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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 355 - ver ahora
Transcripción completa

Salvador y yo vamos a intercambiarnos los papeles.

-¿Qué papeles? -Yo me haré cargo del negocio

de los automóviles deportivos y él de la fábrica y de la casa.

¿Has vendido el coche? -Y por un precio mayor

al que tú habías fijado. -No me lo puedo creer.

¡No me lo puedo creer! ¡Te quiero!

¡Se supone que debías vigilarla!

Por culpa de tu debilidad, está libre.

-Tenemos que pensar dónde está. -Sí.

Si no está en comisaría declarando.

Reza para que la encontremos.

¡Te juro que no iré a la cárcel por tu culpa!

Parece que usted es la única víctima.

Estuve a punto de morir por ayudarle en esta locura,

que ni me va, ni me viene. -Te estaría bien empleado,

por confiar en una asesina.

Residencia de Ricardo Silva.

Buen trabajo. No le quitéis el ojo de encima.

-¿Han encontrado a Marina? -Mejor que eso.

La tienen en su poder.

Estaba en la estación, a punto de coger un tren a Valencia.

Era don Secundino. La culpa a usted de la muerte

de su mujer por suministrarle más morfina de la debida.

Que no recuerde la dosis que le di, no significa

que me hubiera equivocado.

Intenté explicárselo al director. Se muestra inflexible.

¿Va a sancionarme? Quiere que la despida.

Me ha quitado lo que más quería.

Ojalá la vida le devuelva el mismo daño que me ha hecho.

¿Quién tiene las cartas?

Jorge Javier Sabater. ¿Del partido maurista?

Ajá. Un dato muy curioso

que cambia las cosas a nuestro favor.

Porque la esposa de Sabater es la Marquesa de Pradillo,

su principal rival para acceder a ser

primera dama de la reina.

¿Lo dice en serio? Sí.

Carlos merece saber que el hijo que espero no es de él.

Lo mejor que puedes hacer,

por el bien de tu hijo, es callarte.

¿Quiere que me haga pasar por una periodista y alemana?

No se preocupe. Lo importante es que consiga

usted una cita con la Marquesa de Pradillo.

Y le dice que es una periodista que favorece al bando alemán

y que le gustaría publicar la correspondencia privada

del rey en su periódico. ¡Ah!

Creo que ya estoy entendiendo.

Y, entonces, una vez en su poder,

ella le entregará las cartas a usted. ¿No es así?

No haga enfadar más a don Ricardo y firme.

Escuchar mis lamentos no es lo peor que le puede pasar.

Quizás, me confunde con otra persona.

Soy Soledad Silva. -Sé bien quién eres.

Por eso, no te quiero aquí. A la calle.

Dígame. ¿Qué es lo que hizo

Soledad que, según usted, es tan grave?

Mientras se hacía amiga de Diana, se estaba acostando con su marido,

con Salvador, y viviendo en su propia casa.

Pregúntaselo, a ver si tiene el valor de negarlo.

(Sintonía)

Buenos días.

No me has dirigido la palabra,

desde que tu madre me echó ayer del Ambigú.

Y ahora, esto.

¿Se puede saber qué te ha contado tu madre?

¿Tú no tienes que contarme?

Nada, que diga lo que te diga, va a dar igual.

Tienes razón. Ya he tomado una decisión.

Quiero que te vayas de aquí ahora mismo.

Recoge tus cosas y vete.

¿Se puede saber qué he hecho yo?

No quiero estar con una mujer que tiene por costumbre,

acostarse con hombres casados.

Tu madre te ha dicho eso.

Eso es entre tú y yo.

A ella no la metas. -He estado toda la noche pensando

en que estabas disgustado por cómo me trató

y resulta que es justo lo contrario.

-¿Ni siquiera vas a negarlo? -¿Para qué?

Tú ya tienes una opinión formada al respecto

y sé que no voy a convencerte de otra cosa.

Lo que sí me gustaría saber,

es qué más mentiras corren sobre mí.

Quiero saber a lo que me enfrento cuando salga por esa puerta.

Sabe de buena tinta que tuviste una aventura con Salvador.

Lo que no supo decirme, es si seguíais viéndoos o no.

Por supuesto que no seguimos viéndonos.

Me costó mucho salir de esa pesadilla.

¿Te costó, dices? Tú misma creaste esa pesadilla. Diana es tu hermana.

¡Por el amor de Dios! No debiste meterte

en ese matrimonio. -E intenté evitarlo.

Acaba de conocerla. ¿Cómo iba a buscar yo eso?

Pero su matrimonio atravesaba un mal momento.

-No. Eso no es excusa. -Ya lo sé.

Pero yo no empecé nada.

De hecho, yo...

Yo nunca quise hacer nada.

¿Qué estás diciendo? ¿Que...?

¿Salvador...?

Soledad, mírame.

¿Estás diciendo que Salvador te obligó?

No a la fuerza, pero...

pero fue muy insistente.

Y eso que yo siempre fui muy clara e intenté alejarlo.

Pero no paró hasta meterse en mi cama.

Por lo que me has contado, Francisca debió vivir

algo parecido con Luis.

Por lo menos, al principio.

Entenderás, entonces, cómo me sentí.

Si me fui de casa de mis hermanas, fue porque no aguantaba más,

porque tenía que alejarme de ese hombre.

Y... Y me asusta pensar

qué más mentiras irá contando sobre mí.

¿Pero por qué no le dijiste nada a Diana?

¿Por qué no se lo dijiste?

Estoy seguro que ella... hubiera hecho algo para...

para pararlo. Hubiera sacado a Salvador de esa casa.

No me hubiese creído.

La mujer siempre es la culpable.

Todo eso fue muy difícil para mí.

No te preocupes, ¿de acuerdo?

Te prometo que aquí estarás a salvo de ese malnacido.

Te lo prometo.

Esta tarde, después del té, Marina se reunirá

con la Marquesa de Pradillo en el Club Social.

