta su vida,

la verdad es que me gusta todo de ella.

Y... ¿tengo que ponerme celosa o algo?

No.

Porque no creo que dejara a don Ramón Gómez de la Serna por mí.

Ni yo te dejaría a ti por ella.

(RÍE)

Lo que más me gusta es su trabajo.

¿Y qué te cuenta en la carta?

Dice que la guerra la sorprendió, a ella y a su hija en Oslo.

-¿Pero están bien? -Sí.

Aunque las detuvieron al llegar a Alemania,

las tomaron por espías rusas.

Deben haberlo pasado fatal.

No creo que los alemanes se anden con chiquitas con esto.

No, no creo. Pero por suerte se dieron cuenta y las soltaron.

El director de "El heraldo" quiere que vuelva a la zona

para trabajar como corresponsal de guerra.

Pero eso es muy peligroso.

Sí, es peligroso, pero también se corren peligros aquí.

Lo que nos ha pasado últimamente es más peligroso

de lo que le puede pasar a un periodista de guerra.

Sí, nosotras hemos pasado aquí momentos malos,

pero no lo compares con un país en guerra.

No les piden que vayan a disparar, sino a escribir crónicas.

Eh, igualmente, no va a ir.

Ah, bueno...

No quiere separarse de Ramón ni tampoco de su hija.

Así que me pide permiso para hablar con el director de "El heraldo".

¿Y para qué necesita tu permiso?

Porque va a proponerle que vaya yo en su lugar.

-¿Cómo? -Corresponsal de guerra, Aurora.

¿Tú te das cuenta de lo que significaría eso en mi carrera?

Majestad, le agradezco que haya venido hasta aquí.

En confianza le diré que me gusta salir de palacio

de vez en cuando. (RÍE)

Tengo curiosidad por saber qué le ocurre.

La noto muy nerviosa.

Lo estoy. La verdad es que no sé por dónde empezar.

Creo que tenemos la suficiente confianza

para que me hable con total sinceridad.

Le he contado a mi marido que tiene intención

de nombrarme baronesa.

Y, al contrario de lo que pensaba, no le gustó mucho la idea.

¿No le parece bien que su esposa sea baronesa?

Él también sería barón.

Se aferra a la ley,

dice que los títulos nobiliarios tienen que otorgarse

al cabeza de familia, es decir, al varón.

Ya me parecía a mí que alguna complicación surgiría,

lo que no esperaba es que fuera en su entorno tan cercano.

Mi marido es muy orgulloso y muy tradicional.

Cree que el título se lo tendrían que dar a él.

Pues algún día tendrá que cambiar su mentalidad.

Y ojalá también cambie la del resto de los hombres, ¿no?

Sí, pero para que eso suceda, tiene que pasar mucho tiempo.

Yo quería pedirle, con toda mi humildad,

que nombre barón a Rodolfo, así yo podría ser baronesa consorte

y... y podrían nombrarme primera dama.

¿De verdad es eso lo que quiere, Blanca?

Ah, bueno, yo en realidad lo que...

Claro que no.

No encuentro ningún motivo por el que debiera

hacer barón a su marido. Un título hay que ganárselo,

como ha hecho usted con su servicio.

Los reyes no los regalamos así como así.

Ya lo sé, y lo se lo agradezco de corazón.

Me hizo feliz cuando me dijo que me nombraría baronesa.

Nunca pensé en las consecuencias.

Usted fue quien me ayudó a recuperar esas cartas,

no su marido.

Usted es quien ha estado a mi lado,

quien me ha acompañado, quien incluso me ha consolado.

¿Por qué habría de hacer barón a su esposo

cuyo único logro fue conseguir que usted se casara con él?

Majestad, si le soy sincera,

es porque no quiero tener más problemas con él.

Convertirme en primera dama es lo que más deseo del mundo,

y no quiero que nadie me lo impida.

Entiendo por qué lo hace,

pero no contribuiré a ello.

Usted será baronesa y primera dama.

Es mi deseo y así será.

Le repito que se lo agradezco de corazón,

pero mi marido lo está pasando mal.

Le han echado del Partido Maurista por culpa de esas cartas,

y cree que yo se lo debo.

No siga insistiendo, por favor.

Bastante me costó convencer al rey para que la nombrase baronesa.

Y no voy a cambiar eso

para satisfacer el débil y ridículo ego de un hombre.

Son los pequeños gestos los que cambian el mundo.

Y usted será un referente para todas las mujeres

que están luchando para conseguirlo.

Es que no me parece una buena idea,

así que perdona que no me emocione. -¿No ves lo bueno que podría ser

para mi futuro profesional? -¿Y tú no ves que podrían matarte?

Sí, es peligroso ir a la guerra, pero también lo es quedarse aquí.

¿Qué pasará cuando Marina despierte? ¿Has pensado en eso?

No, no lo sé, no sé qué pasará, pero no será peor

a que te maten de un disparo o que mueras por una bomba o no sé.

Cuando Marina despierte, nos delatará.

Nos encerrarán y pasaremos todos nuestros días en la cárcel.

-¿Y qué pasa con nosotras? -Tú vendrás conmigo.

Y trabajarás en algún hospital cerca de donde yo esté.

No voy a separarme de ti, Aurora.

Celia, no sé si te has vuelto loca o que yo no me expreso bien.

Yo no quiero ir a la guerra y no quiero que tú vayas.

A mí me parece la mejor idea que podíamos tener.

Estar aquí me angustia. Mira mi cuello, tus ojos,

no podemos pegar ojo de noche. -Pero no es lógico

que huyamos de una situación mala para ir a otra peor.

Estamos muy nerviosas las dos.

Y yo entiendo que para ti sea una sorpresa saber que

a mí quizá me gustaría ser corresponsal de guerra.

Pero ponte en mi lugar. -Y lo hago.

No puedo parar de imaginarte herida

tirada en una trinchera en un pueblo bombardeado.

Te diría que tenemos tiempo para pensar esta decisión,

pero el director quiere una respuesta ya.

Pues la mía ya la sabes:

No. Así que quítate esa idea de la cabeza,

porque ni tú ni yo nos vamos a ir a ninguna guerra.

No podría soportarlo.

¿Te has fijado en el poco estilo que tenía Genoveva?

Qué zapatos y qué... y qué vestido.

Parece una pueblerina, por no hablar de su voz.

Ah, pues a mí me parece que tiene una voz normal.

-¿Tú de qué lado estás, Sofía? -Del tuyo.

Pero creo que estás exagerando.

No creo que Ciro quiera nada con esa chica.

Si han sido pareja, es normal que se vean como amigos.

Claro, es que tú todo lo ves normal: su voz, ahora esto.

Bueno, nosotros nos seguimos viendo después de todo.