¿Y la marquesa se ha creído que se trata

de una periodista alemana? Bueno, digamos que María no es

una gran actriz, pero las ganas

de protagonismo de la marquesa han ayudado.

Buen trabajo. Espero que María recupere

esas cartas y evite así el escándalo

para la Infanta Beatriz de Sajonia.

La reina estaba muy preocupada.

La reina conoce a su marido y a sus amantes,

pero sabe que el caso de Beatriz es diferente.

Es su prima, se conocen desde pequeñas,

es su confidente, su mejor amiga y sabe lo enamorada

que está de Alfonso de Orleans.

Pero lo que le preocupa a la reina,

es que si, finalmente, esas cartas salen a la luz,

es que puedan echar a Beatriz de Sajonia de España.

Eso ya ocurrió una vez. Esperemos que no se repita.

Espero que María no tarde. Ayer estuve trabajando con ella

y sus consejos le van a ir muy bien.

Haré todo lo que pueda. Ah, María.

Disculpe, señora. ¿Así voy bien?

Sí. ¿A que está estupenda? Sí. Muy bien.

A mí no me gusta. No me siento cómoda.

¿Estas ropas no son un poco modernas?

Las que corresponden a una intrépida periodista alemana.

Siempre vas con el uniforme. Es solo falta de costumbre.

Haremos una prueba. Siéntese, por favor.

A ver, pregunte.

¿Qué sabemos de la Marquesa de Pradillo?

Es la esposa de Jorge Javier Sabater,

que es un diputado del partido maurista.

-¿Por qué nos interesa? -Porque es su marido

el que tiene las cartas que el rey ha escrito

a Beatriz de Sajonia, que es la prima de la reina.

Muy bien. ¿Y qué vamos a hacer?

La Marquesa de Pradillo es una mujer inteligente,

cuya única ambición es ser la primera dama de la reina.

Por eso, ha accedido a entrevistarse conmigo,

una joven y prometedora periodista alemana, que está en España.

Y en esa reunión, yo le voy a preguntar por las cartas

y voy a intentar hacerme con ellas.

Muy bien. Se aprendió muy bien la lección.

Haré todo lo posible por conseguir las cartas.

No se preocupen. Yo os voy a dejar a solas

y así don Emilio te dará unos consejos

que te van a ayudar mucho

cuando te encuentres con la marquesa.

Muy bien. Me voy.

A ver.

Olvídese de esos ademanes tan educados.

Ahora ya no es criada. Ahora es una periodista

con mucho carácter, ¿de acuerdo?

Como usted diga, señor. Quiero decir, sí.

Buenos días.

Anda. Siéntate, que ya está el desayuno

No sé si tengo hambre.

Por lo menos, tómate un café.

Eso no me lo puedes rechazar. Seguro que dormiste poco o mal.

Aurora, es normal que te sientas así.

Ese hombre se puso a gritarte

en medio de la calle y fue muy agresivo.

Menos mal que estabas allí conmigo.

Fuiste muy valiente.

Igual que ahora te toca serlo a ti,

para seguir adelante y levantarte. Deja de darle vueltas.

Es que no estoy así solo por lo del incidente.

Hoy es mi último día en el hospital.

Tengo que recoger mis cosas y despedirme de todo el mundo.

-¿Quieres que te acompañe? -No.

Aurora, no te va a costar encontrar trabajo.

Celia, por una negligencia mía, ha muerto un paciente.

-Son todo suposiciones. -¿Y qué más da?

Todo el mundo piensa que ha sido así.

Tú misma viste ayer a su marido.

Ese hombre ha perdido a su mujer.

Necesita encontrar un culpable para entender por qué

y en el hospital te han señalado a ti.

-Porque cometí un error. -Quizás lo cometiste. Quizás no.

(SUSPIRA)

Da igual. Era mi responsabilidad darle esa morfina.

Y ahora, esa mujer ha muerto por mi culpa.

Estaba grave y no podíais hacer nada para curarla.

Pues su marido sigue pensando que yo la maté.

Aurora, me da igual lo que piense su marido.

Me importa lo que pienses tú.

Celia, eso va a figurar en mi expediente.

Nadie me va a volver a contratar. Ni yo misma sé

si seré capaz de trabajar. Se acabó.

Aurora, no digas eso.

(SUSPIRA)

Buenos días. -Ni se te ocurra tocarme.

¿Cómo puedes ser tan retorcido?

¿Se puede saber por qué me hablas así? ¿Qué te he hecho?

¿A mí? Nada. Pero a partir de ahora,

lo que le ocurra a Soledad, también es asunto mío.

Será mejor que no levantes... -Ni se te ocurra tocarme.

Hay que ser muy poco hombre para hacerle algo así

a una mujer, a la hermana de su esposa.

No me siento orgulloso de lo que hice.

Me gustaría que no aireases mis asuntos personales en público.

Y dile a Soledad... -A Soledad no la metas.

Ni siquiera quería contármelo. La tienes muerta de miedo.

¿Se puede saber qué te contó?

Que eres un manipulador, que te valiste de tu posición

y del miedo para acostarte con ella,

en contra de su voluntad. -¿Qué?

¿Qué? Te has acostado con la hermana de tu mujer.

Eso es un hecho y es repulsivo.

Todo eso que te ha contado, es falso.

No esperaba que asumieras la culpa.

Gabriel, no somos amigos, pero me conoces.

¿Crees que sería capaz de hacer algo así?

Esa mujer es el diablo y es una manipuladora.

Se aprovechó de mí durante todo este tiempo.

Mira. Perdona que lo dude.

Pero teniendo en cuenta tu envergadura y la suya,

es un poco difícil de creer.

No utiliza ni el miedo ni la fuerza,

sino la mentira y la persuasión.

Me enfrentó a Diana, dándome pena.

Nunca hubiera imaginado que fueras tan embustero.

Gabriel, no tengo por qué mentirte.

Es verdad. Soledad me enfrentó a Diana durante todo este tiempo.

Soledad es... -¡Mira! ¡No te lo permito!

No te permito que vuelvas a hablar así de ella.

Soledad es una embustera y una fresca.

Aquí está la planilla de los turnos de la semana que viene,

ya corregida y sin mí.

Ya. Deberían buscar a alguien.

Aurora, siento que todo haya acabado así.

Insistí hablar de nuevo con el director, pero fue inútil.

Lo sé y se lo agradezco, doctor.

Ha sido una maravilla trabajar con usted.

Aunque haya sido tan poco tiempo.

Cierto. Pero el gusto ha sido mío.

Y espero que tenga mucha suerte. Ojalá.

Si me entero de alguna vacante, la avisaré.

Y si necesita referencias, una carta de recomendación,

no dude en pedírmelo. Es una gran profesional.

No deje que este incidente merme

el entusiasmo que siente por su profesión.

Tengo que irme. Espere. No se vaya así.

Tómese un café conmigo. Charlemos un rato.

Es que no quiero alargar más esto.

Le prometo que hablaremos de cualquier otra cosa.

Sé que no es el lugar más indicado para hacerlo,

pero es lo que puedo ofrecerle.

A no ser que tenga prisa. No. No la tengo.

Pues tome asiento. Gracias.

¿Azúcar? Sí, gracias.

¿Siempre es usted tan perseverante?

Solo con las cosas que me importan, la verdad.

Vaya por Dios. ¿Qué ocurre? ¿Está malo?

No. Vaya con cuidado. Se me ha ido la mano con el azúcar.

Acabo de acordarme de mi padre.

Era muy goloso y la cuchara se mantenía en la taza,

debido a la cantidad de azúcar que ponía.

Demasiado dulce.

Bueno, eso depende del gusto de cada uno.

¿Sería capaz de recordar cuáles fueron los síntomas

que presentaba la señora de Ramos antes de morir?

Estaba muy pálida y eso nos preocupó.

Y después, empezaron los temblores.

Me refiero, justo antes de que usted le diera

la segunda dosis de morfina.

Recuerdo que se quejaba de mucho dolor abdominal

y tenía mucha sed. Pero lo que realmente nos preocupó,

fue que se quejaba de tener

la visión borrosa. Borrosa.

Palidez.

Palidez, visión borrosa, temblores.

Y también dijo que tenía mucha sed.

Piense antes de responderme.

¿A qué enfermedad responden estos síntomas?

¿Diabetes? Es la reacción de un diabético

a un alto nivel glucémico en sangre.

Puede que no muriera a causa de una alta dosis de morfina,

sino porque era diabética.

¿Piensa que yo no tuve la culpa de lo que sucedió?

Eso creo. Pero hay que demostrarlo.

Practicaré una punción en el cadáver para comprobar

si aún tenía azúcar en los riñones. Puede que estemos a tiempo.

Pero eso quiere decir que...

Que conservaría su puesto de trabajo.

Y también, su reputación. Espéreme aquí.

Menos mal que has venido. -¿Qué quieres?

¿Para qué me has hecho venir?

Para hablarte, ya te lo he dicho.

Ya. ¿Y no podías decírmelo por teléfono?

Sofía, Carlos ha venido a hablar conmigo.

Estaba muy preocupado por ti.

Dice que te vas de viaje. -Sí.

A casa de unos familiares de mi pueblo.

Mi tío Ramiro se ha puesto muy malo

y quiero despedirme de él.

No tienes ningún tío que se llame Ramiro.

Yo no soy Carlos. No hace falta que me mientas.

Si no quieres creerme, no me creas. Me da igual. Adiós.

No dejaré que te vayas, sin decirte lo que te tengo que decir.

Te he dicho que tengo prisa.

Sé por la situación por la que pasas.

-Déjame. -Y sé lo que pretendes hacer.

No tienes ningún tío Ramiro enfermo.

Vas a ir a ver a un médico, un curandero,

para que te quite el bebé.

Estoy en lo cierto, ¿verdad? -¿Cómo te has enterado?

No lo sabe nadie. ¿Ha sido Carlos?

No, no. Él no sabe nada. Pero sospecha que algo no va bien.

Y yo, después de lo que me contaste ayer,

no he tardado en deducir lo que te pasaba.

-Elisa, estoy muerta de miedo. -No vayas. No lo hagas.

Carlos nunca se enterará de nada, Sofía.

No soporto vivir con esta mentira el resto de mi vida.

-Es tu hijo, Sofía. -No quiero tenerlo.

Yo perdí a un hijo

y no sabes lo que duele.

Lo que nunca olvidaré son las náuseas que sentía

al verme vacía,

sin capacidad de tener hijos.

No me metas más miedo del que ya tengo.

Ojalá te metiera tanto miedo que no pudieras ni caminar

no te deseo esto para ti, de verdad.

Es que yo no puedo vivir

con este peso toda mi vida, es demasiado para mí.

Carlos nunca lo sabrá, será la última vez que halemos,

pero, por favor, no lo hagas.

Pero ambas sabremos siempre que ese hijo no es de Carlos,

a lo mejor tú le mirarás a la cara, pero, yo no.

Sofía, me quedé estéril, estuve a punto de morir.

No quiero perderte a ti, escucha, por favor.

No lo hagas.

De acuerdo, no iré.

Bien.

Gracias.

Creo que con esto tendré suficiente.

Oh, a quién has molestado esta vez.

Había una puerta entreabierta, no la he visto y me he tropezado.

Ah, pues esa puerta tiene un buen gancho de derecha.

Emilio, te estoy contando la verdad.

Tu fama te precede y esto es un ajuste de cuentas

y espero que mereciera la pena

porque parece doler, a ver, déjame ver.

Cuidado. Te veo bien de reflejos, me alegro.

Camarero, por favor, un par de copas de champán.

Qué quieres celebrar,

¿que me han atizado? La venta de ayer.

¿Qué venta?

La del deportivo, por favor, qué maravilla de vehículo.

Para eso, debería estar Diana que es quien lo vendió.