Y mi marido te dejó embarazada. Espero que, después de esto,

puedas soportar que ellos se sigan viendo.

Supongo que tienes razón.

Ciro está enamorado de ti, la boda sigue en pie,

no entiendo por qué ves a Genoveva como una amenaza.

Porque los hombres son como son. ¿Y quién dice

que no vaya a haber pasión si se pasan las horas juntos?

-Huy, "las horas", exagerada. -Yo confío en Ciro,

en quien no confío es en ella.

Que a saber qué está tramando la muy lagarta.

Va, tranquilízate, que se te pone una arruga

en la frente muy... muy fea.

¿Una arruga? Ay, lo que me faltaba ya.

Elisa, va, cálmate. No sé, piensa en la boda,

en el vestido, en los invitados, en la fiesta.

Sí, sí, sí. Tengo que pensar en cosas bonitas.

Ah, mi boda va a ser preciosa, bonita, sin lujos.

(SUSPIRA) -¿Tú estás enferma

¿Por qué?

No sé, que tú digas "sin lujos" es sinónimo de

"Elisa está enferma" o "ha perdido la cabeza".

Anda, sí, que haya dejado mi vocación religiosa,

ni significa que no haya aprendido nada.

No me lo puedo creer.

Cuando estuve cuidando a Ciro, me di cuenta de que

lo verdaderamente importante está en el corazón.

Ah, así que las monjas te han vuelto una cursi

No se dice cursi, es sensatez, Sofía.

Yo no quiero verme ahogada en una nube de flores y oropeles.

Quiero ser yo la protagonista de mi boda. Yo y solo yo.

Bueno, y Ciro, claro. -Esta ya me suena un poco más.

Ahora que te veo más tranquila y hemos dejado

de hablar de Genoveva, ¿hablamos de mí?

¡Esa no irá a mi boda! Esa no irá a mi boda.

¡Elisa!

Perdón.

¿Qué decías?

-¿Le mandaste la carta a mi primo? -¿Qué carta?

La que escribimos juntas para decirle que...

que el hijo no era de él.

Ay, Sofía, que se me ha olvidado.

-¿Qué? -Pues que, con todo el lío

de lo de Genoveva, se me olvidó entregársela.

No te preocupes, he de recordar dónde la puse.

-Te lo puse con libro de Galdós. -Pues ya está.

Entonces tiene que estar donde esté el libro.

No nos pongamos nerviosas. -¿Que no me ponga nerviosa?

Te dije que era muy importante. -Ya lo sé.

Yo salí de casa con el libro.

¿Dónde fui con Ciro?

Al Ambigú. Tiene que estar allí.

-Vamos al Ambigú. -Sí, vamos.

Como no esté allí, Elisa, me tengo que buscar otro marido.

Ay, ya se podían dejar olvidado dinero en vez de libros.

¿Y qué ibas a hacer tú, guardártelo y esconderlo

antes de que vinieran a reclamarlo?

Si a alguien le sobra tanto el dinero como para olvidárselo,

yo qué quiere que le haga. -Ahí no te veo.

Es igual, nunca pasa. La gente se olvida tonterías.

"Tormento", ¿a quién le puede interesar este libro

con este título? -¿Quién se lo habrá dejado?

La última persona que estuvo aquí fue al Srta. Elisa.

Pero, si se lo dejó, sería porque ya la tenía atormentada.

(RÍE) -¿Se lo quiere quedar?

No, deja, deja, bastante tengo ya con mis tormentos.

-¿Qué ha pasado? -Elpidia y Rosalía,

que me tienen agobiado con la comida.

Ayer, sin ir más lejos, cada una me trajo

una tartera con comida. Y yo, por no hacer un feo,

me tuve que comer los dos guisos. -Elpidia le quiere conquistar.

-¿Elpidia? -Ajá. Yo también le dije a ella

que lo que hay entre usted y doña Rosalía es más que amistad,

pero no me creyó. O le da igual.

Pero, vaya, que está usted hecho un don juan, Benjamín.

Calla, hombre, calla. Hay que acabar con esto pronto.

Los líos con mujeres nunca acaban bien.

¿Y qué va a hacer? ¿Le dirá a Elpidia

que deje de cebarle, que le gusta la jefa?

Pues algo así tendré que decirle o me matará con la comida.

Yo ahí no puedo ayudarle,

con mi Merceditas no tengo ese problema.

Ella para mí es más que suficiente.

Sin ir más lejos, hoy, ahora mismo me tengo que ir

a casa de las Silva a recoger una tartera con comida

que me ha preparado Elpidia. -Aproveche y hable con ella.

Ah, y, de paso, le da este libro para que se lo dé a Elisa

o a alguna de sus hermanas. -Ajá.

Allá voy. Deséame suerte.

Suerte, maestro.

Su majestad se niega a que Rodolfo sea nombrado barón,

dice que no se lo merece. Entiendo y apoyo su decisión.

La reina es una mujer muy justa y muy agradecida

con quienes están a su lado, pero también firme

con quienes considera que no han estado

a la altura de las circunstancias. Ya lo sé.

Eso supondría calmar su enfado y tener algo paz en casa.

Si Rodolfo no acepta la voluntad de los reyes,

no es merecedor de ningún título.

Ya bastante es que será barón por ser su consorte.

Rodolfo no me ayudó con lo de las cartas,

pero está pagando las consecuencias de lo que yo he hecho.

Deje de disculparle una y otra vez.

Rodolfo no tiene derecho a reclamar absolutamente nada.

No, ya lo sé, pero tengo miedo de su reacción.

¿Y si me impide convertirme en primera dama de la reina?

Usted ha luchado mucho por conseguir su sueño.

No quiero que por su culpa se eche todo a perder.

yo he estado pensado y creo haber hallado una solución.

¿Que me permita ser primera dama sin ofender a Rodolfo?

Lo veo muy difícil. Si recupera su carrera política

la va a dejar a usted más tranquila.

Eso es cierto.

Desde que el Partido Maurista le echó está muy enfadado

y para sus frustraciones conmigo. Claro, porque le echa la culpa,

por lo de las cartas. ¿Y cómo recuperaría su carrera?

Porque dudo mucho que los mauristas le perdonen.

¿Quién habla de los mauristas?

Rodolfo no debe recuperar con ellos

sino con el partido de Eduardo Dato.

¿El partido del Gobierno? Claro.

También son conservadores.

Es la única oportunidad que tiene de recuperar una carrera,

por otro lado, completamente perdida con su antiguo partido.

Ah, pues me parece muy bien. ¿Y cómo podríamos hacerlo?

Déjelo en mis manos.

Yo la ayudaré a que Rodolfo vuelva al ruedo político

y que no ponga ningún obstáculo a su nombramiento como baronesa.

¿Le apetece otro café?