Diana estaba, sí, pero,

se limitó a recoger el cheque, la venta la hice yo.

¿Qué? ¿No lo sabías?

No, no lo sabía.

Diana omitió ese pequeño detalle, ¿me podrías poner al corriente

de todo lo que pasó? Sí, yo no te conté nada, ¿vale?

Subestimas a Diana,

se acabará enterando al final. Yo no sabía que me metía

en terrenos pantanosos

cuando me ofrecí a ayudarla, que quede claro.

Cristalino, ¿me lo cuentas?

Al parecer, Diana tenía un cliente que la acribillaba a preguntas

y no sabía qué responder, me pidió ayuda,

ya sabes mi pasión por los coches

y nada, mostré entusiasmo por el vehículo,

se lo contagié y el cliente se lo quedó, fin de la historia.

Será embustera, Diana no me contó nada de ti, me dijo

que había vendido el coche

y que lo había hecho sola, claro está.

Te ganó la mano con un buen farol,

no es mala vendiendo humo, después de todo.

Mira, en eso llevas razón.

Pero, ¿cómo eres capaz de ceder una venta

tan importante a Diana?, no tiene ni idea de coches, me lo confesó,

¿en qué estabas pensado, Salvador?

La verdad, no lo sé,

pero, ¿sabes lo que más me duele? ¿Más que ese moratón?

Sí, que me haya mentido.

Todo para salirse con la suya.

Bueno, ¿y por qué brindamos?, porque brindar, hay que brindar.

Pase, señor Ramos.

¿Qué hace ella aquí?

Dígale que se marche, por favor, o me iré yo.

Cálmese, tenemos noticias nuevas

sobre las causas de la muerte de su esposa.

Por eso le he hecho venir. Escucharé todo

lo que me tenga que decir, pero, sin ella delante,

pensé que ya la habían despedido.

Esperaré fuera, doctor. No se vaya, Aurora.

Sé por lo que está pasando, sé que es muy doloroso

por eso creo que debería escuchar lo que voy a decirle,

aunque no aliviará su pena,

estará mejor al saber por qué murió su esposa.

El médico que hizo la autopsia lo dejó bien claro.

Ella fue la culpable.

Acabo de hablar con el doctor Gómez

y me reconoció que ante su insistencia,

se precipitó en los análisis por eso los repetimos,

buscando otras posibles causas

y hemos llegado a la verdadera. ¿Y por qué murió mi mujer?

¿Sabía usted que era diabética? No.

Sufrió una hiperglucemia, un exceso de azúcar en sangre,

esa fue la causa de su muerte, la señorita Alarcón

no cometió ninguna negligencia, al contrario,

luchó para salvar a su mujer.

Miente, está intentando encubrirla.

En absoluto, Aurora, por favor, páseme el informe.

Aquí tiene el nuevo informe

redactado por el Dr. Gómez, está todo detallado.

El nivel de morfina no era tan alto como el que parecía

y al analizar los riñones, vimos que el azúcar era muy elevado.

Su mujer era diabética

por eso murió, la morfina no tuvo nada que ver.

Siento muchísimo su pérdida.

Gracias.

Solo pido que acepte mis disculpas, señorita.

Me avergüenza recordar el comportamiento de ayer.

Estaba dolido, entiendo, perfectamente, su reacción,

le dijeron que su mujer murió por mi culpa

y cualquiera hubiera actuado igual.

Pero, por mi parte está todo perdonado.

Gracias.

Gracias.

Gracias por todo lo que ha hecho por mí.

Nada, solo se ha hecho justicia y usted no tenía la culpa de nada.

¿Cómo te encuentras?

Recuperándome.

Nos diste un buen susto. También me asusté mucho

al veros a vosotras allí y ver que Marina se escapó

porque del resto no me enteré de nada.

Solo recuerdo el momento de quedarme dormido

y cuando pienso que esa podría haber sido mi última sensación,

que podría no haber despertado nunca,

se me encoje el pecho.

Por suerte estás aquí y estás bien.

Gracias a Aurora y a ti,

la suerte no tuvo nada que ver. Cualquiera habría hecho lo mismo.

Pero, fuisteis vosotras y no lo olvidaré nunca.

Al terminar la infusión, prepararé la cena de Marina.

Celia, no vine para llevarme la cena de Marina,

tras el incidente de ayer,

don Ricardo no quiere que la vigile,

no se fía de mí y es natural por otro lado.

Eso te irá bien, estar encerrado con Marina no era bueno

para tu recuperación y mi tío puede contratar a alguien

que la vigile todo el tiempo que sea.

Que no será mucho. ¿Por qué, va a confesar?

Eso espero, porque Marina agotó la paciencia

de don Ricardo y él le ha dado un ultimátum,

o firma esa confesión o la matará.

Solo espero que sea una estratagema para que firme.

Estaba convencido, lo hará, lo sé.

No se hace justicia a un crimen con otro crimen.

No piensa así tu tío. No le pedí ayuda para matarla,

eso es una monstruosidad. A mí me da igual

lo que le pase a Marina, además, después de que casi me mata.

Y no quiero volver a cargar con un crimen

que no cometí, eso me alejaría de Francisca y nuestro hijo.

Pues queramos o no, si la mata, somos cómplices,

así que hay que pensar en algo para evitarlo.

¿Qué podemos hacer?

¿Se lo ha confirmado? Sí, quiere que vea las cartas,

y está dispuesta a dejarme tomar nota de ellas

para que documente el escándalo, dice.

Ese será el momento de hacerse con ellas.

Ay, Dios mío. María, tranquilícese

que hasta ahora lo ha hecho muy bien.

Sí, pero porque hasta ahora era hablar por teléfono

con esa señora, ahora es distinto,

me verá cara a cara. No la verá a usted,

verá a una periodista alemana

que está muy interesada en su historia.

Y, ahora, respire hondo y tranquilícese.

Me voy, casi es la hora, no quiero que la marquesa

de Pradillo me vea hablando con usted,

me conoce de vista y sospecharía.