Mejor ponme un orujo,

a ver si se me pasa el disgusto que tengo.

Ya sabe que, si le puedo ayudar en algo, solo dígamelo.

En esto no me puedes ayudar. Es la cuarta vez que reviso

las cuentas de la Villa de París y no me cuadran

Ya sabe que aquí tampoco cuadran las cuentas.

Un día sobran unos céntimos, otro día faltan.

Al final, lo comido por lo servido. -Bueno, eso es por las propinas.

Y ojalá estuviéramos hablando de unos céntimos.

Es que me han desaparecido 100 pesetas.

¿100? ¿Pero cómo pueden desaparecer 100 pesetas?

Pues eso, eso me lleva a mí a maltraer.

Lo sumo y lo vuelvo a sumar y no aparecen por ningún lado.

Eso es que se ha olvidado de apuntar algo o está sumando mal.

A veces se meten unos números en la cabeza

y siempre se ven igual, aunque sean distintos.

Eso te pasará a ti, a mí me cuadran siempre.

¿Y sabes quién creo que ha sido?

Ah, porque usted cree que alguien se llevó las 100 pesetas.

Me juego lo que sea a que esto ha sido cosa de Soledad.

Ella es la responsable de la Villa de París,

así que tendré que ir y pedirle explicaciones.

Si es que esa chica sabía yo que no era de fiar.

A ver, yo no le digo que no vaya, yo solo le digo

que no la acuse sin motivo porque esas cosas no se borran.

No puede haber sido nadie más que ella.

-Un ladrón que entrara allí. -También sería ella responsable.

Ya. Yo no digo nada, yo solo digo que no se comprometa

con una acusación que la meta en problemas.

No te preocupes, me comportaré de forma civilizada.

Solo iré allí y le preguntaré a la manilarga esta

que me diga a ver dónde puñetas metió las 100 pesetas que faltan-

De forma civilizada y educadamente.

-Antonia, ¿encontró un libro...? -A Raimundo, que tengo prisa

Raimundo, ¿has encontrado un libro que se dejó Elisa?

Ah, ¿uno que se llamaba "Angustias" como mi tía o...?

Se llamaba "Tormento", me lo dejé aquí.

Ah, sí, sí, sí, sí, sí, sí, sí.

Y aquí lo he encontrado, sí. -¡Ay, menos mal!

¿Me lo puede dar, por favor? -No.

¿Cómo que no?

No, porque ya se lo he dado a Benjamín para que se lo diera

a Elpidia, que se lo diera a usted o a sus hermanas.

Pero, tranquilas, que está en buenas manos.

Ah...

Me encanta caminar así, como cuando éramos novios.

¿Te acuerdas las caminatas que dábamos por Valladolid?

Sí, claro que me acuerdo.

Pero han pasado tantas cosas en medio:

La guerra, el hospital, Elisa.

Tengo la sensación de que pasó hace siglos.

Pues yo lo recuerdo como si fuera ayer.

Te propongo que pasemos el día juntos

y revivamos los días de antes de la guerra,

cuando éramos felices y nada nos preocupaba.

Ah, yo he cambiado mucho.

Aquella ilusión la he perdido, incluso he perdido una pierna.

Ya. La pierna no puedo devolvértela, pero la alegría sí.

Para eso tengo a Elisa, es mi prometida.

Lo sé, y no voy a interponerme en vuestro camino.

¿Y si pasamos el día juntos? Primero comemos,

damos un paseo por el parque y nos vamos de compras.

No puede ser, no puedo caminar tanto.

Los médicos me dijeron que lo tomara con calma.

No vamos a llevarle la contraria a los médicos.

¿Y si vamos al teatro? Dicen que en el Teatro Princesa

ponen "La fuerza del mal" con María Guerrero.

No la he visto en persona. Lo siento, no va a poder ser.

-Antes cumplías mis caprichos. -Antes solo estábamos tú y yo.

Ahora está Elisa y quedé con ella.

¿No vas a pensarte lo que te dije ayer?

Te dije que quiero estar con Elisa.

Pero no que la quieras a ella, no como me quisiste a mí.

No puedes olvidar lo mucho que nos reíamos,

lo felices que éramos. Eso no puedes olvidarlo.

Y no lo olvido, lo guardo entre los mejores recuerdos del pasado.

Pero recuerdo perfectamente el daño que me hiciste.

Cuando me abandonaste en el hospital sentí que me moría.

Ese dolor quiere decir que aún me quieres.

Por eso estoy aquí, para lograr tu perdón

y devolverte la felicidad. -Tuviste la oportunidad

de ser feliz conmigo y la rechazaste.

Asume que quiero a otra. -No.

Porque los dos sabemos que es mentira.

Serías más feliz conmigo, pero te puede el orgullo.

Le di mi palabra a Elisa. -Y nosotros nos juramos amor.

-Y tú lo traicionaste. -Dudé una vez.

Y estoy aquí para enmendarlo. Si tú me dejas.

Por favor.

¿Lo estás leyendo? -No. Lo trajo Elpidia

porque Elisa se lo dejó en el Ambigú.

Ya sabes. Nuestra hermana y su cabeza loca.

Me encanta este libro.

Un título muy apropiado para el momento que estoy viviendo.

¿Y qué es lo que te atormenta?

No. No es que esté atormentada.

Más bien, estoy confusa.

Distraída e incapaz de tomar

una decisión con seguridad. -¿Por qué?

Me ha escrito Carmen de Burgos.

Me ofrece su puesto como

corresponsal de guerra en "El Heraldo".

-¿Tú corresponsal de guerra? -Sí.

Antes de que me digas que es peligroso

y que debería quedarme en casa... -Si me parece una oportunidad única

para que hagas lo que más te gusta, escribir.

Y para que vivas intensamente.

¿No ves solo peligro e incertidumbre?

La desgracia nos puede alcanzar en cualquier lado.

Si te apetece hacerlo, hazlo. No te cortes las alas.

No sabes cómo me alegra oírte decir eso.

Porque Aurora dice que ni hablar, que de aquí no me muevo.

¿Y qué hay de lo que te apetece hacer a ti?

Ya. Pero yo no quiero hacerle daño.

Tú no quieres hacerle daño, pero ella te lo hace a ti.

No. Ella solo se preocupe para que no me pase nada malo.

Le he propuesto que venga conmigo. -¿Y no quiere?

No. Le da mucho miedo.

Pero la decisión es tuya, no de ella.

-Lo sé. Pero... -Yo creo que es una oportunidad

que no deberías desaprovechar.

¿De qué oportunidad estáis hablando?

A Celia le han ofrecido ser corresponsal de guerra

para "El Heraldo". "El Heraldo", Blanca.

¿No te estarás planteando aceptar?

Pues sí. Celia, es una locura.

¿Cómo te vas a ir a la guerra?

A ti te quería ver yo. ¿Qué te pensabas,

que no me iba a dar cuenta de que me has robado?

-¿Qué dice? -Lo que oyes. Que me has robado

100 pesetas. Devuélvemelas o llamo a la policía.

Llámela, a ver qué dice cuando pregunten

por qué les hace perder el tiempo.

Les diré que te detengan, que es lo que hay que hacer

con una ladrona. -Estoy de acuerdo,

pero yo no he robado nada.

No me vengas con esas, que las dos sabemos

quién se ha quedado ese dinero.

Es lo que querías, ¿no? Venir aquí a robarme a mí.

Que sepas que no me chupo el dedo,

que sé hacer cuentas y me doy cuenta de cuándo me roban.

Le repito que yo no he cogido nada. No necesito su dinero.

A otro perro con ese hueso. Ya verás.

Ya verás cuando se entere mi hijo de esto.

Ya puede ir diciéndoselo, porque aquí llega.

Hola. Pero, bueno, ¿qué son estas caras?

Pregúntaselo a tu madre.

Perdió dinero y me acusa sin pruebas.

-Sin pruebas nada, golfa. -¿Qué me ha llamado?

¡Eh, eh, eh! Eso son palabras mayores.

Madre, explíquese y, por favor, sin insultar.

No insulto. Describo las cosas tal como son.

He echado las cuentas y aquí faltan 100 pesetas.

Solo se las puede haber quedado ella.

¿Me está diciendo que una cuenta es la única prueba?

Déjemelo ver. A lo mejor, se ha equivocado revisándola.

Sí. Faltan 100 pesetas. -Y es la única que está al cargo

de la tienda, así que no puede haber sido otra.

Dile que las devuelva y que desaparezca.

Lo que haré, será revisar las cuentas anteriores,

por si ha habido algún error.

Y luego, revisaremos las ventas y las anotaciones.

Un error lo tiene cualquiera. -Un error...

La mano muy larga es lo que tiene. -Basta ya.

Está visto que con usted no se puede discutir. Váyase.

Y cuando esté más tranquila,

hablaremos. -Tranquila estaré cuando

devuelva las 100 peseta. -¡Madre, por favor!

Hágame caso.

Gracias por hacer que se fuera.

Tu madre, a veces, es un poco insoportable.

¿Por qué has cogido ese dinero?

No te puedes ir y dejarnos con el corazón en vilo.

Pero... -Eso es muy egoísta.

Si nuestra hermana quiere irse

y seguir su vocación, tiene que hacerlo.

Cada una tiene que vivir su vida, sin meterse en la de las demás.

Precisamente. ¿Precisamente, qué?

Yéndose, afectará a nuestras vidas.

No podré dormir pensando que le pase algo

y tú tampoco, Diana. Ninguna de nosotras.

Celia no puede dejar de vivir

porque nos preocupe su seguridad.

Nosotras sufriremos las consecuencias,

mientras ella juega a ser periodista de guerra.

¿No te acuerdas cuando Cristóbal se fue a Marruecos?

No quiero volver a pasar el mismo sufrimiento.

Me acuerdo. Pero Cristóbal está de vuelva.

Y nuestro cuñado murió asesinado en su casa.

Eso no justifica que quiera irse. Claro que sí.

Nuestro final puede estar en cualquier parte.

Si no se va y desaprovecha esta oportunidad,

matará sus sueños. Trabajo en la Oficina Pro Cautivos

y que veo cada día el sufrimiento que provoca

esta guerra en las personas que se quedan en casa.

Sufriremos si Celia se va,

pero no es una razón para encerrarla.

Lo siento muchísimo, Celia,

pero el trabajo de corresponsal no es para mujeres.

¡Ah! ¿Y dirigir una fábrica?

No es un trabajo para una mujer

y lo hago mejor que muchos hombres. ¡Por Dios!

No me compares una guerra con la fábrica.

Claro que no es lo mismo.

La fábrica es mucho peor.

Me voy, porque estoy cansada de oír tonterías.

¿Sabes qué te digo? Que me voy primero,

porque tengo prisa. Y como me llamo Blanca,

Celia no se irá a la guerra. Como me llamo Diana,

Celia sí irá a la guerra.

¡Y como me llamo Celia, que haré lo que me dé la gana!

Aunque todavía no sé muy bien qué es.

¿Cómo eres capaz de pensar algo así de mí?

¿Tan mezquina me consideras? -No te considero nada.

Solo hablo por lo que veo y es evidente que falta dinero.

-Tu madre habrá... -Mi madre siempre tuvo

mucha mano con las cuentas. Y en eso, me fío.

Pues las cuentas estarán bien. Faltan 100 pesetas.

Pero no quiere decir que yo las haya cogido.

¿Y dónde están? No es que te acuse a ti,

pero me gustaría que apareciera el dinero, por el bien de todos.

Sí me acusas. Si dudas de mí, me acusas.

Está bien. De acuerdo. Calmémonos.

Lo siento. No quería decir eso.

Tienes que entender a mi madre.

Para ella, 100 pesetas son muchas pesetas.

Pues tendré que buscarlas.

Pues hazlo.

Y pronto.

Gabriel, ¿te das cuenta de lo absurdo que es todo esto?

Yo te quiero y creo que tú me quieres a mí.

Eres conde. Ya me has ofrecido más

de lo que hubiese pensado toda mi vida.

¿Por qué iba a arriesgarlo todo por unas monedas?

Sé que no es lógico, pero entiéndelo.

También es mala suerte que, justo cuando tú te encargas

de la tienda, desaparezca dinero.

No es mala suerte. Tu madre me odia

desde el momento en que me vio.

¿Y qué hace? Acusarme de algo que no he hecho

para intentar separarnos. -Conozco bien a mi madre.

Aunque no le caes bien, ella jamás haría algo así.

Lleva la bondad y la honestidad por bandera.

Está bien. Buscaré ese dinero por todos los sitios

y revisaré las cuentas desde el primer día

que me hice cargo de la tienda.

Te juro que aparecerá.

Eso espero.

Si no, mi madre no me dejará tranquilo,

hasta que todo este asunto se resuelva.

Si le cité, no es para compartir ese aperitivo,

sino para contarle algo que le puede interesar.

¿Algo relacionado con el título de barón?

Coincidirá conmigo en que no es habitual

que se lo ofrezcan a mi esposa, antes que a mí.

Tiene razón. Lo habitual suele ser dárselo al hombre.

Pero no es de eso de lo que quería hablar.

Los nombramientos no son mi competencia.

Pero usted suele estar tan bien informado.

¿Acaso los reyes han rectificado? -No lo sé.

La noticia que quiero darle, creo que le gustará.

¿Ah, sí? Dígame, dígame.