Pero, por favor, no se vaya muy lejos,

me da seguridad que está cerca. Estaré en esa mesa, la más alejada.

Irá todo muy bien, ya lo verá.

¿Podría servirme un Jerez, por favor?, gracias.

Blanca.

¿Pero, qué te ha pasado, cómo te hiciste eso?

No es nada, me he tropezado con la puerta.

Buscaré un poco de hielo para que te baje la hinchazón.

Diana. ¿Qué?

No necesito el hielo.

Lo que necesito de verdad es que seas sincera conmigo,

he estado en el club social con Emilio.

Ah, ¿y qué tal?

Pues, me ha dicho que sin su ayuda no habrías vendido ningún coche.

Sí, es cierto,

si Emilio no llega a estar en el club, no lo hubiese vendido.

¿Por qué no me lo dijiste? Porque quería ganar

y demostrarte que mi trabajo en casa no es tan fácil.

Eso ya lo aprendí y me gustaría saber que aprendiste

que mi trabajo no es ninguna tontería.

Lo sé.

Para mí, la sinceridad es fundamental,

necesito confiar en ti cuando me enteré que trabajabas

para el gobierno inglés,

me prometiste que no habría más mentiras.

Y has roto esa promesa por una chiquillada.

Sí, tienes razón, lo siento mucho, de verdad,

pero, solo quería tu reconocimiento.

No más mentiras.

Te lo prometo.

Está bien. Y lo haré a partir de hoy mismo,

con el nuevo ejercicio del padre Tomás...

Sí, ha estado esta tarde en casa.

¿El padre Tomás envió una nueva lista de tareas?

No, exactamente, esta vez la lista tendremos

que hacerla nosotros. ¿Cómo?

Anotando todos los errores

que cometimos en nuestro matrimonio,

todas las cosas que hemos hecho mal

y yo ya sé por dónde empezar.

Por la mentira del coche.

Sí.

Es importante reconocer todos nuestros errores.

Sí, y tú, también, tienes que hacer lo mismo.

Sí, sí, es algo que sí.

¿Me lo prometes?

Sí.

Gracias.

Cristóbal, esto es un lugar solo para mujeres,

estás llamando la atención y me estás avergonzando.

Lo siento, pero, te he visto y no lo he pensado.

Blanca, ¿te encuentras bien, ocurre algo?

Sí, estoy bien, es solo que,

de verdad, este no es el lugar más adecuado...

Solo será un momento, necesito hablar contigo.

Está bien, dime.

Seguro que Rodolfo te contó que discutimos hace unos días

y quería tener la oportunidad de poder explicarme contigo.

Él no comprende lo que he hecho, pero, esperaba que tú entendieses

por qué me fui a Barcelona y por qué me uní a los anarquistas.

Cristóbal, siempre has sido una persona muy justa

y no pongo en duda tus razones,

pero, no esperes la aprobación de tu hermano.

Quiero que sepas que mi intención nunca fue perjudicaros.

Cristóbal, ni es el momento ni el lugar

para hablar de esas cosas. ¿Te estoy molestando?

Lo siento, pero, te dije

que, ahora, no puedo estar pendiente de ti.

Además, no puedes estar aquí, va contra las reglas.

Como quieras, me marcho y siento haberte molestado.

Puede irse a descansar.

Ya vigilo yo.

Voy a quitarte la mordaza, no grites o no podré ayudarte.

Ah.

A qué has venido, Celia, ¿a regodearte de mi sufrimiento?

Baja la voz, Marina, voy a desatarte.

Creo que me costará más de lo que pensé,

quien hiciera este nudo es más hábil que yo.

¿Por qué haces esto? Marina, tu solo huye

cuando tengas la oportunidad, intentaré ganarte algo de tiempo.

No pienso seguir tus órdenes. ¿Aunque eso te cueste la vida?

¿Y qué quieres a cambio?, no firmaré esa confesión.

Ni lo espero, lo que quiero es que nos dejes en paz

a mí y a mi familia para siempre.

No lo haces solo por eso. No, tienes razón,

no quiero tener un muerto en mi conciencia, ¿está claro?

(Cerrojo)

¿Se puede saber qué estás haciendo aquí, Celia?

Aquí tiene, su majestad, están todas.

Le ha salvado a vida a ella y a mí con ella.

Ella es mi única familia

y no sé qué hubiera hecho sin mi prima.

Le estoy muy agradecida. Y yo estoy muy contenta

de haberla podido ayudar y que al final

esas cartas no hayan salido a la luz.

Por mí, no por mi marido, por el trasiego que hay

en sus alcobas estoy segura que todo Madrid

está al tanto de qué clase de mujer...

Estoy hecha.

Lo siento.

Quémelas, por favor.

No quedará ningún resto de ellas.

Quiero que sepa que valoro su compromiso

y su lealtad conmigo.

La mejor manera en que puedo reconocérselo

es haciendo que la nombren mi primera dama.

Sería todo un honor,

nada me haría más feliz.

Hablaré con mi suegra para que acelere los trámites

y sea nombrada cuanto antes, ahora, he de irme, querida.

María, acompañe a su majestad a la puerta.

Majestad.

Puede llamarme Ina.

Lo intentaré, pero, no sé

si voy a poder conseguirlo, majestad.

Quería decir, Ina.

He venido a traerle algo de comer,

entienda que para eso tenía que quitarle la mordaza.

Los errores nacen de las improvisaciones,

no me gusta nada que estés aquí sin que yo te lo haya pedido.

¿Por qué la desata? La llevaré a un lugar seguro

donde no pueda volver a escaparse.

¿Dónde la llevan? Prefiero que no lo sepas.

Aquí ha estado la gente entrando y saliendo

sin control y eso se va a acabar.

¿Y solo la va a vigilar usted? Celia, tu participación

en todo este asunto, se ha terminado.

¿Y si yo no quiero que sea así? Da igual, porque así será

y me aseguraré de que no te deje

salir hasta que estemos bien lejos, vamos.

¡Vamos!