Como sabrá, en 1916, se celebran 300 años

de la muerte de Cervantes y está proyectado

la construcción de un monumento.

-No sabía nada. -Sí. Y como no se pongan ya

manos a la obra, no van a llegar a tiempo,

porque, desde que empezó la guerra, quedó todo paralizado

y ahora se ha vuelto a reanudar.

Bien. Pero no entiendo qué puedo hacer yo en todo eso.

Eduardo Dato está configurando una junta ejecutiva

para llevar a cabo del proyecto.

Había pensado en postularle a usted

para ser el secretario de esa junta.

-No lo entiendo. -Sí. Sí, poco a poco,

se va dando a conocer, Eduardo Dato, a lo mejor,

con el tiempo, le puede sumar a sus filas.

Un momento. A ver si lo entiendo, don Emilio.

¿Me está ofreciendo un cargo de secretario

que ni siquiera está asegurado?

Tengo influencia. Si intercedo por usted, lo va a conseguir.

Bueno.

Empiezo a sospechar que si me ofrece esto,

es porque no me van a hacer barón.

-Estoy intentando ayudar. -¿A quién? ¿A mí o a mi mujer?

Estos son migajas, comparado con la baronía.

Estará de acuerdo. -El cargo que le ofrezco,

es de vital importancia. El monumento a nuestro escritor

más insigne no son migajas.

Después de esto, ¿qué será?

¿Vender limonadas en San Isidro?

Le recuerdo que está fuera de la política.

Si quiere volver a ella,

debe mostrar una actitud más humilde

y aceptar lo que le propongo. -Mire.

No sé a quién pretende engañar,

pero no necesito ser secretario de nadie.

Se equivoca, don Rodolfo. Lo que le ofrezco,

es una oportunidad única para que Eduardo Dato le sume

a las filas de su partido. -¿Me ha preguntado

si quiero formar parte de ese partido?

-Yo he considerado... -No considere. No considere.

No me interesa.

¡Elpidia! A ti Benjamín te ha dado un libro esta mañana, ¿verdad?

Sí. Uno que se titula "Tormento". -Así de grande.

Sé que libro es, pero no lo tengo.

-¿No lo tiene? -Se lo di a doña Diana,

que se lo daría a don Ricardo,

que se lo haría llegar a usted.

-Qué mala suerte. -Sabemos dónde está.

Mala suerte sería que lo dejara en la calle

y lo hubiera cogido un desconocido.

Tenemos que ir a la fábrica.

Llevamos toda la mañana buscando el librito.

Ya no puedo más. -Más cansada tendría que estar yo

en mi estado y aún tengo fuerzas.

He quedado con Ciro y no me da tiempo ya.

-Elisa, necesitamos ese libro. -Qué ansía por leer. ¿Tan bueno es?

Es que tenemos que hacer un trabajo.

Un trabajo sobre... -Sí.

Sí. Un trabajo sobre Benito Pérez Galdós.

Para el club de lectura.

Bien. ¿Y se puede saber...?

No, porque tenemos prisa.

Vamos a la fábrica. -¿Le pueden preguntar a Benjamín

qué le pareció el guiso que le hice?

No, porque no iremos a la fábrica.

Vamos a casa, que estará allí el libro.

-¿No van, entonces? -No.

Espero que tengas razón. Como no esté allí...

¿Qué pasa con ese libro? ¿Qué es lo que cuenta?

Yo no me lo he leído. Sofía sí.

Pues... a ver.

Habla de... de un triángulo amoroso.

Y hay desdichas, traiciones, celos.

Es que a mí el amor siempre

me ha dado esquinazo. ¿Qué más cuenta?

Me gustaría pasarme toda la mañana contándole la novela,

pero... pero creo que es mejor que se la lea usted.

Ay, leer. Ya me gustaría. Ya.

Pero no aprendí.

-¿No sabes leer? -Huy, no.

Llevo trabajando desde los diez años.

Y antes, cuidando de mis hermanos.

A leer, aprendieron los hombres.

Y las mujeres nos quedamos haciendo la casa.

Ya. Lo siento, pero nos vamos. -Adiós.

Adiós.

No estoy de humor para interrupciones.

Pues me da igual. Creo que va siendo hora de que despida a Luis.

Me tiene harta. No hace bien su trabajo,

no me obedece, me falta al respeto.

-No pienso despedirle. -Me gusta que cuando hablo

de algo importante, me preste atención.

Te he dicho que no estoy para interrupciones.

Sabe tan bien como yo que Luis no es la persona adecuada

para el puesto que ocupa.

Paraliza la producción. -Pareces un policía,

en vez de una empleada. -Dígame la verdad.

Usted quiere hundir Tejidos Silva.

Quiere destruir el trabajo de mi padre.

Que le quede claro que no lo permitiré.

¡Que sea la última vez que empleas ese tono conmigo!

Lo digo por el bien de la fábrica.

Anda, sal de aquí y ponte a trabajar.

Mucho criticar a Luis y eres tú la que pierde el tiempo.

Perdonen que les interrumpa, pero ahí abajo tenemos un problema

con los pedidos y don Luis no es capaz de solucionarlo.

Necesitamos ayuda. -Ahora voy.

¿Ve a lo que me refiero? ¡Tiene que despedir a Luis ya!

¡Tú no me das órdenes! -Yo no lo doy órdenes.

Solo le digo lo más conveniente.

¡Eso lo decido yo! ¿Entendido?

Y ahora, déjame tranquilo.

¿Me echa porque no sabe hacer bien su trabajo?

Necesito concentración y con tus constantes interrupciones

es imposible. -¡Si estuviese atento al negocio,

no tendría que venir a recordarle sus obligaciones!

-¡Que te marches! -¡No me grite!

Puede que la fábrica sea suya, pero yo no le pertenezco.

Vámonos, señora. Vámonos. (LLORA)

Vámonos.

Me alegro de que se te haya pasado el enfado de ayer.

La verdad es que necesitaba hablar con alguien.

Tus disculpas lo merecían.

Sobre todo, porque me has dado un poco la razón

con respecto a esa mujer.

Aunque debe ser duro descubrir que tu amada es una ladrona.

Bueno, bueno. Esa palabra, a lo mejor, es un poco excesiva.

-Ella cogió esas 100 pesetas, ¿no? -No lo sé.

Creo que sí. -Llámala como quieras,

pero coger dinero ajeno, es robar.

A la gente que roba, se les llama ladrones.

Sisar también es coger dinero.

Se sisan unos céntimos. La defiendes

porque la quieres, no porque sea inocente.

Tampoco es que se haya demostrado su culpa.

Si dijiste tú que cogió ese dinero.

Sí. Bueno, no lo sé. Creo que sí, pero...

El problema es que mi madre está hecha una furia

desde que descubrió que faltaba el dinero.

Si necesitaba más tensión entre las dos mujeres de mi vida,

ahí la tienes.

Puedo entender el enfado de doña Antonia.

Lo que no entiendo, es que te dé igual

que te cogiera ese dinero. -Solo eran 100 pesetas.

Para mí, eso no es nada.

Lo cogería para darse algún capricho.

Si te lo hubiera dicho, no pasaría nada.

No hablamos solo de un robo, sino de una mentira.

Espero que sirva para abrirte los ojos

y darte cuenta de con quién estás.

Lo haría sin pensar en las consecuencias.

Después, le daría vergüenza confesar ante mi madre. Es normal.

La defiendes como si fuera una niña que ha hecho una travesura

y no es así. Es una mujer hecha y derecha y te mintió.

(Suena el teléfono) Disculpa.

Inspector Velasco.

De acuerdo.

Bien. Sí. Avísenme cuando lo tengan. Gracias.

Por fin.

-¿Alguna novedad? -Hay un testigo que vio

cómo un hombre disparaba a Marina.

Lo mejor, es que sabe dónde para ese hombre.

Nos dio una descripción completa

y, ahora, unos agentes se dirigen al lugar para detenerlo.

Bien, bien.

Salvador.

-Soledad, ¿qué haces aquí? -No quiero molestarte.

Pues, entonces, márchate.

Necesito algo y tú puedes ayudarme.

No sé en qué estarás pensando,

pero olvídalo. -100 pesetas.

Ahora resulta que eres cómica.

¿Por qué debería yo darte 100 pesetas?

Porque a mí me harías un favor y para ti, 100 pesetas no es nada.

Lo siento, pero no soy un banco. Búscate a otra persona.

¿Diana te parece bien?

-Ni se te ocurra. -Yo no quiero hacerlo,

pero si me obligas, seguro que a tu mujercita

le interesa mucho saber lo que ocurrió entre nosotros.

Si crees... Si crees que voy a ceder a tu chantaje,

vas lista.

Yo también soy hija de Fernando Silva.

Y por culpa de lo que pasó entre nosotros,

me he visto obligada a alejarme de mis hermanas y nuestra herencia.

Son 100 pesetas. Solo es un pequeño favor.

Tendrás que pedírselo a otra persona.

O ganártelas trabajando. -Muy bien.

No me dejas otra opción. Tendré que contarle a Diana

que su marido le ha estado engañando

nada menos que con su hermana.

Me encantará ver su cara.

Haz lo que quieras. Será tu palabra contra la mía.

Lo sé. Pero que no se te olvide

que también sé detalles que no conocería

de no haberte visto sin esta ropa tan elegante que llevas encima.

No serás capaz. Ponme a prueba.

100 pesetas por mi silencio, no te estoy pidiendo una fortuna.

Eres un hombre inteligente, Salvador.

Aléjate de Diana y de todas las Silva.

Lo haré, esto solo ha sido una emergencia.

Pues, espero que sea la última.

¿Crees que soy un perro al que contentas

con un miserable hueso? ¿Qué dices? Solo quiero

el bien para nosotros, el tuyo y el mío.

Y pensaste que estaría bien entretenerme con cualquier tontería

como el Centenario de Cervantes, mientras a ti te nombran

primera dama de la reina y baronesa.

Rodolfo, intenté todo para que te dieran

el título a ti, pero, no podía

llevarle la contraria a sus majestades.

Imagino el gran esfuerzo que habrás hecho.

Pues sí, se lo dije, se lo repetí, incluso,

intenté que viera que yo deseaba que te lo dieran a ti,

pero, su majestad lo dejó muy claro

y Emilio lo único que quería era compensarte.

Con algo que no llega ni a baratija.

Rodolfo, es una puerta para entrar al partido.

Es una limosna humillante. No pensarías que de repente

entrarías al partido con 1 escaño y 1 ministerio.

No, Blanca, tampoco pedía tanto. Rodolfo, se trata de acercarse

a ellos, de situarse a su vera y de ganar posiciones

algo que a ti siempre se te dio muy bien y con mi ayuda...

Con la ayuda de la señora baronesa.

¡Bueno, ya está bien!

¡Te comportas como un niño caprichoso y celoso!

Asume de una vez que me nombrarán a mí, baronesa.

Y acepta el cargo que te ha ofrecido Emilio.

No pienso rebajarme. Si lo rechazas,

tu carrera se terminará para siempre.

Pues, a lo mejor no me importa.

Emilio te hace un gran favor, deberías agradecérselo.

Déjame en paz, por favor. Pues, sí, eso haré, dejarte en paz.

Muy bien.

¿Se puede saber de qué te ríes tú?

(ELPIDIA SILBA)

Elpidia, la loza te ha quedado limpísima

y ese guiso huele que alimenta.

¿Se ha dado usted un golpe en la cabeza, señora?

Pero, bueno, ¿a qué viene esa impertinencia?

Como siempre está tan seriota.

Porque si no lo estuviera, esta casa andaría manga por hombro.

Voy a salir un rato, haz el favor de limpiar

todos los cristales

y de encerar los suelos de la habitaciones.

Si hago eso, no podré vigilar la cena de don Salvador

y doña Diana y les haré lo mismo

que le hice a Benjamín de comer, rabo de toro.

¿Qué, le has preparado la comida a Benjamín?

Y se chupaba los dedos, ha dicho que nunca en su vida

comió nada tan rico, ayer se lo llevé a la fábrica,

pero, hoy vino a por ello,

me trajo un libro para la Srta. Elisa.

Caramba con Benjamín, no pierde comba.

¿Le parece mal que le dé de comer al hombre,

no está viudo y ustedes no son nada más que amigos?

Pues, me da pena que esté solo.

Si me parece mal o no es asunto mío

y, la verdad, es que por mí puedes hacer lo que quieras,

alimentarle hasta que reviente,

si él lo prefiere, ya es mayorcito.

Pues, a ver qué le hago mañana de comer, porque tengo

muchas recetas en la cabeza, pero, pocos ingredientes.

¿No le importará que compre un poco de pescado hoy?

No, compra lo que encuentres

más fresco en el mercado, carne, pescado...

Tenemos la despensa medio vacía, pero, ahora, deja de hablar

y haz el favor de ponerte con los cristales,

que no se ve lo que hay detrás de porquería que tienen.

Si los limpie hace 15 días, usted exagera,

si veo, perfectamente, lo que hay detrás.

No me discutas y vete a hacer

los cristales y no te olvides de encerar los suelos.

¿Va a estar usted todo el día fuera o qué?

Eso es asunto mío, ¡vamos, vamos, espabila!

No la reconozco, hermano,

te lo juro, es como si fuera otra mujer.