¿Se puede saber qué hace aquí esta mujer, no te dejé bien claro

ayer que no quiero tenerla en mi casa? A la calle.

Tranquilícese, madre. Que me tranquilice.

Soledad vino porque tiene algo importante que decirle, ¿verdad?

Sí. Siéntese un momento, por favor.

Tengo mucho trabajo y muy poco tiempo que perder,

así que lo que sea, rapidito.

Ayer me informó sobre los bulos que corren sobre Soledad.

Sé de buena tinta que son ciertos.

Pero, no todo lo que se dice es cierto.

Salvador consiguió lo que quería a base de mentiras y amenazas

y créame si le digo que yo me negué

hasta que no tuve alternativa.

Salvador tuvo siempre fama de mujeriego, pero,

esto que me cuentas, no sé,

nunca me lo hubiera imaginado que a cualquiera

que se lo digas, te dirá lo mismo.

Eso es lo que él siempre repetía, que era una mujer,

una recién llegada y que nadie me creería.

Por eso cuando no aguanté más, hui de esa casa.

¿Tú la crees?

Sí.

Piensa que gracias a Salvador hiciste tu viaje a Filipinas,

a él le debes tu fortuna. Sí, pero, no quita

que su comportamiento con Soledad

sea el de un canalla.

Pues, explícame cómo Elpidia te oyó decirle

que querías pasar una última noche con él.

Porque fue lo que dije.

Pero mi intención era desenmascarar a Salvador ante mi hermana

o, al menos, intentarlo. Ese era mi plan.

¿Y qué pasó?

Los cité a ambos en un mismo lugar para que...

Diana descubriese quién era realmente su marido, pero...

pero su prima y doña Rosalía se metieron en medio

y dieron con todo al traste.

Ah...

Me crea o no, esa es la verdad.

Ahora solo quiero olvidar todo esto y...

...volver a ser la persona que...

que era antes de conocer a este sinvergüenza.

Salvador no volverá a molestarte, te lo prometo.

Quizá me he precipitado al juzgarte, Soledad.

Te pido que no me lo tengas en cuenta.

Claro que no.

Bueno...

Me alegra ver, por fin, juntas a las dos mujeres de mi vida.

Se me acaba de ocurrir una idea magnífica, madre.

¿Qué le parecería si Soledad ocupa el puesto de dependienta

que tenemos vacante en la Villa de París?

Todos saldríamos ganando, ella está buscando trabajo

y nosotros podríamos reabrir la tienda enseguida, así que...

¿Qué dices? -Me parece una...

una idea estupenda.

Siempre que tu madre esté de acuerdo,

quizá tenía otros planes para ese puesto.

Usted tiene la última palabra, madre.

Bueno, si es bueno para todos, adelante.

Problema solucionado y... enhorabuena.

Ya tienes trabajo. -Gracias, a los dos.

¿Necesita usted algo, don Salvador?

Sí, sí, un... un poco de hielo.

Creo que el golpe se me está empezando a hinchar.

No creo, después de tantas horas, la inflamación solo puede bajar.

Eso sí, es posible que le duela más que antes.

Si usted lo dice.

-Ha tenido que ser un buen golpe. -Sí.

Sí, lo fue. -Un poco de ungüento

le irá mejor que el hielo.

-Gracias. -Siéntese.

Ah...

¡Oh! -Ha tenido usted mala suerte

con esa puerta. -Oh, sí.

Tenga cuidado, Rosalía, esto escuece mucho.

-Se lo merece. -¿El golpe

o este ungüento que parece brea hirviendo?

Quiero que le quede claro que no me ha gustado nada

cómo se ha dirigido a su esposa. -¡Oh!

¿Lo ha oído? -Parece mentira que

a estas alturas no sepa usted que en esta casa yo lo veo todo

y lo oigo todo.

Sí, ya, ya la empiezo a conocer, ya.

Ella hizo mal mintiéndole sobre la venta del coche deportivo.

Pero, desde luego, no se merecía esa reprimenda

tan desagradable, y menos viniendo de usted.

Me parece a mí que en las actuales circunstancias

no es usted quién para dar clases de moral a nadie.

¿No le parece? Es injusto que acuse usted a su mujer

de mentirosa cuando usted ha estado engañándola

con su propia hermana, con la Srta. Soledad.

¡Dios! Rosalía, no se crea que me siento orgulloso.

De hecho, me siento un miserable. -Vaya.

Me alegra saber que todavía escucha a su conciencia.

Sí, claro que la escucho, Rosalía.

Sé que he hecho mal.

No entiendo cómo pude engañar a Diana.

Pero, ahora, con la nueva tarea del padre Tomás,

voy a poder ser sincero con ella. -¿Cómo?

Decirle la verdad, lo que ha habido entre noso...

¡Ah, Dios!

Vamos a ver, don Salvador,

¿se ha vuelto usted loco? ¿Ha perdido la cabeza?

¿Pero qué tonterías son esas?

Blanca, eres una mentirosa. Sé muy bien lo que has hecho

¿Pero por qué? ¿Cómo se te ocurre engañar

a la marquesa de Pradillo para robarle las cartas del rey?

Y no te molestes en negarlo, sé que fuiste tú.

Aunque espero que nadie más sospeche de ti.

En la presentación del libro no se hablaba de otra cosa.

¿Qué más da quién las tenga? Todos saben qué decían las cartas.

¡Has provocado un escándalo!

No, lo que he provocado es evitar ese escándalo.

Convertiste a Sabater en el hazmerreír del partido

y lo condenaste al ostracismo político y social.

Bueno, mira, así tienes un rival menos.

No, tengo un aliado menos. Me han contado que,

cuando su mujer le dijo que le entregó esas cartas

a una periodista alemana, él se dio cuenta

de que le habían tendido una trampa.

Sí, su mujer no es muy lista. Y, Blanca, también sé

que hoy no había ningún acto benéfico.

Así que no me ha costado mucho atar cabos para comprender

que tú estás detrás de todo esto.