Me he dado cuenta, Rodolfo, le han pasado muchas cosas

su enfermedad, la convivencia con madre, se ha endurecido.

¿No estarás poniendo

al cáncer y a nuestra madre a la misma altura, no?

Quiero decir que Blanca no es la misma mujer que conocimos.

No, esta es mucho más fría.

Tiene claros sus objetivos

y está dispuesta a hacer lo que sea para conseguirlos.

Eso estaría muy bien, si no te afectara tanto su actitud.

Se empeña en dejarme de lado en los asuntos sociales,

es decir, en lugar de mi socia, se ha convertido

en mi contrincante, mi adversaria, ¿te lo puedes creer?

Os escuché antes y no me gustaría estar en vuestra piel,

pero, creo que tú eres el único responsable.

¿Responsable de qué? La ambición es una bestia

que hay que alimentar a diario y jamás se sacia,

¿y quién le ha contagiado ese espíritu a Blanca?

¿Yo? Rodolfo, vamos, acompañándote

a todos esos actos, escuchando tus discursos políticos,

codeándose con la reina y la nobleza.

Conmigo no era así, solo quería ser pintora,

esto lo ha aprendido de ti.

A ver, yo siempre he sido ambicioso, pero,

porque quería que prosperáramos, pero, Blanca, va más allá,

está dispuesta a hacer lo que sea con tal de escalar,

por el placer de estar cada vez más arriba.

Y, ahora, es imposible detenerla.

¿Y qué puedo hacer? Yo creo que lo que más te preocupa

en realidad, es que Blanca tome la delantera

y tú te conviertas en su marioneta,

¿esa actitud no te recuerda a la de alguien?

Nunca lo había pensado, no me lo puedo creer.

Está claro que Blanca está ocupando el lugar de nuestra madre,

en esta casa y en tu vida.

¿Es eso lo que querías?

No puedo más, lo que ha hecho mi tío es la gota que colma

el vaso, soy incapaz de seguir así con él y Luis me boicotea siempre.

¿Qué hubiera pasado si usted no entra?

No lo piense, señora, creo que lo mejor es que lo deje.

¿Cómo voy a rendirme con lo que trabajó mi padre

para levantar este negocio? No a costa de lo que sea,

que se está dejando la salud y el ánimo.

Esto me lo hacen por ser mujer, si fuese un hombre,

no me tratarían así. No, aquí no tiene nada que ver

con eso, da igual que sea mujer, hombre o planta,

ellos van a su interés, y los demás les estorbamos.

¿Usted cree que debí defenderme y devolverle el golpe?

¿Qué iba a hacer usted?, lo que me hierve

es no haber estado a la altura,

le tenía que haberle parado los pies, enfrentarme a él,

fui un cobarde, sí. No diga usted eso, Benjamín,

todo sucedió de manera inesperada, no supimos cómo reaccionar.

Por favor, no se torture más. Bueno, ahora, en cuanto se entere

don Salvador, se llevará su merecido.

No, no. ¿Cómo que no? Como el otro día

puso a don Luis en su sitio. Y bien humillada que me quedé,

por favor, no le diga nada a Salvador.

Hay que decírselo,

su tío no puede salirse siempre con la suya.

No quiero que nadie se entere de esto y mucho menos mi esposo,

prométame que no dirá nada.

Creo que se equivoca. Benjamín, prométamelo.

Está bien, pero, en contra de mi parecer.

Lo sé, pero, temo lo que le pueda pasar después a Salvador,

mi tío es un demonio.

Y los demonios tendrían que estar en el infierno.

Lo mejor será olvidarse de todo esto.

Pero, yo tengo que verlo

todos los días en la fábrica, no podré.

Pues, tendrá que poder, lo ha prometido.

Vale, lo intentaré.

Disimule, por favor. Cambie usted esa cara de mosqueo.

Buenas tardes.

¿Qué es esto?

El dinero perdido.

¿Dónde lo has encontrado? Estaba en la trastienda,

era para pagar a un proveedor un tejido de fieltro,

se me olvidó apuntarlo

en las cuentas, por eso no cuadraban.

Vaya, mujer, no tenías por qué traerlo aquí.

Mejor dejar las cosas claras.

Al menos te he demostrado que no soy ninguna ladrona.

Yo no pensaba que tú fueras... Gabriel... te vi la cara.

Desconfiabas de mí.

Lo siento.

Ya podrás dormir tranquilo

sabiendo que yo no le he robado a tu madre.

Yo duermo tranquilo desde que te conozco, Soledad.

He estado pensando en nosotros. ¿Ah, sí, en qué?

En que yo no puedo pasarme

la vida discutiendo con tu madre y...

y creo que lo mejor es que desaparezca de tu vida.

¿Pero, qué tonterías son esas? No es ninguna tontería,

he pasado la tarde dándole vueltas.

A ver, tú con quién vives, ¿conmigo o con mi madre?

Es igual, tarde o temprano le harás caso y me verás

a través de sus ojos y no quiero que eso pase.

Soledad... ¿me quieres?

Claro que te quiero,

si no, no me costaría tanto decirte esto.

Pero, no quiero problemas con tu madre, Gabriel,

y mucho menos que tú los tengas con ella.

Para, mira, yo, ahora mismo no entiendo lo que me dices

porque solo consigo ver que mueves la boca

y no puedo dejar de pensar que me encantan tus labios.

Gabriel, no estoy de broma. Y yo, tampoco.

Si tengo que elegir entre tú y mi madre, te escojo a ti.

Así que no te vas a ninguna parte, ¿eh?, no pienso dejar

que nada ni nadie se interponga entre nosotros.

Pues, nada, un día como otro cualquiera,

telas, telas y más telas.

¿Y don Ricardo, sigue dando problemas?

Yo me limito a obedecer y así me quito de líos,

si me disculpan, voy para dentro que estamos a final de jornada

y la gente empieza a relajarse.

Gracias, Benjamín.

Vamos.

Y, ahora, tú me vas a contar qué te pasa.

Nada, si estoy perfectamente.

Si te acabara de conocer, te creería, pero,

todavía tienes lágrimas en los ojos.

Es porque me ha dado un aire frío.

¿Un aire? Diana, te conozco y sé que te pasa algo

y creo que tengo derecho a saberlo.

He tenido un problema con la dependiente de un negocio.

¿Qué dependienta, qué negocio?

Discutimos por una tontería un asunto sobre tallas

y, bueno, como estoy, últimamente,

muy nerviosa, pues, me afectó más de la cuenta.

¿Tú sufrir por un asunto de tallas? lo siento, pero, no me lo creo.

¿Ves como no te puedo decir nada?

te he dicho que no hay ningún problema.

¿Esto es porque te he defendido delante de Luis?

Salvador, olvídalo, al final, me vas a enfadar.