Tenía que hacerlo. Te dejé claro que no quería

que te metieras en este asunto, y no me has hecho ni caso.

Blanca, ¿de verdad te has hecho tan amiga de la reina?

Bueno, le tengo mucho aprecio, eso es cierto.

Pero si he robado esas cartas,

no es solo por la amistad que me une a ella.

Si en el Parlamento se enteran de que estás tras el robo,

será el fin de mi carrera política. Tranquilo.

Nadie nos va a relacionar con el robo de esas cartas,

sencillamente porque ya no existen.

¿Cómo que ya no existen? ¿Dónde están?

Las he quemado. ¿Que las has quemado?

Sí. Y lo he hecho por nosotros.

Estoy segura de que la reina sabrá recompensar el gesto

que he tenido con ella, y también te recompensará a ti.

Eh, Blanca, un consejo:

No vendas la piel del oso antes de cazarlo.

Pues ya me ha elegido como su primera dama.

Te has convertido en una mujer muy ambiciosa, Blanca.

He tenido un buen maestro, Rodolfo.

Solo te digo que ojalá tengas razón

y esto no termine por destruirnos a los dos.

Confía en mí, sé muy bien lo que hago.

Usted quiere salvar su matrimonio, o eso me ha parecido entender.

Por eso se reúnen con ese sacerdote

y hacen esas listas tan extravagantes.

-Así es. -Bien, pues...

entonces deje las cosas como están,

mantenga la boca cerrada, no inicie una guerra

en la que saldremos perdiendo todos.

¿Todos? También yo vivo en esta casa.

Cuando le rompa el corazón a Diana,

¿quién cree que va a tener que consolarla?

Hace un momento, Rosalía, me estaba diciendo

que yo tenía que ser sincero con ella.

Sí, pero en ningún momento le he dicho que hiciera algo

tan poco razonable. Si se lo cuenta,

va a abrir una herida que será imposible de cicatrizar.

Ya sé las consecuencias que tiene contarle la verdad a Diana.

Cualquier mujer lo aceptaría, pero doña Diana no.

La va a perder usted para siempre. ¿Es eso lo que quiere?

No, no es eso lo que quiero.

Pero no es justo que viva engañada toda la vida.

Quiero contárselo, así que, cuanto antes se lo cuente, mejor.

Es usted un egoísta, solo quiere contárselo

para tranquilizar su conciencia, ¿y ella qué?

Que sufra, ¿verdad? -Al menos voy a ser sincero,

eso no podrá reprochármelo. -¡Qué tontería!

Doña Diana no lo verá como un acto de sinceridad,

sino como una traición.

Este es un secreto compartido por demasiadas personas,

quiero que se entere por alguien que no sea yo.

Le contaré la verdad. -Oh...

¿Se sabe algo nuevo sobre Marina?

Sí y yo. A esa mujer parece que se la ha tragado la Tierra.

Cada vez tengo más claro que Cristóbal

está tras su desaparición. -Sigue con esas absurdas sospechas.

-No son absurdas, le he investigado.

Cristóbal no le ha hecho nada a Marina.

Regresó justo antes de la desaparición de Marina

y siempre se muestra muy esquivo cuando saco ese tema.

Acabo de descubrir su relación con grupos anarquistas.

-¿Anarquista, Cristóbal? -Es lo que sé.

Pero estoy contrastándolo con otras fuentes, como usted.

Le digo que no sabía nada del tema.

La Policía de Barcelona tiene indicios que lo relacionan

con un grupo anarquista. -Son eso, indicios, sospechas,

casualidades. -Ya sabe lo que opino

de las casualidades, que no existen.

Me cuesta pensar que hablar del Cristóbal que yo conozco.

Él siempre ha estado al servicio de los demás.

Salva vidas, no las quita.

Se equivoca con lo de Marina y los anarquistas.

Pregunte y verá. -No es la primera con la que hablo.

No todos opinan igual. -¿Quién opina lo contrario?

-Doña Sofía Álvarez de Turrión. -¿Sofía?

Sí. Según ella, Cristóbal se inició en el anarquismo aquí, en Madrid,

a través de Inés Villamagna. -Ella fue ajusticiada

por el intento de asesinato de Rodolfo.

-Blanca envió cartas al presidente y a la reina pidiendo su indulto.

Seguro que Cristóbal estaba tras eso.

Lo harían por compasión, no me parece un delito

salvar una vida. -Está claro que tiene

una opinión muy clara sobre él. -Lo conozco.

Y, aunque haya hecho cosas que puedan parecer cuestionables

o no del todo legales, siempre lo hace pensando

en el bien de los demás.

No tiene las manos manchadas de sangre y no es castigable.

-No estoy de acuerdo. Aunque no haya matado a nadie,

si apoyó a los anarquistas, es cómplice de los crímenes

y debe ser castigado. -Le veo muy legalista.

No se confunda, no persigo a anarquistas,

sino a asesinos.

Pero sí utilizaré esto del anarquismo

para obligar a confesar a don Cristóbal Loygorri

dónde se encuentra Marina Montero.

De un modo u otro, el Dr. Loygorri pagará por sus crímenes.

Ah, llevamos una hora andando, no puedo más.

Cállese de una vez.

Necesito descansar un momento.

Tendrá todo el tiempo de mundo.

Ya hemos llegado.

¿Aquí?

Sí. Este sitio es tan bueno como cualquier otro.

¿No le parece?

Aquí no va a poder esconderme,

a no ser que sea bajo tierra.

Veo que empezamos a entendernos.

Durante todos estos días,

ha estado poniendo a prueba mi paciencia y ayer...

la agotó del todo. -Ya.

No obstante, creo en las últimas oportunidades

y le voy a dar la suya.

Firme la confesión y admita que mató a Carolina y a Germán.

Que no lo haré.

¿Cuántas veces tengo que decírselo?

Se lo pondré más fácil:

O firma...

o la mato.

-Alegre esa cara, don Carlos. -Como si fuera tan fácil.

Animarse está bien, pero con medida.