¿Se ha vuelto a meter Luis contigo? No, ni siquiera le he visto,

y, ahora, por favor, vámonos que tengo mucha hambre.

Si no me lo quieres contar, no me lo cuentes,

pero, acabaré por averiguarlo.

Se lo preguntaré a todos los obreros, uno a uno.

Y harás un ridículo espantoso.

Sabes que no me importa si es por ti.

No hagas nada, por favor.

Si crees que me voy a quedar de brazos cruzados

mientras tienes lágrimas en los ojos, te equivocas.

Vamos.

No sé qué hacer con esta oferta,

por un lado me muero de ganas de ir.

Y por otro, si va, puede morir.

No es mi seguridad lo que me preocupa,

sino el daño que esto puede hacerle a mis hermanas,

y, especialmente, a Aurora.

Suele pasar cuando hay amor de por medio, las decisiones

personales se convierten en decisiones de grupo,

¿y qué cree usted que pasará si va?

Que nuestra relación se resentirá,

que es posible que Aurora no me lo perdone nunca

y que al volver, me encuentre sola.

Bien, ese es el futuro si decide marcharse de corresponsal,

ahora, dígame qué cree que pasará si se queda con Aurora.

Que seríamos felices durante un tiempo,

pero, luego, yo me resentiría porque mi trabajo aquí

no me gusta tanto como el que me ofrecen.

No sé si sería capaz de no echarle la culpa a Aurora

y eso haría que nuestra relación fuera a peor

y, probablemente, la perdería.

¿Conclusión?

Que haga lo que haga, ¿pierdo a Aurora?

Bueno, usted, se ha puesto muy fatalista,

son opciones que pueden ocurrir, lo que sí indica

es que debe tomar esta decisión

al margen de lo que digan los demás.

Haga lo que le dicte su inteligencia

y, sobre todo, su corazón.

Gracias.

La verdad, es que no sé si yo iría a una guerra,

pero, sé que usted es valiente, independiente y, sobre todo,

tiene muchas ganas de crecer como escritora.

Pensé que saldría de aquí con una respuesta clara,

pero, todavía, tengo más dudas.

Llévelo al calabozo, enseguida voy.

Es el sospechoso de disparar a Marina,

veo que se ha puesto nerviosa al verlo.

¿Yo? Es normal, este tipo

de personas son aterradoras.

¿Y ya le han interrogado? No, ahora mismo lo voy a hacer yo,

personalmente, es un matón a sueldo así que le apretaré bien

a ver si consigo averiguar quién le ha contratado.

Pues, no le entretengo más, voy a ver qué hago con mi vida.

Celia, decida lo que decida piensa que vida solo tenemos una.

Buenas tardes, don Ricardo. ¿Se puede saber qué haces aquí?,

ya bastantes problemas causaste a mi hija.

He venido a contarle algo que creo que le puede interesar.

Me extraña que tengas información que me pueda interesar.

He visto a Ciro besándose con su antigua novia.

¿A Ciro?

¿El prometido de mi hija?

Sí, pensé contárselo a Elisa pero, no me creería

porque pensaría que estoy celoso y, luego, decidí callármelo

y no contárselo a nadie,

pero, es que no me puedo guardar un secreto así.

Claro, ¿y has venido

a contármelo a mí, con qué intención?

Es importante que usted hable con Elisa

porque le creerá,

y debe decirle que Ciro se besó con otra mujer.

¿Por qué supones que me importa con quién se bese

el prometido de mi hija, y si lo confundiste con otro?

¿Pero, no se da cuenta?, Ciro engaña a Elisa

y ella no se lo merece.

A lo mejor estás celoso porque Elisa rehízo su vida,

no pienso complicársela más

por una tontería que hayas creído ver.

Lo que le digo lo he visto de verdad.

Y yo lo que te digo es que me dejes en paz,

tengo preocupaciones más importantes que atender.

(LEE) Para Claudio de Sofía.

¿Se puede saber por qué no le da una oportunidad?

Se la di, trabaja en mi tienda.

No, me refiero a confiar en ella de verdad.

Es verdad que desconfío de Soledad, no me ha gustado nunca.

Tiene que gustarme a mí, no a usted.

Venía a pedirle ayuda, se trata de Soledad,

la novia de mi hijo, no es que mienta a veces,

como podemos hacer todos,

es que creo que toda ella es una mentira.

¿Y tiene algo en lo que basar esto? Pues, no, y por eso

necesito su ayuda, necesito que lo averigüe,

¿no podría investigarla aunque fuera un poquito?

A mí me gustan las telas, es con lo que he soñado

desde que tengo uso de razón.

Pero, has dicho que la fábrica no te hace feliz.

El problema es que tengo que luchar

a diario contra mi tío y contra Luis,

cosa que no me pasaría si la fábrica fuese mía.

Ya, pero la fábrica no es tuya y la otra mitad es de don Ricardo.

¿Y por qué no monto mi propia fábrica?

¿Buscabais esto?

¿Qué haces aquí?

Lo encontré en la fábrica y sabía que lo estabas leyendo.

No, Sofía, no está ahí. ¿Cómo?

La carta, que la he leído.

He encontrado una carta de Sofía a un primo suyo

en la que hablan de que se acostaron juntos,

no tengo claro quién es el padre del niño que espera Sofía.

¿Nos quiere arruinar la vida a Ciro y a mí?

Srta. Silva. ¿Por qué vino ahora

que nos íbamos a casar?

Ya le rompió el corazón una vez, déjele en paz.

No entiendo por qué se pone así.

Porque le vieron besarse con Ciro y él lo ha confesado.

Voy a dejar Tejidos Silva,

quiero abrir una fábrica independiente.

¿Otra fábrica? Sí.

Me he enterado por Diana que vas a vender la fábrica

y como heredera de don Fernando Silva

que soy, quiero la parte que me corresponde.

Solo pido lo que es mío por derecho.

Eres patética.

Una limosna, por caridad, una...

¿Ya no se acuerda de sus viejas amigas, señor Loygorri?

¿Amalia? La Cachetera me llamaban.

(TOSE)

Aurora, piénsalo bien, nadie sospecharía si cambiara

mi trabajo de maestra por el de periodista.

¿Y tú ya sabes lo que pienso? Y tú vendrías conmigo,

no es tan peligroso como te crees

y es menos peligroso que quedarnos aquí.

¿Qué está haciendo aquí?

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  • Capítulo 359

Seis Hermanas - Capítulo 359

11 oct 2016

Celia recibe una interesante oferta de trabajo, al tiempo que la investigación sobre Marina parece avanzar. Diana tiene un duro enfrentamiento con D. Ricardo. Rodolfo vive como una humillación el reconocimiento de la reina a Blanca. La carta de Sofía llega a las manos más insospechadas.

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