No le diga a doña Antonia que le he dicho yo esto.

No, no te preocupes, seré una tumba.

Me tomo esto y me voy para casa.

Don Carlos.

-¿Qué pasa, Benjamín? -Eh... su mujer, doña Sofía,

ha tenido un accidente y se cayó por las escaleras del mercado.

¡Dios mío! ¿Cómo se encuentra? ¿La ha visto?

Se la han llevado al hospital.

Voy para allá.

Pero este hombre se me ha ido sin pagar.

No sé qué le ha dicho, parecía descompuesto.

Su mujer se ha caído por las escaleras del mercado.

-Si está embarazada. -Yo la vi inconsciente, pálida.

No le he querido decir nada a don Carlos para no asustarle,

pero una mujer que lo vio dice que fue una mala caída.

Debemos esperarnos lo peor. -Ay, no diga usted esas cosas.

Yo sé lo que he visto y no me ha gustado nada.

No me va a hacer cambiar de opinión con sus amenazas.

No pienso firmar nada.

¿Esa es su última palabra?

Usted no me asusta.

Y no creo que lo haga.

No ganaría nada con mi muerte.

Vengaría la muerte de mi hija, con eso me basta.

Se lo preguntaré otra vez:

¿Va a firmar? ¿Sí o no?

Nunca.

Era su última oportunidad.

Siento que todo tenga que terminar así,

Marina.

(Se oyen dos disparos)

(Disparo)

Mi tío ayer me dijo que llevarían a Marina a un lugar seguro,

uno del que no podría escapar.

¿Y si se refiere a su tumba?

Ay, Celia, eso ni lo digas.

-¿No crees lo mismo? -Si tu tío la mata

o hace que la maten, será tan asesino como ella.

Y nosotras seremos cómplices,

no solo ante la ley, sino moralmente también.

Yo le pedí ayuda a mi tío y esto es lo que he conseguido.

Ella por ahora está bien,

las pruebas son para ver cómo está el niño.

-¿Va a perderlo? -¿Qué ocurrió exactamente?

Con la confusión no nos enteramos bien.

Yo todavía no me lo explico.

Se cayó por las escaleras del mercado,

unas muy largas y empinadas,

pero las hemos recorrido muchísimas veces.

Yo no sé qué pudo pasar, igual se despistó y se tropezó.

Hay algo más que me quita el sueño:

Cristóbal.

¿Qué le pasa?

Velasco ha descubierto que colaboró

con ciertos grupos anarquistas.

¿Lo dices en serio?

Y piensa usarlo en su contra para hacerle confesar su...

relación en la desaparición de Marina.

Pero Cristóbal es inocente.

Y pagará por nuestras culpas y las de mi tío

si no hacemos algo.

Estoy aquí para detenerle, doctor.

¿Y cuáles son los cargos?

Ayer recibí un informe sobre sus actividades en Barcelona.

Eso, unido a otros testimonios, me dan pruebas más que suficientes

para acusarlo de colaborar con los anarquistas.

Sabía que ese momento iba a llegar.

Cuando cierres, no te vayas directamente a la pensión.

-¿A la pensión? -Sí.

En algún lugar vivirás ahora que no estás en casa Silva.

Para eso querías el trabajo, para pagarte la pensión, digo yo.

-Claro. -Bueno, pues al cerrar,

antes de irte a otro sitio,

pasas antes por el Ambigú y me cuentas cómo fue la jornada.

-Así lo haré. -No te he felicitado.

-¿Por qué? -Mujer, por tu nuevo trabajo.

Adela estaría encantada de que su hermana llevase su negocio.

Bueno, y creo que no es lo único por lo que te tengo que felicitar.

¿O me equivoco? -Solo nos estamos conociendo.

Ah, Gabriel es muy buena persona, pero...

quizás deberías saber algo.

(PIENSA) "Había dos formas de hacer esto:

La fácil, escribir aquí que lo peor que he hecho en mi matrimonio

es no saber escuchar a mi esposa,

salir del paso con algunos lugares comunes y poco más.

Y la difícil,

que es esta, y que pasa por decir la verdad

a riesgo de perder lo que más me importa.

He cometido muchos errores, pero si hay uno que me reprocho

es el más reciente de todos.

¿No le has dicho a tu madre que vivo contigo?

Soledad, créeme, con mi madre es mejor ir poco a poco.

¿Poco a poco? Pero te faltó tiempo para decirle que estábamos juntos.

Sí, y solo con eso ya saltaron chispas.

Oye, acabas de empezar a trabajar, tiempo al tiempo.

Mi madre aborrece las novedades.

Con razón no vendía ningún sombrero.

Oye, hazme caso.

Con mi madre es mejor no precipitarse.

¿Está todo bien?

Depende de lo que entiendas por bien.

¿Qué es lo que quieres oír, Sofía?

¿Que tu embarazo sigue adelante o que has perdido a tu hijo?

¿Lo he perdido?

La ley no atiende al "tal vez" ni a las buenas intenciones.

Desde el mismo momento que alguien es conocedor de un delito

y no lo denuncia, se convierte en colaborador criminal y,

por lo tanto, en culpable. -Lo sé.

En fin, tengo que bajar, todavía no me dijo a qué vino.

-A hacer justicia. -Han detenido a Cristóbal.

Ahora que cuento con el favor de la reina,

tiene que interponerse tu hermano.

En unos días me nombrarán primera dama

y tú por fin te estás afianzando dentro de la logia.

¿Entiendes por qué te saqué así? Hay que hacer algo ya.

Yo por nada del mundo quería que esto pasara, lo siento mucho.

Es natural, a pesar de todo lo que vino después,

ustedes llegaron a ser muy buenas amigas.

No será una situación fácil.

Me daba tanto miedo que te alejaras de mí.

Eso conmigo no va a pasar.

Espero que contigo tampoco.

Mi turno.

(SUSPIRA)

  • Capítulo 355

Seis Hermanas - Capítulo 355

05 oct 2016

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de 1920.

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